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EL ESPEJO PERFECTO

Por Berusaiyu

Advertencia: Lemon.

CAPÍTULO 6: EL ZARPAZO.

Entreabrió la puerta y vio la sombra de la Nana alejarse por el pasillo. André sacó su cabeza por arriba de la suya para tratar de mirar, pero ella lo empujó hacia dentro con una mano. Cata cerró la puerta y respiró profundamente, llena de alivio.

Comenzaron a reír de improviso. Trataban de callarse, pero no podían y la risa aumentaba y aumentaba. Incluso se cubrían la boca con las manos, que después se quitaban entre los dos, llegando a las ligeras palmaditas. Pronto tenían una guerra divertida de sacudida de manos entre ellos. Entonces, André soltó una carcajada gigantesca y Cata saltó por el susto sobre él para taparle la boca.

Cayeron al suelo y no se movieron por si habían llamado la atención de alguien.

—Aquí no escucharán nada, déjate de tonterías, las paredes son gruesas, mira. Lalalalala, ¿ves? — gritó con voz pastosa.

—Shshshsshsh… ¡Cállate André!, ¡cállate! —A Catalina casi le dio un infarto.

Quedó estática como una estatua para escuchar algún movimiento, pero nada. André comenzó a reírse y Cata no soportó más.

—¡Basta!, métete a la cama y déjate de jugar, ¡qué no ves que estás borracho!

—Jajajaja, yo no soy el único. —Se burló muy feo, lo cual picó a la otra.

—Ven para acá —dijo Cata, tomándolo del brazo con fuerza y caminando unos pasos—. Te metes a la cama, ¿oíste?

Pero fue demasiada fuerza y André estaba demasiado mareado como para mantener el equilibrio y entonces, tropezaron el uno con el otro, cayendo juntos en la cama.

Cata quedó confusa un momento y luego se rio de la situación.

—Vaya, yo soñaba algo así contigo, pero no de esta forma.

—¿En serio? —dijo asombrado André.

—¡Claro...! —Lo miró con picardía.

—Estás bromeando, ¿no? —dijo André, riendo.

La luz de la luna se filtraba por la ventana, era la única visión que tenían de sí mismos. Ella lo miró con deseo, ese mismo que le hacía doler la cabeza. Su sonrisa se desvaneció para quedar frente a él con ganas de atrapar esa sombra hilarante, y así lo hizo. Lo atrapó con un beso sin vacilaciones, sintiendo el peso de su cuerpo sobre ella.

André abrió los ojos de la sorpresa, pero el calor de esos labios lo hicieron sentirse muy bien. Respondió casi por instinto a los besos de ella y pronto sus manos jugueteaban, torpemente, al mismo delirio del que era objeto.

Ella tiró de su camisa y él de la suya. Sintieron la urgencia de sus corazones acelerados, golpeando sus pechos con la furia del deseo. Cata lo tomó desde la nuca y lo atrajo hacia sí, con mucha urgencia. Su sexo clamaba por ser poseído por ese exquisito joven.

Los besos y las caricias continuaron, poco a poco, André descubrió el hermoso cuerpo de mujer bajo esas ropas masculinas. A él le agradaron mucho las emociones que sentía e iban en aumento. Su corazón explotó con una intensidad jamás experimentada. Esos labios tan suaves y la forma como era correspondido terminó por dejarlo llevar.

Sentían como un torbellino de emociones los trasladaban de la realidad a un lugar de ensueño, donde el más puro deseo eran los amos. Los besos continuaron, desesperados, devorándose como si hubieran despertado una antigua pasión dormida en el tiempo.

Cata exploró la boca y el cuello de ese hombre con su lengua juguetona, provocando una electricidad que recorrió a André por entero. Este dio un gemido y quiso más. Se sentó en la cama, y sobre sus muslos, estaba sentada ella, entonces, tocó sus senos y se los llevó a la boca. Ella dejó que la tocaran en esa parte y acarició el cabello de él, con dulzura maternal, pero duró poco, porque la pasión estaba encendida y ella también necesitaba más de él. Se estiró encima de la cama, llevándose sobre sí al joven. Sintió las manos en su entrepierna; un gemido estalló en su garganta.

La noche seguía su marcha y los ruidos de pasión llenaban el cuarto como testigos de esa arrebatada noche.

Los cuerpos semidesnudos se entrelazaban una vez más. El entró en ella con la urgencia de su deseo, haciendo que Cata arqueara su espalda al recibirlo. Siguieron el movimiento al unísono mientras André entraba y salía del interior de su cuerpo.

