Inmolación
Siete de enero
El siete de enero en la mañana, Gaara mandó llamar a diez chūnin que estaban próximos a ser promovidos a jōnin, entre ellos, a Matsuri. Todos llegaron a la hora exacta y esperaron pacientes y en silencio la razón por la que su Kazekage los había solicitado.
Con los brazos cruzados, de pie frente al escritorio, con apenas un metro de separación de ellos, Gaara empezó a hablar.
–Harán una misión secreta –dijo con frialdad–. Por ahora no podrán comentarla con nadie; ni el Consejo ni sus superiores jōnin deben enterarse.
Se miraron entre ellos; era una norma que los superiores jōnin llevaran un registro de todas las misiones que sus subordinados chūnin o genin llevaran a cabo aunque ellos no formaran parte, y sabían también que el Consejo tenía el derecho de saber lo que quisiera respecto a las misiones. Gaara estaba saltándose la ley con esto.
–Todos ustedes saben –explicó con calma– que desde hace meses hay rumores de una conspiración en contra de Suna... en contra mía específicamente, así como también han llegado muchos informes de que ninjas renegados se han estado reuniendo por alguna razón...
Gaara guardó silencio y giró los ojos en un intento de no fijar al vista en Matsuri, poniendo mejor su atención en la respiración de los presentes para notar si alguno de ellos estaba nervioso.
–Tengo mis razones para creer que en todo esto está involucrado tanto el Daimyō como parte de nuestro Consejo–continuó– Irán a Sanpuku y buscarán alguna prueba de esta supuesta conspiración. Partirán después del anochecer y regresaran al amanecer de mañana. Será una misión corta y nadie deberá notar su ausencia.
–Kazekage-sama... –habló uno de ellos levantando con algo de inseguridad la mano– ¿no es esto actuar contra la ley?
Gaara tan sólo giró los ojos con lentitud hacia él antes de responderle.
–En Consejo no puede enterarse de esto, por eso nadie sabe nada aún, ni siquiera mis hermanos –argumentó–, si alguien más se entera, el rumor se esparcirá como pólvora. Lamento ponerlos en esta situación, si alguno no quiere hacer esto puede retirarse ahora –los chūnin lo miraban desconcertados pero no daban un paso atrás–. Por su puesto, yo responderé por ustedes si esto les causa algún problema en el futuro con sus superiores jōnin
–Kazekage-sama –dijo una de las jóvenes asintiendo con una sonrisa de seguridad–, puede confiar en nosotros, cumpliremos esta misión.
Gaara asintió.
–Matsuri les explicará con detalle la situación; eres la líder de esta misión
Y después de decir eso, al fin la miró fijamente y ella tuvo que retirar los ojos ante sus emociones mezcladas.
–Sí –asintió–, Kazekage-sama.
–¿Y si no encontramos nada?– preguntó otro.
Gaara los miró indiferente sin cambiar su postura. Siguió observando la respiración un tanto nerviosa de cada uno de los chūnin que tenía enfrente, evaluando con eso las probabilidades que tenían de ascender de rango.
–Si no hay nada habrá que proceder de forma hostil –dijo Gaara con tranquilidad.
–¿Un conflicto con el Daimyō?
–El Daimyō –prosiguió el Kage– ha buscado conflicto conmigo, y por lo tanto con Suna, desde hace años, esta vez, su hijo mayor vino a decirme que se había convertido en una amenaza real para mí y para la Aldea...
Los chūnin tragaron saliva y siguieron escuchando con mucha atención.
–... y ya es momento de que Suna deje de ceder ante el Daimyō, pero antes, necesito pruebas de sus conspiraciones en contra de nosotros porque tal vez...
Silencio
–Tal vez yo esté equivocado –admitió Gaara con calma–; no puedo hacer nada hasta que no tenga certeza de las cosas. Ahora márchense.
Todos asintieron, hicieron una reverencia y se retiraron, menos Matsuri, que esperó a que el último de sus compañeros saliera.
