VI
Contrito
Una parte gritaba, exigía permanecer; la otra sólo quería alejarse. No quiso siquiera mirar atrás, sería una insensatez hacerlo. Apremió a sus piernas a ir más rápido cada vez, eso hasta que estuvo lo suficientemente lejos de las caballerizas. El tacto de su piel, el sabor de sus labios, todo ello permanecía tan vívido como si estuviera junto a él. Con un golpe de ambas manos abrió la puerta hacia el interior de la casa. Entró presurosa y sin precaución por lo que al tratar de subir por las escaleras tropezó un par de veces mas en cada una con rapidez se levantó; si bien no era una escalera con muchos peldaños, cada que subía un escalón dos más parecían aparecer.
Cuando por fin logró llegar a su habitación cerró la puerta con violencia. Se recargó en ésta con el corazón desbocado, sin embargo ya no pudo mantenerse de pie y sin remedió cayó de rodillas en el suelo.
— ¡Señorita María!—exclamó Ana dejando de acomodar el tocador e hincándose al lado de la chica—. Dios bendito, ¿está usted bien?
La joven se levantó frotando sus brazos con las manos. Su dama de compañía hizo lo mismo, pero cuando trató de tocarla, Victoria se apartó abruptamente observando con mirada consternada.
—Ana—imperó—, por favor, vete.
La chica trató de acercarse de nuevo, pero fue apartada con una mano enseguida.
—Como guste usted—respondió ella con monotonía.
Cerró la puerta al salir. Se cuestionaba el porqué de la actitud de su señora, pero pronto se obligó a borrar dichas cosas de su cabeza pues eso obviamente no era de su incumbencia. Bajó las escaleras con lentitud y con la cabeza bien en alza."Ya olvídalo, Ana" Después de todo no era algo que debía interesarle.
Desganada y un tanto ofendida se dispuso a dirigirse a la cocina. Se sentó en la pequeña mesa que era el centro en todo ese desastre de vegetales a medio cortar y carnes sangrientas destilando sus desagradables jugos en rededor. Apartó unos cuantos utensilios -de los tantos innecesarios que se encontraban regados por doquier- y aposentó los codos en su lugar. ¿Qué tanto se necesitaba para hacer una simple sopa de res? Aunque sí debía contar que eran muchas las bocas que se habían de alimentar; por regla general del señor Fernández, los primeros en comer siempre habrían de ser los empleados. Y las mujeres de la cocina debían de adecuarse a los horarios tan sincronizados de los campesinos.
—Si no vas a ayudar, será mejor que no estorbes—le espetó la cocinera más joven colocando una tabla con verduras listas para su preparación.
Ana se hizo la indignada y se levantó con agresividad de la mesa; lo que fuera por no tener que volver a las labores domésticas, prefería mil y una veces tener que tener camas y ayudar en el ataviado de algún conjunto a lavar trastos y preparar comidas de las cuales ella sólo obtendría nimiedades. Encaminó entonces sus pasos hacia afuera, con suerte y podría ver al capitán Alborán ejerciendo su poder sobre los caballerizos o cualquier mozo. Sus mejillas se colorearon al pensarlo. Nada más salir dio traspiés con algo en el suelo, bajó la vista y suspiró al ver en el suelo una manta llena de polvo. Se inclinó y la tomó con la punta de los dedos, irá a saber cuántos días llevaría ahí sin que alguno de los sirvientes se hubiera dado cuenta de que estaba ahí.
—Oh, look like I'm in heaven—indicó una voz—. An ángel.
Pegó un respingo ante la extrañeza que el entrañó la voz y se volvió. En el dintel de la puerta principal se encontraba un muchacho de tez negra que aún no había notado, sonreía con sorna sabiendo haber sorprendido a la chica. Ella solamente dedicó una mirada de superioridad al joven y giró sobre sus talones en un amago de volver adentro.
— ¿Nombre?—pidió él.
La joven se volvió para replicar, pero una voz la calló desde el interior.
— ¡Ana, las verduras no se cortarán solas!
— ¡Ya voy!—contestó atufada.
—So... ¿Ana? Lindo. Yo ser Connor. Mi sentir mal por su español, no muy bueno. Yo entiendo bien, pero no hablar como escuchar.
