Hello, aquí vengo a entregarles el ultimo de los capitulo, aclarándoles todo este raro asunto. ¿Se sorprenderán Claro que sí, como siempre me puse en plan de que nada de lo que pensaran fuera la verdad.

Los dejo con el capi, espero que lo disfruten :D


Naraku Itami empujó suavemente la puerta para salir, la tarde ya se encontraba bien entrada y suave el aire frío quitaba un poco la sensación de malestar luego de un día extrañamente caluroso, algunas personas, como él, se apresuraban a salir del edificio mientras una horda de altos funcionarios, nobles y distinguidos del arte se peleaban por entrar, era toda una mezcla de personas, gustos y percepciones. Ello no era de ninguna importancia para el pelinegro, en el primer descanso de la escalera saco un cigarro y lo encendió, aspirando suavemente a la espera de su invitada… su apreciada invitada. Pero Kikyō no tenía intenciones de asistir, así que al final no era un buen cigarrillo.

—Naraku —La grave voz que le hizo voltear la cabeza pertenecía a la última persona que planeaba ver ese día—. Veo que sigues igual de sombrío.

—Lastima, hoy no me arregle para verte Bankotsu, espero no verme tan mal —De verdad lo detestaba, estaba acabando con sus planes más rápido de lo que hubiera deseado, pero era una opción buena, bastante buena.

—No te incomodes, amigo —Le respondió el otro fingiendo una sonrisa y mirando hacía la entrada del edificio—. ¿Vamos a ver primero la exposición o prefieres mostrarme lo que tienes?

—Aun no lo deseo —Dijo burlonamente—, pero me queda cierto tiempo, Kagura no ha llegado de su clase.

—Sigue en el ballet, que estupendo —Una sonrisa bailo en su rostro por unos segundos, escondiendo la confusión en que había quedado tras el anterior comentario.

La conversación sucumbió al punto muerto e intimido al muchacho de la trenza, no le gustaba la naturalidad con que su acompañante se tomaba el asunto, casi con desgano, era seguro que algo planeaba. Marcó un ritmo sordo al compás del pie, dejándose llevar por el nerviosismo al que lo llevaba Naraku con su misterioso comportamiento y su inusual forma de hablar, no quería demostrar su estado, pero ese sujeto lo acosaba psicológicamente y sin saber porque ponía sus nervios a punto de quiebre.

—Lamento que Kikyō me enviase en su lugar, no me agradaba la idea de presentarme aquí sin ella —Habló Bankotsu al poco tiempo, no le gustaba ese silencio tan escuálido—. Hoy se veía bastante cansada, ha estado trabajando demasiado. Pronto ira a Europa para una exposición a la que está invitada como parte de un foro especial, no me ha dicho mucho, pero planea irse a vivir a Francia, Jakotsu dice que es la mejor oportunidad que se le ha presentado y no debería dejarla pasar por quedarse aquí arreglando viejos cuadros.

—Ella se irá, aunque en menos tiempo del que pensamos regresará, sobre todo cuando se enteré, si es que alcanza a irse, claro.

— ¿Enterarse? ¿De qué? —Bankotsu estaba al tanto de cómo debía comportarse con Naraku, por ello desvió su mano ligeramente hacía el lado del cinturón donde solía llevar el arma. Lo conocía lo suficiente para saber que nunca era demasiado pronto para estar preparado.

—Nada, solo tonterías. Ven, acompáñame a casa, allí deje las cosas.

—No, yo prefiero esperar a que las traigas.

Naraku hizo un movimiento con la cabeza, indicando entonces que debían entrar al museo. La verdad era que su repentino cambio alegraba a Bankotsu, que desconfiaba de todo lo que viniese del pelinegro.

Subieron por las escaleras, cuidándose de no acercarse demasiado a los demás asistentes.

La marea de personas que se agolpaba en la entrada era excesiva, por cada persona que salía cinco más querían entrar, la obra que esperaban debía ser maravillosa para llamar tanto la atención y provocar tal caos. Por lo que la vista captaba podía decirse que no se necesitaba mucho conocimiento del arte para entrar, solo querer mostrar a sus acompañantes lo interesante que era apostar el dinero en subastas. Aplastar al vecino podía ser el lema si se quería. Pasaron al interior del edificio después de no poco trabajo.

