Vidas paralelas...


Una patada en su cama lo despertó de golpe. Abrió los ojos rápido, apenas estaba amaneciendo, se encontró con la severa mirada de uno de los oficiales a cargo.

-Von Fersen, hubo cambio de turno- la voz del militar fue hosca -¡Te esperan en cinco minutos en el patio principal o serás amonestado!- sin esperar respuesta, el hombre dio media vuelta y salió del dormitorio de los cadetes.

-¿Nuevamente cambiaron tu turno?- la voz de Oliver sonó pastosa por el sueño.

-Sí- contestó Charles –Sverker tiene una fijación conmigo- comenzó a asearse rápidamente, sus dientes castañetearon al sentir el agua fría en la piel.

-Es increíble que aún no te acostumbres a este clima- rió su amigo al verlo tiritar mientras se colocaba las calzas y botas.

Charles no contestó, sólo sonrió de forma torcida mientras terminaba de vestirse y salía de prisa de la habitación con el cabello tan mojado que le goteaba sobre las borlas de su chaqueta. Su turno terminó pasado el mediodía. Esperó con paciencia a que lo fueran a relevar mientras escuchaba como su estomago rugía de hambre, pues con la prisa, ni siquiera había desayunado. Una vez más fue el último en ser despachado de sus obligaciones, caminó con paso cansado al dormitorio a recoger sus libros, en menos de media hora comenzaban las clases de Táctica Teórica y Práctica. Se sentó un momento en el catre para descansar. A los minutos, el dormitorio se llenó de cadetes que iban a buscar los materiales para las distintas clases que comenzaban durante la tarde. Se masajeó con los dedos la cabeza, haber salido con el pelo mojado de madrugada no había sido una buena idea, una persistente jaqueca lo estaba molestando desde hace horas. Un golpe seco en su cama lo sacó de sus cavilaciones, volteó a mirar que era lo que había aterrizado sobre la frazada.

-Gracias- miró sonriendo a Oliver mientras tomaba la manzana y el sándwich frío que estaban sobre la colcha –Y gracias por lo de la cama- con la prisa no había alcanzado a hacer sus labores y ya se había resignado a ser amonestado con guardias extra.

-Sólo lo hice porque las clases son muy tediosas si no estás ahí para burlarnos de quien esté de turno- sonrió el rubio y alto camarada –No creas que seré tu mucama- extendió un cuadernillo –Aquí estás los apuntes de trigonometría, no entendí nada, así que en pago por la comida tendrás que ayudarme con esto.

-No hay problema- contestó con la boca llena, estaba hambriento. Se había perdido también el almuerzo al ser relevado en ultimo lugar –Me pregunto cuando me dejará en paz Sverker- bufó molesto.

-Ya sabes que es de los militares de la vieja escuela, un hombre completamente rancio- Oliver rió divertido –Que tu padre haya hecho una formidable donación a la academia para garantizar tu ingreso sin la prueba de nobleza y abolengo aún lo molesta- tomó los libros del mueble que estaba al lado de su catre –No está de acuerdo con que los hijos adoptados tengan los mismos derechos y beneficios que los nobles de "pura sangre", es de los que defiende el abolengo- sonrió a su amigo –Pero eso no debe afectarte.

-Por supuesto que no me afecta- Charles se levantó y tomó los libros de su estante –Sé perfectamente quien soy y conozco mi valía, le moleste a quien le moleste terminaré con honores y destacaré como uno de los mejores, se olvidarán de que entré aquí gracias al dinero- mordió la manzana que tenía entre sus manos e hizo un gesto con la cabeza a su amigo para que salieran de la habitación.

Los altos jóvenes se unieron al grupo de cadetes que caminaban por los pasillos de la antigua y prestigiosa academia. Cuando Charles decidió estudiar en ese lugar, Fersen recurrió a todas sus influencias para conseguir que lo admitieran, pues el paso por ese establecimiento aseguraba no sólo una exitosa carrera militar, sino que también altas posibilidades de ejercer una carrera política importante gracias a los contactos que se formaban en ese sitio, lo mas granado de la nobleza y la realeza misma se educaba entre esas altas y frías murallas.

-¡Von Fersen!- la voz de el comandante Sverker retumbó en los pasillos. Oliver y Charles detuvieron su caminar y se cuadraron de forma marcial. -Von Dalin, no me estoy dirigiendo a usted- bramó molesto ante el gesto de camaradería del joven.

