Los personajes de"Seiya" (Sailor Moon) y"Zero" (Vampire Knight), son propiedad de Naoko Takeuchi y de Matsuri Hino, respectivamente.
Capitulo 05 "Eres especial"
Escrito por: CEEJAY
***MARION***
Los primeros rayos ultravioleta en traspasar la ventana de cristal, me despertaron de un largo y relajante sueño. Sennen seguía dormida ronroneando sobre mi pecho. La dejé un poco más por lo a gusto que parecía estar –además de sentirse suave y calentita. Me sentía tan bien que me dieron ganas de salir a explorar el bosque tal como había estado haciendo los últimos tres días a escondidas de Seiya.
Una vez casi me cacha, cuando regresábamos de alimentar unos polluelos de águila que encontré por casualidad mientras subía por la gata, que pese a tener chueca la pata es más rápida que una ardilla. El ascensor seguía averiado, lo que me daba algo de tiempo antes que él subiera. Sennen tenia las patitas sucias de fango, lo cual reunía las pruebas suficientes para un regaño –en caso de que se le ocurriera pasearse por la alfombra –pero, pude agarrarla por los pelos de la cola, cuidando de no lastimarle el rabo y que su maullido me delatara, para luego correr y meterme de nuevo a la cama antes que él atravesara el salón y tocara mi puerta para confirmar que no le había desobedecido. El doctor metomentodo no era tan estricto como ese chico. Sé que lo hace todo "por mi bien", pero odio quedarme en casa encerrada, sin hacer nada productivo. Bueno, nada que me haga sentir viva. Aun así, notó algo raro cuando se acercó para tomarme la temperatura, pues me miró detenidamente como un padre que espera una explicación satisfactoria.
–Ahora estoy mejor –le aseguré, interrumpiendo su "observación analítica" quitando la mano que había puesto en mi frente – esto… ya sabes que cuando se te quita, sudas. "Te preocupas demasiado."
–Sí, supongo que tienes razón –dijo, observando el calendario –estaré fuera este finde, Hecho de menos a mis padres. Así que…
–Ya sé, ya sé. Descuida que no pienso ir a ninguna parte. Tampoco me hace gracia faltar a clases y luego sentirme desorientada. Puedes irte tranquilo.
–Lo haré si me prometes que no harás ninguna imprudencia. Puedes recaer si no pones de tu parte.
–Yalah, yalah, sé que no soy inmortal –dije algo hastiada y mirándole de soslayo.
–Bien, me alegra escuchar eso. Que pases buenas noches –Besó mi coronilla, antes de perderse tras la puerta con mi sonrisa favorita. Esa que me dice que me cree.
Sin embargo, no estaba muy dispuesta a cumplir esa promesa. Necesitaba algo de reposo para recuperarme pronto de la infección bronquial, pero ello no me obligaría a estar postrada todo el santo día. Y tampoco podía dejar de pensar en esos aguiluchos. Estaba casi segura que habían sido abandonados por su irresponsable madre. No fue cuando se me ocurrió mirar más arriba, que me arrepentí de pensarlo. No me imagino como, pero la herida que recibió en el copete debió ser la causa. Eso se podía deducir por el hueco craneal que permitía a las hormigas hurgar dentro de ella. Tendría muerta unos cuatro o cinco días a juzgar por su aspecto. Quizá por eso ya no se percibía el olor a podrido pese al gran tamaño del ave. Me deshice de la bufanda –mi favorita –para cubrir el cadáver, que sin duda murió protegiendo sus crías. Se me antojó aquello como algo admirable. Cavé una improvisada tumba al pie del abeto, resistiendo las ganas de ponerle flores.
Deseaba tanto volver a ver mis amiguitos que estaba a punto de ponerme mis vaqueros y seguir mi expedición diaria, pero el círculo rojo que rodeaba la fecha del día, arruinó mis planes. Tenía clases de Microbiología y Embriología I esperándome. Ya sabía que esta jornada iba a darme agua a beber, pero no le di mayor importancia. Seiya me había dejado un delicioso Dorayaki sobre la mesa, que me comí en segundos. Ya me hacía falta probar algo dulce. Las medicinas me causaban mareos y los elementos químicos de su constitución, mezclados con sacarosa, resultaría letal. Entonces solo podía digerir alimentos salados. En esos momentos desee no ser una simple mortal. Somos tan frágiles que cualquier enfermedad nos aturde el espíritu. Yo raras veces enfermo, así que esta experiencia fue más desagradable de lo que imaginé.
