Capítulo 6: La sala de aislamiento

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―Lo que hicimos es ilegal.

―Es justificable.

― ¿Justificable? ―Severus lanzó su camisa verde musgo hacia la cara de Merlina. Estaba sentada en la cama, en una pose que cualquiera hubiera podido calificar como demasiado relajada; ya el terror se le había pasado ― Yo no tomaría como justificable que un par de magos escapara de la ley.

―No seas exagerado, Snape. Sólo huíamos de algo que jamás hice. El caldero explotó y punto. Y yo también vi esa bengala gigante, el origen de todo.

―Nos encontrarán ―dijo Severus, pesimista, pero con ese tono de voz que denotaba total tranquilidad ―, te lo aseguro. Esa señora no se quedará en paz.

― Tal vez deberíamos haber dejado que nos llevaran a Azkaban. Aprovechando que no están los dementores…

Severus le echó un vistazo con una expresión insondable.

―Los dementores volvieron a Azkaban… ―siseó en voz tan baja que Merlina sólo oyó un susurro.

― ¿Qué dices?

―Es mejor no ir a parar a Azkaban.

―Lo que sea ―hizo una pausa ―. Tengo una duda que me está matando: ¿de dónde sacas tanto dinero?

―De los bolsillos.

―Sabes a lo que me refiero.

― Catorce años de trabajo en un colegio donde el director paga bien, sin ningún gasto demasiado significativo, te permite ahorrar para utilizarlo en nada, hasta que encuentras alguna razón para gastarlo.

―Creo que tendré que pedirle un aumento a Dumbledore… Así ahorro también… ¿adónde vas?

Severus la miró con el entrecejo fruncido.

―Es obvio, ¿no? Voy a bañarme.

Merlina se enderezó y cruzó de piernas.

―Podemos compartir la ducha, ¿no?

―No creo que sea buena… idea.

Merlina pegó un salto hasta Severus y le puso la mano en la cara.

― ¿Quemo?

―No.

― ¿Entonces?

Con un beso profundo, un abrazo apretado y un acercamiento algo complicado hacia la tina, fue suficiente para que les subiera la temperatura. A Merlina se le fue la mano. Severus se separó abruptamente de ella, agitado, tropezando con la tina y cayendo en ella.

― No puedo, Morgan. Quemas de verdad.

Ella, rápidamente abrió la llave del lavamanos y se mojó la cara, intentando calmarse.

―No lo puedo controlar, Severus ―reconoció, apoyándose en la puerta. Severus ya se había reincorporado ―. No sé... me siento bien.

―Lo sé.

―Mejor… mejor te bañas solo ―salió del baño, cerrando la puerta con cuidado.

Si estoy enferma realmente… estoy recién comenzando.

Fuego. Todo había pasado muy rápido. De pronto cayó el peso sobre ella: se había quemado con fuego. Técnicamente.

Su familia…

Cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, a punto de llegar a la cama. Más bien, perdió las fuerzas de caminar.

¿Eso había sido lo que sus padres y hermano hubieran evitado si hubiesen sido magos? ¿Acaso había que ser mago para evitar un incendio? Ella lo pudo haber evitado. Pudo haber entrado a la casa sin quemarse, los hubiera salvado. Y no lo hizo. Se quedó paralizada. Le hizo caso a su hermano.

Debió haber actuado.

Iba a llorar. Sin embargo, cuando notó que empezó a subir su temperatura frenó las lágrimas. Se levantó lentamente del suelo y decidió respirar acompasadamente para restablecerse. Apoyó la espalda a la cama y se puso una mano en la frente.

"Cálmate."

¿Por qué?

"Porque podrías armar un incendio."

¿Por qué tendría que armar un incendio? No soy ninguna pirómana.

"Podrías armar incendio. Cuidado con tu temperatura."

¿Por qué Merlina hubiese de hacer eso? No tenía ninguna razón concreta. Salvo que había armado un incendio en el Ministerio de Escocia, y uno casi en la tienda, cuando la empezaron a culpar. En ambas ocasiones se había visto enojada y nerviosa, y cuando una persona se colocaba enojada y nerviosa, se tiende a acalorar.

Severus casi se llevó un susto de muerte al ver a Merlina tan lacia, sentada en el suelo y con la mano en la cara.