Adentro, todo era un caos de personas burócratas y fanfarronas con ideas superficiales del arte; personas que veían una mujer con expresión sórdida en un cuadro, desnuda y rodeada de sombras, y creían ver a una doliente, cuando en realidad el artista les retrataba la muerte en su estado puro y verdadero. Kagura dio la vuelta y quiso correr, esa clase de lugares le revolvían el estómago, el sol le dio de lleno en la cara atreves del cristal, recordó entonces que Naraku debía estar por allí y lo necesitaba desesperadamente.

Sentada allí, en un descanso de la escalera que daba al segundo piso, con un traje de ballet bajo una chaqueta negra, se veía fuera de lugar, era la figura principal y vivaracha del cuadro oscuro, patético y monótono de la vida burgués. Sí, era un poco ridícula, pero no sabía que justo ese día iban a llevar una nueva exposición.

—Ahí va —Susurró aliviada, viendo a lo lejos la figura de su hermano moviéndose con ligereza por entre la multitud al lado de Bankotsu, eso no le gustó para nada.

Bajó por las escaleras sin hacer el menor ruido, las zapatillas de ballet le daban esa ventaja, y camino entre las personas, tratando de no perder a la pareja de vista, iban algo apurados, no los encontró después de un minuto y creyó haberlos perdido irreparablemente hasta que el leve movimiento de una puerta a su espalda la alertó, las demás personas pasaron por alto el asunto, ella conocía bien el lugar y sabía que pocos coleccionistas podían entrar allí. Lanzándose con rapidez para evitar que la puerta se cerrará, logró infiltrarse en la reunión privada que su hermano y Bankotsu iban a tener. Claro, desconocía los hechos que motivaban a ambos, aunque sospechaba que no podía ser nada bueno.

Esperando el mejor momento para hacer su entrada, se acuclilló tras una mesa y se quedó quieta, aguardando y escuchando. Kagura no era la clase de chica que se interesa lo suficiente en su hermano para espiarlo, pero esa reunión clandestina, el lugar y el hecho de verlos juntos después de años sin hablar, daba suficiente material para una novela de misterio y para sospechar de sus acciones. Lo mejor era sentarse y esperar a ver que sucedía, hasta podría sacarle provecho al asunto.

La discusión resultó sin motivo aparente, solo se distinguía que en poco tiempo, los que antes caminaban y se hacían bromas uno al otro como amigos, ahora estallaban en recriminaciones antiguas y sin sentido. Una cosa llevaba a la otra.

Naraku se daba cuenta que su plan de provocación resultaba a las mil maravillas, y sin más tropiezos, daría termino sin mayores complicaciones de por medio, todo tal cual había sido planeado.

La sola mención de los errores pasados, condimentados con alguna que otra suposición, encendió una mortífera mecha en la cabeza de Bankotsu, no se daba cuenta de que el otro contendiente manipulaba su rabia para que actuara por impulso, sin atender a la razón, bailaba al son que tocaban los ojos rojizos y hechizantes de Naraku, que de ser mujer seguro llegarían a ser más mortíferos.

Kagura, agazapada en la esquina próxima a la puerta, atendía a uno y otro con la mirada, confundida a más no poder; no solo por su hermano, sino por la descarada manera en que se pavoneaba frente a Bankotsu, exhibiendo sus plumas sin miedo a ser espoleado por ellas. Mirándolo de cerca casi que era eso lo que planeaba, pero era poco probable que Naraku quisiese ser vencido en un juego que él mismo inventaba, así que, por puro descarte de posibilidades, se trataba de asegurarle a su enemigo que estaba en el lugar más alto y luego arrojarlo al vacío. Naraku era mucho más que un bastardo, o el mismo diablo en persona, era el mal consagrado a los desaires ajenos, a escavar en los reducidos corazones humanos y alimentarse de sus inseguridades más que de sus miedos. Eso le aseguraba supervivencia momentánea y futura.

Las cosas no parecieron en primer término el inicio de un asesinato, no hasta que Bankotsu, movido por la tela de araña que se amalgamaba en su corazón y lo tenía al borde del colapso, echo mano del arma que llevaba en el cinturón y le apunto a la araña traviesa que se vestía de pavo real.

