- Ni la historia ni los personajes me pertenecen -
Masen —dijo Alice—. Masen... Masen... Masen. —Estaba sentada delante del ordenador, con el cuerpo inclinado sobre el teclado, escribiendo el nombre de Anthony Masen—. Vamos a ver lo que Google tiene que decir al respecto.
Era otra vez lunes y durante el fin de semana habían pasado tantas cosas en el restaurante que no había encontrado tiempo para dedicarme a mi nueva actividad favorita: buscar y encontrar a Anthony Masen.
El viernes habíamos tenido dos grandes reservas: un cumpleaños en el que se cantó y se brindó mucho y un grupo de hombres de negocios que al parecer habían adelantado a noviembre su cena de Navidad y no encontraban el momento de marcharse.
Sam había empezado a sudar y a soltar tacos porque Paul, el segundo jefe de cocina, se había puesto enfermo y él tenía que ocuparse de todo.
Además, ninguno de los comensales quiso el menú con pescado. Todos pidieron à la carte y Sam se quejaba de que había comprado demasiado salmón y de que ahora ya no podría deshacerse de él.
Pero mi mente estaba muy lejos de allí. Mis ideas giraban en torno a un atractivo inglés que a lo mejor estaba tan solo como yo.
—Imagínate, su mujer le ha abandonado y ahora sólo le queda su pequeño perro —le había contado a Alice cuando la llamé el domingo por la tarde.
Yo estaba tumbada en el sofá y tenía el libro de Masen en la mano.
—¡No, chérie! Éste es el baile de los corazones solitarios. A él le han abandonado, a ti te han abandonado. A él le gusta la cocina francesa, a ti te gusta la cocina francesa. Y él ha escrito sobre tu restaurante y a lo mejor también sobre ti. Yo sólo puedo decir: Bon appétit! -bromeó—. ¿Te ha llamado ya tu triste inglés?
—¡En serio, Alice! —repliqué, y me puse un cojín en la nuca—. En primer lugar, no es mi inglés; en segundo lugar, todas estas casualidades me resultan sorprendentes; y en tercer lugar, no puede haber recibido mi carta todavía. —Tuve que pensar de nuevo en la extraña conversación que había mantenido un par de días antes en Éditions Opale—. Espero que ese «extraño hombre de la barba» haya enviado mi carta realmente.
Con «extraño hombre de la barba» me refería al señor Cullen, que cada vez me inspiraba menos confianza.
Alice se rio.
—¡Le das demasiadas vueltas a la cabeza, Bella! Dime un motivo por el que ese tipo se quedaría con tu carta.
Miré pensativa el cuadro del lago Baikal que colgaba en la pared de enfrente y que mi padre había comprado hacía muchos años a un pintor ruso en Ulan Bator, durante un viaje de aventura en el Transiberiano. Era una imagen idílica que me gustaba mucho. En la orilla se balanceaba una vieja barca sobre el agua, detrás se extendía el lago. Era claro, estaba rodeado de un paisaje primaveral y brillaba con un azul insondable. «Más vale no pensarlo», había dicho mi padre. «Es uno de los lagos más profundos de Europa».
—No sé —contesté, y dejé vagar mi mirada por la resplandeciente superficie del lago, donde las luces y las sombras jugueteaban entre sí—. Es sólo una sensación. A lo mejor está celoso y quiere proteger a su autor sagrado del resto de personas. O de mí.
—¡Ay, Bella! ¿Qué estás diciendo? ¡Eres una vieja conspiradora!
Me incorporé.
—¡No lo soy! Ese hombre era muy raro. Primero se comportó por teléfono como un cancerbero. Y luego, cuando me dirigí a él en la editorial, me miró como un perturbado mental. Al principio ni siquiera reaccionó a mis preguntas, sólo me miraba fijamente como si no estuviera bien de la cabeza.
Alice chasqueó la lengua con impaciencia.
