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Darién se sentó en el inodoro tratando de hallar una forma de salir ileso de toda esta situación.
—Ay, Dios mío... en verdad esto es una tortura para mí-
Quizá si se quedaba allí media hora, ella se mar charía. Pero lo dudaba. Serena había demostrada ser una chica persistente.
No tenía tiempo de inventarse un pasado. Su ex novia no existía y mucho menos tenia un nombre. ¿Kelly, Cindy, Emily, Katy? Que predicamento.
El hecho era que le quedaban dos semanas por delante y tenía que controlarse o lo perdería todo.
¿De verdad le importaba tanto que el programa tuviera emisión nacional o una parte de el deseaba ser seducido por Serena?
Quería ganar la apuesta, eso era lo primero. Y no solo para que nadie conociera su secreto, sino para que sus oyentes confiaran en el cuando le hacían preguntas íntimas. Quería hacer ver a sus oyentes que el papel en una seducción era el mismo tanto para un hombre como para una mujer.
¿En realidad estaba haciendo todo lo posible para ganar la apuesta? Quizás no: no. De hecho, no había to mado la iniciativa ni una sola vez. Se estaba de jando manejar. Cada vez que ella lo tocaba, se le doblaban las rodillas. Era el momento de atacar, no de defenderse.
No podía contar a sus oyentes que era virgen, no podía decirles que sabía de sexo lo que un perro sabe de E.T.S.
En cualquier caso, la clave del experimento era no acabar en la cama con Serena, de modo que...
¿Podría seguir diciéndole que no? No pensaba sucumbir. Aunque... en cierto modo quería ha cerlo.
Aquellos pensamientos lo tenia excitado. ¿Cómo era posible? El no creía en la seducción, estaba seguro que ninguna mujer lo haría caer.
Pero cuando Serena lo besaba... En ese momento de solo imaginar su traidor cuerpo reaccionó ante el recuerdo de los besos de aquel demonio. Aunque la palabra «reaccionar» se quedaba corta, a juzgar como Dariencito había despertado ferozmente.
Pero no iba a pasar, no iba a pasar. Según lo que sabía sobre la experiencia sexual, los besos no eran lo primero. Antes había que mirarse a los ojos, rozarse, hacer preguntas... ¿El sexo? Ese era el último paso. El aconsejaba a las mujeres que observaran las señales para ir siempre por de lante. Solo tenía que escuchar sus propios consejos.
Además, era un hombre y no un adolescente pre puberto ansioso de placer. Punto.
Si no la miraba a los ojos, si no la tocaba o de jaba que ella lo rozara, todo iría bien. Porque la química sexual, por sal vaje que fuera, no podía compararse con la deter minación. El era un hombre fuerte y más fuerte que sus propias hormonas.
Entonces, ¿Qué era lo que le preocupaba?
Un golpecito en la puerta hizo que despertara de sus cavilaciones.
—¿Darién? ¿Estás bien?-
—Sí- Contesto masculino –Solo se trata de un problema estomacal-
—La cena está lista- Dijo ella.
—Listo, al rato salgo-
—Muy bien cariño, te espero-
Darién miro entre sus piernas. Maravillosa forma de tomar la iniciativa.
Andrew encontró una mesa vacía al fondo del restaurante. No era el más elegante del barrio, pero estaba abierto hasta las dos de la mañana.
Solía cenar allí casi todos los días y no solo por que estuviera frente a la emisora sino porque se encontraba cómoda. Nadie lo molestaba y podía leer el periódico mientras comía.
Cuando estaba leyendo la carta oyó la voz de Darién y, sorprendido, levantó la cabeza. Entonces se dio cuenta de que era la radio. Estaban pa sando fragmentos del programa.
Retomo su mirada a la carta y decidió pedir pollo. Tenía que probar otra cosa, pero no aquella noche. Estaba demasiado deprimido.
El camarero, se acercó sonriendo por lo que escuchaba en la emisora.
