Hola Gente! Aquí dejamos el quinto capítulo de esta locura. Agradezco a quienes siguen leyendo y a quienes comentan (a veces no me da tiempo de responder sus comentarios, pero los leo todos y se los agradezco de corazón).

Gracias totales a mi beta y amiga Gaby Madriz que me ayuda con esta locura.

Ahora les dejo para que lean. Nos leemos la próxima semana. Besos y mil mil gracias.

=)

Y ya saben, pueden encontrarme en Facebook como Catalina Lina y en Twiter como Cata_lina_lina


5.

― ¡Nos vemos en la noche! ―Gritó Carlisle desde la puerta antes de abrir y salir por ella rumbo al policlínico del pueblo. Fue el único gesto de despedida hacia su hija y su esposa, quienes levantaban la mesa del desayuno. A Alice le daba un poco lo mismo, pero Esme sufría en silencio por los contantes desaires de su esposo, el que aquella mañana no se percató de su nuevo corte de cabello que lucía hermoso en ella.

Cada día ella esperaba que él le dijera que la amaba o que dijera alguna palabra bonita, pero nada de eso pasaba y desde hace bastante tiempo.

En realidad, nunca le dijo que la amaba.

Esme suspiró y continuó con sus quehaceres antes de irse a trabajar, sacando la sesta de ropa sucia que llevó hasta el cuarto de lavado, donde abrió la máquina y comenzó a echar una a una las prendas. Fue lo que hizo con una blanca camisa de su esposo, la que revisó cuidadosamente antes de meterla junto al resto, cuando una mancha carmesí justo en el cuello de la prenda llamó su atención, además del fuerte olor a perfume femenino… perfume que ella no usaba. Como si la camisa esa quemara, la soltó, mientras sus ojos se cristalizaban y se desbordaban de lágrimas y un enorme sentimiento de dolor se urdía dentro de ella. Sus más siniestros temores afloraron y el miedo provocó temblores en su cuerpo.

Había querido negarse a creer que su esposo, el hombre al que ella amaba, fuera a traicionarle. Pero lo que tenía frente a ella, las pruebas que vio no hicieron más que confirmar aquella sospecha que cargaba ya hace mucho.

Carlisle le era infiel.

¿Qué haría ahora? ¿Lo encararía, o haría como si nada hubiese ocurrido?

Dio varias respiraciones lentas para obligar a calmarse y a detener las lágrimas y para que su hija no sospechara nada. "Dios, dame fuerza" rogó, acabando de meter el resto de la ropa a la lavadora y pulsando el botón para que la máquina comenzara el proceso de lavado.

Corrió al cuarto de baño, se lavó la cara y retocó su rostro rápidamente con un poco de maquillaje, pues ya estaba sobre la hora. Cogió su cartera y caminó hasta su hija, que se encontraba en la cocina lavando los trastos, dejando un beso rápido, y recordándole sobre las compras en el supermercado que debía de hacer.

― ¿Te pasa algo, mamá? Estás pálida…

―Estoy bien, mi niña ―. Respondió, tratando de sonar convincente con una sonrisa forzada― No olvides lo que te he pedido, ¿sí?

―Descuida.

Y es así como la triste Esmelard Cullen salió de su casa, con su nuevo y hermoso corte de cabello, pero con su alma triste y su corazón partido en mil pedazos.

A media mañana, su hijo Edward la llamó como todos los días para saludarla e invitarle a almorzar a su apartamento, ya que ese día no tenía clases y no trabajaba hasta la noche en el bar.

―No sé, hijo… tengo mucho trabajo…

―A usted le pasa algo, señora Esme, dígame.

―Edward, cariño, no es nada…

―Mamá, te conozco, apenas oí tu voz supe que algo andaba mal, dime qué es. ¿Se trata de Alice, Emmett?

―No, cielo, no se trata de ellos…

Ella dejó la frase a medio terminar, atragantada por el nudo que otra vez comenzó a formarse en su garganta. Esa mañana, en cuanto llegó a casa de doña Carmen Uley, esta también se había percatado de su extraño estado cabizbajo, que Esme trató de ocultar.

"Eres tan transparente, Esme, que a leguas se nota que algo no anda bien. Anda, dime, confía en mí" había pedido Carmen, y ahí fue cuando Esme desató su llanto y entre sollozos le contaba a su patrona, ―la misma mujer que se había convertido también en su amiga― lo que había encontrado esa mañana y sobre las dudas que nada más aquel día se confirmaron.

― ¡Debes enfrentarlo, a ver si se atreve a mentirte en la cara! ¡No te mereces eso, Esme! ―Le exclamó Carmen, furibunda por la actitud del paramédico. Pero ella no estaba segura si era eso lo que debía hacer, pues de hacerlo inevitablemente su familia se vendría abajo…

― ¿Mamá, sigues ahí?

―Sí hijo, sólo…

―Voy por ti a medio día y no se hable más. Te veo dentro de un rato. Un beso ―. Y sin darle espacio a protestas, Edward colgó la llamada.

Edward bufó sonoramente y pasó su mano por su corta cabellera, imaginándose de qué iba todo. Si no era ni Emmett ni Alice los que tenían a su madre en ese extraño estado de ánimo, no se trataba de otro sino de su padre, con quien él tenía una lejana relación.