—Los niños no juegan con armas, Bankotsu —Le advirtió Naraku, más divertido que aterrado—. Esas en especial se disparan fácil y la tuya, al parecer, está cargada.

—No soy un niño, ni una máscara de mentiras como tú —Repuso el otro con ardor—. Yo sé lo que es y cargo con la responsabilidad, si llego a acabar con una vida. Y valla si con la tuya me sentiré más aliviado que culpable.

—Todo porque expongo la verdad. No te parece algo poco caballeroso, amigo.

Kagura, consciente de que en algún momento, mientras divagaba acerca de las apariencias, había perdido el rumbo de la discusión, supuso que lo único en común, y por lo que lejanamente se pudiera pelear, era el dinero o Kikyō. Sospechaba amargamente que era una mezcla de ambas cosas lo que arrastraba al hombre de la trenza a apuntarle con un arma a su hermano.

«Bueno, que le vuele la tapa si puede. Que se abstenga solo si el testamento de Naraku no me ampara solo a mi» Y era una de las dos posibilidades, porque de otro modo Naraku solo podía tener como último deseo que se le enterrase con todas sus posiciones al mejor estilo de los faraones egipcios. «En caso tal, espero que yo no sea parte de las cosas que quiera dentro de su tumba» De pronto la escena frente a sus ojos, el duelo descarado de dos viejos contrincantes, se vio desplazada por la vivificación de los relatos antiguos donde algunos terratenientes locos pedía como última voluntad enterrar vivas a sus mujeres en la tumba cuando lo depositaran a él. Ella no era su esposa, solo su hermana, pero por la despreocupada y consiente manera en que él la espiaba mientras se desvestía —Y aun cuando solo estaba a solas en su cuarto, o en cualquier lugar de la casa—, dudaba bastante de que él conociese la diferencia entre el parentesco familiar y el conyugal.

Pero, no porque ella dejase de mirar la pelea se detenía ¡Todo lo contrario! la pela en la realidad se intensificaba con las amargas especias que Naraku utilizaba para aderezar las palabras y reproches que salían de su boca. Bankotsu llego al límite, intento disparar, pero en un rápido movimiento, semejante al de una serpiente al atacar, Naraku evito el proyectil y se situó tan cerca del arma que la arrebató de manos del dueño con una habilidad envidiable y a las claras, muy estudiada. Kagura, vuelta a la realidad por el disparo, creyó ver a un ninja y no a su hermano asaltando a Bankotsu y cambiando los papeles de aparente víctima y aparente victimario. Sí, a ninguno podía calificársele de víctima, pero para mayor comodidad era mejor darles una etiqueta respecto a su posición.

—Mira, Bankotsu —Habló Naraku, en cuanto la distancia entre ambos era lo bastante grande para evitar acercamientos peligrosos y la posición lo favorecía, dándole la espalda a la puerta y por ende, interponiéndose ante la única salida visible—. Te diré claramente que es lo que quiero. Sin aspavientos, amigo, es mejor conocer el destino para prepararse a él. Te diré, voy a matarte —La mirada azul de Bankotsu se encontró extrañamente aliviada y sorprendida, porque lo sabía, pero no esperaba que se lo dijera de una forma tan directa y aniquilante.

La espía reprimió su deseo, hasta entonces latente, de aparecer en escena y divertirse con la aparente buena relación que tenían y de los posibles frutos que pudiera dar el conocimiento que tenía sobre sus negocios. Su hermano, su cien malditas veces hipócrita hermano, acaba de afirmar que tenía planeado matar a Bankotsu, uno de sus antiguos compañeros de correría, y lo decía como si solo estuviese soltando un comentario cualquiera, una referencia a un libro vacío. Todo se le antojo desquiciado, muy desquiciado, desde el tonto accidente que la tenía a ella en ese lugar, como el objetivo claro de su hermano, que parecía no ser ninguno.

Acurrucada, contrariada y a la espera de un movimiento más para saber de qué lado actuar, diviso otra arma en la escena, una del mismo modelo y calibre, la de su hermano, lustrosamente enfundada en su cinturón.

