Capitulo 5
El duque Jacob de Normandía estaba agitado. Se pa seaba por el salón con un gesto dominante, sus ojos no se detenían, catalogaban lo que veía. Para los criados del castillo de Forks, él era una visión ciertamente aterrorizadora. El aire mismo a su alrededor estaba cargado, y revelaba su poder y supremacía sobre todas las personas del castillo, incluso so bre el mismo rey, que estaba sentado en silencio cerca del enor me hogar y lo observaba, mientras su pie golpeaba nerviosa mente el piso.
Vestido con una pesada armadura sobre una espesa túnica y pantalones de lana, los músculos del duque se adivinaban tensos. Su larga melena de cabello castaño caía desordenada sobre los hombros macizos y enmarcaba sus espesas cejas y barbada mandíbula. No ostentaba anillos en los dedos, aun que era tan acaudalado como un rey. Su riqueza se notaba en el fino cuero de sus botas y la gruesa piel que forraba su capa, cuidadosamente colocada sobre el respaldo de la silla.
—Jacob —Edward lo llamó desde la escalera. Con la gra cia casual de alguien que tenía todo el día para llegar a donde iba, bajó otro escalón.
Los oscuros ojos grises que se volvieron para evaluar a Edward eran inmutables, severos y despiadados. Luego se arru garon en los bordes cuando el duque de Normandía le sonrió a su amigo más querido.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Edward con sospecha, gi rando para mirar al duque con un gesto agudo.
—¿Es así como me recibes en tu nuevo hogar, Edward?
La sonrisa de Jacob se amplió y levantó su fuerte brazo al encontrarse con Edward al pie de la escalera.
—Ni siquiera un "¿tuvo un buen viaje, mon seigneur?" —dos brazos como troncos rodearon al joven caballero cuan do Jacob palmeó sonoramente a su ex escudero en la espalda a manera de saludo—, lo sabía, nunca debí haberte per mitido vivir en Inglaterra durante tanto tiempo. Tus modales son atroces.
Edward sonrió. Era bueno ver a su amigo, aunque sus sos pechas acerca del propósito de la visita del duque fueran co rrectas.
—¿Tuvo un buen viaje, mi señor? —concedió graciosamente.
—Agh, ¡fue terrible! El mar estaba enfurecido y perdí un ca ballo en el camino —gruñó Jacob, luego su expresión se ilu minó—. Pero valió la pena ver este espléndido país de nuevo—dirigió sus ojos afilados como navajas hacia Dimitri—. Al gún día, cuando sea coronado rey de Inglaterra, todo esto se rá mío. Tú no puedes vivir para siempre, primo —agregó con una sonrisa atribulada.
—No tengo ningún deseo de vivir para siempre, Jacob —respondió Dimitri algo secamente-. Pero en lo que se re fiere a ser coronado luego de mi partida, ése es un asunto que tendrás que discutir con Aro de Wessex.
—Es mi intención hacerlo —los ojos del duque normando brillaron con el apetito de un guerrero salvaje entusiasmado por la batalla. Promesas mortales e implícitas impregnaron el aire y Dimitri se retorció en su asiento; conocía demasiado bien a su primo.
En el tiempo que le llevó a Jacob parpadear, volvió su atención a Edward.
—Entonces, ¿por que no mataste a Charlie?
La pregunta era directa y Edward no estaba preparado para ella, pero no se alteró bajo el examen controlado de Jacob.
—Su muerte no era parte del decreto.
—Lostestigos del decreto no acordarían con usted, Lord Edward —dijo Dimitri de manera benigna- Como siempre, usted no hizo lo que le fue ordenado, y tomó la decisión de de jar con vida a Charlie por su cuenta.
—Eso es correcto —la sonrisa que adornó los labios de Edward era tan encantadora y tan perfecta en su sinceridad que elrey Dimitri casi le devuelve el gesto. Edward dejó que su suave expresión se desvaneciera antes de atacar—. Lord Charlie Swan se levanta desafiante contra un rey que no puede go bernar a su propio país y deja que alguien más lo haga. Yo lo respeto. Él no es débil como usted. ¿Por qué, entonces, debería matarlo?
Los ojos de Dimitri se clavaron en Edward con oscuro des precio.
—Ahora ha ido demasiado lejos. Yo...
—Él tiene razón, Dimitri, y tú lo sabes —interrumpió Jacob sin molestarse en ocultar su sonrisa—. Aro gobierna Inglaterra. Hablas por él como si su mano fuera un accesorio permanente en tu trasero. Personalmente, me gusta luchar contra los sajones. Sólo estoy aquí porque sé lo incorregiblemente tontos que son ustedes los sajones en realidad, y no quiero que lo que le pasó a Charlie le pase también a Edward.
Antes de que Dimitri pudiera recuperarse, Jacob posó su severa mirada otra vez en Edward.
