EPÍLOGO
Despertó de golpe con los cabellos rubios pegados al rostro, respirando agitado, casi jadeando, el corazón le latía con fuerza, casi se le desbocaba como un caballo salvaje, las perlas de sudor resbalaban por sus sienes y luego por el cuello.
Se llevó la mano hacia al frente y se volvió para ver al griego a su lado, él dormía, casi tierno, con esa clase de expresión que seguramente tuvo cuando era un niño: de paz y de inocencia, su mano tocó sus cabellos ondulados, castaños, hechos un lío.
—Entiendo, Buda… —susurró.
Llevaba días teniendo el mismo sueño, no lo comprendía del todo, no hasta ahora: en él veía una inminente destrucción del mundo físico, de la Tierra, veía el inmenso poder de Atenea, veía seres poderosos, no eran los Titanes a los que antaño se habían enfrentado, no… eran otros seres, de mayor oscuridad… y luego, veía a Aioria, lo veía sufriendo, lloraba, las lágrimas surcaban su rostro hermoso, su rostro de pieza de arte, lloraba ante una puerta, la golpeaba impotente… no soportaba su sufrimiento… supo que tenía que dejarlo ir… de otra manera el sufriría lo indecible.
Aunque doliera… era el momento…
De cualquier forma Aioria encontraría otras formas de llenar los espacios vacíos, como ya lo hacía, con Milo, con mujeres, con lo que fuese… él era fuerte, era un alma sólida, y un buen hombre, con costumbres ciertamente licenciosas, pero un buen hombre al final de cuentas.
Se agachó para besarle en la mejilla, el adolescente había crecido convirtiéndose en un adulto de belleza arrebatadora, algo le inquietaba: eso era el hecho de que jamás pudo penetrar en un recuerdo que tenía bloqueado, era como si alguien lo hubiese borrado a propósito, era algo que tenía que ver con su hermano, con el verdadero motivo de su huida, tiempo atrás, y era algo siniestro que había ocurrido una noche lluviosa cuando Mu de Aries lo encontró, mojado, cubierto por una toalla y casi en estado catatónico.
Temía por ese recuerdo, temía por el día en el que recordara…
Sin embargo, Aioria, pese a todo había demostrado ser fuerte, su valentía, su espíritu, eso… tendría que ser lo que le levantara una y otra vez, no importaba lo que ocurriera… él seguiría adelante…
Se vistió para caminar ducharse con agua fría, después, caminó hacia el sitial de loto y se preparó para meditar, del punto de su frente, símbolo de iluminación, el urna brillaba.
Era el momento de optar por la soledad y purgar el sufrimiento, sin que ello implicara una visión negativa o derrotista ante el mundo. Se trata de persistir, se trata de sobreponerse.
—Sobreponerse… se hallan incluidas las dos notas calificadoras de la existencia humana: la ineludibilidad del fracaso y el reclamo de un mantenerse incólume el corazón… ahora lo sé, Buda…
El adiós, cuando él se lo dijo, que no más, que no había interés alguno ni necesidad de ese apego, mintió, mintió para alejarlo, y aunque Aioria se negó y trató de desdecirlo… acabó aceptando los argumentos de Shaka acerca de que un ser divino como lo era él, estaba más allá de cualquier placer o vicio humano, acabó por saber que una vez más estaba experimentando la nekya, la muerte simbólica, el descenso más oscuro y originario de la interioridad, apretó los puños y se fue, se fue para no volver.
—Una vez más estoy sin tierra firme… —dijo mientras subía las escaleras hacia su templo.
Todo era una ironía, la ironía de su propia vida, el corazón se le quemaba, ardiendo en el crisol de oro, ama, desea y se muere consumido.
Muchas veces, muchos días, muchos años después, Aioria continuó llevando de vez en vez, a escondidas, a ese templo donde aprendió y perdió, al sexto recinto zodiacal, cojines, de colores, de texturas, iba y los dejaba en la habitación, perdidos entre otros muchos, pensaba que Shaka tal vez no se enteraba, no lo notaba, pero siempre lo hacía, sabía cuándo él, el amante griego, había estado ahí, reconocía uno nuevo entre su amplia y enferma colección, era su manera de asestar un golpe más sobre él, o quizás era su manera de decirle que no le había olvidado, a pesar de todo… él lo siguió haciendo…
Agradecimientos especiales:
A todas aquellas personas que siguieron esta historia que comenzó en el 2006, gracias por su paciencia, por sus palabras de aliento, por sus ánimos y por sus muchas muestras de interés así como sus entusiastas mensajes que me hicieron llegar a lo largo de estos siete años. Para todos ustedes, mi profundo agradecimiento. Concluyo al fin este ciclo para continuar con otras historias y otras aventuras. Gracias NR, por tu fidelidad y por tus bellas palabras. Gracias IGR por tus brillantes ideas, y por tus cojines.
18 de junio 2013
