Sonríe Esposa mía
Isabella se tragó un grito de furia. Habría pisoteado el pie de Edward o le habría dado un rodillazo en la entrepierna para lograr liberarse, pero en el instante siguiente, la colocó debajo de su brazo. Y antes de que ella pudiera desprenderse, se dio la vuelta para encarar a la alegre congregación.
-Sonríe, esposa,- dijo entre dientes, saludando a la multitud. -Se supone que este es un momento feliz.
-Estoy muy lejos de sentirme feliz,- replicó.
-Pero vas a sonreír,- le ordenó sonriendo entre dientes, -O terminaré lo que empecé aquí y ahora sobre el altar.
Ella se puso rígida.
-No te atreverías.
Edward continuaba sonriendo. -Que Curioso. Ese fue mi pensamiento ayer cuando vos me amenazaste con tu espada.- cuando la miró, una promesa ardía en sus ojos. -¡Cómo me equivoqué! ¿Y vos? ¿Te atreverías a dudar de mis amenazas?
Ella frunció el ceño. No era que le creyera. Seguramente un caballero respetuoso de Dios nunca cometería un acto de semejante blasfemia. Pero la lujuria salvaje en su mirada era innegable, y una cierta duda hizo que su corazón se sobresaltase. Isabella desvió la mirada y forzó una sonrisa tensa en sus labios.
Después de todo, razonó, no era como si ella sonriese para él. Era para su clan, para asegurarles que estaba aún en una posición de poder, y era aún la lady de la fortaleza.
-Dame tu mano,- susurró.
-No,- dijo, saludando a la multitud.
Él se inclinó mas cerca.
-Dame tu mano, ahora.
Ella lo ignoró. Pero él podía ser capaz de coaccionarla para que montara un falso espectáculo de felicidad.
Edward deslizó su mano por debajo de la capa de Bella, descansando la palma de su mano en su espalda, entre sus hombros. Entonces su mano se deslizó lentamente hacia abajo, siguiendo el rastro de su espina dorsal.
Estaban a apenas a dos metros del sacerdote, y mientras Isabella asentía y sonreía a la gente, el descarado dejó que su mano vagara mas abajo hasta asentarse en su trasero. Entonces le dio un apretón.
Girando su cabeza con una sonrisa brillante, buscó darle la mano a Edward.
El tomó su mano y la enlazó con la suya y posó un leve beso los nudillos. Entonces empezó la marcha fuera de la capilla.
Pálida y llena de frustración, apretó los dientes y toleró la larga caminata entre la multitud, su mano atrapada en la de él como un ratón en las garras de un halcón.
Pero en el momento en que estuvieron fuera, rápidamente cerró la puerta de la capilla detrás de ellos, mas específicamente en la cara de Emmett y Sue Li y de todos los otros que los seguían. Desprendió su mano de la de él y se volvió para hablarle.
-Escúchame bien,- le dijo entre dientes. -No soy un perro para ser atado y paseado como a vos te plazca. Y ni se te ocurra azotarme para que me someta, porque me niego a estar a tu merced.
Edward la miró mientras la lluvia goteaba de su cabello a su capa, estático y silencioso, su cara era imposible de descifrar.
Isabella pensó por un momento que efectivamente lo había dejado atónito, eso ocurría con los hombres que subestimaban la seguridad en sí misma de la muchacha.
Pero se equivocaba.
En el instante siguiente, Edward agarró un puñado de su ropa y la levantó levemente hasta estar nariz con nariz.
-Ahora escúchame, mi dulce esposa. - habló suavemente, y una sonrisa jugueteaba en sus labios, pero sus palabras eran tan amenazadoras como los truenos distantes.
-Yo soy tu esposo, tu lord, y tu amo. Vos aceptaste eso cuando decidiste tomar el lugar de tu hermana. Está dentro de mis derechos hacer con vos, o hacerte a vos, lo que se me plazca.- guiñó el ojo, y la soltó súbitamente, ella se tambaleó hacia atrás, mortificada.
Nunca un hombre la había tratado tan salvajemente. Los hombres o retrocedían en su presencia o se postraban para adorarla. Pero ese hombre, la había manoseado como si fuera su dueño.
¡Santo Dios! ¿Qué había hecho? Casarse con el normando le había parecido lo correcto, la única cosa que podía hacer. Pero ahora se daba cuenta que ni siquiera conocía al hombre que había tomado como esposo. El parecía un monstruo, un demonio. Y que Dios la ayudase, ella había jurado obediencia. ¡Maldición!, ¿qué forma insidiosa de esclavitud era el matrimonio?
