En dos horas y cuarentaitrés minutos, Hannah le mirará con una expresión inocente en los ojos y preguntará:

—¿Puede papá quedarse a cenar?

Todo dependerá de esa respuesta. Lo sabe. Al igual que lo ha sabido con el resto de momentos pasados en los que el destino le ha entregado las llaves del futuro y le ha permitido decidir: hacer aquella llamada en Montana, decirle que "Sí" a Ian, contarle la verdad sobre Hannah. Todos aquellos momentos son como puntos de anclaje. Son hitos inamovibles de su historia. De la historia de Hannah.

Es algo que la ata. Algo que le llama y le insta a que se aferre a ese clavo ardiendo.

Lo puede seguir viendo a la perfección. Varios resultados completamente opuestos ocurriendo al mismo tiempo, solapándose, entrelazándose. Y, aun así, al final de toda esa confusa red de posibles desenlaces, sigue esa maldita habitación de hospital. Imperturbable. Inevitable.

Han transcurrido casi tres años desde aquella visita nocturna de Ian y apenas nada ha cambiado en ese aspecto. Es más que frustrante, tanto para ella como para Ian; a estas alturas ya deberían haber alterado la historia lo suficiente como para poder ver algún cambio relevante. Sin embargo, todo sigue aparentemente igual.

Y aun así hay algo en esa pregunta de Hannah. Algo transcendental y de lo que todo el futuro depende. Aún no está segura de qué modo, pero sabe que este es el gran punto de inflexión. Todos esos momentos decisivos, todas esas pequeñas decisiones que ha ido tomando hasta ahora les han estado conduciendo hasta este momento. El momento en el que el destino podría darse la vuelta y lo que parecía un milagro, hacerse realidad.

Lo estaba esperando, aunque hasta que no oyó el coche recorrer el pequeño camino de gravilla que llevaba a la casa no se molestó en bajar al piso de abajo.

Cuando abrió la puerta de entrada, Ian ya se había apeado del vehículo y se dirigía toda prisa a encontrarse con ella.

—¿Cómo está? —fue lo primero que dijo nada más llegar ante ella—. He intentado salir de la reunión lo antes posible, pero para cuando cogí el coche ya os habían dado de alta en urgencias.

—Tranquilo, solo es un brazo roto —respondió ella con calma, tocándole el hombro brevemente—. Respira un poco primero.

Ian, como si en ese momento hubiera sido consciente de lo frenética que había resultado su llegada, se detuvo y tomó una profunda bocanada de aire con la que serenarse.

—¿Cómo está? —volvió a insistir, aunque su alivio era más evidente en esta ocasión.

—Está bien —le aseguró de nuevo—. Los traumatólogos le han dado un chute potente de anestesia local antes de colocarle el hueso de nuevo en su sitio. Creo que cuando salíamos estaba a punto de ponerse a perseguir hadas y arcoíris —rió al recordar el estado desorientado y eufórico en el que la pequeña había abandonado la sala de urgencias. Había resultado muy cómico ver su sonrisa pastosa y la manera en la que su mano se alzaba hacia la ventanilla del coche, intentando agarrar algo que solo ella veía.

—¿Puedo? —Indicó al interior de la casa. Louise parpadeó, no se había dado cuenta hasta ahora que seguían parados en la entrada.

—Claro, por supuesto. Adelante —le indicó apartándose de la puerta para que pudiera pasar, antes de señalar hacia el interior de la casa—. Esta arriba en su cuarto. Le he prometido un helado y que veríamos su película favorita. Ve a verla mientras preparo todo. En un rato subo.

Dejó que Ian subiera las escaleras, siguiendo cada paso que daba con atención. Era fascinante la soltura con la que se movía, como si la casa se amoldara a su alrededor, como si le abrazara, como si nunca se hubiera ido.

Trató de demorarse en la cocina, dándoles a él y a Hannah el rato de intimidad que seguro necesitaban. Las cosas estaban mucho mejor entre ellos, eso resultaba más que evidente. Tan solo había que fijarse en la manera en la que el rostro de Hannah se iluminaba cada vez que relataba la más reciente de sus aventuras con su padre. No obstante, aún queda mucho camino por recorrer. Había cosas que una custodia compartida no era capaz de suplir. Y Hannah, ahora más que nunca, necesitaba a su padre a su lado.

Louise misma necesitaba a Ian a su lado más que nunca. El tiempo se agotaba y aunque habían recuperado gran parte de la confianza que una vez tuvieron, no era suficiente. No para sobrevivir a lo que se avecinaba.