Carlisle Cullen era muy "amigo de sus amigos" y un hombre que destacaba en su trabajo de servicio, pero en lo referente a esposo y padre de familia, era un completo inepto. Esa quizás fue una de las razones que a él lo empujaron a irse de casa apenas pudo. Odiaba tener que verle la cara cada mañana, ver cómo ignoraba a su familia y como silenciosamente lastimaba a su madre con su indiferencia. Su padre era su maldito dolor en el trasero.

Haciendo a un lado su rabia y la imagen de su padre, se puso de pie y rebuscó en la despensa con qué atender a su madre para el almuerzo. Si algo había aprendido en ese tiempo, fuera de hacer buenos cocteles, era a cocinar, pues Jacob comía como un troglodita, pero era un cero a la izquierda en la cocina como chef. Así que con Led Zeppelin de fondo, sacó una bolsa de ravioles y revisó si tenía lo necesario para acompañar la pasta con salsa blanca.

Todo estuvo listo al cabo de un poco más de una hora, tiempo justo para ir por su madre y traerla con él. Quince minutos de trayecto a pie desde su departamento a casa de los Uley fue lo que demoró, tocando el timbre del portón, siendo atendido por ella misma, que le pidió que lo esperase, que salía enseguida.

Cuando esta apareció, eran más que evidente en sus ojos los rastros de llanto, por lo que Edward no hizo más que atraerla a él y abrazarla con fuerza, rodeándola ella por la cintura.

― ¡Oye, estás tan delgado! ―Exclamó, apartándose un poco para acariciar ahora su rostro― ¿Te has alimentado bien? ¡No vayas a enfermarte!

―Estoy bien, señora. No se preocupe ―. Respondió Edward con ternura― Ahora vamos que el banquete se enfría.

Caminó de regreso a su apartamento con su madre tomada de su brazo, mientras ella comentaba lo mal que había visto a Sam, después que él rompiera con su novia.

―Se ve que está muy enamorado… ¿crees que regresen?

―Eso le costará a Sam un gran esfuerzo y arrastrarse lo suficiente para que Maggie lo perdone.

― ¡En mala hora volvió ese Jasper con esas niñitas! ―Exclamó ella desaprobatoriamente, haciéndole ver a Edward que estaba enterada del asunto. Edward sólo río y no hizo más comentarios.― ¿Y tú, cuándo vas a presentarme a tu novia?

―No tengo novia, mamá ―. Le recordó, mientras sacaba la llave para abrir la puerta de su apartamento.

― ¡No puedo creer que ni tus hermanos ni tú tengas alguna relación!

―Nos hacemos esperar… no cualquiera ha de quedarse con tus tres joyitas ―. dijo, alzando sus cejas, y recibiendo una palmada en el brazo por su madre.

León se embraciló enseguida en las faldas de Esme, quien lo acarició concienzudamente mientras Edward, terminaba de preparar los platos. Se ofreció para ayudar, pero el chef se negó, recordándole que ella era la invitada al banquete. Cuando estuvo listo, Esme dejó a León dormido sobre el sofá, lavó sus manos y se sentó a la mesa, inspirando el delicioso aroma del plato de pastas que tenía frente a ella.

― ¡Huele de maravilla!

―Y sabe de maravilla, ya verás.

― ¿Tiene toques de albahaca?

―Sí, y otro secretito en la salsa ―. Dijo, giñándole un ojo. Ella sonrió y se sintió orgullosa de su hijo, que en un par de años sería un médico, dedicándose a lo que él siempre soñó desde pequeño.

―Sonríe con melancolía, señora Esme, dígame por qué ―. Comentó Edward, llevándose una porción de comida a su boca.

―Estoy deseando verte convertido en un médico…

―Y cuando eso pase, tú y yo nos iremos a alguna isla paradisiaca por allí y disfrutaremos de unas soñadas vacaciones, ya verás, es una promesa, te lo debo…

― ¡No me debes nada, soy tu madre y mi deber es educarte, y no busco ese tipo de retribuciones!

―Lo sé, mamá, aun así lo haré ―. Prometió. Enseguida tomó un poco de su vino y respiró antes de preguntar lo que le inquietaba.― Entonces, mamá, dime qué te tiene tan triste. Sé que pasó algo, y si no se trata ni de Alice, ni de Emmett…

Esme bajó su cara y tragó grueso, mordisqueando su labio inferior, como debatiéndose sobre contrale o no a su hijo qué era lo que la aquejaba. Suspiró y finalmente decidió decírselo.

―Se trata de tu padre…

―Lo sabía.

―Creo que… creo que él tiene… creo que él tiene una amante…

Edward soltó el tenedor y puso los codos sobre la mesa, pasándose una mano en su frente repetidas veces.

― ¡Maldición!

―Sabes que las cosas con él nunca han estado bien, y nunca vi nada que… me hiciera asegurar esto, pero esta mañana encontré una de sus camisas con marcas de labial en su cuello y perfume de otra mujer ―. explicó, jugueteando con la servilleta― Quizás… quizás sea mi culpa, quizás yo…

― ¡No te atrevas, mamá! ―Exclamó el hijo con vehemencia― No te atrevas a culparte ni mucho menos a justificarlo.

―Yo… lo siento ―. susurró, secando una lágrima solitaria que corrió por su rostro.

―No voy a permitir que te siga haciendo daño. Ya suficiente he dejado pasar y esto no es algo que vaya a dejar sin resolver…

―No quiero que te enemistes con tu padre…

― ¿Enemistarme? ¡Pero si nunca ha habido una relación paternal entre ambos! ¡Carlisle me va a oír!

