Advertencias: Los personajes de Rurouni Kenshin no me pertenecen. Lo primero, perdón ya que hace mucho tiempo que no escribo nada y sigo sin beta. También quería dejar claro desde el principio cinco advertencias: es un AU, con todo lo que ello conlleva; y como no puede ser de otro modo, yo elijo el papel que juega cada personaje en esta historia; los capítulos serán cortos, no es negociable y en gran medida es por haber perdido la costumbre de escribir; dudo que sean más de seis o siete, sin una trama grandiosa o fuera de lo ordinario, puede que incluso sin final claro, atar cabos está bien, cerrar una puerta, no tanto; y por último, actualizo cuando tengo tiempo.
Una partida amañada
6. La reina
Saitou colgó el teléfono y encendió un cigarrillo. De nuevo sus labios se curvaron, esta vez no era un amago, sino una sonrisa afilada y ganadora. Había hecho bien en dejarla en sus manos. Estaba seguro.
–¿Quién ataca una torre teniendo un peón a punto de coronarse? Sí –escupió el humo levantándose del sillón–, un mal jugador.
Salió de su despacho y bajó al calabozo de la comisaría. A esas horas de la noche apenas había ruido, sin contar con que una gran parte del personal todavía seguía atareado en la investigación de la explosión dos semanas después. Sí, él mismo se había encargado de abrir suficientes frentes de posibles culpables para ocultar la verdad y al mismo tiempo tener cierta libertad de movimiento sin que nadie le pregunte. Y ganar tiempo, sobre todo ganar el tiempo necesario para que el peón llegara a las líneas enemigas. Cogió la llave del mostrador tras saludar levemente al policía de guardia y se acercó a la última celda de ese pasillo. Todavía aquellos ojos dorados le miraban con rabia, cómo le gustaba aquello, necesitó diez policías para reducirlo, a pesar de las heridas, y llevarlo hasta allí antes de que cometiera una insensatez. Otra más. Después de tanto tiempo volvía a verse con aquel fantasma. La espera casi había terminado. Sí, casi. Faltaba un último movimiento.
–Himura.
Ni siquiera recibió como respuesta un gruñido por parte de aquel hombre sentado contra la pared, amenazante, estoico y alerta. Era el demonio contra el que años atrás se enfrentó, era como volver a mirar la muerte a los ojos y poder sonreír; la única salvedad es que esta vez sí tenía plena certeza de que su vida no era la que estaba en juego.
–Tengo buenas noticias, ven conmigo –abrió la celda y dio un paso al lado esperando que el otro hombre se levantara–. A menos que quieras entregarte…
Otro destello en su mirada le hizo sentir un escalofrío de aquellos que creía olvidado, despertando su sed de sangre. ¿Cuánto tiempo hacía que no se había encerrado con una bestia salvaje? Así estaba bien, levantó las manos y se sentó en la cama mientras encendía otro cigarrillo, desde que terminó la guerra civil no había vuelto a sentirse tan vivo.
–Preferiría hablar en mi despecho, no aquí donde todos pueden escucharte y terminen con todas las pruebas necesarias para hacer que te pudras en la cárcel, pero si lo prefieres…
Cerró los ojos y bajó la cabeza, de ningún modo permitiría que el enemigo tumbara su rey antes de tiempo, no estaba en sus planes, no, no era una opción, no en ese momento cuando la partida estaba prácticamente ganada. Aquel peón sólo era consciente de la pérdida, pero parecía haberse olvidado que el ajedrez es un juego de intercambios y el que se había producido era necesario, un mal menor, si todo seguía adelante, si la partida seguía, apenas un par de movimientos más, no iba a dejar que se rindiera cuando la victoria estaba ahí. Soltó una bocanada de humo con parsimonia. Paciencia, amigo, paciencia y se dará cuenta.
–Cómo está. –Ahí estaba, esas dos primeras palabras eran buena señal.
