Disclaimer: Nada de lo que reconozcan me pertenece, los personajes son de la maravillosa Stephenie Mayer. Solo me divierto con ellos junto a mi imaginación. La trama es mía.

Summary: Nueve años han pasado desde la última vez que Isabella sintió la felicidad en primera persona. Desde ese momento, su vida gira en una absoluta oscuridad; siendo presa de las decisiones de los demás. ¿Podrá la reaparición de alguien importante brindarle la fuerza que necesita para que, por primera vez, luche por su felicidad?

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¿Qué es la felicidad?

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Capítulo Beteado por IsabellMcEwan (Betas FFRT)

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Capítulo 5: Volverte a ver

"A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante".

Oscar Wilde

BPOV

Oía su lección como una autómata, eso hacíamos desde hace más de una semana.

—¿Crees que me lo aprendí? —preguntó la rubia en un murmullo.

—Lo sabes perfectamente, tendrías que tenerte más confianza, Rose —contesté con la mayor franqueza posible.

En esta última semana, nos habíamos visto todos los días. Rosalie resultó ser una mujer interesante. Nos supimos congeniar y, probablemente, nos haríamos buenas amigas con el pasar del tiempo.

—Es que tengo miedo, ¿sabes cuánto tiempo esperé este momento? —suspiró.

—Lo harás bien y te graduarás.

—Si me lo dice la gran Isabella, entonces te creeré —sonrió abiertamente.

Ese era el punto y aún me molestaba. En cada conversación que teníamos, me nombrara como si fuese la mejor en todo. "Si me lo dices tú, entonces es verdad", "te tengo como profesora, aprobaré gracias a ti", todas frases de Rosalie. Yo no era la mejor ni mucho menos, solo la intentaba ayudar para que pudiera terminar su carrera.

—Llámame cuando salgas de rendir —le dije acompañándola a la puerta, una vez que decidió irse.

—Por supuesto, será lo primero que haga. Muchas gracias Isabella, no sé que hubiera hecho sin ti.

—Ya te dije que no tienes que agradecerme nada. Espero que triunfes en el examen —nos abrazamos levemente y salió del departamento, escoltada por Tyler.

Suspiré cansadamente y me dejé caer en el sofá. Mi cabeza se partía en mil pedazos.

—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó Tyler mirándome preocupado.

—Sí, estoy bien —contesté acariciando mis sienes.

—Su madre ha llamado, pero no ha pedido por usted. —Muy típico de Renée—. Dijo que mañana en la tarde la espera para tomar el té en su mansión.

Solo asentí en respuesta. Hoy no quería saber nada de nadie.

Me acerqué hacia mi lugar seguro en el enorme apartamento y me dejé caer en el sillón elevando mis rodillas a mi rostro. La suave brisa del balcón inundó mis sentidos.

Hoy era de esos días más difíciles.

El sueño-pesadilla de todas las noches, esta vez había sido mucho más vívida que de costumbre. Hasta me había dado la sensación del tacto del hombre enigmático y oscuro que venía a visitarme todas las noches en el mundo de los sueños. Cuando desperté sobresaltada, ya no pude conciliar el sueño, eso origino que mi mal humor se incrementara.

Con el paso de los días me sentía aún más patética.

¿Cuánto tiempo más aguantaría la vida de mierda que llevaba?

No era fácil salir del agujero que yo misma había cavado; no era fácil seguir aceptando que hagan de mí lo que quisieran a su antojo.

Pero debía ser fuerte, el dolor de cada día me hacía recordar que yo me merecía todo lo que estaba ocurriéndome; que yo tenía la culpa por arruinar mi vida y la de… él.

Refregué mis ojos reiteradas veces hasta que me dejé vencer, ya no podía seguir luchando en contra de las sensaciones de mi cuerpo.

Una humedad vagamente reconocida hizo un camino en mi mejilla. ¿Cuándo fue la última vez que lloré? Las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos sin poder controlarlas.

Lloré por todos los años que no me había permitido llorar. Lloré por la amargura que tenia dentro de mí. Lloré por todo el mal que causé. Pero… lloré aún más por haber sido una cobarde y masoquista.

¿Por qué no fui una muchacha valiente? ¿Por qué no luché por lo que me hacia feliz? ¿Por qué dejé que la única luz de mi vida desapareciera sin siquiera decir adiós?

Estaba perdida… perdida en mi propia miseria.

Una vez que logré tranquilizarme, entré nuevamente al interior del departamento, yendo directamente al baño, a retocar mi rostro.

Mi reflejo me veía con tristeza, sus ojos estaban rojos e hinchados, con el maquillaje totalmente corrido.

No sé porqué pero ese reflejo mío me gustó, bastante. Mirarme de esa manera, me hizo entender que aún era esa persona algo insegura y emocional de hace tantos años atrás. Me hizo sentir, que aún seguía siendo… humana, después de todo. El traje de robot autómata no me había ganado, pese a todas las adversidades, muy en el fondo, seguía siendo Bella.

Mejoré mi rostro lo mejor que pude y fui rumbo a la cocina. Necesitaba hablar con Bree. Ella se había convertido en una persona importante para mí, me sentía muy cómoda con ella y me gustaba su compañía.

