6.- I belong to you

Bella's POV

Corrí con todas mis fuerzas. Alterné entre el suelo y las ramas, balanceándome de árbol en árbol en un intento de acrecentar la distancia entre nosotros. Era difícil. Él no sólo era más rápido, sino que era más grande y tenía mucha más experiencia de la que yo habría podido conseguir en mi corta vida.

Escuché mi nombre salir de sus labios, primero en voz de grito, y luego susurrado con urgencia, como si fuera un secreto. Caí con fuerza al sujetarme de una rama que no soportó mi peso.

- ¡Bella! – susurró de nuevo antes de aterrizar a mi lado con elegancia. Sus manos me acercaron a él, tomando mis brazos como rehenes, antes de que su rostro se aproximara. – No puedes huir…

- ¿De ti? – lo interrumpí. Me zafé de su abrazo sólo para retroceder lo mínimo. – Ya lo sé. Pero sigo intentándolo.

- No hablo de eso – me urgió, con la voz más grave y baja que había escuchado. – No puedes salir corriendo así.

- ¿Por qué?

Un crujido muy discreto nos distrajo. Ambos miramos hacia el lugar de dónde venía, aunque yo no logré ver nada en un primer momento. No hasta después de que la más ligera de las brisas de aire me trajera a la mente el terrible olor que marcaba el cuerpo de mi creador, que puso a mis sentidos en alerta. Lo recordaba bien, no tenía idea de lo que significaba. Edward sí sabía qué era eso. Lo descubrí unos segundos después.

La manada de hombres lobo nos tenía rodeados. No se veía una sola vía de escape. Una oleada de miedo me recorrió en cuanto el lobo pardo entró en mi campo de visión. A posteriori, recordaba vagamente haber brincado por encima del río. Había corrido intentando no ver a Edward, sin fijarme en qué tan lejos habíamos llegado.

Por primera vez, los lobos me parecieron las terribles bestias de las que las leyendas hablaban. Nos superaban en altura, y tanto sus garras como sus fauces se veían más que capaces de destrozarnos. Eran demasiados, y mientras volteaba frenéticamente, buscando algo, las filas se cerraron a nuestro alrededor.

- Edward – susurré, aferrándome a su brazo.

El gesto los molestó. Comenzaron a agitarse, gruñendo. Los ruidos me aterrorizaron.

- Tranquila, tranquila – su voz sonó sólo para mí. Me empujó a sus espaldas con delicadeza, aunque más lobos nos acechaban desde todas direcciones. – Lo arreglaré.

Me concentré en dejar de respirar para poder calmarme. Era increíble lo fácil que me dominaban las emociones. Quizás a eso se refería Edward con las distracciones. De un momento a otro, me encontré en paz. Alerta, pero fuera del estado de pánico.

- Lo lamentamos, no pusimos atención en la frontera. Saldremos de inmediato – Edward se acercó más a mí, antes de hablarle a un lobo negro, de un color tan oscuro que a duras penas era visible, incluso a mis ojos.

La respuesta fue un gruñido general que envió escalofríos por mi espalda. El sonido era tan poderoso que parecía movernos con sus vibraciones. Los lobos no parecían contentos. Se acercaron aún más, haciendo que Edward me tuviera pegada a sus espaldas, intentando protegerme, mientras yo pensaba desesperadamente en cómo hacer lo mismo por él.

- Tenemos un trato – su voz era calmada, pero había algo detrás de ella que me indicaba su propio miedo. – No hemos hecho nada que incumpla las reglas.

¿Los Cullen habían hecho un trato con ellos? Eso explicaría el por qué ellos vivían tan tranquilos a tan solo unos kilómetros de la reserva. ¿Cuáles serían sus condiciones? ¿Me habían atacado por eso, por no ser una Cullen?

- Ella tampoco ha hecho nada. No fue transformada por nosotros – no necesitaba escuchar la otra mitad de la conversación con respuestas tan completas, pero las cosas eran cada vez más confusas para mí. No había lastimado a nadie.

De pronto, uno de los lobos se adelantó y tomó mi blusa entre sus dientes. Con brusquedad, la usó para jalarme lejos de Edward, antes de aprovechar su enorme trompa para empujarme y ponerme de rodillas ante ellos.

