I° PARTE

Capítulo VI.


Los próximos días traen una ráfaga de actividad mientras el evento es planeado. Pero incluso una celebración tranquila causa agitación en el 13, donde parece no existir ningún día festivo. Cuando es anunciado que se quieren niños para cantar la canción de la boda del Distrito 4, prácticamente todos los niños aparecen. Prim es uno de ellos y Plutarch, encantado, descubre que canta tan bien como yo. Luego de su descubrimiento, habla entusiasmado de cómo convertir a mi hermanita en toda una estrella hasta que se da cuenta de la mirada que le dirijo.

Además, no hay falta de voluntarios para ayudar con las decoraciones.

Los preparativos de la boda siguen con todo su esplendor, sí, pero también lo hacen los entrenamientos. Y pese a que Peeta me mire con una cara de reprobación cada noche cuando me quejo de dolor, él se ofrece para realizarme pequeños masajes alrededor de la espalda. En más de una ocasión la sensación de sus manos sobre mi piel (aunque entre nosotros aún exista una capa de ropa) hace que mi respiración se acelere y termine olvidado que quería un masaje para atacar después sus labios. Pero Peeta, de alguna forma que no sé explicar, siempre consigue que paremos antes de hacer algo de lo cual quizá luego nos arrepintamos.

Sin embargo, durante las comidas la gente habla emocionada del evento. Incluso más de una vez los tímidos habitantes del 13 rodean a Finnick y lo atosigan de preguntas. Él está entusiasmadísimo de contestarles hasta que una de esas veces Annie cubre su cabeza con ambas manos. Entonces el tributo del distrito cuatro indica que no responderá nada más, al menos no cuando su prometida se encuentre tan cerca.

Tal como Plutarch le dijo a Finnick, es de las casas de la Villa de los Vencedores de donde quieren sacar las ropas. Obviamente, todos los vestidos lindos que Cinna diseñó para mi volvieron al Capitolio, pero aún quedan algunos de la gira de la Victoria que Annie podría utilizar.

Pese a que tengo permiso para que mi equipo de preparación venga conmigo para las decisiones de moda, exijo que Peeta también lo haga, aunque no tenga ningún rol importante más allá de señalar donde se encuentran sus trajes elegantes. Su doctor de la cabeza insiste en que no puede modificar repentinamente sus horarios, más ahora que tiene fijos los de entrenamiento y terapia. Exactamente, no sé qué es lo que hace en terapia, pero él tampoco comenta mucho. Y la vez que le pregunté qué era lo que hacían, contestó con evasivas y se encogió de hombros. Por lo que, luego de que amenazo a Plutarch de encerrarme para siempre en los armarios de utilería, él logra convencer al doctor de Peeta para que me acompañe.

Estar sobre un aerodeslizador me pone nerviosa, porque me recuerda profundamente a aquella ocasión en la que me enteré de que Peeta no había salido de la Arena. O a la misión en el 8. O cuando volvimos por primera vez al 12. Pero de todas formas, es gratificante contar con los fuertes brazos del chico del pan para que me rodee y susurre que todo está bien cuando no logro controlar el sudor en las palmas de mis manos.

Bajamos del aerodeslizador en completo silencio, pese a que sepamos que nada sucederá. No son pocas las veces que hemos vuelto al 12 desde el bombardeo, pero es la primera vez que Peeta lo hace. Cuando aprieta mi mano con demasiada fuerza no digo nada, porque de alguna forma, él está luchando en contra todos esos demonios que jamás quiere admitir frente mío. Subimos las escaleras solo acompañados por mi equipo de preparación, quienes no dejan de chismorrear acerca de qué vestidos utilizaré yo y cuál le dejarán a Annie.

Sin embargo, cuando abro el armario todos nos quedamos en silencio, porque la presencia de mi estilista es muy fuerte en el flujo de las telas.

- Es como ver a Cinna – murmuro, impactada. Entonces miro en dirección a Octavia, quien se echado a llorar. Peeta frunce el ceño antes de rodear mi cintura con sus brazos y depositar un beso en mi cabeza.

Mi equipo de preparación vuelve a hablar, esta vez en un tono de voz bajo. Sin embargo, entre mi compañero y yo se hace un pequeño silencio. Pero luego él suspira y me susurra:

- Nunca me enteré de qué fue lo que le pasó a Cinna. Solo supe que… no volvió.

Abro los ojos, completamente sorprendida. Casi puedo sentir como los engranajes dentro de mi cabeza se mueven, a una velocidad alarmante.

Claro.

¿Por qué no me di cuenta antes?

- Tampoco quieres saber qué le pasó – contesto en tono lúgubre. Las imágenes de Cinna siendo golpeado frente a mí se repiten una y otra vez en contra de mi mente. Casi lo había olvidado. Tiempo ligeramente al pensar que quizá vuelva a visitarme aquella noche, en pesadillas. Él asiente con la cabeza a medida de que suspira.

- Te prometo que ya acabará todo, dentro de poco. En serio. Lo prometo – repite, mientras nos mece ligeramente. Se ha convertido en una pequeña mantra de los últimos días. Y según las reuniones casi diarias que mantenemos en el comando, está muy cerca de ser una realidad.