Pero antes de llegar a mi destino, me paré en seco.

—¿Qué haces aquí? —pregunté molesta.

—¿Y esa pregunta? —respondió con mi mismo tono de voz—. Hubiera preferido que me recibieras con un beso y un "te extrañé".

—Oh, lamento no cumplir tus deseos —dije sarcástica—. ¿Por qué viniste tan temprano?

—¿Desde cuándo tengo que darte explicaciones? Esta es mi casa y yo entro y salgo de ella cuando se me da la gana —sus ojos azules me miraban serios.

Encima que hoy no era mi mejor día, debía aguantarlo más tiempo.

—Acuérdate que mañana tenemos ese estúpido compromiso en la universidad. No me gusta decirte las cosas dos veces —aparté mi mirada de la suya.

—Nunca te pedí que me lo repitieras.

—¿Puedes callarte una puta vez? ¿Siempre vas a tener que retrucar lo que digo?

—Déjame en paz y vete si te molesta —puse mis brazos como jarras.

En un abrir y cerrar de ojos, lo tuve justo en frente de mí. Tomó fuertemente mi rostro y me dio un beso salvaje, aunque intenté separarme, fue inútil. Así que, como era costumbre, solo dejé que me besara, rogando en mi interior que algún día se cansara de mí y me dejara ir.

—En tus sueños —esbozó una sonrisa maliciosa, mordiendo fuertemente mi labio inferior—. Sigue haciendo lo que hacías, cariño. Me iré a trabajar en mi discurso. ¿Por qué no vas a mirar el parque por el ventanal? —soltó una carcajada mientras se iba al estudio.

¡Maldito idiota!

Limpié mi boca fuertemente, y sobé mi labio, podía sentir el gusto a sangre.

¿Qué persona era capaz de soportar diariamente a este individuo?

¡Oh! Claro, yo.

Estuve unas cuantas horas encerrada en mi habitación, tratando de no tener contacto con nadie… en especial con el hombre que vivía conmigo.

Ordené mi armario, rebusqué cosas viejas para llevar a mi lugar favorito y secreto e hice algunas cosas más para pasar el tiempo.

Miré nostálgicamente al parque de enfrente por el ventanal —era la única forma de mirarlo—. Hoy hacía un día espectacular, con el sol brillando arriba de nosotros, ninguna nube en el inmenso y celeste cielo. Mi vista se centró en una muchacha leyendo en uno de los bancos de la plaza, sumergida en su mundo de lectura, con la luz del sol y la suave brisa jugar con sus cabellos.

Cuanto daría yo por ocupar su lugar, aunque sea un instante.

—¡Oh aquí estás! —dijo abriendo la puerta con un fuerte ruido—. Ponte… umm… —rebuscó en mi ropa recién ordenada tirándola por toda la habitación.

—No hace falta que tires toda la ropa, puedes buscarla con cuidado, acabo de ordenarla —me miró como si me hubiese salido otra cabeza.

—¿Y qué hay con esa muchacha a la que le pagas? Mi hija no hace tareas del hogar, no voy a permitirlo.

—Bree tiene demasiado trabajo como para también ocuparse de mi ropa —respondí.

—Avisaré para que contraten a otra sirvienta. Nosotros tenemos mucho dinero, no puedes hacer esas tareas. Eres la reina de esta casa, y las reinas no se mezclan con la servidumbre; ni siquiera saben sus nombres —desordenó aún con más ímpetu mi armario.

Cada vez esta mujer me daba más asco. Su manera de mirar la vida era tan superficial que me daba náuseas.

La hermosa y sencilla Renée, que gran broma.

Ni siquiera sus facciones angelicales del rostro me engañaban. Sus perfectos ojos verdes azulados, su cabello castaño bien ordenado todo el tiempo, sus elegantes atuendos de diseñador, su perfecta estatura para llevarlos bien puestos y lucirlos, y su perfecta y nívea piel. Que nadie se olvide de su dulce y brillante sonrisa, claro.

Esa era mi madre, la mujer que me trajo al mundo y que se convirtió en una mujer irreconocible para mí hace ya algunos años.

¿Dónde estaba mi dulce mamá?, la que me leía libros en las noches, la que me cobijaba cuando me destapaba, la que me preparaba leche caliente cuando no podía dormir.

Esa mujer había muerto, mucho tiempo antes que la antigua Bella hubiera desaparecido.

—Al fin algo decente, ten ponte esto y nos vamos —me tendió un pantalón gris y una blusa verde, además de unos zapatos de tacón negros—. Apúrate, tengo al chofer esperando abajo.

—¿Puedo saber, al menos, a donde vamos? —pregunté tomando toda la ropa.

—Mañana tienes que asistir a la universidad en representación de la firma de tu padre, no puedes ir vestida con los horribles trapos que tienes en el armario.

—Todos los compraste tú —recordé.

Renée me miró seria—. No me interesa, no tienes nada decente para mañana, lo más seguro es que haya cámaras, ¡no pueden decir que la hija de Charlie se viste mal!

Apariencia, lo único que le importaba.

La dejé hablando sola y me metí al baño a cambiarme a su gusto y forma. Me maquillé levemente y ordené mi cabello en una trenza de lado.