―Hijo, déjame hablar primero con él. Quiero que sea él quien me lo diga…

― ¡No, mamá! Ya ha sido suficiente, no estoy dispuesto a permitir que te siga haciendo daño. ¡¿Por qué sigues a su lado, después de toda su… indiferencia contigo?!

― ¡Pues, porque lo amo!

―Eso no es motivo suficiente para que te dejes pasar a llevar por él. Al menos tendría que tener respeto por ti, pero te trata como si fueras… como si fueras su ama de casa y no su esposa.

―Hijo, por favor… ―pidió ella, cerrando sus ojos, con una mano sobre su pecho, como si las palabras de su hijo, que no eran más que la verdad, hirieran su corazón.

Él acercó su silla junto a ella, lo suficientemente para abrazarla, mientras ella dejaba fluir su llanto. Si había una cosa que él no permitiría, era que Carlisle hiciera sufrir a su madre, que era lo más valioso que él tenía en esta vida. Ya había pasado mucho tiempo dejando que él la ignorara y la hiriera en silencio, por lo que no seguiría permitiéndolo.

Esa noche, Edward llegó al bar con un semblante serio, incluso rayando en el enojo. Era raro verlo así, pues muy contrario a esa actitud que él ahora cargaba, era un tipo muy afable y siempre alegre, pero la conversación que tuvo con su madre a la hora de almuerzo, lo dejó bastante mal. Por eso, cuando las dos niñas adolecentes que siempre llegaban allí ―Leah y Jessica― lo vieron con cara de ogro, decidieron apartarse y dejar para otro día sus planes de conquista.

― ¿Estás con el demonio metido en el cuerpo, Edward? ―Preguntó Sam sin ánimo de burlarse, pues sabía que cuando su amigo andaba así, era por una razón. Además, algo le había dicho Carmen, su madre, sobre lo cabizbaja que andaba Esme y cómo a él mismo le había tocado verla suspirando con la pena sobre ella, por lo que supuso que el estado de ánimo de Edward tenía mucho que ver con su madre.

―Quiero patearle el culo a alguien, Sam, así que no te me atravieses ―. gruñó Edward, mezclando una bebida para entregársela a Victoria. Ella tomó el vaso y alzó las cejas hacia Sam, alcanzando a oír aquello, saliendo luego de allí.

― ¿Quieres contármelo?

―No ahora, por favor.

Sam asintió, entendiendo a su amigo, así que agarró un vaso de agua fresca y se la llevó hasta su privado.

Edward apenas miró cuando la puerta se abrió, y como por cuarta vez, Isabella Swan entraba tomada de la mano de su nuevo novio, el empresario Garrett Anderson, quien ya era conocido en todo el pueblo. Enseguida, las dos señoritas adolecentes sentadas en la barra se pudieron a cuchichear.

―Dicen que Bella ya sacó su vestido de novia y está haciendo la lista de invitados para su boda ―. Comentó con ironía Jessica, haciendo atorar a su amiga Leah con el jugo de piña que bebía en ese momento.

―Pero hay que reconocer que tuvo mucha suerte, porque ese hombre es muy guapo… si él tan sólo me sonriera, a mí se me deslizarían las bragas.

Edward rodó los ojos, mientras un hombre que estaba sentado junto a ella alcanzó a oír la no discreta charla de las chicas, riéndose por el comentario de una de ellas.

―La que me da pena es la pobre Ángela… ―comentó Leah, llamando ahora la atención de Edward, que la miró de reojo― Se va a quedar sin ayudante en la tienda, y para colmo Bella se va a llevar al chico que le gusta…

― ¡¿De qué hablas?! ―Preguntó Jessica, mostrando curiosidad por lo último que dijo su amiga.

― ¡Es que no sabes lo que vi! Acompañé la otra vez a mamá a la florería y justo vi cuando Garrett llegó por Bella, y vi la cara de cordero degollado de Ángela cuando este se fue de la mano de Bella… ¡A Ángela le gusta Garrett, estoy segura!

― ¡¿No es hora de que ustedes dos se vayan a la cama para dormir?! ―Preguntó Edward, interrumpiéndolas, molesto por el comentario aquel. Ambas muchachas miraron al barman con sorpresa, Jessica removiéndose en su silla por el claro gesto molesto de él, mientras Leah no se dejaba amedrentar, fulminándolo con la mirada.

― ¡Nosotras sabremos cuándo nos vamos, Edward! ―Respondió Leah, desafiante― O qué, ¿te molesta lo que comenté sobre tu amiga Ángela? Supe cosas sobre ti y ella, que estuvieron bailando aquí mismo y que después la llevaste a su apartamento…

―Mira, niñita, tú no sabes nada…

― ¿Qué sucede? ―Preguntó Sam, apareciendo en escena justo en ese momento.

―Sucede que aquí, a tu barman, se le está pasando la mano… ―respondió Leah, arreglándose el cabello despreocupadamente, esperando que su hermano increpara a Edward, pero no fue eso lo que ocurrió.

―Más bien creo que a las que se les está pasando la mano con la hora de irse a la cama es a ustedes ―. Respondió, mirando con desaprobación a su hermana y luego a su amiga, quien miró hacia otro lado.

― ¡Pero Sam!

―Te recuerdo que este es un bar, y ustedes no están en edad de estar aquí… ni siquiera sé por qué se los permito.

― ¡Porque soy tu hermanita!

―Y porque eres mi hermanita, ahora mismo sacarás tu pequeño trasero de ese asiento y te irás a casa sin hacer berrinches, si no quieres que te cargue sobre mi hombro y así te saque de aquí.

