Junio 26, 1955

No sabía nada de Amanda. Era lógico. Ella no quería perder su tiempo con una niña estúpida como yo; tímida, inocente, estúpida… virgen. Yo sabía que llegaría aquel momento, aquel donde tendría que entregarle todo de mí en cuerpo y alma. Pero tenía miedo, miedo de ser rechazada, de hacer las cosas mal… de resultarle repugnantemente casta. Tenía tantos deseos de verla, de sentirla junto a mí… de besarla – Que Dios me perdone pero así lo sentía y era lo que más necesitaba. Mis pensamientos incesables, sin control me guiaban a la escena de aquella noche. Nunca olvidaré su rostro de decepción; la había defraudado. "Te entiendo, pero me duele." Aquella frase había destruido mi corazón en miles de pedazos. Todo lo que sentía por ella, todo lo viva que esta mujer me había hecho sentir… - Sabía que no lo encontraría con nadie más, nadie más me podría sacar una sonrisa, un aliento, unas inmensas ganas de vivir y de sentir. Gracias a Amanda siento que valgo… que valgo la pena. Que la vida me ha dado una segunda oportunidad, una segunda oportunidad para ser alguien en la vida de alguien. Para sentirme querida y para querer. Todo eso me lo había regalado de algún extraño e inconsciente modo, y yo jamás supe como agradecerle. No podía. No podía dejarla ir. Tenía que hacer todo lo necesario para hacerle entender que la necesito más que al aire, que la quiero más que a mi vida, que la ansío más cada día.

Eran las 8 de la mañana. Mi padre rumbo a su trabajo, y mi madre haciendo las compras de la semana. Asomé mi rostro por la ventana, y la vi. Reía en la cocina con Steve, su marido. Ella dejaba las sartenes en el lavaplatos y él la abrazaba por detrás, ansioso… besándole el cuello. Amanda cerraba sus ojos, mordía su labio inferior y discretamente se zafaba de sus brazos. Le arregló la corbata, y lo besó en los labios con cierta dulzura. Me dolía el cuerpo, el corazón, el alma. Ver a Amanda despedir a su esposo era una tortura. Cada mirada, cada abrazo, cada beso… me destruían, me hacían dudar, o tal vez, me hacían comprender que yo no era nada más que un pasatiempo para la Sra. Belivet.

Estaba furiosa, triste, alterada… mis emociones se habían mezclado y revuelto en un agujero negro sin fondo. La verdad es un dolor sin límite, y saber que para Amanda no era más que un juego me revolvía las entrañas y hacía que mi sangre espesara. La había puesto encima de mis principios, de mis creencias. Olvidé lo correcto, y solo aprendí a pronunciar su nombre. Tomé un abrigo, y me lo puse encima del camisón de dormir rosa que llevaba puesto. No permitiría que nadie más se burlase de mí. Nadie.


Lana Winters sintió escalofríos. Cuando sus sentidos estaban despiertos, más sus ojos no abiertos… las manos de Mary aun acariciaban su delicado rostro, y eso dejó a la reportera sin palabras. La calidez que sentía, era inexplicable, era una sensación perdida en el tiempo y en el espacio, una sensación que volvía a aparecer de repente. El silencio de la habitación hacía todo más difícil, hasta respirar resultaba imposible. Pasó saliva, y las manos de Mary habían desaparecido. Dejando un vacío en su rostro, y una sensación de ahogo… Lana no tuvo otra salida que abrir sus ojos.

"Buenos días, hermana Mary." – Su respiración un tanto agitada. Tapó el colchón con las sabanas, y sintió la humedad de la cama. Su nerviosismo incremento en un cien por ciento.

"Disculpe la molestia, señorita Winters." – Las manos de Mary se tensaron en dos puños cerrados. – "Es que es hora de revisión de celdas."

Silencio. Lana no pronunció palabras… recordaba la noche anterior. Todas sus fantasías pecadoras, lujuriosas y sobre todo, extremadamente inapropiadas con la joven rubia que se encontraba frente a ella. Una y otra vez, conmemoraba el placer tan apetecible que aquellos sueños provocaban en ella. Y sí, aún habían rastros de aquello; entre sus piernas, húmeda y pegajosa, todavía sentía cuanto fue que disfruto sentir otra vez.