—Listo —dije cuando salí. Mi madre me miró de arriba y abajo.

—No está nada mal —dijo y sus ojos se quedaron fijos en mi muñeca derecha—. ¿Qué es eso?

Miré mi pulsera, estaba orgullosa de llevarla, había sido mi regalo de cumpleaños de mi tía Charlotte.

—Fue un regalo —contesté cogiendo mi bolso.

—¿De quién?

—De la tía Charlotte —volví a responder mientras colocaba las llaves en mi cartera e iba a la cómoda a colocarme un poco de perfume de fresas. Eso era algo que no iba a cambiar, las fresas eran mis favoritas.

«De la tía Charlotte» —imitó sin éxito mi voz—. Sácatela, no quiero verte más con eso puesto.

Enarqué una ceja—. No voy a quitármela, fue un regalo y pienso usarla.

—¿Me estás desobedeciendo?

—No —contesté suavemente—. Solo te estoy diciendo, que la pulsera se queda en mi muñeca, es todo. ¿Nos vamos?

—Muy bien, como gustes —siseó entre dientes—. Seguro que tu tía Charlotte te da más que yo. Ya no quiero discutir contigo, nos vamos.

Dio la vuelta y salió de la habitación, rodé mis ojos y la seguí de cerca. Una vez que llegamos a la puerta, sentí la presencia de Tyler detrás de mí. Al menos no debía ir con Renée a solas.

Apenas llegamos a la limusina, Nahuel —el chofer de mi madre—, nos esperaba con las puertas del auto abiertas, se subió primero Renée y luego yo, Tyler se subió al frente, junto al chofer.

—Quiero que dejes de portarte como una idiota, Isabella —dijo mi madre mirando hacia la ventana.

—¿Disculpa? —pregunté cerrando mis puños.

—Deja de pretender que eres humilde. Somos una familia millonaria, con muchos millones en nuestras cuentas bancarias y tú eres parte de ello —me miró seriamente.

—Yo no pretendo ser humilde, Renée —suspiré—. Para mí el dinero no es más que un accesorio.

—¿Accesorio? Pues déjame que decirte, que no sabes nada. El otro día los visitó Félix, ¿sabes el peso de su presencia en la firma de tu padre? No, no lo sabes —ni siquiera me dejó responder—. Tú no te encontrabas ni presentable, acostumbras a vestirte como una mendiga en tu casa, donde quedó mi enseñanza: «las mujeres siempre debemos vernos bellas».

—No me vestía como una mendiga —retruqué—. Además, no estabas allí como para verme.

—No me interesa, lo que vi en tu armario no me gustó para nada. De seguro esa ropa, la que no te compré yo, te la dio esa trepadora de tu cuñada. Yo no te la compré y tú no tienes permitido salir por tu cuenta. ¿Cómo llegó ahí, entonces?

Cuenta hasta diez, Isabella. No pierdas tus estribos.

—En primer lugar, Alice no es ninguna trepadora. En segundo, esa ropa siempre estuvo allí. Y, en tercero, ¿podemos dejar de hablar de dinero y ropa? ¿Es lo único que te importa?

—Tampoco quiero que uses esas baratijas que te regala tu querida tía —miró con asco mi hermosa pulsera—. Tu mano es tan delicada a comparación de esa lata, a la que llamas pulsera.

—Ya te dije que no me la sacaré. Fue mi regalo de cumpleaños —escupí entre dientes.

—Cuidado en cómo me hablas, jovencita —se quedó pensando unos minutos—. ¿Cumpleaños dijiste? —me encogí de hombros—. ¡Oh, cierto! Bueno, no sé cómo te gusta recordarlo todavía, ¿Quién se pone feliz por envejecer un año más?

A cualquier otra persona le hubiera dolido que su propia madre no recordara su cumpleaños; a mí, ya no me hacía ningún mal. Estaba absolutamente acostumbrada a que Renée me hable de esa forma.

Seguimos el camino en silencio. Lo agradecía infinitamente, ya que no quería escuchar a mi madre hablándome de ropa, maquillaje, nuestros millones en el banco… etcétera.

Apenas bajamos de la limusina, Tyler nos escoltó hasta el local de Carolina Herrera.

—Renée, ¿Cómo has estado? —la saludó unas de las vendedoras.

—Muy bien, Gianna —devolvió el saludo amablemente—. Quiero unos de los mejores trajes, algo formal y ejecutivo. Es para asistir a una reunión de abogados.

—¿Para la bella Isabella? —me sonrió, yo solo hice una mueca.

—Para mi hermosa hija, si —contestó Renée—. No te olvides, que debe ser exclusivo, no permitiría que mi propia hija se vea como otra del montón.

—No se preocupe por eso, Renée. Sabe que aquí todo es exclusivo, y aun más para una Swan —guiñó el ojo y me llamó para que la siguiese.

Después de estar más de tres horas metidas en este local, al fin habíamos salido. Había comprado trajes hasta para revolear por el techo. Y, en consecuencia, habíamos gastado una cantidad de dinero inaudita. Renée con su rostro lleno de orgullo, por todo el dinero gastado, me daba repugnancia.

—Ahora sí, serás una hija digna para mí. ¿No es fabuloso comprar atuendos de verdad?

