Marinette se fue pronto a la cama aquella noche, contando las horas que faltaban para su cita con Cat Noir. Había pasado un buen rato hablando por teléfono con Alya y le había contado la versión corta de la historia de su «casi-cita» con Adrián («Al final no pudo venir el viernes porque le pilló un atasco, se pasó esta mañana por la panadería pero no coincidimos»). Ella había detectado el tono apagado de su voz y se había ofrecido a pasar por su casa para animarla un poco, pero Marinette insistió en que se encontraba bien. Las visitas de Alya solían alargarse y a veces se quedaba a dormir, sobre todo cuando intuía que su amiga se encontraba baja de moral. Y, aunque a Marinette le encantaba que lo hiciera, aquella noche sencillamente no podía permitírselo.
No sabía qué esperar de Cat Noir. Tenía claro que él no faltaría a su cita, pero ¿qué le diría? Seguramente a aquellas alturas ya se habría arrepentido de los besos que habían compartido. Era poco probable que quisiera empezar algo nuevo con ella, sobre todo si de verdad estaba tan enamorado de Ladybug como decía. Y, aunque Marinette sabía que aquella sería la opción más sensata, su corazón se encogía solo de pensar que su historia con Cat Noir podía terminar antes siquiera de haber comenzado.
Si finalmente las cosas se desarrollaban de ese modo, siempre podía tantearlo como Ladybug, como había sugerido Tikki. Pero aún no estaba segura de que quisiera hacerlo. Porque Cat había besado a Marinette, no a Ladybug. Porque la tarde que habían compartido había sido solo de ellos dos.
A lo largo del día había estado convencida de que toda aquella locura acabaría por desvanecerse. De que recobraría la razón y comprendería por fin que lo único que sentía por Cat Noir era el cariño debido a un gran amigo, pero nada más. Porque su amor seguía siendo sola y exclusivamente para Adrián.
Pero pasaban las horas y la llama que Cat Noir había prendido en su corazón no se había apagado todavía.
Estúpida llama testaruda.
De modo que ahora se encontraba encogida en su cama, bien tapada con una manta; Tikki hacía rato que dormía en su rincón mientras ella repasaba la lección de historia sin mucho interés a la luz de la lámpara, dejando que transcurrieran los minutos.
Por fin sonaron unos tímidos golpes en el cristal, y el corazón de Marinette dio un vuelco de emoción.
–Puedes pasar, Cat –susurró–. No está cerrado.
Sabía que sus sentidos felinos le permitirían oírla sin problemas desde fuera. La ventana se abrió, y Cat Noir asomó la cabeza.
–Buenas noches –saludó.
–Buenas noches, minino. Entra, no te quedes fuera.
Cat Noir se dejó caer con ligereza sobre la cama de Marinette, que estaba situada justo debajo del tragaluz que conducía hasta su balcón. Se quedó un momento ahí, a los pies de su cama, y la miró con una sonrisa. Marinette se echó hacia atrás, porque en aquella postura parecía que estaba a punto de saltar sobre ella en cualquier momento.
–No soy un ratón –logró decir–. No hace falta que me mires de esa manera.
–¿Qué? Yo no te... Oh, lo siento. No pretendía incomodarte.
Adoptó una posición más relajada, sentado sobre la cama con las piernas cruzadas, la cola en reposo, todavía manteniendo una respetuosa distancia. Marinette evocó la cercanía de la tarde anterior, los abrazos, los besos. Se esforzó por centrarse.
–Gracias por venir. Te he preparado algo de comida por si tenías hambre –añadió.
Señaló un plato que había dejado sobre la estantería, tras ella; las orejas de Cat Noir se irguieron y su cola batió suavemente al identificar un surtido de delicias de la panadería, pero finalmente sacudió la cabeza con energía y volvió a fijar sus ojos verdes en Marinette.
–Después –decidió.
Ella sonrió.
–Como quieras, Cat. ¿Quieres... hablar, entonces?
Cat Noir inspiró hondo.
–Quiero hablar antes de hacer cualquier otra cosa. Quiero dejar... las cosas claras.
–Comprendo. Supongo que será lo mejor.
–Yo... –Cat carraspeó antes de poder continuar–. He estado pensando. Sobre lo de ayer. He llegado a una serie de conclusiones... que me gustaría compartir contigo.
