CAPITULO 6
—Cariño… —dijo Sue Swan en cuanto Bella entró al hospital la mañana siguiente—. Por favor, dime que esto… Dime que… —dijo balbuciendo mientras le daba el periódico—. ¡Dime que esta patraña no es verdad!
Bella miró la página por la que estaba abierto el diario y sintió como si le hubieran clavado un puñal por la espalda. A todo color, había una fotografía de Edward rodeando con el brazo a una joven y hermosa mujer. Junto a la instantánea, el periodista que se hacía eco de la noticia afirmaba que Edward Cullen, de quien recientemente se había rumoreado que iba a contraer matrimonio con la viuda de la alta sociedad Isabella Swan, había sido visto recientemente en un par de ocasiones con una misteriosa joven.
—¿Y bien? —repitió su madre impaciente quitándole el periódico de las manos—. Por amor de Dios… Si tu padre se entera de esto, tendrá otro ataque.
—Mamá… Claro que no es verdad. Ya sabes cómo son los periodistas… Inventan cosas constantemente. Probablemente se trate de una foto antigua.
—¿Estás segura? —preguntó su madre entornando los ojos y mirando de nuevo el periódico—. ¿Estás completamente segura?
Bella nunca se había sentido tan insegura en toda su vida, pero no podía admitirlo delante de su madre. Haciendo gala de unas dotes interpretativas que nunca había sabido que poseyera, relajó sus facciones, sonrió y tomó el periódico de manos de su madre.
—Mamá… ¿Crees que Edward me daría esto para después irse con otra mujer la misma noche?
Bella le enseñó a su madre el anillo de diamantes que le había regalado.
—Oh, Dios mío, es precioso —dijo Sue—. Debe de haberle costado una fortuna.
—Así es —replicó ella—. Pero, al parecer, él dice que lo valgo.
—Oh, Edward… —dijo de repente su madre sonrojándose, mirando por encima del hombro de su hija—. Estábamos… Estábamos hablando de ti.
Bella tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para aparentar normalidad.
—Hola —dijo volviéndose y dándole un cariñoso beso en la mejilla para acallar las sospechas de su madre.
Pero Edward tenía otras intenciones. Tomándola de la cintura, le dio un beso apasionado en los labios que dejó a Bella completamente desconcertada.
—Hola, cariño —dijo antes de girarse para saludar a la madre de Bella, que estaba intentando esconder el periódico en alguna parte, aunque sin mucho éxito—. Espero que no estéis muy disgustadas por ese artículo. Ya me he puesto en contacto con mis abogados para que demanden al periódico por difamación.
—Oh, no… —se apresuró a decir Sue—. Por supuesto que no, Edward. No le hemos dado la menor importancia, ¿verdad, cariño?
—Claro que no —confirmó ella—. Ya estoy más que acostumbrada a estos juegos. También han dicho muchas cosas sobre mí en el pasado.
—Me alegro de oírlo —dijo él—. ¿Qué tal está Charlie esta mañana?
—Ahora está descansando, pero ha pasado buena noche —respondió Sue más animada—. El cirujano dice que está muy satisfecho con su evolución. Lo más importante es que siga tranquilo y no se preocupe por nada.
—Por supuesto —coreó Edward tomando la mano de Bella—. Te dejaremos ir a verle mientras nos tomamos un café. ¿Quieres que te llevemos algo?
—Oh, no, no os preocupéis por mí —dijo Sue sonrojándose como una colegiala—. Eres muy amable, Edward. Bella tiene mucha suerte de tener a su lado a alguien como tú, lo digo de veras. ¡Y vaya anillo que le has comprado!
—Ella se lo merece todo, ¿no crees?
—Bueno, es mi hija, ¿qué quieres que diga? Claro que se lo merece, aunque me gustaría verla sonreír con más frecuencia. Para tratarse de una mujer enamorada, no parece muy feliz.
—Sólo estoy preocupada por papá —se apresuró a decir Bella—, eso es todo. Está pasando una mala racha, y…
—Señora Swan —la interrumpió Edward atrayéndola hacia él y mirando a su madre—. Le prometo que, cuando regresemos de la luna de miel, no la reconocerá. Se lo garantizo.