― ¡Morgan! ―exclamó.

Merlina se sobresaltó con demasiada exageración; no se había percatado de que Severus había salido del baño.

La temperatura le volvió a subir y se puso colorada. De la cabeza comenzó a despedir humo. Trató de relajarse otra vez.

― ¿Te sientes bien…?

― ¡No te me acerques!

Evadió a Severus y entró al baño. Algo desesperada y desconcertada largó el agua helada de la tina y se metió bajo ella con ropa y todo. Se sentó, abrazándose las rodillas y dejó que el agua la empapara.

Severus la dejó en paz. No apropósito, por supuesto. Le había llegado el patronus de uno de los de la Orden avisándole la próxima reunión, la que se iba a realizar al día siguiente.

Merlina pensó que no quería aproximarse a ella. Lo entendió. Al parecer se estaba volviendo peligrosa. Pero, ¿por qué? ¿Acaso le habían lanzado una maldición? ¿Había agarrado una enfermedad en Escocia? ¿Se estaba convirtiendo en un verdadero peligro para la sociedad? Si ella le hacía daño a Severus… Tal vez, tenía que alejarse…

Por un momento se imaginó la vida sin él. Sola, en la oscuridad, apartada. ¡Qué pesadilla!

Se sacó la ropa mojada y se envolvió en la toalla que estaba colgada tras la puerta. Salió del baño, algo tímida, pero Severus no estaba en la habitación.

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Merlina nunca había tenido un día tan malo como ese. Almorzaron en silencio, oyeron los Cuarenta Magistrales en silencio, cenaron en silencio. Todos los momentos en los que estuvieron juntos no se hablaron. Merlina prefirió pasarse la mayor parte leyendo unas absurdas y viejas revistas mágicas. Severus se entretuvo leyendo dos veces seguidas El Profeta de cabo a rabo.

¿Cómo se podía pasar de un inmenso estado de felicidad a uno tan deprimente?

A las nueve de la noche, ninguno tenía nada que hacer. Se acostaron, juntos, por supuesto, pero al parecer había una tremenda pared de concreto entre medio de los dos.

―Mañana tengo que ir a Londres.

Merlina, que estaba de espaldas a Severus se giró un poco para mirar su expresión. Era de absoluta seriedad.

― ¿Para…?

―Una reunión de la Orden.

Merlina sonrió a medias.

― No puedo ir, ¿cierto? ―se imaginó quemando a cada uno de los miembros de la Orden, a los que no conocía, pero los podía recrear en la mente a su antojo.

―No. Es mejor que no ―Severus prefirió que se hiciera sus propias ideas; estaba utilizando Legeremancia contra ella. Pero el peligro no radicaba en que ella pudiera quemar a los otros. Es que, simplemente, no quería que se enterara de nada. De nada.

―Claro.

Se giró nuevamente e intentó mantener la calma. No quería armar un incendio en la cama. Relájate.

La mano izquierda de Severus tomó su brazo con suavidad para acariciarlo. Ella, con un brusco movimiento, se los sacó de encima.

No lo había besado durante horas. Cómo lo extrañaba ya…

Espero que esto cambie. No quiero que cada noche sea así…, pensó Merlina, afligida completamente.

Ojalá todas las noches estuvieran así, juntos, pensó Severus, suspirando sonoramente.

Merlina durmió inquieta esa noche. A menudo le daban ataques de calor y se obligaba a despertar para beber de la jarra de agua que había dejado en la mesa de noche de su lado. Se despertó tantas veces para hacer lo mismo que, llegado un momento, pasó de largo y durmió hasta las cuatro de la tarde sin realizar ningún desastre.

Estaba sola.

Se levantó de inmediato y se dio otra ducha de agua fría, esta vez desnuda, para intentar comenzar bien… la tarde.

La carne se le ponía de gallina y temblaba bajo el chorro de agua hechizada para que saliera helada, pero se obligó a ser valiente.

Para almorzar se limitó a prepararse un emparedado de jamón de pavo con lechuga y tomate, y por cada tres mordidas del pan, bebií cuatro sorbos de agua con hielo.

Cuando dieron las seis y media, se comenzó a sentir inútil.