–De acuerdo, te escucho. Ya veo que te has preparado la conversación de hoy.
Como si tuviese que exponer un trabajo en clase, pensó. Quizá hasta había memorizado un esquema. Se preguntó de pronto si sería buen estudiante. Por algún motivo siempre lo había imaginado como el típico alumno que hace el tonto en el colegio para hacer reír a los demás. Pero estaba empezando a conocerlo en una faceta diferente, mucho más seria, más prudente, incluso.
Apartó aquellos pensamientos de su mente.
–Yo, en cambio... me temo que sigo sin saber qué decir –confesó–. Estoy un poco a la expectativa.
Cat asintió.
–Bien, entonces hablaré yo y te diré lo que he pensado, y después... me puedes decir qué opinas tú. ¿De acuerdo? –Marinette asintió, y Cat hizo una pausa para ordenar sus ideas–. Lo primero que tengo que decirte es que en realidad yo no quería besarte ayer.
–Oh –murmuró ella un poco decepcionada.
Cat alzó las manos rápidamente.
–No, no, me he expresado mal. Buf, no he empezado con buena pata. –Marinette contuvo el impulso de poner los ojos en blanco ante aquel lamentable juego de palabras–. Vamos a ver, claro que quería besarte. Y me gustó mucho. Me gustó tanto, de hecho... que me encantaría volver a hacerlo. Pero me estoy liando otra vez. Permíteme que empiece de nuevo.
–Adelante –lo animó Marinette; su corazón latía con fuerza ante la idea de besar de nuevo a Cat Noir, pero se esforzó por mantener la calma.
–Lo que quería decir es que ayer, cuando entré en tu habitación..., cuando empezamos a hablar y nos fuimos acercando cada vez más..., no lo hice con la intención de besarte ni de aprovecharme de ti de ninguna manera. No fue ninguna estrategia premeditada para ligar contigo. Todo lo que dije e hice... surgió de forma espontánea porque en aquel momento lo sentía de verdad.
Y Marinette comprendió de pronto qué era lo que preocupaba a su compañero. Habían estado hablando de su actitud con las chicas, del personaje que, según él, interpretaba para enmascarar sus verdaderos sentimientos. Le había dicho que la única chica con la que flirteaba en serio era Ladybug. Así que, desde su punto de vista, Marinette tenía sobradas razones para pensar que Cat Noir había estado jugando con ella y con sus sentimientos.
Sin embargo, ella lo conocía lo bastante como para saber que lo que había sucedido entre los dos, fuera lo que fuese... había sido real.
–Estás hecho un lío, gatito –murmuró con simpatía.
–Me temo que sí –respondió él–. No tengo muy claro lo que siento, pero quiero que sepas que te respeto muchísimo, Marinette, y jamás se me ocurriría...
–Lo sé –lo tranquilizó ella–. Lo sé, Cat Noir. Confío en ti.
Él le dedicó una radiante sonrisa, y Marinette comprendió que se había quitado un peso de encima.
–Bien, pues ahora...
–El siguiente punto del orden del día –lo ayudó Marinette, devolviéndole la sonrisa.
–Eso. –El chico inspiró hondo, y Marinette adivinó que tampoco aquel asunto le resultaría fácil de tratar–. Verás, te dije ayer que estoy enamorado de Ladybug. Y es verdad: mis sentimientos por ella son sinceros. No te quiero engañar en esto. No lo mereces.
–Entiendo. Gracias por ser tan franco conmigo, Cat.
Pero él alzó la mano para pedirle que le permitiera seguir hablando.
–Pero ayer... pasó algo entre nosotros. No sé qué fue, una conexión, un momento especial. Nos besamos porque queríamos hacerlo, y para mí al menos... fue algo importante. Te dije que debíamos dejar pasar el tiempo, que probablemente lo veríamos de forma diferente por la mañana. Pero el caso es que yo, al menos... sigo sintiendo algo. –Se llevó la mano al pecho sin dejar de mirar a Marinette a los ojos–. Aquí. No es tan intenso como lo que siento por Ladybug, pero es... algo. Si tú no sientes lo mismo, si para ti fue solo algo puntual..., entonces no seguiré hablando, lo dejaremos aquí y seguiremos siendo solo amigos, si quieres. Si no...