-¡Usted es la autoridad mayor, comandante, todos los cadetes le debemos respeto sin importar que nos hable o no!- contestó Oliver tratando de contener una carcajada al mirar por el rabillo del ojo a Charles.

El hombre bufó molesto ante esa respuesta que no daba lugar a replica, después de unos segundos se paró frente a Charles –Al terminar la clase lo espero en el patio, me debe doscientas flexiones por el retraso de cinco minutos que tuvo en la mañana al llegar a su turno de guardia.

-¡Como ordene, comandante!- contestó el aludido con voz seria.

-No se retrase nuevamente o serán doscientas flexiones más- el oficial lo miró con desprecio antes de darle la espalda.

-¡Entendido, comandante!- contestó Charles fijando su mirada en un punto fijo de la columna de mármol que estaba frente a él.

-No te va a soltar hasta que egresemos- murmuró Oliver.

-Lo sé… pero no es algo que me preocupe, créeme que he pasado por cosas peores- contestó de forma sombría antes de relajar su postura y continuar caminando a su próxima clase.


El rubio adolescente miró asustado a su alrededor y tratando de acostumbrarse al lugar en el que viviría los próximos años. Después de la larga, y llorada, despedida de su madre, por fin había quedado solo en la habitación del internado. Levantó la vista cuando el monitor a cargo de los alumnos de su nivel ingresó a la habitación.

-¿François Chatelet?- el individuo leyó una hoja que mantenía entre sus manos.

-Sí, señor- se irguió ante el pequeño y rollizo hombre que se acercó a él tratando de hablar con solemnidad.

-Veo que ya le fue asignada una cama y estante- miró el bolso de viaje que estaba sobre uno de los catres.

-Sí, señor.

-Puede llamarme monsieur Ferrec, seré también su profesor de Filosofía- miró con seriedad al alto adolescente que estaba de pie frente a él.

-Como usted diga, monsieur Ferrec- estuvo tentado a sonreír como siempre lo hacía pero se abstuvo, no quería parecer irrespetuoso.

-En media hora se dará una charla explicativa en la biblioteca principal, asegúrese de estar a tiempo en el lugar.

-Ahí estaré, monsieur Ferrec- no fue capaz de moverse hasta que vio que el hombre salía de la habitación. En cuanto se encontró solo nuevamente, desarmó rápidamente su bolso y comenzó a ordenar la ropa en el armario que le habían asignado.

-Bienvenido.

François se irguió ante la juvenil voz y sonrió al muchacho que estaba de pie frente a él. El joven, que lo miraba curioso, era un poco mas bajo que él y de fuerte contextura, se fijó en su rostro para memorizarlo, sus ojos eran casi negros al igual que su corto cabello. -Gracias- contestó amistosamente mientras extendía la mano para presentarse –Soy François Chatelet.

-Quentin Tinville- sonrió el simpático muchacho –Veo que no eres becado- miró el montón de libros nuevos que estaban apilados sobre la cama.

-¿Por qué lo dices?- lo miró sin entender.

-¡No te asustes!- bromeó el muchacho –Es sólo que está todo nuevo- encogió los hombros en forma despreocupada.

-Sí…- sonrió nervioso –No soy becado.

-¿Tus padres son de situación acomodada?... ¿Quizás de la antigua nobleza?- los oscuros ojos del joven se entrecerraron en un gesto de análisis.

-Oh… no, no- François rió divertido –Mi madre es socia en una imprenta en Arras y mi padrino se dedica a la venta y cría de caballos en la misma ciudad.

-Arras… cuna del maestro Robespierre…- la mirada de Quentin seguía siendo curiosa –Padrino… ¿Y qué pasó con monsieur Chatelet?

-Murió cuando yo era pequeño.

-¿Cuantos años tenías?

-Cinco años- contestó de forma automática.

-Si estás entrando al Liceo para realizar los últimos estudios antes de la universidad, quiere decir que tu padre murió en el Gobierno del Terror- sus ojos brillaron al mencionar esas palabras.

-Eh… supongo que sí- François se llevó la mano al cuello de su camisa y lo movió incómodo, pues no le gustaba el curso que estaba tomando esa conversación.