―Se supone que no hay nada que temer ―se dijo, en vez de caminar de un lugar a otro, moviendo el pie derecho con frenesí apegada, a la fría pared de la sala de estar ―, yo debería estar en esa reunión.

Inspiró y botó el aire con fuerza por la nariz.

―Estamos comprometidos ―hizo una pausa ―. Lo que no significa que tengamos que tengamos que estar juntos las veinticuatro horas del día ―razonó y, olvidándose de que estaba intentando permanecer quieta, se paseó por la sala en círculo y agarrándose las manos ―. Me preocupa, lo juro. A veces pienso que me está ocultando cosas. No puede haber otra razón por la que no me deje participar ―gruñó, agarrándose la cabeza ― ¡Me deprime todo esto! ¡Y ahora estoy loca porque hablo sola!

Se quemaba si la tocaba. Ella lo ignoraba porque él lo hacía, y viceversa. ¿Qué iba a tener que pasar para que todo cesara?

No encontró la respuesta, pero a cambio de eso, al soltarse el pelo, una chispa de su mano cayó en la alfombra.

Ésta se prendió de inmediato.

―Esto no está pasando ―farfulló Merlina, calmada.

Al momento en que entró una pequeña ráfaga de viento por una de las hendijas de las ventanas, la llama alcanzó a la mesa de centro, y fue ahí cuando ya no hubo oportunidad de hacer algo.

Merlina se puso en la puerta y desenvainó la varita, señalando a dos metros más allá el fuego.

― ¡Aguamenti! ―chilló, pero no salió agua, sino que más fuego. La mano debió de tenerla hirviendo.

Decidió salir de allí, pero antes, como una loca, regresó a la habitación, y del cajón de su ropa extrajo la fotografía de su familia. Con suerte, alcanzó a salir por la puerta. Estaba shockeada. Al dar con el viento frío de la tarde gris que se exponía en cielo, la temperatura de su cuerpo se reguló, pero aún tenía la desesperación en sí.

―No puedo aparecerme… no puedo… no tengo lechuza…

Corrió hasta la cabina telefónica más cercana que quedaba a cincuenta metros de la casa de Severus, en un pequeño montículo de tierra. Llegó apenas, como si hubiese corrido kilómetros, súbitamente indignada por su estupidez: se acababa de dar cuenta de que no tenía ni idea de cómo utilizar un teléfono: en el campo no era necesario, sus tíos jamás tuvieron teléfono. Y en la casa de Craig, jamás necesitó hacer alguna llamada. Ni siquiera tenía amigos como para llamarlos. Y, en su casa, jamás había tenido un teléfono: cuando era pequeña, vivía en el campo y la tecnología no era algo que se adquiriera con facilidad. Y menos iba a usar uno cuando, siendo bruja, podía emplear lechuzas.

El único muggle que pasó por ese solitario barrio, la tomó por estúpida al preguntar cómo diablos se utilizaba un teléfono. Afortunadamente, el mismo hombre terminó llamando: el humo que salía de la casa era más que perceptible. El llamado fue un éxito, salvo que, los bomberos, como se hacían llamar, llegaron diez minutos después.

― ¿Cuál fue el origen del incendio? ―la interrogó uno de los bomberos con voz de reproche.

―Yo… ―tuvo que inventarse una excusa ― se me cayó una vela en la alfombra.

― ¿Una vela? ¿Acaso no tenía luz eléctrica?

―No.

Merlina se quedó sentada en una piedra, bajo un árbol seco, con un fuerte sentimiento de culpabilidad. Tenía la cara manchada de cenizas.

Cuando los bomberos estaban acabando de apagar el desastre ―por poco se traspasa hacia la casa vecina ― apareció Severus en el callejón. El olor a quemado llegó a su nariz. No hubo más necesidad de adivinar lo que había sucedido.

Merlina sintió la presencia de Severus a un par de metros de ella.

― No pude contactar al Ministerio―balbuceó, de una manera tan inentendible, que nadie le pudo haber comprendido más que Severus.

Se aproximó hasta ella, cauteloso y, como si fuera Merlina una bomba, la tomó por los hombros. Por suerte, no se quemó, pero de todas maneras la soltó de inmediato.

―Mejor. Los muggles siguen siendo más expertos en apagar incendios.

Merlina, ofendida, levantó la mirada, a la vez sintiéndose culpable por observarlo de esa manera.