Ana enarcó su entrecejo, a duras penas enrolló la manta al rededor de su brazo y se dirigió adentro refunfuñando entre dientes, una vez dentro cerró la puerta sin tomar en consideración al muchacho que aún se encontraba fuera.
—Mujeres son mujeres a donde se vaya—expresó Arthur a sus espaldas.
—Por lo que veo no te fue tan bien como querías—manifestó volviéndose hacia él.
—No tienes una idea—dijo pensativo—. Andando, no vaya a ser nuestra buena suerte que llegue el spaniard. ¿El coche aún espera?
— ¡Claro que sí!—exclamó indignado—. ¿Por qué crees que me quedé aquí?
El inglés se puso en marcha sin intención de esperar al muchacho. Caminaba lentamente, en contraposición a la recomendable prisa que debería llevar para no ser descubierto por el español. Pasó desganado su mano por uno de los arbustos que se encontraban al lado del camino de adoquines rojos por los que se salía al portón de la puerta; sus dedos se cruzaron entonces con una flor silvestre, pequeña y común.
—Delicada—susurró observando perdido los pétalos amarillos—. En extremo fácil de dañar.
Suspiró. Alzó la vista y acomodó sus cabellos.
—Miré a la chica—atrevió a decir el chico—. Debes de enseñarme cómo es que las dejas así.
—Un beso.
—Cómo habrá sido el beso—rió—. Te he visto besar antes, a otras chicas; ¿salió el capitán?
—Sí—sopesó—, un poco sí, pero reprimido por el caballero.
—No lo suficiente para la joven.
—Supongo que no.
— ¿Qué hubieras hecho en caso de descubrirlos?—aventuró—. Fue muy arriesgado, caballero.
—Te empeñas en exponer lo obvio, niño—expresó—. ¿Que qué hubiera hecho? No lo sé. Tal vez nada. Sí, fue arrebatado, pero debía saber si no lo estaba imaginando: me necesita.
—Vaya modestia.
—Tú no lo sentiste—repuso—, yo sí. Sé cómo sabe la soledad; pero poder palparla en los labios ajenos es otra cosa, es un sabor que no olvidas.
Nada más pasar el portón, éste se cerró a cal y a canto. El chico suspiró, volvió la vista hacia donde se suponía se encontraba el carruaje. Tapó su boca en un intento por no alertar al hombre a su lado. Llevó sus manos a la cabeza desesperado: ¿dónde estaba? Fue muy explícito con que el cochero debía permanecer ahí a esperarlos. Por su parte, Arthur seguía de pie, circunspecto, vista clavada en el suelo; pensaba en bien sabía qué cuestión, pero obviamente no iba a interrumpirlo.
—No preguntaré qué pasó—indicó el inglés saliendo de su ensimismamiento—. Será mejor que comencemos a caminar si queremos llegar al barco antes del anochecer.
—Oh, God, no tan está muy lejos.
—Lo sé, pero con tu ritmo de andar no estaría tan seguro. Camina.
Así lo hizo. El muchacho caminaba vacilante al lado de Inglaterra quien permanecía impasible con el rostro retraído en una mueca de inseguridad y un ceño remarcándose en su frente con más tensión de la normal.
— ¿Qué planeas hacer ahora?—preguntó el chico.
—No lo sé.
—Tienes suerte que yo sí—sonrió ufano.
— ¿Disculpa?—espetó deteniendo al muchacho con una mano en el hombro ajeno—. Expresate.
—Bien, ya dimos el primer paso: la besaste.
—Sí, acaso ¿no me escuchaste?—soltó Arthur falto de paciencia.
—Eso es, ahora debes disculparte.
— Well, you lost me, boy.
—Sí, por lo que he visto a las novohispanas les encantan los señoritos estirados, no los piratas pendencieros que sólo quieren estar unas horas bajo sus sábanas.
—Puede haber excepciones—hesitó.
—No, bueno, al menos a las verdaderas damas eso les gusta. No me vas a decir que no lo has notado—retó él—. Si hasta se creen españolas. ¡Nada como las inglesas, sí, señor!
—Baja a tus ánimos, chico—imperó—. ¿Qué decías?
—Ah, sí. Debes disculparte, y no lo debes hacer en persona, se supone que estás avergonzado de tu comportamiento.
— ¿Lo estoy?—cuestionó.