No me molesté contestarle, solo me quedé mirando sin mirar a los zapatos de las vidrieras.

Una vez que terminamos de comprar todo lo necesario para que sea digna de Renée, nos volvimos a mi departamento. Tyler abrió la puerta y me ayudó a descender de la limusina.

—Solo espero que mañana no nos hagas pasar vergüenza. Espero que pienses lo que hemos hablado hoy. Adiós —dijo mi madre y miró a Tyler para que cerrara la puerta. Éste lo hizo rápidamente.

Suspiré pesadamente y tomé un par de bolsas en mis manos.

—Déjelo ahí señora, yo se lo llevaré —dijo Tyler luchando para tomar todas las bolsas en sus manos.

—Te ayudaré, Tyler —rodé los ojos y entre los dos, subimos hasta el ascensor.

Mi guardaespaldas marcó el código del elevador y rápidamente se puso en funcionamiento.

—¡Llegaste muñeca! —apenas abrí la puerta él me esperaba con una sonrisa—. Déjame te ayudo —tomó las bolsas de mis manos y las dejó a un costado.

Apenas estuve liberada, me tomó en sus brazos y me besó.

—No me gusta estar enojado contigo, tú eres lo más importante que tengo —besó mi cuello y me removí incómoda.

—Deja las bolsas aquí, Tyler —le pedí.

Tyler soltó las bolsas junto a las demás y dijo—: Con permiso —y desapareció.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué te comportas así? —pregunté mirando fijamente a sus ojos azules.

—¿No puedo ser bueno con mi mujer? —preguntó estrechándome más contra él.

Bufé.

—¿Cuándo vas a entender que te amo?

—¿Me amas? —pregunté rodando mis ojos—. Si tenerme aquí como un animal en cautiverio, es amarme, prefiero que me odies —dije.

—Jamás podría odiarte —acarició suavemente mi mejilla—. Cuando digo que estoy enamorado de ti es verdad. No podría vivir sin ti, Isabella.

—Ya para —dije alejándome de él—. ¿Por qué de golpe tanta dulzura?

—No tiene que haber una razón —sonrió dejando notar sus hoyuelos a cada lado de su mejilla—. ¿Quieres cenar?

—Ya comí con Renée, me iré a bañar.

Suspiró—. De acuerdo, si quieres puedo enjabonar tu espalda.

Me fui hasta mi habitación totalmente confundida.

¿Qué le pasaba a ese hombre? ¿Tenía problemas de múltiple personalidad?

Me duché rápidamente y me coloqué mi pijama. Me dolían los pies y mi cabeza me mataba, por ende, me acosté en mi cama mirando al techo. Pensando en la locura que era mi vida, en algún momento me habré quedado dormida. Claro que no toda la noche, aún la pesadilla persistía.

Los rayos del sol se colaban en las ventanas con las cortinas abiertas. Sentí los tactos de unos ásperos dedos recorrer la piel de mis hombros.

—Buenos días, muñeca —dejó un camino de besos por la parte descubierta de mi espalda. Rápidamente me moví para que sus asquerosos labios no estuvieran en contacto con mi piel—. ¿Cómo dormiste? Ayer te sentí despertarte por la madrugada, ¿sigues con insomnio?

—¿Desde cuándo te importa? —pregunté con la voz ronca.

—Tú siempre fuiste mi prioridad. Levántate que en unos minutos salimos —dejó un beso breve en mis labios y se levantó de la cama.

Entré a ducharme y froté fuertemente donde él me había besado. No quería tener ningún tipo de señal de él en mi cuerpo. Al cabo de unos treinta minutos y con la satisfacción de estar bien limpia, salí del baño y me coloqué uno de los trajes que ayer me había comprado Renée.

—Simplemente perfecta, muñeca —dijo una vez que salí—. ¿Te dije hoy te amo?

—Ya para con este circo, de verdad —dije irritada.

—¿Circo? —contraatacó ahora serio.

—Sí, escuchaste bien. ¿Qué pretendes?

—Me conoces muy bien, muñeca —dijo sensualmente.

Hice una mueca perversa. Todo tenía un porqué.

—Te escucho —dije seriamente.

Sonrió perversamente y me miró divertido—. Nos iremos a New York, en una semana. Te estoy avisando, no te estoy consultando. Que quede claro.

—¿New York? —pregunté con un hilo de voz.

—Sí, ¿Cuántas veces quieres que te lo repita? —preguntó bruscamente—. Partimos el próximo lunes, así que vete preparando. Si me gusta la cuidad, quizás y nos quedemos allí.

¿Irnos a New York? ¿Quedarnos allí? ¿Estar lejos de mi hermano? ¿Cómo podría manejar toda mi miseria sola?

De repente una oleada de miedo e inseguridad me atacó fuertemente. No sería capaz de irme, no podía dejar la terapia, era el único sitio en donde podía hablar de mí.

—No puedo irme —dije asustada.

—No me interesa que puedas hacer o que no. Te dije que nos vamos y punto. No dejaré que eches a perder un caso importante para mí y mi carrera. Ahora, bien. ¿Nos vamos?

Tiró de mi mano bruscamente y me arrastró fuera del departamento.