—¿Solo pollo?-
—Sí – Contesto asqueado el joven rubio.
—¿Agua?-
—No, cerveza-
El camarero lo miro extrañado.
—Muy bien. Lo del Doctor Chiba es un premio, ¿eh?-
—Sí... desde luego- Contesto sin pensar.
—He visto una foto de ese Mujer. Y yo no lo echaría de mi cama, te lo aseguro-
Andrew sonrió.
—Pero a ella no le gustaría un don nadie como yo.
—Pues tienes tu juventud-
El camarero se encogió de hombros.
—Cincuenta no están adolescente. Pero es mejor que estar muerto, ¿no?-
—Desde luego que sí-
El camarero entró en la cocina y Andrew miró hacia la puerta, por la que acababa de entrar una chica. Y no cualquiera, sino Lita.
Inmediatamente se le subieron los colores. La invitaría a sentarse con el, decidió. Al fin y al cabo, era una compañera de trabajo.
Pero cuando estaba a punto de llamarla, vio que iba con un Castaño pelo largo un tanto rockero. ¿Por qué había tenido que llevarlo precisamente a aquel restaurante? No sabía quién era pero, por la palmadita que le dio en el trasero, desde luego no era su hermano menor.
No había razón para tener un nudo en la gar ganta. No había razón para perder el apetito. Lita no era su novia. Ni siquiera sabía que estaba interesado en ella. ¿Y por qué? Porque era un cobarde.
¿Qué había dicho Darién? Que el miedo para liza. ¿Eso era lo quería hacer con su vida?
La respuesta llegó unos minutos después, cuando el camarero llevo el pollo y la cerveza.
Andrew miro a Lita, que había elegido una mesa cercana. Le sonrió y ella sonrió también. Y después hizo algo que nunca se había atrevido a hacer: se quedó mirándola a los ojos.
Lita no se volvió. Al contrario, levantó una ceja y la sonrisa impersonal se convirtió en una son risa interrogante.
El corazón de Andrew latía acelerado y, por fin, después de lo que le pareció una eternidad, apartó la mirada. Mirarse a los ojos... ¿Cuántas ve ces lo había dicho Darién? Pero el no lo había in tentado nunca.
Unos segundos después, se atrevió a mirarlo de nuevo y Lita le devolvió la mirada. Allí estaba de nuevo: la conexión, las preguntas, el mo mento.
Fue ella quien apartó los ojos aquella vez. Pero no quería hacerlo, Andrew se dio cuenta. Estaba in trigada y eso era maravilloso.
—Gracias Darién — murmuró —Te debo una-
Serena encontró una caja donde Darién guar daba multitud de velas aromáticas. La mayoría eran regalos, otras las había comprado, pero nunca las ponía por todo el salón...y nunca había apagado las luces para disfrutar de una velada romántica.
Darién al salir pensó que no parecía su apartamento. Y tampoco olía como su apartamento. El aroma de las especias hacía que su estómago protestase, el de las velas lo perturbaba, el olor de la colonia de Serena... ese olor le provocaba cosas en las que era mejor no pensar.
Ella había puesto la mesa y lo esperaba, con los brazos cruzados y una sonrisa en los labios.
—Bienvenido-
—¿Tú has hecho todo esto?-
—No tenía nada mejor que hacer-
—Ya, claro-
—¿Estás bien?-
—Sí-
—Mis espaguetis te quitarán las penas, ya ve rás. Pero antes tienes que relajarte-
—Estoy bien— mintió el pelinegro, cuando ella le ofre ció una copa de vino.
Quizá debería bebérselo de un trago para em borracharse y caer al suelo desmayado, pensó.
Pero ella tenía otros planes. Sin que se diera cuenta, se colocó tras el y le puso las manos so bre los hombros. Eran unas manos suaves, muy femeninas. Entonces empezó a darle un masaje. Lo hacía con sorprendente suavidad, apretando los centros nerviosos con el pulgar y deslizando los dedos por su piel. Darién comenzaba a estimularse como un colegial, pero in tentaba controlarse. Sin embargo, no podía dejar de imaginar aquellas manos acariciándolo por to das partes...