–Pronóstico reservado. –De nuevo aquellos afilados ojos le miraron haciendo que su corazón se acelerara, cómo había echado de menos la tensión de caminar por el filo de la navaja, dio otra calada y los enfrentó como mejor sabía hacerlo–. En un par de días le darán el alta, tiene dificultades para andar, la escayola del brazo no se la podrán quitar hasta dentro de una semana más y se la ve bastante decaída según mis informantes. Quizá la visita de cierto asesino la alegre.
El silencio fue toda la respuesta que obtuvo, era de esperar, mientras su sonrisa aumentaba, aquella felicidad perdida por la bonanza de que todo iba a ser mejor le acercaba a él. Supuso que era cierto algo que un tiempo pasado le dijo, habían luchado por conseguir algo por los demás, una paz en la que ellos no tenían lugar. Aunque la sola idea de que por un segundo era paz se convirtiera en un espejismo y él pudiera volver atrás, a esas sombras de la guerra, le estaban haciendo hervir la sangre. Ahora, suspiró cambiando el semblante de su cara, recordó por qué aceptó aquel puesto en la policía tras el cambio de régimen, por poder seguir viviendo la guerra en las sombras.
–Pregunta por ti. Y como es mi querida ahijada no me queda más remedio que sacarte de aquí y llevarte allí para que se dé cuenta que estás como una rosa.
–No es lo más adecuado.
–Eso mismo le he dicho, pero… –dejó que la duda empapara el ambiente.
No, no era bueno que aquella alma maldita se paseara por delante de las cámaras, y sin embargo podría ser tan beneficioso para su plan que no deseaba alargar más la escena. La partida, siempre la partida.
–Si la chica está bien –masculló de nuevo–, no hace falta–
–Te equivocas –cortó afilado–. Tú sigues involucrado en un asesinato, y ella sigue siendo tu abogada. Seguramente el juez os dé otra prerrogativa para empezar el juicio, ya me encargo yo de eso. Además, yo mismo te llevaré.
–¿Debo verlo como un favor?
–Es un favor –enfatizó sus palabras.
–Qué quieres a cambio.
–Lo mismo que quería antes. ¿Te crees que esto no formaba parte de mis planes?
De nuevo ahí estaba el escalofrío de la muerte. Los ojos de aquel hombre brillaron fríos como el metal clavándose en su piel. Tan pequeño, tan endeble, tan inocente que por un segundo su presencia ahogó el espacio de la celda despertando sus sentidos. Si no hubiera vivido la guerra, si no tuviera la sangre fría que el tiempo le había dado, estaba seguro que instintivamente habría llevado la mano al arma; quizá la habría alzado contra él. Ese miedo… Cuánto lo amaba.
–Soy su prisionero, estoy desarmado, acepté el cambio de los tiempos; pero veo que no soy al único que le cuesta pasar página.
Saitou sonrió mientras escupía la colilla, era de esperar que lo hubiera leído a la perfección, pero ahora estaba seguro que acababa de convertir el peón en una reina. La reina ganadora.
–Vamos.
En el rostro del pelirrojo se mostró un intento de sonrisa, no tenía opciones entonces. Se levantó y aceptó. No, no había muchas más opciones.
–Sólo una pregunta más antes de ir a ninguna parte. –Saitou elevó una ceja curioso, aquel avance por parte del antiguo hitokiri no era del todo positiva, pero sabría salvarla, más cuando se encontraban ya en ese punto de juego–. Sabías que esto iba a pasar.
Como esperaba no era una pregunta. Y sonrió. No podía responder o sería él el que no saldría jamás del calabozo.
Kenshin entendió. Demasiados años perdidos en juegos de patriotas para no saberlo de ante mano. Demasiados años en las sombras como para no saber que aquella época y ésta tampoco eran tan diferentes. Y no sabía que sentir. Que sus juegos de guerras habían sido una limpieza de unos para el bien de otros, hacía tiempo que lo asumió; que ellos tendrían que seguir derramando sangre después de que la paz se instaurara también lo sabía, todos lo sabían. Pero, que aquel hombre hubiera involucrado a una civil en su juego. Que Saitou hubiera puesto en peligro a su ahijada. Que Kaoru hubiera podido morir. Una ira desconocida se arremolinaba en su corazón haciendo hervir la sangre. Por un instante sus ojos brillaron de nuevo. Estático, con los puños apretados, la tensión crecía a cada pensamiento en sus nervios. ¿Cómo se había atrevido a usarla?