Aun me quedaba tiempo suficiente para arreglarme y tomarme un respiro antes de coger el tren hacia Enxel. Entré al armario y me encerré por unos segundos que parecieron eternos. Menos mal que no había nadie en casa. Era más que vergonzoso, pero en mi caso era necesario. Estaba convencida de que esta estrategia me ayudaría a enfrentar mayores retos. Tenía un mapa y el horario, pero como no había entrado a la facultad ni por asomo, pese a que anduve por todo el campus, pretendía llegar unas horas antes para no tener que molestar a nadie. Siempre he preferido hacer las cosas por mi cuenta, aunque que esto no siempre me trae los resultados esperados. Talvez si no me hubiera detenido tanto a contemplar…otras cosas, no estuviera ahora en este pequeño aprieto. Pero ese claro junto al lago me hechizó por completo. Esa era una de las razones por las que me terminó gustando esta universidad. Otra, lo era la carrera que había elegido. En cuanto revisé la oferta académica, una sonrisa se dibujó en mi rostro, ya que siempre he querido curar animales enfermos, conocer especies raras, descubrir sus gastronomías diversas. Todo de ellos me resulta fascinante; unas especies en mayor grado que otras, pero al final todas me resultan monas cuando son bebés. Desde que mi Lestat murió por aquella extraña enfermedad, quise ser doctora. Pero no una doctora cualquiera. No olvido como se quejaba el pobre pony sin Vittorio pudiera hacer mucho por el. Definitivamente había hecho una buena elección y fui aceptada. Una tercera razón era estar lejos de casa. Esta nueva vida me atraía más. Ya no tendría que tragarme las largas ceremonias repletas de enormes dosis de aburrimiento a las que me obligaban participar. Ahora estaba… ocupada.
Aproveché y me puse a escudriñar en el estudio donde Seiya había instalado los libros. Era un lugar muy acogedor. Entre los libros que encontré, había una enciclopedia de aves exóticas. No pesaba mucho, ya que era un tomo de una serie de 12 y abarcaba solo la R. Al lado había un libro negro, cuya portada parecía sacada de una peli de terror. En el se veía un hermoso tulipán rojo envuelto en unas garras plateadas y de fondo dos faroles que semejaban ojos. No es que no me atrajeran las leyendas urbanas nuestras que tan famosas eran en otros países, pero esto era demasiado… ¿como decirlo? inverosímil. No estaba interesada en leerlo, pero una cosa era cierta: Seiya no lee este tipo de basura. Si estaba dentro de su colección debía ser por una razón: Anny lo puso ahí. Le eché una rápida ojeada y lo único que vi de llamativo fueron unos hermosos ejemplares de flores rojas que jamás he visto en Alba Iulia, salvo en el museo –en pinturas. Quizá le atrajeron a ella por sus vistosos colores. Volví a colocarlo en su lugar y saqué Crónicas Vampíricas que tanto me gustaba leer a mis buenas amigas del insti. Las historias espeluznantes que allí se narraban me causaban risa, en cambio si se las leía a esas descerebradas aristócratas, ya se les venia el mundo encima. Es cierto que escogía las noches de tormenta más recias para tornar el ambiente más propicio. Con eso buscaba la forma de decirles que la aristocracia me valía madre. Odiaba que no me obligasen a asistir a esos pomposos bailes de niñas aburridas y deseosas de casamiento. Yo no caería en ese mundo podrido de fiestas sin sentido y esperas de príncipes imposibles en el que ellas creían. Aunque fuera la única hija de un conde, mi libertad era el único sueño que se veía amenazado. Menos mal que mi linda madrastra esperaba un hijo y así mi honorable padre podría servirse de él. Solo me quedaba desearle suerte a la pobre criatura.