Aquello era nuevo para el. Nadie lo tocaba de esa forma, nadie susurraba su nombre con voz sensual.
Había soñado muchas veces con una mujer como Serena, con un momento como aquel. Pero sus fantasías se quedaban cortas. Nada podía compararse con el roce de sus manos, con el calor de su aliento...
Ella le quitó la copa de la mano, pero Darién se había olvidado de ella. No necesitaba alcohol para intoxicarse cuando tenía a Serena tan cerca.
Era una injusticia. Todas aquellas sensaciones nuevas y no podía disfrutarlas... Pero aquello era una apuesta. No lo tocaba porque quisiera ha cerlo, sino porque su reputación de mujer fatal estaba en juego. Si no fuera por Diamante, no estaría en su casa. Debía recordar eso.
Serena deslizó las manos por sus brazos y des pués por su estómago. Pero no se detuvo allí. Si guió hacia arriba, hasta colocarlas en sus pectorales, rozando los pezones con el pulgar.
Darién tuvo que apretar los dientes pero no se apartó. Todo lo contrario.
Ella empezó a acariciar entre sus piernas a través de sus vaqueros indolentemente, haciendo movimientos sensuales. Al mismo tiempo se frotaba contra el.
—Darién— susurró, con dulce.
Entonces el se giro bus cando sus labios. Era un beso hambriento, deses perado. Le metía la lengua, empujando el cuerpo de ella contra su erección que luchaba por escapar de los pantalones.
Darién no sabía cómo luchar contra una mujer como Serena. Era demasiado sofisticada, demasiado bella. El hecho de que la deseara tanto como deseaba ganar la apuesta no podía compe tir con el anhelo salvaje que provocaba en el.
No podía seguir luchando. Serena ha bía ganado y Darién se apartó para mirarlo a los ojos.
Ella no se sorprendió. Todo lo contrario, dejó escapar una risita.
¡Una risita! Sabía exactamente lo que iba a pa sar. Que un toque aquí y un roce allá podrían hacer que sucumbiera. Y casi tenía razón. Casi.
Aun apretando los puños para disimular el cosquilleo, a Darién le quedaba suficiente sentido común como para saber que era un juego y de el dependía ser un peón o una rey.
Lo más fácil sería rendirse, pero ese no era su estilo. Había luchado mucho para conseguir lo que tenía en la vida. Incluido su trabajo. Su sitio en el mundo.
¿Iba a perderlo todo por una mujer? No lo creo.
Darién empezó a acariciar su cintura con una son risa insinuante. «Vamos, Chiba, tú sabes hacerlo», se animaba así mismo. Siempre había sabido cómo darle la vuelta a una situación para ponerla a su favor. ¿Por qué no iba a hacer lo mismo con Serena? ¿Por qué no iba a ser el seductor, en lu gar del seducido? Ese era su as bajo la manga.
Convencido, siguió deslizando las manos hacia abajo, hacia el botón de el diminuto short que ella llevaba, como si fuera a desabro charlo. Ella contuvo el aliento... y Darién dio un paso atrás.
Serena dejó escapar un suspiro de frustración.
Y Darién tuvo que contener un grito de triunfo: ¿Qué no podía?.
Casi lo tenía... Entonces, ¿qué demonios había pasado? Un segundo antes era como arcilla en sus manos.
—¿Has dicho que la cena estaba lista?-
Serena asintió mientras Darién bebía su vino, mirándolo de reojo, como diciéndole que había sido el vencedor.
No era la primera vez que la dejaban a medias, pero no le había pasado en muchos años. Los hombres no lo rechazaban nunca y había visto su erección, su cuerpo ardiendo...
¿Qué demonios estaba pasando?
