Katniss enhebraba un hilo en una aguja, cuando de repente el calor le subió por el cuello y la cara, al recordar la manera en que el pene húmedo de Peeta se había enhebrado en su sexo. Él no le había permitido saborear la miel de su verga, por la mañana temprano mientras estaban en la sala de baño, cuando le había vuelto a dar placer.

¿ Disfrutará con mi lengua, como yo lo he hecho con la de él? Juro por lo más sagrado que le daré a Peeta todo el placer que desee. No tendrá ninguna razón para abandonarnos.

El fuego que Robyn había encendido antes, crepitaba. Katniss se quitó el manto de piel cuando los troncos se quemaron. Estaba cosiendo una túnica corta para Peeta, con un pedazo de seda escarlata, que le había dado Aelfgifu como parte de su dote. El color brillante y el patrón que había elegido aumentarian su apariencia y resaltaría los reflejos azules de su cabello negro. Inspeccionando los puntos de la línea de color oro para no dejar ninguna irregularidad, sonrió, imaginando a Ruard y Peeta juntos.

Ángel y demonio, cada uno con su apariencia. Uno tan claro y el otro tan oscuro. Los planos y los ángulos de las esculpidas facciones de Peeta, decían hermosas palabras sobre su sexo... Ella se sonrojó ... Su coño se humedeció al recordar su sonrisa maliciosa, cuando ella lo miraba entre sus muslos. No le importaba si ese acto era un pecado, y ya había decidido no mencionar ninguna intimidad entre ellos en su confesión.

Katniss oyó crujir la puerta al abrirse y escondió apresuradamente la túnica en su baúl. Mirando alrededor de la habitación, inspiro profundamente, con la esperanza de que sus esfuerzos agradasen a Peeta. Los baules con su dote habían llegado con los gemelos, y ella y Robyn se pusieron a trabajar. Ahora había tapices colgados en las paredes, cojines bordados recubriendo el banco y las sillas y dos alfombras más en el suelo. Los vasos de plata, los de cristal, los platos de arcilla y los cuencos de piedra estaban encima de las mesas.

Un arcón de roble de tres cajones, un regalo de bodas que le había hecho Hadrain, estaba a la izquierda de la cama. Una corriente de aire frío se deslizó a través de la habitación, y el fuego de la chimenea se inclinó en sentido contrario, cuando la puerta se abrió del todo. Katniss se volvió hacia su marido.

La excitación corría por sus venas cuando ella lo vio. Peeta encogía la habitación con su desbordante calor y energía. Su olor invadió su sentido del olfato... Peeta olía a cuero, a humo, y a su propia esencia masculina, lo que provocó que se le hiciera la boca agua.

– Ven a mí, Katniss. – Su voz profunda le produjo un extraño dolor entre las piernas.

Katniss se acercó a él, incapaz de apartar la vista de la tormentosa mirada que había en los ojos de su marido. Peeta estaba quieto en el sitio, con la mano en la cintura, vestido con una túnica marrón, unos pantalones apretados del mismo color y unas botas negras atadas en el frente.

– Nuestros hijos, Robyn y Eileen, están alojados esta noche en una cabaña cerca de la posada. Nos vamos mañana para Trondhjem, a la coronación del Rey Haymitch. Él nos honrará despues con una boda, para que todos puedan dar testimonio de nuestra unión.

Ella frunció el ceño, sin saber cómo tomar esa noticia.

– Eso es bueno, Katniss. – La tranquilizó Peeta enmarcando su rostro e inclinandose para rozar sus labios con los de ella.

Suspirando por la caricia, Katniss puso las manos sobre su pecho.

– Incluso aunque Sigrid sospeche la verdad, no voy a negarle a Haymitch, el Grande, la bendición pública de nuestra unión.

– Te lo agradezco, mi señor – Susurró ella con lágrimas en los ojos. – No sólo por este gran honor, sino por reclamar a Brom y Rob como tus hijos, y por permitirme mi fe cristiana.

Peeta la abrazó, acariciando con una mano su pecho y con la otra sus nalgas.

– Eres mía, Katniss, al igual que Brom y Rob. Os protejeré a todos hasta la muerte. – Declaró Peeta limpiandole una lágrima con el pulgar. – ¿Qué te pasa, elska?

