VI
CONFESIONES DE UNA NOCHE POLAR
Así, Katara y yo deambulamos por el barco. Ahora lo miro todo desde otro punto de vista. Parece que durante este tiempo haya habido una tela que haya empañado mis ojos. Ahora, todo me parece… nuevo. Tengo un pensamiento inquietante. Este barco parece viejo, pero seguramente cuando yo era pequeño este barco ni siquiera existía. Y la abuela de Katara, ¡cuándo yo me escapé seguramente ella no era más que un bebé! ¡O ni siquiera había nacido! Y parece tan vieja…
Vamos Aang, ¡anímate! –Katara me echa un brazo por los hombros- Seguro que puedes rehacer tu vida. Tienes que salir adelante… como yo hice en su día…
No puedo. Soy el Avatar y tengo un deber que cumplir.
Salgamos por aquí –Katara me señala una escotilla abierta, que da al exterior.
Pero al avanzar un pequeño paso, Katara se tropieza con un hilo y un extraño mecanismo se activa. De una pared sale una gigantesca bengala, que sale por la escotilla, va al cielo y emite un sonoro petardo.
¡Por Tui que susto! –grita Katara- Bien, acabo de alarmar a la Armada del Fuego de que se han dejado uno de sus barquitos aquí… -me mira con una sonrisa traviesa y yo me obligo a devolvérsela.
Lentamente, los dos bajamos de nuevo por la montaña.
Va, volvamos a casa –dice Katara, que parece animada- Al final no hemos comido. Cuando lleguemos te prepararé un estofado de carne de foca que te vas a…
No como carne –la interrumpo con tono neutro- Soy vegetariano. Los Nómadas Aire creemos que toda vida tiene un sentido y que se debe respetar.
¡Oh vaya! –Katara se mira los pies, al parecer avergonzada- No te preocupes, tenemos también flores de escarcha que te encantarán. Perdona a la carnívora consumada –Suelto una risa escueta-
¿Ves? ¡Eso está mejor!
Pero Katara, no lo entiendes, ¿Qué voy a hacer ahora?
De momento te quedarás aquí, con nosotros. Luego ya veremos.
Me doy cuenta de que realmente quiero estar con ella. Ahora que mi tiempo ha pasado ya, deseo estar con Katara. Es extraño. De repente, me viene a la cabeza lo del corazón, que decía que no podía dejar el Polo porqué su corazón está aquí. Creo que quiero formar parte de ese corazón… Al ver que no digo nada, Katara me tiende una mano.
Vamos, ¿confías en mí?
¡EH! ¡Eso te lo digo yo! –protesto mientras le cojo la mano-
Ya no –dice, y me saca la lengua-
Y en todo el camino de regreso, no suelto la mano de Katara para nada. Me da la sensación de que, después de haber perdido todo, ella es lo único consistente que hay, lo único real. Todo lo demás desparece. Sólo está Katara. Y creo que si, en algún momento suelto su mano, todo se desmoronará otra vez, desaparecerá, y esta vez para siempre.
En el iglú, nos esperan Sokka y la Gran-Gran. Al entrar, nos separamos la mano. Katara va a dar un beso a su abuela y se sienta cerca del fuego, mientras Sokka me explica algo sobre el muro oeste, que está "brillantemente reparado", dice mientras se da golpecitos en el pecho con gesto adusto. Yo me quedo en el umbral, sin saber qué hacer.
Vamos, joven Maestro del Aire, ¡no he hecho la cena para después tirarla! –me dice la Gran-Gran- Cómo eres vegetariano, te puedes comer un par de ciruelas de mar. ¿Qué te parece?
Estupendo –le dirijo un gesto de agradecimiento-
¿Eh, que te pasa, Aang? Te veo extraño. –Me pregunta Sokka. Katara hace amago de intervenir, pero la callo con un gesto-
He descubierto que tengo ciento doce años y llevo cien de ellos congelado en un iceberg con Appa.
Silencio.
Bueno, eso ya me lo imaginaba –dice la Gran-Gran- Podrás quedarte aquí todo el tiempo que quieras. Nuestra hospitalidad es legendaria.
¡Ciento doce años! –bromea Sokka- ¡Hay que ver qué bien te conservas! –dice mientras me da un golpe amistoso en el hombro-
Parece que no, pero la broma de Sokka alivia el ambiente. Katara empieza a quejarse de Iluq, despotricando continuamente que es una fresca, mientras Sokka habla de Taknik y de su hijo y la Gran-Gran los escucha a los dos, con una sonrisa indulgente en la cara. Una familia. Una familia truncada por la guerra.
Debería ir al Templo. Me gustaría saber cómo van las cosas por allí.
Los tres se echan miradas indescifrables, y la tensión nace en torno al fuego.
De repente, veo unas luces extrañas, de muchos colores, que salen desde una pequeña ventanita del iglú.
¿Qué son esas luces?
Oh, la aurora –contesta Sokka-
¿Quieres verla? –me pregunta Katara-
Me encantaría, si usted no tiene inconveniente –digo dirigiéndome a la Gran-Gran que asiente y dice.
Pero abrigaros bien. Recordad que la aurora son espíritus que vuelven al mundo terrenal y si la miráis es que quieren hablar con vosotros. Transmitiros algo importante…
Si abuela si… -dice Sokka, dándole palmadas en el hombro y guiñándonos un ojo.
Salimos al exterior y oh, la belleza de la noche polar me deslumbra. La luces están suspendidas en el cielo oscuro, cómo delgadas hebras de luz que iluminan tenuemente el poblado. A su candor, todo parece misterioso y etéreo. Hay verdes, naranjas, violetas. Es el espectáculo más maravilloso que he visto en toda mi vida.
¿Te gusta? –me pregunta Katara, que contempla a mi lado la aurora.
Es maravillosa –contesto embelesado- Me quedaría la vida entera mirándola
¿Damos un paseo? –me sugiere-
Como quieras.
Y los dos, empezamos a caminar entre la nieve recién caída, dando una vuelta por el iglú. Pero llegamos a un sitio que yo no había visto nunca. Una tumba, pienso inmediatamente. Alrededor de un círculo de piedras, hay una gran lápida y bonitas flores blancas a su alrededor.
Y aquí –señala Katara con el brazo- Está mi madre, Kya.
¿Qué le pasó?
Es una historia muy triste y desagradable –de repente, Katara parece mayor- La noche es demasiado hermosa para estropearla con esa historia, ¿no crees?
Supongo que sí. –Asiento, conforme.
Hacía mucho que no venía a verla. Y tiene gracia, pues está al lado de mi propia casa. Supongo que he estado muy atareada…. –se lleva una mano al collar que lleva en el cuello, una cinta de la que cuelga una piedra azulada- Este collar… me lo dio mi madre hace mucho. Antes que ella lo tuvo mi abuela. Lo único que me queda de ella…
Mira con dulzura a la tumba, una dulzura infinita, sin límites, más allá de todo lo que yo había visto. Sin quererlo, le aprieto el hombro y ella me mira. Esta preciosísima. Las luces de la aurora se reflejan en sus dos ojos azules, y la tenue luz le perfila el rostro como un cincel. Su mirada y su sonrisa derrochan paz. Y le cae una solitaria lágrima por la mejilla, que cae, caliente, a su encuentro con el suelo. Se la seco con la manga del anorak y entonces le confieso:
Katara, soy el Avatar.
