29 de mayo, 1997.

Lagrimas escapaban de sus ojos cual cascadas, no podía parar. La sola idea de lo que estaba por hacer le aterraba, pero no podía seguir más con aquella miserable vida. Y, al volver a evaluar sus posibilidades, estalló en un llanto aún peor, gemidos ahogados rompían el silencio de la noche. Sí, estaba haciendo lo correcto, se dijo. Miró el frasco de pastillas en su mano izquierda, tomó valor para girar la tapa y lo siguiente que pasó se siguió reproduciendo en su mente hasta el último momento que sus ojos distinguieron la luz de la luna.

El recipiente cayó de sus manos, cayendo por consecuencia las minúsculas pastillas blancas que no habían llegado a su boca. Se recostó entre las hojas y el moho del tejado de su casa. Las estrellas le parecían más lejanas de lo normal, puntos en la lejanía que poco más y no se distinguían del negro que comenzó a invadir sus ojos.

Por un momento, reparó en la luna, su confidente durante todas aquellas semanas, la que guardaba entre sus cráteres los susurros fastidiados que soltaba cada vez que su lápiz casi se caía por el tejado. También, la que presenció como dos adolescente de diecisiete años se daban su primer beso, en el caso de él, y el más significativo, en el caso de ella. La luna había cobijado a Finn Wolfhard desde que tenía memoria, pues era una de las mayores obsesiones del chico. Su belleza etérea le recordaba mucho a la que alguna vez fue su amada, brillaba en la oscuridad y la porquería de Roberstford pero nadie se paraba a verla, a contemplarla; solo estaba allí, pocos eran los que entendían la belleza de Millie Bobby Brown. Él fue uno de ellos.

Pensó una última vez en la muchacha de pelo castaño, y sonrió. No importaba cual fuera la situación, el solo recordar su risa, los hermosos hoyuelos que aparecían en sus mejillas al sonreír y la manera en que su voz susurraba palabras reconfortantes contra su oído en los momentos difíciles, le hacían creer que podía con todo. Pero con el tiempo, se dio cuenta de que para sobrevivir en el mundo, el real, aquel que estaba plagado de bestias con corbatas, anillos de oro santificados por la iglesia y posiciones sociales de renombre, el mundo en el que no había día en que los encabezados y las noticias del medio día no usaran la palabra «violación», el mundo que destruyó todo lo que él amó con su porquería.

Con el tiempo, se cansó de nadar contra la corriente, se cansó de tratar de que el mundo fuera mejor, el mundo y la humanidad en concreto no querían sanar. Y, ahora que estaba tendido contra las duras tejas del techo, mirando al cielo mientras sus parpados se cerraban poco a poco, entendía por qué el humano era reacio a dejar los malos hábitos, él no pudo dejar el suyo; sentir que era una mierda cuando en realidad era el ser más precioso y lleno de luz que jamás haya pisado la tierra.

Cerró los ojos, poco a poco, mientras sentía como todos sus músculos se aflojaban y su cuerpo dejaba de reaccionar. Suspiró el nombre de su amada una última vez y dejó caer la pila de cartas que nunca entregó al vacío.

Finn Skata Wolfhard estaba muerto, y el culpable no era otro que todos.