–Matsuri, debes contarles todo lo que sabes – Gaara descruzó los brazos y miró de reojo la ventana y ella asintió –, lo que me dijo el Mayor y lo que dijo el Consejo, lo que sospecho y lo que he concluido al respecto.
Matsuri dio un paso hacia su maestro.
–Voy a traerte esa información, sensei –aseguró con una sonrisa–, saldremos de toda duda de lo que está pasando, te lo prometo.
Gaara la miró como a punto decirle algo, pero al final sólo asintió con la cabeza, y ella, con un gesto algo amargo hizo una reverencia y se marchó.
No habían hablado acerca del incidente de un par de días atrás; ella estaba confundida y ciertamente triste de que él la hubiera amenazado y trataba de justificarlo. Parecía ahora estar mucho más calmado y además le había confiado esta misión, no terminaba de comprenderlo. Sin embargo, no estaba molesta con él y estaba convencida de obtener esa información a toda costa. Aquel incidente no había cambiado su mente; no permitiría que nadie afectará a su Kage; para ella, era mucho más personal, más allá de lo que pudiera significar para la seguridad de Suna, todo lo que pudiera hacer por Gaara era su prioridad.
Completaría la misión y le demostraría que era digna de ser jōnin y estaría un poco más cerca de ser digna de él. Le demostraría que aunque amenazara con matarla, ella no volvería a retroceder ante él, nunca le había tenido miedo y nunca se lo tendría, ni siquiera le importaba que él se hubiera vuelto más frío y distante de pronto, porque aún así, la había elegido y no iba a fallarle.
Pasó el resto del día en su casa, moviéndose de un lado a otro como un animal enjaulado, con un presentimiento atorado en la garganta y tenía que admitir que se sentía nerviosa porque, en primera, nunca había cargado en sus hombros una misión tan importante y, en segunda, la mala espina que sentía por ir a Sanpuku comenzaba a hacerle creer que estaba a punto de pasar algo muy malo.
Ella sabía que esa noche, de alguna manera, las cosas iban a cambiar, pero no podía imaginar de qué manera.
Tres horas después de que el Sol se ocultara, Matsuri tomó sus armas y algunas agujas con veneno que nunca había tenido oportunidad de utilizar en batalla, lo guardó todo entre sus ropas y salió en dirección contraria a la entrada de la Villa, allí se encontró, encima de la muralla, con sus compañeros y abandonaron su hogar sin ser notados por nadie.
Ocho de enero
Los chūnin llegaron al palacio del Daimyō justo a la media noche, en los primeros segundos del ocho de enero. Se quedaron unos segundos a las puertas, admirando el lugar tan diferente a Suna, asombrados de lo ostentoso y enorme del palacio.
–Si el Consejo, el Daimyō y esos ninjas renegados se han estado comunicando –dijo Matsuri en voz muy baja– deben de existir cartas en algún lugar de este castillo; las encontraremos y las llevaremos con Gaara-sama.
Hicieron un veloz reconocimiento y se infiltraron sin ninguna dificultad al palacio. Una vez adentro, se repartieron las áreas a revisar, se separaron y acordaron reunirse a las afueras del pueblo cuatro horas después.
Todos en el palacio dormían, tan sólo quedaban unos cuantos guardias poco hábiles que a pesar de estar patrullando, no notaron la presencia de ninguno de los ninjas.
Matsuri encontró sin mucho problema la habitación en que eran archivadas las misiones que el Señor Feudal encargaba tanto a Suna como a Konoha y revisó con maestría y rapidez cada uno de los pergaminos, pero no encontró nada que le sirviera para demostrar una conspiración.
Devolvió todo a su lugar y nadie se daría cuenta que alguien lo había examinado. Torció la boca un poco molesta tratando de pensar en donde podría encontrarse la información escrita que buscaba.
Pasaron pocos minutos y Matsuri ya había recorrido casi en su totalidad el área que le correspondía y no había encontrado nada aún, esperaba que alguno de sus compañeros tuviera más suerte, aunque eso no la tranquilizaba; ella quería tener la seguridad de obtener algo.