Katniss tuvo que tragar tres veces antes de contestar.

– No muchos guerreros aceptarían al hijo de otro. Es más de lo que me esperaba, pero... – Ella buscó sus ojos, rezando para que él entendiese su vacilación. – Yo no dí a luz a Brom y Rob.

– Pero los quieres como lo haría una madre, ¿no es así?

Peeta enroscó los dedos en su pelo cuando Katniss asintió.

– Entonces, eso es todo lo que ellos necesitan – Dijo. – Me gustas, Katniss.

Katniss sintió que los nudos de su estómago se aflojaban, y la llama del deseo en sus ojos los oscureció. Ella se puso de puntillas y rozó sus labios con los de Peeta, acariciando su suave y lisa piel, saboreando el vino que él había bebido. Moviendose para profundizar el beso, ella le inclinó la cabeza y su leve barba le hizo cosquillas en la boca.

Peeta se detuvo con la respiració

n agitada y la miró a los ojos, acariciandola suavemente.

Con el olor de su deseo, él bajó la mirada, respirando profundamente y dijo con voz ronca. – Eres un festín para mis ojos, Katniss.

Katniss llevaba sólamente una camisa, con las mangas y el cuello bordados, esperando que él entendiera sus intenciones.

Peeta apretó la mandíbula y un tic pulsó sobre su ojo.

– Podemos... – Ella susurró, mirando con atención la garganta de Peeta, observando su rápido pulso. – Yo...

Al instante, Peeta la levantó, y su boca cubrió la de ella. Se acercó a la cama y se sentó pesadamente sobre el colchón. Su lengua se batía en duelo con la de ella, acariciandola, mientras sus manos desataban los cordones de la camisa. Cada toque de Peeta, cada caricia, hacía que el estomago de Katniss palpitase, y cerrando sus manos temblorosas en su túnica, lo atrajo más hacia ella.

Peeta rompió el beso con la respiración acelerada y con los ojos grises oscurecidos, al mirar fijamente los pezones de sus pechos al descubierto. Peeta ayudó a Katniss a ponerse en pie, le deslizó la camisa por la cintura y las caderas y la dejó caer a las alfombras que protegían sus pies descalzos del frío suelo. Los hombros de Katniss se curvaron, luchando contra el impulso de cubrir su montículo y sus pechos.

– No, Katniss, nunca ocultes tu hermoso cuerpo de mí. Está hecho para amarlo, disfrutarlo y saborearlo. – Murmuró él, moviendo las manos sobre su cuerpo y frotando con los pulgares sus pezones.

– Peeta – Gimió Katniss cuando sus rodillas se doblaron y tuvo que apoyar las manos sobre sus hombros.

Peeta la atrajo hacia sí, y pasó su boca por el valle de sus senos, lamiendo y besandolos. La habitación estaba en silencio, sólo el crepitar del fuego de la chimenea, rompía el silencio. De repente, Peeta se detuvo.

Katniss parpadeó malinterpretando esa acción, pero al mirar su espeso cabello negro, sintió una confianza total en ella, como si pudiera ser capaz de ir sóla hasta los confines de las tierras nórdicas.

– Puedo aprender a agradarte, mi señor. Dime lo que estoy haciendo mal.

Cuando Peeta sonrió, Katniss sintió que se le encogía el corazón y quiso desaparecer en un agujero. Cerró fuertemente los ojos.

Peeta debió sentir su rigidez porque lamió su ombligo, y luego la miró, con una gran sonrisa dominando su cara. Cambiando su expresión

inmediatamente, le susurró algo en nórdico que ella no entendió, y en silencio le enmarcó la cara con las dos manos.

Katniss no quería ver su insatisfacción y mantuvo la mirada en la barbilla de Peeta.

– No es algo que tú has hecho, Katniss – Murmuró Peeta. – Soy yo, casi derramo mi semilla en mis pantalones. Esa es la razón por la que me he detenido, elska.

Ella lo miró por fin a los ojos.

Peeta rozó con su pulgar la línea de la boca de ella.

– El nattveror de esta noche ha sido demasiado largo. – Dijo él poniendole un dedo en los labios. – Comí algo, pero la comida no me supo a nada, sólo pensaba en tu boca, en tus pechos y en tu monte. Casi corrí de vuelta a la cabaña para poder estar contigo.