- ¡No! – Edward reaccionó, pero antes de que pudiera hacer un gesto hacia mí, fue bloqueado por varios lobos.

Yo era bajita, pero el cambio de estatura me intimidó lo suficiente para volver a entrar en pánico. Tomé aire con fuerza, preguntándome si realmente iban a hacerme algo o había sido un gesto para ponerme en evidencia, puro teatro.

- Ella no ha hecho nada. No ha asesinado a nadie. – Su tono era civilizado. Buscaba una solución a la situación. – No pueden castigarla por la falta de alguien más.

Edward se negaba a apartar la mirada de su atacante, pero me buscaba, de alguna manera. Podía sentirlo.

Repentinamente, sus ojos fueron hasta mi posición. Como en cámara lenta, un lobo rojizo bajó su cabeza hasta mí. Sentía el aire que exhalaba en cada poro de mi rostro, quemándome con su hedor. Era Jacob. No mi Jacob, sino la cruel versión lobuna que me había perseguido durante kilómetros, comenzando en la puerta de mi propio padre. Sollocé en silencio, llorando la amistad que oficialmente había perdido. Él sabía quién era yo. Todos lo sabían. Había comido panqués recién horneados en una diminuta y acogedora casita a su lado, riendo de sus bromas, sintiéndome parte de algo, de nuevo.

- Jake… - dije por debajo de mi aliento. Era como si pudiera extender mi mano y acariciar el rugoso pelaje que lo cubría, para volver a sentirme cercana a él. No esperaba su respuesta. Cuando el sonido le llegó, y mi tono de súplica lo caló, una gruesa pata delantera se levantó y me lanzó directo al suelo, antes de ejercer presión contra el musgo blando. Mi rostro se hundió varios centímetros en él, y sentí cómo las patas se acomodaban sobre mis hombros, listas para sujetarme en cuanto sus fauces arrancaran mi cabeza.

La falta de aire sofocó mi sollozo, mientras sentía el aliento del animal en mi nuca. ¿Esto era todo? ¿Así iba a morir?

- ¡No tienen derecho a matarla! – gritó Edward a lo lejos. Escuché un golpe sordo, antes de que la presión sobre mi cuerpo desapareciera y sus manos me asieran con fuerza. - ¡Corre!

Me levantó del suelo. Tomó una de mis manos y usó la otra para abrirnos camino entre la manada. Varios quejidos leves llenaron el aire, pero nos dieron oportunidad de huir.

Atravesamos el bosque como un borrón con los lobos siguiéndonos de cerca. Cada vez que sentía que mis piernas ya no podrían incrementar su velocidad, un fuerte tirón me propulsaba hacia adelante y me ayudaba a seguirle el ritmo a sus largas piernas. Corrimos por muchísimo tiempo.

El miedo que había sentido cuando las mandíbulas de los lobos se cerraban casi sobre mi cabello hacía semanas se recreaba a ratos, excepto que la mano de mi príncipe azul me traía de vuelta. A pesar de la distancia bajo nuestros pies, los gruñidos no se detenían. El sonido de sus pesadas patas nos seguía sin importar cuántos giros diéramos o cuántos atajos buscáramos. Finalmente, llegamos al borde del continente. Sin que tuviéramos que decir una sola palabra, ambos tomamos impulso y saltamos desde el peñasco que marcaba nuestra meta.

Caímos hechos un manojo de extremidades, rodando sobre el suelo húmedo antes de detenernos.

Se puso de pie de inmediato y sus manos sujetaron mi rostro antes de escanearme.

- ¿Estás bien? ¿Te hirieron? – apartó un mechón de mi cabello para mirarme a los ojos. Una de sus manos se afianzó en mi barbilla mientras la otra vagaba hacia abajo, hasta mi cicatriz. – Por un momento creí que…

- Estoy bien – susurré, sin aliento. – Estoy bien.

Poco a poco, la calma nos invadió. Sus ojos recorrieron de nuevo mi cara, antes de tomar una decisión. Sin preámbulo, sus labios acariciaron los míos, con delicadeza, como atesorando cada pequeño contacto de nuestras bocas, a sabiendas de que éste pudo no haberse producido.

Pero habíamos sobrevivido.