Sabía que podía haber evitado la caída de Hannah, su consiguiente visita a urgencias y el susto de Ian. Podía haber impedido que Hannah hubiera acudido aquella tarde a jugar a casa de su amiga Roxie. Podía haberse presentado allí antes de que Hannah intentara poner en práctica sus experimentos de aeronáutica de sexto curso. Pero no lo había hecho. Jamás lo haría. Se había jurado no usar esos conocimientos sobre el futuro en cualquier sentido que pudieran interferir o impedir que su hija disfrutara de una infancia normal y feliz. Le había dolido tanto o más que a la pequeña verla hacerse daño, pero esa era parte de la experiencia de vivir. Y Hannah necesitaba esa experiencia. Necesitaba aprender esa lección por si misma. Una lección simple: que lanzarse desde el primer piso de un granero sobre un montón de paja en el suelo siempre es mala idea, pero una lección necesaria no obstante. Una niña debe jugar, debe caerse para aprender a levantarse.

Hannah se merecía llevar una vida normal, y mientras fuera posible, Louise iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que así fuera.

Después de más de diez minutos para sacar tres cucharas y una tarrina de helado del congelador, y casi otros quince para recoger su portátil, Louise no pudo retrasar más su regreso al piso de arriba.

A medida que sus piernas la llevaban más y más cerca de la habitación de Hannah, las voces al otro lado de la puerta se iban volviendo cada vez más nítidas.

Sabía la conversación que estaban teniendo. Sabía que palabras iba a decir cada uno antes siquiera de que abandonaran sus bocas, y sin embargo, cuando llegó a la puerta y las escuchó de nuevo no pudo evitar conmoverse por completo, como si esa hubiera sido la primera vez que las hubiera oído:

—Lo siento —Escuchó la voz de Hannah susurrar.

—¿Por qué? —respondió la de Ian al momento.

—Por esto. No quería caerme, fue sin querer. De verdad que creía que las alas iban a funcionar. No te enfades, por favor.

La cama crujió como si un peso mayor se hubiera añadido sobre ella, seguramente Ian sentándose sobre el colchón.

—No estoy enfadado, cariño. Estoy preocupado. Nos has dado un pequeño susto. Te has roto un brazo, pero no pasa nada, Hannah. Ha sido un accidente.

Hubo un breve silencio, y pudo oír inconfundible el sonido de las pulseras de la suerte de Hannah tintineando ligeramente.

—¿Y mamá?

—Mamá tampoco está enfadada contigo —le aseguró Ian.

—¿Cómo lo sabes?

Había timidez en las palabras de su hija, casi podría decir que podía percibir una pizca de miedo en ellas, como si, por alguna razón, temiera la respuesta.

—Porque tanto tu madre como yo solo queremos lo mejor para ti, cielo.

El tono de Ian no dejaba lugar para discusión.

—No quiero que os enfadéis entre vosotros por mi culpa.

—¿Por qué dices eso?

—No lo sé —La forma rota en lo que lo dijo golpeó de lleno en el corazón de Louise. Odiaba ver como los problemas que había entre Ian y ella afectaban colateralmente a su hija.

—Hannah —se explicó él tras una pausa—. Tu madre y yo te queremos con locura, ¿me oyes?. Con locura.

—Pero tú ya no quieres a mamá —añadió ella con tristeza, como si ya se hubiera resignado a no volver a tener a sus padres juntos de nuevo.

Hubo otra pequeña pausa. Louise casi podía imaginarse a Ian pasándose la mano por la nuca, en aquel gesto tan familiar cuando se sentía incómodo.

—No es tan sencillo, cariño. No es que no quiera a mamá, claro que la quiero y siempre la querré, pero tienes que entender que lo que ocurre entre mamá y yo son cosas de mayores. Cosas muy complicadas que ni siquiera nosotros entendemos del todo. Pero eso no quita para que te sigamos queriendo con toda nuestra alma. Eres lo más importante de nuestras vidas, Hannah —Pudo oírle insistir con vehemencia—. Eres nuestra vida. Y eso no cambiará jamás, ¿lo entiendes?

—Sí —respondió la pequeña, aunque aún perduraba algo de su previo abatimiento en su voz.

La cama volvió a crujir y el característico sonido del roce de tela pudo llegar hasta sus oídos a través de la puerta.

—Hey, te quiero —Escuchó a Ian decir con suavidad.

—Yo también te quiero, papá —añadió la niña de inmediato.

Louise no necesitaba ver la escena, podía imaginarse a Hannah y a Ian, abrazándose con todas sus fuerzas, a la perfección.

—¿De aquí a China? —preguntó él con una sonrisa en la voz.

La réplica de Hannah no se hizo esperar. La determinación con la que respondió fue tal que a Louise le costó mantener las lágrimas a raya.

—De aquí a las estrellas.