La congregación abrió la puerta de la capilla. Emmett, Sue Li y el resto salieron, con Lord Charlie mas atrás, sonriendo ampliamente. Isabella vislumbró brevemente una oportunidad de escapar del novio. Corriendo hacia su padre, enlazó su brazo con el de él y le lanzó a Edward una sonrisa provocadora, como diciéndole, "aquí está mi lord y mi amo".
La victoria no duró mucho. Edward era un oponente formidable.
-Si me permite, mi lord- dijo con una leve reverencia al padre. -Cree que trae buena suerte que el novio cargue a la novia por la puerta de casa.
-¡No!- dijo Isabella abruptamente. Ante las murmuraciones de sorpresa de la multitud, suavizó su tono. -No, esposo, yo no podría pedirte que me cargues atravesando todo ese barro.- Se colgó de su padre con más fuerza.
-Mi querida, esposa - dijo suavemente, recorriendo cariñosamente el puente de su nariz, -¿Qué es un poco de barro? Yo te cargaría a través de corrientes tempestuosas y a través del fuego.
Ella odió su gesto condescendiente casi tanto como los " OOOh!" de todas las mujeres en la multitud, quienes supieron apreciar su caballerosidad y creyeron en su exagerada declaración. Pero cuando su padre desenganchó su brazo y la empujó hacia él, no hubo nada que pudiera hacer.
Con una maliciosa sonrisa, Edward la levantó y la acomodó en sus brazos. Ella se mantuvo rígida, determinada a hacer su tarea tan difícil como fuera posible. Deseó ser muy pesada. Deseó que él se resbalara en el barro. Deseó que los cielos se abriesen y llovieran baldazos de agua.
Pero nada de eso sucedió. Edward la cargó como si ella estuviese hecha de plumas. Sus pasos fueron firmes como los de un viejo buey. Y para su irritación, la lluvia paró momentáneamente, y el sol eligió ese momento para asomarse por entre las nubes, dibujando un vívido arco iris en el cielo.
-Es una señal, mi lady,- dijo alguien. -Este matrimonio debe estar verdaderamente bendecido.
Isabella miró perpleja a través del jardín. ¿Bendecido? Nunca en su vida se había sentido tan afectada por una maldición.
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Edward respiró profundamente, llenando sus fosas nasales con el aire puro de la lluvia, cargaba a su nueva esposa a través del suelo blando. Olía a fresias y rosas, era una esencia que lo excitaba. Su cuerpo se sentía fuerte y lleno de vida en sus brazos, como una presa rebelde, y eso, también, llenó sus venas con un ardor excitante. Edward le temía a la feroz inflamación entre sus piernas que era una evidencia pública de su lujuria.
¡Por Dios!, ¿qué andaba mal en él? había estado temiendo este momento la mitad de la noche y toda la mañana, le asustaba pensar en la fiesta de la boda con Alice a su lado, en la situación en que el clan sin duda haría bromas acerca del esposo y de la renuente novia, y en la cama matrimonial, dónde sabía que iba a enfrentar los temores de una virgen y las lagrimas de arrepentimiento.
Pero en el instante en que él había visto una figura espiándolo a través de la capucha empapada, fue suficiente para sospechar que había un plan para perjudicarlo. Y cuando su ojo captó el suave brillo de un colgante de plata debajo de la capa, supo quien había venido para ser su esposa. Entonces, para su sorpresa, su aprensión se disolvió, y su corazón comenzó a martillar con la adrenalina que le generaban las batallas.
Si ella pensaba que su engaño lo avergonzaría, estaba equivocada. Edward nunca admitiría haber notado la diferencia entre una hermana y la otra. Y tampoco eso importaba. Si ella pensaba que eso invalidaría el contrato matrimonio, estaba equivocada en eso, también. Él estaba comprometido a casarse con una de las hijas del Lord de Swan, ni más, ni menos.
Y si pensaba que una vez que revelara su identidad, él la rechazaría, estaba muy, muy equivocada.
A lo largo de la ceremonia, había estado distraído con deliciosas visiones de lujuria y venganza. Por ahora, debido a su propio engaño, Isabella sería de él.
De todas las maneras.
Por supuesto.