Conecté el router y me puse a navegar. Buscando posibles nombres para los cinco chicos que aguardaban en la copa del abeto. Leí todo un párrafo sobre historias de licántropos y demás idioteces que cuelgan los ociosos en Wikipedia, recordando las veces que atiné en sobresaltar a Zoey con las aventuras de Lestat, el personaje que más le aterraba de Anne Rice y que para remate era mi favorito. Lo único que me atraía de esa farsa era la supuesta inmortalidad de esos seres. Solo que su debilidad era tan patética que quitaba el encanto. Digo, ¿como es eso que unas bestias con cuerpos tan perfectos y de una extrema longevidad se hagan mierda a la luz del sol? Vaya trola. Que algo tan natural los borre de su extraña existencia, sin mencionar que deben estarse cuidando todo tiempo de las dagas, balas de plata o el agua bendita, me parece ridículo. Quien diablos querría vivir así. Si eres inmortal, se supone que nada debería matarte. La semana pasada intenté hablar al respecto con Seiya, mientras miraba la escena de dos gemelos vampiros que apostaron por una mortal. Pero de pronto me pareció tan absurdo que lo dejé y me fui a acostar. Quizá el haber destruido a patadas la puerta del ascensor inservible había mermado mi capacidad de raciocinio. Eso o las altas fiebres que me azotaban ya se me habían cargado las neuronas.
Me ajusté las calcetas hasta los muslos y me arreglé la corbata. Ya por fin había aprendido a hacer el bendito nudo. Me miré al espejo una vez más solo para ver que no quedara nada fuera de lugar. No tenía ganas de patear traseros de pervertidos en la uni también. Mi desarrollo vertiginoso estaba controlándose conforme salía de la adolescencia, pero los amargos recuerdos de acosadores intentos de novios, me volvían muy a pesar mío cada vez más excéntrica.
Salí pitando al ver mi reloj. Cerré con llave y decidí tomar las escaleras, ya que el idiota del encargado no había arreglado el ascensor. En menos de quince minutos ya estaba en la estación. Noté que había superado mi propia marca. Quizá mis nuevas botas hacían la diferencia. En cuanto llegué, traté de pasar desapercibida entre la multitud de estudiantes de cabelleras rubias y ojos azules… Bueno, por eso digo que "traté".
Subí rápidamente las escaleras, sin prestar atención a los murmullos que se generaban a mí alrededor.
"Que diablos, ¿tengo monos en la cara o qué?"
Entré al servicio a lavarme la cara y arreglarme lo que sea que estuviera descompuesto. Dos "Barbies de Malibu" que entraron tras de mí, me miraron a través del espejo y a su vez se miraron sorprendidas.
–Dios, ¿dónde las consigo? –le pregunta la más alta a la de pelo liso.
–No creo que estén de moda. –Contesta metiendo la mano en su bolso –Ya le pregunto a Bianca, espérate.
¿Acaso se creían que estaba usando lentillas, estas idiotas? Mi reducida paciencia estaba llegando al límite. Me puse contra el lavabo con los ojos cerrados y luego me los cubrí con las manos, girando hacia atrás. Podía sentir la reacción de las chicas ante mi extraña actitud. Una de ellas se acercó.
–Aléjate, es peligroso – le grité y empecé a bajar las manos paulatinamente.
– ¿Que esta haciendo? –preguntó la chica con la voz afectada. Esto se empezaba a poner interesante.
–Vamos, salgan de aquí, no puedo contenerlo mas –mi voz iba cambiando de tono agudo a grave. –Lo siento de verdad, pero los abriré ahora mismo aunque explote todo.
–Vero, mejor le hacemos caso. –Miré a través de mis dedos la de pelo liso moverse a la salida de forma precipitada.
–No, no me dejes sola, Corina –gritó la de pelo riso, mientras yo intentaba alcanzarla "a ciegas."
La chica salió despavorida en cuanto cuando medio abrí los ojos. De seguro pensaría que era miembro de los X-men. Me pregunto que tendrá en la cabeza además de O2… y esa era otra promesa rota. Pero, en mi mundo las reglas se hicieron para romperse de vez en cuando.
Como faltaba aún una hora y media para mi primera clase, decidí salir de las instalaciones e ir directo a mi lugar favorito. Allí no iba nadie. A lo mejor temían ensuciar su delicada ropa o ser picados por algún bicho. En cuanto a mi, aquello era lo mejor. Sentí unas cosquillas en el cuello y me rebusqué lo que lo provocaba, pero no sentí nada más que el lunar que tengo en la nuca, cubierto por mi gargantilla con el relicario en forma de cruz, cuyo interior guardaba una foto traspuesta de una dama de pelo rubio cargando un bebé pelirrojo. Un objeto muy valioso que obtuve en mi anterior cumpleaños y que no me quitaba por nada.