–Sí que lo siento –se apresuró a decir ella, y a Cat se le iluminó la cara con una sonrisa–. Me... me gustó mucho lo de ayer –confesó, ruborizándose–. Pero me pasa lo mismo que a ti. Ya te lo dije, estoy enamorada de Adrián y no es tan fácil...
–Luego llegaremos a eso, te lo prometo –interrumpió Cat, y Marinette pensó divertida que probablemente sí se había preparado un esquema para aquella conversación; un esquema con una sucesión de puntos conflictivos entre los que se encontraba el asunto «Ladybug y Adrián»–. Pero estamos de acuerdo en que ayer pasó algo, ¿no? Yo no me atrevería a definirlo todavía porque los dos tenemos... otros intereses... Pero sentimos algo, y parece que es... es mutuo. ¿Es así?
–Creo que sí –respondió ella en un susurro.
–Bien. Vale. De acuerdo –Cat Noir parecía totalmente aturdido, y Marinette esperó con paciencia a que se recuperara para poder seguir hablando–. Mira, yo no creo que ninguno de los dos estemos preparados para empezar algo juntos... algo serio... mientras estemos tan colgados por otras personas. Pero tampoco creo que debamos dejarlo pasar sin más. Sobre todo si con el tiempo puede llegar a convertirse en algo importante. O quizá no –se apresuró a añadir, temeroso de que ella pensara de que iba demasiado deprisa–. No lo sé, y ese es el asunto, que podría ser cualquier cosa o no ser nada.
–Cálmate, gatito. Repasa tus apuntes y vuelve al guión. Lo estás haciendo muy bien, de verdad.
Cat Noir inspiró hondo.
–Bien, yo... He pensado que esto podría ser como un brote en un jardín.
–¿Un brote en un jardín? –repitió ella alzando una ceja.
–Vale, probablemente sea una metáfora lamentable, pero deja que siga, por favor. Verás, tienes tu jardín arreglado con las flores que has plantado y sabes qué esperar de cada una de ellas, ¿verdad? Pero entonces aparece un brote nuevo que no sabes de dónde ha salido.
–Tiene toda la pinta de ser una mala hierba –opinó Marinette.
Cat Noir se rió, y Marinette se alegró de que su comentario hubiese rebajado un poco la tensión. El pobre chico parecía realmente nervioso.
–Vale, sí, probablemente sea una mala hierba –concedió él–. Pero a lo mejor no lo es. Si la dejas crecer... quizá con el tiempo se convierta en la flor más bonita del jardín, o incluso en un árbol frutal. Es inesperado, puede que hasta inoportuno, y quizá tu primer impulso sea arrancarla de raíz, pero... ¿y si la dejas en paz? Solo para ver qué sale de ahí.
–Si dejas que las malas hierbas echen raíces, luego es mucho más difícil arrancarlas. Y más doloroso –añadió en voz baja.
Cat Noir volvió a mirar a Marinette fijamente, con una intensidad que la hizo estremecer.
–Yo me arriesgaría –dijo en voz baja.
Marinette tragó saliva.
–¿Y la dejarás crecer sin más? ¿O regarás la planta, la abonarás y la protegerás de las inclemencias del tiempo? ¿Te limitarás a no arrancarla... o la cuidarás? –Cat no respondió enseguida, y Marinette añadió–. Mira que si al final resulta ser una ortiga...
Él sonrió por fin.
–No lo creo. Las ortigas no son ni de lejos tan bonitas.
Marinette se ruborizó. Si tan solo unos días atrás le hubiesen dicho que Cat Noir sería capaz de hacerla sonrojar hablando de jardinería no se lo habría creído.
–Lo que intento decir con todo este rollo floral –concluyó Cat– es que no quiero fingir que no ha pasado nada. Pero tampoco puedo... pedirte salir ni nada por el estilo... porque no sería justo para ti en estas circunstancias.
«Ah, hemos llegado al asunto Ladybug», pensó Marinette.
–Ayer hablamos largo y tendido sobre nuestros... otros intereses –prosiguió él–. Tampoco voy a fingir que no los tenemos, ni tú ni yo. Y por eso no podemos salir juntos, porque, seamos sinceros: ¿saldrías tú con alguien sabiendo que está enamorado de otra?
«Bueno, es que tú no estás exactamente enamorado de otra, minino», pensó ella. Pero no lo dijo.
