Long way to your past life

VI

El sol entraba por la ventana, iluminando uno de los espejos colgados en la pared y lastimando los ojos de ambos nórdicos que no estaban acostumbrados a un cielo tan despejado y a un ambiente tan caluroso.

-¿Qué me dices Norge? Te gusta el solcito español matutino que…

-Ya cállate, ¿sí?

Noruega se desperezó, ahogando un bostezo, y luego se levantó de la camilla, dirigiéndose hacia la ventana abierta, la cual cerró. Se quedó parado mirando la salita del hospital con desconfianza, especialmente el botiquín que les habían dejado a un costado, con vendas, alcohol y pomadas.

-¿Sabes? La verdad es que no confío en ese tipo. Me cuesta creer que nos haya alojado aquí, sabiendo que somos prófugos internacionales. Debe querer algo a cambio.

-Eres demasiado suspicaz. Si te relajaras de vez en cuando podrías disfrutar más de la vida.

El rubio clavó sus pupilas claras en las del danés, curvando una ceja en ademán irónico. Suspiró y se sentó en el borde de la camilla que ocupaba el otro nórdico, tomando un extremo de la sábana y corriéndola apenas un poco, dejando al descubierto parte del torso de Dinamarca.

-¿Cómo va eso? – Dijo señalando con la cabeza el hombro vendado.

-Bien…supongo. Al menos eso dice el doctor.

Noruega hizo una sonrisa desganada y se recostó en la camilla, con las piernas colgando y con la cabeza apoyada en el borde del delgado colchón.

-Entonces ya nos podemos ir. Este sitio no me agrada. Además tenemos que contactarnos con Suecia, le prometimos hacerlo cada dos días y ya ha pasado una semana.

-No seas así…este es el único lugar donde pudimos pegar un ojo en paz, sin preocuparnos si hay alguien acechando tras la puerta.

-Tú porque eres un descuidado.

Dinamarca soltó una risita y extendió uno de los brazos en dirección al noruego, llamándolo con la mano. Norge le hizo un gesto de incredulidad y se levantó, dejándolo al danés con el gesto en el aire.

-No puedes, tienes una herida en la pierna y en el hombro. Es increíble que pienses en esas cosas en la situación en la que nos encontramos. A veces me das lástima, Den.

El rubio dejó caer el brazo a un costado y se cubrió con la sábana, mirándolo con un gesto infantil en los labios.

-¿Qué hace que seas tan cruel?

-Tu estupidez.

-Pero casi morimos… y yo te salvé de la loca de Hungría. ¿Ni siquiera un beso vas a darme?

Noruega lanzó un beso indiferente al aire, en dirección a la camilla que ocupaba el mayor y se dedicó a juntar todas sus pertenencias, metiéndolas en un bolso.

-Voy a cambiarme, y luego bajaré para hablar con el doctor, a ver si te da el alta y nos vamos de aquí. Trata de no hacer algún desastre mientras me ausento.

Tomo de una mesita de metal unos pantalones, una remera y una campera y se encaminó hacia la puertita de madera que estaba entre las dos camas, la cual comunicaba con un pequeño baño con ducha. Pasó por el costado de Dinamarca sin mirarlo, con su expresión fría que lo caracterizaba; sin embargo la mano del danés lo detuvo, sujetándole la muñeca y jalándolo hacia él, de tal modo que Noruega tuvo que soltar su ropa y dejarla caer al suelo, para que le quedara su mano libre y pudiera apoyarla sobre la almohada donde descansaba la cabeza rubia de su compañero, a fin de no caer sobre él.

-¿Qué quieres? – murmuró con frialdad, sin inmutarse.

Dinamarca sólo sonrió, como siempre, como hacía cada día de su vida con Noruega. Y el rubio de corazón helado lo imitó, como pocas veces lo hacía. Como cada vez que Dinamarca insistía en buscarle ese camino a su corazón que el noruego se empecinaba en bloquear pero que finalmente se permitía conceder.