Leah saltó del taburete, mirando con odio a su hermano mayor, y sin más agarró la mano de su amiga, a quien casi hizo caer, sacándola del bar.

―Recuérdame poner un guardia en la puerta ahora en adelante, para evitar que pase esto.

―Deberías decírselo a Carmen y ya, que le prohíba salir de noche, no entiendo por qué lo hace.

―Porque Leah le dice que viene aquí… cosa que prefiero, antes que se vaya por ahí Dios sabe con quién.

Edward simplemente alzó sus hombros, no opinando más sobre el tema. No le importaba en verdad, aunque sí le molestaba de sobre manera era como ellas habían hablado de su amiga Ángela, quedándose él un poco preocupado. Deseaba ir a verla, pero esa noche no sería bueno, él no estaba en condiciones para aconsejar ni nada de eso. Ya lo haría al día siguiente cuando estuviera más tranquilo.

―Edward, a mi despacho, ahora ―. Dictaminó Sam después de un rato.

―Oye, tengo trabajo aquí…

―Yo me encargo, ve con Sam ―. se ofreció Victoria, instalándose tras la barra y empujando a Edward hacia el despacho de Sam. Una vez adentro, ambos se acomodaron en las sillas, Sam tras su escritorio y Edward frente a él, echándose hacia atrás mientras masajeaba sus sienes.

―Simplemente podrías haberme llamado y no venir, Edward.

―Hubiese estado desocupado para ir donde ese…

―Se trata de lo que le pasó a Esme, ¿verdad? No sé nada, pero la miré esta mañana y supe que algo no andaba bien.

―Encontró carmín en el cuello de la camisa de Carlisle y olor a perfume de mujer.

―Una amante.

―Sí, una amante y sinceramente no necesito verlo infraganti para saber que es cierto. Mi madre lo sabe, yo lo sé… suficiente he aguantado dejando que la pase a llevar con su indiferencia. Esto no se lo voy a permitir.

― ¿Qué harás?

― ¡Encararlo, qué más! Tendría que haberlo hecho a penas lo supe, pero mamá me pidió tiempo para hablar con él primero, ¡¿Lo puedes creer…?!

Insistentes golpes en la puerta interrumpieron a los amigos. Sam miró extrañado y sin esperar respuesta, esta se abrió y apareció Ángela muy sofocada, pues parecía que había corrido una maratón para llegar allí. Detrás de ella estaba Victoria con rostro de no saber qué ocurría.

― ¡Maldita sea, Edward, no respondes tu teléfono!

― ¡¿Qué…?!

―Emmett le está dando una paliza a tu padre en el policlínico…

― ¡Jesús! ―Exclamó Sam, levantándose junto a Edward y agarrando su chaqueta del perchero, mientras Edward miraba como si no entendiera bien lo que Ángela le decía. ― ¡Movámonos, Edward! Victoria, encárgate de todo, por favor.

―Seguro ―. Respondió la colorina cuando Sam pasaba junto a ella, con un Edward mudo y su amiga Ángela quien lo agarró de la mano y lo jaló hasta la salida.

Pasaron por alto la mirada de una pareja que cenaba en ese mismo lugar y que vio la escena desde que Ángela entró despavorida, directo a la barra preguntando por Edward, hasta cuando salió con él tomada de su mano. Garrett y Bella se preguntaban en silencio qué demonios pasaba.

― ¿Cómo… cómo sabes…? ―Preguntó Edward a Ángela una vez dentro del coche de Sam, camino al centro de salud.

―Mamá y yo llevamos a mi abuela allí por un alza de presión. Vimos a Emmett que venía llegando con alguien herido de la comisaría… entró a un cuarto buscando a tu padre supongo, y después se oyó como un estruendo… corrí y vi a Carlisle en el suelo, con Emmett sobre él, golpeándolo. No lo podían apartar…

― ¡Demonios!

Emmett era un hombre de metro noventa que con su sola presencia corpulenta denotaba rudeza, pero en realidad era muy tranquilo y caballero, un hombrón con un corazón de niño. Por lo que algo muy grave tiene que haber pasado para que reaccionara así, y Edward suponía lo que podía haber pasado.

Al cabo de cinco minutos llegaron al centro médico y corrieron donde Ángela sabía había ocurrido todo.

Cuando entraron a una sala, Carlisle estaba sentado, con su bata blanca desarreglada, llena de sangre que seguro escurrió de su nariz y su boca ―seguro con un par de dientes menos―, sobre la que sujetaba una enfermera un apósito para estancarla. Una mujer rubia, que Edward reconoció como una de las groupies de Jasper estaba arrinconada, sujetando en su regazo su cartera, temblando y con rastros de llanto en su rostro.

Carlisle abrió sus ojos y miró a su hijo Edward con gesto indescifrable. Edward lo miró de regreso con ojos acusatorios, habiéndose ya formado en la cabeza la escena que seguro hizo que su hermano reaccionara así.

― ¿Dónde está Emmett? ―Escupió a su padre. Él alzó de hombros, todavía con la boca cubierta por la enfermera, quien fue la que respondió.

―Los guardias se lo llevaron a otro cuarto, antes que matara a su padre…

― ¿Qué sala?

―Edward, Emmett está por acá ―. Informó Sam detrás de él. Edward, sin preocuparse por su padre golpeado, se giró y siguió a Sam seguido por Ángela.

