Capítulo 2.1: Diciembre 1ero, 08:00 am
Tiempo restante: 30 días (para no contar también las horas ni desesperarse).
Apenas y pudo dormir, luego de la fiesta. Normalmente luego de escogido el nuevo ministro de magia, éste no tomaba posesión sino el primero de enero del año siguiente y una comisión provisional de magos, se encargaba de las leyes. El ministerio de magia parecía tener mucho tiempo para la ceremonia de juramentación y sin embargo, según escuchaba del mismísimo retrato de Albus Dumbledore, al final terminaban haciéndolo todo a la carrera.
Típico de muggles.
Así que Hermione todavía podía organizar su vida, mientras esperaba el nombramiento oficial. Tiempo que tenía que usar sabiamente, para sacarle al descerebrado de Weasley de la cabeza. De una buena vez y sin arrepentimientos.
Eso sonaba mucho más fácil que enamorarla. Y tenía que caer muy bajo, humillarse y cambiar su conducta drásticamente.
Primero lo primero, ser más "amable" que de costumbre. Sí, bueno, se consideraba amable de no estar repartiendo cuanta maldición imperdonable se le cruzara por la cabeza. La mejor forma de empezar era el desayuno, si es que no había festejado a cansarse y se dignaba a aparecer.
Sabía que Minerva había estado quejándose de un fuerte dolor de cabeza y estaba de muy mal humor, así que trataba de evitar encontrársela en los pasillos. Por amor a Merlín que esperaba que hubiera olvidado la mayor parte de la fiesta y la penosa conversación que ambos habían sostenido, la noche anterior.
Aunque aún estaba interesado en ese hechizo para ceñirse la ropa al cuerpo. ¡Bah! No era un adonis y la verdad tenía grandes defectos, empezando por su nariz y sus desiguales dientes amarillentos, pero también tenía sus buenos atributos.
Y años de patrullaje de pasillos, de ir y venir con el señor tenebroso, le habían dado buena musculatura.
De camino a la sala de profesores supuso que un poco de reflexión solitaria, le ayudaría a diseñar un plan rápido y efectivo. Nunca planificaba nada con tanta prisa, pero ésta vez el tiempo le jugaba en contra. Y la mujer también.
Encontró un sillón hondo y mullido en el que reclinarse, tomando un viejo libro. Un clásico y uno de sus favoritos: La leyenda de Sleepy Hollow, el jinete sin cabeza. Y sacando un par de gafas de lectura del bolsillo interno de su túnica, se dispuso a leer cómodamente.
Bien, pensaba mejor mientras leía.
Luego de un par de minutos de mucha calma y placer visual, la puerta de la sala de profesores se abrió lentamente. No prestó atención, de más estaba decir que se encontraba lo bastante distraído como para siquiera oír una bomba apestosa de las que Peeves amaba arrojar sobre los maestros.
- Profesor Snape, no esperaba encontrarlo aquí y tan temprano.
Alzó la vista, arqueando una de sus cejas y acomodando sus gafas de lectura que comenzaban a resbalarse.
Hermione Granger. Claro... hay que leer siempre y antes de desayunar.
Recordó que tenía que ser muy pero muy... amable.
Se quitó las gafas de lectura y doblándolas cuidadosamente, cerró el libro y esbozó una pequeña sonrisa.
- Señorita Granger, qué grata sorpresa. Yo tampoco esperaba encontrarla aquí y tan temprano.
- ¿Grata? No sé qué es lo que le pasa últimamente, pero está comenzando a asustarme. - comentó la joven, ocupando un sillón a pocos metros.
Sí. Había olvidado que lo convencional y lo que otros considerarían como un agradable saludo, no funcionaba con alguien como Hermione Jean Granger.
- Solo trato de ser amable, honesto. Los tiempos han cambiado y usted lo ha dicho también. Hay que cambiar.
- ¿Honesto? ¿Después de que ayer estuviera casi cenándome viva y no fuese lo suficientemente hombre como para admitirlo?
¿Cuestionar su hombría? Por menos que eso la abandonaba, pero tenía que resistir.
- Lo lamento. - se obligó a decir y pensó que su lengua explotaría. Jamás se había disculpado con el trío dorado y sentía que Potter saldría de la nada y gritando: "¡AJÁ!" - Me sentía realmente avergonzado. Aunque he de admitir que usted se veía realmente esplendorosa, si me permite ser totalmente sincero de ahora en más.
- Está bien... - contestó ella, sonrojándose ante la penetrante mirada del profesor de pociones sobre ella. - Me sentía terrible en ese vestido, como si hubiese estado desnuda. ¡Podía vérseme,media espalda!
Y un poco más, pero no era tan estúpido como para admitirlo. Al menos no, frente a ella y no ahora.
- El señor Weasley tiene buen gusto. La conoce...
- No, no me conoce en lo absoluto. - le interrumpió y Severus guardó silencio. - le dije un millón de veces, que ese tipo de atuendos no me gustan. Siempre terminamos haciendo lo que él quiere.
- Y eso es tan molesto. Mucho más cuando usted es la nueva ministra de magia, es usted quien debería llevar los pantalones en la relación.
Hermione se permitió reír y de inmediato se cubrió la boca con las manos, mirando los diferentes retratos de la habitación, interesados en su presencia.
- Oh, ya siquiera puedo reír sin que algún periodista me persiga.
- Si se casara conmigo, seguramente nadie la perseguiría. ¿Quién querría saberlo todo sobre mi vida? Soy tan... - se tomó su tiempo para enfatizar ese tan. - aburrido...