El resto de los días para la boda pasa como un borrón, hasta que no me doy cuenta que estoy sentada en mi litera del compartimiento de mi familia y mi madre está trenzándome el cabello. Ella no asistirá a la boda, porque tiene turno en el hospital. En el fondo creo que no quiere acercarse allí para no atraer aquellos viejos recuerdos, pero no le puedo culpar. Quien sí se está preparando es Prim, quien luce espectacular en un vestido completamente blanco con una cinta azul en la cintura. Mi cabello está listo y mi madre prácticamente sale corriendo de allí, no sin antes dejar un beso sobre nuestras cabezas. Prim insiste en que debo colocarme maquillaje y que debo hacerlo con ella. Cuando me estoy poniendo un poco en los labios, alguien toca tímidamente la puerta de nuestro compartimiento. Y Prim me guiña un ojo, porque sabe que se trata de Peeta.

Ella es quien abre la puerta y le deja entrar. Él permanece en silencio unos segundos, mirándonos, hasta que nos sonríe tímidamente.

- Wow, lucen hermosas. Las muchachas más preciosas de todo el 13 – dice él, pese a que solo me mire a mí. Me sonrojo fuertemente y mi hermanita suelta una risa coqueta. Ella se cuelga de uno de sus brazos y yo tímidamente le tomo el otro. Cuando me encuentro a su altura, Peeta me besa la mejilla de manera fugaz, haciendo que Prim lo celebre riendo fuertemente y que de pronto, el futuro me parezca mucho más auspicioso solo porque ella ríe. Le miro fijo, pensando que quizá, de alguna forma, Peeta es todo eso. Es esperanza, es vida y es felicidad. Me inclino sobre él y le beso el hombro, también de manera fugaz.

Y la sonrisa de él solo se acentúa.

Pese a los reparos que originalmente tenía la presidenta, la boda es espectacular. Dalton, un chico del ganado del 10, es quien la dirige, ya que es similar a la utilizada en su distrito. Pero hay toques únicos del distrito 4. Una red tejida por todo el piso que cubre a la pareja durante sus votos, el toque de sus labios con agua salada, y la antigua canción de bodas, que une el matrimonio como un viaje por el mar. En algún minuto determinado, y sin motivo aparente, me pongo a llorar como una idiota. Peeta sonríe levemente, como si pudiera leer mi mente y me atrae a su fuerte pecho. Un par de señoras del 13 me sonríen al percatarse de aquello, a medida de que comentan lo maravilloso que ha sido todo. Me escondo aún más en el pecho de Peeta cuando estas se alejan y él se inclina para mirarme a los ojos.

- Hey, ¿todo bien? – pregunta, preocupado. Me encojo de hombros, sin saber exactamente qué es lo que sucede.

- Perfectamente – y sé que no es una mentira cuando entrelazo mis dedos a los suyos.

Sin embargo, las lágrimas siguen cayendo por mi rostro cuando Finnick estrecha entre sus brazos a Annie, con una sonrisa de oreja a oreja. Quizá se trate de que aquella boda me recuerda demasiado a mi madre, a todo su dolor luego de perder a mi padre. Quizá sea que piense en los padres de Peeta, en como jamás los conocí de verdad y ahora jamás lo haré. Quizá piense en todas esas personas del distrito que perdieron la vida solo por haber vivido en el mismo sitio que yo. Quizá incluso esté pensando en todo aquello que sé que quiere el chico del pan y yo estoy segura que no podré darle. Pese a que Peeta siga rodeándome con sus brazos, no encuentro un motivo real por el cual estoy llorando como una niña pequeña.

- Déjala – dice Haymitch, luego de mirarnos a ambos con el ceño fruncido. – Todas las mujeres se emocionan con una boda.

Y zanja el tema como si fuera una especie de tabú.

Los novios realizan un baile característico del cuatro mientras todos los miramos. Se nota que todo el asunto de la boda está demasiado orquestado y preparado para ser una propo en el momento en que cuatro personas acarrean un inmenso pastel de bodas de un cuarto lateral. La mayoría de los invitados se apartan, haciendo camino para esta rareza, esta increíble creación, con azul y verde, blanco con olas de punta de hielo nadando con peces y barcos de vela, sellos y flores del mar. Pero me hago camino entre la multitud para confirmar lo que yo sé a primera vista. Tan segura como que los puntos de bordado del vestido de Annie fueron hechos por la mano de Cinna, las flores congeladas en el pastel fueron hechas por Peeta.

Le miro sorprendida y él se encoge de hombros. Hago un mohín con la nariz, como reprendiéndolo por no habérmelo contado.

- Era mi terapia – se excusa, poniendo una angelical sonrisa y apoyando sus fuertes manos en mis caderas. Trago saliva y miro a mi alrededor, preocupada por si alguien está observándonos con más atención de la necesaria, o en su defecto, una de las cámaras de Plutarch. Él, indiferente, coloca su nariz con delicadeza sobre la mía – Tranquila, Katniss. No te comeré.

Y luego se ríe, como si aquello fuera alguna especie de chiste.

