Capítulo 6


Albert tragó hondo y no dio crédito a sus oídos. Su cerebro tomó largos segundos en procesar la información mientras que sus ojos seguían fijos en la figura pequeña, delgada y degastada de una mala noche.

—¿Tu renuncia? ¿Por qué?—preguntó cerrando la puerta tras ella y tomando el sobre sin abrirlo.

—Léala y sabrá.—su tono fue seco para responder, pero no lo miró a los ojos, luchaba contra el nudo doloroso que se formaba en su garganta y con las lágrimas que luchaban por desbordarse.

—Por motivos personales… ¿eso es todo?—estaba realmente indignado.

—Mire, no tiene que pagarme nada, solo… busque una niñera más… apta.

—Pero… espera… primero que nada, tú viniste a mí a solicitar el trabajo, te di la oportunidad, te puse a prueba y quedamos en que si dabas la talla haríamos un contrato, ¿entiendes lo que es un contrato?

—Sí, sé lo que es un contrato, pero no…

—El contrato estipula que de renunciar, debes presentar la carta con dos semanas de anticipación para poder conseguir una sustituta.—se lo dijo con carácter.

—Pero yo no di la talla.—ahí se le salieron las lágrimas y Albert quedó más desconcertado que nunca.

—¡Candy! ¡Candy! ¡Volviste!—Savannah bajó las escaleras corriendo y se lanzó a Candy haciéndola casi caer.

—Hola, hermosa…—le sonrió mientras se limpiaba las lágrimas.

—¿Por qué te fuiste, Candy? ¿Conseguiste otra niña?

—No, no, cielo… es que…

—¿Fue porque te regañó mi abuela?

—¿Cómo que la regañó la abuela?—Albert se puso alerta.

—La abuela se enojó mucho con Candy porque me lastimé y le dijo que se fuera…

El rubio se puso rojo del coraje, respiró profundo y estuvo a punto de estrellar el puño en la pared. Sabía que algo tuvo que haber pasado para que Candy decidiera largarse así no más.

—Savannah, ve a jugar al patio, Candy y yo vamos a hablar sobre tu fiesta de cumpleaños…

—¡Sí! ¿Ya le dijiste como la quiero?

—A eso voy, ahora ve a jugar que yo tengo que hablar con ella.

Cuando Savannah desapareció, Candy se quedó arrinconada sin atreverse a mirar al hombre furioso que tenía delante.

—Candy, eres una adulta. Creo que contraté a una adulta responsable, ¿podrías contarme qué fue lo que pasó?

—Usted tenía razón desde el principio, yo no era apropiada para este trabajo… y al final me lo dejó por lástima…

—No fue por… al principio sí, lo reconozco… pero, Candy, llevas un mes aquí, lo has hecho bien, mi hija te adora y esa es la razón principal por la que te dejé el cargo, no me has dado ni un solo motivo para despedirte y creo que he sido bastante justo con la paga…

—¡Qué no es eso!

—¿Y entonces qué fue?—la discusión se había vuelto acalorada.

—No debió llevarme a esa boda… no debimos romper con los códigos profesionales…

—¿Qué códigos profesionales? ¿De qué hablas?

—Tu suegra piensa que soy una cualquiera que anda detrás de tu dinero y dijo que si insistías en dejar a tu hija con una mujer como yo, te la iba a quitar.

—¿Qué?

Las lágrimas ardientes que corrían por las mejillas de Candy dejaban a Albert sin palabras, sin fuerzas, conmovido hasta la médula, pero también con mucha rabia.

—¿Por qué no me lo dijiste desde el principio, Candy? No sabes toda la angustia que nos habríamos ahorrado.

—Yo no podía dejar que le quitara a la niña. Su hija lo adora… y si lo perdía por mi culpa yo no me lo iba a perdonar jamás…

Luego de un suspiro, Albert se llevó las manos a la frente, después se las puso en la cintura del jean mientras miles de cosas pasaban por su mente. La nobleza de Candy y hasta su grado de ingenuidad lo derritieron, pero el coraje que sentía por su suegra le nublaba el semblante.