–¿Lo harías tú? –planteó a su vez.
Cat carraspeó.
–En este caso la situación es un poco diferente para mí.
–¿Por qué?
–Porque... porque..., bueno, porque no soy celoso.
«No te creo», pensó Marinette. No pensaba realmente que fuera un tipo posesivo, pero quizá no podría evitar sentir alguna punzada de celos de vez en cuando. De hecho, él nunca había llegado a aclararle cómo se había iniciado aquel extraño asunto con Copycat, y ella empezaba a tener alguna sospecha al respecto.
Pero no siguió por ahí.
–Entonces, ¿a dónde quieres ir a parar?
–¿Cómo?
–Tu esquema, gatito, tu esquema. ¿Qué sigue a continuación?
–Oh, sí. Verás, creo que tengo una propuesta, a ver qué te parece: podemos seguir viéndonos, conocernos mejor, charlar, bes... lo que surja –se corrigió–, para ver cómo evoluciona todo. Ya sabemos lo que hay: yo sé que existe Agreste, tú sabes que existe Ladybug. Pero también sabemos que a lo mejor tú y yo también nos gustamos un poco. –Marinette comprobó con sorpresa que ahora era Cat el que se ruborizaba–. Y como no estamos realmente saliendo con otras personas, pienso que quizá podríamos... seguir viéndonos... de prueba. Durante un tiempo, y vemos cómo nos va. A lo mejor en unos días te cansas de mí y me dices que prefieres perderme de vista. O a lo mejor descubrimos que estamos a gusto y decidimos dar el siguiente paso y empezar a salir como pareja. Creo que ahora no estamos preparados para decidirlo, pero quizá cuando hayamos pasado más tiempo juntos... No sé, ¿qué piensas?
Ella lo meditó un momento.
–Que podríamos intentarlo –dijo por fin, despacio.
Cat sonrió, aliviado.
–¿Lo crees de verdad?
–Quizá sea un poco arriesgado, pero pienso que vale la pena.
–A mí también me lo parece. Pero aún hay otra cosa que deberíamos considerar antes de...
Marinette gruñó con frustración.
–Por favor, Cat, ¿cuántos puntos tiene ese esquema tuyo?
–Er..., solo uno más, creo, pero es importante.
–¿Crees que podrías... saltártelo... y pasar ya a la parte de los besos?
Él se quedó mirándola con los ojos muy abiertos, sin saber cómo reaccionar.
–¿Los... besos?
Marinette se inclinó hacia adelante y se acercó a él para salvar la distancia que los separaba.
–Los besos, minino –repitió, mirándolo a los ojos–. ¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato?
Cat Noir tragó saliva, pero se recompuso y se las arregló para dedicarle una cautivadora sonrisa.
–Debo decir, princesa, que aunque encuentro tu propuesta altamente sugerente... me temo que tendrás que esperar un poco más. Es duro, lo sé, pero ¿serás capaz?
Marinette gruñó otra vez.
–Pero ¿por qué te lo piensas tanto? –se desesperó–. No te lo tomes a mal, pero me da la sensación de que con Ladybug eres... no sé, mucho más lanzado.
Cat Noir suspiró y retrocedió un poco. Marinette leyó en su expresión lo mucho que le estaba costando contenerse, de modo que se echó hacia atrás también, para no presionarlo.
–Probablemente con Ladybug me he portado como un idiota todo este tiempo –confesó él–. Lo que más me gusta de ser Cat Noir es la libertad de poder decir lo que pienso, actuar tal y como me siento. Sin filtros. Y quizá por eso me he precipitado muchas veces. Ladybug siempre me dice que piense antes de actuar, y es lo que estoy tratando de hacer contigo. Porque quiero hacerlo bien, Marinette. Desde el principio.
«Prueba un poco de tu propia medicina, Marinette», pensó ella. ¿No había insistido tanto en que Cat Noir mantuviera las distancias? Pues bien, por fin lo había conseguido.
–De acuerdo, lo siento. Adelante, habla. ¿Cuál es el último punto de tu guión?
–El asunto superheroico. Identidad secreta. Todo eso.
Marinette se sintió muy aliviada. Esa parte al menos la controlaba a nivel maestro.
