Cp 6 – Día 11, Parte I

Faltaban tres minutos para la medianoche cuando un agudo grito atravesó la quietud de la nave.

En una fracción de segundo Han alcanzó la escotilla de acceso a la cabina donde dormía la Princesa, solo para tropezarse allí con C-3PO y cubrirlo de insultos corelianos. Un minuto después, Chewbacca se unió al grupo. El trío dudó frente a la puerta cerrada pero unos segundos después se oyó un segundo grito desgarrador y los tres trataron de accionar el control al mismo tiempo sin dudarlo. Incapaz de responder a tres entradas simultáneas, la puerta se mantuvo cerrada. Luego de maldecir en varios idiomas, Han consiguió al fin abrirla.

La Princesa Leia Organa se encontraba en sobre la cucheta, enredada en las sábanas, llorando y gimiendo mientras batallaba contra algún enemigo invisible.

Inmediatamente Han se acercó a ella y sentándose sobre la cama, la sujetó por los brazos, forzándola con suavidad a enfrentarlo y sentarse.

- ¡Aléjense! – gritó Leia con todas sus fuerzas, debatiéndose al tratar de liberarse - ¡No diré nada! – Sus ojos se pasearon por la habitación, sin reconocer a ninguno de sus compañeros. Su rostro asumió de pronto la expresión de una niña pequeña. - Por favor, no me lastimen más – rogó con un hilo de voz. Las silenciosas lágrimas que rodaban por sus mejillas y la forma en que había arreglado su cabello, en dos largas trenzas, acentuaban la ilusión.

- Señora Leia, me asusta – comenzó Threepio.

- Cállate, Pararrayos Dorado – amenazó Han. Luego sacudió a la Princesa con gentileza. – Leia, despierta – le susurró, tratando de volverla a la realidad.

La joven se compuso súbitamente y una frialdad indescriptible invadió sus ojos y su voz. - ¿Quién ereis? – dijo, y sin previo aviso levantó su mano y arañó el rostro de Han.

Más sorprendido que dolorido, Solo la soltó y la Princesa brincó como impulsada por un resorte hacia la escotilla, volteando en el proceso la única silla de la habitación. Chewie la atajó por la cintura en el medio del salto y la devolvió a la cama. Leia no se resistió esta vez sino que se abrazó al peludo wookiee, llorando desconsoladamente. – ¡No hay nada! ¡Todos se han ido!

Han colocó tentativamente una de sus manos en la espalda de la última Princesa de Alderaan, mientras su copiloto seguía conteniéndola. Así se mantuvieron por un largo rato, mientras el droide los observaba, confundido.

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Al fin, Leia se calmó. Por unos instantes pareció dormida, pero pronto sus ojos se abrieron y se dio cuenta que no se encontraba sola.

- ¿Qué… qué hacen aquí? – preguntó. Chewbacca aflojó su abrazo y la Princesa se retiró a la esquina donde la cucheta se unía al ángulo de mamparos, cubriéndose hasta la barbilla con la sábana.

- Tuviste una pesadilla de aquellas, corazón – ensayó Han. El wookiee asintió, gruñendo quedamente.

La Princesa presionó una palma contra su transpirada frente. – Una pesadilla, si… Ojalá fuera sólo eso.

El coreliano tragó en seco y con ternura estrujó ligeramente uno de sus pequeños pies por sobre las mantas. – Vístete y sal de aquí.

- No, Han, no quiero…

- Soy el Capitán, ¿recuerdas? Vamos, te prepararé algo de comer. Ven, Chewie – dirigiéndose a la salida, enderezó la silla caída y le alcanzó su uniforme. – Sabes que no podrás dormir de todos modos. Y un estómago vacío es lo mejor para atraer pesadillas – siguió diciendo. Esbozando una sonrisa, terminó con una amenaza en broma. – Y si no sales en diez minutos, entraré yo, así que estás avisada.

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Veinte minutos más tarde, Leia abandonó la cabina, encontrando a Han reclinado contra el panel que la enfrentaba. – Era hora, su Alteza – comentó. La joven lo siguió hasta el área de recreo, donde ambos se sentaron junto a la mesa de holoajedrez.