—Ya sea que respetes o no a Charlie, ¿crees que fue sabio perdonarle la vida?
—Yo estaba en el campo de batalla. Era mi decisión.
El tono áspero de Edward le dejó saber a Jacob que a pesar de la sonrisa que aún mantenía en los labios, su amigo no to leraría ser cuestionado. Ni siquiera por el duque normando.
Jacob se rió, el sonido recorrió los corredores como una canción robusta. Edward era el único hombre que él conocía que no huía con la cola entre las patas al ser confrontado. Y Jacob no lo hubiera querido de otra manera.
—Muy bien —dijo con un rápido gesto de su mano robus ta—, en verdad, me alegro de que Charlie siga con vida. Ha pe leado muchas batallas con coraje y gran destreza, y por eso le pedí que se quedara aquí.
—Tu pedido me ha puesto en una posición sumamente in cómoda —dijo Edward inflexible.
—Decidí correr ese riesgo —Jacob le lanzó una sonrisa si gilosa y se sentó en una silla de respaldo alto junto al rey—. Pe ro no discutiremos eso ahora —chasqueó los labios y miró alrededor del gran salón—. ¿Acaso no hay cerveza en este lugar?
Edward se volvió hacia uno de los criados, y el hombre se pa ró rápidamente y salió corriendo del salón.
Con una sonrisa de satisfacción, el duque Jacob asintió con la cabeza:
—Oui. El verdadero amo de esta casa no necesita pronun ciar ni una palabra.
Edward tomó asiento frente a Jacob y se hundió en el es peso acolchado de brocado.
—Me da gusto verte, Jacob. Los amigos confiables no son fáciles de hallar —miró al duque larga y pensativamente—, sé por qué estás aquí.
—Fui convocado —dijo Jacob secamente y miró a Edward y luego al rey—. Retira a tus criados, Edward, debemos hablar en privado. —Antes de que éste pudiera levantar una mano, los pocos criados que quedaban se escabulleron en todas la direcciones.
—¿Su Majestad? —el duque Jacob empleó el título de Dimitri con mesurado respeto—, deseo hablar con mi amigo a solas — sonrió— s'il vous plait.
Los ojos de Dimitri se abrieron grandes para revelar su sorpresa al ser despedido como si fuera un criado en lugar del rey de Inglaterra. Pero sin una palabra, él también abandonó el salón.
Cuando estuvieron a solas, Jacob se inclinó hacia adelan te en la silla. Su sonrisa estaba cargada de veneno.
—Te tengo mucho aprecio, Edward, pero si osas hacerme re tirar así cuando sea rey, te cortaré la cabeza. —El duque ha bía extrañado su sonrisa genuina y le dio placer verla de nuevo— ¿Cómo estás, mon ami? —le preguntó Jacob con más seriedad.
—Estoy bien —Edward estiró sus largas piernas hacia ade lante y juntó las manos sobre su regazo.
Frente a él, unos ojos grises se entrecerraron como espa das finamente pulidas.
—La caballerosidad requiere honestidad, Edward. No mien tes bien.
Volviendo el rostro hacia el fuego del hogar, Edward estudió las llamas pensativamente. Luego de un buen rato, parpadeó y elfuego reflejó su mirada turquesa. No había hablado de Tanya desde que la había desterrado, pero Jacob conocía su corazón. Cuando Edward abrió la boca, las palabras salieron a borbotones de su lengua.
—Ella era toda mi vida, Jacob —dijo suavemente—, íba mos a casarnos en la primavera. ¿Esperas que olvide tan rápi do lo que me hizo?
—Je sais. Lo sé —el poderoso duque suspiró—, pero esa parte de tu vida terminó, Edward. Es tiempo de sanar.
El criado regresó con una bandeja cargada de frutas y que sos, y dos copas de cerveza. Les dio los tragos y colocó la ban deja en una pequeña mesa de madera ubicada frente a ellos, luego hizo una reverencia y abandonó el salón antes de que Edward pudiera darle las gracias.
Cuando el criado dobló la esquina del pasillo, casi chocó con Bella. Ella frunció el ceño y se llevó un dedo a los la bios para que él no revelara su presencia; luego le hizo una seña para que se retirara. Ya había escuchado casi toda la con versación y no tenía intenciones de irse. Apoyó la mejilla en la pared fría y volvió a prestar atención.
—¿Con sanar quieres decir que me case con Lady Bella Swan? -preguntó Edward, posando una cuidosa mirada en su amigo y confirmando sus sospechas.
—En este momento es lo que debes hacer —respondió con gentileza.
—No puedo.
—¿Y por qué no? Tanya se ha ido.
—¡Lo sé! —gritó— ¿Crees que quiero que vuelva después de lo que ha hecho?