—Lo estás.
— ¿Cómo sugieres que lo haga entonces? ¿Enviándote? No lo creo.
—Claro que no, además no soy paje de nadie—indicó, llevó su mano a la barbilla y masajeó con los dedos esa parte de su rostro—. Tal vez; sí, podría ser... Una carta. Sólo tienes que escribirla y listo. Yo la haré llegar a sus manos.
— ¿Y cómo lo harás?
—Tengo mis métodos, my dear captain.
—Como digas, niño, como digas.
Arthur suspiró y volvió la mirada fija hacia el frente. Los zapatos comenzaban a molestar e impedían que pudiera concentrarse. Definitivamente no estaban hechos para caminar largas distancias, serían un contratiempo.
— ¿Y cómo besa?—inquirió el chico indiscreto. Inglaterra se volvió con la mirada encendida y le propinó un buen golpe en la nuca.
— ¿Eso responde tu pregunta?
—Ahora entiendo porque la chica salió corriendo. Auch.
...
Caminaron por lo que pareció una eternidad. Lo único que parecía cambiar con el aumento de las horas era el paisaje y el sendero recorrido por el sol, pero apenas conseguían avanzar. Sus estómagos habían dado su veredicto ciertas horas antes pero trataban de ignorarlos.
—Sería tan fácil estar en casa ahora—lamentó el muchacho—. ¿Cómo me convenciste de hacer esto?
—No lo hice. Apareciste en mi barco y es todo.
—Eso no. ¿Cómo me convenciste de no pedir caballos prestados?
— ¿Caballos prestados? Nunca me lo dijiste, idiota.
— ¿No? Supongo que habré olvidado mencionarlo.
—Ya no llores que creo que estamos cerca—señaló.
—Más vale porque no quiero que oscurezca.
La tarde acaecía y sombras mortecinas comenzaban a danzar bajo la luz del incipiente crepúsculo. Los músculos tensos de las jóvenes pantorrillas comenzaban a entumecer, arrepentía el día en que decidieron hacerlo hombre de mar. Pero el pasado era pasado. La espesa selva que los rodeaba le recordaba un atisbo a su hogar, bueno, después de todo el pasado no podía dejarse atrás. Aún permanecían intocables en su mente las memorias. Volvió la vista hacia el inglés, su rostro denotaba contrición; pero ¿algo distinto se cierne sobre su semblante?
—Sonríes—manifestó el chico.
— What? No, bloody hell, no.
—Sí, estás...
— ¡Oh, mira! Al fin luces.
Frente a ellos se alzaba la primera casa en kilómetros, construida muy al estilo tradicional totalmente blanca, con tejas rojas coronando la edificación. El anglosajón apretó el paso para alejarse del muchacho. Éste no pudo sostener el mismo ritmo de su acompañante y por ende no pudo alcanzarle. Nada más llegar al linde de la casa, Arthur dejó recargar su cuerpo en la pared frontal de la morada y ahí mismo fue donde esperó a que el chico llegara.
—Sería conveniente descansar antes de continuar—sugirió—. A menos que quieras seguir.
—Por mí está bien—liberó el chico acompañado de un soplo y tratando de regularizar su respiración.
A pesar de estar aún todavía muy lejos los olores marinos taponaron por fin su nariz e inspiró hondo. Tanto aroma silvestre termina por amansarlo a uno después de todo. Deseaba con ahínco que el español pudiera regresar de una vez por todas a su adorada casa y dejara hacer sus negocios en los puertos de Nueva España. Puaj. Odiaba tener que llamarla así, pero después de todo, había sido el bárbaro hispano quien llegó primero.
— ¿Listo para continuar?
El muchacho prorrumpió un suspiro y asintió con la cabeza. De nueva cuenta, volvieron a ponerse en marcha. Estar entre al gente después de tantas horas de aislamiento era en verdad molesto, pero prefería mil veces pasar un mal rato y estar a muy poco de su barco a pasar más tiempo entre aquella maleza sobrecrecida. El bullicio era algo que se podía evitar oír si se concentraba lo suficiente, pero ¿cómo apartarse de algo que forma parte de todo?
—Tengo hambre—lloriqueó el muchacho.
—Espera un poco.
—Pero me duele el estómago.