Su entrepierna se tensó mientras se la imaginaba suplicando por piedad mientras la seducía, aprisionando sus manos y despojándola de su ropa; vio el dulce horror en sus ojos mientras le susurraba en el oído; vio la hambrienta anticipación de ella mientras dejaba que sus dedos vagaran sobre sus curvas, acariciando, atormentando, invadiendo.
¡Por Dios! Tal vez estaba equivocado respecto a su propia capacidad de control. Su corazón latía furiosamente. Su respiración se entrecortaba. Su cuerpo le dolía de deseo. Quería a Isabella. La quería, ahora.
Tan pronto como cruzaron la entrada que daba al gran salón, Edward se encaminó hacia los escalones que conducían a su habitación, sopesando las consecuencias morales de omitir la fiesta y reclamar sus derechos maritales de una vez.
Fue Emmett quien lo salvó de su pasión desenfrenada.
-¡Edward!- gritó jovialmente, palmeándolo dos veces en el hombro, lo suficientemente fuerte como para despertarlo de un estado de coma - Deja que la novia vaya y se prepare para la fiesta. Ven a tomar una copa conmigo al lado del fuego, y brindaremos por tu matrimonio.
Esa idea aparentemente les resultó atractiva a todos. Se oyeron gritos de aprobación y comenzaron a dirigirse al gran salón, e Isabella luchó por librarse de él. Pero Edward vacilaba, renuente a dejarla escapar de sus brazos o de su vista.
-Ella no causará problemas,- murmuró Emmett para darle seguridad, entonces levantó sus cejas hacia Isabella. -No causarás problemas, ¿verdad? Después de todo, sólo estarán vos y Edward en la habitación esta noche. Vos y Edward. Solos.
Otra vez, ella asombró a Edward. En vez de temblar de miedo, le lanzó a Emmett una sonrisa temeraria.
-Entonces será mejor que Edward se cuide la espalda.
Emmett sonrió sorprendido.
-¡Bien dicho! Pero pienso que sois demasiado inteligente para esa clase de sabotaje. Seguramente sabes que matar a tu esposo sólo atraerá la ira del Rey hacia tu clan.
-No lo mataré,- dijo.- Sólo lo dañaré.
Edward podía fácilmente adivinar que parte de su cuerpo intentaría dañar.
-Tal vez tienes razón, Emmett,- consideró, cabeceando pensativamente. -No debería estar a solas con ella. Pienso que nosotros dos deberíamos compartir con ella la cama esta noche.
Eso fue suficiente para asombrarla. Los miró con duda y Emmett acordó con placer.
-Oh, si, eso sería un privilegio para mí, mi lord,- dijo, paseando su mirada lujuriosamente a lo largo de su cuerpo.
-¡Qué! ¡No! - gritó, sin estar segura si hablaban en serio o no.-No lo harían,- dijo, buscando en los ojos de ambos la verdad.
Emmett se encogió de hombros.
-No me das otra elección. Has proferido amenazas contra la vida de mi lord. He jurado protegerlo.
La exasperación de ella era muy divertida.
-No lo mataré. Lo juro.
-¿Ni lo lastimarás?- preguntó.
Sospechando ahora que ellos la estaban provocando, suspiró pesadamente.
-Ni lo lastimaré.
-Muy bien.- Emmett tomó dos copas de una sirvienta que pasaba, y agregó. -Entonces tendré que buscar algún lugar para dormir esta noche.
Y siguió a la ruborizada muchacha hacia la chimenea.
Con renuencia, Edward dejó que Isabella saliera de sus brazos. Pero antes que ella pudiese escapar, la atrapó por el brazo.
-Ni se te ocurra escapar, esposa.
Había oído hablar de las novias que elegían suicidarse antes que enfrentar los terrores de la cama matrimonial.
-¿Escapar?- Se enderezó orgullosamente. -Este es mi castillo, señor. Y no soy una cobarde.
Sus palabras le dieron un curioso alivio.
-Además,- agregó desafiante,- Alguien te tiene que enseñar como administrar el castillo.
Se dio la vuelta y le dio su espalda antes que pudiera digerir el insulto.
Pero, Edward, sacudió su cabeza y suspiró, observando sus caderas moverse provocativamente mientras subía la escalera, seguida por la criada de Alice.
¡Demonios!, su nueva esposa sería un verdadero desafío. Y sin embargo, tenía que admitir que preferiría estar casado con esta muchacha llena de fuego que con la tímida doncella.