—Oh, eres muy amable —dijo Sue sonrojándose de nuevo—. Pero, por favor, llámame Sue, vas a ser parte de la familia.
—Gracias, Sue —dijo Edward sonriendo.
En cuanto su madre los dejó solos, Bella se apartó de él.
—¿Quién es? —le preguntó.
—¿Quién es quién? —preguntó él mientras caminaban hacia los ascensores.
—La mujer de la fotografía. Es tu amante, ¿verdad? —le preguntó furiosa—. No te atrevas a negarlo.
—Entonces no malgastaré el tiempo en justificarme —respondió él—. ¿Para qué, si no vas a creerme?
Las puertas del ascensor se abrieron y Bella guardó silencio discretamente, ya que había más gente en el interior. Mientras descendían a la planta baja, su ira iba aumentando poco a poco.
Las puertas se abrieron, y Edward la guió hacia su coche.
—¿Dónde vamos? —preguntó ella.
—A tomarnos un café —dijo él abriendo la puerta del acompañante—. Vamos, entra.
—A mí no me des órdenes como si fuera una niña —protestó Bella.
—Entonces no te comportes como tal —replicó él—. Entra en el coche.
—¿Por qué tenemos que tomar el coche e ir a Dios sabe dónde cuando hay una espléndida cafetería en el vestíbulo del hospital?
—¿Sabes una cosa, rubia? Estás empezando a sacarme de quicio, y eso no me gusta.
—Entonces estamos iguales, porque llevas sacándome de quicio desde que te conocí.
—Escucha —dijo él conteniéndose—. No tengo nada contra el café del hospital, pero ahora mismo prefiero estar a solas contigo, me gustaría estar en un lugar donde no haya nadie más. Tenemos algunas cosas de las que hablar.
—¿Como de tu misteriosa amante?
—No es nada parecido —respondió Edward—. Sólo es una amiga.
—¿Una amiga? ¿Por quién me tomas? ¿Me crees tan tonta?
—Sinceramente, cariño, ahora mismo, no sé qué creer de ti. Dado que la semana que viene no voy a estar por aquí, tengo un montón de cosas que hacer, y no puedo perder el tiempo con estos comportamientos infantiles que por lo que veo tanto te gustan, sobre todo después de haber pagado una suma considerable de dinero sin que ni siquiera me hayas dado las gracias.
—¿Todavía esperas que te dé las gracias por hacerme chantaje con el objetivo de que me case contigo? —preguntó incrédula.
—Si no te convencen las condiciones, puedes volverte atrás. Me devuelves el dinero y tan amigos. Aquí y ahora.
Bella dudó por un momento, pero sabía que no había ninguna manera de conseguir en poco tiempo una cantidad tan elevada de dinero.
—Sabes de sobra que no puedo hacerlo.
—Bien, entonces sigamos adelante —dijo indicándole con un gesto que entrara en el coche.
Bella entró en el vehículo. Tenía la cabeza a punto de estallar, los hombros tensos y el cuello dolorido. Se pasó las manos por ambos lados de la nariz y cerró los ojos intentando relajarse.
—¿Estás bien? ¿Te duele la cabeza? —le preguntó Edward masajeándole los hombros y consiguiendo por arte de magia que la tensión desapareciera.
—No he dormido bien —respondió ella—, y apenas he desayunado.
Bella se echó hacia delante para disfrutar del contacto de las manos de él sobre sus hombros, sintiendo que el dolor desaparecía.
—¿Te sientes mejor?
Al abrir los ojos, le vio a su lado. Parecía realmente preocupado por su estado, aunque ella no podía hacer otra cosa que mirar sus labios, que eran tan irresistibles como siempre. Le entraron ganas de acariciarle la cara, de sentir la aspereza de su piel masculina bajo la suavidad de sus manos. Se imaginó besándolo por todo el cuerpo lentamente.
En lugar de eso, Edward se sentó bien frente al volante, bajó el freno de mano y encendió el motor. Bella miró por la ventanilla decepcionada. Deseaba besarle, pero él no hacía nada al respecto. ¿Estaba haciéndolo a propósito? Cuanto más pasaba el tiempo, más aumentaba su deseo. Si aquello seguía su curso, no iba a tener fuerzas para resistirse cuando él decidiera que había llegado el momento. Todo su cuerpo se estremecía ante la idea de hacer el amor con él.