-Idiota.

Y cerró los ojos.

oOoOoOo

-Creí que habías dicho que íbamos a buscar un lugar para descansar. Jamás hubiera creído que te referías a robar.

Los finos copos de nieve caían sobre la tibia mano de la belga, derritiéndose lentamente al contacto con esta. Tras ella, unos cuantos metros detrás, estaba el canadiense revolviendo unos cajones y metiendo varias cosas en un bolso, inspeccionando heladeras y alacenas en busca de comida.

-No tenemos para comer y el dinero que tenemos es por si necesitamos salir del país en un caso de emergencia. Hace diez minutos que te pedí que te cambiaras, y que me des un sermón ahora me ayuda muy poco. ¡Y dije que no te asomaras a las ventanas!

-Matt… ¿Qué demonios te sucede? ¡Te has portado como un idiota en todo el camino!

Bélgica se cruzó de brazos y lo miró enfadada. Tenía razón. En las largas horas que tardaron en atravesar el camino Canadá no le escuchó absolutamente ni una palabra. Y por supuesto que ella no continuó. Odiaba que la ignoraran cuando se trataba de algo importante.

-Matt… ¿me estás escuchando?

-Après, Bel, après. No tengo tiempo ahora…

La rubia apretó los puños y cerró los ojos, contó hasta tres antes de tomar aire y girarse para ir a tomar al americano por los hombros y prácticamente empujarlo hasta hacerle chocar contra la pared.

-Mira niñato insolente, teóricamente soy mayor que tú, así que me debes respeto – murmuró apretando los dientes. Y Canadá jamás la había visto de ese modo – me vas a escuchar ahora, y si digo ahora, es porque, quieras o no, será ahora, ¿me entendiste?

El joven solamente asintió, inclinando su cabeza hacia atrás, en un afán por no quedar tan cerca del rostro de la belga. No era miedo, simplemente no quería problemas, y menos con una chica con ese carácter. Bajó la mirada y se sonrojó levemente, intentando contener una mueca risueña, mueca que Bélgica captó al instante.

-¿De que te ríes?

-De nada, Bel, te escucho.

-Voy a ser breve, por que sé que tienes razón, tiempo es con lo que menos contamos. Además, es urgente que lo sepas, por si algo llegara a pasarme. Los que me seguían eran de mi tierra, ¿eso te lo conté?

El canadiense miró hacia el techo, mordiéndose un labio y ruborizándose aún más.

-No me contaste absolutamente nada.

-Ya deja de hacer caras tontas y mírame a los ojos.

Matthew obedeció, tragando saliva y conteniendo heroicamente la risa. Tan heroicamente que Bélgica no pudo distinguirla, eso sumado a la escasa luz de la calle que entraba por la ventana, ya que para no despertar sospechas no habían encendido ninguna lámpara dentro de la casa.

-Eran belgas, todos los que mataste – al pronunciar aquello la ex-colonia inglesa palideció, recordando aquello – los mandó el gobierno de mi país porque violé una de las cláusulas principales del contrato que nos hicieron firmar a todos nosotros, ¿lo recuerdas? – Canadá asintió – Bien, estaba harta de mi vida, y decidí investigar un poco a mi jefe. Las chicas de la tienda de ropa donde trabajaba me ayudaron a cubrir mis ausencias. Y de mientras yo me disfrazaba y me colaba en su despacho. Estuve miles de veces ahí antes, me sabía las contraseñas, el lugar de las llaves, todo, me fue fácil. Y fue cuando me enteré de que había otro que, al igual que yo, estaba intentando infiltrarse en algo que llamaban "proyecto Heartland". Se trataba de Antonio. Y estaban planeando eliminarlo… ¿captas eso? ¡Eliminar a Antonio! Cuando quise salir del país para poder prevenirle, me descubrieron y bueno, pensé que me perderían el rastro en tu territorio, pero me equivoqué.