No quería interrumpirles, pero era lo que se suponía que debía ocurrir. Era lo que la historia se suponía que dictaba que debía hacer. Con lentitud se acercó más a la puerta y la abrió apenas unos centímetros.

—¡Toc, toc! —anunció su llegada con la voz, en lugar de llamar con los nudillos—. Traigo ofrendas, ¿puedo pasar?

—Depende. ¿Qué tipo de ofrendas? —respondió la vocecilla de Hannah. Louise podía oír la suave risa de Ian de fondo.

Con una amplia sonrisa invadiendo sus facciones, Louise asomó la tarrina y el portátil por la puerta, y los meneó en el aire como si estos tuvieran cascabeles que los hicieran más tentadores.

—Helado de avellanas y todas las películas del mundo en streaming.

Hubo un pequeño cuchicheo al otro lado de la puerta, a ciencia cierta se traba de Ian conspirando cómicamente con su hija contra ella como habían solido hacer antaño.

—Vale, puedes pasar —respondió al fin Hannah.

Louise abrió la puerta del todo y entró en la habitación. Hannah e Ian estaban sentados en la cama, observándola con interés. Las tristes palabras de Hannah aún resonaban en su cabeza y Louise no pudo evitar darle un beso en la frente cuando llegó a su lado. Su sonrisa de respuesta fue contagiosa, y pronto tanto la niña como sus padres estaban riendo como idiotas mientras trataban de hacerse hueco en la pequeña cama. Acomodarse en el estrecho colchón fue como una improvisada partida de Tetris. Hasta Ian se puso a tararear la cancioncilla del viejo videojuego durante unos momentos, logrando que Hannah se carcajeara como resultando.

Finalmente, y tras muchos malabarismos, lograron encontrar postura. Estaban apretados como sardinas en lata, pero al menos los tres estaban encima de la cama. Ian y ella se sentaban, apoyados contra el cabecero de la cama, tan juntos que parecían estar abrazados. Entre ellos Hannah, con la tarrina de helado a su lado y el portátil abierto sobre sus piernas.

No era la postura más cómoda de la historia, pero hacía tanto tiempo que Louise no tenía a su familia entre sus brazos que los calambres musculares con los que iba a acabar al final de la noche eran más que bienvenidos. Era un precio por el que estaba más que dispuesta a pagar a cambio de ese pedacito de paz.

Al final los analgésicos que recetó el médico de urgencias hicieron su efecto, y Hannah terminó quedándose dormida a mitad de película. A pesar de ello, ni Ian ni ella hicieron amago de levantarse. Louise no estaba del todo segura si era debido a que no querían despertar a la niña, como por la falta de deseo de romper el abrazo que la extraña postura en la que se hallaban les había obligado a adoptar.

Permanecieron en silencio, escuchando a su hija soñar hasta que el sol se ocultó y la habitación quedó sumida en sombras.

—Ya no me acordaba de cuánto me gustaban estos momentos —murmuró Ian sin previo aviso.

Louise apartó la mirada, incapaz de volver a ver aquella expresión acusadora que solía adueñarse de la cara de él cuando el tema de conversación volvía a tomar esa dirección.

—Ian, yo…

—No —la interrumpió, antes de que pudiera decir nada—. Fui yo el que decidió marcharse. El que antepuso su ira a su familia. Fui un egoísta y un estúpido. Abandoné a las dos personas más importantes de mi vida cuando más me necesitaban. Permití que mis demonios me arrebataran lo que más quería en este mundo y ni siquiera tuve cojones de admitir mi culpa.

No podía creer lo que estaba oyendo. Louise escuchaba atónita la desgarrada confesión en forma de susurro de Ian. Su voz era suave como la brisa bajo la mortecina luz de la tarde, pero cada una de sus palabras pesaban como una montaña sobre su corazón.

—Y es culpa mía, solo mía. Si estamos así es por mí y por mi obstinación —continuó—. Lo único de lo que me arrepiento en esta vida es de todo el dolor innecesario que os he causado. No os merezco y ni siquiera puedo imaginar qué hacer para volver a ganarme vuestra confianza.

—Ian, no digas eso —intentó objetar ella—. Ambos hemos cometido errores, pero nada de esto habría ocurrido si hubiera sido sincera contigo desde el primer momento. Debería haberte dicho lo que sabía, ya en Montana.

Él agitó la cabeza, negándose, aparentemente, a que volviera a echarse la carga de todas las decisiones pasadas.

—Te quiero, Louise —La declaración la dejó sin aire. No por lo inesperado de las palabras, sino por la verdad tras ellas. Una verdad que hasta no hace mucho temía haber olvidado—. Te quiero a tí y a Hannah. Os quiero más que a mi propia vida, y aun así os abandoné. Os dejé tiradas y me oculté en mi propio pozo de miseria, regodeándome en mi propia desdicha sin tener en cuenta el daño que os estaba causando a vosotras con ello. ¿Cómo puedo esperar recuperaros después de eso?