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Isabella sentía la mirada caliente de Edward siguiendola, y por una vez, semejante atención la perturbó. Su cara se ruborizó, y se habría tropezado en los últimos escalone, si Sue Li no la hubiese atajado.
-Aquel que quiere caer, es quien se cae peor- La doncella, mas fuerte de lo que parecía la ayudó a recobrar el equilibrio.
Isabella frunció el ceño ante su comentario críptico.
La mayor parte del tiempo no entendía a Sue Li aún cuando no estuviese hablando en chino. Aún así, la mujer había sido de gran ayuda ese día, y tenía con ella una deuda de gratitud.
-Aquí- metió los dedos en la pequeña bolsa colgando de su cinturón, extrajo la llave de la torre junto con una moneda de plata, y las puso en la mano de la doncella. -Alice está en la torre sur. Libérala y hazle entender todo esto.
Los labios de Sue Li se tensaron. Se quedó con la llave, pero devolvió la moneda.
-Mi lealtad no está a la venta.- con orgullo, irguió su mentón, y se dio vuelta para alejarse.
Isabella entró en su habitación rápidamente. Una vez segura dentro, golpeó la puerta y apoyó la espalda contra la sólida barrera entre ella y su nuevo esposo.
¡Dios!, se sintió tan desesperada como un ratón solitario en una habitación llena de gatos hambrientos.
Estaba acostumbra a dominar las situaciones. Por años había intimidado a los hombres con su imponente estatura y con su status de noble como la hija del lord. Los hombres del clan seguían sus ordenes sin cuestionarlas. Y rápidamente habían aprendido a tratarla con el debido respeto. Este Normando no le mostraba deferencia alguna. No como una heredera de la nobleza. No como la administradora de Swan. Ni siquiera como una mujer. Cómo haría para retener el control de su castillo, de sus tierras, o de su gente, ¿Y si no podía controlar a ese hombre?
Isabella colgó la capa y cruzó el cuarto para apoyarse en el marco de la ventana.
La lluvia torrencial había vuelto, y tembló, pero no a causa del frío.
Miró el paisaje de Swan, frustrada.
Era la cautiva de Edward. Desde el momento en que el sacerdote los declaró marido y esposa, sutilmente la había esclavizado de una manera o de otra, enredando sus dedos en su cabello para besarla, aprisionando su mano mientras salían de la capilla, rodeando su cuerpo con feroz apropiación mientras la cargaba hasta la fortaleza.
Y esa noche, la reclamaría en el más íntimo acto de posesión.
Tragó con dificultad. No era que estuviera verdaderamente asustada. Había atrapado suficientes sirvientes "haciéndolo" como para saber que esa exhibición de movimientos y jadeos duraba solo algunos minutos. Y sin embargo sentía por el modo en que su corazón latía cuando Edward la besó, por el modo en que su sangre se subía a sus mejillas, por el modo en que su mente se metía en un mar de confusión, que el apareamiento con el normando sería de alguna manera peligroso.
¿Pero, cómo podía evitarlo? Había jurado no dañarlo, aunque esa nunca había sido su intención. Suponía que podía alegar estar enferma o fatigada, pero no lo engañaría tan fácilmente. Además, eso sólo postergaría lo inevitable. Pero... ¿Y si ella lo drogara todas las noches?
Parpadeo y de pronto una luz en las colinas más alejadas la distrajo. Agudizó la mirada. ¿Qué era eso? Otro parpadeo. Levantó su cabeza y estudió el origen del reflejo, una brecha entre dos pinos en lo alto de la Colina.
Otra vez, un brillo breve.
Súbitamente los flashes aumentaron, y el corazón de Isabella golpeó contra sus costillas.
Caballeros. Cuatro, cinco, seis, tal vez más. Sus yelmos brillaban. Mientras los observaba con la respiración contenida, una insignia flotó al pasar, estaba demasiado lejos como para identificarla.
-Mierda,- maldijo entre dientes.
Siete, ocho, nueve...
Apretó los puños contra la ventana. Ahora podía verlos, descendiendo la colina.
¡Por Dios! Debían ser los ingleses. Y venían hacia Swan.
Me da que estos dos no van a tener una noche de bodas muy .
Les ha gustado... me encanta este Edward (un pelín machista), pero estamos hablando de la época de las cruzadas... estoy seguro que entre los de su "especie" en aquella época... era de lo más normal. Jejejeje.
Bueno quienes serán el ejercito que se aproxima alguna idea¿? Aro, quizás¿?...
Un bestote bien grande y nos leemos.