―Quiero decir, los bomberos ―corroboró Severus ―. Lo de tus padres es un caso aislado…

―Esto no puede seguir así ― lo interrumpió. Al ver que no le contestaba nada, continuó ― ¡Ahora mismo me está subiendo la temperatura Severus! ―se puso roja, y le humearon las orejas, literalmente ― ¿Qué pasa si te quemo? ¿Si te mato?

Snape la apuntó con la varita y le tiró agua helada. Merlina alcanzó a cerrar los ojos. Cuando el chorro cesó, no dijo nada, salvo repetir:

―Esto no puede seguir así.

―Y no va a seguir así. Vamos ―repentinamente, Severus tomó una decisión.

Merlina se puso de pie, con las cejas alzadas.

― ¿Dónde vamos?

― ¿A dónde más? A San Mungo.

La llevó hasta el callejón, ignorando el abarrotamiento en frente de la casa de Severus y desaparecieron.

― ¿No estás enojado por haber destruido tu casa? ―inquirió Merlina, cuando aparecieron en la parte solitaria de una estación de trenes, en el centro de Londres.

―No ―hizo una pausa mientras reanudaban el paso ―. Pronto no la necesitaré.

Merlina creyó que era porque iban a regresar al trabajo. Pues, no era precisamente eso.

―Quemé todo, Severus. Todo. Perdí la otra mitad de mi ropa… ―insistió Merlina. Los ojos se le llenaron de lágrimas ―. Todo lo de valor, todo…

―Escucha ―Severus la volteó hacia él y la miró, furioso ―. Si no te calmas tú, menos me podré calmar yo. Lo único de valor que había en esa casa eras tú. Y si hablas de cosas como "buenos recuerdos", no tenía ninguno allí. Y ahora, o caminas rápido, o simplemente incendias toda la cuadra.

La joven se obligó a auto-controlarse. Tal vez, las lagrimas que corrían intensamente por sus mejillas le ayudaron. Un par de ancianas no dejaron de notar la triste y avergonzada expresión de Merlina. De pasada, le echaron un vistazo a Severus con desconfianza.

―Tal vez la maltrata…

―Lo mismo creo yo. Debería denunciarlo…

Se detuvieron en frente de una vitrina de las tiendas de un edificio abandonado. "Purge y Dowse, S.A", dictaban las grandes letras de la construcción. En la puerta principal decía "CERRADO POR REFORMAS".

En la vitrina había una serie de maniquís, ninguno demasiado llamativo, a menos que se tomara lo ridículo por atractivo. A Merlina no le sorprendió que Severus se apegara al vidrio para hablarle al maniquí con traje de nylon amarillo, pero sí se percató de que esa era su primera vez en San Mungo.

―Venimos por una urgencia de riesgo vital.

El maniquí, sin decir nada, asintió e hizo un gesto con un dedo para indicar que entraran.

Siendo cautelosos, para que los muggles no se dieran cuenta, atravesaron el vidrio.

Dentro había una recepción no muy grande, con varios asientos de madera. Una larga cola de magos en problemas era atendido por una irritable bruja regordeta, Varios sanadores con batas verdes, con una insignia en el pecho que mostraba un hueso y una varita cruzados, ayudaban a los incapacitados. Delante de Severus y Merlina, en la fila, había una mujer con los párpados hasta el suelo.

Merlina se animó al ver el directorio de la mesa de Información. Al menos sabía que tenía que dirigirse a "ACCIDENTES PROVOCADOS POR ARTEFACTOS (Explosiones de calderos, detonaciones de varitas, accidentes de escoba, etc.)". Aún así, Severus habló por ella a la recepcionista, como si estuviera incapacitada de decir su nombre y la sección que necesitaba visitar. De todas maneras, prefirió no discutir.

―Vayan a la sala del sanador Ackley Edelberth, él estará libre en unos minutos. ¡Siguiente!

Fueron por un pasillo del mismo piso.

―El sanador vendrá en unos instantes ―avisó una anciana que estaba limpiando manualmente la suciedad del suelo. Debía ser una squib y, a diferencia de los sanadores, su bata verde no tenía insignia ―. Tomen asiento.