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—¿Puedes manejar más despacio, por amor a Dios? —dije apretando mis manos en cuero del asiento.

—No vas a darme clases de cómo manejar. —Contestó cortante—. Y más te vale que pongas buena cara.

Respiré entrecortadamente y seguí mirando el paisaje correr por la ventanilla polarizada del coche. Tenía muchísimas ganas de llorar, desde que lo había hecho otra vez, me era más difícil poder combatirlo.

Luego de unos instantes pude observar el arco de la gran Universidad de Seattle. Mi acompañante manejó el auto rápidamente, haciendo que mi corazón lo tuviera en mi garganta. ¿Qué necesidad tenía de manejar como un loco en un lugar infestado de personas?

Cuando llegamos, Tyler estuvo rápidamente esperándome con mi puerta abierta. Me pasó la mano y la tomé para bajar.

Algunas personas nos miraban curiosas, era entendible. El auto del que acababa de bajar, no era caracterizado por pasar desapercibido.

Me junté rápidamente con mi acompañante, y éste rápidamente pasó un brazo posesivo por mi cintura.

— S-señor, ¿Puedo tomarles una fotografía?, soy del periódico de la universidad —dijo un joven con voz tímida intimidado por el gran tamaño de los hombres que me rodeaban.

—¡Oh claro! —respondió—. Muñeca ponte para la foto.

Miré hacia la cámara sin preocuparme en salir con buena cara. El flash me cegó y supe que mañana seriamos la noticia de la universidad. Cuando el muchacho terminó de sacar unas tres fotografías nos agradeció y luego se fue.

—¿Qué es lo que mis ojos ven? —preguntó una voz delante de mí—. Si es nada más y nada menos que la hermosa hija de Charlie.

—Vladimir —dije.

Vladimir era una de las amistades de mi padre. La universidad estaba bajo su cargo desde hacía mucho tiempo. No era un mal hombre, había tenido la oportunidad de conocerlo en una de las reuniones que mi padre realizaba en su mansión. Pero ahora estaba más entrado en años, su fino cabello rubio estaba cubierto por algunas canas y sus ojos bordeados de arrugas. Pero seguía manteniendo su elegancia y fuerte presencia.

—El mismo que ves, ¿Cómo estás? Hace mucho tiempo no tenía la oportunidad de verte.

—He estado algo ocupada —traté de sonar cortés.

—Tu padre siempre habla de ti —sonrió dejando entrever arrugas al lado de sus ojos. Miró hacia mi acompañante y le tendió una mano—. Un gusto volver a verte también, la universidad está más que orgullosa de tenerlos como anfitriones.

—Nosotros estamos más que agradecidos por la invitación —contestó éste estrechando su mano con la de Vladimir.

—Muy bien, en poco comienza el acto. ¿Me acompaña? —le dijo a él.

—Claro —respondió éste con una sonrisa—. Tyler no despegues la vista de ella.

—Por supuesto, señor.

—Me alegra que tengas a un hombre que te cuide tanto, Isabella. Nos veremos después —me saludó Vladimir dejando un beso en mi mano y se fue junto con mi acompañante.

Miré a Tyler—. ¿Podemos quedarnos unos momentos aquí afuera?

—Señora… —reprochó.

—Serán solo unos minutos, te lo prometo —dije.

Tyler asintió y me escoltó hasta una banca apartada de toda la multitud.

—¿Puedo hacerte una pregunta, Tyler? —dije mirándolo.

Sus ojos negros me miraron interrogativos, solo se atrevió a asentir.

—Alguna vez, ¿te has sentido atrapado y sin salida? —solté un suspiro.

—¿Me permite? —preguntó señalando el lugar a mi lado, asentí casi al instante—. Muchas veces me sentí así señora, pero siempre he podido salir adelante.

—¿Cómo lo hiciste? —quise saber.

—Usted es una mujer inteligente y sé que puede manejar todas las adversidades que se cruzan en su camino —volvió su vista hacia nuestro alrededor—. ¿Ve toda esa multitud? —asentí extrañada—. Muchas personas, cambian su manera de tratar y actuar cuando hay mucha gente a su alrededor.

Volví a mirarlo extrañamente, ¿Qué me quiso decir?

Iba a preguntarle, pero él rápidamente se paró y señaló disimuladamente hacia adelante. Una melena rubia se acercaba a nosotros.

—¡Isabella! —exclamó llegando a mí.

—Hola, Rosalie —saludé.

—Me encanta tu atuendo, ¡debe costar una fortuna! —rodé los ojos—. Ayer intenté llamarte pero no estabas.

—Seguro fue cuando salí con mi madre —contesté—. ¿Qué querías decirme?

—Que… ¡Aprobé! —exclamó fuertemente—. Y todo fue gracias a ti.

—Te felicito Rose, eres toda una abogada —me abrazó y respondí a medias—. Pero todo el mérito es tuyo, yo solo te ayudé.

—¡Pavadas! —rodó los ojos—. Estoy muy feliz, al fin me gradué. Tengo que irme, la ceremonia no tardará en comenzar.

—Nos vemos luego —dije y, tras un beso en la mejilla, se fue—. Mucha energía, ¿no? —miré a Tyler. Él solo se encogió de hombros.

—Es la hora, señora —indicó y asentí.