Cata se aferró a él y escondió la cabeza en su cuello mientras se mecía en un exquisito vaivén. Mordió su cuello y el lóbulo de su oreja para seguir aferrada a él con más fuerzas. Bajó con su mano donde el nombre se perdía y acarició esas colinas que tanto le gustaba ver. Después, se puso encima de él y el sudor recorría su cuerpo con una fantástica visión brillante. Siguió moviéndose mientras acariciaba los pezones masculinos. Los pellizcaba, explorando ese pecho varonil con la fascinación de un descubridor de mundos.

Guio las manos de él hasta sus pechos donde comenzó un masaje. Le gustaba ser acariciada con pasión, sin escrúpulos. Deseaba más de él, así que se acercó a sus labios para beber de ellos.

Empezó a quejarse en cada movimiento. Siguió gimiendo producto del placer experimentado con aquél joven tan hermoso.

—Eres muy bello… —dijo entre suspiros, quejidos—. Me gustas mucho, demasiado diría yo… demasiado.

Se inclinó y acarició su cuello, pasándole la lengua y saboreando su sudor.

—Mmmmh, delicioso… —decía entre gemidos.

La respiración de André se agitó con más intensidad y aumentaron el ritmo. El trasero de ella golpeaba, fuertemente las caderas de él, haciendo que su pene entrara con más profundidad en su interior, hasta lo profundo de su ser.

—Te de…seo… tan…to… tan… —No pudo seguir hablando.

Los quejidos se hicieron más potentes y sin control. Olas de gemidos en ese mar de placer. Un espasmo sacudió todo su cuerpo, un grito explotó en sus labios.

Era el éxtasis, el primero en mucho tiempo.

Se recostó encima del chico sin perder el ritmo, guiada por él. Cata todavía se estaba recobrando, abrazó a André del cuello y recostó su cabeza en aquel torso varonil. Sentía ese corazón de joven golpeando su pecho, la respiración agitada, tratando de buscar aire.

—Oscar… —Fue el susurro confuso—. Yo…

Y luego un grito, esta vez más ronco, casi un gruñido. Cata sintió una explosión al llenarse de ese líquido caliente. Volvió a experimentar el placer con otra convulsión, unido con una fuerza en el abrazo tembloroso. Descansó sobre él después de terminar ese orgasmo exquisito, mientras trataba de recuperar la respiración, normalizarse.

André la rodeó con sus brazos y ella no quiso moverse. Quería permanecer siempre así, junto a él, unida con él.

No supo cuando se quedó dormida, pero sentía el cuerpo tan liviano que soñó cosas hermosas y dulces como en su niñez. Al despertar, se encontró enredada entre las sábanas, completamente desnuda.

Recordó la noche anterior y su cara ardió con intensidad. Volvió a sentir ese fuego que la abrazaba. Buscó en la habitación al chico, que le había dado tan fantástica noche y no lo encontró.

Entonces, un nombre pasó por su mente.

—Oscar… —susurró Cata.

Un terrible sentimiento de tristeza se apoderó de su ser, pero no lo comprendía.

"¿Por qué? ¿Por qué me siento así? —se preguntaba—. "Si lo pasé bien, fue una noche fabulosa"

Pensó, que no era por ella misma, porque se sentía así, sino por él.

"La ama". —Fue su revelación.

Tomó su ropa y se vistió, rápidamente. No debía preocuparse por nada, lo había pasado bien y era hora de seguir con lo suyo.

Se escabulló de la habitación de André hasta la suya. Era temprano y solo algunos sirvientes rondaban. Sirvientes que ella burló con la maestría de un hombre de guerra.

Vio su cama y se lanzó feliz sobre ella. Todavía tenía sueño, así que se quitó las botas y se acurrucó entre las sábanas con una sonrisa de satisfacción.

Abrió los ojos y los volvió a cerrar. Después, volvió a abrirlos y la luz la cegó. Se dio vuelta con un quejido y volvió a acomodarse entre las sábanas.

—Es mediodía. Todo el mundo está levantado.

Los pasos de Antonio recorrían toda la habitación. Corría las cortinas y abría las ventanas. Cata cubrió su cabeza y volvió a hundirse en la ropa de cama.

—¿Está listo el baño? —preguntó Cata desde su escondite.

—¿Te bañarás? —dijo extrañado Antonio.

—No puedo ir con olor a taberna hasta Versalles, dicen que son muy remilgados los franceses —siguió contestando desde su escondite.

—Puedes echarte perfume como ellos, pero está listo —dijo su amigo—. Hice que trajeran la bañera hasta aquí.

Cata asomó despacio su cabeza y cuando llegó hasta la nariz, observó a Antonio con curiosidad.

—Esta allá —señaló—. Yo también pensé lo mismo. —Fue la explicación que le dio.

Cata echó atrás la ropa de cama y se levantó casi de un salto. Se estiró, perezosamente y dio un bostezo que aplacó con su mano. Sonrió con los ojos cerrados a Antonio.

—Aaaaah… ¡Qué linda mañana! —dijo.

—Es de tarde —le corrigió Antonio.

—Da lo mismo. —Cata sacudió la mano, despreocupadamente.

Comenzó a quitarse la ropa mientras caminaba hacia la tina de baño. Antonio recogía las prendas del suelo.

—¿No puedes desvestirte al lado de la tina? —reclamó.

—Disculpa —dijo con una sonrisa.

—Tómate esto antes de que se enfríe.

Antonio le ofreció una taza humeante con ese olor, que siempre caracterizaba la infusión mágica de su amigo, la cual incluso levantaba a un muerto si estaba borracho.

—No gracias, no lo necesito. —Cata siguió sonriendo— ¡Me siento de maravilla!

Estiró los brazos con energía y Antonio alzó una ceja con suspicacia.

—Mejor te vas —le dijo Cata—. No quiero que piensen mal de nosotros.

—Y... ¡desde cuándo te interesa lo que piense la gente!

—¿Olvidas que estamos en misión diplomática? ¿Qué crees que pensarán de nuestro rey si a su embajadora le friega la espalda su lacayo?

—¿Qué su lacayo cumple con su tarea? —dijo, sonriendo.

—Ja, ja, muy gracioso. —Se burló Cata.

Antonio dejo la sonrisa y quedó con semblante serio.

—Te metiste con él, ¿no es cierto?

Cata no le dio importancia y siguió desvistiéndose.

—No sé de qué me hablas.

—¿Olvidas que te conozco mejor que tú misma? Anoche estuviste con él. Amaneciste muy bien, sin resaca y ni siquiera probaste la medicina.

—Eso no es problema tuyo.

—Te dije que no te metieras con él. No saldrá nada bueno de eso.

Hubo un silencio.

Cata terminó de desnudarse y se metió en la tina de baño.

—No te preocupes, no pasará nada —le dijo no muy convencida.

Había ignorado las advertencias de Antonio, que casi siempre tomaba en cuenta. El poseía una gran sabiduría y en especial con ella, pues como había dicho, la conocía mejor que a sí misma. Una vez más le repetía lo que ya sabía:

—No te metas con él, Cata.

—¿Por qué? Me he divertido con hombres muy influyentes sin problemas. No debo tener ninguna objeción con este.

—Recuerda lo que te digo. Es verdad, puedes tener a cualquier hombre que desees, incluso a él, pero no te involucres con ese chico. Ese chico es especial. Ten cuidado con él.

—Por eso mismo se me hace tan interesante.

Antonio suspiró y salió de la habitación, sin decir una palabra más sobre el asunto.

—Ant… —Quedó en suspenso.

Se recostó en la bañera con el sentimiento de una niña pequeña, la cual había cometido una travesura y esperaba el temido castigo. Quedó muy intranquila. No sabía si por las insistencias de su amigo o por lo que en realidad había hecho, pero seducir a un sirviente no era nada especial.

Decidió no darle más importancia al asunto. Más rato hablaría con Antonio en su debida oportunidad. Lo más importante, por ahora, era cumplir con su deber.

Sin embargo, unas horas más tarde, descubrió que no sería tan fácil. No hizo más que toparse con André y el corazón le subió a la garganta de un solo salto. Las piernas le temblaron como si fuera un terremoto apocalíptico y su rostro palideció al instante.

No supo si André se había dado cuenta de su estado de ánimo. Ni ella misma podía explicarlo, por primera vez en mucho tiempo, se sentía totalmente indefensa y todo por estar frente a ese sirviente extraño.

Mientras Cata luchaba por reponerse del impacto, André hacía lo suyo para que la vergüenza no lo comiera en ese instante. Estaban tan preocupados en cómo comportarse frente a la otra persona que tenían adelante, que no se dieron cuenta del estado del otro.

—Aaan… dré…

—Cat… Cataaa… yooo

Silencio.

—Quería disculparme… —dijo André.

—No, no… no es nada —respondió Cata cortante.

—Pero…

—Te digo que no es necesario. —Sonrió forzada.

André la miró con curiosidad y como por encanto, Cata reaccionó de improviso, obteniendo de vuelta su acostumbrado humor.

—¡Vamos André! ¡No dirás que no fue divertido! —Le dio un golpe en la espalda— ¡Anímate hombre! Jajajajaja. Pareces como si hubieras cometido un crimen, yayayaaa.

La mente de André divagó con la respuesta.

—Te dejo, Antonio me está esperando. Nos vemos después ¡Y arregla esa cara! Si no pensaré que no te divertiste, ¿eh? —Le guiñó un ojo.

André se quedó parado, viéndola desaparecer rumbo a las caballerizas. Se sentía más culpable que antes y con la idea de haber cometido un crimen. Crimen escrito en su rostro.

Continuará.

Hola, muchas gracias por comentar y leer. Aquí otro capítulo de este fic, espero les guste.