Nos acercamos a felicitar a Finnick. En realidad, en teoría felicitamos a los novios, pero yo soy mucho más cercana al hombre que a la bella mujer que se ubica a su lado, por lo que es Peeta quien le felicita a ella. Le abrazo con fuerza y al parecer, el tributo del cuatro entiende todo lo que quiero trasmitirle.

- Aunque seas un caso perdido – le digo luego, para no dejar lugar a dudas, con una sonrisa en los labios – te lo mereces.

Finnick chasquea la lengua, aunque también me sonríe.

Peeta le estrecha la mano con fuerza y el novio le responde bromeando que quizá nosotros seamos los siguientes en preparar propos para Plutarch. Me tenso inmediatamente, pensando en el motivo por el cual me eché a correr el día que Peeta salió del hospital, pero es el chico del pan quien mantiene viva la conversación, riéndose de las ocurrencias de Finnick.

Pero pronto debemos dejarles, porque al parecer se ha formado una especie de fila india detrás de nosotros, todos deseosos de felicitar a los novios. Annie nos dedica una bonita sonrisa antes de separarnos y algo me dice que pronto nuestras relaciones mejorarán.

Después de que les hayan felicitado la mayor parte de los invitados, las notas de una melodía comienzan a flotar por el aire, haciendo que todos aquellos que somos del 12 nos miremos con una sonrisa. Es la melodía de nuestras fiestas. Puede que seamos el distrito más pequeño y más pobre de todo Panem, pero algo que definitivamente saben hacer los habitantes de nuestro distrito es celebrar.

Cuando me giro hacia Peeta, con una sonrisa de oreja a oreja, me sorprende verlo con un gesto casi melancólico en la mirada. Luego, él señala a su pierna artificial y una pequeña sonrisa de disculpa aflora en su rostro.

- Perdón.

- No, no tienes por qué disculparte – susurro, acercándome a él. Pienso en la bonita torta que hizo para Finnick y las horas que supuso para él estar de pie. Le sonrío levemente – Está bien, no bailaremos.

- No seas necia, descerebrada – siento la voz de Johanna Manson demasiado cerca de nosotros. La miro entre sorprendida y avergonzada, pues no me había percatado de que efectivamente se encontraba a tan solo unos centímetros de nuestra posición - ¿Acaso no vas a aprovechar la oportunidad de que Snow te vea bailar?

Ella está en lo correcto. ¿Qué podría gritar victoria más alto que el Sinsajo divirtiéndose con música? Consigo a Prim en la multitud. Ya que las tardes de invierno nos brindaron mucho tiempo para practicar, realmente somos una buena pareja. En parte, me desilusiona un poco que mi pareja no sea Peeta, pero la satisfacción de tener a Snow viéndome bailar con mi hermana pequeña reduce los otros sentimientos a polvo.

Bailar nos transforma. Le enseñamos los pasos a los invitados del Distrito 13. Insistimos en un número especial para el novio y la novia. Manos unidas y haciendo un círculo gigante giratorio donde las personas muestran su trabajo con los pies. Nada tonto, alegre, o divertido había pasado en tanto tiempo. Observo sorprendida que entre los habitantes del 13 que bailan se encuentra Aaron Webb, uno de los muchachos a quienes Peeta le ha cogido cariño. Y entre giro y giro termino bailando junto a él, quien se sonroja fuertemente cuando el chico del pan aparece al lado de nosotros.

- Tu pierna – medio le regaño, medio le pregunto. Él se encoge de hombros y me sonríe, con sus ojos azules chispeando de felicidad.

- Gracias a los entrenamientos ahora está mejor – me asegura, mientras me toma fuertemente de la cintura. Intercambia una mirada con Aaron y él se despide, aún con la mirada baja. Es muy tímido aquel muchacho, y puede que ese sea uno de los motivos por los cuales Peeta le haya cogido cariño. La melodía del violín cambia y descubro encantada que se trata de una balada lenta, por lo que los bailarines inmediatamente acatan y comienzan a moverse de una forma mucho más pausada.

- Lo tenías preparado – le acuso, estrechándome contra él. Peeta suelta una risita.

- Obviamente.

Bailamos un largo rato, en los cuales me escondo en su fuerte pecho. Suspiro al darme cuenta de cuan tonta fui al no darme cuenta que Peeta siempre estuvo a mi lado. No me percato en qué momento exactamente, pero de pronto estoy cantando la letra de aquella canción lenta. Comienzo a susurrarla en contra del oído del chico del pan, en una especie de secreto. Se estremece y me estrecha aún más en contra de sí, posando sus fuertes manos en mi espalda.

- Te quiero tanto – susurra, alcanzando con su lengua el lóbulo de mi oreja. Interrumpo momentáneamente mi canto debido a las sensaciones que invaden mi estómago. Son como millones de insectos dentro de él. Peeta suelta un débil gruñido. – No dije que te detuvieras.

Suelto una risita nerviosa, pero de todas formas continúo cantando. Y una vez más, siento la curiosa forma en la cual el chico del pan se derrite entre mis brazos. Deja un último pequeño beso en mi cuello y apoya su frente en contra de mi hombro a medida de que ambos nos mecemos ligeramente. Le acaricio la fuerte espalda por la forma en que se aferra a mí, como si fuera un pequeño niño al cual debiera proteger. Pienso en que quizá sí tenga que hacer eso, protegerlo, pero no como a un niño. Proteger a Peeta, porque se encuentra incluso más solo en el mundo que yo.