"Alguna alergia momentánea provocada por algún helecho o maleza." Pensé.
Me acerqué más al lago y humedecí mis dedos para frotarme, así desapareció un poco la molestia. El agua se veía serena y clara. Recogí algunas piedrecillas planas y redondetas que vi en la orilla. Las amontoné a un lado y me arrodillé. ¡Hacia tanto que no hacia esto! Las empecé a arrojar una a una por la superficie. Llegaban incluso mas lejos de lo que pretendía. Mi fuerza, sin duda no era muy normal que digamos, pero esto es más cuestión de técnica. Al menos eso me había dicho mi nana y, por lo visto, tenía razón. Consulté el reloj para ver que apenas faltaban unos escasos minutos. Lancé la última piedra y agarré el bolso. Me sacudí la falda, y me arreglé las calcetas mientras me apresuraba hacia la facultad de humanidades. Gracias a Dios había señales. Sin embargo, no tenía idea de lo que significaban algunas iniciales. El salón donde supuestamente tendría que pasar los próximos cuarenta y cinco minutos podría estar en cualquier lugar del segundo piso.
Seguí caminando por un pasillo en donde había un hermoso y pequeño balcón decorado con flores a mitad del camino como esos que apenas abres la ventana, te encuentras con la reja y te puedes asomar pero no salir. Me detuve por curiosidad y vi entre las piedras una flor que llamó mi atención. Lo primero que pensé fue tomarla para la fenecida ave. Desee ser un poquito más alta. Pero gracias a las clases – obligatorias – de ballet, pude alcanzar el tallo de puntillas. Casi estaba a mi alcance, cuando alguien me agarró el brazo y bruscamente tiró de mí hacia el interior del edificio. Estaba casi helada.
"Genial, Marion, la primera vez que pones un pie acá y ya te cachan in fraganti robando propiedad de la uni" No sabía como disculparme, así que solo voltee.
–Eso es peligroso –dijo el chico con un tono de enfado.
Me sorprendí al ver el uniforme. Se trataba solo de un estudiante, aunque su porte de aristócrata lo hacía ver más como un delegado. Los mechones de cabello plateado caían rebeldes y alborotados sobre su pálido rostro y cuando mi mirada se encontró con sus ojos de un curioso color amatista, sentí como si cayera a un oscuro y profundo abismo. Un par de argollas destellaron en su oreja derecha. Reaccioné y liberé el brazo de sus frías manos, con un tanto de dificultad.
– ¿Pero tu quien te has creído que eres? – Le grité irritada.
El muy estúpido ni siquiera dio atisbo de querer escuchar. Tan solo se dio vuelta y se marchó sin disculparse. No es que doliera en realidad, pero me había agarrado demasiado fuerte para mi gusto. Estaba tan cabreada que me volví, decidida a llevarme todas las flores que encontrara, pero… lo que vi fue un montón de piedras que se habían precipitado al pie del pequeño balcón.
"Ese tipo… ¿trató de salvarme de eso? No, no creo. Lo más seguro es que las rocas se vinieran abajo por el jalonzazo que el me dio. Si le vuelvo a ver, le enseñaré respetar como Dios manda."
– ¿Está perdida? –Me preguntó un caballero de pelo rubio y ojos pasto, escondidos tras unos enormes lentes, al verme sola, en medio de la nada arrugando un mapa.
–Am… pues… yo solo busco el aula del Dr. Krogen –le dije toscamente, mostrándole el horario, que aún no había sido víctima de mi impotencia.
–Ya veo, tú debes ser Marion –Yo asentí algo avergonzada con el bolso en mi regazo –Acompáñame, por favor.
Seguí su caminar pausado hasta que entró a una iluminada sala en donde se podía apreciar una hermosa vista al lago. Los demás estudiantes ya estaban organizados tras sus pupitres, lo que me hizo sentir un poco tonta. El caballero me pidió con una seña que cerrara la puerta, lo cual me indicaba que acababa de conocer a mi profesor de Microbiología.
–Buenos días a todos y a todas –dijo al resto, mientras yo deseaba que solo me mandara a sentar, pero claro, ahora venía lo crucial –Aquí tenemos a la Señorita Marion Poe, alumna de nuestra clase, pero que ha llegado una semana tarde debido a que se encontraba enferma.