Bella se revolvió en su asiento, excitada, con el sexo ardiendo y el pulso acelerado.
¿Iba a estar a la altura? Aunque había estado casada con Seth, nunca había experimentado placer sexual, sólo dolor y vergüenza. Sólo habían existido insultos y descalificaciones, los que él le había soltado a ella, agresiones psicológicas que le habían hecho sentirse insegura, vacía y fracasada.
Cuando quiso darse cuenta, Bella se encontró cerca de Mosman.
—¿Vamos a tu casa?
—Sí —respondió él sin apartar la vista del tráfico—. Podríamos haber ido a una cafetería del centro, pero es evidente que necesitas tranquilidad.
Bella miró de nuevo por la ventanilla preguntándose si Edward estaba actuando de un modo tan educado y solícito para desviar la conversación de la mujer en compañía de la cual había sido fotografiado. Estaba celosa, se sentía como si miles de pequeñas pirañas hambrientas estuvieran devorándola por dentro sin piedad.
No quería sentir aquellas emociones.
No quería sentirse tan vulnerable.
Entonces, de repente, se dio cuenta de que no quería que él deseara a ninguna otra mujer. Le quería sólo para ella.
Edward detuvo el coche en el caminito que llevaba hacia la casa y se bajó para abrirle la puerta. Bella estaba pálida. Tenía unas ojeras enormes y la boca seca.
Había pasado demasiado tiempo en el hospital preocupada por su padre. Edward sabía por experiencia por lo que estaba pasando Bella. Ver a su madre morir había sido una de las peores cosas que le habían pasado en la vida, experiencia que se había convertido en un auténtico tormento cuando habían llegado las noticias del suicidio de James. No había podido asistir al entierro del hermano de Bella, se había tenido que quedar al lado de su madre.
Semanas más tarde, enterarse del compromiso de Isabella con Seth había sido un golpe más. Nunca le había gustado aquel hombre, siempre había existido algo que le había hecho desconfiar de él. Siempre había demostrado demasiada confianza en sí mismo y poco amor hacia Isabella. A pesar de sus advertencias, ella se había casado. Seth se había encargado, a petición de ella, de que no pudiera asistir a la boda. Había tenido que enzarzarse en una dura pelea con una panda de matones y, a pesar de su fortaleza, habían sido demasiado para él.
Edward la guió hasta la casa y la llevó directamente a la cocina.
—Te haré unos huevos revueltos y una tostada —dijo él.
—No me hagas mucha cantidad —repuso ella aceptando su ayuda—. No tengo mucha hambre.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste? —preguntó Edward mientras untaba mantequilla en la tostada y la ponía en la sartén.
—No lo sé… No me acuerdo… ¿Ayer a mediodía?
—Como sigas adelgazando, vas a necesitar esquís cuando te metas en la ducha para no irte por el desagüe —dijo él sacando una docena de huevos.
—Muy gracioso.
Edward echó las yemas de los huevos en un cuenco y empezó a batirlos.
—¿Cómo te las arreglas en el trabajo desde que tu padre no está por allí? —preguntó él sin darle mucha importancia.
Al ver que Bella no decía nada, Edward la miró.
—No muy bien, ¿verdad?
—¿Qué te hace creer eso? —replicó ella a la defensiva—. ¿Crees que no soy capaz de administrar los negocios yo sola?
—No, lo que creo es que lo estás haciendo para intentar demostrar que eres capaz de hacerlo, no porque quieras hacerlo —dijo continuando con el desayuno—. Tu corazón no está ahí. Nunca lo ha estado.
—Es el negocio de la familia —se justificó ella.
—Cada uno tiene su papel.
—Sí, pero también es importante que quieran involucrarse —dijo él—. Es más, lo ideal es que el trabajo te apasione, que te dé satisfacciones.
—A mí me gusta ese trabajo —dijo ella cruzando los brazos.
—Puede ser, pero… Sigo pensando que hay cosas que te gustan más.
—¿Ah, sí? ¿Desde cuándo te has convertido en un experto en mí? ¿Desde cuándo sabes lo que me gusta o deja de gustarme?