Tomo su rostro entre mis manos y le obligo a levantar la mirada. Parece confundido durante unos segundos hasta que digo:

- Yo también te quiero.

Y me sonríe.

Después de unos momentos, Peeta acepta que su pierna le está matando y nos movemos entre los invitados hasta llegar a las sillas que se encuentran a los bordes. Haymitch se apresura a llegar hasta nuestro lado y comienza a hablarnos sobre todo y nada a la vez. Pese a que hasta ahora han conversado, creo que en el fondo Peeta aún no le perdona del todo el hecho que le ocultara los planes de los rebeldes. Yo le perdoné definitivamente cuando fuera mi mentor uno de las pocas personas en las cuales pude confiar cuando me di cuenta de qué estaba haciendo el Capitolio con Peeta. Y también porque tenía razón en insistir que yo no habría sabido mentir. Sin embargo, el chico del pan sí habría podido hacerlo perfectamente. Y aquel es motivo suficiente para que me aparte de ellos justo después de darle un pequeño beso en la frente de mi compañero, con la excusa de ir a buscar algo de beber.

Observo a los asistentes a la boda con una sonrisa en el rostro. Estaban pasando cosas tan malas a nuestro alrededor que al parecer, todos estaban un poco desesperados por un poco de fiesta. Sé que Plutarch no se encuentra exactamente aquí, sino que revisando que todo esté bien desde la sala de comando, pero tomo la nota mental de luego felicitarle por la idea. Miro hacia la pista de baile improvisada y sorprendida me doy cuenta de que Prim está bailando nada más ni nada menos junto con Aaron Webb. No me sorprendería el hecho de que bailaran, lo que sí lo hace es la familiaridad con la que se tratan y la manera en que mi hermanita le mira. Abro la boca, y estoy a punto de partir en su dirección, hasta que alguien me toma del codo.

- No, Catnip –dice la voz de mi mejor amigo. Me giro para verle y tiene una sonrisa burlona en el rostro – Prim ya no es una niña, lo sabes.

- ¡Es muy joven! – le suelto, enfadada. Gale suelta una risotada y frunzo el ceño. ¿Qué es lo tan gracioso?

- Solo están bailando, Katniss. Y si llegase a pasar algo más allá, ella casi tiene 14 y él 15. Es normal.

Bufo, sin embargo, Gale me suelta.

- Oh, vamos. Cuando tenías quince años tu no… - paro de hablar al darme cuenta de que sí, que Gale a los quince años sí hacía esas cosas. Quizá incluso más. Su sonrisita se incrementa aún más y yo pongo los ojos en blanco. – no eres objeto de estudio, Hawthorne.

- Bueno, Cressida y Fulvia dicen que sí soy un buen objeto de estudio, si sabes a lo que me refiero – hace un gesto extraño con la boca y levanta repetidamente sus cejas. Le golpeo en el hombro a medida de que me río.

- Serás idiota, Gale.

Se encoje de hombros y se gira en dirección a la mesa de refrescos. Cuando vuelve, tiene dos gaseosas en las manos. No se ha permitido el ingreso de bebidas alcohólicas a la fiesta, pero sí gaseosas, lo que ha supuesto todo un cambio en el Distrito 13. Le miro con los ojos entrecerrados hasta que me saca la lengua.

- Si quisiera hacerte daño, no te envenenaría precisamente a ti.

Pongo los ojos en blanco nuevamente, aunque asiento y tomo el refresco de color oscuro entre mis manos. Miro a Gale unos segundos hasta que la pregunta escapa involuntariamente de mis labios.

- ¿Qué sentiste cuando realizaron el ataque al 2?

Mi amigo se atraganta con su bebida. Avergonzada, le doy unas palmaditas en la espalda, sin saber exactamente qué hacer. Sus mejillas han enrojecido y sus ojos están abiertos de par en par. Vale, quizá no ha sido la idea más brillante del mundo preguntarle así tal cual.

Gale carraspea.

- No me sentí precisamente… bien. Es decir, fue muy gratificante ver que nuestro trabajo en equipo llegó a alguna parte, pero… - se rasca la nuca unos segundos y me mira, perdido. – Creo que sabes cómo me sentí. Cualquiera del 12 lo habría hecho.

Asiento con la cabeza, porque sé a lo que se refiere.

Y pequeñas olas de alivio me golpean lentamente.

Pasan unos segundos de silencio entre ambos hasta que Gale vuelve a hablar.

- Peeta ha resultado un gran entrenador. Al menos, ahora el pelotón llega al final de la gran parte de los recorridos y han aprendido a seguir órdenes con mayor rapidez – comenta, en un tono impersonal y demasiado profesional para mi gusto. Hago un mohín con la nariz.

- ¿De veras quieres hablar de Peeta?

- No precisamente de él, pero… - Gale ladea la cabeza y luego chasquea la lengua.- Sí. ¿Sabes que quiere ir al Capitolio contigo, verdad? Coin lo comentó esta mañana. Dijo que si la pierna deja de molestarle, podría hacerlo. También que serían más estrictos contigo, porque al fin y al cabo, el Sinsajo ya cumplió su trabajo.