—A lo mejor sólo estaba sorprendido. O tenía un mal día. ¡Dios mío, Bella! ¿Qué esperabas? Ni siquiera te conoce. Le llamas por teléfono. Luego te presentas más tarde en la editorial sin avisar, asaltas al pobre hombre, que en ese momento se iba a casa, y le preguntas por una carta que para él es una carta cualquiera de una perturbada cazadora de autógrafos cualquiera que se cree muy importante. La verdad es que me sorprende que no te pusiera de patitas en la calle. Imagínate que todos los lectores asaltaran la editorial para convencerse personalmente de que se entrega su carta a un autor. Yo, por mi parte, odio que los padres aparezcan de pronto sin avisar en la puerta de clase para discutir por qué su maravilloso hijo está castigado.
Tuve que reírme.
—Está bien, está bien. A pesar de todo, estoy contenta de haber podido hablar con ese hombre.
—Puedes estarlo. Al fin y al cabo, el señor Cancerbero estuvo luego muy amable contigo.
—Pero sólo para decirme que el autor no se iba a poner en contacto conmigo porque es poco sociable y vive amargado en su cottage y no tiene tiempo para tonterías —repliqué.
—Y te va a decir cuándo viene Anthony Masen a París —prosiguió Alice sin inmutarse—. ¿Qué más quieres, señorita Nunca-tengo-bastante?
Sí, ¿qué más quería?
Quería descubrir más cosas acerca de ese inglés que parecía tan simpático y escribía cosas tan bonitas, y ése era el motivo por el que estaba con Alice delante del ordenador, esa mañana de lunes, una semana después de que empezara todo.
—Me alegro de que los lunes por la mañana no tengas que ir al colegio y podamos vernos —le dije, y me invadió un sentimiento de agradecimiento cuando vi a mi amiga con gesto concentrado buscando para mí todos los Masen del mundo.
—Hmm... hmm... —dijo Alice. Se sujetó un mechón rubio detrás de la oreja y miró la pantalla como hechizada—. ¡Mierda! Lo he escrito mal. No, no quiero decir Nasen, sino Masen.
—¿Sabes? Yo por las tardes no puedo quedar con nadie, como la mayoría de la gente. Tengo que estar en el restaurante. —Me incliné sobre ella para poder ver yo también algo—. Aunque... ahora que Mike se ha largado no está mal tener algo que hacer por las tardes —seguí diciendo—. Estas tardes de invierno puede sentirse una muy sola.
—Si quieres, podemos ir al cine —propuso Alice—. Jasper está en casa y yo puedo salir. ¿Has sabido algo de Mike? —preguntó de pronto.
Sacudí la cabeza y le agradecí que esta vez dijera simplemente Mike.
—No esperaba otra cosa de ese idiota —gruñó, y frunció el ceño—. ¡Increíble eso de desaparecer así, sin más! —Luego su voz se volvió más amable—: ¿Le echas de menos?
—Pues sí —dije, y yo misma me sorprendí un poco de lo mucho que había mejorado mi situación sentimental desde aquel desdichado día en que me había perdido por las calles de París—. Por las noches se me hace un poco raro estar sola en la cama. —Reflexioné un instante—. Resulta extraño que de pronto ya nadie te pase el brazo por encima.
Alice tuvo entonces su gran momento de empatía.
—Sí. Me lo imagino perfectamente —dijo, sin añadir que, por supuesto, no era lo mismo el brazo de un hombre agradable que el de un idiota—. Pero quién sabe lo que va a ocurrir. —Me miró y me guiñó un ojo—. De momento, ya has encontrado una estupenda distracción. Y aquí lo tenemos: Anthony Masen, doce millones doscientas mil entradas. Bueno, ¿qué te parece?
—¡Oh, no! —Observé la pantalla con incredulidad—. ¡No puede ser!
Alice pinchó en un par de entradas al azar.