–Vámonos antes de que nos encierren a los dos –susurró.
Por primera vez, sí, primera vez, Saitou fue incapaz de girarse hacia aquel hombre. La sed de sangre había escalado de manera abismal ahogándole. Si en algún momento al entrar a aquella celda pensó que el tiempo en el que su vida estaba en juego había acabado, se equivocó.
–Himura. –ni siquiera él tenía el control suficiente para sonar firme.
Pero aquel hombre sí lo tenía. Y otra vez más demostró tener más entereza que él que se vendió a la buena vida por poder seguir manteniendo a su familia, que a pesar de sonreír y hablar de paz su sangre clamaba por derramar más sangre. Qué envidia le daba aquel donnadie crédulo, que pagó por los crímenes suyos y de otros, que seguía fiel a sus principios y malvivía en las sombras; pero que ahora era quién le recriminaba con más razón que nadie haber puesto en peligro a aquella muchacha. Poco a poco el frío, el odio, el ahogo iba deshaciéndose en la calma, hasta que escuchó un paso. ¿Será aquello lo que predecería a una tormenta que aún estaba por llegar?
–Guárdatelo para Takeda –fue el único consejo que el viejo policía estaba seguro de poder dar.
Entonces ambos hombres salieron de la celda hacia el garaje, allí tomaron uno de los coches policiales hasta el hospital en el más absoluto silencio y tensión.
Sí. La tormenta se estaba formando alrededor de la nueva reina.
Saitou pidió que los dejaran en el aparcamiento interior del hospital, estaría bien evitar todo escándalo y espectáculo periodístico por ahora. Subieron a planta, enseñó su placa y, a pesar de las quejas de las enfermeras, pudieron llegar a la habitación de la chica.
No sabía con qué cara la miraría. No sabía que palabras serían las más apropiadas. Una disculpa era indiscutible, pero, ¿por qué? ¿por la explosión? ¿por no haberla protegido mejor? ¿por causarle tantos problemas? ¿por haberla involucrado? ¿por haber revuelto entre sus cajones? ¿por haber traicionado su voto de confianza? ¿por hacerle pensar en su difunto padre? ¿por…
–¿Vas a quedarte en la puerta mirando la nada o vas a entrar de una vez, Kenshin?
Su voz…
Alzó la mirada y sus ojos se chocaron con un mar cálido que no se merecía. Y aquella sonrisa, sus finos labios se curvaban en un gesto tierno que destruyó su conciencia. Sin entenderlo, notó como su corazón se aceleraba. Sus pies automáticos entraron a la habitación y fue como entrar en otra realidad. De pronto se notó más ligero al tiempo que veía como sus labios se movían, como levantaba el brazo queriendo hacerle sentar cerca; pero fue una sensación que apenas le duró el tiempo suficiente de fijarse en las vendas, la escayola, los tubos conectados con su pequeño cuerpo, las magulladuras en su mejilla, bañadas por lágrimas.
–Kaoru-dono… yo… –empezó torpemente, frío, sabía que la ira quería correr de nuevo libre por sus venas clamando venganza.
Cerró los ojos firmes y bajó la cabeza. Debería irse. Sí. Debería marcharse antes de que fuera más tarde. Sí. Debería saber muy bien que él sólo traía muerte y destrucción.
–Ya te dije que ese idiota estaba de una pieza. Es más fácil matar a una cucaracha que a Himura.
–Pero aquello fue mi culpa, jamás me lo hubiera perdonado si por mi tozudez Kenshin hubiera sido herido.
Y su sangre se heló.
Ahí estaba, la reina perfecta.
N/A: Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos, activar alertas y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad.
También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3
¡Muchísimas gracias por leer!
PL.