Canadá frunció el ceño.

-¿Proyecto Heartland? ¿Tienes idea de qué se trata? ¿Es una conspiración a nivel nacional o…?

-Mundial, Matt. Muchos países están en eso, mejor dicho, los gobiernos de muchas naciones, las cuales, casualmente, son las que han dejado de tener un representante. Como Italia, España, tú, yo, Suiza, Inglaterra, todos los países nórdicos…

-¿Dijiste Inglaterra? – el rostro del joven americano adquirió una expresión de desesperación que apenó en cierta manera a la belga.

-Sí, al menos eso era lo que decían. Que Arthur y ese tipo…el escocés, eran los únicos que quedaban porque ya se habían encargado del resto de los hermanos. Y que el próximo era Islandia. Es horrible, y eso no es lo peor.

-¿Qué puede ser peor?

-Dos cosas. Uno: hay varios representantes que se han unido a esta conspiración. Sé que hay más o menos como cinco o seis, que están reclutados por el creador de todo esto, y son quienes se encargan de eliminar a gente como nosotros. Me extraña que quienes me hayan perseguido hayan sido los de la gendarmería de mi tierra, y es por eso que creo que lo peor no ha sucedido. Creo que van a enviar a uno de ellos a por mí y a por ti, porque ya deben estar al tanto de tu situación. El problema es que… no sé la identidad de esos cinco o seis, por lo que podemos toparnos con…no sé, con Francia por ejemplo, y no sabremos si es un agente encubierto o no. ¿Comprendes la situación?

-No te preocupes, podemos cruzar la frontera y pedirle auxilio a Alfred. Él sabrá que hacer, le explicaremos todo, y de paso, le informamos de todo esto que me... - Bélgica negó con la cabeza - ¿Qué pasa?

-Eso era lo que me faltaba decirte.

Matthew se estremeció.

-¿Qué pasa con mi hermano…? No me digas por favor que está muert…

-No sé qué es peor. Tu hermano es quien está detrás de todo esto. Estados Unidos es el cerebro de esta conspiración, y Alfred Jones es quien lleva los hilos de todo. Ni siquiera es su presidente, es él. Es él el que imparte las órdenes de mandar a asesinar a España, a Islandia, y a mí.

-Impo…imposible – balbuceó el americano, conteniendo las lágrimas. Aunque le costara creerlo, había tanta sinceridad y seguridad en los aterrados ojos de la chica rubia que no podía dudar de lo que le decía. Y a la vez le parecía tan desatinado… - Alfred jamás sería capaz de algo así. Ese no es mi hermano… ¡no hay manera de que maquine algo semejante!

-Matthew – Bélgica lo abrazó con fuerza – yo misma lo vi hablando por la pantalla con mi jefe. ¡Las órdenes de matar a Islandia salieron de su boca, yo las oí! Lo siento tanto Matt, te juro que lo siento…

Canadá cerró los ojos, intentando procesar la información. Dijera lo que dijera ella, él estaba seguro de que había algo más detrás de todo eso. Y que su hermano debía estar en algún lugar, o tal vez muerto, pero no había forma de que ese fuera Alfred, su misma sangre, aquel con quien había compartido tantos momentos bellos en su infancia y juventud. Se secó las pocas lágrimas que habían brotado de esos ojos violáceos y se separó de la belga, intentando mirarla a los ojos.

-Bel, no te preocupes por mí. Estoy bien y… saldremos de ésta. Todo va a estar bien, te lo prometo. Te protegeré y…trataremos de encontrarle una solución a esto. Tú solo… quédate a mi lado. Si actuamos juntos y correctamente, difícilmente creo que nos encuentren, al menos por ahora.