En una de las consultas de algún médico, estaba su hermano, rodeando de dos guardias y el doctor, con sus ojos cerrados, su rostro rojo de ira y sus hombros y su pecho subiendo y bajando con rapidez producto de su respiración agitada. Edward caminó despacio hasta él y tocó su hombro. Emmett abrió los ojos con alarma y alzó la vista a su hermano.

―Estuve a punto de matarlo ―. Susurró ronco― Estuve a punto de matar a ese maldito cabrón…

Los ojos del policía, hermano de Edward se llenaron de lágrimas y su rostro se contrajo por sentimientos de ira y dolor, pena y resentimiento. Edward miró a los guardias y al médico que aún estaban allí y les pidió suavemente que lo dejaran a solas con su hermano, prometiendo que ya estaba controlado. Así que todos allí, incluidos Sam y Ángela dejaron a solas a los dos hermanos para que hablaran.

Edward alargó una silla y la acercó hasta quedar al lado de Emmett. Puso una vez más la mano sobre su hombro, apretándolo levemente y ahí, el sollozo del policía se dejó escapar de él. Su cabeza calló en el hombro de Edward, mientras este lo contenía, abarcando su nuca con una mano y con la otra su hombro.

―Mamá no se merece esto… no se lo merece… ―repetía mientras lloraba, cerrando Edward los ojos mientras oía las palabras de dolor de su hermano.

―Qué sucedió, Emmett…

El hermano alzó su rostro del hombro de Edward y secó sus lágrimas, tragando una y otra vez para deshacer el nudo de su garganta.

―Entré buscándolo para… para que atendiera a un herido… que llegó al cuartel… y… ¡Demonios, se estaba follando en su consulta a esa… mujerzuela…! ―Relató con los ojos cerrados fuertemente, como si doliera sólo recordarlo― ¡Y salté sobre él, Edward, ni siquiera le di tiempo de meterse la polla dentro de los pantalones! Cada golpe que le di, lo hice pensando en el sufrimiento que le va a causar a mamá… ¡ella no se lo merece!

―Lo sé, Emmett ―. Reafirmó Edward con calma― Pero sabes que te podrían haber llevado detenido, y eso no te conviene…

― ¡No me importa! ―Exclamó, jalándose su negro cabello― No me importa, no me importa…

―Vale, cálmate, por favor ―. Lo tranquilizó Edward― Mira, quédate aquí un momento, mientras voy a hablar con él.

― ¿Y qué le dirás? ―Preguntó Emmett a su hermano, quien se puso de pie para salir de ahí.

―Le diré que espero que su amante tenga un lugar donde alojarlo, porque a casa no vuelve. Después iremos a casa y hablaremos con mamá, que para estas alturas ya debe saber lo que pasó aquí…

― ¡No quiero verlo! Si me lo cruzo de nuevo, soy capaz de… de saltar de nuevo sobre él y no detenerme.

―Por eso, quédate aquí, por favor. Le pediré a Sam que te acompañe.

Salió del cuarto, encontrándose afuera con el doctor titular del consultorio que hablaba con Ángela y Sam.

―Acompáñenlo, mientras voy a hablar con Carlisle.

― ¿Está más tranquilo? ―Preguntó Ángela con un dejo de temor.

―Sí, lo está. No se preocupen. Y espérenme con él allí hasta que regrese.

― ¿Irás solo a hablar con él? ―Preguntó Sam, acercándose a él.

―Sí, necesito hablar con él, pero estoy tranquilo… al menos no reaccionaré como Emmett ―. respondió y caminó hacia donde se encontraba Carlisle. Cuando entró, la enfermera lo estaba curando y la rubia mujer seguía agazapada en la esquina.

―Déjenme solo con él ―. Pidió Edward con voz firme. La enferme iba a protestar, pero Edward la miró y Carlisle le dijo que se fueran. La rubia mujer, amante de Carlisle, caminó rápido con la vista gacha para salir de ahí, desviando Edward su vista cuando la mujer pasó frente a él y la enfermera detrás de ella advirtió que estaría afuera y que ante cualquier ruido entraría de inmediato.

Cerró la puerta al salir, cuando Edward llevó su vista hacia su padre, el hombre a quien muy pocas veces lo había llamado de esa forma, pues nunca lo sintió como tal. Con gesto hosco, la mirada oscura de rabia y los puños apretados con fuerza a sus costados, le habló fríamente al hombre malherido sentado frente a él.

―Ni se te ocurra poner un pie en casa de mi madre, y bajo ninguna circunstancia te atrevas a acercártele para justificar lo que ha pasado aquí. Yo mismo meteré tu ropa en una bolsa y te la haré llegar a casa de tu amante o donde sea que vivas de ahora en adelante, porque desde hoy la casa de mi madre ya no es tu casa, no eres bienvenido allí.

― ¡Tú no tienes derecho…!

― ¡Tengo todo el derecho! ―Gritó, sobresaltándolo― Tengo todo el maldito derecho. Ya suficiente has denigrado a mi madre y yo me siento enfermo por habértelo permitido.

― ¡Esa casa es tan mía como de ella! ―Exclamó Carlisle, pasando por alto el último comentario de su hijo.

― ¡Esa casa la pagó ella con su trabajo, como todo lo que mis hermanos y yo tenemos! ―Respondió otra vez gritándole, dando un paso hacia él, con el deseo de hacer lo mismo que su hermano había hecho. Pero se detuvo, no valía la pena― Así que ya sabes, no te acerques a ella.

