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Hospital Princeton-Plainsboro
(Nueva Jersey)
3 meses antes del "suceso"
Plan tipo A: Enamorar al idiota
[Parte III]
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"Perdóname padre porque he pecado."
"La gracia y el poder de nuestro señor no tiene límite, confiesa tus pecados y serás libre."
"Ese es el problema padre, que ya no hay nada que confesar. Estoy cansado de pedir perdón."
Libertad – Christian Chávez & Anahí
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Cuddy caminó sin rumbo aparente. No quiso llegar a su oficina, en esos momentos se le figuraba como una prisión en la cual no deseaba estar aún por mucho trabajo pendiente que pudiese tener, tampoco deseaba ingresar a la cafetería —lugar del establecimiento que no pisaba a no ser que fuera totalmente necesario—. Lisa se sentía perdida, como en aquella juventud donde era aún más ingenua de lo que muchos pensarían, dolida y traicionada de una manera en que ciertamente no recordaba jamás haber sentido.
Pero no podía, no debía —por más que quisiera— reclamar. Porque ella y House no eran nada. Aún cuando recordaba perfectamente aquellos labios y aquella sonrisa socarrona después de una sesión de sexo, aún cuando ella se sintiera avergonzada por haberse sentido fascinada ante una persona que gustaba burlarse de otros… aún cuando lo siguiera amando, no podía hacer nada. Porque aquellos eran hechos de antaño, momentos universitarios que habían marcado su carácter con mayor determinación. En aquellos tiempos donde ambos eran novios y hoy nada, más que empleado y dirigente.
Se sintió abrumada. Era doloroso.
No le gustaba en lo absoluto.
Prefería ser una ignorante.
Porque ella podía ser comprensiva. Demasiado. Podía desearle la felicidad a los demás, inclusive a House —aún cuando él decidiera a alguien más— porque ya lo había vivido. La separación, el saber que él se casó, que él se enamoró. Así como tener conocimiento que ahora era un hombre divorciado. Cuddy podía, si era necesario, luchar contra todo para que aquél arrogante ser se comprometiera derechamente con alguien, aunque no fuese ella.
Porque lo sabía, una parte malditamente egoísta de su alma lo tenía por sentado, que ante todo House regresaría. A su vida, a su corazón, a su cuarto y a su cama. Aún cuando fuera sólo una noche de sexo desenfrenado, no podía quejarse, él era así y tú siempre caías ante alguien como él. Aún por más dignidad y orgullo que tuvieses, tenías aquella parte que flaqueaba ante su imagen. Así que no reclamabas, nunca, porque él regresaba.
House siempre acudía a ti.
Sin embargo, ahora ése "siempre" parecía hacerte un eco en el interior. Una vocecilla que te susurra un "es mentira". Arruinando todas tus ilusiones.
Cuando sufría, cuando todo terminaba House no venía directamente a verte. Iba con Wilson, se refugiaba con James, le mostraba una parte de su ser que tú —aún en tus noches de desvelo— podías siquiera imaginar. Porque ellos siempre estaban juntos, Lisa. Ahora es que abrías los ojos.
Se apoyaban de una manera que no podrías expresar con palabras.
—Lo siento —susurró quedamente, al chocar con alguien y trastabillar un poco.
—Oh, no. Es mi culpa, lo lamento —le respondió el individuo, sujetando su muñeca con delicadeza pero precisión para evitar que cayera.
Lisa le sonrió. Él la soltó.
—¡John, vamos! Tenemos cosas que hacer —gritó un jovencillo, con un pañuelo cubriendo su cráneo, situado en la entrada del elevador.
—Con su permiso, señorita —dijo John, atrayendo de nueva cuenta su atención. Sonriendo en son de despedida, de la cual Cuddy sólo atinó a sentir.
—Te he dicho, Timmy, que no grites en los pasillos —le sonrió el mayor al chico, quien le devolvió una sonrisa burlona pero sincera.
—Cómo digas, cariño.
De nuevo, las palabras de House llegaron a su mente al ver la escena.
No soy gay Wilson. Sólo que tu encanto bombalicón logró domarme.