Tenía en la garganta un llanto que luchaba por salir. Las noticias que la rubia le había proporcionado le habían caído como un balde de agua fría, no se esperaba algo de esas dimensiones. Para nada. Pero estaba acostumbrado a soportar esas situaciones, a resignarse y a permanecer con la mente en frío, para poder hallar mejor una evasiva. Así que decidió esbozar una sonrisa amplia y acariciarle el cabello para brindarle seguridad.

-Estoy bien – repitió. – Ahora lo primordial es aprovisionarnos y largarnos de este lugar.

-¿Seguro que estás bien?

-Créeme que a esta altura pocas cosas pueden sorprenderme. Olvídalo, estoy bien.

La europea curvó los labios en un mohín de aprobación y le dio unas palmadas en el hombro. Matthew miró hacia arriba, ruborizándose luego al clavar sus pupilas en las de la belga. La chica inclinó la cabeza a un costado, sin entender el porqué de esos gestos. Parpadeó y le dirigió una mirada inquisitiva, exigiendo una respuesta, a la que el canadiense respondió con una carcajada suave.

-Bel…

-¿Qué…?

-La próxima vez que te tires encima de alguien para intimidarlo, asegúrate de que tienes abrochada la camisa.

La rubia bajó la mirada, sonrojada, y contempló la larga hilera de botones sin prender, los cuales ofrecían una vista perfecta de su pecho y de incluso su ombligo. Porque realmente, no se había abrochado ninguno, se había enfurecido tanto con la actitud pedante del canadiense que no se percató de que se estaba vistiendo. Al menos el sostén que llevaba puesto era bonito.

-No te quise interrumpir porque estabas demasiado rabiosa, pero que conste que no te miré ni te…

-¡Imbécil!

La cachetada que recibió resonó en toda la cocina, y le dejó cuatro dedos perfectamente marcados en una mejilla. El oficial norteamericano no replicó ni se quejó, solamente se friccionó la lesión causada, sin dejar de reírse. Bélgica le dio la espalda y volvió al mismo lugar de antes, detrás de una columna, para terminar de vestirse.

-Tú realmente tienes genes franceses… idiota.

Canadá se acomodó el cabello y continuó con su tarea de vaciar el refrigerador y la alacena, ignorando las murmuraciones de la belga. Se alegraba de haberla sacado de ese estado de nerviosismo y temor en la que se encontraba, y el haber fingido que no le había afectado todo aquello le había resultado. Pero ya no aguantaba más. Se conocía bastante bien, y sabía que no era capaz de soportar tantas cosas sin poder desahogarse aunque fuera tan solo en dos minutos. Terminó de empacar las cosas, metió la comida en el bolso que llevaba y se dirigió al pasillo de la derecha.

-Bel, no te asomes a las ventanas, voy al baño un segundo…

-Como digas, Francis Bonnefoy…

Ignoró el comentario. Se hubiera reído mucho en otro momento, pero no podía. Apenas cerró la puerta tras sí, encendió la luz, se apoyó contra la pared con azulejos blancos y se largó a llorar.

oOoOoOo

Dos disparos le había dado. Uno le había pasado rozando la sien, y el otro había impactado en un poste de luz que estaba detrás de él. Hubo un tercero, unos segundos después de los anteriores, y ese sí dio en el blanco. Pero no en el lugar correcto, sino en el hombro, y el inglés cayó al suelo de rodillas, todavía asustado y sorprendido. La sangre le salía a borbotones.

-¿Por qué no me matas de una vez, Héderváry? - gritó cuando pudo salir del estado de shock en el que se encontraba.

Lo mismo se preguntaba ella. Había disparado al azar, esperando que una de las municiones impactara por casualidad contra la cabeza del rubio, pero solamente una penetró en el cuerpo del británico. No quería matarlo, deseaba con toda su alma que apareciera aquel pelirrojo encapuchado y terminara el trabajo por ella, aunque luego la tildara de inútil. Ella podía alegar luego un fuerte dolor en la pierna, en aquella herida que el danés le había hecho, dolor que le condujo a un mareo y por eso no pudo atinar bien las balas. ¿Y si huía de la escena? No, no podía. Probablemente aquel chico la estaba vigilando desde lo alto y al verla cometer ese acto de traición le volaría la cabeza sin dudarlo. ¿Qué hacer?