Le devolví el beso con fuerza, succionando sus labios y su lengua contra los míos. Mis manos aferraron los cabellos de su nuca antes descender hasta su cuello y a su espalda. Restregué mi cuerpo contra el suyo sin vacilación alguna, buscando cualquier forma de contacto, al igual que él. Mi piel ansiaba cada pequeño rincón de la suya, y mi mente se deleitó con su esencia como si de una droga se tratara.

Sin el menor esfuerzo, dirigí mis manos al cuello de su abrigo y lo rasgué, repitiendo la acción con su camisa y su camiseta, que pronto colgaron, inútiles, a sus costados. Nuestros labios comenzaron un beso eterno, salvaje y potente, mientras él me desnudaba. Nos movimos con rapidez uno contra el otro antes de recargarnos contra un árbol, que cedió de inmediato ante nuestro peso.

Caímos al suelo mientras sus manos destrozaban mi camiseta y se dirigían al frente de mis jeans, que rompió justo por la mitad. Destrocé los botones de su camisa, y aproveché para que me quitara el sostén al tiempo que yo lamía su pecho con deleite. Bajé rápidamente hacia sus pantalones, venciendo el botón para tener oportunidad de acariciar su polla de arriba abajo. Su gemido de placer reverberó en su pecho cuando se inclinó para chupar mis pezones, delicada, pero a la vez bruscamente. Mi cabeza colgó a mi costado y me escurrí entre sus brazos para salir de mis pantalones.

Él me siguió, con un aire animal que no hizo más que aumentar mi excitación, antes de sujetarme con fuerza entre sus brazos. Uno de sus dedos exploró mi entrada, esparciendo mi humedad hasta mi clítoris, que masajeó con fuerza un momento después. Un grito asomó entre mis labios, pero fue acallado por los suyos justo cuando se introdujo en mí.

- ¡Sí! – exclamé entre nuestras bocas antes de meterme en la suya de nuevo, sintiendo cómo se movía con una rapidez demencial dentro y fuera de mí. Mis manos se movieron por voluntad propia hacia su espalda, haciendo rasguños imaginarios contra su piel de mármol, antes de apretar su trasero con fuerza. Nuestros gemidos inundaron el aire de inmediato, mi cuerpo desesperado por tener más y más de él.

Rompí nuestro beso y me giré entre sus brazos, con mi coño apretándose en el vacío, deseándolo de nuevo en mi interior. No perdimos ni un segundo. Se recolocó sobre mí y me penetró con fuerza, dando justo con el ángulo adecuado. Un grito salió de mi interior. Una de sus piernas se clavó en el suelo para que la otra se retorciera y me abriera aún más para él. Su mano movió mi cabello para ocultar mi cicatriz y besarme sin obstáculos sobre mi hombro. Mordí su labio, moviéndome contra él, logrando que sus bolas se frotaran contra mi clítoris. Cuando mis ojos dieron vuelta dentro de sus cuencas y mis piernas comenzaron a temblar, su mano libre pasó por debajo de mí y me sostuvo al tiempo que acariciaba mi pecho con urgencia.

Las sensaciones pronto fueron demasiado, y me encontré gritando mi orgasmo, con mis manos dejando unos surcos muy diferentes a los que había dejado hacía tanto tiempo.

Mi cuerpo se derritió bajo el suyo, y sus manos se afianzaron en mi cintura para equilibrarme mientras sus estocadas continuaban y se intensificaban. Un segundo clímax se formó en mi interior y estalló justo antes de que sus embestidas aceleraran y luego se alargaran, dejando su semilla muy dentro de mí.

Nos derrumbamos contra la superficie boscosa, recuperando la respiración innecesariamente. Sentir su peso sobre mí me reconfortaba y me tranquilizaba. Su mano izquierda fue a la mía y se entrelazó con mis dedos, con sus labios buscando los míos. Me besó lentamente y a conciencia, sin descuidar ningún detalle. Nos separamos solo lo suficiente para que él pudiera girarme y besarme de nuevo. Era maravilloso no tener que detenernos.

Sus brazos cayeron a los costados de mi cabeza y una de sus piernas abrió las mías. Tomé con fuerza su cabello justo en el momento en que se introducía en mi cuerpo de nuevo. Esta vez, el ritmo no era desesperado. Éramos dos almas amándonos. Besó con cuidado mi cicatriz, y luego habló, acompañando cada palabra de una profunda estocada.