Hermione parpadeó sorprendida y trató de no reírse más, mientras el profesor de pociones soltaba una carcajada al aire.
Aquel sonido llamó poderosamente su atención y no de mala manera. Jamás lo había escuchado reír y aquella tonada grave, retumbó en sus oídos.
- Estoy segura de que, por omisión, usted terminaría siendo famoso conmigo. ¡Si me fotografían hasta mientras como!
- Qué mal, en verdad que lo lamento. - dijo el hombre con otra sonrisa, lo más sincera que podía. - estoy seguro de que yo no sería buen material visual, si estoy lleno de cicatrices hasta donde es humanamente posible... lastimarse.
- Habrán algunas que consideren eso como misterioso y atractivo. Como herencias de una guerra bien librada. - dijo ella y le pareció que trataba de sentir empatía.
¿O le coqueteaba a caso? Así todo sería más fácil. Esperaba que fuese lo segundo y tendría un 60% del terreno amansado.
- Detecto en usted... ¿un cumplido? Si vamos a ser honestos...
- Encontrará a una mujer que quiera casarse con usted, de eso estoy segura. Si debo admitir algunas cosas, ahora que estamos bajo la política de ser honestos el uno con el otro, desde que era niña llegué a admirarlo. Sí, fui muy estúpida puesto que usted solo me llamaba: sabelotodo insufrible, pero llegué a acostumbrarme a ello. Pese a que pociones no era su materia favorita, llegué a admirar todos los conocimientos que tenía sobre la materia y la dedicación que prestaba a ello.
Por obligación, pero no lo iba a admitir.
- Y bueno, luego de que supimos la verdad de su amor platónico con la madre de Harry...
Que no lo dijera. Que no dijera: "comprendimos que tenía su corazoncito".
- Gracias. - dijo primero. - y en verdad lamento haberle molestado tanto, durante su época escolar. Usted era tan inteligente como Evans y la verdad me costaba mucho trabajo, tener que educar a su hijo y de paso, a una jovencita que se le pareciere.
- Lo entiendo perfectamente y si le hace sentir mejor, lo perdono. No le guardo rencor alguno, descuide.
Había tal vez, ¿esperanzas? Hasta casi se sentía mal por intentar destruirle la vida. Pero no, ella le había dado un reto y en verdad era demasiado terco como para retroceder.
- Si mi presencia no le repugna y quiere escapar de todos los reporteros de chismografía, ¿por qué no me acompaña a desayunar? Es una interesante plática, pero me temo que la necesidad llama y estoy seguro de que mi sola persona, podrá espantar a cualquiera que quiera acercársele.
La joven sonrió y asintiendo en silencio, se puso de pie y se detuvo tras el jefe de Slytherin. El hombre abrió la puerta y cediéndole el paso con un ademán un tanto exagerado, salió tras ella y preguntándose un par de cosas.
Si fuese un auto volador, cuánta distancia debía guardar de una escoba frente a él.
Caminar a distancia prudente, respetar los límites. Que no se espantara al primer contacto.
- ¿Qué tenía el ponche anoche? La profesora McGonagall amaneció con una terrible jaqueca y usted, profesor Snape, amaneció más amable que de costumbre. Bueno, que siempre.
- Puede llamarme Severus... si yo puedo llamarla a usted, Hermione. Es ya fastidioso, el estar diciendo Granger todo el tiempo. Ya usted no es mi estudiante y ahora es ministra de magia. Aunque aún le debo el respeto que se merece, así que por ahora será la señorita Hermione.
¿Qué?
- Oh, me alaga profesor... ¿Severus? Pues sí, puede llamarme Hermione. Si le place hacerlo, no le detendré. Aunque usted sigue llamando a Harry y a Ron, Weasley y Potter.
- De ellos no me interesa hablar, señorita Hermione. Es por eso.
Y no iba a cambiarlo por señora de Weasley. No lo iba a permitir, hasta le hacía un favor.
La joven volvió a reír y no supo por qué, pero le pareció una risa muy agradable.
En verdad, ¿en qué se estaba convirtiendo por "amor"?
Al entrar en el gran comedor, apenas podía ver por la cantidad de flashes que aparecían de la nada. Fotografías aquí y allá.
- Seguramente pronto publicarán una revista entera de Corazón de Bruja, diciendo que ahora salgo con mi ex profesor de pociones. Y, por favor, si alguien trata de contactarlo para que de una entrevista, no diga nada falso o comprometedor.
- ¿Por qué haría algo así? Aunque he de admitir que usted merece casarse con un hombre, no con un niño al que todavía cuida su madre.
- Ron ya no vive con su madre, me temo. Además; no es su culpa. La señora Weasley quedó muy afectada luego de la muerte de uno de sus hijos y ahora lo sobreprotege aún más que antes. Aunque ya no haya guerra alguna.
- Mis más sinceras condolencias. Esos gemelos fueron el mártir del colegio, pero nunca desee que terminara de esa forma.
- Se lo agradezco. He de admitir que el nuevo usted me gusta. Ya veo que interiorizó la conversación que tuvimos anoche. Siga así, más amable y seguramente encontrará esposa muy pronto. - dijo la mujer, apartándose y caminando en dirección a la mesa principal. Minerva se masajeaba la sien con insistencia. - gracias por su grata compañía. Merlín, nunca pensé que diría algo como eso.
Claro que se casaría pronto y ella sería su flamante esposa.