Carlisle bajó su cabeza y con cuidado cerró sus ojos, uno de ellos algo hinchado por los golpes y susurró con vergüenza ―Lo de hoy… fue un error…

― ¡¿Lo de hoy?! ―Reiteró Edward sarcástico― ¿Y lo de ayer, y lo de antes de ayer? ¡No me vengas con idioteces, Carlisle! Lo de hoy fue una más de tus traiciones, no me creas estúpido y mucho menos te permito que creas estúpida a mi madre.

―Debes permitirme hablar con ella, al menos para dar la cara, Edward.

―Eso cuando yo lo crea conveniente ―. Dictó, haciendo ademán de girarse para salir de una vez por todas de ahí. Antes que eso pasara, Carlisle lo detuvo con sus palabras.

―Intenté que no pasara.

―Pues lo intentaste muy mal, Carlisle.

Abrió la puerta y salió de allí, dejando al paramédico Carlisle Cullen con el dolor en el cuerpo por la paliza y el remordimiento alojándose en él como nunca antes lo había sentido. Él no era un mal hombre, claro que no, pero en su contra frente a eso pesaba que no hubiese sido lo suficientemente valiente como para decirle a su esposa que en realidad nunca la amó como en realidad deseó hacerlo y que finalmente casarse con ella, hacía ya más de veinticinco años, había sido un error. Un error que nunca tendría que haber permitido que sucediera.

― ¿Estás bien? ―Susurró Ángela acercándose a Edward cuando lo vio entrar de regreso en el cuarto donde estaba Emmett y Sam. Edward asintió despacio a su amiga.

―Lo estoy. Ahora tenemos que llevar a Emmett a casa.

―El jefe Swan ya está al tanto. Dice que Emmett puede irse a casa y descansar, que ya mañana hablarían ―. informó Sam.

―Bien, vámonos entonces.

Edward se acercó a su hermano y tocó su hombro ―Vamos a casa, Emmett.

Emmett restregó si cara con ambas manos y se levantó despacio, como adolorido, y caminó junto a su hermano y sus dos amigos hacia la salida.

―Uhm… yo iré a buscar a mamá que aún debe estar adentro ―. informó Ángela a Edward. Él sintió y enseguida le dio un fuerte abrazo.

―Gracias por estar aquí, Ángela, muchas gracias.

―No tienes nada que agradecer.

Así, los tres varones salieron del consultorio hacia el coche de Sam, dirigiéndose a casa de Esme, quien esperaba en la sala junto a su hija, temblando de nervio. Cuando la puerta de entrada se abrió y vio a sus hijos, se levantó apresuradamente hacia ellos, viéndose envuelta en los fuertes brazos de su hijo Emmett, quien lloró como un niño pequeño en su hombro. Ella ciertamente, no pudo reprimir el llanto mientras acariciaba el ondulado pelo oscuro de Emmett, susurrándole que todo iba a estar bien, mientras Edward abrazaba a su hermana, que no entendía absolutamente nada.

― ¿Edward… qué… qué pasó…? ―Preguntó Alice. Él dejó un beso en su frente y con sus labios pegados ahí, le dijo:

―Hablaremos de ello ahora, Alice. Pero todo está bien. Ahora todo está bien.

*S.D*

Ese día, pero más temprano por la tarde, Garrett se bajaba de su coche aparcado en la puerta de la casa de los Swan. Sin saber cómo en realidad, su relación con Isabella se había tornado en algo más serio. De plano ya no eran amigos que se estaban conociendo, eso al menos le dio a entender Bella cuando en la pasada cita y cuando él la fue a dejar a su casa, ella se empinó sobre sus pies y alcanzó sus labios con los de ella, dejando allí un casto y suave beso. Él se sorprendió con ese avance, pillándolo un poco desprevenido.

―Oye… ―susurró Garrett, mirándola con sorpresa. Ella mordió su labio con coquetería, jugueteando con los dedos de sus manos mientras lo miraba a través de sus pestañas.

―Me agradas mucho, Garrett y quisiera saber si querías seguir… saliendo conmigo, ya sabes… como… novio.

¡Joder!

En todos sus años, nunca una mujer se le había lanzado tan directamente, pidiéndole derechamente y en la tercera cita a que fuesen novios. ¿Y qué le iba a responder? ¿Qué no? Podría hacerlo, sobre todo cuando él hubiese deseado que fuese una chica de ojos oscuros escondidos tras de unas gafas la que se lo pidiera, la misma mujer que hacía arte con las flores. Pero no era ella, por mucho que él deseara o esperara lo contrario. Era Bella, Isabella Swan, la hija perdida del hombre que él quería como padre la que se lo estaba pidiendo, aunque intuía él que sus sentimientos no eran tan románticos como ella pretendía hacerle creer, no cuando aparecía el barman del bar del pueblo. Pero a pesar de eso y muy a pesar de lo que él mismo sintiera y deseara, estaba la petición de Aro y su compromiso con él.

―Eres muy hermosa, Bella ―. Fue lo primero que se le ocurrió decir― Y claro que me gustaría.

Ella sonrió y no esperó más para volver a acercársele y rodarlo ahora por el cuello con sus brazos, para dejar otro beso, esta vez algo más osado sobre sus labios. Él, tentativamente, rodeó la cintura de Bella con sus manos y respondió el beso, para ver si algo destellaba dentro de él, como un sentimiento escondido por esa chica que lo alentara ―, descargas de electricidad, mariposas o calambre― pero nada.

No podía negarlo, ella era muy hermosa y cualquier hombre podría enamorarse de ella… cualquier hombre, menos él.