- No te dejaré. Nunca. Te amo. No me volveré a alejar de ti, sin importar nada – asentí como pude antes de besarle de nuevo. El ritmo se incrementó ligeramente y nos llevó a la cima poco tiempo después.

- También te amo – lo besé. – Con todo mi corazón.

Mis palabras llamaron sus ojos a los míos. Su frente se unió con la mía.

- No debería insistir en el tema, pero debo decírtelo. – Fruncí el ceño ligeramente. – Nunca quise irme. Creí que era la única forma de dejarte ser feliz por tu cuenta, pero nunca imaginé que fuera a pasar nada de lo que ha pasado. Creí que estarías a salvo. Dejarte fue el peor de mis errores. Sé que me amas, aunque no entienda qué hice para merecerlo, pero te ruego que me perdones esto en particular. Si mi ausencia fue la mitad de desgarradora de lo que fue la tuya para mí, no hay disculpa en el mundo que lo repare. Te amo. Te amo. Perdóname.

Su rostro se hundió en el hueco de mi cuello, y estaba segura de que, si pudiera, estaría llorando. Dejé que mis uñas rascaran su cuero cabelludo, intentando consolarlo.

- Creo que lo entiendo – resolví decir tras un momento. – Pasé demasiado tiempo pensando, y al principio, una vez que aprendí a sobrellevar la agonía, me enfadé tanto contigo. Estaba muy molesta y me sentía una idiota. No quería volver a caer, pero en el momento en que supe que Victoria vendría, y que ella estaba tras de ti, supe que tenía que hacer lo posible por ayudarte. Y lo comprendí. No hay forma alguna de que yo pueda odiarte. No hay forma de que sobreviva lejos de ti. Cada día que pasé lejos de ti fue un infierno. Y es porque te pertenezco. Eres mi lugar en el universo.

Lo miré con intensidad, a tiempo para recibir su beso, que interrumpí con una risita.

- Ni siquiera fui capaz de alimentarme estando sola. Pensé en irme, pero nunca pude. Justo ahora, debería dudar de ti, debería buscar asegurarte a mi lado, pero solo puedo pensar en lo mucho que te amo, y en que no vale la pena seguir atorados en ello si de todas formas no puedo vivir sin ti. – Terminé, con un nudo en la garganta.

Nos besamos durante un largo rato, sin importar el tiempo ni el clima, ni el lugar donde nos encontrábamos. Hicimos el amor largamente durante las horas que siguieron, y perdí la cuenta de las veces que sucumbí entre sus brazos, temblando como un recién nacido, pero amada y protegida por primera vez en mi vida.

OoO

- ¿Te gustaría cazar? – preguntó inocentemente. Acababa de ir al pueblo más cercano a robar algo de ropa para nosotros, sin embargo, no la habíamos usado mucho en los últimos días. – Sé que a este punto debes estar realmente débil. No sé cómo has podido seguirme el ritmo – sonrió, mordaz, ganándose un manotazo en el brazo. Sin embargo, tenía razón, en especial porque mi mano crujió ligeramente por la fuerza del golpe.

- Creo que sería una buena idea – me puse la blusa con manos temblorosas. – Enséñame.

No era difícil. La culpa nunca llegó. Fue sólo como comer un filete. Sólo alimentación básica, a veces con un toque erótico gracias a la presencia de Edward, siempre a mi lado, besando alguna parte de mi cuerpo mientras yo acababa con mi presa.

Pasamos varios días más vagando por el centro de Canadá, sólo hablando, cazando y haciendo el amor. A veces le contaba de lo sucedido estando separados, a veces de lo que haríamos en un futuro. Le dije cada detalle de lo ocurrido en los largos días sin él. Cada segundo de mi eterna transformación, y cada ápice del amor que me inundó cuando lo vi en el campo, después de salvarme.

Decidimos volver por un camino totalmente diferente al primero para volver a su casa, para evitar riesgos. Él sabía de mi primer encuentro con Jacob, aunque no había terminado de detallar lo sucedido con mi padre, sin embargo, eso llegaría con el tiempo.

Finalmente, llegamos a Forks. Juntos.

~Sev