Y de mientras, Arthur seguía desangrándose en el suelo, estrujándose el hombro para detener la hemorragia, cosa que no lograba con mucho éxito. Se había arrastrado hasta el cuerpo de su hermano, situándose encima y mojándose la ropa con el charco carmesí que lo rodeaba. Llevó su otra mano hasta la garganta del escocés, buscando ansiosamente el pulso que le indicaría que no se había quedado solo en el mundo. Abandonado a la voluntad de una desquiciada, de un puñado de corruptos y, peor aún, sin poder rescatar a Alfred. Lo sintió, débilmente había algo que latía bajo la piel. Pero de nada servía si la húngara le daba a él el disparo final.

Elizabeta se adelantó unos pasos, con seguridad en su caminar pero con una gran indecisión en su interior. Se quedó mirando el horrible cuadro formado por los dos hermanos, uno con los ojos abiertos, pero inconsciente, con una herida profunda en un costado de la cabeza. La sangre apenas se confundía con su cabello. Y encima de él, protegiéndole de la lluvia que arreciaba cada vez más, el rubio, que se aferraba al otro cuerpo y la miraba desafiante, con el odio llameando en sus pupilas verdes.

-¿Ni siquiera vas a pedirme que no te mate? ¿No vas a hacer un intento para evitar lo inevitable, Kirkland?

-Púdrete. A lacras como tú, a cobardes que se excusan detrás de un supuesto motivo, cuando lo que llevas dentro es rencor y lo que necesitas es quitarles a otros lo que a ti nunca se te otorgó, a esas ratas, no.

Hungría apretó el puño y le apuntó, esta vez segura, en medio de la frente.

-Tú no sabes nada. No sabes lo que se siente proteger a alguien que no te ama, que no valora tu esfuerzo. Yo no tengo rencor, imbécil. Lo que tengo es dolor, y deberías tenerle más miedo a eso.

-Ya te lo dije. Púdrete, preciosa.

La castaña apretó los dientes con rabia. No se contuvo, no tenía planeado disparar y no lo hizo, pero sí le dio una fuerte patada en el estómago, enfurecida. Se arrodilló delante de él y lo tomó del cuello, apoyándole el cañón del arma sobre los labios, sin importarle la sangre que ahora escupía el inglés.

-No me jodas, inglesito. Odio este trabajo, lo odio, pero no tengo alternativa. No quiero matarte, pero si no es así, Rod se muere. Quisiera sacrificarte y luego revivirte en secreto, pero es imposible. Así que deja de provocarme y cierra esos ojos altaneros, que no quiero seguir mirándote cuando te haga reventar esa cara de prepotente.

-Jamás.

La chica no lo podía creer. Ahora se sentía segura de matarlo, la duda había desaparecido. La sangre fría le corría por las venas, podía escuchar cada latido de su corazón acompasándose y volviendo a un ritmo normal. Se estaba convirtiendo en un monstruo. Quiso tirar el revólver a un costado, lejos, pero no pudo, todo lo contrario, su dedo índice comenzó a hacer presión sobre el gatillo. Y empezó a comprender que ya no había diferencia entre matar a un civil y a un par de ella. A otra nación. A pesar de eso, muy en el fondo de su corazón necesitaba que alguien la detuviera. Lo que fuere. Ella no quería quitarle la vida. Ella no quería matar a nadie.

-Hungría, demoras demasiado.

La voz suave hizo que se incorporara y se girara, dejando al inglés en el suelo. Gracias a Dios había aparecido él. Aquel chico de cabello escarlata, con la campera de algodón totalmente empapada y con una ligera sonrisa en los labios. De todos modos Arthur y Escocia morirían, pero al menos no sería ella quien los asesinara. Y el cargo de conciencia sería menor, aunque a la larga, la culpa la cargaría hasta el final, por siempre.