-¡Tranquilo!- Quentin sonrió mientras le daba un palmetazo en el brazo –Sólo estaba probando que tan bueno soy en las entrevistas- rió de buena gana –No te diste cuenta y ya me contaste que tu madre es viuda, que no se ha vuelto a casar y que tiene su propio dinero, por lo tanto además es educada e inteligente. Además, me dijiste que tu padrino tiene un importante negocio y que también es casado… ya que de lo contrario se habría casado con tu madre y no sería tu padrino sino que tu padrastro, además me dijiste que tu padre seguramente fue ajusticiado en la guillotina.

Los ojos de François se abrieron asustados, la madre de Isabelle tenía razón, todo era nuevo y abrumador en la ciudad. Trató de disimular el escalofrío que recorrió su espalda al pensar en que su padre había muerto en la guillotina. -Supongo que estudiarás Periodismo- contestó mientras sonreía para disimular la turbación que sintió al sentirse tan expuesto.

-Así es- Quentin guiñó un ojo de forma divertida -¿Y tú?

-Seré abogado- contestó con seguridad.

-¿Tu padre lo era?

-No, él era periodista- tomó los libros que estaban sobre la cama y los metió al estante donde estaban sus cosas –¿Sabes dónde está la biblioteca principal?

-Sí.

-Vamos, tenemos que asistir a la charla explicativa- apuró al recién conocido.

-Tienes razón… ya lo había olvidado.

Ambos adolescentes comenzaron a caminar uniéndose a los demás estudiantes que circulaban por el Lycée Impérial.

-François…

-Dime.

-¿Por qué no me has preguntado nada?- el joven de pelo oscuro dejó de caminar.

-Ya sé tu nombre- sonrió –Sé qué quieres estudiar y sé que seremos compañeros… el resto me lo contarás cuando quieras hacerlo- guiñó un ojo.

-Bueno… ahora sé que además eres inteligente- bromeó Quentin mientras entraban al enorme salón que era la biblioteca.

François miró maravillado los altos y elegantes muros repletos de libros, Isabelle tenía razón, un nuevo mundo se estaba abriendo ante sus ojos. Lamentó que ella no estuviera ahí para compartirlo con él.


Oscar estaba sentada en la terraza de la casona acompañando a Dianne. La hermana de Alain había llegado desde Normandía ese mismo día temprano en la mañana. Fijó la vista en pequeño niño de tres años que jugaba sentado cerca de los pies de la castaña, bebió un sorbo de té y habló -Es increíble como Clemente…

-¿Se parece a Víctor?- una sonriente Dianne la interrumpió mientras acariciaba su vientre, que nuevamente comenzaba a redondearse.

-Sí… eso iba a comentar- la rubia sonrió al levantar la vista y ver como su hijo corría entusiasmado junto a Pierre y Claude, el primero y segundo hijo de Víctor y Dianne, los niños tenían once y nueve años de edad respectivamente.

-Ya era hora que alguno de los niños se pareciera tan fielmente al hombre que los engendró- sonrió resplandeciente al mencionar a su marido –En el momento en que lo vi, no pude pensar en otro nombre para él, ya ves que Pierre es la viva imagen de mi hermano y Claude, si bien heredó el color de cabello de su padre, también heredó el color mis ojos- hizo una seña con la mano a Antoine, su cuarto hijo que permanecía en brazos de su padre, el niño tenía cinco años y pese a tener los tonos de cabello y ojos de su progenitor, era tremendamente parecido a Alain al igual que Pierre.

Girodelle y André estaban conversando animadamente cerca del corral principal, obviamente hablaban del negocio que ambos desarrollaban en paralelo.

-¡Alain! no dejes que Angelique coma tantos dulces- la esposa de Víctor reprendió dulcemente a su hermano, el hombre se acercaba con su adorada sobrina de siete años entre sus brazos. Era la tercera hija del matrimonio Girodelle Soissons, una preciosa criatura prácticamente igual a Dianne a excepción de sus ojos, pues la niña tenía la felina mirada de su padre.

-Veo tan poco a mi princesa que jamás podría negarle algo- contestó el aludido besando la frente de su sobrina, la niña sonrió y continuó comiendo el pastelillo que mantenía en sus manos. La dejó en el suelo mientras la ayudaba con torpeza a acomodar el lazo que se había soltado del elegante vestido que usaba –Además, por poco no pueden venir una vez más- miró el vientre de su hermana haciendo un divertido gesto de fastidio con los ojos –¡Los he estado esperando desde hace mas de dos meses!

-Gracias tío, pero puedo sola- la niña ató el lazo y lo abrazó con ternura –Mamá me enseñó como hacerlo- le entregó el panecillo e hizo una delicada reverencia antes de alejarse bailoteando en dirección a donde estaban sus dos hermanos mayores y Augustin.