Me dirigí rápidamente hacia el interior de la universidad, levantando miradas curiosas. Todo el mundo en este ámbito sabía quién era, y el poder que eso implicaba.

Nos acercamos a una gran puerta donde arriba decía "aula magna", fui escoltada por Tyler hacia el interior. Apenas entré, mantuve mi cabeza gacha, no quería que la gente me mirara como si fuese una criatura importante. Al pasar por el largo pasillo hacia mi lugar, tuve una sensación extraña, mi corazón comenzó a latir fuertemente. Sin embargo, no le di mucha importancia, solo dejé que Tyler me guíe a mi ubicación.

Como era de esperarse, los lugares más privilegiados nos habían sido otorgados. Justo delante de todo.

—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó con su voz tratando de sonar normal.

—Me quedé hablando con Rosalie, ha aprobado —dije en un murmullo.

—Era de esperarse, tú la has ayudado —dijo y rápidamente nos mantuvimos en silencio cuando una profesora comenzó con el discurso de iniciación del acto académico.

Estuvieron alternando unas palabras entre los importantes profesores, y luego fue el mismo Vladimir en estar detrás del micrófono.

Habló de lo importante que era graduarse y ser alguien en la vida y de la tarea comprometida de los abogados en acción sobre los derechos humanos. Apenas comenzó a hablar el rector, los organizadores se llevaron al hombre que estaba al lado mío, para decir su discurso.

—Hoy tenemos el privilegio de contar con uno de los abogados más importantes del Estado, perteneciente a la firma Swan, él es…

No pude escuchar más, ya que un toque en mi hombro me distrajo.

—¿Tú eres Isabella, la hija de Charlie Swan? —preguntó una mujer sentada al lado mío.

—Si —contesté confundida.

—Soy Helena, la esposa de Vladimir —sonrió.

Nos entretuvimos hablando unos momentos. No había escuchado el discurso de mi querido, y tampoco me importaba. Se escucharon unos aplausos, y chicos subían al escenario para buscar sus diplomas. ¿Ya estaban entregándolos? Me disculpé con Helena y presté atención al acto, no era de buena educación ignorar todo y hablar con una mujer.

Me centré en la mujer con el micrófono y pronunció:

—Cullen, Jane.

Mi cuerpo se tensó completamente.

Seguí la dirección con la vista de la mujer que llamaba a los alumnos y una hermosa cabellera de un castaño con reflejos rubios se dirigía hacia el escenario.

¿Jane? ¿Cullen?

El aire se atoró en mi garganta y rápidamente giré mi cabeza hacia atrás.

Mantuve mi vista fija en una cabellera castaña cobriza que difícilmente confundiera entre la multitud. Seguí manteniendo mi vista fija en su perfil, sin poder creer lo que estaba viendo.

De repente, como si nuestros ojos se buscasen se encontraron. Verde contra chocolate, mirándonos como si fuéramos una especie de holograma que desaparecería con el correr de los segundos.

Cuando sus ojos verdes volvieron a mirarme después de tanto tiempo, sentí que todos estos nueve años viviendo sin vivir, se concentraron en este instante. En el mismo instante en donde lo volvía a ver.

Eran sus orbes verdes.

Eran sus hermosos ojos, en los que tantas veces logré perderme.

Era él.

Podrían haber pasado solo segundos, minutos, o quizás hasta horas, pero yo no podía apartar mi mirada de la de él y, al parecer, él tampoco, ya que no la había despejado de la mía.

El auditorio se llenó de aplausos, y todos se pusieron de pie, cortando nuestras miradas.

—¿Qué tanto miras? Ponte de pie, ¿no ves que hay una cámara? —me tironeó fuertemente del codo y obligó a que me levantara.

Fijé mi vista hacia adelante y se encontraban todos los graduados juntos, riendo y festejando, ya sin sus birretes de graduación puestos. Mis ojos se concentraron en una hermosa joven, a la cual no veía desde hace mucho, mucho tiempo. Estaba igual que como la recordaba, solo que la pequeña muchachita a la que dejé de frecuentar, se había convertido en una mujer preciosa.

Volví mi vista hacia atrás, buscándolo con la mirada otra vez. Me levanté en las puntas de mis pies, tratando de mirar más allá de todas las cabezas, vi que otra cabeza hacia exactamente lo mismo que yo, y mi pecho se infló se emoción.

Él también me buscaba.

—Vamos —volvió a tironearme y lo miré enarcando una ceja—. No tenemos que hacer nada más a aquí, nos vamos —dijo enojado.

¿Se habrá dado cuenta a quien miraba? Rogaba porque eso no fuera así.

Contra mi voluntad tuve que abandonar el anfiteatro siendo tironeada con más fuerza de la necesaria y escoltada por Tyler. Ni siquiera saludamos a Vladimir y a Helena.

—¿Qué mierda te pasa? —pregunté una vez que estuvimos en el auto regresando al departamento.

—Cuida tu lengua conmigo —contestó—. No me pasa nada, solo que odio estar en este tipo de eventos.

—Te veías muy agradecido con Vladimir —comenté.

—¿Puedes cerrar tu puta y rápida boca? ¿Crees que no me di cuenta que no escuchaste nada de lo que dije en mi discurso?