-¿De nuevo tú?

-Prefiero pensar que estás algo agotada y confundida en lugar de reconocer que estás dudando de tu oficio. Por esta vez, te cubro y te ahorro el trabajo. Pero no habrá una próxima vez. Una nueva vacilación, y sin previo aviso me voy a encargar de volarle la cabeza al austríaco en tu propia cara. ¿Me oyes?

-S-sí.

-Ya, lárgate lejos. Yo me ocupo, y cuando termine, te enviaré un mensaje para que le avises a Alfred que está hecho. Adiós.

Pisó varios charcos mientras retrocedía, hasta que finalmente dio media vuelta y se alejó velozmente, abrazándose a sí misma. Esperaba escuchar el sonido de los dos disparos, ansiosa. Y con cada instante que transcurría y no sucedía nada se aterrorizaba. Tal vez a ese joven no le entretenía matarlos rápidamente. Podría cómodamente volver sobre sus pasos y rescatarlos… o podía echarse a correr en dirección contraria y huir de esa culpa que la acechaba. Optó por la segunda opción, escapando mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas. ¿Qué había hecho para merecer algo así? ¿Amar a la persona equivocada? ¿Eso era todo?

De repente el celular vibró en su bolsillo. El corazón se le detuvo y lo sacó veloz, con tanta mala suerte que se le resbaló de las manos y cayó al piso.

-Mierda…dios, que no sea él…que no sea él…por favor.

"Alfred dio nuevas órdenes. Tenemos que reunirnos porque la próxima misión es en Bielorrusia. Creo que ya estás al tanto. Trabajaremos juntos, ¿no es genial? Pero déjame hacer la mejor parte, tonta. Con cariño: el grandioso yo"

Suspiró relajada. Era Gilbert. Sonrió mientras miraba la pantalla un largo rato, ilusionada. Prusia le hacía olvidar los malos ratos, le hacía sentirse querida, valorada, necesaria. Incluso le hacía olvidar que ella era una asesina. Le daba esperanzas, incluso llegaba a creer que podía convencerlo para que juntos pudieran desvincularse de toda esa basura. ¿Y qué mejor que dar ella el primer paso?

Se guardó el móvil en el bolsillo y corrió, volviendo sobre su camino, esquivando charcos y basura acumulada en las esquinas. Tal vez estaba a tiempo para matar a ese cretino y rescatar a los dos británicos. Si lo lograba, tenía que alertar a Austria para que se escondiese en algún lugar, y luego comunicarle a Prusia su decisión, con la esperanza de que él la apoyara y se le uniera. Sí, las cosas podían cambiar.

-¿Ibas a algún lado?

Detuvo su marcha cuando sintió esa voz brotar desde un callejón, exactamente el mismo por donde planeaba cortar camino. Se apoyó sin aliento contra el muro, observando como el joven surgía de las sombras y se le acercaba, con una navaja ensangrentada en la mano y una sonrisa perversa en el rostro.

-Y-yo…

-Voy a tener que avisarle al jefe de que no eres una pieza de confianza. No debería asignarte tareas tan importantes a una indecisa e insubordinada como tú.

-No tengo porqué obedecerte a ti. Sólo respondo a las órdenes de Alfred, y regresaba para ver si habías hecho bien las cosas – pronunció con seguridad, intentando no asustarse por el aspecto insano de quien estaba delante de ella.

-Así está mejor. Sí, ya terminé, no más hermanitos británicos rondando por la tierra. No es necesario que los recojas, a nadie le importan ya. Con el aspecto que tienen, van a creer que son otros pordioseros más del montón.

-¿Entonces…?

-Misión cumplida, Elizabeta. Yo me largo. Deberías hacer lo mismo.