—¿Lo quieres? -Jacob levantó una ceja oscura.
—Non. —Edward sacudió la cabeza—. Oui. Non.
—Parece que lo tienes decidido —el normando refunfuñó y mordisqueó una manzana.
—No quiero que vuelva.
Jacob ignoró la negra mirada de Edward porque compren día la profundidad del dolor de su amigo, pero él estaba allí pa ra evitar que los sajones se pusieran en contra de Edward. Y eso era exactamente lo que sucedería si rechazaba a la dama. De todos modos, habló de manera gentil, dejando que su preocupación por su caballero preferido fuera percibida.
—Si no quieres que Tanya regrese, ¿entonces qué te impi de casarte con la mujer sajona?
—Sencillamente no quiero casarme con ella.
—¿Por qué? —insistió.
Las llamas chisporrotearon y reflejaron largas sombras sobre las paredes cuando Edward se puso de pie. Caminó de un lado a otro del gran salón pasándose los dedos por sus rizos negros.
—Nunca podría amarla.
—El amor no tiene nada que ver con esto. Hasta ella lo sa be —Jacob respondió sencillamente y lanzó el corazón de la manzana a las llamas.
—Yo no... —Edward se detuvo y cerró los ojos. El silencio se alargó; lo único que se escuchaba era el chisporroteo del fue go devorando los restos de la fruta.
—No quieres que te vuelvan a herir —Jacob terminó la oración por él. Edward abrió los ojos para escudriñar la mira da de su amigo a la luz tenue del hogar.
—No volverán a herirme —corrigió mordazmente.
Los viejos pisos de madera crujieron del otro lado de la pa red y la cabeza de Jacob se irguió de repente como la de un lobo. Olfateó el aire un momento, luego levantó un dedo para acallar a Edward.
—El Consejo de los witan ha informado al rey que que marán el castillo de Forks si rechazas a la muchacha —Jacob le guiñó un ojo cuando Edward lo miró perplejo.
Los dos hombres escucharon el fuerte suspiro detrás de la pared. Edward se encaminó hacia el sonido para ver quién es taba escuchando, pero Jacob, que ya sospechaba de quién se trataba, se levantó de la silla y lo detuvo.
Requieren una respuesta, Edward. ¿Tendrán que quemar Forks?
—¡No! —Bella abandonó su escondite del otro lado de la pared y en su carrera cayó directamente en los brazos sorpren didos de Edward. — ¡No, por favor! —rogó, sus ojos inundados de lágrimas brillaban como esmeraldas en el agua del mar—, no le exigiré nada, lo juro, mi señor. Hágame su esposa y pro meto darle herederos y no quejarme jamás. Me someteré a vuestra voluntad, haré lo que diga. No permita que quemen Forks, se lo suplico. ¡Es mi hogar!
Edward quería enfadarse con Bella por escuchar su conver sación privada. Pero no podía, no con el rostro de ella tan cerca del suyo, su labio inferior suave y tembloroso, su espesa cabellera cobriza derramándose entre sus dedos, las mejillas aterciopeladas empapadas de lágrimas. Por el amor de Dios, tenía un rostro her moso, una boca sensual, era una flecha de Cupido tentándolo con pensamientos poco castos sobre lo que querría hacerle. La mira da de Edward le recorrió el rostro, triste, con un dejo amenazador que no tenía nada que ver con permitir que quemaran Forks. Los ojos de Bella brillaban con temor, buscando su piedad. Pe ro había también fortaleza en esas gemas verdes, fortaleza y vida que encendieron una minúscula chispa y entibiaron la sangre de Edward. Su aroma también era maravilloso, la suavidad de su piel... Diablos, casi había olvidado lo suave que podía ser una mujer.
—Señora, yo...
—¡Cómo osa espiarnos como una ramera cualquiera! —la voz de Jacob partió el aire como un trueno, penetrando los oídos de Bella como ninguna otra voz lo había hecho an tes. Él se veía muy satisfecho al comprobar que había logrado el efecto deseado. La dama desapareció en el pecho de Edward, aferrada a él como a la vida misma.
—¿Ouien es usted? — rugió Jacob —. ¡Exijo saber de quien es la cabeza que cortaré con la primera luz del día!
Bella no podía mirarlo, no lo había visto hasta ahora por haberse tropezado con Edward, pero estaba segura de que se tra taba de un monstruo. Mantuvo el rostro apretado al pecho acorazado de Edward, temblando en sus brazos.
—¡Contésteme!
No podía. A decir verdad, si él no la hubiera estado soste niendo tan fuertemente, habría caído redonda al piso.
—¡Ya es suficiente, Jacob! Está muerta de miedo —la brusca orden hizo eco en el salón. Bella percibió la fuerza en la voz de Edward, sintió el poder de sus brazos mientras apreta ban su cuerpo y se preguntó si Edward era necio, hablándole en ese tono a este... este bárbaro.