Suspiré llena de calma, por eso se había enojado.

—Me habló Helena, es una vieja conocida.

—¿Es más importante que yo?

Hasta mis uñas son más importantes que tú.

—Ese no es el punto —me tragué mis pensamientos.

—Que sea la última vez. —Fue el fin a la conversación.

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Aún seguía en una nube de incredibilidad.

Habían pasado tres días desde que lo volví a ver. Todas las noches antes de dormir me quedaba pensando en sus ojos, eran tan verdes como los recordaba, solo que ya no brillaban con la misma intensidad que antes. Aunque tampoco era que lo podía asegurar, ya que lo había visto desde una distancia relativamente lejana.

—Llegamos señora —Tyler me esperaba con la puerta del coche abierta.

Lo miré apenada, ¿esperaría hace mucho tiempo? Me bajé rápidamente y caminé —con Tyler siguiendo mis pasos—, hacia el interior del hospital.

Hoy sería la última sesión de terapia que tendría. El viaje a la cuidad de New York me pisaba los talones y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Lo más difícil iba a ser comunicárselo a Jasper, estaba segura que se enojaría muchísimo conmigo, y tendría razón.

Subimos hasta el tercer piso en el ascensor. Cuando salimos, hice el camino que conocía de memoria. La puerta de su consultorio estaba abierta y Tanya me esperaba con la misma sonrisa dulce que siempre.

—Siempre tan puntual Isabella —sonrió aun más—. Adelante.

Se adentró a su consultorio y yo la seguí. Me pareció extraño haber visto a muchos niños con sus padres esperar en la sala de espera. Desde que había empezado a venir aquí, el consultorio de Tanya era el único que funcionaba en este sector. Cerré la puerta sin darle mucha importancia al asunto.

—Muy bien. Hoy hablaremos de los recuerdos. Siéntate en el sofá, por favor —pidió y lo hice rápidamente—. ¿Cuál es el mejor recuerdo que tienes de tu infancia y/o adolescencia?

Pensé unos instantes y luego recordé de algo de lo que nunca me olvidaré.

—En un cumpleaños, no me acuerdo de cual, me regalaron un pequeño elefantito de peluche, lo llamé "Collie" —rodé los ojos.

—¿Ese no es un nombre de perro? —ahogó una risa.

—Sí, pero igualmente lo llamé así, supongo que me había gustado y estaba obsesionada con ese nombre que no me importó llamar a un elefante así. —Me encogí de hombros.

Tanya soltó unas risitas—. Es un nombre muy dulce, y no importa si es de perro o elefante; estoy segura que yo le hubiera puesto… no sé, "Trompita", quizás —volvió a reírse—. ¿Quién te lo regaló?

—Mi mejor amigo —respondí en un murmullo luchando con las lágrimas que se querían escapar.

—¿Qué pasó con él? —preguntó nuevamente.

—Solo nos dejamos de ver, éramos unos niños —dije mintiendo.

—Entiendo —dijo no muy convencida—. Ese peluche fue algo muy importante para tu vida, aunque aun lo fue más quien te lo regaló. ¿Estoy en lo correcto?

—¿Por qué dice eso? —pregunté sorprendida.

—Estoy en lo correcto —murmuró para ella—. Te he preguntado cuál era el mejor recuerdo que tienes de tu infancia o tu adolescencia, tu mente recordó ese peluche, porque siempre te sentiste cercana con quien te lo regaló. Podrías haber recordado alguna travesura que hiciste, o quizás esa caída épica que todos tenemos de pequeños, o hasta tu primer beso.

—¿Dónde quieres llegar? —volví a preguntar mareada por sus preguntas capciosas.

—Hay cosas o hechos que nos marcan una etapa, no importa cuál sea. —Asentí aunque no podía verla—. A ti, ese elefantito te marcó, y me gustaría saber el por qué.

—Fue lo primero que se me vino a la cabeza —respondí.

—Por eso mismo, muchas veces la mente humana actúa de manera espontánea, sucede en la mayoría de las veces. Creo, casi asegurando, que esta semana sucedió algo que hizo que tu mente se acordara de ese elefantito. ¿Ha sucedido algo esta semana relacionado con el peluche o, en su defecto, con la persona que te lo regaló? —me tensé.

—¿Podemos dejar de hablar del maldito peluche, por favor? —elevé un poco el tono de voz.

—Está bien —contestó con voz sorprendida. Respiré profundamente manteniendo mis ojos fijos en mis uñas.

Para mi suerte cambió de tema y volvimos a los sueños-pesadillas de las noches, tratando de descifrar el verdadero significado de éste —aunque yo sospechaba de donde provenía ese sueño—. Antes de que la sesión terminara, me animé a decirle los nuevos planes.

—Licenciada Denali —comencé. Sus ojos azules me alentaron a que siguiera hablando—. Me temo que esta ha sido la última sesión.

Entrecerró los ojos y me miró confundida—. Yo no te he dado el alta, ¿Por qué me dices eso?

—Me iré a la cuidad de New York, y no sé cuando regresaré.

—Te irás a New York —no sonó a pregunta—. No es conveniente para ti dejar la terapia, Isabella.