Los demás me miraban como si fuera un bicho raro. Lo cierto es que era la primera vez que me daba un resfriado tan malo que degenerara en una infección importante de pulmones… en pleno inicio de las clases. No creí que pudiera haber algo peor, pero justo cuando pensaba que las cosas estaban mal, vi a quien menos quería ver en el resto del año: "El aristócrata idiota" quien me pareció me miraba con desdén.
–Así que espero de ustedes que la ayuden en cuanto puedan para que se ponga al día con los estudios –continuó el señor Krogen antes de confinarme a la antesala del los infiernos. Entre todos me vino a tocar quien con certeza, no sería el compañero que más me agradara en el semestre. –Señorita Poe, por favor siéntese al lado del señorito Zero Anghel. –dijo al notar que era el único asiento disponible en toda la pinche clase.
Quería salir pitando de ahí. Pero, por otro lado, ya había roto unas cuantas de la gran lista de promesas que le hice a Seiya, además no iba a permitir que un bobo aristócrata interfiriera en mis planes de ser doctora. Traté de contener mi furia, sentándome lo más lejos posible de ese –quien pareciera estarlo disfrutando de lo lindo, lo cual me encabronó más aún –y prestando atención a toda palabra, punto y coma que salía de boca de nuestro guía. Nunca en mi vida había tomado apuntes. Aprovechaba y ponía al lado mis propias reflexiones y las preguntas que surgían de las afirmaciones del Dr. Krogen. Me empezaba a sentir atraída por esta nueva etapa de mi vida. La concentración era una batalla ganada. Eso quitando cuando esa maldita mirada se posaba en mí.
"No sabe la que le espera si se atreve a meterse con quien no debe. Niño estúpido."
Sentí un enorme alivio cuando sonó la campana y mi "querido" compañero se levantó del pupitre. Yo continuaba en lo mío, ignorando cualquier intento de acercamiento que quisiera hacer. Afortunadamente solo dijo un seco "Hasta mañana." Tendré que ver como cambio de sección con el Dr. Krogen. Mi siguiente clase era Embriología, y dicho sea de paso tampoco tenía idea alguna de donde era. Una rubita pecosa con ojos grandes y azules se acercó a mi, para ofrecerme sus apuntes sobre las anteriores clases de Krogen, pero luego desvió la conversación hacia sus estiradas compañeras que la habían echado de lado desde que vino "el nuevo genio" No tenía ganas de escuchar su triste historia de abandono, así que solo atiné a disculparme y recoger mis libros para salir en busca del salón del profesor Groza. La chica lucía algo triste mirando como sus supuestas compañeras parloteaban con el susodicho, quien resultó ser nada más que Mr. Ice. Solo por sacarle de sus pensamientos le pregunté donde quedaba el aula del profe de Embriología Elemental, pero antes que me contestara, nos interrumpió el murmullo de las señoritas, quienes al parecer, estaban tratando de flirtear con el engreído ese.
– ¡No perdáis el tiempo conmigo! –Escuché como les decía con desdén, antes de salir con el maletín de cuero sobre su hombro sin mirar a sus interlocutoras. Casi sentí pena por esas chicas que lo miraban marcharse conmocionadas.
"Ja, como lo supuse, no es más que otro aristócrata arrogante"
Salí luego de quedar con la joven, cuyo nombre resultó ser Anne. Reí para mis adentros imaginándola escribiendo historias raras sobre sus compañeras en el ático de su casa. Gracias a sus dibujos aclaratorios –mejor incluso que el mendigo mapa –pude llegar sin contratiempos, pero al parecer ese día el profe estaba en un seminario y se suspendieron las clases. Traté de localizar a Seiya para comer algo en lo que se hacia hora de mi próxima clase pero, traía el móvil apagado. Mas tarde me llamó y me citó en la biblioteca de Biología, en la sección de Botánica.
Le esperaba impaciente, mientras el tiempo avanzaba. Mi clase de Anatomía I no podía esperar. Si el profe era un obstinado con las reglas, eso me traería más de un problema. Seiya notó mi tensión y salió enseguida. Rodeó mi cintura mientras bajábamos las escaleras, lo cual era común y sin malas intenciones, pero unas chicas que iban subiendo, nos miraron con desaprobación. Las fulminé con la mirada. A él, esto solo le causó gracia.
– ¿Te parece divertido? –pregunté mosca por su aptitud despreocupada.
–Solo tu cara, Rufous –contestó una pueril risita –si no te conociera, diría que estas celosa.