Sus ojos comenzaron a arder y un nudo se formó en su garganta que hacía casi imposible el pasar saliva, intentó suspirar, pero sintió que si lo hacia terminaría llorando. Volvió a caminar, hasta llegar a un baño, entrar nerviosamente y agradecer que no hubiese nadie, porque las lágrimas comenzaron a correr tus mejillas. Con dedos temblorosos abrió la puerta de un cubículo e ingresó, cerrando con dificultad —más que nada por las lágrimas que los temblores— la puerta y recargarse ahí, para sollozar silenciosamente.
House no regresaría con ella…
Porque le dolía.
Recordar y saber le dolía.
Y Lisa odiaba el dolor…
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Foreman sospechó, sólo por unos segundos, al ver a House entrar a la sala de reuniones con un perfil encrespado, que algo malo había pasado. Pero toda duda se desvaneció cuando la voz del comandante comenzó a dictar órdenes para resolver el nuevo caso. Del cual, Eric sabía, Gregory apenas y había leído; pero no dudó. Greg "nunca" se equivocaba. Era la filosofía del equipo.
Vio el rostro enfadado de Robert y la sonrisa tímida de Allison al ir rumbo al paciente, cada uno con su labor asignado. Quizá con alguna que otra queja sobre su jefe, pero dispuestos a seguirlo. Y de nuevo, sólo por unos segundos, Foreman se preguntó sobre cuánto tiempo más, Greg, seguiría mintiéndoles sobre su salud.
Después sólo pensó, sin cuestionarse realmente nada, que a veces la vida era tan malditamente injusta. Porque él había sufrido mucho para llegar a donde estaba, como toda persona que pisara la tierra de la realidad —era algo que nunca negaría porque sería hipócrita de su parte el hacerlo— pero había personas que sufrieron y seguirían sufriendo pese a todo, más aún si seguían con ideales cerrados y patéticos.
Sólo que Greg no era así, Eric lo sabía. Y la duda volvía a resaltar en su mente, creando un círculo vicioso que finalmente lo llevaría sólo a un escuálido exabrupto que no terminaría de entender, importándole muy poco la ofensa que se le pudiera cometer.
—Odio la racionalidad —resopló por lo bajo, sin odio aparente pero sí con un cansado tono dolido. No se molestó en seguir observando a sus colegas, cada uno iba en su mundo aparte, lo sabía.
Suspiró y masajeó sus hombros.
—Aún te duelen los hombros, ¿cierto? —interrogó la rubia, comprensiva.
—Ciertamente —respondió él.
—Después de esto, vámonos de juergas, Foreman. Merecemos nuestro tiempo —le dijo Chase, atrayendo su atención—. Y no, Cam, no irás. Esto es cosa de hombres, no tengo interés en ver a machos medio desnudos sólo para ti —se asqueó.
—No repliqué nada —bufó, ella, por lo bajo.
—¿Juergas?, ¿aún tienes energía para eso? —burló, sin mucho ánimo, el moreno.
—No soy un viejo demacrado como otros —gruñó, divertido.
—Vamos, nada de peleas. Déjenlo cuando se vayan de aquí —rió Cameron.
—No te pongas celosa, Cam. Algún día te llevaré conmigo —añadió el rubio.
—Nada de coqueteos enfrente de mí, por favor. Estamos trabajando —regañó, tranquilamente, Foreman.
—¡Viejo! —farfulló Chase.
—¡Mocoso! —rebatió Eric sin interés aparente.
—Ustedes dos juntos se parecen a un solo House —rió, con mayor ímpetu, la rubia. Recobrando un poco la compostura al apreciar las extrañas pero divertidas caras de los que los observaban al caminar.
—Oh, cállate —rió Robert.
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Gregory se sentó, cuando su equipo de diagnóstico había partido, balanceó su bastón sin mucho interés, más que nada para distraer su mente y tener algo en sus manos que no llegara a romper con un poco de presión. Acomodó su pierna, gruñó cosas por lo bajo y dejó caer la cabeza en el respaldo de aquella silla.