—Candy…—se le acercó y al ver que ella seguía con la cabeza gacha, mirando al suelo, le levantó el rostro tomándola del mentón y de paso le enjugó las lágrimas.

—No se me acerque…—le retiró las manos de su cara.

—¿Por qué?—su voz fue tan suave que casi la acarició.

—Porque no es correcto, se presta para malas interpretaciones.

—A mí no me importa lo que interpreten los demás, tú estás aquí porque has hecho un buen trabajo, mi hija es feliz.

—¿No le importa que se la quiten por necio? ¿Sabe lo que daría yo por tener a la mía? Estaría cumpliendo cinco años también pronto…—Albert tuvo que parpadear para no llorar.

—Candy, cálmate, ¿recuerdas a qué me dedico?

—Es un abogado…

—Exacto. ¿Crees que me dejaría quitar a mi hija con unas acusaciones tan absurdas? Si hay algo que me conozco bien son las leyes, Eleanor solo quiso espantarte, ella no puede quitarme a mi hija.

—¿Está seguro de eso?

—Totalmente. Y bueno, si esa era toda la razón para tu renuncia, ya que está todo aclarado, ¿vas a quedarte?

Respondió con más lágrimas y entonces Albert ya no supo qué hacer. Nervioso miraba hacia todos lados, se frotaba las manos. Se veía tan vulnerable, tan afectada que él mismo se sentía culpable. Era tan pequeña y delicada que bien cabía perfecta en sus brazos para consolarla, pero eso no sería prudente, aunque era lo que sentía hacer.

—Me gustó trabajar aquí. Me gustaba verlos a ustedes dos discutir, convivir… y me gustaba formar parte de ello aunque fuera de lejos… era casi como estar en familia, uno se acostumbra muy fácil.

No pudo aguantarse más y aunque sabía que no era correcto, era algo que le salía del alma y la abrazó, congelándola de impresión. No recordaba la última vez que la habían abrazado. El corazón le latía tan fuerte que le provocó taquicardia.

—¿Estás bien?

—Sí… es que no me habían abrazado en años…

Albert ya no tenía corazón, se le había roto en mil pedazos con cada palabra que ella decía. Cuánto la había juzgado y ahora… no encontraba cómo apartarla de él.

—Tú eres parte de nuestra familia, Candy. Las nanas son muy especiales.

—¿Usted cree?—lo miró con sus ojazos tristones, estirando el cuello.

—Por supuesto. Ahora, ¿me haces un favor?

—Dígame.

—Arréglate, ponte bonita y sécate esas lágrimas y vamos a dar un paseo. En familia.—rompió la carta de renuncia.

—Pero hoy es mi día libre…

—No te estoy pidiendo que trabajes, te estoy invitando a pasear con la familia.

—Papá, Héctor ya no quiere jugar…—apareció la niña agitada y llena de tierra.

—Te pagaré extra si la bañas.—respondió entregándole su hija a Candy.

Cuando Candy terminó de preparar a Savannah, se metió a bañar ella. Mientras se duchaba sintió que se había quitado un gran peso del alma, pero le dio un escalofrío cuando revivió el abrazo de Albert. Pudo sentir otra vez el olor de su perfume, su calor… después de todo, Don Correcto tenía corazón.

Se lavó el pelo para que ya no luciera desastroso, optó por un jean y una blusa de manguillos floreada, sandalias planas. Se maquilló un poco para borrarse los rastros de mala noche, tomó un bolso artesanal y bajó las escaleras. Ya no era lo mismo, cada vez que bajaba un escalón el corazón le latía desenfrenado.

—Ahora estás mucho mejor.—le dijo Albert, ella le dio una sonrisa y el se fijó en sus labios generosos que llevaban un sutil labial rosa. Borrárselo a besos fue un pensamiento inoportuno que le causó escalofríos.

—¿A dónde vamos?—Savannah, emocionada, tomó la mano de ambos.