Coordinaron, o más bien coordinó Bella, que al día siguiente y ya que Garrett estaba instalado en la casona de los Uley que había rentado para fines habitacionales y empresariales, podría ir hasta su casa a conocer a Charlie, su padre y presentarse como su novio, formalmente.

¡Otra vez, joder!

Así que ahí estaba él, bajando del coche y caminando hacia la puerta de casa de los Swan, para conocer a Charlie Swan, el padre de su… novia.

"¡Es excelente! Averigua cómo se llevan, observa qué tanto la quiere, esas cosas se notan, cómo es la relación de ambos, si es tensa o no sé, cualquier cosa…" había solicitado Aro, cuando lo puso al tanto de todo allí.

Empuñó su mano para golpear la puerta de madera, pero se quedó con esta en el aire, pues Bella se apresuró a abrirle y recibirlo con una gran sonrisa y un beso. "La chica se está soltando con esto de los besos", pensó él.

―Eres puntual.

―Lo soy.

―Pasa, pasa. Papá está ansioso por conocerte ―. Dijo ella, tomándolo de la mano y llevándolo hacia la sala donde Charlie Swan lo espera de pie. Vio la amabilidad auténtica en sus gestos e incluso vislumbró destellos de expectación en sus ojos.

―Soy Charlie, padre de Bella ―. saludó indicando su título de padre con orgullo innegable. Él sonrió y respondió al saludo con un apretón de manos, presentándose también.

―Soy Garrett Anderson…

― ¡El novio de mi hija! ―Sonrió Charlie, teniendo él que esbozar una sonrisa que pareciese genuina. Se sentaron en el sofá, mientras Bella iba por aperitivos para servir antes del almuerzo.

No pudo pasar por alto una serie de lienzos en óleo de varios tamaños que estaban afirmados en una de las murallas de la sala.

― ¿Usted pinta? ―Preguntó Garrett, indicando los cuadros. Charlie se carcajeó y negó divertido por las ocurrencias del novio de su hija.

― ¡Oh, no, para nada, soy muy torpe para eso! Es Bella la artista de esta casa.

― ¡¿Ella los hizo?! ―Preguntó, sorprendido ciertamente, pues era algo que él desconocía absolutamente ―entre varias otras cosas, pensaba Garrett―. Se levantó a mirar uno a uno los cuadros, que en total eran como siete, todos en un estilo abstracto de colores vivos, que sin él saber sobre arte, aventuró para sí que perfectamente podrían estar colgados en cualquier galería y ser adquiridos a muy buen precio.

―Era un secreto que mi padre y yo teníamos ―. Dijo Bella, sorprendiéndole por la espalda mientras él los contemplaba― Esta mañana los sacamos del sótano de la casa.

― ¿Del sótano? ¿Los tenías en el sótano?... ¿Por qué?

―Es… una larga historia ―. Comentó Bella, arrugando su frente y mirando hacia el suelo― Ya te lo contaré.

― ¡Puedes regalarle uno a Garrett, hija! ―Le propuso Charlie a su hija. Garrett miró a Charlie y luego a su hija, sonriendo.

―Uno de estos se vería fantástico en la sala de la casona.

―Luego puedes elegir cualquiera ―. susurró cohibida, asintiendo Garrett mientras le sonreía en agradecimiento.

Quien iba a pensarlo, meditaba Garrett mientras volvía a su sitio en el sofá y tomaba un vaso que Bella ofrecía para él. Mientras oía hablar a Charlie de lo orgulloso que estaba de su hija por retomar esa afición, recordó que alguna vez Aro le mostró uno o dos cuadros que él había pintado a lo cual había renegado a continuar haciéndolo. Lo hacía muy bien, pues era una especie de herencia de alguno de sus abuelos quien fuera pintor por allá por los años veinte. ¿Sería acaso un indicio, una señal que de verdaderamente Aro era el padre biológico de Bella?

― ¿Y qué me cuenta de su familia, Garrett?

―Bueno, me crié en una casa de acogida. Nunca conocí a mis padres biológicos, creo que me abandonaron al nacer. Pero tuve la suerte de contar con alguien que creyó en mí y me quiere como hijo.

Charlie se vio un poco incómodo por el relato de Garrett, pensando en que quizás no había sido buena idea preguntar sobre aquello, pero en verdad no era algo que a él le molestara ni mucho menos le incomodara.

― ¿Y su padre adoptivo, vive aún?

―Bueno, no es mi padre adoptivo precisamente pues salí de la casa de acogida cuando cumplí la mayoría de edad. Él me apadrinó más bien, y actualmente trabajo para él ―. pensó unos segundos sobre si decir o no el nombre de su padre adoptivo, decidiendo finalmente que tentaría a la suerte ―Su nombre es Aro, Aro Vulturín.

Estuvo atento a la reacción de Charlie cuando dijo el nombre de Aro, pero este no tuvo ninguna reacción fuera de lo normal. Es más, a Bella se le ocurrió una idea sobre la que su padre estuvo de acuerdo.

―Podrías decirle que venga a cenar la próxima semana con nosotros, para conocernos, ¿no te parece, papá?

― ¡Me parece estupendo!

Garrett asintió y se comprometió a consultárselo para así coordinar un día. Ese sería el día, por fin, en que Aro enfrentara su pasado después de mucho tiempo.

Pasaron un rato estupendo durante el almuerzo. Garrett pudo constatar el tremendo amor que se tenían padre e hija mutuamente y quizás pensó que a Aro le costaría lidiar con eso. Pero era mejor saber que Bella había crecido en un entorno de familia feliz, rodeada de afecto.

