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16 de diciembre de 2009.

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Mikasa cernía la harina dando suaves golpecitos al cedazo. Tarareaba una cancioncilla navideña pegajosa mientras veía caer la harina cual nieve en el tiesto. Su cocina estaba convertida en una panadería, como cada navidad desde que había aprendido a preparar galletas con su madre cuando tenía doce años. Había sido su primera navidad en ese nuevo país, la nueva casa… le traía un sentimiento de nostalgia, de una agradable nostalgia.

La margarina, miel, azúcar, huevos y todo lo que necesitaba estaba sobre el mesón del pequeño apartamento de soltera en el que vivía desde su primer año de trabajo. Este año se cumplirían tres años fuera de casa. Desde su puesto tras el mesón podía ver aquella pared llena de fotografías en su sala, todas ellas de su familia y amigos, tantas que cuando alguien nuevo venía, podría contar miles de aventuras en esa pared.

Sintió el ruido de llaves en la puerta y se volvió hacia ella. Las bisagras chirriaron.

–¡Qué puto frío de mierda! –exclamó Jean sacándose los guantes y guardándolos en los bolsillos de su abrigo. Cerró la puerta –¿Ya estamos en diciembre? –preguntó mirando a Mikasa con todos sus implementos en la cocina –Sí, claro, ya es diciembre –se autorrespondió.

–¿Tuviste buen día? –preguntó Mikasa tomando un huevo en la mano.

–Sí –respondió dejando el abrigo en el respaldo de una de las sillas del comedor –Estuvimos con el proyecto de invierno, crearemos fractales de cristales de nieve con diferentes materiales. Les pareció súper cool.

Mikasa le sonrió amplio. Jean se excusó para darse una ducha caliente porque "no toleraba más ese frío de mierda". Mikasa sabía cómo terminaría eso, con él metido en su cama con el calentador encendido al máximo y viendo alguna maratón de documentales que ojalá tuviesen algo que ver con alienígenas. Y estaba bien así, más que bien.

Jean llevaba casi un año compartiendo el apartamento con ella, eso después que lograra sacarlo del que antes había compartido con Hitch. Inicialmente iba a trasladarse a otro, por una razón o la otra fue posponiéndolo y Mikasa debía reconocer que había dado algunas razones para ello también.

La primera fue que saliera de sus deudas universitarias. Que aprovecharan ambos de reducir los gastos viviendo juntos en ese pequeño apartamento. La segunda nació de improviso, el auto de Jean se arruinó y tuvo que comprar otro. La tercera que el verano los arriendos estaban muy caros y luego llegó el invierno y hacía mucho frío para marcharse… A ninguno de los dos les incomodaba su situación actual, pero sabían que debía terminar alguna vez.

Pronto Mikasa tuvo la masa lista y comenzaba a cortar las galletas en distintas figuras, el calor del horno temperaba el apartamento. Sintió la puerta de la habitación abrirse y Jean volvía vistiendo el pijama y un sweater.

–¿Harás para vender este año? –se sentó frente a ella tomando uno de los moldes de las galletas.

–Por supuesto. Y tú vas a vender en la escuela –le dio con el índice en la frente –Traerás el sustento a este hogar, hombre –bromeó tomando las galletitas ya cortadas y dejándolas sobre la lata del horno.

–Pero si te pasé todo mi sueldo el mes pasado y el anterior, y el anterior a ese y al anterior de ese también –rezongó.

–Gracias, Mikasa, ahora tengo un auto nuevo. Gracias por tu excelente administración del dinero, eres la mejor –se dijo a ella misma con una sonrisa burlona.

–No he dicho lo contrario –dijo Jean viéndola terminar de ordenar las galletas en la lata –¿Te ayudo a amasar? Así terminamos antes. Luego beberemos chocolate caliente, nos meteremos en nuestra cama a ver el maratón del discovery civilization.

–Mi cama, okupa –corrigió mientras cerraba el horno y Jean pasaba a extender la masa en el mesón y tomaba el uslero, fingiendo no escucharla –Prepararé el chocolate caliente. No vaya a ser que te pierdas el capítulo que habla del calendario maya y su relación con la Atlántida.

–¿Existe ese capítulo? –preguntó en éxtasis.

–No –se rió Mikasa –Corta galletas, esclavo, o dormirás en el futón.

Jean continuó alternando las formas de las galletas, mascullando que porqué aun no había un capítulo sobre la Atlántida y el calendario Maya. Debería buscar información en internet. Mikasa dejó la olla en el fuego con la leche hirviendo bajo y se dirigió a la habitación.

–¡Jean Kirstein ven a ordenar inmediatamente la ropa que dejaste en el suelo del baño! No soy tu maldita empleada.

Podía haber pasado casi un año, pero seguía siendo un desastre. Al menos Mikasa aun no lo echaba del apartamento y no había tenido que volver a vivir con su madre y Roger. O peor, volver a vivir solo en un departamento oscuro, húmedo y enano en algún edificio viejo del centro. Vivir de a dos era economía por donde lo viera.

–Ya voy –terminó de cortar la masa –Ya voy.

Se puso de pie y partió hasta el baño. Vio a Mikasa encender el calefactor de cama y encender el televisor. Pasó directo al baño a recoger la ropa y se devolvió a la cocina para dejarla en el tacho de la logia junto a la lavadora. El vidrio de la ventana de la logia estaba completamente empañado. Se acercó y limpió con la mano. Sus ojos se perdieron en las luminarias de la calle y los autos que circulaban. Se sintió rodear por la cintura y el aroma del cabello de Mikasa llegó a su nariz. Podía ver la coronilla de su amiga asomándose tras su hombro derecho por el reflejo de la ventana.

–No te pongas triste, ¿sí?

–No, ya no –respondió –Hace casi un año que ya no.

Sabía que sonreía, no necesitaba verla. Sintió que el aferre a su cuerpo se disolvía y Mikasa se apartaba para revisar la leche y darle un vistazo a las galletas. La vio buscar el chocolate en las gavetas. Volvió a mirar por la ventana.

–¿Mañana puedes ir a comprar bastones y caramelos? –preguntó Mikasa –No quiero que luego me quede corta de tiempo para ir. Quiero regalarle a mis compañeros de oficina junto con las galletas. Por cierto, preguntaron por ti, si irías conmigo a la fiesta de fin de año.

–Si no tienes nadie mejor que te acompañe –respondió volteándose hacia su amiga.

–Eres la mejor compañía que podría tener.

Ninguno de los dos dijo nada cuando las mejillas se les sonrojaban, a una por sus palabras y al otro por recibirlas. Mejor sería preocuparse por ese chocolate caliente y que el fuego del horno no estuviese demasiado caliente y arruinara las galletas. Cosa que nunca ocurriría, no si Mikasa llevaba la cocina.