Albert las llevó a almorzar a un restaurant de sandwiches artesanales en la avenidad, eligieron una mesa en las afueras, para disfrutar de la fresca brisa de la tarde. Savannah los miraba embobada, como si para la niña todo estuviese volviendo a la normalidad, cuando salían con su mamá, recuerdos que cada vez se volvían más borrosos por su tierna edad.

—Buenas tardes, ¿listos para ordenar?—se les acercó un joven mesero.

—Yo quiero un sandwich de jamón y queso, que esté tostado.—se apresuró la pequeña, ganando la simpatía inmediata del mesero. Candy seguía mirando el menú.

—A mí me prepara uno de jamón de pavo y queso suizo, con ensalada.—pidió Albert y luego lanzó una mirada a Candy, alentándola a ordenar.

—Bien, ¿y su esposa qué va a desear?

A Candy se le quedó la boca abierta como un buzón, se puso tan nerviosa que el menú se le cayó de las manos, Albert también se puso raro.

—No… yo no soy… nosotros no…

—Candy, ya puedes ordenar.—la apresuró Albert que no vio necesario que ella hiciera ninguna aclaración.

—Deseo el de pechuga a la parrilla.—contestó aún incómoda y con las mejillas encendidas.

Cuando llegó la comida, la tensión seguֵía ahí para Candy que llevaba un rato prolongado con su sandwich, mientras que padre e hija lucían muy relajados.

—Relájate, todo está bien.—Albert rozó su mano sobre la mesa, electrizándola aún más, volviéndola más nerviosa.

No entendía lo que le estaba pasando, o no quería entenderlo. Seguro se estaba equivocando, su hambre de afecto la estaban llevando a llenarse la cabeza de ideas locas, como le pasó con Stear. Sin embargo, fuera porque Albert tuviera un gran poder de persuadir o porque ella fuera masoquista, no quería perder eso que tenía con ellos.

—¿Tú vas a hacer mi vestido? Papá me dijo que lo que quiero no existe…—Savannah sacó a Candy de sus pensamientos.

—¿Qué es lo que quieres?

—Quiero ser una chica Hulk…

—Vaya… supongo que algo se me ocurrirá…

Se fueron del lugar hacia la casa, pues la soleada tarde se había transformado en una astmósfera de nubes grises y repentinos relámpagos, presagiando un inminente aguacero. Aún era temprano, Albert y Savannah se quedaron en la sala de recreo familiar, Candy se optado por permanecer cerca de ellos en una butaca con su laptop sobre el regazo, buscando en internet ideas sobre la fiesta de cumpleaños que quería la niña.

—Una hormiguita buscaba su casita ¡y aquí la encontró!—gritó Albert atacando la niña a cosquillas y la misma cayó sobre Candy, casi tumbando la computadora.

—¡Oigan! Trato de hacer mi trabajo, saben.

—¿Cuál trabajo? Hoy es tu día libre, suelta eso.—le quitó la laptop.

—¡No! Me estaba entreniendo con la idea…—luchó en vano para que se la devolviera.

—¡Hazle cosquillas a Candy también!—demandó la pequeña celestina.

—No, no, no… ¡cosquillas a mí no!

Pero el diablillo interno poseyó a Albert, incitándolo a hacerle cosquillas sin clemencia. Savannah se reía más que la misma Candy, las risas estaban llenando esa casa que hacía mes se había vuelto melancólica y muda.

—¡Basta! Ya…—Candy estaba roja, tosía de tanto reirse y su pelo lucía alborotado.

Cuando se pusieron de pie y recuperaron la compostura casi se caen al toparse con Eleanor delante de ellos. Albert había olvidado que ella tenía llave, la ocupaba cuando cuidaba de Savannah.

—¿Qué está haciendo aquí?—el semblante jovial de Albert cambió por completo.

—Vine a ver a mi nieta y de paso comprobé mis sospechas.

Esa vez Savannah no se alegró de ver a su abuela, aunque la amaba, porque sabía y presentía que eso afectaría lo que tenía con Candy. Candy se volvió a tensar, el corazón le latía tan de prisa que comenzó a sentirse mal.