—¿Serena? ¿Quieres cenar o no?-
—Sí, claro— murmuró ella. Pero había perdido el apetito. Solo quería terminar lo que habían em pezado.
Darién sirvió los espaguetis, sonriendo burlonamente. Estaba coqueto, seguro. Pero si era así, ¿por qué no estaban desnudos y jadeando en la alfombra?
—Es una sorpresa que sepas cocinar-
Tenía que moverse, hacer algo. Ella entendía bien a los hombres y sabía que deseaban sucumbir cuando una mujer les gustaba. Darién dejó que lo excitara y así le había dicho todo lo que necesitaba saber. Y, sin embargo, allí estaban, vestidos.
—Enseguida vuelvo— murmuró ella, caminando hasta el cuarto de baño. Una vez allí, se lavo el rostro con abundante agua como tratando de sofocar el incendio.
Cuando la excitación bajó un poco pudo concen trarse mejor.
Muy bien, quizá Darién no era un mojigato como había creído. Quizá tendría que trabajarlo más. Al fin y al cabo, el se ganaba la vida ha blando de sexo. Pero se ponía colorado, se derretía en sus brazos... eso era el significado que, al me nos, hacía tiempo que no se acostaba con nadie.
Había estado con hombres como el. Hombres tímidos acostumbrados a mujeres frígidas, anhe lando que alguien los hiciera disfrutar de verdad. Pero ninguno de ellos lo había dejado a medias. Y, desde luego, nunca después de llegar a su cinturón. Ese solía ser un signo claro de que no había forma de parar.
¿De verdad podía seducir a Darién Chiba? ¿Podría hacerlo bajar de su pedestal? ¿Podría hacer que se rin diera?
Sí.
¿Por qué?
¿Por la apuesta? No, eso era una estupidez. Pero si le decía que la apuesta le importaba un comino sería imposible llevárselo a la cama. Darién saldría corriendo, como hacía cuando se encon traban por los pasillos de la emisora.
De modo que adiós a la apuesta de Diamante Blackmoon. A partir de aquel momento, era una apuesta consigo misma: debía acostarse con Darién Chiba como fuera. Ese era su objetivo. Como ganar un Oscar.
Serena se miró al espejo. ¿Por qué no? No había nada tan seductor en su agenda, por el momento. Además, que la hubiera puesto tan nerviosa era un punto para Chiba y hacía el juego más estimulante.
Pero quería ganar a toda costa.
¿Cómo era la famosa expresión?: «Vive deprisa, muere joven y haz de ti un bonito cadáver». Un lema terrible, pero ella no podía hacer nada. Al fin y al cabo, era la maldición de su vida.
Esa era su fuerza, saber que solo le quedaban unos años. Nadie más lo sabía, pero moriría a los treinta y cinco, como su padre y su horrible herencia genética.
Los médicos decían que era una coincidencia, pero ellos no sabían que su bisabuela también había muerto a los treinta y cuatro de un ataque al corazón. Pero su madre le había advertido que no cometiera los mismos errores que su padre. Y, sobre todo, que no dejara atrás una familia sufriendo.
Al menos estaba avisada. Por eso vivía cada día como el último. Viajaba por todo el mundo, se acostaba con quien quisiera, lo probaba todo una vez.
Su madre casi se volvió loca tras la muerte de su padre y ella no dejaría una familia que tuvieran que sufrir el mismo destino.
Vivía el momento, sin pensar en el mañana. Y aquella noche su momento estaba en el salón. Si Darién quería subirse las mangas de la camisa y presentar batalla, de acuerdo. Estaba dispuesta.
Sabía que iba a ganar, pero así sería más diver tido.
Después de secarse la cara con una toalla ella volvió al salón, dispuesta a la pelea: al otro lado de la mesa, el doctor Chiba, con unos ojos que volve rían loca a cualquiera.
Pero, lo tenia claro /La guerra acaba de empezar/