-Hermano…- Dianne suspiró divertida –Ya te expliqué que los primeros meses son complicados, no podíamos viajar... me sentía realmente indispuesta.

-Sí… sí… ya me lo explicaste- Alain miró con ternura a su adorada hermana y se inclinó para besarla en la cabeza. En cuanto se separó de ella miró de soslayo a Oscar y se alejó en silencio hacia donde estaban André y Víctor.

-¿Estás segura de que no te molesta que nos quedemos aquí?- Dianne miró a la dueña de casa mientras batía sus largas pestañas. Pese a los años que habían transcurrido, y todos los embarazos que había experimentado, la hermana menor de Alain conservaba de manera intacta su angelical belleza –Si molestamos de alguna forma podemos buscar algún arreglo en la posada de la aldea, sé que somos una familia numerosa y lamentablemente la casa de mi hermano es muy pequeña…- suspiró con melancolía –Me gustaría tanto que se casara para que dejara de vivir solo y en un lugar tan lúgubre.

-No hay problema en que se queden aquí, te lo aseguro- Oscar sonrió ignorando el comentario acerca de Alain –La casa es bastante grande para albergarlos a todos, además, Augustin está extasiado de poder estar con Pierre y Claude, ha tenido un par de problemas en la escuela así que esto le servirá de distracción.

-Sin duda a medida que los hijos crecen, los problemas y travesuras también lo hacen- contestó sonriendo –Augustin es un niño maravilloso, debes estar tranquila… los niños son así, como se enemistan se reconcilian- se levantó de la silla y alzó del suelo a Clemente –Vuelvo enseguida, lo llevaré con Fantine para que cambie y le de comer a mi precioso pequeño- habló apoyando su respingada nariz en la perfecta nariz de su hijo, el gesto provocó de inmediato risas en el infante. Caminó hacia el interior de la casa en busca de una de las dos Nanas que la ayudaban con el cuidado de los niños.

Oscar suspiró y miró preocupada a Isabelle, la joven llegaba de dar un paseo. La vio desmontar y llevar su caballo al establo. Todo lo hacía de forma taciturna. François se había marchado hace casi tres meses y durante ese tiempo su hija apenas hablaba, pasaba horas leyendo en el salón o paseando sola a caballo. Desvió la vista buscando a su marido, él también estaba observando a su hija. Sonrió aliviada al ver como André decía un par de palabras a Víctor y Alain, antes de alejarse con dirección a la caballeriza para ayudar a su hija con la montura de su corcel.

-¿Cómo ha estado Isabelle?

La voz de Dianne la sacó de sus pensamientos, la esposa de Víctor había vuelto a sentarse a su lado. -Está bien- la miró impasible –Es decir, es normal que esté triste por la ausencia de François...- trató de cortar el tema, pues no le gustaba hablar de su hija con nadie más que no fuera André, Fersen o Rosalie, y si hablaba algo con esta última era únicamente por la cercanía que tenían sus hijos.

-Si no me equivoco… próximamente cumplirá diecisiete años.

-Sí, en poco más de dos meses estará de cumpleaños- contestó Oscar mientras observaba que André regresaba junto a Isabelle.

-Es una joven preciosa- susurró Dianne –¿Ya tiene pretendientes?

-¿Qué?- la miró sorprendida –No… no tiene pretendientes- controló el volumen de su voz –Es casi una niña aún.

-Oscar… Belle desde hace mucho ya no es una niña- Dianne sonrió con ternura –A su edad, muchas jóvenes ya están comprometidas en matrimonio, o incluso casadas y con hijos.

-Debiéramos entrar- la rubia se paró de la silla –Es otoño y está comenzando a hacer frío… Iré por Augustin, Pierre y Claude.

-No quise molestarte...

-No te preocupes- trató de sonreír –No estoy molesta… Debieras entrar tu también, no puedes coger un resfrío en tu estado.

-Tienes razón- la castaña sonrió al ver que su hija se acercaba tomada de la mano de Alain –Me encantaría que fuera una niña- habló ilusionada acerca de la llegada de su sexto hijo -Disfruto tanto la compañía de Angelique entre tantos hombres- rió contenta y acariciando su vientre –He pensado que quizás ésta será mi ultima oportunidad de tener otra niña.