Un pesado silencio se apoderó de la habitación tras aquellas palabras finales. Ninguno era capaz de decir nada más. Las emociones estaban demasiado a flor de piel como para poder fiarse de sus propios voces.

Como con voluntad propia, la mano de Louise se movió, tomando la de Ian y apretándola con fuerza. Los ojos de él volvieron a encontrarse con los de ella después de lo que pareció una eternidad. Había un mundo reflejado en ellos.

No obstante, tan pronto la conexión se estableció, esta se rompió.

Con lentitud, Ian se separó de ella poco a poco y abandonó la cama. Louise podía ver la reticencia reflejada en sus facciones iluminadas por la azulada luz del portátil.

—Creo que se está haciendo tarde —indicó él a modo de pobre intento por zanjar el tema—. Será mejor que me vaya.

Louise carraspeó y trató de ocultar la decepción que sentía. Habían estado tan cerca de conseguir algo por un instante. Sin embargo, por mucho que hubiera deseado continuar con esa conversación, había cosas que no debían forzarse. Algunas heridas deben sanar por sí mismas.

—Sí, puede que sea lo mejor —afirmó sin entusiasmo. Se puso también en pie y encendió la lámpara de la mesilla. Con cuidado, recuperó la tarrina con el helado ya derretido y apagó el portátil.

Mientras Louise se afanaba por recogerlo todo, Ian se inclinó sobre la dormida niña y le acarició con delicadeza el hombro, con la intención de despertarla para despedirse.

—Hannah, cariño.

La pequeña parpadeó un par de veces, intentando ubicarse de nuevo.

—¿Papá? —emitió un profundo bostezo— ¿me he dormido?

—Un ratito —sonrió él, apartándole un rebelde mechón de pelo de la frente.

—Puedes echarte otro poco más si quieres —añadió Louise, situándose junto a Ian al borde de la cama—. Ya te despierto cuando sea hora de cenar.

Al oír esas palabras Hannah se incorporó en la cama, acomodándose lo mejor que podía con la abultada escayola que protegía su brazo derecho y que desequilibraba sus movimientos por su peso.

Aún después de la siesta de la que acababa de despertar, el cansancio seguía haciendo mella en la niña. A pesar de ello, sus ojos relampaguean con una inocente ilusión que resulta imposible de pasar por alto.

Y entonces, con la más absoluta naturalidad, como si el universo se quisiera mofar de ellos en un momento tan transcendental, pronunció la pregunta que llevaba resonando en la cabeza de Louise durante días. Durante meses. Durante años. Durante toda su vida.

—¿Puede papá quedarse a cenar?

En dos horas y cuarentaitrés minutos, Hannah le mirará con una expresión inocente en los ojos y preguntará:

—¿Puede papá quedarse a cenar?

Y será así, tan pronto como esas palabras se disuelven en el aire de la habitación, que las imágenes del futuro asaltan la mente de Louise. Y ve la sonrisa de Ian y la alegría de Hannah. Se ve abrazando con libertad a esas dos personas que lo son todo para ella. Ve a Ian en la cocina preparando uno de sus" platos especiales". A Hannah tumbada en el sofá con un libro demasiado gordo y complicado para su edad. Ve a padre e hija, desde el porche trasero de casa, lanzando piedras al lago y compitiendo para ver quien hace más carambolas. Se ve en la cama, su cuerpo desnudo y sudoroso entrelazado con el de Ian, mientras sus bocas alternan besos y promesas.

Ve una vida normal y feliz. Ve a su familia de nuevo entera.

Pero también ve los malos momentos. Se ve en aquella habitación, con la cabeza apoyada sobre el pecho de Hannah. Llorando. Salvo que en esta ocasión una mano amplia y cálida; una mano familiar, se posa sobre su hombro, dándole el apoyo y la fuerza que necesita para seguir respirando. Se ve caminando por los pasillos desiertos del ala de pediatría del hospital, pero no está sola. Ian no anda lejos, siguiéndola a un par de pasos de distancia. Se ve recibiendo las noticias del médico. Se ve llevándose las manos a la cara y tratando de contener sus sollozos. Pero también siente los brazos de Ian estrechándola desde atrás, atrayéndola contra su cuerpo y acariciando su pelo mientras silenciosas lágrimas se deslizan por sus mejillas.

Los ojos de Louise encontraran los de Ian por un instante, y verá la esperanza desnuda reflejada en ellos. Después se volverá hacía Hannah y le será imposible ignorar la ilusión brillando en el rostro de su hija.

Y será así, con una sonrisa tan decidida como sincera, que dirá:

—Sí.