–Esto me lo sé: no puedes revelarme tu verdadera identidad, no puedo contar a nadie que nos vemos a menudo. Seguridad y todo eso. No te preocupes, se me da bien guardar secretos. Puedes confiar en mí.
–Sé que puedo, Marinette, pero no es eso lo que me preocupa. Verás, es que nunca podremos simplemente quedar a la luz del día. Si te relacionasen conmigo, si Lepidóptero descubriese que eres especial para mí de alguna manera... estarías en peligro, y si algo llegara a sucederte por mi culpa jamás me lo podría perdonar. Así que nuestra casi-relación, o como quieras llamarlo... tendría que ser secreta. Tendría que venir a verte de noche, como un ladrón...
–Suena bastante romántico.
–Sí, y probablemente lo sería al principio, pero... ¿bastaría con eso a largo plazo? –Marinette no contestó–. Por otro lado, sin duda con el tiempo terminaremos por conocernos mucho mejor, pero habrá cosas que no podré compartir contigo. Cosas importantes, como quién soy en realidad o qué hago cuando no soy Cat Noir. Cosas tan simples como mi nombre o mi cara. Lo cual, por cierto, sería una lástima, porque tengo que advertirte de que soy extraordinariamente atractivo –añadió con una sonrisa seductora.
«Ya estamos otra vez», pensó Marinette. Por mucho que estuviese descubriendo nuevas y sorprendentes facetas de su personalidad, Cat Noir nunca dejaría de ser Cat Noir. Lo cual, se dijo de pronto, no dejaba de ser un alivio en cierto modo.
–Oh, no, cómo voy a sobrevivir sin poder contemplar tu deslumbrante belleza –respondió.
Pero no había sarcasmo en su voz, sino un punto de diversión que él debió de apreciar sin duda, pues cuando volvió a sonreírle su mirada rebosaba cariño y admiración. «Me gusta tu sentido del humor», parecía decir. «Me gusta que tus réplicas estén a la altura».
–Sería gatastrófico –comentó, alzando una ceja.
Marinette abrió la boca para protestar ante aquel penoso juego de palabras, pero no fue capaz, porque de pronto le dio un ataque de risa. «No puedo creer que me esté riendo con los chistes malos de Cat Noir», pensó, sorprendida a su pesar, mientras se tapaba la boca para tratar de contener las carcajadas.
Cat seguía sonriendo, al parecer muy satisfecho consigo mismo por haberla hecho reír. Aguardó a que ella se tranquilizara un poco para devolver la conversación a su guión original.
–En fin, princesa –prosiguió, poniéndose serio de nuevo–. El caso es que se trata de una vida llena de dobles sentidos, secretos y mentiras. No creo que tenga derecho a involucrarte en ella.
«Oh, minino, si tú supieras».
–No pasa nada, Cat. Lo comprendo y lo acepto. Aunque también entiendo que para ti habría sido mucho más fácil mantener una relación con Ladybug en ese sentido...
–Y tú podrías haber salido con un chico normal como Adrián. Paseos junto al Sena, sesiones de cine, alguna cena romántica... Yo no podría darte nada de eso.
Marinette sacudió la cabeza con un suspiro.
–Como si alguna vez hubiese tenido alguna oportunidad de tener algo parecido con Adrián.
«Tal vez sí la tengas», pensó de pronto Cat Noir. «Aún estoy a tiempo de hacer esto de otro modo».
Pero entonces recordó las lágrimas que Marinette había derramado la tarde anterior, lágrimas que él había causado como Adrián Agreste.
Cat Noir la hacía reír. Adrián la hacía llorar. En el fondo no había elección posible.
Tomó el rostro de ella con ambas manos y la miró a los ojos, sonriendo. Su mirada estaba repleta de ternura cuando le dijo en voz baja:
–Él se lo pierde.
Se inclinó para besarla, pero esta vez fue ella quien se apartó.
–Espera, Cat. –Señaló con timidez el plato de bollería–. ¿No quieres comer primero? Me pareció que venías con hambre.
Él echó un breve vistazo a la estantería y negó con la cabeza. Sería capaz de resistir la tentación. Al fin y al cabo había comprado croissants aquella mañana, y poco después había descubierto que un hada buena y maravillosa había vuelto a guardar un trozo de quiche en su cartera.
–Creo que he encontrado algo mucho más dulce –susurró, antes de besarla por fin.