Pero había algo en el palacio que no le permitía a Matsuri concentrarse en su misión; era un aroma dulce y embriagante que sentía la volvía loca, que le hacía sentir las piernas débiles y le impedía pensar con claridad. Sabía que no debía hacerlo, pero no pudo resistirse a lo que fuera que estaba en el aire, ignoró por primera vez sus órdenes y caminó despacio por los pasillos oscuros buscando de dónde provenía aquel aroma.
Su respiración se hizo pesada; el presentimiento que había tenido horas atrás la volvía a invadir. Siguió caminando, con el corazón golpeándole el pecho, diciéndole que estaba acercándose a lo que quería, pero que era acompañado de algo muy malo.
Divisó metros más adelante una luz tenue escapando de una habitación y ella no pudo evitar dirigirse a ella y echar un vistazo dentro; era un aposento enorme y cálido, iluminado con velas con telas finas colgando del techo.
Nunca había estado en un lugar que se le pareciera y supo que eran los aposentos de alguno de los miembros de la familia real; si esa fuera la habitación del Daimyō, tal vez allí estaría la información que buscaba, así que se adentró con calma en el enorme cuarto.
Cerró los ojos y aspiró el olor del lugar; no podía describirlo, pero sabía que podría quedarse toda la vida simplemente rodeada de aquella esencia exquisita.
–Hola –dijo una voz ronca y Matsuri abrió los ojos de golpe.
Toda la razón volvió a ella y se dio cuenta de que había arruinado misión de una manera estúpida; estaba allí, parada en medio de una habitación lujosa y embriagante, como una imbécil genin que debería de volver a la academia y cerró los ojos maldiciéndose a sí misma.
Se había dejado ser descubierta.
–Sabía que vendrías –continuó la voz con un poco de diversión.
Matsuri giró la cabeza y se encontró con Shisoku-sama sentado en un amplio sillón en la esquina de la habitación, recargado descuidadamente y con una botella de sake en la mano. Y al ver su sonrisa genuina entró de nuevo en el estado de ensimismamiento de momentos atrás.
¿Sabía que vendría?, se preguntó ella observando, casi delirando, al hombre perfecto y hermoso que tenía al frente.
La brisa del oasis entró por la ventana y revolvió un poco los cabellos de ella, los retiró con lentitud de sus ojos y siguió clavándole la mirada a él.
Las velas a su lado, el perfume exquisito, sus ojos penetrantes, su presencia sensual. Ese era el hombre más magnífico sobre la faz de la tierra. Dichosa la mujer que se convirtiera en su esposa, dichosa aquella que pudiera tan sólo tocar su piel.
–Te recuerdo –dijo él al levantarse– eres tú la que come chocolates con Kazekage.
Matsuri levantó un poco el rostro, quiso hablar, pero el aire atorado en sus pulmones le impidió hacer cualquier sonido.
–Para tener la suficiente confianza como para comer chocolates con una persona como Gaara-sama, debes de ser una kunoichi muy poderosa, lo supuse desde que te vi primero de enero, eres una de ellas, ¿verdad? –siguió hablando el Mayor– sabía que el Kazekage terminaría por aceptar mi oferta...
Ella logró torcer un poco las cejas, sin salir de su aturdimiento mental e intentó encontrarle sentido a esas palabras. El Mayor le sonreía sin quitarle los ojos de encima, acercándosele con demasiada parsimonia.
Entonces Matsuri lo entendió al recordar su conversación con Gaara, volvió a oír en su mente cada una de las palabras que su sensei había dicho sobre que Shisoku-sama le había pedido una kunoichi Kisha a cambio de la información sobre los planes del Daimyō y desvió su mirada por un instante para mirarse en un espejo cercano.
Regresó los ojos a él, ¿sería posible que el Mayor pensara que ella era una Kisha? ¿sería posible que a la luz de las velas ella se viera lo suficientemente hermosa y fuerte para pasar por una de ellas?
Sí.
Si de verdad él pensaba que ella era una Kisha enviada por Gaara para darle gusto a sus caprichos, entonces ya tenía en las manos lo que había venido a buscar, ya tenía en sus manos resuelto todo.