—Lo sé, por eso, me gustaría pedirle alguna recomendación o algo parecido.

—¿Tú quieres irte? —preguntó preocupada.

—Por supuesto que no —respondí inmediatamente—. Pero no puedo decir que no, no está en mí poder decidir.

—Claro que está en ti el poder de decidir —contestó sin apartar sus ojos de mí—. Isabella, por tú bien, no dejes que te obligue a irte también. ¿Cuánto más vas a permitir que te haga?

Agaché la cabeza y jalé mis cabellos nerviosamente—. ¿Qué puedo hacer?

—Decir «no», es lo único que puedes hacer. Hazte valer, impone tu presencia. Sé valiente. Permítete pensar en ti, decidir por ti. Prométeme que lo harás —pidió.

—No lo sé —contesté en un murmullo.

—No cancelaré tu cita para la próxima semana, confío en que harás lo mejor que te parezca. Hasta luego, Isabella.

—Hasta luego, licenciada. —Contesté estrechando su mano.

Salí tristemente del consultorio y visualicé a Tyler rodeado de niños a su alrededor. Quizás si mi vida fuese otra, me estaría carcajeando de la risa por la imagen graciosa: los casi dos metros de mi guardaespaldas y su mirada seria y enojada todo el tiempo, no encuadraba para nada con la imagen de niños a su alrededor. Definitivamente, no.

—Iré a saludar a mi hermano, Tyler —avisé. Se levantó rápidamente y saludó a un pequeño de su lado.

—Su papá es muy bueno, señorita —dijo el pequeño niño—. Me ha regalado unos lápices de colores.

Elevé ambas cejas—. Tienes razón, es un hombre muy bueno —creí haber visto un ligero rubor en las mejillas de Tyler.

—Ahora esperaré al doctor más contento —lo miré fijamente al pequeño niño y se veía pálido con sus mejillas y nariz sonrosadas. Pobrecito, se notaba enfermito.

—Ven Thomas —lo llamó la madre, supongo—. Lamento que la haya molestado, señorita. Está con un poco de fiebre —se disculpó la señora.

—No me ha molestado, no se preocupe —la tranquilicé—. Que te mejores, Thomas —acaricié sus cabellos y él me sonrió—. ¿Vamos Tyler?

Asintió y recorrimos el pasillo hasta dar con el consultorio de mi hermano. Antes de llegar lo distinguí fuera de su consultorio, hablando y riendo con alguien. Volví a mirar en su dirección de un poco más de cerca y me quedé petrificada.

Alice fue la primera en verme. Sus ojos se abrieron y una mueca de preocupación adornó su fino rostro. Golpeó el costado de su esposo con su codo y Jasper rápidamente llevó sus ojos a los míos, mirándome nerviosamente. Por último, el hombre con quien hablaba se volteó abruptamente, parándose en seco en cuanto me vio.

Seguía siendo igual de alto, o tal vez creció unos centímetros. Su cabello seguía igual de rebelde que siempre, de ese extraño y hermoso color castaño cobrizo. Su rostro era aun más hermoso de lo que recordaba, sus rasgos de adolescente se habían ido para dar lugar a un hermoso hombre. Sus ojos, esos que había visto hace solo tres días atrás, se notaban más verdes y brillantes que la última vez.

Tyler alternaba su vista entre nosotros, iba de ellos tres hacia a mí y viceversa.

Por más que Tyler se comenzaba a notar más cercano a mí, y mi confianza en él había aumentado cuando no contó nada a cerca de mi cumpleaños y mis inesperados invitados, no tenia que fiarme completamente de él, debía mantener las distancias y también los anonimatos.

Me acerqué hasta ellos sin despegar mi mirada de sus ojos verdes. Aun no podía creer que lo volvía a ver, después de nueve largos años, dos veces en una misma semana.

—Isabella. Hoy es jueves —dijo Jasper golpeándose la frente. Alice lo tomó del brazo reconfortándolo, enviándome una mirada acongojada.

El dueño de los ojos verdes intentó hablar sin despegar sus ojos de mí, pero antes que lo haga, reaccioné. Sentía los ojos de Tyler pegados a mi espalda.

—Isabella, mucho gusto. —Saludé con voz fría extendiendo mi mano.

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¡Holaaa! :) ¡Nuevo capítulo subido! Tanaran... primer diálogo entre ellos :O jajajajaja

¿Qué les pareció? ¿Les gustó? Comenzamos con los encontronazos :)

Gracias, gracias y gracias por los hermosos review's, por los alertas, favoritos pero por sobre todo apoyar a la historia y dedicarle un tiempito para leerla, de verdad muchas gracias.

También agradezco a mi linda beta que hace posible que la lectura sea más fluida y no presente errores, gracias Amelia :)

Sin más me despido y, como lo dije en otras oportunidades, en mi perfil podrán encontrar los links de mi Facebook y el grupo dedicado a mis historias, pueden enviarme la solicitud que con gusto los agregaré.

¡Hasta la próxima semana! (:

Abrazos de oso.

Alie ~

Gracias en especial a:

chiquitza, janalez, DANIELADRIAN, Gretchen CullenMasen, isaaa95, KarenMasenCullen, Gigi Cullen, robsten-pattison, lunatico0030, Ayin.