Dicho eso paso por su lado, dándole una palmada en la cabeza que le produjo un escalofrío por todo el cuerpo. Lo siguió con la vista, hasta que dobló por una calle y desapareció. No se le había pasado por alto la sangre que manaba de la palma de la mano del pelirrojo. Tal vez Arthur había presentado batalla antes de morir.

Tuvo ganas de ir a verlos. Al menos para cerrarles los ojos y arrastrarlos a un lugar al abrigo de la lluvia. O enterrarlos, como se lo merecían. Como habían hecho con Antonio (aunque bueno, después lo habían desenterrado…) y con Gales. A Islandia jamás lo encontraron, el mar era demasiado inmenso como para ponerse a buscar un cuerpo tan pequeño, y los irlandeses se perdieron entre todos los cadáveres que habían quedado desechos en aquel "accidente" del subterráneo.

Sin embargo, se arrepintió pronto. Algo le decía que era mejor dejar las cosas así. Se quitó la gorra y se desató el cabello, que estaba empapado, para estrujarlo y volvérselo a atar. Camino a su alojamiento, sacó su móvil y se dispuso a responderle el mensaje a Gilbert, esperando que con eso sus penas desaparecieran. Aunque fuera sólo por unos cortos minutos.

oOoOoOo

-535, Evans.

-Sí señor.

-Acepté tu pedido. Vas a ir a Canadá esta misma tarde, a por Buckles y la belga. Hemos tenido varios inconvenientes y no nos quedó otra que tener de aquí para allá a un par de agentes nuestros…

-¿Agente 123, Beilschmidt? Estuve al tanto. Me enteré de que va a mandarlo hacia Rusia junto con la chica que me salvó en Madrid.

-Estás bien informado, ella es la 987, Héderváry. Se nos ha unido hace unos meses. Puede que te cruces con ella un par de veces, creo que hacen un buen equipo. Pero esta vez te voy a asignar a un compañero nuevo, que está en la división hace bastante, y que creo que no has tenido el placer de conocer.

John asintió, mirando hacia la figura nueva y algo baja de estatura que acababa de entrar por la puerta. Tenía cabellos negros y un traje blanco que hacían un buen contraste, la expresión de seriedad y a la vez de humildad le dieron algo de confianza. El joven se le acercó y le hizo una reverencia, para lego estrecharle la mano con una sonrisa.

-Él es el 040, Honda Kiku. Te será de mucha ayuda, es buen tirador y maneja armas blancas mejor que varios de la unidad. Puedes confiar en él, ha estado aquí desde el principio, casi como tú y Beilschmidt.

-Un gusto conocerlo – Evans le sonrió y volvió a concentrase en los papeles que tenía en la mano – entonces partiremos esta tarde… ¿cómo ubicarlo? No creo que continúe en Montreal…

-Según las últimas noticias de mis fuentes, está en las afueras de Halifax en estos momentos, y está con la chica. Están armados, ya que han saqueado un bonito arsenal del Departamento de Policía donde Buckles trabajaba. Pero has tenido peores situaciones, te será fácil, supongo.

-Por supuesto, comandante. Y más aún si se trata de ese mal nacido.

-Otra cosa. La chica belga sabe secretos de nuestra organización. Es indispensable eliminarla primero, antes de que escape. Buckles debe estar al tanto de esa información, ya que a esta altura es muy probable que ella se la haya comunicado. Por eso, es preciso que no los dejen escapar. ¿Comprendido?

-A la perfección mi capitán. ¿Y tú, Honda? – dijo alegre, dándole un suave codazo al japonés.

-Comprendido.

-Entonces, a descansar, que en unas seis horas sale el avión. Suerte chicos.

oOoOoOo

-Berwald… contesta, por favor.

Noruega se apoyó sobre el pecho del danés, rogando interiormente para que el sueco atendiera el celular. Habían logrado que les dieran el alta y que los dejaran marcharse sin pagar los costos médicos. De alguna manera todo les había resultado demasiado fácil, y eso no le gustaba demasiado. Quería alejarse de aquel hospital cuanto antes, y el pasarse diez minutos en el teléfono público de enfrente no le caía mucho en gracia.