—Candy, llévate a la niña.—dijo en un tono tan tranquilo que representaba una sutil amenaza.

—Albert… creo que es mejor que yo me vaya… de todas formas hoy es mi día lib…

—Candy, no te irás a ninguna parte y por favor, llévate a Savannah ahora.

La rubia no se atrevió a replicar más y se llevó a su pequeña jefecita lejos de lo que presentía sería una catástrofe familiar.

—Sabe, fue bueno que haya venido. Ya me enteré de lo que hizo y le reitero mi indignación y mi decepción hacia usted.

—¡Soy yo quién está indignada! ¿No te das cuenta de lo que estás haciendo?

—¡Soy un hombre adulto! Sé perfectamente lo que hago y usted no tiene derecho alguno de humillar a mi empleada y de exponer a mi hija que se encuentra vulnerable a estas situaciones.

—¡Tú ni siquiera estás pensando en tu hija! Eres tú quien la está exponiendo al dejarla en manos de una mujerzuela que quién sabe qué cosas le enseña… ¡es hija de un hombre casado! ¿lo sabías?

—No, no lo sabía y no quiero saber cómo es que lo supo usted. Eleanor, no quería llegar a esto, pero te has excedido, quiero que por favor me entregues las llaves y te vayas de mi casa.—le extendió la mano para que se las entregase.

—No puedo creerlo… Mi hija a penas lleva un año muerta… ¿cómo es posible que la sustituyas por esa mujercita?

—¡Es solo una niñera! ¿te has fijado en lo feliz que está Savannah desde que la tiene?

—No soy tonta, Albert… no es solo una niñera para ti, eso se ve a todas luces. Mira, entiendo que eres joven, sé que tarde o temprano querrás rehacer tu vida… pero por Dios, elige una mujer a la altura… Karen era una mujer decente… una gran compañera y adoraba a la niña…

—Karen se había hartado de ser una mujer decente, de ser mi compañera… ¿a caso olvida cómo fue que murió?

—¡Fue una crisis matrimonial! Eso sucede en todos los matrimonios… si tú hubieras estado más tiempo con ella…

—¡Yo estaba trabajando para que a ella y a mi hija no les faltara nada! Eso no era excusa para que hiciera lo que hizo… y aún así, yo seguía amándola, aún cuando…—Albert apretó el puño.

—¡Eso no es cierto! No lo digas, por favor…—Eleanor no quería enfrentar esa verdad.

—Por favor, entrégueme las llaves y salga de mi casa.

—¡No me iré sin mi nieta! ¡Savannah! ¡Savannah!—comenzó a gritar mientras subía las escaleras para ir a su encuentro.

Albert tuvo que llamar a la policía para sacar a la señora, poniendo también una orden de alejamiento en su contra.

—¿Volveré a ver a la abuela?—preguntó triste a Candy mientras esta la preparaba para dormir.

—No lo sé, cielo. Seguro que cuando se le pase el enojo, vendrá a verte.

—Ella dice que olvidé a mamá, pero no es cierto.

—Yo sé que no.

—Yo sueño con ella siempre. Cuando tú me despiertas para ir a la escuela, el sueño se termina y ya mamá no está…

Candy cerró los ojos un instante y dejó salir las lágrimas. Sabía lo que eran esos sueños porque ella aún soñaba con su madre y se despertaba llorando muchas veces. Soñaba también con su hija no-nata.

Cuando bajó para organizar el salón y prepararse alguna merienda antes de acostarse, se encontró con Albert que recién llegaba del cuartel, abatido, cansado y derrotado.

—¿Desea que le prepare algo?

—No, gracias.

—Lo siento mucho, de verdad…—le dijo y él miró con atención sus ojos compungidos, su boca besable.

—No te preocupes. ¿Se quedó tranquila la niña?

—Un poco triste, pero se durmió… ¿está seguro de que no quiere nada?

—Te quiero a ti.—la dejó con la boca abierta y los ojos a punto de caerse de sus cuencas.