Inglaterra bufó y se detuvo, sintió como el chico chocaba contra su espalda. Hizo acopio de todo su aplomo para no darle un golpe, se volvió y con le ceño fruncido tomó al chico por el brazo y comenzó a caminar con él a rastras. Movía la vista en rededor, puestos de flores, cachivaches inservibles, pescado crudo -maloliente además- y cosas sin sentido. Comenzaba a marearse con el tufo que despedía el ambiente entero y entonces dio con lo que buscaba. Se aproximó a la locación y con un pequeño empujón abrió las puertas de par. No se inmutó ante todas las miradas que les observaban como bichos raros o peor como criminales; definitivamente no todo el mundo aceptaba de la misma forma a los "negreros" mucho menos si se trataban de extranjeros y peor aún de ingleses. De un centón plantó al muchacho en la mesa más cercana y enseguida un hombre canoso de aspecto hosco se cimentó frente a ellos.
— ¿Qué les sirvo?—siseó.
—Lo que sea—respondió Arthur cortante—, pero que se pueda comer.
El hombre se alejó refunfuñando y gruñendo en dirección a la cocina. El inglés permaneció con una mueca de suficiencia observando el lugar; parecía limpio si se ignoraban algunos detalles, eso no le incomodaba en lo absoluto, ya en peores lugares se había encontrado.
Un tumulto entró al mesón y no pudo evitar volver la mirada para observar qué alborotador había entrado. Una tenue carcajada se deslizó fuera de su boca al ver quién había entrado. A pesar de haber querido, no lo culpó, nuestros demonios en algún momento tienen que salir a la luz. El tropel de soldados españoles, jóvenes y viejos sin distinción, entraron como estampida al pobre negocio y con voces alzadas en grito exigieron comida. Al final de la caravana no se encontraba otro que Antonio; junto a otros acomodó un lugar en el fondo para sentarse a beber.
—Ya la necesitaba—alcanzó Arthur a escuchar los labios del español decir mientras atragantaba con un tarro espumoso y desbordante.
En un segundo el enorme recipiente estuvo tan vacío como si nunca hubiera tenido contenido alguno. El español emitió un sonoro suspiro de satisfacción al ver los restos blancuzcos del líquido dentro del tarro.
—Vaya negocios—susurró para sí mismo.
— ¿Eh?—dijo el muchacho sin comprender.
—Nada, me pregunto cuánto se tardará la comida.
Un golpe sordo lo sobresaltó; cuando dio con la fuente, lo único que pudo ver fue una enorme masa de carne flácida alejándose y a Connor devorando un tazón con sopa de pescado. Sus entrañas dieron un vuelco al ver con detenimiento el contenido del tazón, pero prefirió no decir nada al muchacho, después de todo un par de víceras no hacen daño a nadie.
Reprimió una sonrisa.
— ¿Cómo sabe chico?—cuestionó taimado.
—Sabría mejor si tuviera algo con qué pasarlo—respondió pasando apenas el bocado.
— ¡Buen hombre—alzó la voz en un burdo español—, facilite dos tragos de su mejor ron!
El adusto posadero se volvió como alma que carga el diablo, y con los ojos encendidos pasó detrás de la barra de cantinera y por mano propia tomó una pequeña botella de vidrio marrón, la destapó y vertió el preciado líquido en dos pequeños vasos de latón. De mala gana aproximó a la mesa del inglés, tendió los recipientes a ambos hombres y se alejó con el mismo semblante agrio retratado en el rostro.
Arthur empinó el trago de un solo golpe, paladeó el líquido con sus papilas reteniendo un poco de su esencia y sintió por su garganta recorrer el fuego de la bebida, el tan familiar y añorado sabor hizo a su pecho sentir cálido de nuevo.
— ¿Ya lo extrañabas?
Sintió su presencia sin siquiera tener que levantar la vista. Al español nunca se le había dado el oficio de intimidar y definitivamente seguía sin haber ganado esa habilidad con el pasar de los años; ni siquiera los dos fantoches que lo acompañaban lograron desequilibrar su gesto. Lastima que no podía decir lo mismo del muchacho a su lado, éste había quedado con la cuchara a medio camino entre el plato y la boca.
—No quiero problemas, spaniard.