-Déjale un correo de voz, no podemos quedarnos tanto tiempo en la calle, idiota. Mira si esa loca nos vuelve a encontrar…

-Es que me preocupa…

-A mí también, pero no por eso nos vamos a exponer así. Déjale un correo, mierda, y larguémonos de este sitio.

Así lo hizo. Dinamarca se resignó y grabó un mensaje en el contestador del rubio de gafas, comunicándole que habían tenido un percance pero que estaban sanos y salvos. Le dejó el número del celular que acababan de adquirir hacía unas horas, pidiéndole que se comunicara con ellos cuanto antes, y luego colgó.

-Vamos, hay que buscar un lugar donde descansar esta noche.

-El hospital era cómodo, sigo sin entender porqué eres tan desconfiado.

-Y yo sigo sin entender porqué eres tan despreocupado… ¿sabes? Tengo un mal presentimiento de esto. Si Suecia hubiese encontrado a Fin, ya estaría en su casa, pero tampoco responde allí.

-¿Crees que pudo haberle pasado algo? – murmuró el danés.

-A Suecia no, él sabe manejarse solo. Me preocupa Tino. No se comunica con nosotros desde hace cinco años. Deberíamos haberlo buscado antes, y no dejar pasar tanto tiempo. Solo deseo que no corra la misma suerte que Islandia.

Ambos se miraron y permanecieron en silencio. Lo de Islandia no había sido una tragedia, ni tampoco un accidente. Sabían que Gilbert había tenido mucho que ver en ese asunto, y aunque no fuere así, estaban demasiado seguros de que detrás de esa muerte estaba el proyecto de Alfred. Bueno, de ese Alfred.

Más tarde seguramente recibirían un mensaje de Suecia, informándoles que no había hallado el paradero de Finlandia, y que los que lo conocían le habían perdido el rastro hacía bastante. Pero de mientras, caminaron por las calles madrileñas, aspirando el aire tranquilo y con un sabor a tregua que hacía mucho no les era concedida. Aunque fuera por unos días, tendrían unos momentos para descansar de tanto ajetreo y de tantas tristezas.


Sorry por la demora. Perdí la inspiración, o como se llame, en algún lugar de mi habitación y no la encontraba. Digamos que la hallé a medias, porque este capi de veras que apesta. Al menos a mí no me gusta para nada.

Para aquellos que quieran saber un poco más, hay una pequeña aclaración con respecto al nombre del proyecto. Hay una teoría que dice que toda aquella nación que logre dominar la región que, más o menos, se encuentra en la zona de Europa oriental y una buena parte de Asia (abreviando, buena parte de Rusia y China) dominará el mundo. A alguien se le ocurrió eso, no es cosa mía xD, igual muy cierto no debe ser porque, de hecho, la URSS abarcaba esa zona. Y que yo sepa, ya no existe más.

Así que les he pasado un pequeño dato, no se si muy interesante, pero en fin, es algo real en medio de tanta fantasía. Si mal no recuerdo esa cosa se llamaba "Teoría de Hearthland" así, tal cual. ¡Googleando sale! (pero no lo hagan, son artículos aburridos xD)

Continuaré después del examen de ingreso de la facu, o sea mediados de marzo D8 Si es que me va bien, si repruebo, me suicidaré 8D. ¡Deséenme suerte, porque la voy a necesitar!

Y gracias por los hermosos reviews que dejan. Amo cada uno de ellos, y encima hay varios que me hacen reír de lo lindo~

¡Besos! ¡Hasta entonces! Y ya que estoy, feliz año nuevo! ¡Que la pasen genial, que beban mucha sidra, cerveza, vino, champagne, whisky, ron o lo que sea y que arranquen con todo el 2011!

¡Sayonara!