- ¿Qué deseas? – preguntó Han - ¿Sopa? ¿Estofado? ¿Algo dulce?

- ¿Por qué estás obsesionado con alimentarme? – retrucó Leia. No había agresividad en su voz, sin embargo, solo cansancio, un cansancio que la hacía oírse mucho mayor de lo que era, en franca contradicción con su aspecto aniñado. Se había vestido con su uniforme completo, mameluco blanco, chaleco de abrigo, botas y hasta los guantes, pero no se había molestado en arreglar su cabello. Este caía todavía en dos flojas trenzas, enmarcando su rostro.

- ¡No estoy obsesionado! – Protestó Han – Pero Rieekan me matará si te regreso puro piel y huesos…

- Así que eso es lo que soy para ti, otro cargamento que entregar en buenas condiciones…

- ¡No, no es eso! – Han se detuvo en seco, reconociendo el familiar patrón. No, no podía dejarse llevar ahora. Había estado tratando de despejar el ambiente, pero era obvio que esta no era la manera. Quizá lo que necesitaba era algo más directo. – Fue ese holovideo, ¿verdad?

La Princesa levantó la cabeza, sorprendida. - ¿Cómo lo…? – comenzó, pero no pudo terminar. – No importa… - murmuró bajando los ojos otra vez.

- Si importa, porque es mi culpa. Debí haber eliminado esa grabación. – Eso la haría reaccionar.

Leia volvió a levantar el rostro, y había fuego en su mirada.

- Te mataré si lo haces.

Han sonrió con irreverencia. – Esa es la Princesa que conozco. ¿Mejor?

La más pequeña de las sonrisas se esbozó en un ángulo de su graciosa boca. Solo hizo un gesto como para tomarle la mano, pero la joven la retiró, abrazándose el cuerpo como si tuviera frío. - Ahora no, Han. Por favor. – rogó la Princesa escondiendo el rostro. Sus palabras sonaban tensas, forzadas.

Y de pronto Han cayó en la cuenta.

Recordó los rumores que habían corrido en todas las bases dónde ella había permanecido. Los chismorreos a cerca de sus pesadillas y qué las causarían. Algunos decían que perder su planeta, su gente y toda su familia en un solo golpe era causa más que suficiente. Otros, sacudían la cabeza sin decir nada, pero trataban de facilitar su vida lo más posible.

Él mismo, no sabía que pensar. La Princesa nunca había sufrido una pesadilla durante las misiones que habían compartido, que él hubiera notado. Y por supuesto, su informe a cerca de lo que le había sucedido mientras estuvo cautiva en la Estrella de la Muerte había sido clasificado Secreto Máximo y ni siquiera su sonrisa más seductora le había conseguido una copia. Leia parecía siempre tan en control de sus emociones, que al final Han había descartado sus sospechas y había adjudicado su delgadez y su mal humor a natural al duelo por su pérdida. Vamos, era una Princesa y una Senadora, al fin y al cabo, ¿no? No la tratarían de esa manera, ¿verdad? Ejecutarla, sin duda, pero ¿tortura? ¿Y si habían ido tan lejos, no podía haber sido tan terrible, hubiera hablado y no habrían tenido necesidad de poner un dispositivo de rastreo en el Halcón, verdad? Además, se la veía en perfecta salud cuando la habían rescatado de su celda.

Luego de un tiempo, la Princesa había recuperado algo de peso, las pesadillas habían amainado y la Alianza en conjunto había vuelto a respirar. Pero incluso entonces, sus mejillas solo se coloreaban cuando él la provocaba, así que siguió haciéndolo. Además, ella empezaba las discusiones la mitad de las veces. En cualquier otro momento, Princesa de Hielo era un nombre que le calzaba perfectamente.

Pero ahora, luego de escuchar esos alaridos que helaban la sangre, no sabía que pensar. - ¿Qué diablos te hicieron, Princesa?

Para decir la verdad, no esperaba una respuesta, sino que había sido una pregunta retórica expresada en voz alta.

- Doce Infiernos – respondió Leia con voz monocorde – usaron Doce Infiernos conmigo.

Han Solo se preguntó cuan fuera de protocolo estaría vomitar en frente de la Suprema Princesa de Alderaan.