El salón de baile había conocido alguna vez la opulencia. De unos 20 metros cuadrados y totalmente de blanco. Entre las brillantes cornisas colgaban sedas y telas maravillosas. Los tapices de seda en las paredes se habían decolorado y, en algunos lugares, estaban deshilachados. Muchas luces flotantes, adornaban la habitación, y en el techo había una luz bien grande y cegadora. Un alto y dorado reloj permanecía de pie en una esquina. Eran casi las nueve.

Diana observó la danza, y los bailarines la miraron. Los hombres lucían camisas de seda abiertas hasta la cintura y apretadas calzas de terciopelo. Algunos usaban sombreros con alas anchas y plumas; otros tenían capas o portaban espadas. Los vestidos de las mujeres dejaban al descubierto sus hombros para luego caer en picado entre sus pechos. Llevaban elaborados peinados y muchas usaban guantes largos.

Los bailarines se movían en un anillo alrededor del salón de baile, con una especie de letárgico brillo, como si el baile hubiera durado ya toda la noche, bailan al son de esa música…esa música obsesionante, y hermosa. Diana no había escuchado nada parecido en su vida. Los hombres que no bailaban se apoyaban indolentes contra las columnas, o se recostaban en mullidos asientos en el centro del salón de baile, encompañía de mujeres. Y los bailarines siempre la miraban. Bailando o descansadoelegantemente, todos miraban a Diana, o se miraban entre ellos, y las bocas sonreían a los demás como afilados cuchillos.

El vestido de Diana era plateado, de color blanco, con mangas cortas ía una gargantilla con un ópalo blanco perla, y su cabello estaba suelto y recogidoal mismo tiempo, también lleno de perlas. Sus ojos estaban abiertos de par en par. Erael vivo retrato de la inocencia en esta farsa, un cuadro que estimulaba a los bailarines,que nunca apartaban sus ojos de ella, mientras se movían con desganada gracia siguiendo la cadencia de la siniestra y hermosa melodí caminó lentamente alrededor del salón. Dos mujeres magníficamente vestidas se rieron con disimulo de ella detrás de sus abanicos. Diana se detuvo brevemente junto a un espejo alto y examinó su imagen.

``Ya nadie me volverá a llamar niña, solo miradme´´

La gente que pasaba junto a ella, en el espejo, la miraba como aves de rapiña a su presa. Los bailarines se balanceaban y giraban. De repente Diana vio algo en el espejo que la hizo gritar de asombro. Había captado una breve visión de Jareth, entrelazado con una voluptuosa mujer, bailando en la lejanía.

Se giró, pero él había desaparecido. Se quedo allí de pie, mirando con fijeza a través de la multitud con tanta atención que no se dio cuenta de que un joven se apoyaba contra la columna a su lado. Él echó la cabeza hacia atrás y la miró descaradamente.

Apreciaba su rostro, sus blancos hombros, sus pechos, caderas, y se movió acercándose a ella. Le murmuró al oído:

—Eres hermosa.

Diana le miró para hacerle frente, con la boca abierta. En su rostro se mezclaban la sorpresa y el placer; el joven echó hacia atrás la cabeza y rió. Ella le sonrió nerviosamente en respuesta. Era el mismo chico que había visto reflejado en el espejo de La Verdad, era esa imagen de Yudo, solo que ahora no recordaba nada, y solo le sonaba familiar.

El chico echó la cabeza hacía atrás y se perdió entre la multitud. Un montón de bailarines y bailarinas que reían sin parar balanceandose al son de la agobiante pero hermosa mucsica, se acercaron a Diana con un cofre plateado sujetadolo entre todos.

Hicieron un círculo y abrieron el cofre:

Dentro había una daga de plata. Sin control de su cuerpo, Diana cogió la daga y esta le reveló que tenía que hacer: Matar a Jareth.

Sentía la necesidad de acabar con el rey, como si fuera su deber contradictoriamente, no quería separase de é lo encontrara.

Oculto detrás de la capa de otro hombre, Jareth lo había observado todo, pero Diana no lo había visto a él. Sus ojos seguían a Diana dondequiera que fuera en el viciado salón de baile.

Ahora estaba tensa, alerta, entre gente a la que no comprendía pero que se comportaba como si supieran algo que ella no. Recorría apresuradamente el salón de baile buscando a Jareth. Lo buscaba y estaba desesperada por él. No sabía por qué deseaba encontrarlo, o lo que le diría. Sólo sabía que era de vital importancia que lo encontrara...para matarlo. La música guiaba sus pasos.

Cuando lo vio, él le estaba susurrando algo a su hermosa compañera, quien le respondió sonriendo con entendimiento y lamiéndose los labios, lentamente, con la punta de la lengua. Casi besándose.

Diana se ruborizó y apartó la cara de vergüenza y celos, apretó la daga de plata. Se encontró con su propio reflejo en otro de los altos espejos que adornaban el salón.