Las palabras son crueles, estratégicas y frías. Todos sinónimos del actuar de Alma Coin, por lo que no me sorprende demasiado. Pienso en que quizá me debería enojar, o indignar, pero no encuentro ninguno de esos sentimientos dentro de mí. Para lo único que hay lugar es a un extraño tipo de alivio. No, no me alivia el hecho de que Peeta quiera ir a la zona roja conmigo, pese a que no lo apruebe.

Lo que sí me alivia el hecho de que podemos irnos olvidando del Sinsajo.

Eso es puñeteramente genial.

- Sí, algo me ha dicho un par de veces – murmuro, mirando fijamente las burbujas que se forman en los bordes del vaso. Suspiro e intento no mirar en dirección a Prim y Aaron. Me encojo de hombros– Supongo que si las cosas siguen así iremos a la zona roja de todas formas.

Mi amigo suspira y algo en mis palabras parece desanimarle.

- Bueno, sí. De igual manera, si pasas el examen final, yo también iré en su cuadrón especial – comenta, nuevamente burlón. Pongo los ojos en blanco una última vez y niego con la cabeza. – Creo que, si esto acaba, nunca podrás decirle adiós al Sinsajo. No del todo.

Asiento con la cabeza, con la vista perdida. Al otro lado de la habitación, observo como Peeta finalmente le da la mano a Haymitch, aunque aún tiene el ceño fruncido. Es un avance, supongo.

- Me temo que no – susurro.

Entonces uno de los pajarillos propone cortar la torta. Inmediatamente me despido de Gale y voy hasta donde se encuentra el chico del pan. Me cuelgo de su brazo cuando se levanta, para ir juntos a exigir nuestros pedazos de aquella obra de arte. Él sonríe antes de soltarme y pasarme el brazo con fuerza sobre los hombros, y me sorprende cuando incluso queda un espacio entre mi cabeza y su cuello.

¿En qué momento ha crecido tanto?

Nos dan un pedazo a Peeta, a Haymitch y a mí y me maravillo viendo toda la cantidad de detalles que tiene en la parte de dulce. Incluso me da un poco de pena comerlo, porque al igual que todo lo que Peeta hace, es una obra de arte.

- Hey, es para comer – me dice el chico del pan, luego de unos instantes. Le sonrío, porque lo más probable es que haya adivinado qué era lo que pasaba por mi cabeza.

- Me da pena – confieso, mirando fijamente a la torta. Él se encoge de hombros y corta un pequeño pedazo de la suya para luego moverlo hasta mi boca. Sonrío aún más cuando me doy cuenta de lo que está haciendo, aunque en un sentido claramente metafórico. Me está dando de comer. Al igual que lo hizo él conmigo teníamos once años o yo con él cuando recién llegó al 13.

Cierro los ojos al sentir el sabor de la torta en contra de mi lengua. Es dulce, es nueva, es Peeta. Todo aquello es Peeta. Involuntariamente suelto un gemido de satisfacción.

- Al parecer, está buena – dice Peeta, con un tono de voz extrañamente ronco. Abro los ojos y asiento fuertemente con la cabeza.

- Deliciosa. Es la mejor que he probado en toda mi vida.

Peeta se me queda mirando unos segundos con expresión perdida. Estoy a punto de preguntarle qué es lo que le sucede hasta que toma ambos pedazos de torta y los deja sobre la mesa. Luego, con una fuerza nada propia de él, me acerca hasta sí y prácticamente ataca mis labios.

- ¡Peeta! – jadeo, entre sorprendida y contenta. Miro a Haymitch, quien se hace el desentendido. Aún no me siento cómoda del todo con las demostraciones de afecto en público… pero luego de unos segundos, ya he olvidado exactamente el motivo de aquello. Rodeo su fuerte espalda con mis brazos a medida de que lo atraigo más hacia mí. Apoya su frente contra la mía y me mira directamente a los ojos.

- Creo que no podré contenerme – murmura cerca de mi oído, después de un rato en que ambos nos hemos quedado en silencio. Luce casi avergonzado. Abro los ojos de par en par al percatarme del sentido de sus palabras. Él suspira y mira hacia el suelo. – Lo siento. No debí decir eso. Tú deberías…

Sin embargo, le silencio con un beso

- Creo que yo tampoco – le respondo, sonando completamente atrevida. Peeta suelta una risita nerviosa y aprieta con mayor fuerza mi cintura. Ladea la cabeza y deposita un beso en mi frente antes de soltar un poco el agarre que tiene sobre mí.

- Creo que sería una buena hora para ir a descansar, ¿no te parece?

Haymitch pone los ojos en blanco.

- ¿Por qué no dices que se quieren escapar a tu compartimiento, chico?

- Bueno, eso suena muy poco ortodoxo. Pero de todas formas, ¿podrías conseguirnos un permiso?

- ¡Peeta!

El rubio me mira con una sonrisa en el rostro. Haymitch suelta una risotada.

- Veré qué es lo que puedo conseguir.

Y se va, murmurando algo sobre los adolescentes del día de hoy mientras niega con la cabeza.