—Sólo hice una pregunta—excusó Antonio acercando una silla de la mesa contigua y sentándose a horcadas en ella—. Es extraño, ¿sabes? No te había visto en el puerto durante todo el día y mira dónde te vengo a encontrar. No creas que me he sorprendido de verte aquí. Los viejos hábitos no se olvidan.
—Lo mismo digo—indicó—. Aunque no es entero mi culpa, he ido a buscarte y, para la suerte que cargo, no estabas.
— ¿Qué? ¿Cómo...?
—Oh, no te preocupes, gracias a tu capitán apenas entré tuve que salir—explicó. En ese momento, parecía que los ojos del chico iban a salir de sus cuencas, pero Inglaterra le reprendió con la mirada. —. Lo tienes bien entrenado.
—Por supuesto, pirata—aseguró, la última palabra tan acentuada que pareció haberla querido escupir en su rostro—. No es insignificante aquello que debe cuidar.
—No—convino sonriente—. Claro que no.
Antonio se levantó sin decir palabra de su asiento y con un empujón a la silla abrió su camino para alejarse. Arthur lo siguió con la mirada hasta que estuvo de vuelta con los demás soldados. Al ver que los españoles se había alejado lo suficiente su joven acompañante soltó aliviado el aire que había estado conteniendo.
—Creo que por he terminado.
—Qué bueno que te haya gustado—manifestó el inglés dando una palmada en la espalda al chico. Sacó de un bolsillo de su pantalón tres coronas, lo suficiente para pagar al posadero comida y bebida. Se puso en pie e incitó al muchacho a avanzar frente a él.
Nada más hubieron salido del mesón pusieron camino en dirección a la marina. Inglaterra esperaba que no le hubiera pasado nada al Golden Hint en su para nada intencional y prolongada ausencia. La embarcación podía divisarse a lo lejos y, pese a la falta de luz, era notorio que no había nada de qué preocuparse.
—Down here!—exclamó, en el instante una cuerda de soga se desenrolló y perfiló la figura del casco.
Hábiles, el muchacho y la nación subieron al navío, el guardia en turno les saludó con un cabeceo; su aspecto recordaba vagamente al del posadero en complexión, pero el hombre poseía en su semblante y en su rostro curtido por la brisa salada la sabiduría de un verdadero marinero. Siempre había gustado a Arthur dejar a hombres como él de centinelas, incluso a pesar de encontrarse en puerto, pues nunca estaba de más la precaución o podían perder toda la mercancía que habrían de llevar a la amada patria.
—Ve y ordena al grumete que prepare algo para mí, yo y el chico nos quedamos aquí hasta tu regreso—imperó Arthur al hombre y éste salió disparado.
— ¿Por qué no comiste en la posada?—inquirió el chico.
— ¿Y comer víceras? No lo creo, niño.
— ¿Comí víc...?
No bien habiendo terminado la frase el muchacho se dirigió a la borda y vació todo alimento que había y no había comido. Arthur se acercó al joven y le dio palmadas en los costados de éste intentando no echarse a reír.
—Oh, poor little girl—indicó escuchando al chico dar arcadas violentas. El hombre volvió y ambos se adentraron a las entrañas del barco separando sus caminos, el muchacho dirigiendo sus pasos a la cocina para volver a llenar su estómago.
Gran Bretaña cerró la puerta detrás de sí, pudo sentir la marea en calma meciendo con suavidad el barco y cómo en la soledad se acrecentaba aún más la ansiedad que sentía. Se acercó al mueble que había acomodado para poder escribir cartas a los mandatarios o a cualquier estirado que pensaba que no tenía algo mejor que hacer. Bueno, eso había sido en sus días como pirata, cuando en verdad podía repartir su horas entre sus dos amados oficios. Lastima era que ahora no pudiera hacer lo mismo.
Se sentó en el acolchado sillón, tomó la pluma y la remojó en tinta; colocó la punta de ésta muy próxima al papel. Splash. Las olas golpearon la vidriera detrás suyo y manchó sin remedio el papel con la tinta oscura. Arrugó el papel entre sus manos y los lanzó hacia la puerta. Bajó la vista y colocó la cabeza sobre las sienes.
"¿Qué tan difícil es escribir una simple carta?"
Lo que le parecía absurdo era tener que disculparse por algo de lo que en realidad no sentía remordimientos. Además ¿cuándo había tenido que lamentarse de haber robado un beso? Y para colmo de males tener que pedir perdón por ello.