Ninguno se sentó. Merlina, por miedo a quemar la silla, y Severus, por estar a su lado.

El sanador no tardó en llegar, con un memorándum volando tras él y un toma-notas en las manos. Era joven y atractivo, aunque su pelo color paja junto con su piel tostada no hacían juego de manera armónica. Tal vez tuviera la edad de Merlina.

―Buenas… ―miró el reloj de su sala ― noches, debería decir ya ―sonrió tímidamente.

Severus no respondió a la sonrisa, pero se limitó a saludar. Merlina hizo un movimiento de cabeza.

― Perfecto ―cogió el memorándum e intentó leerlo―. Vaya, nunca entiendo nada de lo que escribe esta mujer ―dijo a modo de gracia, pero era cierto ―. No entiendo ni jota del nombre. ¿Ustedes son…?

―Severus Snape y…

―Merlina Morgan ―se adelantó la joven, cortante. Podía hablar, así que no necesitaba tanta compasión de Severus.

Sacó una pluma de su bolsillo para anotar con claridad el nombre de las personas en su toma-notas, pero se detuvo a la mitad. Levantó sus ojos azules hacia Merlina y, de pronto, su piel se oscureció en las mejillas. Carraspeó.

Severus frunció el entrecejo. Merlina estaba mirando el techo.

― ¿Merlina Morgan? ―reiteró con presteza.

―Sí ―contestó Severus, exasperado. Pero, el sanador lo ignoró.

― ¿La misma…? ¿La que iba en el Instituto de las Brujas de Salem?

Ahora Merlina fue la que frunció el entrecejo.

―No sé si seré la misma, pero sí fui al Instituto.

Edelberth sonrió.

―Al parecer no te acuerdas de mí, yo… ―sus mejillas se tornaron totalmente rojas ―, yo soy el hermano de Digby… Digby Edelberth.

Merlina trató de hacer memoria. Su cara no se le hacía completamente conocida… Si bien había recuperado su pasado, no recordaba precisamente todo.

El sanador continuó con sus esfuerzos.

―Nos topamos en la fiesta de cumpleaños de Digby, en sexto año… Tú y yo… ―titubeó ― Yo… tú… ―suspiró ―, bueno, nos llevamos muy bien esa noche. Creo que demasiado bien…

De pronto comprendió. Ackley Edelberth. Ackley Edelberth era el muchacho con el que había perdido la virginidad. Ella tenía diecinueve años, ya que había repetido dos veces, y él tenía un año menos. No recordaba nada, evidentemente; se había emborrachado de pies a cabeza, pero cuando, a la mañana siguiente, despertaron juntos y desnudos en su cama, ambos supieron lo que había ocurrido. Nunca más se vieron, hasta ese momento.

Merlina suspiró y se le subieron los colores. Miró fugazmente a Severus y, con esa simple mirada, Severus lo que estaba pensando con una imagen demasiado explícita. La legeremancia era más que útil.

―Vinimos por algo urgente, sanador Edelberth ―lo presionó Severus. No estaba rojo, pero la vena de la sien le palpitaba amenazante.

―Sí, eh, lo siento, ¿cuál es la razón de…?

― Morgan ―a Merlina se le apretó el estómago cuando dijo su apellido. En instancias como esas presagiaba futuros malos ratos ― recibió el estallido de un petardo gigante en un caldero y, en vez de quemarse, absorbió el fuego. El problema es que, cada vez que tiene alguna emoción fuerte, libera calor, humo y fuego.

―Esa es una situación interesante… ―miró a Merlina, quien estaba haciendo un esfuerzo enorme por controlar el deseo de darle explicaciones a Severus, y retomó su seriedad ―. Bien, ha sucedido antes, pero liberándose fuego sólo una vez. Si a Merlina le sucede con frecuencia, es porque todavía no se ha liberado de todo, así que, lo que haremos es dejarte dentro de la sala de Aislamiento, que está al final del pasillo. Es de vidrio mágico no derretible. Ahora… espera ―con la varita hizo aparecer una camisa verde y corta. Con suerte le alcanzaba a cubrir un poco más debajo de la espalda ―. Esto es de un material que no se quema, así que es mejor que te lo pongas, que te despojes de tus ropas y…

―Ya entendimos ―Severus le arrancó la camisa sin botones. Tomó a Merlina del brazo y se colocaron detrás del biombo.