"Si me permite…" – La monja pidió con amabilidad. La reportera frunció el ceño y se levantó muy despacio de aquel delgado colchón que día a día destruía su espalda. Mordió su labio inferior y se hizo a un lado, observando a la monja en una esquina de la habitación.

Mary levantó la almohada y revisó su interior. Nada. Retiró las húmedas sabanas y alzó el colchón, absolutamente nada. La rubia había decidido que la revisión había terminado, pero notó las piernas temblorosas de la mujer mayor y supo que faltaba algo, algo que necesitaba encontrar. Entonces recordó mirar por debajo de la cama, y entonces encontró lo que atormentaba a la morena. Recogió el pedazo de tela, y sus mejillas enrojecieron. Miraba hacía el suelo, no se atrevía a mirarla a los ojos. Eran sus bragas. Blancas y delicadas. Mary se acercó a Lana, y dedujo que la señorita Winters no tenía nada cubriendo su sexo. Lana tomó las calzas con rapidez, y las escondió detrás de su espalda.

"Lo siento – "

"Revisión terminada. La espero en el comedor." – Mary salió apurada, avergonzada. Sentía un calor inexplicable que emanaba desde lo más profundo de su ser, hasta su latente corazón. Si lo recordaba, recordaba la sensación como si jamás hubiera muerto.


Junio 26, 1955

Tal vez fue la furia del momento, no lo sé. Pero si sé que me bloqueé, taponé todos mis sentidos comunes y no me interesó nada. Bajé las escaleras y salí, con empuñaduras en las manos, por la puerta principal. Nuestro vecindario siempre se había considerado uno de los más silenciosos y pacíficos. Claro está, ¿cómo no podría ser así? Si estábamos rodeados de amas de casa desesperadas y maridos ambiciosos. Mis padres, por ejemplo. Todo estaba basado en clases sociales y el qué dirán. La palabra de Dios era importantísima, pero todos eran unos hipócritas. Todos rezan en conjunto antes de cenar, y ruegan por el perdón de Dios cada día, cada noche, porque todos, todos eran unos pecadores.

No me interesaba nada, ya no. Me había cansado de ser la estúpida rubia que seguía órdenes, que dejaba que se burlaran de ella, que nunca decía lo que realmente pensaba. La callada, la ingenua, la virgen de la ciudad. No quería ser esa niña, no podía. Por qué ahora era una mujer. Crucé la pequeña valla blanca que separaba nuestros jardines y rodeada de silencio, toqué su puerta con fuerza. Mis manos en puños, y mis nudillos duros, golpeando lo más fuerte posible. Escuche los pasos apurados de Amanda, sus pantuflas sonaban contra la madera mientras corría hacia la puerta principal. Sin siquiera preguntar de quién se trataba, aquel pedazo de materia que nos separaba ahora hacía un hueco entre nosotras para vernos frente a frente. No me detuve, ni su mirada perdida lo hizo. Entré, la empujé hacia un lado y cerré la puerta. Me acerqué a ella con ferocidad y la presioné contra la pared, cogiendo su rostro entre mis manos le pregunté; "¿Qué quieres de mí? ¿Acaso solo estás jugando, Amanda?"

Silencio.

Mi rabia era demasiada. Ella se veía tan desubicada en aquel entonces, no tenía ni la menor idea de lo que pasaba. Pero cuando aquella sonrisa de costado apareció, supe que ella sabía.

- Contéstame. – Pero el silencio permaneció. Cerré mis manos en puños, para evitar la tentación… no podía, pero tenía. Tomé su rostro con delicadeza, y la besé con sumo cuidado. Mis ojos aún abiertos, espiando su reacción.

- Estoy aquí – Dijo mientras separaba sus labios de los míos. – Estoy aquí solo para ti.