Matsuri sonrió con triunfo.
– Sí. Soy yo
Él rió. Se relamió los labios. Se acercó a ella y la besó con fuerza y lujuria en la boca, la abrazó hasta hacer nula la distancia entre ellos, arrancando sin cuidado el chaleco de chūnin.
Ella cerró los ojos mientras sentía esas grandes y ásperas manos tomándola de los hombros, rodeó con los brazos su cuello y también lo besó. A fin de cuentas, el Mayor era un hombre al que era imposible no desear; tenía todo el poder y toda la hermosura que cualquiera pudiera pedir.
Con impaciencia la empujó hasta la cama, haciéndola caer entre las almohadas y la siguió despojando de sus ropas. La miró ensimismado; una kunoichi no tenía nada que ver con una mujer corriente; sus curvas eran distintas y sus hombros más toscos, además tenía una mirada indomable y una expresión brutal que lo volvía loco. Él se deshizo de sus propias ropas rápidamente para volverse a abalanzar sobre ella. Ella sintió algo de frío al sentirse desnuda y le resultó algo incómoda la forma en que él recorría su cuerpo con sus manos, pero no le importaba pues estaba en una misión y podía sobrellevarla sin que él notara su miedo.
Al Mayor le encantaba ella; su piel era tan hermosa, llena de cicatrices y de quemaduras que debían de tener muchas misiones que contar. Besó con pasión sus brazos, su torso y sintió todo su cuerpo, tan duro y tan fuerte, con cada músculo finamente marcado, tan distinto a los cuerpos que ya conocía, la emoción y excitación de tener entre sus brazos a una verdadera ninja encendía cada célula de su cuerpo. Era la fantasía que siempre había rondado por sus sueños.
Él era un experto y ella hacía todo lo posible por fingir que también lo era; lo besaba y lo arañaba como si lo hubiera hecho mil veces a pesar de ser la primer vez que compartía tanta intimidad...
–Eres tan hermosa...
Y ella le sonrió y volvió a besarlo. Era la primera vez que la llamaban hermosa.
Estaba ebrio, y la lujuria que él arrojaba se hacía cada vez más brusca, le besaba y le mordía el cuello y los labios con mucha fuerza y violencia, hasta que en uno de sus mordiscos le desgarró el labio inferior, atravesando por completo su piel; Matsuri cerró los ojos ante el dolor, al sentir mucha sangre escurrir por su barbilla ¿y qué?, en entrenamiento y en misiones ya había recibido palizas lo suficientemente fuertes como para ser capaz de ignorar esos dientes enterrados en ella.
Sólo después de retorcerse varias veces, Matsuri comenzó a pensar de nuevo; a razonar lo que hacía y pensó en un momento en detenerse matarlo, no le hubiera costado ningún trabajo, estaba con la guardia baja y ella podía romperle el cuello sin esfuerzo, era lo suficientemente fuerte para hacerlo pedazos. Pero pensó también que ella se había prometido obtener esa información.
Pero lo peor de todo era el obsceno, lascivo y delicioso placer que significaba tener a ese hombre. Y le regresaba sus besos también con violencia y deseo, llegando a lo más profundo de su boca, se aferraba a él rasguñándole la espalda, enredaba las manos en su cabello y se fundía con el sudor de su piel.
Y aquella noche se odió a si misma por desear que no terminara nunca; cuando empezó a besarlo creyó que sería terrible y grotesco, pero no lo era; él le gustaba, le gustaba muchísimo, Shisoku-sama era un amante experimentado y perfecto, que sabía exactamente qué hacer para llevarla a la gloria. Se odiaba por comerse esa boca alcohólica con desesperación, por saborear ese sake podrido, por retorcer su cuerpo jadeante contra el suyo y por disfrutar cada vez más los grados de temperatura que subían más y más por la soberbia habitación, mientras le permitía hacerla suya una y otra vez como a él le placía.
Matsuri había entendido a la perfección por qué todas las mujeres amaban al Mayor.