Cada palabra que él decía derretía su rigidez. Timidamente, ella le tocó la punta de su dedo con la lengua, y lo chupó.

Peeta gimió, aprisionándola en sus brazos, y acostandola sobre las pieles de la cama. Katniss sintió las pieles perversamente calientes contra su trasero, y se retorció de placer. Ella devoró con los ojos el musculoso pecho de Peeta, mientras él se arrancaba la túnica y el cinturón y lo enviaba volando a través del cuarto, para ir a parar encima de la mesa. Luego se desató las botas y las pateó fuera de sus pies.

Katniss recordó la noche anterior, cuando Peeta se había quitado la túnica y las botas, lentamente, ordenandolas a continuación. Una sonrisa curvó sus labios y sus partes femeninas se humedecieron, haciendola arquear la espalda y endurecer sus pezones, cuando se imagino a Peeta lamiendo su coño, provocando que su clítoris hormigueara de deseo por sentir su lengua y sus dientes.

Peeta descendió sobre ella, separando sus piernas con la rodilla y bajando su boca para besarle un pecho. Katniss gritó cuando él lamió el pezón y lo succionó, sintiendo fuego en ese lugar. Su cuerpo sabía lo que iba a pasar, y la humedad empapaba sus pliegues.

– ¡Mía! – Gruñó Peeta, rodeando el pezon con la lengua y enviando más fuego a su vagina.

Katniss acercó su monte a su pene, rozándolo, un gesto sin palabras para que él la poseyera.

– No – Murmuró Peeta, dándole a su pecho una persistente y última lamida, antes de rodar con ella y colocarla encima de él.

– ¿Nos vamos a parar ahora? – Gimió Katniss, tratando de recuperar el aliento, empujandose hacia abajo y acariciando su duro pecho.

– No voy a hacerte daño de nuevo, Katniss – Contestó Peeta sin aliento, con la voz gruesa y ronca. Y colocandola encima de su dura polla, él la movió de un lado a otro, haciendo que sus pliegues se hincharan todavía más.

– Te lo ruego, Peeta. – Suplicó Katniss, acortando la distancia entre sus cuerpos y dejando escapar un largo gemido al sentir su verga dentro de ella, entrando poco a poco en su palpitante coño.

– Esto es para ti, Katniss. Me rindo a ti. Ajusta el ritmo como tú quieras. – Insistió él, dejándole a ella el control de los movimientos.

Ella cerró los ojos en éxtasis, enfundada en su polla y traspasada de felicidad, cuando su sexo se estiró a punto de explotar, una sensación de agonía y placer al mismo tiempo.

La necesidad de moverse la hizo deslizarse arriba y abajo sobre su polla, reteniendo su respiración cuando Peeta pellizcó sus pezones.

Sus pechos estaban ardiendo, y ella lo montó más rápido, sus paredes internas apretando contra su pene, dictando el ritmo para entrar y salir. Katniss quería, o mejor, necesitaba la liberación que parecía casi fuera de su alcance. Entonces el pulgar de Peeta encontró su hinchado clítoris, y lo acarició. Katniss gritó su nombre cuando llegó al orgasmo, estremeciéndose alrededor de su pene. Él agarró sus caderas y continuó moviendola, hasta que por fin obtuvo tambien su liberación, derramando su semilla dentro de ella.

Peeta miró en la distancia hacia la cabaña del jarl y resistió el impulso de volver a la seguridad y privacidad de Stjórardalr. Sigrid les llevaba una ventaja de medio día, pero él no quería apresurar la marcha, sabiendo que el sexo de Katniss estaría hinchado y delicado despues de la noche anterior.

Mirando hacia atrás la vio reir cabalgando junto a Ruard. Sin darse cuenta, apretó con fuerza las riendas de su caballo, y Prúor, resopló en señal de desaprobación.

Jarvik, galopando a su izquierda, le provocó.

– Es de cobardes verte caer tan bajo como para tener celos de tu propio hermano.

– Quiero que me repitas eso mañana en el campo de entrenamiento. – replicó Peeta. – Y ese comentario me lo podrás recordar, el día que conozcas a tu novia.