Abrazó mi cuello con sus manos, y me atrajo hacía ella. En un beso voraz, lleno de pasión y lujuria, y lenguas que se entrelazaban y labios con mordidas, con lamidas. El corazón se me aceleraba como un rayo de electricidad. Nuestros cuerpos contra la pared, en plena fricción. Sentí sus manos bajar por mis caderas, sumergirse entre mi camisón rosa y escalar por mis muslos hasta encontrarse con el algodón de mi ropa interior. Una punzada en el pecho. Sus labios gruesos y palpitantes concentrados en mi cuello, haciéndome hacer ruidos extraños, y algo estúpidos al mismo tiempo. Me tensé entre sus brazos, y ella se detuvo. Me miro a los ojos y sonrió, tomó mi mano y corrimos hacia su habitación. Al entrar, nos sentamos en la cama… su mano sobre mi rodilla, moviendo, acariciando mi piel. Cerré los ojos, temblando. Pero esbocé una sonrisa para darle seguridad. Sus manos subieron hasta mis hombros y las tiras de mi camisón cayeron con suma lentitud.

- ¿Chiquita? – Me preguntó. No respondí, solo abrí los ojos. - ¿Estas segura de que esto es lo que quieres?

- Sí. – Y no paso ni medio minuto para encontrar a Amanda de rodillas frente a mí. Besaba mis tobillos e iba subiendo de poco en poco. Apoyé ambas manos contra la cama, desesperada… ansiosa. Sus manos pasaban por mi entrepierna, sobando con delicadeza… tentándome. Con ambos pulgares, subió mi camisón hasta mi cintura; dejando a la vista mis bragas blancas. Un nudo se me hizo en la garganta, un sentimiento inexplicable… ahogante, pero maravilloso. Sus labios se posaron entre mis bragaduras, y sentí que cada centímetro de mi cuerpo se estremecía. Respiré hondo, pero sentí sus labios contra la delgada tela que cubría mi sexo y quise llorar desesperadamente. La respiración agitada, y el corazón a mil. Inconsciente, apreté su rostro contra mi centro… esperando, deseando que la humedad de sus besos tocaran mi piel. Subió hasta mi ombligo, y me miró fijamente. Sin embargo, mis ojos se cerraron tímidos, cuando sentí que estaba retirando aquella prenda de más. – Estás tan mojada, chiquita. Y solo por mí, solo para mí. – Algo salió de mi garganta, algún gemido inexistente o algo fuera de lo normal. Pero parecía que mis interiores chorreaban de lujuria, de loca necesidad.

- A-aman-da. Por-por fa-vor. Te necesito. – Temblorosa supliqué, rogué. Porque nada más importaba en aquél, momento. Solo quería ser suya, y de nadie más.

Fue entonces cuando su lengua tocó mi centro, y sus paredes empapadas de excitación. El corazón se me detuvo, como avisando que iba a renacer en aquel instante. Ante todo, debo de admitir que no pensé en Dios, ni en su aceptación, ni en nadie, ni en nada. No sabía el significado de pecar, porque en aquel momento estaba en mi propia gloria – Su lengua revoloteaba, jugando con mis emociones, con mis insuficiencias. Chupaba y mordía mi centro nervioso, y limpiaba mis adentros con una larga lamida. Paso su dedo anular por mi punto débil, y presionó con fuerza… mis caderas se elevaron impacientes, esperando más contacto. Sobaba de izquierda a derecha con tanta demencia, y todos mis pensamientos coherentes se nublaron y el placer era tanto que mi garganta no podía permanecer callada. – Hasta que Amanda se detuvo. Subió hasta la cama, y se posó encima de mí, mis brazos temblorosos aun apoyándose contra el colchón. Besó mis labios y me dijo; "Sabes delicioso." Sí, sentí mi propio sabor entre mis papilas gustativas, y fue lo más excitante que pude haber sentido en mi vida. Tenía miedo, miedo de haber fallado… pero no quería que esto acabara, quería que este momento se congelase para repetirlo una y otra vez. Mientras nuestras lenguas se enredaban, y mis labios eran succionados por los suyos, sentí un aire pasar por mi estómago, y luego por mis pechos, hasta que realicé que mi camisón ahora se encontraba desparramado en el piso. Nuevamente, nuestros besos fueron detenidos, mis emociones desequilibradas, sentí mis pechos erectos y la boca de Amanda besando y sorbiendo cada uno de ellos. Mis dedos encontraron su camino hasta el cabello oscuro de mi amante, y se enredaron en un camino placentero, mientras acariciaban su cuero cabelludo para incentivarla a continuar. Mordí mi labio inferior sin cuidado, y sus manos bajaron para posarse en mi centro. De alguna manera u otra, encontró el camino indicado, y sentí su dedo medio entrando a lo más profundo de mí ser, penetrando mi cuerpo, mi alma, mi corazón sin piedad alguna.