–Hoy estás insoportable –dije con un hilo de irritación, adelantándome tres escalones delante suya.
–Espera, Marion, ¿Qué rayos es eso? –Voltee confusa, deteniéndome a pocos escalones del piso. El me alcanzó y enseguida me apartó la cola de caballo de la nuca.
– ¿Qué? ¿Qué es lo que tengo? –Percibí que se tensó considerablemente al tirar del el cuello de mi camisa. Luego puso sus manos en mi hombro, me giro y me miró fijamente, con los audífonos sueltos.
– ¿Puedes saltarte esta clase? –dijo levantando ligeramente el tono.
Le miré casi alarmada. Era la única clase que no podía saltarme. Había oído rumores sobre lo estricto que era el Dr. Keldish con la puntualidad. Por otro lado, era aún más extraño que dijera algo tan inesperado. Me quedé mirando hacia el salón donde entraban los chicos de Anatomía I y luego lo miré a él dubitativa. El solo me tomó del brazo, dirigiéndome hacia el otro pasillo.
– ¿A dónde me llevas? –Le pregunté ya preocupada –Sei, por favor, tendré problemas si sigo faltando a esa clase.
–No deberías preocuparte por eso, ¿vale? –dijo en un tono neutro, sin soltarme.
No es que estuviera tan preocupada por la clase, más bien por su actitud tan extraña. Era como si a veces fuera una persona completamente distinta al Seiya que yo conocía. Pero al reflejarme en su mirada azul zafiro, me di cuenta que se trataba de algo que le afectaba.
"¿Qué te sucede?"
En cuanto atravesamos el patio rumbo a unos edificios sepia, me di cuenta lo que pretendía. Empezó a hablar pausada y claramente, sin mirarme a los ojos, mientras la brisa jugaba con su pelo.
–Tu salud es más importante que unas tontas lecciones de Anatomía –su tono era lo bastante serio, como para llevarle la contraria. Eso me irritaba más y más.
–Solo es una alergia pasajera –le dije, tratando de soltarme –ya se me quitará con las burbujas. Ni siquiera me pica.
–Andando –concluyó, sin escucharme, y abrió una puerta de cristal opaco en cuya parte superior había una placa metálica que rezaba "Dra. Petrusca".
A pesar de que un consultorio de bioanálisis era el último lugar al que él iría, se quedó esperando pacientemente en una silla situada al lado del archivo, con su iPod a todo gas y leyendo una revista de National Geographic. La señorita me preguntó si ese "chico tan guapo" era mi novio, justo cuando metía la aguja en mis venas.
– ¡Ni de broma! –contesté de un salto, puesto que me dolió el puyón.
A Seiya se le escapó una risita, pero la alegría no llegó a sus ojos. No me gustaba verle así. No iba tampoco a hacerle hablar de algo que el quería mantener bajo las sombras. Pero… ahora más que nunca deseaba saber qué era lo que el suponía un peligro y el porqué de ello. No solo para satisfacer mi curiosidad. Eso era lo de menos. Tan solo quería entender sus razones y ayudarle en lo que pudiera.
–Por lo pronto guarda esa gargantilla –dijo la dama en un tono muy amable, entregándosela a Seiya –y frótate un poco con esto. –Me pasó un tubo de crema de unos 2 cms –descuida es casi inodora. Puedes venir mas tarde a recoger los resultados. No creo que sea de cuidado, puede deberse a la picadura de un insecto, pero para estar seguros haré algunas pruebas rutinarias con tu muestra.
Me sentía rara sin mi gargantilla. El notó mi frustración y la envolvió en mi muñeca a manera de brazalete.
– ¿Contento? –le reclamé, mientras me desataba el pelo, agradecida de que estuviera tan largo, para que no se me notara el rosetón. –Te dije que solo era una alergia pasajera. "Me encantaría que dejases de comportarte como si fueras mi padre."
Guardó silencio con su mirada fija en mí, como si con eso contestara todas las preguntas que aun no le había hecho y que aguardaban impacientes por salir.
–Así se te ve mejor –Le fulminé con la mirada y sonrió –Hmm aún te queda una clase, ¿puedo acompañarte? –puso esa cara de niño bueno que por mucho que me resista, termina por persuadirme. Asentí sin remedio, mientras una sonrisa pulcra se dibujaba en sus labios.