Miró los libros en la estantería, después las cortinas de un amarillo horrible que se movían al compás del viento, bufó un poco al pasar a observar el papeleo que sus subordinados estaban realizando. Reacomodó su cabeza en la palma de su mano, recargándose en la mesa frente a él, sin dejar de mover el bastón.
De un lado a otro, un giro y una atrapada. Un apretón, un gruñido y un nuevo balanceo; analizó sus opciones: quedarse ahí, fingiendo horriblemente que le interesaba lo que ocurría. Ir, a dónde sea que se haya ido su oncólogo amigo y aclarar varios puntos con él. Quizá molestar a Cuddy con varios temas de sexualidad… o mandar a la mierda por unos minutos a la vida que tenía, drogarse y conducir aquella moto que había pulido en la mañana y ahora se encontraba aparcada en el estacionamiento del Plainsboro.
El bastón se detuvo.
No había llovido lo suficiente como para que su motocicleta se volviera a ensuciar, supuso Greg. Apoyó el bastón en el suelo, se paró dificultosamente y caminó directamente al perchero, tomó las pocas cosas que había llevado al trabajo e introdujo su mano en el bolsillo derecho de su abrigo para sacar un frasco de Vicodín (del cuál tomó un puño pequeño de pastillas), seguido de otro frasco más pequeño de calmantes (dónde sólo ingirió una cuarta parte en base al Vicodín).
Se mareó, sí. Sólo durante unos minutos.
Bufó y salió de aquél lugar, con las llaves en su mano.
La vida se vive una vez, decían.
Y House vive muy a su manera.
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Wilson se preguntó dónde estaba Greg. Le preocupaba, pese a lo sucedido en su despacho, sabía de lo que el médico podía ser capaz de hacer. Había vivido bastante tiempo con él a su lado que temer por su vida no era algo nuevo, pero sí un disgusto demasiado cambiante.
Fue a su despacho. No estaba.
Volvió al área de oncología. No estaba.
Bufó exasperado.
—¿Dónde te has metido, House? —masculló.
Cruzó la recepción, miró todos los lados posibles. Nada. Trató de escuchar por los pasillos, alguna grosería o a alguien del equipo de diagnóstico que farfullara maldiciones contra el nefrólogo. Nada. Miró, desde una de las ventanas, el estacionamiento, no estaba su moto. ¿House había llegado en moto? Se mordió los labios con ansiedad, como venía haciendo desde que su amigo intentó auto operarse la pierna.
Volvió a la recepción.
—Hm, ¿Susy? —llamó a la enfermera encargada. Los ojos azules de la chica viraron hacia su persona—. Hm, bueno… me preguntaba si has visto al Dr. House —tartamudeó. Era cierto, la chica sí que le atraía.
La chica lo miró sorprendida unos segundos, después una sonrisa pequeña y tímida se formó en sus labios.
—Acaba de irse, Dr. Wilson, intenté detenerlo ya que parecía demasiado drogado pero… —sus mejillas se colorearon un poco—. Me dijo que me fuera a la mierda —su ceño se frunció levemente— y me metiera en mis propios asuntos. Subió a su motocicleta y se fue, hasta dejó tirado tu bastón —procedió a mostrárselo, sacándolo de la parte baja de su escritorio.
—Ohm —James pestañeó varias veces mientras se sonrojaba y tomaba distraídamente el bastón—. Lo siento si te causó molestias… —intentó decir algo más pero la realidad golpeó su mente, el agarre a aquél trozo de madera se afianzó con mayor ímpetu—. ¿Has dicho drogado? —su voz sonó más débil y enfadada de lo que hubiese querido— ¿¡House se fue en motocicleta drogado!? —casi gritó, de no ser porque la voz se le había cortado subitamente.
Susy apenas y pudo asentir cuando el bastón le fue arrebatado de manera brusca de su mano para que luego, el oncólogo, saliera corriendo rumbo a la puerta. La enfermera suspiró, con las mejillas teñidas de rojo.
—Adoro los días interesantes —rió por lo bajo, volviendo a sus deberes.
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Notas de autora:
Lamento la demora x'D
Agradezco los comentarios C:
