La traducción al alemán corre a cargo de Kirara11 (Bipa en LBF). Especiales agradecimientos por su ayuda


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La Resistencia Mágica

Diario El Profeta, 25 de mayo de 1941

Las noticias que llegan desde Europa todavía no son concluyentes, pero establecen que Harold Potter sigue secuestrado por fuerzas mágicas enemigas, aunque otras establecen que ha sido secuestrado por los nazis. El Cuartel General de Aurores hace todo lo posible por encontrarlo y rescatarlo, pero las esperanzas de hacerlo son escasas. No se descarta que Harold Potter haya muerto.

Habían pasado más de tres meses desde que Harold hubiese desaparecido en Hannover. El Servicio de Inteligencia del Ministerio de Magia, creado especialmente para la guerra, no había logrado dar con él. Y después de tres meses, las esperanzas eran ínfimas. El Departamento de Seguridad Mágica y el Cuartel de Aurores habían dado demasiado preferencia a este asunto, pero no podían seguir así cuando una guerra se libraba en el continente. Pronto iban a dar a Harold Potter por muerto.

Septimus se afanaba porque se siguiese buscando a Harold, ya que desaparecido no significaba necesariamente muerto. El Servicio de Inteligencia había dicho que Harold, muy probablemente, hubiese sido llevado, bien a Berlín, bien a un campo de concentración, aunque no sabían si uno muggle o uno mágico, que también los había.

Además, tenían un nuevo recluta. Y no cualquier recluta, sino el hermano pequeño de Harold, Charlus Potter. Había insistido, igual que Septimus, en que se siguiese buscando a Harold, pero las esperanzas fueron en vano. Por ello, una mañana, Charlus y Septimus se reunieron para dirigirse a la tienda principal del Jefe del Cuartel de Aurores. Una vez allí, expusieron su idea, embarcarse los dos sólo en la búsqueda y rescate de Harold.

—La respuesta es no. Necesitamos a todos los hombres posibles.

—Señor, con todos los respetos, creo que la búsqueda sería fructífera si sólo dos personas se pusiesen con ella en vez de todo un servicio de inteligencia que, francamente, lleva poco tiempo en activo y provoca demasiada atención.

El Jefe del Cuartel no replicó ante eso. Lo cierto es que tenía razón. El recién creado Servicio de Inteligencia del Ministerio de Magia estaba conformado por funcionarios del Ministerio, no por aurores, verdaderos expertos en espionaje y sigilo. Por ello, no era de extrañar que aún no hubiesen encontrado a Harold Potter.

—Señor, creo que la idea de soldado Potter es buena. Juntos no levantaríamos sospechas.

El Jefe del Cuartel se levantó y examinó un mapa de Francia y Alemania.

—Usted es uno de mis mejores hombre, Weasley. Y no dudo de que usted también hará grandes cosas, Potter... Quizás encontrar y salvar a su hermano sea una de ella. Está bien, pueden irse.

—Tenemos una última petición, señor —dijo Septimus.

El Jefe del Cuartel los miró serio, preguntándose qué querrían ahora sus hombres.

—¿Sí?

—Queremos que para esta misión nos acompañe James Preston —confesó Charlus.

—¿El piloto que lo sabe todo de nosotros?

Los dos hombres asintieron.

—Puede ayudarnos a desenvolvernos en el mundo muggle.

—No veo problema alguno. Pueden irse.

Los dos hombres salieron de la tienda. Minutos después estaban preparados para irse. Se encontraban en uno de los muchos campamentos cercanos a Londres. James llegó poco después.

—¿Listos? —preguntó Septimus.

—¿Cómo vamos a viajar hasta Europa? Nos han dicho que no nos van a proporcionar un transporte —dijo James.

—Eso no será problema. Nosotros contamos con nuestros propios métodos de desplazamiento y no exijen necesariamente un medio de transporte como coches o aviones.

—¿Entonces? —quiso saber James, pues no entendía de lo que hablaba.

Septimus sacó una bota negra vieja y manchada de barro que dejó sobre un árbol que habían cortado.

—He aquí nuestro medio de transporte.

—¿Esto? Sólo es una bota —confesó James, aunque teniendo en cuenta lon que había visto en todo ese tiempo, se esperaba cualquier cosa.

—Tócalo con un dedo, rápido —dijo Charlus.

James tocó la bota como un dedo, como Charlus le dijo. Septimus y Charlus hicieron lo mismo. Al instante, James sintió como un gancho que tirase de su zona abdominal. Se vio envuelto en un enorme vórtice mientras no dejaba de tocar la bota, a la que parecía estar pegado. Finalmente, cayó sobre el duro suelo, en otro lugar.

—¿Cómo...?

Septimus lo ayudó a levantarse.

—Enhorabuena, eres de los pocos muggles que han tenido el privilegio de viajar en traslador.

—¿Traslador? —James no entendía nada.

—Los magos tenemos varias formas de desplazarnos. Mediante escoba, por medio de la Red Flu, que utiliza chimeneas para ello. También nos aparecemos. Y por supuesto están los trasladores, objetos hechizados mágicamente que permiten a quien los toque viajar a cualquier parte del mundo. Es el único método lo suficientemente rápido capaz de llevarnos a cualquier lugar.

—Entiendo —dijo James —. ¿Dónde estamos?

—En Lille. Hemos decidido empezar aquí porque no es seguro ir a la frontera con Alemania. A partir de aquí el viaje lo haremos mediante apariciones o en pequeños desplazamientos a pie. El Jefe del Cuartel de Aurores quiere que entremos en contacto con la Resistencia Mágica para ver qué información pueden aportarnos —explicó Septimus.

—¿La Resistencia Mágica? Creí que sólo había una Resistencia en Francia —dijo James.

—Así es, pero allí donde hay muggles también hay magos. En cuanto se formó la Resistencia, los magos también entraron a formar parte de ella, formando una subdivisión secreta exclusiva para ellos. Aunque ambas resistencias sabotean objetivos militares nazis, los magos obtienen mayores objetivos que los muggles. Por ello el Jefe del Cuartel quiere que entremos en contacto con ellos, para ver qué información del interior nos pueden aportar —explicó Charlus.

—Entiendo. ¿Qué hacemos ahora?

—Hay un pequeño destacamento de la Resistencia Mágica en Lille. Iremos allí y les buscaremos. Probablemente puedan conseguirnos medios para llegar hasta París. Desde allí, una vez consigamos lo que necesitamos, nos lanzaremos a la búsqueda de Harold —contó Septimus.

Recorrieron la distancia que los separaba de la ciudad de Lille. Iban vestidos de paisano, para no levantar la mayor sospecha, pues la ciudad estaba repleta de tropas alemanas.

—¿Dónde vamos? —preguntó James.

—A la ciudadela de Vauban. Allí hay una taberna desde donde la Resistencia Mágica opera —dijo Septimus, quien de los tres era el que estaba al mando.

Llegaron hasta un bar llamado La Capsule. Entraron en él. Dentro la atmósfera era bastante lúgubre. Por lo que sabían, la guerra y la presencia de los alemanes habían hecho que hubiese escasez de recursos, por lo que los negocios de Lille, como muchos otros de la Francia ocupada, tenían problemas. Caminaron hasta la barra.

Bon jour, monsieur —dijo James al tabernero. De los tres, él era el único que sabía hablar francés.

Bon jour. Que prendrez-vous?

Bière pour le trois.

Afortunadamente para ellos, James hablaba francés a la prefección, de modo que no levantaron sospechas. Echaron un vistazo al sitio, pero nadie parecía indicar ser miembro de la Resistencia. Entonces, un niño que había dejado un recado al tabernero se les acercó.

Anglais? —preguntó él.

Los tres hombres se quedaron mirando.

Oui —afirmó James.

Ici, monsieur.

Los llevó hasta una puerta oculta tras una cortina, por la que entraron. Inmediatamente cerró la puerta. Era una pequeña sala. En el centro había una mesa alrededor de la cual cuatro hombres revisaban un mapa mientras bebían y fumaban. Uno de ellos se percató de la presencia de los recién llegado.

Très bien, Claude. Retour avec ton mére —dijo un hombre con barba marrón. El niño se fue —. Pierre? —dijo a uno de los hombres, que se apartó el cigarro de la boca.

—Bienvenidos a Lille, caballeros —hablaba con un fuerte acento francés, pero al menos los tres hombres le entendían.

—¿Sabían que veníamos? —preguntó Septimus.

—Nuestros agentes de la Resistencia en Londres, los que están junto al general De Gaulle, estaban al tanto. Lo cierto es que mantuvieron contacto con su Ministerio, pero era de vital importancia que todo se mantuviese en secreto. Así lo quería el general.

—¿El general De Gaulle sabe de la existencia de los magos?

—Por supuesto. En cuanto formó la Resistencia, mi hermano Louis, uno de los líderes de la Resistencia Mágica se puso en contacto con él. Sabía que el general debía estar al tanto de todo. Me llamo Pierre Delacour, miembro de la Resistencia Mágica destacado en Lille. ¿Ustedes son?

—Septimus Weasley, auror del Ministerio.

—Charlus Potter, soldado de la fuerza de choque del Ministerio de Magia.

—James Preston, piloto de la Real Fuerza Aérea Británica.

—¿Un muggle? Nuestros informantes no nos dijeron nada de él. Es igual. Sois demasiado jóvenes —decía Pierre. Resultaba irónico, pues él debía tener más o menos la misma edad que ellos.

—Eso es lo de menos. Si sabéis que veníamos, debréis saber también a qué hemos venido.

—Sí. Venís a rescatar a uno de los vuestros. Harold Potter, secuestrado en Hannover. Lo único que sabemos es que está vivo.

—¿Está vivo? —preguntó Charlus, esperanzado —. ¿Sabéis dónde está?

—Lo mantienen preso en Berlín, pero no por mucho tiempo. Tienen planeado llevarlo a Auschwitz. Allí los magos alemanes tienen un campo de concentración anexo al campo de concentración que tienen los muggles. Y por supuesto, también queréis información de la situación en la Francia ocupada.

—Así es —dijo Septimus.

—Está bien. Los enemigos de nuestro enemigo son nuestros amigos. Os proporcionaremos toda la información que necesitéis mientras viajamos hacia París. Una vez allí os daremos todo lo necesario para embarcaros en vuestra misión de rescate. Permitid que os presente. Él es Maurice Lefebvre —dijo señalando al hombre barba marrón —. Lucien Girardon —señaló a un chico rubio de unos veinte años —. Y Jacques Marchant. Tenemos que reunirnos con una última persona y podremos irnos.

De repente, el tabernero entró en la habitación.

—Pierre, los alemanes —advirtió.

Los cuatro hombres se levantaron.

—No tiene sentido pelear, acompañadnos.

Salieron por otra puerta y dieron a un callejón. Al final de la calle había un coche esperándolos. Los siete subieron a él. Una mujer iba al volante. Arrancó enseguida, antes de que los soldados alemanes saliesen al callejón.

—¿Son ellos? —preguntó la mujer, de cabello rubio.

—Sí. Les presentó a Charlotte Deladier, nuestra última miembro. Ahora que estamos todos, podemos irnos —dijo Pierre.

—¿A dónde vamos? —preguntó James.

—Viajaremos en coche hasta Bapaume. Allí tomaremos otros medios de transporte. Bienvenidos a la Resistencia.

Mientras tanto, aquel día otra persona tomó un traslador. Albus Dumbledore tiró el peine roto que había utilizado y caminó por una empedrada calle de la ciudad alemana de Stuttgart. Se había aplicado un hechizo desilusionador, de modo que no se preocupaba por la presencia de las tropas alemanas.

Caminó hasta una calle llena de mansiones y edificios señoriales, hasta que llegó a una en particular. En la entrada había un símbolo en forma de triángulo que encerraba a un círculo, que a su vez encerraba una línea vertical. El símbolo de Gellert Grindelwald, aunque Dumbledore conocía el verdadero significado de ese signo.

Entró en la propiedad y después en la mansión. Subió las escaleras hasta llegar a un despacho. Allí, un hombre hablaba por teléfono. Estaba de espaldas a la puerta, de modo que no podía ver nada. Dumbledore alzó su varita y lanzó un hechizo. El teléfono estalló en mil pedazos. El hombre se dio la vuelta sorprendido, sacó su varita y lanzó una maldición asesina a Dumbledore, la cual este esquivó. De inmediato desarmó al hombre, que se protegía detrás de su butaca.

—Gute Nacht, Dieter —saludó Dumbledore.

—Wer sind Sie?

—Jemand der gekommen ist, um dich zu besuchen. Ich bin ein alter Freund von Gellerd Grindewald.

—Ich kenne diesen Mann gar nicht.

Dumbledore agitó la varita y el hombre, el tal Dieter, salió volando por los aires hasta estrellarse contra una estantería. Varios pesados volúmenes le cayeron encima.

—Lüg mich nicht an, Dieter. Gellert hat sehr gut über dich gesprochen.

—Wirklich? —al instante lamentó haber dicho eso, pues se había delatado.

Dumbledore sonrió de manera triunfal.

—Du scheinst überrascht zu sein. Sehr gut, Dieter, das ist was wir machen werden. Du wird mir Sachen erzelen... viele Sachen.*

Dieter se encogió de miedo. Dumbledore se mostraba imponente ante él y lo contemplaba con mirada penetrante, como si fuese a destruirlo sólo con verle.


*—Buenas noches, Dieter —saludó Dumbledore.

—¿Quién es usted?

—Alguien que ha venido a hacerle una visita. Soy un viejo amigo de Gellert Grindewald.

—No conozco a ese hombre.

Dumbledore agitó la varita y el hombre, el tal Dieter, salió volando por los aires hasta estrellarse contra una estantería. Varios pesados volúmenes le cayeron encima.

—No me mientas, Dieter. Gellert siempre ha hablado maravillas de ti.

—¿En serio? —al instante lamentó haber dicho eso, pues se había delatado.

Dumbledore sonrió de manera triunfal.

—Pareces sorprendido. Muy bien, Dieter, esto es lo que vamos a hacer. Vas a contarme cosas... Muchas cosas.

Dieter se encogió de miedo. Dumbledore se mostraba imponente ante él y lo contemplaba con mirada penetrante, como si fuese a destruirlo sólo con verle.