—Capítulo 6—
Virgil's Paradise Lost

Vuelvo a mi parte de la historia. Estaba sobrevolando lo que parecía una zona megalítica, yo diría que era el mismo Stonehenge —por cierto, curiosa combinación, una escoba mágica sobrevolando Stonehenge, solo digo eso… y que cada uno extraiga sus conclusiones—. Los Sontarans seguían disparándome a gogó, y como bien podía, los esquivaba a trote y moche. Me imaginaba que era como un espectáculo de fuegos artificiales veraniegos. Suena a una ironía, pero es curioso cómo divaga la mente en situaciones límite como ésta. Siempre había imaginado que el terror me hubiese inmovilizado, pero aquí estaba dando guerra y resistiéndome. Pero cuando creía que ya lo tenía todo controlado, bajé la guardia y entonces me interceptaron en la hebras de la escoba, y empecé a perder el control y descender paulatinamente. La humareda que se desprendía de la cola era tan extensa que al menos evitó que los Sontarans pudiesen determinar exactamente dónde estaba. En la lejanía se divisaba lo que al parecer eran las almenas de un castillo medieval y circundándolo había un campo de trigo o avena. Hacía poco que habían cosechado, por lo que se podía apreciar, por lo tanto habían montículos y balas de paja. Eso podía salvarme de una muerte segura al precipitarse al suelo. Como bien pude, tomé el mango de la escoba e intenté maniobrar para dirigirme a un montículo de paja.

Ese día Johnny Smith —un pastor muy anciano de Inglaterra—paseaba su ganado por los verdes y coloridas campiñas inglesas. Después de un trayecto largo y duro, había dispuesto a reposar a la sombra de un hermoso roble milenario que crecía en medio de un prado con suculenta y sabrosa hiervecilla que las graciosas ovejitas mascaban. Abejitas y mariposillas revoloteaban sobre la nariz de Johnny. Lanzó un suspiro plácido. Era un hombre de letras y de latines, de joven había querido ser ordenado sacerdote. Siempre había sabido que quería ser pastor, pero descubrió que prefería ser pastor de ovejas que de hombres. Entonces extrajo de su fardo un libro enorme de la Geórgicas de Virgilio; y se puso a recitar un bello poema bucólico sobre ninfas y sátiros en un paisaje bondadoso. Algo que experimentaba Johnny en este mismo instante y que gracias a la magia de la poesía de los clásicos, podía dejar volar su imaginación más allá de la misma de este paisaje amable y ameno. Cuando empezó a bramar de emoción y de sublime belleza, vio una estela de luz seguida de una gran humareda negra que se precipitaba sobre el campo de trigo. Sus ojos se quedaron atrapados a la situación mientras los borreguillos baleaban con mirada atónita ante el espectáculo. Johnny se preguntó, si lo que estaba ante sus ojos era un ovni o la llegada del Chupacabras. Entonces le recorrió sobre su frente un sentimiento espeluznante. Si fuese el visitante del espacio que devoraba la sangre de cabra ¿Qué sería de sus borreguillos?¿Estarían en peligro?

Al fin la bola de fuego impactó en una de las balas de paja. Las explosión fue considerable y pudo verse como saltaba la paja por los aires, para luego ir levitando hasta depositarse en el suelo. Johnny se acercó con una navaja de cortar queso en mano. Esperaba encontrar al terrible extraterrestre tuberoso y baboso que iba a hacer una sangría a sus pobres animalitos, pero la sorpresa más grande es que me halló inconsciente en el suelo. No era un monstruo lo que había caído desde el cielo, sino lo que parecía una chica joven —¿No sería un ángel del cielo?—. Si se tratase de un ángel —como el pensaba en ese momento—, lo único que había conocido del asunto era sobre estudios religiosos, pero realmente tenía que reconocer que poca experiencia tenía sobre ángeles. Así que recordó que estábamos al lado de la «Casa de Colonias de la Escuela de Magia de Hogwarts». El sabía que se trataba de un espacio de recreación infantil y juvenil, pero quizás los profesores de la escuela supiesen de estos asuntos de ángeles. Magia de mentira, pero magia de todos modos. «Algo tendrán que saber del tema, digo yo».—pensaba él, por lo tanto decidió de llevarla a allí.

Regreso a la parte del Doctor tal y como la explicó. En ese momento estaba volando con la Tardis sobre Stonehenge buscándome por doquier a través de las nubes. Entonces en la lejanía vio lo que parecía ser un vehículo aéreo. Enfocó las cámaras y pudo comprobar que era una lanzadera tripulada por Sontarans. Por fin los había localizado, y eso quería decir que yo debía estar cerca. Desvió la trayectoria para interceptar a la lanzadera. Entonces se antepuso y el Doctor abrió la puerta para dirigirse a ellos.

—Saludos Sontarans, creo que ustedes tienen a algo mío, o mejor dicho, una persona que me es muy importante. Sería mejor para todos que me la devolviesen ya mismo.

—¡Doctor! —Dijo el Sontaran capitán que estaba en la proa de la lanzadera—Le estábamos buscando ¿Está preparado para su último combate?¡Prepárese para morir en batalla! Será un honor luchar hasta el final. La persona que buscaba ha sido interceptada y se ha estrellado para cerca del Castillo de Hogwarts. Imposible que haya llegado a sobrevivir y ahora usted morirá.

—No, no, no, no, no… nada de luchas y violencia. El Doctor nunca lucha, ni usa armas, ni mata a nadie ni usa armas. Nada de armas.

—Los Sontarans son un pueblo guerrero, no queremos perder tiempo con chácharas. Recoja su arma y prepárese para luchar. Vamos a conquistar y someter al Planeta Tierra.

—No, no, no, no… nada de violencia.

—¡Arrgg!¡Urgg! Prepárese para luchar, lo estrangularé con el cordón de mi zapato, pelearemos hasta la victoria... Sontarans, sontarans, sontarans, sontarans…—Iban gritando mientras golpeaban con su bastón la palma de su mano.

—Vengo a decirles que se rindan, saben que soy el Doctor y no es la primera vez que sois derrotados.

—Un Sontaran nunca se rinde, antes morir y llegar a la gloria, que vivir como un cobarde. Somos guerreros y luchamos hasta vencer. Sontarans, sontarans, sontarans…

—Bueno, lo siento, me obligáis a ello. Yo soy pacífico y me opongo a la violencia.

El Doctor sacó del bolsillo su destornillador sónico y lanzó una señal a la cónsola de la lanzadera. En seguida se puso en marcha a toda velocidad, los Sontarans cayeron rodando por el suelo, mientras la lanzadera se perdía por el horizonte. El Doctor pensó «Realmente sí que llegan a ser muy estúpidos, ahora me voy a buscar a mi compañera de viaje».