``Yo también soy guapa´´ Pensó con pena.

En ese mismo espejo vió reflejado a Jareth, de pie y erguido en la otra punta de la sala, mirándola atentamente. Diana se dió la vuelta y sujetó la daga con fuerza. Era una resplandeciente figura, erguido y rubio, engalanado con una capa azul medianoche con diamantes en el cuello, hombros, y puños. Llevaba una gola de pálida seda en su garganta y en las muñecas que contrastaban con su pálida piel. En sus piernas, calzas negras y negras botas brillantes. Detrás de él, los bailarines giraban. Le ofreció su como podía entre la gente,toda la sala estaba abarrotada, y cuando por fin llegó hasta él, unas personas pasaron delante suya y Jareth despareció con ellas.

Frustrada suspiró .Entonces noto que alguien la cogía de las manos en su espalda, ella se dió la vuelta al compas de la música para saber quien era su acompañante. Era Jareth. Su corazón cobró vida. El Rey.

Sin poderlo evitarlo, la daga se escurrió de su mano, se cayó al suelo y se perdió entre la marejada de personas. Empezó a tener mucha vergüenza y ha sentirse mareada y abrumada. Jareth la cogió de la antes la habían cogido así, y sonrio con satisfacción. Diana ya no se acordaba de la mujer con la que bailaba él antes y por eso no le importó.

Sus vértigos no cesaron cuando empezó a girar por el salón de baile en brazos de Jareth. Ella era la mujer más encantadora del salón. Lo supo, por la forma en que Jareth le sonreía. Toda su atención estaba centrada en roce de las manos de él la emocionaba.

Cuando él le dijo que era hermosa, ella se sintió confundida.

—Me siento...no se como me siento.

Él parecía divertido.

—¿No?

—Me siento como... en un sueño.

Él fijo otra vez su mirada en ella y rió, pero cariñosamente.

—Esto es lo que siempre has soñado—le dijo él, y la hizo girar por el salón.

Ella le sonrió. Pensó cuán guapo era, pero ella no le decía cosas así a un hombre, ¿o sí? Por otra parte, algo en su rostro le decía que él estaba disfrutando abiertamente del momento, sin las burlas o desconfianza que allí había observado en otros algo perfecto.

—Mas o menos, pero es lo que siempre he querido.

—Yo también tengo lo que siempre he querido—Dijo Jareth mientras la hacía girar para luego acabar estrechada entre sus ojos de él la miraban directamente a los suyos. Diana sintió que sus mejillas empezaban a arder y su corazón latía con fuerza, ¿Le había dicho lo que creía que le había dicho?

Estaba hechizada.

—Quédate con migo—dijo Jareth, acercando el rostro al suyo—. Y olvídate de todo.

Diana asintió con la cabeza, y alzó la vista hacia él con expectación. Iban a besarse. Cerró los ojos. Ésa era la forma de hacerlo. Diana y Jareth se acercaron muy lentamente el uno al otro muy despacio, quedaban unos milímetros para que sus labios se labios se rozaron. Su corazón vibró. Pero ella no siguió hacia adelante. La música se intensifico, pero cambió. Todo daba demasiadas vueltas. Todo era tan…hermoso y….raro. Todo lo que siempre había querido.

Giró la cabeza un poco y vio como el resto de bailarines los había miraban atentamente, miraban si se producía el beso. Esperaban que se besaran, y por el sonido de la música, nada bueno pasaría, ¡Era una trampa!, Jareth parecía imperturbable, y ella giró el rostro bruscamente alejándose de él. Él la abrazó más estrechamente, y Diana se retorció para liberarse. Quería salir de allí corriendo. El enorme reloj dorado dió las diez menos cuarto y sonó violentamente, haciendo que la musica hipnotica se mezclara con él.

Diana se abrió paso entre la muchedumbre, asustada al reconocer que todos eran monstruos de la noche y podían convertirla a ella también. No había ni un solo hueco en todo el lugar y Diana no podía escapar. Siguió haciéndose paso entre la gente. Un grupo de mujeres bailaban pesadamente junto a hombres con ojos siniestros y afilados dientes.

Diana se tambaleó y tropezó contra una columna. Vió una cortina dispuesta a desgarrarla para saber como podía salir de allí, tiró de la cortina y ahogó un grito:

No era una sala de fiestas, ¡Era su caja de música! ¡Ella era…! Sintiéndose encerrada y amenazada por los monstruos que cada vez se acercaban mas a ella, cogió un candelabro que había en la mesa y lo clavó con fuerza en el cristal, reventándolo por completo.

La música se había tornado maléfica y todos los rostros se habían vuelto otra vez hacía ella, esta vez, conactitud asesina. Se abalanzaron sobre ella.

Cuando el cristal se rompió, todos los demás se rompieron en un efecto dominó, acabando con toda la fiesta. Literalmente, todo se destruyó en un segundo.