—Anthony Masen, artista contemporáneo. —Se abrió una ventana compuesta por rayas de diversos colores—. ¡Oh, sí! ¡Realmente muy contemporáneo! —Cerró de nuevo la página—. ¿Y qué tenemos aquí? Anthony Masen, Rugby Union Player. ¡Vaya, qué deportista! —Deslizó el cursor por la pantalla—. Anthony Taylor Masen, agente secreto americano, espió para la Unión Soviética. Vaya, éste no debe de ser, ya está muerto. —Se rio. Era evidente que la búsqueda empezaba a parecerle divertida—. ¡Buf! —gritó de pronto—. ¡Anthony Masen, puesto 224 entre los más ricos del mundo! ¿Quieres pensártelo un poco, Bella?
—Así no vamos a ninguna parte —dije—. Tienes que poner «Anthony Masen escritor».
Bajo «Anthony Masen escritor» seguía habiendo seiscientas cincuenta mil entradas, lo que seguía siendo todo un desafío.
—¿No podías haberte buscado un autor con un nombre menos corriente? —dijo Alice, y fue pinchando en la primera página que se abrió. Había de todo: desde un hombre que publicaba libros sobre el entrenamiento de los caballos, pasando por un profesor que había escrito en Oxford University Press algo sobre las colonias inglesas, hasta un autor inglés de aspecto horriblemente siniestro que había sacado un libro sobre las guerras de los bóers.
Alice señaló la foto.
—Éste no puede ser, ¿no?
Sacudí la cabeza.
—¡Por todos los santos, no! —grité.
—Así no vamos a encontrar nada —dijo Alice—. Dime el título de la novela.
— La sonrisa de las mujeres.
—Bien... bien... bien... —Movió los dedos por el teclado—. ¡Aja! —dijo de pronto—. Aquí lo tenemos: ¡Anthony Masen, La sonrisa de las mujeres! -Sonrió con gesto triunfal y contuve la respiración—. Anthony Masen en Éditions Opale... Vaya, ¡mierda! ¡Te lleva a la página de la editorial! Y ésta de aquí... es la página de Amazon, pero sólo para la edición francesa... Es curioso, debería poder encontrarse la versión inglesa en algún sitio. —Pulsó de nuevo un par de teclas, luego sacudió la cabeza—. Nada que hacer —dijo—. Aquí sólo pone algo sobre Henry Miller, La sonrisa al pie de la escala... Un buen libro, por cierto... pero éste no es nuestro hombre.
Mientras pensaba, Alice se dio unos golpecitos con el dedo índice en los labios.
—No tiene página web, no tiene Facebook... Mister Masen es un misterio, al menos en internet. Quién sabe, a lo mejor está tan chapado a la antigua que rechaza la tecnología moderna. A pesar de todo, me resulta muy extraño no poder encontrar el libro en inglés. —Cerró el ordenador y me miró—. Me temo que no puedo ayudarte.
Decepcionada, me recliné en el respaldo de la silla. Al parecer, hoy en día todavía no se podía encontrar todo con la ayuda de internet.
—¿Y qué hacemos ahora? —pregunté.
—Ahora nos hacemos una pequeña ensalada con queso de cabra, es decir, tú preparas una exquisita salade au chèvre para las dos. De algo debe servir tener una amiga cocinera, ¿no crees?
Solté un suspiro.
—¿No se te ocurre nada más?
—Sí —respondió—. ¿Por qué no llamas al cancerbero de la editorial y le preguntas si Anthony Masen tiene una página en internet y por qué no puedes encontrar la edición original inglesa de su novela? —Se puso de pie y se dirigió a la cocina—. ¡No, no le llames! —gritó mientras abría la puerta de la nevera—. Será mejor que le mandes un email al pobre hombre.
—No tengo su dirección de correo electrónico —repliqué sin ganas, y seguí a Alice hasta la cocina. Cerró la nevera y me puso una lechuga de hoja de roble en la mano.
—Eso no es ningún problema, querida.
Miré la lechuga con cara de aburrimiento, aunque ella no era culpable de nada. Alice tenía razón. Claro que no era ningún problema conseguir la dirección de correo electrónico de gente tan poco interesante como Edward Cullen, el editor de Éditions Opale.