-Dianne... existen formas de precaución para no tener mas hijos- las mejillas de Oscar se sonrojaron violentamente al hablar de algo tan privado con alguien mas que no fuera Gabrielle.

-¡Oh!- la delicada mujer sonrió divertida –Eso lo sé- rió nuevamente –Pero a Víctor y a mi nos encanta tener una familia numerosa- controló una nueva risa que luchaba por escapar de su boca al ver la mirada escandalizada que le lanzaba Oscar, siempre había intuido que ella sólo tenía hijos porque no había podido evitarlo aunque al mismo tiempo sabía que adoraba a Isabelle y Augustin, y pese a que no la conocía de forma mas cercana, era obvio que su especial crianza no había facilitado su instinto materno –Pero no te preocupes, ya está decidido... nos quedaremos con seis- retomó el tema de conversación -Ya no soy tan joven como antes.

Oscar asintió en silencio, pues la arrolladora femineidad de Dianne siempre la desconcertaba.

-Tienes que contarme como convenciste al…

-Alain controla tus palabras...- Dianne lo detuvo antes de dijera sátiro delante de su hija.

-Al porfiado de tu marido…- abrió los ojos divertido –De cortarse el cabello, por fin luce como un hombre.

-Víctor no necesita que lo convenza de nada- Dianne sonrió a su hermano –Simplemente era mas cómodo para él, a mis ojos sigue siendo extremadamente apuesto… y te prohíbo que lo molestes.

Alain encogió los hombros –¿Vamos por un dulce Angelique?- miró a su sobrina que seguía tomada de su enorme mano.

-¡Por favor no mas dulces!- Dianne suspiró molesta al ver que tanto su hermano, como su hija, se alejaban sin tomarla en cuenta –Iré por Antoine mientras tú vas por Augustin y mis dos traviesos hijos mayores- miró a Oscar. La rubia asintió y fue en busca de los niños.

André observó como su esposa estaba de pie frente a uno de los manzanos de la huerta, pudo notar que estaba molesta ya que mantenía las manos apoyadas en sus caderas y miraba insistentemente hacia el follaje del árbol. -Iré a ayudar a tu madre- dijo a Isabelle, que permanecía callada junto a él y Víctor, Dianne ya se había alejado con su cuarto hijo tomado de la mano, la joven de cabello negro asintió en silencio. André desvió la mirada hacia su ex socio –Si no llego a tiempo, Oscar terminará escalando para bajarlos a todos-. En más de una oportunidad la había visto trepar a los arboles para bajar a Augustin cuando él se rehusaba a obedecer.

-Si gustas voy yo- contestó Víctor –Ya estoy acostumbrado.

-No… no te preocupes- André se alejó, corrió al ver que Oscar comenzaba a apoyar un pie en el tronco.

-¿Tío?- Isabelle habló en cuanto su padre se alejó de ella.

-¿Si?- contestó Girodelle mirándola con sus intrigantes ojos felinos.

La adolescente se sonrojó sin poder evitarlo, pues desde pequeña lo había admirado debido a su apostura y elegancia. Sacudió la cabeza nerviosa tratando de concentrarse. -¿Puedo hacerte una pregunta?

-Por supuesto, dime- sonrió resplandeciente.

-¿Cómo conociste a mis padres?- lo miró expectante.

-Ya lo sabes…- la miró nervioso –Con tu padre fuimos socios.

-Si lo sé… pero conociste a tía Dianne antes de ser socio con mi padre… y a ella la conociste en la imprenta cuando mi padre ya era socio con tío Alain-. Víctor abrió sus felinos ojos preocupado, intuyendo de inmediato que curso tomaría la conversación. -Mi padre no sería socio de alguien que recién estaba conociendo- continuó la joven –Así que ustedes se conocían de antes… ¿En que trabajabas antes de la Revolución?

-Creo que estás sacando conclusiones apresuradas- sonrió tratando de distraerla.

-Ya hablé con tía Dianne... ella me contó que tú y mi padre ya se conocían antes de que ella llegara a París.

-Entiendo…- Girodelle apoyó la mano en su mentón, en el típico gesto que realizaba cada vez que pensaba –Yo… era militar.

-¿Y cómo conociste a mis padres?- insistió Isabelle mirándolo a los ojos.

-Fue hace mucho tiempo…- sonrió –No lo recuerdo muy bien… además, en París todo el mundo se conoce…

-¿Cuándo conociste a mi pappa?