- ¿Crees que ha sido una idea inteligente decirle a Haymitch?

Peeta se encoje de hombros, como si le diera un poco más de lo mismo. Contengo mi exclamación de enfado, porque justo en ese momento Haymitch se coloca al lado de ambos, con una sonrisa pícara en sus labios.

- Vale, ya pueden escaparse. Le he preguntado a Plutarch y ha dicho que de todos modos el permiso de Coin tan solo dura cuarenta minutos más.

La idea me parece eternamente tentadora, más aún que sé qué es lo que pasará. Peeta me mira con una sonrisa en el rostro y de pronto siento como si mis piernas estuvieran hechas de gelatina. Sin embargo, busco con la mirada a Prim, para asegurarme que está bien.

Pero no la encuentro.

- No te preocupes, Sinsajo – dice Haymitch, y una vez más me sorprende lo bien que me conoce. – Me encargaré de la muchachita. Tú solo ve a divertirte con el chico.

Y nos da un pequeño empujón en dirección a la salida.

Suelto un suspiro y comienzo a caminar con la mayor normalidad posible en dirección a la puerta. Peeta toma mi mano y por vez primera no me incomoda el hecho de que lo haga. No sé por qué, pero de pronto siento que todo el mundo dentro de la habitación nos mira fijamente, por lo cual intento no echarme a correr. Suspiro una y otra a vez a medida de que tanto Peeta como yo caminamos hacia la salida.

Una vez fuera, me quito los zapatos.

Y comenzamos a correr.

Una risa se escapa con fuerza de mi pecho, como nunca antes. No tengo recuerdos de haber reído tan fuerte en las últimas semanas. Quizá se deba a las circunstancias, no lo sé, pero poco me interesa el hecho de que una voz dentro de mi cabeza me recuerde una y otra vez que habitantes del 13 pueden escucharnos. Peeta intenta seguirme el ritmo, pero yo soy mucho más rápida y no tengo una pierna ortopédica que llevar a rastras.

Es por eso que soy yo quien llega primero a su compartimiento y le espera allí. Es más, cuando llega él, yo incluso ya he serenado mi respiración. En cuanto me ve, cierra la puerta y niega con la cabeza.

- Eres imposible, Katniss – se queja. Le guiño el ojo.

- Pensé que era una de las cosas que te gustaba de mí.

Pasa una de sus manos por los cabellos que intentan cubrirle la frente y se acerca a mí.

- Efectivamente – dice entre jadeos, justo antes de besarme.

Automáticamente, mis brazos se mueven alrededor de su espalda como sus manos van en busca de mi cintura. No pasan ni dos segundos y de pronto, se ha vuelto este el beso más apasionado que hemos compartido jamás.

Y sé que debería sentir placer, felicidad, o algo por el estilo. Y aunque lo sienta, no puedo disfrutarlo del todo.

Porque tengo miedo.

Y me siento estúpida por no haber pensado en esto antes.

- Peeta, detente. – murmuro cuando siento sus labios insistentes en contra de mi cuello. Él en respuesta tan solo los mueve con mayor ímpetu, aprieta con fuerza mi cintura y suelta un gruñido. Frunzo el ceño y me muevo con fuerza para que me suelte - ¡Para!

Peeta me deja ir, con los ojos abiertos como platos. Puede que quizá haya sido un poco brusca, pero él no estaba escuchándome. Inspiro con fuerza y me cruzo de brazos.

- No quiero tener hijos – le suelto de golpe. Como no obtengo respuesta, comienzo a caminar de un lado a otro por el pequeño compartimiento. Después de unos segundos, me parece demasiado pequeño y temo que me esté dando un ataque de pánico, porque comienzo a hiperventilar. Peeta detiene mi andar y coloca sus fuertes manos en mis hombros.

- Tranquilízate, Katniss – me ordena. Y yo le obedezco. Le miro, asustada, entusiasmada, extasiada. Él me mira fijamente a los ojos. – Respira.

Hasta que lo dice, no me doy cuenta de que he estado reteniendo el aire. Lo hago.

Él asiente.

- Muy bien – me felicita. Se muerde ligeramente el labio antes de continuar hablando. – No debes preocuparte por el riesgo a… quedar embarazada. Eso ya lo tengo cubierto – suelta una risita nerviosa y pasa uno de sus dedos por mi entrecejo, para que lo relaje. Le miro confundida unos instantes.

- ¿Cómo es eso de cubierto?

- Eh… - una de sus manos viaja hasta sus rizos y se pasa la mano por el cabello, desordenándolo. Parece verdaderamente nervioso y en cualquier otra situación me habría parecido totalmente divertido. Pero no ahora, precisamente - ¿Recuerdas las pastillas que comentó Prim el otro día?

- ¿No? – respondo, con tono de pregunta. No soy capaz del todo de recordar todas las conversaciones que han mantenido Peeta y mi hermana en el compartimiento de mi familia mientras yo me dedico a dormitar. Frunzo el ceño - ¿Qué tienen que ver con todo esto?

- Bueno… estas, las pastillas, garantizan el hecho de que mientras las tome no puedas quedar embarazada.

Le miro, sin comprender nada de lo que dice. Pero después, casi puedo sentir el pequeño click que hacen sus palabras dentro de mi cabeza. Mi boca se abre, involuntariamente.