—Perdón, no le sigo…

—Que te quedes conmigo un rato, conversemos, hay mucho que no sé de ti…—Candy tragó hondo y se sentó frente a él en el sofá, con las piernas encogidas, a una distancia prudente.

—¿Qué quiere saber?

—Lo que sea, tu familia… sueños, metas, planes…

—No tengo familia. Mi mamá murió, no tengo relación con mi padre ni con otros familiares, soy la oveja negra, como puede ver… ¿y el resto de su familia?—le indagó a él.

—Mi madre vive en Florida con mi hermano menor, mis abuelos están muertos, mi padre es un convicto.

—¡Vaya!

—Todos tenemos esqueletos en el clóset…

—Albert… ¿cómo murió tu esposa?—su sonrisa desapareció.

Karen miraba distraída por la ventana de la habitación matrimonial, Albert que recién llegaba la había abrazado por la espalda, ella lentamente le retiró las manos y se volvió hacia él con gesto cansado.

¿Te sientes mal?

No. Solo estoy aburrida.

Eso puede arreglarse. Podemos salir… no lo sé… ¿a dónde te gustaría ir?

¿No lo entiendes? Estoy aburrida, Albert… estoy aburrida de todo esto. ¿Tú eres feliz con esta vida?

Sí. Es lo que siempre quisimos… Cariño, se que a veces es un poco abrumador, cuidar a una niña pequeña no debe ser tan fácil, pero lo tenemos todo…

¡Éramos unos niños cuando queríamos esto! ¿Tú no hubieras querido más?

¿De qué hablas? ¿Qué más podría yo querer?

Disfrutar más la soltería, haber conocido otras chicas… Tal vez haber cometido locuras… ¡no lo sé!

Albert se llevó las manos al pelo y suspiró. A tres años de una boda por una historia de amor de ensueño, el castillo comenzaba a derrumbarse.

Karen, si necesitas un tiempo para relajarte, yo puedo encargarme de la niña…

¡No necesito un tiempo! Necesito vivir… Tantos años portándonos bien, tantos años de estudio universitario… ahora… ahora somos un par de cachorros domesticados… ¿y en qué se nos fue la vida?

Karen comenzó a hacer lo que no hizo en sus buenos años. Comenzó a salir a divertirse, reuniones con amistades que acababan en borracheras y en llegadas de madrugada. Trataba de llenar algo que no comprendía ni ella misma.

¿Dónde está Karen?—preguntó Albert llegando cansado, viendo a Eleanor con Savannah de dos años cargada.

Llegó hace un rato. Está acostada.

Albert relevó a su suegra con la niña y la dejó en su cuna. Cuando fue a la habitación que aún compartía con su esposa, pese al gran abismo emocional que ahora los distanciaba, la halló efectivamente acostada, con todo y atuendo festivo, ni los tacones se había quitado.

Se quedó mirándola en silencio. Él había amado todo de ella, ella lo había amado, no quería perderla, pero era consciente de que hacía tiempo que no la tenía.

¡Escúchame bien! Tu comportamiento es vergonzoso, vas a terminar arruinando tu matrimonio si no te compones y actúas como una mujer decente. Piensa en tu hija.

Si no me he largado aún, es por ella.—respondió ojerosa y desaliñada esa mañana, luego de haber llegado tarde en la noche, pasada de copas.

¿De qué diablos hablas? Tienes un hermoso matrimonio, un hombre maravilloso que te ama…

¡Buah!—tuvo un ataque de náuseas tan pronto su madre le acercó una taza de café.

Hacía una semana que tenía la sospecha, así que se decidió a hacerse una prueba, obteniendo un resultado positivo.

¡Eso es maravilloso! Otro hijo… ¿ves? No todo está perdido, Albert se pondrá tan…

¡Ya basta, mamá!

¿Qué pasa, no estás contenta?

¡Este bebé no es de Albert!

¿Cómo que…? ¡De qué estás hablando! ¡Te has vuelto loca! ¡Sinvergüenza!—abofeteó a su hija que no dejaba de llorar.