—Y debe estarlo —bufó el tosco normando, muy satisfecho de sí mismo ahora que tenía a Edward protegiéndola—. Si ella estuviera en Normandía en este momento, sería azotada has ta caer casi muerta por cometer semejante traición.
—No está en Normandía —el aliento cálido de Edward so pló los rizos junto al oído de Bella.
—Non, pero eso resolvería todos tus problemas, ¿no es verdad? —Jacob preguntó con una chispa en sus ojos gris acero y una sonrisa brillante y victoriosa en los labios—. Matémosla y le informaremos al Consejo de loswitan que se quitó la vida antes que casarse con un cer donormando.
—Ya basta, Jacob —advirtió Edward—, ya has jugado con ella lo suficiente.
—¿Jugado? Bella escuchó la palabra pero pensó que estaba snlando. Nadie podía ser tan cruel. Aferró la capa de Edward con los dedos.
—¿Señora? —la voz de Edward era una mezcla intoxicante de seda y humo al apartarla lentamente de su pecho y soste nerla a una distancia donde podía mirarla a la cara—. Está bien. No le hará daño -Bella levantó la vista hacia él. Una tierna preocupación llenaba la mirada acuática de Edward. Preocupación mezclada con... diversión.
—¿Es cierto que los sajones quemarán Forks si no me desposa? —Bella preguntó con delicadeza a pesar de que la comprensión y la furia la invadían.
Perdido en sus hermosos ojos verdes, Edward literalmente tuvo que arrancar su mirada de ella para lanzarle una mirada severa a Jacob. Bella captó el gesto que intercambiaron, y su sangre comenzó a hervir. El duque se rió. Ella se volvió ha cia él con lentitud, sin importarle ya lo temible que pudiera ser. Sus ojos eran como dos volcanes en erupción. Con labios fir mes y dientes apretados, se alejó de Edward y cerró los puños como para golpear a la fornida bestia a su derecha.
—¡Podrido montón de baba del demonio! -aulló, acercán dose a Jacob.
Ahora detrás de ella, los ojos de Edward se abrieron grandes y rápidamente contuvo las ganas de reír.
El duque de Normandía se alzaba varias cabezas sobre la su ya, pero Bella levantó la cara hacia él sin temor.
—¿Cómo se atreve a bromear de manera tan frívola sobre mi hogar? ¡Si yo fuera hombre, lo mataría aquí mismo, gigan te cobarde! Pero la muerte sería demasiado buena para usted. ¡Mi espada lo haría sufrir hasta que rogara misericordia, lue go le cortaría esa garganta miserable de oreja a oreja y mi son risa sería lo último que recordaría su alma malvada en su des censo al infierno!
Jacob volviò su mirada sorprendida hacia Edward, cuyo rostro reflejaba la misma expresión divertida de admiración.
—¡Por Dios, tienes que casarte con ella, Edward! —exclamó Jacob.
Como si de repente recordara a Edward, Bella giró sobre sus talones para enfrentarlo con tanto desprecio y veneno co mo el que acababa de verter sobre Jacob.
—¡Y usted! Claramente mi hogar no significa nada para us ted. Cuando me rechace y los nobles envíen a sus soldados a atacar, espero que usted sea el primero en morir. —Volvió a girar, y Edward sintió el fresco aroma de jazmines de su cabello cuando los espesos mechones le golpearon el rostro. Las aletas de su nariz se movieron imperceptiblemente absorbiendo su aroma cuando ella salió indignada del salón.
Cuando quedaron a solas, Edward le lanzó una astuta mira da de reojo a Jacob.
—Eres un bastardo.
Jacob asintió y volvió a tomar asiento.
—Oui. Eso dicen. Aunque en realidad creo que mi padre amaba a mi madre campesina. —Mirando fijamente en la di rección en la que Bella se había alejado, la voz de Jacob se suavizó y se volvió un ronco ronroneo—. Si mi madre tenía una chispa del fuego que posee la hija de Charlie, no lo culpo. —Mirando en la misma dirección, Edward acordó con él, pero no dijo nada. — ¡Qué temple! —continuó Jacob sin alien o. Se volvió hacia Edward: — Este lugar significa más para ella que su propia vida.
Edward asintió lentamente, sabiendo que Jacob tenía razón.
—¿Cómo puedo obligarla a abandonarlo?
—¡No puedes! Debes casarte con ella. Te lo ordeno. Toda vía respondes ante mí, aunque yo te permita olvidarlo —se jac tó Jacob cuando pareció que Edward podía protestar por la orden o reírse de ella—. Además, no dejaré que mueras en ma nos de los sajones. Prefiero que vivas, y tengo el presentimien to de que esa mujer puede recordarte lo que significa vivir.
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