- ¿Las pastillas que estás tomando son anticonceptivas? – casi grito. Peeta ríe, pero niega con la cabeza.

- No. Son para recuperar las conexiones nerviosas a un cien por cien en lo que me queda de pierna, pero es uno de los efectos secundarios. Al menos, eso dijo Prim el otro día y el doctor lo corroboró – reconoce, con una sonrisa. La idea de mi hermana indicándole que las pastillas que toma Peeta son anticonceptivas me parece un tanto bizarra por unos segundos. Me río, igual de nerviosa que él y luego se coloca a mi espalda y me rodea con sus brazos. Pasan unos momentos de tensa calma hasta que vuelve a hablar. – No quiero que pienses que te estoy presionando ni nada. Lo sabes, ¿no?

- Lo sé – murmuro, a medida de que sonrío. No tengo palabras para describirle qué es lo que quiero de él, porque las palabras no son lo mío y porque lo quiero todo. Por eso, y como acostumbro, dejo que mis actos hablen por sí solos.

Me giro y comienzo a besarle. Por unos momentos, sus manos permanecen quietas en mis mejillas hasta que viajan a mi cintura. De alguna forma, el cuerpo del chico del pan siempre transmite calor. Sus manos, grandes y un poco maltratadas debido a todos aquellos años de quemaduras, se sienten terriblemente calientes sobre el tacto del delicado vestido. Mis manos viajan hasta sus fuertes hombros y lo atraigo hacia mí, sin querer pensar demasiado.

De lo siguiente que soy consciente es que ambos hemos caído a la cama de Peeta, él sobre mí. Peeta es lo único que puedo sentir, el calor de su cuerpo irradiando hacia mí. Batallo lentamente en contra de su chaqueta a medida de que él hace lo mismo contra el cierre de mi vestido. Es extraño actuar de la forma en que lo hacemos, debido también a la forma en que nuestros cuerpos se encuentran entrelazados.

Pasa sus brazos alrededor de mi cintura y mis caderas, haciendo que me estremezca. Un gemido largo y ronco se escapa de mi garganta cuando el mismo recorrido lo hacen sus labios. En algún minuto del proceso nuestras ropas comenzaron a volar, por lo que ahora ambos nos encontramos tan solo en ropa interior. Su cabeza vuelve a estar a mi altura y me mira de manera interrogante. Al principio, no comprendo qué es lo que desea hasta que tímidamente mueve una de sus manos hasta mi pecho derecho cubierto por el sujetador.

- ¿Puedo? – pregunta, mirándome atentamente. Pese a que no sea el momento precisamente, la imagen de su cabeza inclinada y sus grandes ojos azules me recuerdan de pronto a un niño pequeño. Y la imagen me parece tan tierna, que sonrío antes de contestar:

- Claro.

Mueve con delicadeza sus manos, como si estuviera desenvolviendo un regalo muy frágil. Una vez que me tiene completamente a su merced me mira a los ojos, sonriendo.

- Eres preciosa, ¿lo sabías?

Mi primer impulso es negarlo, decirle que es un excelente mentiroso. Pero luego, me doy cuenta que sus palabras eran exactamente lo que necesitaba. Le sonrío de vuelta y lo acerco hasta mí, sintiendo el contacto de la piel desnuda de su pecho en contra el mío. El sentirlo de una manera tan real, es algo que convierte a mi mente en una especie de nebulosa. Y de lo único que soy capaz de hacer es repetir su nombre entre gemidos.

- Peeta – gimo, susurro y jadeo mientras él mueve su curiosa lengua por las facciones de mi cuerpo desnudo. Parece que aquello le anima, porque cada vez que su nombre sale de mis labios, se mueve con mayor precisión. Y yo estoy lejos de pedirle que se detenga, claro está.

Pasan unos momentos más en los que continúo repitiendo su nombre como una posesa mientras él se deshace en atenciones hacia mí, sin embargo, después él levanta su cabeza y sus ojos, luciendo un azul casi salvaje se fijan en los míos.

- ¿Estás segura? – titubea. Al igual que la vez anterior, aquella pequeña oración hace que mi corazón se acelere y se llene de ternura, todo por la actitud caballerosa del chico del pan. Tomo su cabeza entre mis manos y coloco mi frente en contra de la suya.

- Completamente.

Lentamente, él es quien se deshace de los resquicios de tela que quedan en nuestros cuerpos. Avergonzada, evito mirar hacia abajo mientras lo hace y fijo la vista en los tendones de sus hombros. Él coloca mis piernas es una posición más cómoda a medida de que siento toda su excitación justo en mi entrada. Suelto un jadeo y él vuelve a mirarme a los ojos.

- Tranquila – susurra. Acomoda una de sus temblorosas manos en mi mejilla derecha. Un rizo de sus cabellos se mueve hasta colocarse sobre su ojo izquierdo. Me muerdo el labio y le sonrío levemente mientras despejo su frente con delicadeza.

- Peeta – le llamo, sintiendo demasiada euforia y temor a la vez. Él continúa mirándome fijamente, como para darme a entender que tiene toda su atención puesta en mí. Y puede que así sea. – Te amo.