El mismo día en Karen supo que estaba embarazada de otro hombre, decidió irse. Le dio un beso a la niña, mojándole la mejilla con sus lágrimas. Tomó sus llaves y se marchó. La cabeza le dolía mucho, no pensaba con claridad. Los remordimientos la estaban atacando y la imagen de su hija que estaba abandonando se le repetía una y otra vez hasta que terminó estrellándose en un poste, perdiendo la vida en el acto.

Eleanor se encargó de que Albert jamás supiera sobre ese embarazo, iba a romperle el corazón y dañar irreparablemente la imagen que tenía de Karen, la que quería que mantuviera para su hija.

—Lo siento. Lamento que no hayan tenido oportunidad para… arreglarlo.

—Ella dejó de amarme, no hay nada que pueda reparar o revocar eso. Yo pensé que sí, que mi amor era tanto que podía alcanzar para los dos, pero estaba claro que ella no quería esto.

—¿La extraña?

—Cada día menos. Y a veces me siento mal por ello, es como si ella hubiera tenido razón. Habíamos seguido un plan trazado, nunca buscamos nada más, simplemente seguimos un manual al pie de la letra, no nos dimos cuenta que no había la pasiؚón de los años de escuela, pero seguimos corriendo en el maratón, cuando llegamos a la meta, ya estábamos cansados.

Candy se quedó analizando en silencio sus palabras, él mismo permanecía callado, pensando también.

—Al final siempre nos fallan… ¿pero sí cumplió sus otras metas?

—Las que tenía entonces sí. Ahora mi sueño es que mi hija crezca bien, que sea feliz y que nada le quebrante el espíritu. ¿Y las tuyas, Candy?

—Soñaba con una familia normal… pero eso he comprendido que no es posible, para empezar, yo no soy normal y no atraigo al tipo de hombres que desean algo serio… y no los culpo, soy una muñeca rota… así que me he propuesto…

—Espera… ¿por qué una muñeca rota? ¿Tienes idea de lo feo y tétrico que suena eso?

—No puedo tapar el sol con un dedo… vengo de una familia disfuncional, he sido perturbada sexualmente desde niña, creí haberme enamorado de mi padrastro a los trece años… he salido con puros patanes y a los diecisiete estaba embarazada… y lo perdí porque ni eso pude hacer bien… traer al mundo a una niña sana…

—¡Candy! Basta, eres muy dura contigo mismo. No ha sido tu culpa…—la atrajo hacia él.

—Todos somos dueños de nuestros actos… fueron mis decisiones…—se desplomó a llorar.

—Todos nos equivocamos. Eres joven, hermosa… estoy seguro de que mereces otra oportunidad…

—¡Mentira!

—¿Ahora soy un mentiroso?—le alzó la cara que tenía empapada en llanto para que lo enfrentara.

—Usted solo quiere hacerme sentir bien, me tiene lástima…

—Nada podría estar más lejos de la verdad, yo te admiro. Y aprovecho para decirte que me equivoqué contigo, te juzgué mal… y tú no me has dejado de sorprender cada día… eres preciosa, Candy… por dentro, por fuera… aún con todos estos…—acarició algunos de sus tatuajes visibles.

Las lágrimas se le volvieron a salir, él la estaba acariciando, con sus manos y con sus palabras. Estaban tan cerca… quería cobijarse en su regazo y antes de saberlo, lo estaba besando.

Continuará…


¡Hola! Espero que se encuentren bien. Quiero agradecer infinitamente su apoyo y comentarios y el hecho de que a través de las circunstancias plasmadas en esta trama se hayan abierto a contar sus experiencias e incluso a analizar nuestra condición humana que no esta excenta de prejuicios. Agradezco esto porque eso convierte esta historia en algo más que un escrito de entretenimiento, sino algo que puede llegar a los corazones y llevarnos a autoevaluarnos como persona y ser cada vez mejores y más compresivos y tolerantes hacia la diversidad.

Bendiciones,

Wendy Grandchester