―Me avisas cuando estés lista, Merlina, si necesitas ayuda…

―Gracias, sanador ― lo cortó Severus, preocupándose de que no se viera nada para el otro lado del biombo. Con sumo cuidado hizo el encantamiento Muffliato a la cabeza de Ackley. Se volvió hacia Merlina.

― Así que…

―Severus.

―No importa.

―Sí te importa.

― ¿Acaso no te has puesto celosa alguna vez, Morgan? ―dijo con sarcasmo, aludiendo a lo ocurrido en la boda de Philius, su primo, hacía unos meses.

―Sí, pero… ―vaciló ―, no pensarás que he sido virgen durante toda la vida, ¿no Severus?

Silencio.

― ¡Oh, vamos…!

―No te alteres si no quieres…

― ¡… cómo podías pensar eso, Severus! Seré tonta, pero no santa.

―No lo pensaba, sólo que es realmente indignante conocer al que lo hizo contigo primero…

―No hables de esa manera, suena muy feo, además, olvídate, no recuerdo nada, no sé cómo fue…

― ¿Merlina? ¿Estás bien? ¿Quieres que te ayude? ―se oyeron los pasos de Ackley avanzando.

Severus le quitó el hechizo.

― ¡Está bien! ―Le gruñó ― Mejor ponte la bata ―le espetó a Merlina por lo bajo.

Ni siquiera la miró para verla desnuda. Él hubiera acabado con el edificio entero si hubiese tenido la capacidad de Merlina, de incendiar las cosas. Estaba iracundo.

―Listo ―fue el turno de Merlina para gruñir, pero, antes de que saliera detrás del biombo, Severus la agarró del brazo y la hizo retroceder.

Apuntó con su varita la camisa y la hizo crecer hasta bajo las canillas y le hizo un complicado nudo atrás. Le sonrió con una mueca burlona y molesta a la vez.

Merlina, abrumada, salió de detrás del biombo, seguida por Severus. Si Edelberth se sorprendió por la talla de la camisa, fingió estar tranquilo. Tal vez se sintió demasiado observado por Snape.

― Bien, síganme por acá.

Salieron de la sala del Sanador Edelberth y fueron hasta el final del pasillo, tal como les había indicado.

La sala de Aislamiento no tenía una medida de más de dos metros cuadrados, y estaba dentro de una habitación más grande. El cuarto era una caja de vidrio grueso y no tenía puerta.

―Bien. Haremos lo siguiente, Merlina ―comenzó Edelberth a explicar ―: entrarás a la caja, atravesándola como el vidrio de entrada de San Mungo. Te concentrarás en recolectar todas tus emociones fuertes y tratarás de expulsarlas todas a través del fuego, ¿sí?

Merlina asintió.

―Ten cuidado, que el vidrio no tiene ningún encantamiento como para aliviar caídas.

La joven, sin reírse de su gracia, atravesó el vidrio.

―Cuando yo te diga ―le avisó Ackley. Luego miró a Severus ―. Si desea retirarse…

―No.

El sanador oscureció la sala con magia y sin más rodeos, gritó "¡YA!"

Merlina respiró profundamente y se concentró en reunir todos sus recuerdos más abundantes de emociones para liberar todo el fuego que tenía adentro: las miradas de Snape cuando ella era una joven de cuarto año, la muerte de su familia, su mudanza a Estados Unidos para vivir con Phil, su primera triste semana en el Instituto, cuando supo que iba a reprobar un año, el término de sus estudios, la vuelta a Inglaterra, cuando conoció a Craig, cuando iba a entrar a Hogwarts para trabajar, cuando se reencontró con la mirada de Severus el primer día de trabajo, cuando supo que Craig la engañaba, su secuestro, las peleas con Severus, cuando se le declaró y la besó en el armario de la limpieza… cuando recuperó sus recuerdos más tristes… cuando le pidió que se comprometieran… sus vacaciones juntos… y la explosión del caldero.

Lo último fue la gota que rebalsó el vaso. Se sintió más que furiosa. Por culpa de eso, estaba encerrada en esa caja de vidrio, como si estuviera loca, como si tuviera una terrible enfermedad contagiosa, sin poder tener demasiado contacto con Severus, y si seguía así…

Las llamas se alzaron de un momento a otro, iluminando la sala. No se supo quién de los dos varones estaba más asombrado. Merlina parecía una antorcha.