-¿Te refieres a Fersen?- habló tratando de ganar tiempo para pensar, reconoció en la joven el mismo tesón de su madre.

-Sí, a él me refiero- contestó Isabelle de forma seria.

-Lo conocí en mi época de militar- contestó incómodo.

Las risas y gritos de los niños los distrajeron, ambos voltearon a mirar: André terminaba de depositar a un niño en el suelo cuando otro comenzaba a escalar el enorme árbol nuevamente. Oscar estaba en el piso y tomando firmemente del brazo a Augustin para evitar que él hiciera lo mismo.

Víctor sonrió al ver la típica jugarreta que Pierre y Claude ejecutaban cuando querían continuar jugando. -Iré a ayudar a tu padre- se alejó rápidamente de la joven, agradeciendo la oportunidad de evadir las preguntas que había prometido no contestar.


Isabelle esperó con paciencia hasta que llegara el doctor Leblanc, llevaba días observado atentamente la rutina del lugar. Había solicitado autorización a sus padres para pasar las mañanas en la imprenta acompañando a Rosalie mientras Augustin estaba en la escuela, sabía que no objetarían su solicitud al argumentar que deseaba acompañar a la madre de François para que no estuviera tan sola. En cuanto llegó el alto y delgado médico de la aldea habló. -Tía, iré a la biblioteca a devolver un libro- miró sonriendo a la madre de su amigo.

-Podrías esperar a Alain para que te acompañe- contestó Rosalie.

-No es necesario, puedo ir sola… está a sólo un par de calles de aquí… te prometo que no tardaré- insistió –Además, no sabemos a que hora llegará tío Alain y tú debes atender al doctor… es un hombre muy ocupado, no lo hagas esperar por mi- miró inocentemente al médico que trataba de hacerse el desentendido.

-¿Cuánto tardarás?- preguntó preocupada –Si tu madre se entera, no te dejará acompañarme nuevamente, sabes que no le gusta que andes sola.

-Será nuestro secreto… prometo que en media hora estaré aquí- guiñó traviesamente un ojo.

Rosalie miró a la joven que adoraba como si fuera su hija -Está bien, en media hora te espero... o saldré a buscarte.

-Lo prometo- Isabelle se levantó rápidamente y tomando su capa salió del local con un libro en la mano. Caminó rápido por las calles hasta llegar a la biblioteca de la aldea, entró y se dirigió al mesón de la recepción. Esperó que el dependiente a cargo se dignara a mirarla, no le extrañó en lo absoluto su falta de atención, una mujer en una biblioteca era poco mas que un perro en una panadería. -Buenos días- saludó amablemente al hombre delgado, y mal genio, que la miró con reproche. Por saludo recibió un hosco gruñido, decidió obviar su mala educación y habló nuevamente –Señor, me gustaría revisar toda la información que tenga de los periódicos de hace diecisiete años atrás, busco específicamente lo ocurrido en junio y julio de 1789.

El hombre se levantó de mala gana y desapareció unos minutos del mostrador, cuando regresó dejó caer sobre el mesón dos periódicos gastados y polvorientos.

-Si usted me permite los revisaré en la mesa de la esquina- la joven señaló la mesa mas alejada de las ventanas, el hombre no miró hacía donde le indicaba y bufó como gesto de aprobación. Isabelle Estuvo tentada a reprocharle su falta de amabilidad y educación, pero, si quería seguir entrando a ese lugar no podía enemistarse con el encargado. Tomó los sucios papeles y caminó hacía un rincón de la sala. Se quitó la capa y sombrero para sentarse, acomodó su largo cabello atrás de sus hombros y sonrió al mirar su vestido, de haberse presentado con pantalones y chaqueta la habrían sacado a patadas del lugar. Comenzó a hojear con detención los periódicos. Abrió el libro que llevaba en la mano y sacó una hoja en blanco para tomar notas, en ese momento recordó que no llevaba pluma ni tintero. Se puso de pie nuevamente y fue a la recepción a pedir prestado lo que necesitaba.

-Señor, perdone la interrupción- esperó que el hombre la mirara para hablar nuevamente –¿Tendría usted una pluma y tintero extra que me facilite por unos minutos?- el hombre la miró molesto y abriendo un cajón sacó una vieja pluma, la dejó sobre el mesón –Gracias... ¿Tinta?- insistió Isabelle.

-No, no tengo tinta- gruñó el bibliotecario.