Después de la sobremesa, Charlie se disculpó con la pareja, pero debía retirarse pues tenía trabajo en el cuartel y Jacob solo lo cubriría hasta las cuatro, y no quería abusar de él.

― ¿Tú no trabajas hoy, mi niña?

― No, le pedí la tarde a Ángela.

Al nombre de Ángela, Garrett soltó un suspiro silencioso, preguntándose cuando iba a ir hasta ella y hablarle con sinceridad…

― ¿Te parece si llevamos uno de los cuadros hasta tu casa y lo colgamos de una vez? ―Preguntó Bella a Garrett, sacándolo de sus cavilaciones. Él sonrió y asintió en acuerdo.

―Bueno, joven Garrett, me alegra haberlo conocido. Ahora debo irme ―. Dijo, despidiéndose de él con un apretón de manos― Espero verlo muy seguido por aquí y por favor, no olvide comentarle a su padre sobre la invitación a cenar la próxima semana.

―Pierda cuidado.

― ¡Ah, y cuide a mi niña, es mi mayor tesoro! ―Exclamó, acercándose ahora a Bella para dejar un beso en su cabeza antes de salir de casa rumbo a su trabajo. Cuando ella regresó se sentó junto a él en el sofá de la sala para beber un té helado.

― ¿Cuándo ibas a contarme sobre tu talento escondido, eh?

―Bueno… es algo que pocas personas saben…

―Por qué no te has dedicado a esto, Bella, eres muy talentosa.

―Había otras… prioridades. No me iba a valer de nada seguir pintando si nadie iba a comprarlos, al menos aquí, ni mucho menos iba a poder seguir una carrera de esto.

― ¿Y por qué no? ¡Cualquier facultad de arte…!

―No había dinero para eso, Garrett. No lo hay ahora, tampoco, pero es algo que hace feliz a papá. Me lo pidió esta mañana, me pidió que lo retomara porque lo hace feliz.

― ¿Y te hace feliz a ti?

―Era como mi vía de escape… pero como te dije, no podía perder el poco dinero que teníamos en comprar materiales y todo lo demás. Lo que gano en la florería es para los gastos de la casa, pues lo que gana mi papá es poco y hay que cubrir… otros gastos ―. Contó, sabiendo ella que no podía detenerse allí― Cuando mamá murió, papá hipotecó esta casa para pagar el tratamiento. Ahora estamos pagando eso, y estamos atrasados en unas cuantas cuotas, te imaginarás que con los intereses la deuda ha llegado a las nubes.

―Lo lamento… me imagino que has debido dejar de lado un montón de cosas por ocuparte de los gastos de la casa y me imagino que para Charlie no es cómoda esa situación.

―Si tú supieras, Garrett… ―dijo después que soltara un largo suspiro. Garrett dejó la taza que tenía entre las manos sobre la mesita de centro y se acercó a Bella, tomándole las manos.

―Cuéntamelo, Bella. Ahora tenemos una… relación. Confía en mí.

―Dame tiempo, te lo pido.

Con esa respuesta, Garrett presumió que Bella escondía algo más, pero no la presionaría ahora, pues ya suficiente se había abierto con él.

―Bueno, artista del pincel, ve a coger una chaqueta, mientras yo elijo mi cuadro. Lo llevaremos a casa y me ayudarás a colgarlo, luego pasearemos por el pueblo e iremos más tarde al bar a beber algo, ¿te parece?

― ¡Estupendo! ―Exclamó, dando un salto y corriendo hacia el segundo piso a retocarse. Garrett se levantó y caminó hacia los óleos apilados, pero se detuvo de camino, desviando su vista hacia una mesa, la que estaba llena de retratos familiares. Levantó uno donde se veía a Bella junto a su padre jugando sobre el césped verde de algún jardín cuando era pequeña. Una imagen muy tierna. Lo dejó en su lugar y alzó otro, donde una mujer de cabello trigueño con hondas hasta debajo de los hombres, sonreía a la cámara sosteniendo entre sus brazos a una niña de al menos casi un año. Apostaba él que aquella mujer era la famosa Renée y que por supuesto la niña aquella era Bella. Definitivamente, Bella había heredado rasgos de su madre, a pesar de que si la mirabas bien, su mirada era como la de Aro… ¿o estaría alucinando?

Sintió las pisadas descender por la escalera y en un impulso impropio de él, metió el retrato dentro de su chaqueta antes de reaccionar en lo que estaba haciendo. Era muy tarde para devolverlo a su sitio cuando quiso, pues Bella ya estaba junto a él.

― ¿Elegiste el cuadro?

―Ehm…. No… preferiría que tú me dieras uno, el que quieras.

― ¡Muy bien! ―Respondió con entusiasmo, mientras caminaba hacia sus cuadros y los miraba con cuidado de uno en uno, eligiendo el ideal para Garrett, quien respiraba con nervio. "Genial, acabo de convertirme en ladrón ahora también… aparte de mentiroso…"

Salieron de casa, cargando un oleo abstracto de 50X60, de tonos azules, blancos y verdes, que a Bella se le imaginó como el fondo marino, eso cuando lo pintó. Además del retrato de la madre y su hija que llevaba él escondido, el que tomó de su sitio para enseñárselo a Aro, quien siempre se lamentaba de no haber tenido nunca una fotografía de su Renée. Bueno, ahora él se lo daría, además de la oportunidad de encontrarse con ella por primera vez.