Mis clases terminaban antes que las suyas. Así que me fui sin esperarlo. Cuando llegó a casa dio unos toquecitos en mi puerta intentando saber si estaba ya dormida. Le avisé que estaba abierta.
–Marion –dijo, como quien no quiere la cosa
– ¿Qué? –respondí sin mirarlo
– ¿Sigues enojada?
– …
El se sentó a mi lado y suspiró. Vi por el rabillo del ojo como acariciaba a Sennen quien yacía en el borde de la cama.
– ¿Sabes? No es que pretenda tratarte como la niña que dejaste de ser –empezó a decir casi en un susurro –quiero que sepas que yo me preocupo por ti, por lo que haces, lo que te pasa, aunque no te importen mis palabras, aunque lo que te digo lo mandes al carajo, aunque tus cosas son solo tuyas... me importas mucho.
No sabía cómo responder a eso. Si bien es cierto que a veces me saca de quicio que exagere su cuidado, yo también me paso con mis enojos. Suspiré y alargué el brazo hasta su hombro. El volvió el rostro hacia mí y sonrío con ternura, dejándome apreciar sus hoyuelos. Luego me dio un cálido abrazo, descansando la barbilla sobre mi cabeza.
–Eres muy especial para mí. Es normal que me preocupe ya que tú no lo haces.
– Oki doki –le dije dándole un beso en su mejilla izquierda. –disculpa aceptada, ahora váyase a la camita que es tarde y se estará durmiendo en clase. – le apresuré a levantarse e irse a su habitación antes de cerrar la puerta despidiéndolo con las manos y con una enorme sonrisa de triunfo. Pareció dubitativo, pero al final correspondió el saludo. Todo estaba más tranquilo ahora.
Al día siguiente, ya estaba de mejor humor. Le alcancé segundos antes que tomara el tren. Aunque había corrido bastante, no me sentía para nada agitada, lo cual era indicio de que las cosas iban mejorando. Fuimos todo el camino charlando sobre mi bendito horario. Cuando, por fin llegamos, fuimos directo a los casilleros, en donde le vi sacar un hermoso pañuelo negro que antes no le vi. Aunque la curiosidad me carcomía, me contuve de preguntar. Nos despedimos al pie de la escalera, pues llegaba retrasado a su clase favorita. El se merecía ser feliz. Si la chica elegida lo hacía sufrir. Se las vería conmigo.
Luego de salir de las llamas del infierno, encerrada en una biblioteca, me escurrí por el pasillo central para tomar aire fresco. Una discordante melodía de Linking Park se escapaba de mi bolso. Lo descolgué para recibir la primera noticia agradable del día. Seiya me esperaba en la cafetería para almorzar. Mi clase de Microbiología –que pese a todo era mi favorita por la hermosa vista del lago –era a las 2:00 PM y la suya no empezaba hasta las 3:00 PM. Eran apenas las 12:45 PM así que teníamos tiempo de sobra. Iba tan ensimismada que no me fijé en la persona que venia delante de mí. Le ayudé a recoger los libros que, sin querer le había tirado. El los tomó junto con mis manos, dándome las gracias y mirándome fijo. No me gustó para nada la forma en que lo hizo. Me paré enseguida y le di la espalda para seguir mi camino. Pero, voltee por algo que murmuró que no me pareció en absoluto apropiado.
– ¿Disculpe? –le dije en tono ofendido, esperando una respuesta.
–Am… que es "un buen curso" –dijo mostrándome la hoja de mi horario –pero no es bueno que faltes, el profesor de Anatomía I es muy estricto –Soltó una leve sonrisa, cuya malicia sobresalía y me revolcaba el estómago.
–Gracias por la advertencia ¿Me permite? –Extendí la mano, con urgente prisa.
El se puso de pie. Era muy alto y de buen parecer. Con unos ojos azul diamante y el pelo castaño oscuro. Pero algo en él me causaba desconfianza. Tomé la hoja por una esquinita y lo dejé atrás, mientras se despedía con una sonrisa brillante, que se me antojó jovial, pero llena de malas intenciones. Además, ¿cómo sabía este tipo que había faltado a esa clase?
Me deprimía la sola idea de imaginarme tomando clases con un sujeto de esa calaña. Suspiré y bajé hasta la cafetería, deseando que un buen vaso de crema batida sustituyera de mis papilas el sabor amargo de mi suerte.
….Continuará….