Un joven alto y de cabello negro se acercó a ella. –Mademoiselle, perdone mi impertinencia- se disculpó –No pude evitar escuchar lo que necesita, permítame presentarme- se inclinó con elegancia –Mi nombre es Jerome Chateau.

Isabelle hizo una leve reverencia a modo de saludo –Françoise Lamoliere- dijo el primer nombre que se le vino a la cabeza. No podía decir su verdadero nombre ya que eso la pondría en riesgo de ser descubierta y acabaría con la pequeña libertad que se estaba tomando.

El joven extendió un tintero. –Si usted gusta puede usarlo, yo no lo estoy utilizando.

-Le agradezco mucho señor Chateau- recibió el tintero –Lo ocuparé sólo durante unos minutos- hizo un gesto con la cabeza y caminó rápidamente hacía la mesa donde estaban sus cosas, ya le quedaba poco tiempo para regresar a la imprenta.

Anotó todo lo que le pareció interesante, y que pudiera relacionarse con lo que buscaba, los periódicos que le habían entregado hablaban básicamente de la toma de la Bastilla y del triunfo de la Revolución. Nuevamente se hacía mención al valiente comandante del Regimiento B de la Guardia Francesa y el nombre de su madre aparecía otra vez ante sus ojos. Movió la cabeza molesta, era prácticamente la misma información que le había mostrado François. Miró el reloj del recinto, ya era hora de marcharse. Se abrigó y caminó hasta la mesa del amable joven que le había prestado el tintero. –Muchas gracias señor Chateau- dejó el frasco sobre la mesa.

-Ha sido un placer- el joven la miró maravillado, lo primero que le había llamado la atención había sido ver una mujer sola dentro de una biblioteca, pero al acercarse y escucharla, le había maravillado su forma de hablar tan fina y elegante. Vio como Isabelle hacía una reverencia a modo de despedida y se alejaba rumbo al recibidor.

-Señor, discúlpeme usted nuevamente- la joven depositó los periódicos sobre el mesón -¿Existe alguna posibilidad de que pueda pedir algunos libros o periódicos a la biblioteca de París?

-No- contestó secamente el hombre.

-Entiendo… ¿Por casualidad tiene usted aquí alguna información relacionada con la fuga de Varennes?- insistió.

-No- contestó sin siquiera mirarla.

-Agradezco su amabilidad y tiempo- contestó molesta. Dio media vuelta y salió de la biblioteca sin darse cuenta que el alto joven de cabello negro la miraba insistentemente y sin perder ninguno de sus pasos.

Después de tres días, Isabelle decidió ir nuevamente a la biblioteca. La presencia de la familia Girodelle Soissons había resultado perfecta. Sus padres estaban distraídos y abrumados con tantos niños en la casa y ella, argumentando el mismo sentir, había conseguido que su madre le permitiera pasar mas tiempo con Rosalie. Por su parte Alain, se había tomado unas pequeñas vacaciones del trabajo en la imprenta para disfrutar del tiempo que estuvieran su hermana y sobrinos en Arras. Utilizando nuevamente la excusa de devolver un libro, caminó hacia el centro de la aldea. De pie frente al recinto respiró profundo tratando de infundirse animo antes de entrar, debía enfrentar de la mejor forma posible al detestable hombre que atendía el lugar.

-Buenas tardes- saludó de la forma mas amable que pudo.

-No hay nada de lo que usted busca- le contestó toscamente el encargado.

-Pero... aún no le digo que es lo que necesito...

-Mi trabajo es recordar lo que la gente busca- la miró con desprecio –Y lo que usted busca, ya lo pidió alguien más- hizo un arisco gesto con la cabeza en dirección hacia una mesa cerca de la ventana.

Isabelle miró hacía donde indicaba el hombre y vio al joven que la había ayudado días atrás, pensó por unos minutos si acercarse o no, decidió hacerlo, después de todo él, al ser hombre, quizás había conseguido mas información que ella. -Señor Chateau- lo saludó con un delicado movimiento de cabeza.

-Señorita Lamoliere- el joven se puso de pie rápidamente mientras extendía una mano para saludarla, Isabelle extendió su delicada mano y aceptó su saludo –Temí que ya no regresara debido al ofensivo trato del bibliotecario.

-Agradezco su preocupación pero se necesitan mas que malas maneras para que decida desistir de algo que me interesa- contestó sonriendo.

-Jerome.

-¿Perdón?