—Bloody hell.
La puerta se abrió y Connor entró con un plato en cada mano. Ambos tan repletos de alimento que apenas se podría creer que pudiera cargar con ellos, con cuidado los depositó en la mesa dónde se encontraba Arthur. Tendió el grueso pedazo de carne frente al capitán e hizo un golpe con él en la mesa para advertir al capitán de su llegada. Éste alzó el rostro y nada más ver al chico volvió a hundirlo entre sus manos.
—Por lo que veo estás teniendo problemas—señaló burlón el muchacho pinchando su carne con el tenedor.
—No sé cómo comenzar.
—Ya me di cuenta. Veamos—vaciló—, tal vez debas poner cómo te sentiste al besar sus labios. Debiste haber sentido un poco de pena al menos.
Inglaterra negó con la cabeza.
—Si no hubiera tenido que respirar aún la estuviera besando.
— ¡Capitán!—exclamó escandalizado el chico—, compórtese. Por obvias razones no podemos decir a la chica eso; entonces tendremos que mentir un poco, una pequeña mentira blanca.
— ¿Mentirle?
—Y ¿ahora es cuando sientes arrepentimiento?
—No, no tengo inconveniente en mentir, pero ella...
—Nada, disculpa mi osadía, pero ¿no quieres volver a verla?—inquirió.
—Sí.
—Entonces, con todo respeto, ¡escuchame!—Arthur se sorprendió al ver al chico así—. Bien, ahora, la carta no es sólo para excusarte, sino también un pretexto para poder verla de nuevo sin que se sienta azorada, ¿comprendes?.
—Sí, sólo una pregunta: ¿cuántas veces has hecho esto?
—Sólo una—respondió, a lo que el inglés enarcó la ceja—, y sí, sí funcionó. No fue una carta, pero sirve igual. ¿Ya tienes con qué comenzar?—No recibió respuesta—. ¿Capitán?
Al volverse el chico pudo ver cómo Arthur escribía sin pausas ni vacilaciones. Arrastraba la punta sobre el papel con celeridad, sólo el sonido rasposo del contacto entre el metal y la suavidad de la pulpa procesada. Pasados unos minutos, Inglaterra entregó la carta al chico. Éste recorrió las líneas rápidamente y dio un asentimiento con la cabeza.
—No está nada mal—expresó.
Arthur arrebató el papel de la mano del chico, la metió en un sobre en blanco y la entregó al chico.
—Sin destinatario—puntualizó el anglosajón—. Nadie debe de enterarse para quién es esta carta, mucho menos quién la ha enviado. ¿Puedes con el trabajo?
—Tengo a alguien que sí.
Gracias por leer.
Comentarios:
LadyLoba: Muajajá, el marcador va a así 2-53847635138541 a favor de LadyLoba, son dos pero al menos ya era hora de la ¡venganza! Muajajá, okey no. No será José, espero que comiencen a especular sobre quién va a ser el contacto entre estos dos :3
Flannya: ¡Venganza! Comienzo a pensar que soy demasiado vengativa (?) El capitán se hace pero así le gustan jaja Eeeeh, pues para mí nuuuuunca ha sido uke 8 ) Toñito no anda muy completo, mucho menos con el inglés revoloteando por ahí. No, Flannya, Mary tiene que correr lejos, ¡muy lejos! Muchas gracias, significa mucho que me digas eso :D
NUCICO: Muchas gracias, en serio :D Qué bueno que te haya gustado :3 *cof, cof* No creo que seas la única que quiere hacer eso. ¿Eh? No, no lo digo por mí, éste… es que… la amiga del amigo de mi prima quiere hacer eso jaja 8 )
sheblunar: Pues sólo digo que pasará algo interesante… más o menos.
Wind und Serebro: O.O ¿Por qué lo dices? Jajajaja sí muy importante, ya se besaron :D
...
Bueno, primeramente lo siento, pero la escuela no me deja L ¡ES HORRIBLE! Segundo, yajajá, el capitán hace su pseudosegundo movimiento. Veremos qué pasa después, esta vez espero no tardarme tanto, es posible que esté para el próximo viernes :'( ¡Entraré a exámenes el martes! Deséenme suerte ;) Hasta el próximo. Ciao!