Mi boca abierta de par en par, los sonidos ya no podían salir. Todo estaba atorado en un remolino de inesperadas sensaciones y placenteros dolores que no sabía, ni pensaba que siquiera podían existir. Y bombeaba, una y otra vez, adentro y afuera… con un patrón de movimientos deliciosos.

- Más – más. – Mis manos se aferraron a sus hombros, y ella fijo su mirada en mis ojos, esperando la señal para poder llevarme al orgasmo total. Arque la espalda, y con un veloz movimiento tomé sus labios entre los míos para perderme en ella.

- Te amo, Mary. – Susurró cuando mis gritos de placer habían cesado. La muerte había pasado frente a mis ojos, cuando me vine en sus dedos. El llanto se asomaba por mis pupilas, y no pude hacer nada más que permitirle la entrada. Pero Amanda secó mis lágrimas con su palma y me besó. – No me tienes que contestar.

- Te amo, Amanda. Te amo más que a nadie en este mundo.


Lana Winters era una mujer excepcional e increíblemente realista. Una periodista que le gustaba encontrar la verdad detrás de máscaras inesperadas. Una mujer que siempre encontraba el porqué de los porqués, pero su situación era una excepción. La noche anterior había saciado sus necesidades pensando indecorosamente en la joven monja que veía a diario. En aquella con la que compartía silencios, y momentos solitarios. Con aquella que temblaba constantemente, con esa que provocaba que su corazón corriese a mil. Si, con la hermana más pura del planeta, la más hermosa y bondadosa de todas. Esa era, Mary Eunice.

Había encontrado evidencia de lo sucedido la noche anterior, y no dijo ninguna palabra. Solo calló y le dio aquellas miradas que, sin duda alguna, la reportera no entendía. Es que nadie, ni nada era coherente en aquel agujero negro. Ese infierno no tenía descripción, ni cohesión. Se sentía perdida, perdida entre sentimientos inexplicables y ansiedades inéditas. Cuando abrió las puertas del comedor, se encontró con la rubia mirando hacía el horizonte, perdida entre la nada y sus pensamientos más profundos. Pero no importó, porque la sala estaba prácticamente vacía, pero eso no importó, porque se encontraba la única persona importante para Lana.

Tomó asiento a su costado, y preguntó.

- ¿Qué sucede, hermana? – Silencio - ¿Mary? – La rubia dio un pequeño salto, y la miro con suma apreciación.

- Estaba recordando, tonterías. – Trató de sonreír.

- ¿Qué sucede? – Lana preguntó nerviosa. Mary se levantó de su asiento para traerle el plato de comida, y suspiro hondo, cansada. - ¿Acaso no confía en mí?

- Más que en nadie, Lana. - Sus ojos se cerraron. Se paró de su asiento para retirarse, para fugarse y esconderse. Pero la reportera la detuvo. – ¿Qué sucedió ayer? – La joven monja tuvo el valor de preguntar, pero su pecho acelerado no sabía de valor.

- ¿A qué se refiere? – Tomó la mano de Mary entre las suyas. - ¿Qué es lo que quiere saber, hermana?

- Dígame, que sucedió ayer. ¿En quién estaba pensando, Señorita Winters? – Pero aquellas sensaciones volvieron a aparecer. Las de ahogo, las de desesperanza, y la rubia se retractó. – Olvídelo.

- En usted. – Lana se acercó a la monja, atreviéndose a dar un paso más. – Pensé toda la noche en usted, hermana.

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