-Dígame Jerome, por favor- sonrió seductoramente mientras la miraba a los ojos, al ver que un leve rubor cubría las pálidas mejillas de la joven, movió la silla que estaba al lado de la que él estaba utilizando para indicarle que se sentara.

-No es correcto tutear a los mayores- contestó ella de forma coqueta y dejándose llevar por la galantería del joven.

-No creo que tengamos mucha diferencia de edad- el moreno sonrió nuevamente mientras guiñaba uno de sus intensos ojos negros –Acabo de terminar mi carrera, por lo que podrá deducir que tengo veintitrés años y usted debe estar cerca de los veinte años si no me equivoco.

Isabelle asintió con un suave movimiento de cabeza mientras se quitaba la capa y tomaba asiento. Se sobresaltó al percibir como él la ayudaba acomodando la silla en un gesto caballeroso para que se acercara a la mesa. Se quitó los guantes y los dejó sobre la superficie. -El bibliotecario me comentó que usted había solicitado la información que me interesa- miró los periódicos que estaba apilados cerca de unos libros.

-Así es- acercó los periódicos –¿Puedo llamarla Françoise?- ella asintió con la cabeza –Entonces dejemos las formalidades por favor y no me trate mas de usted.

-Está bien… el bibliotecario me dijo que habías solicitado la información que me interesaba- insistió.

-Así es- sonrió –Vi como te trató y supuse que no haría nada por buscar lo que necesitabas, por lo que decidí pedir el mismo material- levantó los hombros divertido –Y cómo podrás ver, ser hombre y periodista tiene sus beneficios- apuntó el alto de documentos que sobrepasaban considerablemente los dos que ella había podido obtener.

-Así veo- Isabelle acercó las manos a la pila de papeles -¿Puedo?- lo miró ansiosa.

-Por supuesto, son para ti- sonrió.

-No me gustaría importunar tu trabajo… buscaré otra mesa- trató de levantarse de la silla.

-No… no por favor- la detuvo –Sería agradable trabajar con alguien al lado, este trabajo es muy solitario.

-Está bien- la joven sonrió al ver la ansiosa mirada de él. Abrió la pequeña y fina bolsa que había dejado sobre la mesa y sacó una libreta, pluma y tintero –Está vez vine preparada- habló sonriendo al ver que Jerome la miraba atentamente.

-No esperaba menos- el joven sonrió.

Ambos comenzaron a leer lo que a cada uno le interesaba. Isabelle revisó con rapidez los documentos, efectivamente habían artículos relacionados con la fuga de Varennes, en donde se involucraba de forma directa al Conde Sueco Hans Axel Von Fersen, su mano tembló al anotar el nombre de su padre. Levantó la vista hacia el reloj que había en la recepción, tenia que irse. Cerró el tintero y ordenó las cosas que estaba ocupando. -Debo retirarme.. me están esperando- se levantó de la silla.

-¿Tan pronto?- la miró apesadumbrado.

-Sí… lo lamento- iba a tomar los periódicos pero el joven la detuvo.

-No te preocupes… yo los entregaré… Debemos mantener la tapadera frente al policía de la historia- bromeó mirando al bibliotecario.

-Te lo agradezco mucho- sonrió divertida.

-¿Cuándo regresarás?

-Mañana… mañana puedo regresar- sonrió.

-Mañana te esperaré con la información que no alcanzaste a revisar.

-Muchas gracias… quizás mañana podrías contarme en que estás trabajando.

-Es una cita- el joven sonrió.

Isabelle asintió y salió rápido del lugar, estaba atrasada por quince minutos. Prácticamente corrió hacía la imprenta. Respiró tranquila cuando vio que Rosalie seguía conversando con el doctor Leblanc sin darse cuenta de su retraso.

Al otro día, tal y como lo había acordado con el periodista, Isabelle se preparó para salir.

-Tía, voy a la biblioteca... regresaré en media hora- tomó su capa.

-No puedes ir- contestó la madre de François mientras revisaba el libro de pedidos.

-¿Por qué?

-¿No has visto cómo está afuera?... Está lloviendo y tu madre no permitiría que salieras con estas condiciones climáticas. Esperarás aquí hasta que te vengan a buscar- sin darle espacio para contestar, caminó hacia la trastienda para darle indicaciones a los trabajadores.

Isabelle miró por la ventana mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de frustración. Una vez mas se sentía atrapada.


Como siempre... GRACIAS POR TOMARSE EL TIEMPO DE LEER XD

PD: Sean lind*s y dejen un Review