Parpadea un par de veces. Abre la boca y luego la cierra, para volver a abrirla. Se me queda mirando tan fijamente que casi olvido en la situación en la cual estamos. Casi, porque es imposible olvidar nuestras circunstancias. Peeta continúa con una expresión tal de estupefacción tal que pienso que quizá fue algo precipitado, pese a que él ya conocía mis sentimientos de antemano. Y también pienso en retractarme, volver atrás, retirar mis palabras, pero sé también que eso es imposible.

- ¿Peeta? – le llamo nuevamente, temerosa de alguna respuesta negativa por su parte. Comienzo a enumerar los motivos por los cuales ha sido una mala decisión hasta el momento en que vuelvo a sentir sus labios sobre los míos.

- Demonios, Katniss – jadea, tomando mi rostro entre sus manos y acercándome con fuerza hacia él. – Yo también, yo también.

Correspondo el beso, nuevamente entusiasmada. La adrenalina corre por mis venas, haciéndome sentir más viva que nunca. Él jadea cuando mis manos se mueven demandantes por toda su espalda. Me sorprendo a mí misma pensando en que me gusta que sea tan ancha, tan grande y tan fuerte. Una de sus manos se posa en uno de mis pechos y arqueo la espalda casi sin quererlo.

Instintivamente, mis caderas se mueven hacia arriba, buscándole. Él parece entenderlo, porque detiene nuestro beso y luego, lentamente, baja, para que nuestros cuerpos finalmente se fusionen en uno. Retrocede un poco y vuelve a mirarme a los ojos, por incontable vez en la noche. Afirmo mis manos alrededor de sus hombros a medida de que uno de sus brazos se apoya al lado de mi cabeza. Siento como entra lentamente en mí, y pese a que sé que debería sentir dolor, en lo único que puedo pensar es en lo maravilloso del momento.

Cuando se encuentra con mi barrera natural, Peeta se muerde el labio. Y por increíble que parezca, soy yo quien le insta a continuar.

- Hazlo – le digo, a medida de que asiento levemente con la cabeza. Él gruñe y una gota de sudor se pierde dentro de su ceja derecha.

- Si te hago daño, yo…

- Solo hazlo – insisto, comenzando a sentirme frustrada. Peeta suelta un gruñido, y finalmente, lo hace.

He sentido dolores más intensos que este. Por ejemplo, cuando Johanna prácticamente me abrió el brazo y me dejó aquella fea cicatriz. O como cuando tenía 13 años y caí del árbol que estaba subiendo, luego de que Gale me indicara que bajase. El punto es que luego de que ocurre, el miedo de Peeta de hacerme daño me parece ilógico, por lo que suelto una pequeña risita.

Que se convierte en un jadeo cuando Peeta baja su cabeza en dirección a mis pechos.

Lentamente, comienzo a moverme, en busca en una mayor fricción. Bajo mis dedos siento como los músculos de Peeta se tensan y él continúa con mis movimientos. Un calorcito que jamás había sentido comienza a nacer justo en mi vientre, aplastándolo y ocupando cada uno de mis sentidos. La lengua de Peeta continúa jugando con mis pechos a medida de que pequeños gemidos, cada vez más altos, salen de mi boca. Después de unos momentos, mis manos se mueven hasta su espalda baja, empujándole más en mi dirección.

Peeta gruñe y él, junto con su lengua y sus dientes vuelven a subir en dirección a mi cuello y finalmente mi boca. Cuando siento su caliente lengua dentro de la mía, muevo con mayor ímpetu que antes las caderas en busca de las suyas, deslizando mis manos de su espalda hasta su nuca, tirando de su cabello con fuerza.

Es entonces cuando sucede. De un momento a otro me encuentro temblando bajo el cuerpo del chico del pan, mientras disfruto de la sensación más extraña y placentera que jamás he sentido nunca antes. Es como si mi cuerpo hubiese sido un nudo en constante tensión hasta el momento en que no aguantó más y tan solo se rompió, desparramando todo mi ser junto con él. Peeta se mueve un par de veces más hasta que suelta un largo y ronco gemido, comunicándome que también él ha llegado a su liberación. Luego apoya su frente en el hueco de mi cuello y deposita un pequeño beso en mi clavícula.

- Supongo que ya sabes que eres mi novia, ¿no? – luego de unos segundos, levanta la cabeza y me sonríe aún entre jadeos, con un aire un poco arrogante. Me sonrojo y no le contesto por unos segundos, hasta que insiste. – Bueno, ya lo sabes. Katniss Everdeen, eres mi novia.

Su elección de palabras me hace reír, también entre grandes bocanadas de aire.

- Está bien. En ese caso, tú también eres mi novio.

- Eso suena increíblemente bien.

Debo admitir que siempre idealicé un poco a Peeta, a mi chico del pan. Es cierto, porque siempre le vi como un ser extremadamente puro. Quizá sí lo sea, pero de todas formas, tan solo ahora soy capaz de percatarme de aquello. Pero el muchacho que se encuentra prácticamente sobre mí, respirando aún aceleradamente y con una capa de sudor sobre la frente, no es el chico del pan, sino tan solo… Peeta.

Y me encanta.