– Pasarán muchas lunas antes de que eso suceda, todavía tienes que casar a Ruard...

– Es hora de que aprendas a pensar antes de decir tantas tonterías – le reprendió Peeta. – Ruard recibió una carta ayer por la noche del Rey. Su alianza ya ha sido arreglada.

Sorprendido por la noticia Jarvik exclamó. – ¡No!

– Sí – Dijo Peeta e instigó a su caballo para que fuera al galope – Y Haymitch, el Grande, también ha arreglado la tuya. – Gritó, mirando sobre su hombro y riendose.

Cuando llegaron, se encontraron con el jarl, Marvel Hákonarson, el lider de los nobles escandinavos que se negaron a apoyar al Rey Snow contra el Rey Haymitch, dirigiendo a un contingente de sus guerreros en una esquina apartada del campo de entrenamiento.

En el momento en que Marvel vio a Peeta y a Jarvik, despidió a sus guerreros y se acercó a saludarlos.

Los dos jóvenes Marvel y Peeta, los primeros hijos de los linajes Hákonarson y Ostberg, habían crecido juntos en la propiedad de Plutarch, el Alto, antes de ser llamados a batalla por el Rey Haymitch.

Conocido por su destreza sexual, por encima de todo, y por gobernar Trondelag y liderar a su ejército de guerreros en la batalla, Marvel sonrió a Peeta, con una sonrisa un tanto lasciva y burlona.

– ¿Es cierto que Katniss, La Fría ha llegado?

– Vuelve a llamarla así otra vez, y te veré en los entrenamientos de mañana – Explotó Peeta.

Antes de que pudiera decir nada más, Jarvik respondió.

– Por los gemidos y los gritos que escuché anoche, parece que sólo la envidia fue la causa de que le pusieran ese apodo a Katniss. Aunque mi conocimiento es sólo de segunda mano.

– ¡Basta! – Rugió Peeta, saltando de su caballo y agarrando las riendas del caballo de su hermano, asustandolo con una palmada en la grupa y tirando a Jarvik al suelo. La lucha que siguió involucró a todos los guerreros cercanos y fue especialmente gratificante.

La oscuridad había caído hace mucho tiempo cuando Peeta se dirigió a la habitación que le habían asignado a Katniss y a él. Katniss no estaba en la habitación y supo por Sae que el arzobispo del Rey Haymitch la había llamado para que fuese a confesarse. Peeta maldijo furiosamente mientras se bañaba y se vestía, y siguió maldiciendo cuando irrumpió en el gran salón para encontrar las mesas separadas. Los jarls y los nobles a ambos lados de Haymitch y las mujeres sentadas con la esposa del Rey, en la mesa que estaba a la derecha de ellos.

La mirada de Peeta se mantuvo en Katniss. Ella hablaba poco, comía trozos pequeños, y bebía aun menos, lanzandole furtivas miradas durante la comida. Cuando el legislador comenzó a recitar el Øre Ting, las leyes de la corte, la esposa del Rey, Aelfgifu, rápidamente se llevó a las mujeres del salón.

El legislador comenzó el Øre Ting declarando a Haymitch, Rey de Noruega y cuando todos los jarls juraron su lealtad, el nuevo Rey pronunció sus decisiones sobre una serie de disputas menores.

Horas más tarde, cuando Peeta regresó a su habitación, encontró a su mujer en cuclillas sobre un cuenco, su piel parecía verdosa y tenía el pelo pegado a la cara. Su corazón dejó de latir, y devoró la distancia entre ellos, inclinándose le pasó un brazo alrededor de sus hombros.

– ¿Qué tienes, Katniss? – Ella gruñó y movió la cabeza poniendo una mano sobre su boca.

Levantandose, Peeta sirvió un vaso de cerveza y volvió a su lado.

– Te ruego que me disculpes, mi señor – Murmuró Katniss, después de algún tiempo, cuando el último contenido de su estomago llenó el cuenco de piedra. El color volvió a su cara, pero no como el saludable color rosa de antes, ahora era una mancha de color escarlata. – Es mi período. Siempre me enfermo durante este tiempo. Le pedí a Sae que encontrara otra habitación o colchón para nosotras dos esta noche.

– No – Murmuró él, abrazándola. – Te quedarás conmigo y yo seré tu criado.