Edward la miró de esa forma que siempre le provocaba escalofríos, que hacía que le temblaran las piernas y su piel se excitara.
—Porque te conozco, Isabella —dijo Edward—. No has nacido para los negocios. Y yo no soy el único que lo piensa.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella confundida—. ¿Has estado hablando con alguien de la compañía a mis espaldas?
—Isabella… —dijo Edward apoyándose en la encimera—. He puesto dos millones cuatrocientos mil dólares en esa empresa. ¿Creías que iba a hacerlo sin investigar un poco? ¿Sin pasarme a ver cómo funcionan por allí las cosas?
—¿Qué tipo de investigación? —preguntó con desconfianza—. Apenas tuviste tiempo. Acudí a ti cuando me di cuenta de que no tenía otra alternativa… No pudiste… —se detuvo al comprender la verdad—. Lo hiciste antes, ¿verdad? Estuviste merodeando por allí para averiguar qué problemas había… Dios mío… ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Por qué minas mis esfuerzos de esta manera?
—Antes de que a tu padre le diera el ataque al corazón ya me preocupaba bastante su estado de salud —dijo él—. Hace dos meses comí con él y me di cuenta de que ya no tenía la cabeza concentrada en lo importante. Había perdido la garra. En cierto modo, creo que se sintió aliviado de dejarlo todo en tus manos, él estaba ya muy cansado. Estoy seguro de que, en cuanto se recupere, querrá volver a hacerse con las riendas de todo. Por eso he hecho algunos cambios mientras él esté en el hospital. He contratado a un gestor administrativo que se hará cargo de todo hasta que Charlie vuelva. Empieza mañana.
—¿Que has hecho qué? —preguntó Bella sin dar crédito a lo que oía.
—Quiero que tú también te tomes un descanso —dijo sirviendo los huevos en un plato—. Tómate unos meses para averiguar qué te gustaría hacer. A lo mejor descubres que prefieres ser madre y esposa a cualquier otra cosa.
—Lo habías planeado todo, ¿verdad? Esperabas que yo lo dejara todo en tus manos sin más… Cielo santo, no puedo creer que todavía haya hombres como tú en el mundo. Creía que habían muerto al mismo tiempo que los dinosaurios.
Edward tomó la tostada y los huevos y los puso delante de Bella.
—Ahora deberías desayunar, se te van a enfriar.
En un arranque de furia, Bella apartó el plato de un golpe. Sin pretenderlo, consiguió tirarlo al suelo, haciéndolo estallar en mil pedazos y ensuciando todo con los restos del desayuno que había hecho Edward.
—Lo siento, no quería…
—Claro que no —dijo él conteniendo la ira.
—Si me dices dónde está la fregona, yo lo limpiaré —dijo con voz insegura.
—Déjalo —dijo él tenso—. Es mi casa, me encargaré yo. Además, no creo que fueras capaz de distinguir una escoba de una fregona.
Bella intentó contener las lágrimas con todas sus fuerzas, pero no pudo. Se derramaron una a una por sus mejillas.
Edward, que se dirigía a por los utensilios de limpieza, se detuvo.
—No te preocupes, mujer, sólo era un plato —dijo conmovido por sus lágrimas—. No es el fin del mundo.
Bella se llevó las manos a la cara y rompió a llorar desconsoladamente. Edward dejó las cosas, fue hacia ella y la abrazó.
—¿Estás segura de que no estás en uno de esos días? —le preguntó.
Negando con la cabeza, Bella se derrumbó sobre su pecho respirando con dificultad a causa del llanto.
Edward le acarició su cabello rubio suavemente, calmándola, consiguiendo tranquilizarla, acallando sus lágrimas y sus lamentos hasta que los dos estuvieron en silencio.
El empezó a excitarse. Tenía el cuerpo de ella pegado al suyo, sus generosos senos presionando contra su pecho y los brazos de ella alrededor de su cintura.
Entonces, sintió que ella también estaba excitada, que una corriente de deseo estaba atravesándola igual que una onda agita la superficie de un lago en calma.
Bella alzó la cabeza para mirarle.
Se miraron a los ojos.
Edward se inclinó sobre ella y la besó.