El vidrio de la caja absorbía el calor, o eso era lo que se veía desde fuera.

Merlina sólo sentía como si hormigas recorrieran su cuerpo. El fuego no le hacía daño, aunque le causaba una terrible depresión momentánea. Ojalá su familia hubiese tenido su capacidad…

Cuando más recordaba ese día, más fuego salía de ella. A Severus se le hizo eterno, sólo quería verla en su estado normal. Apenas, sin embargo, estuvo cuarenta segundo incendiándose.

De un momento a otro, como si dos dedos gigantes hubiesen aplastado a Merlina con saliva, se apagó.

No obstante, Edelberth la alentó para que continuara, pero ni una sola chispa salió de ella. Además, le habían dado ganas de ir al baño.

―Puedes salir, Merlina ―avisó Edelberth cuando aclaró la sala.

Merlina se veía muy desgreñada y sucia. Estaba llena de hollín y su expresión estaba plagada de cansancio.

Severus fue a recibirla cerca del vidrio. Merlina se le echó al cuello y enterró la cara en su hombro, sin decir palabra.

―Merlina ―dijo Edelberth con suavidad, aproximándose hacia ellos ―, si estás muy débil, incapaz para volver, te puedes quedar a…

―No se preocupe, Edelberth ―le contestó Severus con evidente enojo, girando el cuello para mirarlo ―. Deje de ofrecerle favores a Morgan. Vamos ―susurró a Merlina.

Fueron hasta la sala de Edelberth y Severus la ayudó a vestirse. La joven estaba, más que desanimada, súbitamente cansada. El fuego la había mantenido con más energías.

―Estoy muy sucia ―balbuceó Merlina mientras le pasaba la remera por la cabeza.

―Ya te bañarás cuando lleguemos. Tenemos prisa, son cerca de las diez de la noche.

― ¿Y a dónde? Quemé tu casa, ¿no lo recuerdas?

―No iremos allá, por supuesto. Iremos a Hogwarts. No tenemos otra opción.

―Lo siento, Severus… ―Merlina le tocó la cara, pero el profesor le tomo la mano para sacársela de la mejilla.

―Ya basta, Morgan. De todas maneras, pronto deberíamos haber dejado ese lugar.

― ¿Por qué?

―Basta de preguntas. Andando.

― ¿Tienes dinero?

― Por supuesto que sí, pero en Gringotts. Y no viajaremos en tren. Nos apareceremos en Hogsmeade. Pero antes, salgamos de aquí.

Juntos volvieron a la parte solitaria de la estación de trenes por la que habían aparecido antes.

Merlina odiaba tener esa sensación de estar atravesando un tubo de goma en la aparición conjunta, pero en ese estado, menos podía intentarlo. Y todavía no tenía licencia para aparecerse. Si se escindía, le quitarían la posibilidad para aparecer de por vida.

Hogsmeade estaba más que oscuro. El cielo estaba encapotado y no dejaba pasar ni un rayo de luz lunar. Todas las casas tenían las cortinas cerradas y, como único ruido, estaba el maullar de un gato negro encima de un tejado. Severus sacó la varita y la empuñó con fuerza, como esperando el ataque de alguien.

―Severus. ¿Qué…?

―No hables.

Merlina obedeció. El brazo de Severus se tensó con más fuerza alrededor de su cintura. Pensó en reformular la pregunta, pero lo dejó en paz. No obstante, tuvo que hacerlo cuando Severus la soltó de repente, lanzando un quejido por lo bajo y agarrándose con fuerza el antebrazo izquierdo, oculto por la manga de la camisa verde botella.

― ¿Severus? ¿Qué pasa? Seve…

Severus, en un dos por tres, hizo que su patronus con forma de unicornio se fuera galopando hasta el castillo. Al otro segundo agarró a Merlina por los hombros, y le susurró con frenesí.

―Corre hasta Hogwarts. Dumbledore se enterará ―y sin dejarla contestar, la besó con… ¿miedo? ―Corre.

Y, con un chasquido, Severus desapareció, dejando Merlina sola en la oscuridad, aterrada.