—No tienes nada que aportar ¿Una última voluntad? ¿Algo que no desees llevarte a la tumba? ¿Una cosa de la cual mofarse por última vez? —La fingida clemencia de Naraku solo arranco una carcajada Bankotsu.

—Solo una —No había visto el bulto que se arrastraba tras Naraku, ninguno de los dos lo veía, pero de haberlo hecho tal vez hubiese esperado una clemencia verdadera de las inexpertas manos de Kagura—. Una que es las tres al mismo tiempo. Dile a tu hermanita que fue un placer desvirgarla.

Naraku no lo vio venir. Bankotsu, extasiado por la reacción que tomaba su verdugo, tampoco pudo hacerlo. La queja de Kagura, que en un diestro movimiento desenfundo el arma de su hermano, fue por menos sorpresivo.

— ¡Bastardo de mierda! —Y ya no eran una, sino dos, las armas que amenazaban con desprenderle una parte del cuerpo. Para su poca satisfacción, Kagura le apuntaba a los pantalones y no a la cabeza. Seguro que a Naraku se le hacía más divertido dejar que primero le volaran los huevos antes que darle un tiro en la cabeza—. ¡¿Y quién diablos te dio permiso de inmiscuir mi nombre en semejante barbaridad?!

Naraku, aunque consternado por la repentina aparición de su hermana, no perdió tiempo en soplar sobre ese incendio de repentina virtud en la mujer.

—Veo hermana que no serás tan virgentenaria como me habías hecho creer. Y yo que tenía esperanzas de inaugurar ese evento.

—Mira Naraku —Sus ojos rodaron en dirección a su hermano, que implausible, no despegaba sus ojos del objetivo—. Si quisiera discutir contigo los pormenores de mi virginidad (Teniéndola o no), lo haría, pero dado que eres el ser más insufrible que conozco no creo que me gustará. Además, la idea de acostarme contigo me seduce tanto como la sal a un caracol.

— ¡Que insultante! Yo que lo hago con el mejor de los deseos.

—De los deseos tuyos, claro está.

— ¿De quién si no?

—Me cae que asesinas a todos tus ligues, por eso jamás llevas a ninguna a la casa.

—Quizá sea porque yo lleve a Bankotsu y mira que hasta ahora me entero que no solo paseaba por allí cuando yo estaba. ¿Me imagino que no repararas tampoco en quitarme a las chicas?

— ¿Y acaso el tipejo era la novia de turno o qué? —Ahí cogió desprevenido a Naraku, dándole en un lugar donde hundía algo más que su orgullo, ponía en duda su masculinidad— No te conocía esas mañas hermanito.

—Aceptas entonces que sí tuvieron algo —Kagura misma se echaba la soga al cuello.

El momento de indecisión que mantuvo a los hermanos Itami ocupados mirándose el uno al otro, dio la oportunidad a Bankotsu de abalanzarse hacía el objetivo más débil y conseguir una salida. Kagura era consciente de su desventaja, pero no de lo profundo que podía ser su arrebato cuando un enemigo, que no fuese Naraku, se le abalanzara mirándola como solo un león puede mirar un alce. Los tres disparos que perforaron a Bankotsu le hicieron retroceder de golpe y trastabillar con sus propios pies, terminando su vida con la ruptura de su espina dorsal a la altura de la garganta contra la esquina de una mesa de inspección.

Los siguientes dos minutos fueron un ensueño turbio en el que ni Naraku ni Kagura podían precisar bien que sucedía, por un lado estaba la asesina, más sorprendida que aterrada y con ganas de poner la pistola en manos de su hermano, recordarle lo mucho que lo quería y buscarse el primer tren a cualquier parte que logrará encontrar; el hermano de esta, hastiado y algo glorificado porque el cometido se había llevado a cabo, se remordía de algo parecido a la envidia por la acción involuntaria que su hermana había ejecutado. Ambos, ajenos a la convulsión que la nueva obra subastada creaba unos dos pisos más arriba.

—Te sugiero que busquemos un abogado —Aun contra su voluntad debía decirlo, Kagura no quería parecer una desquiciada que asesinaba gente como si nada.

—Mejor una pala, no podemos dejarlo aquí —Sugirió Naraku, ya teniendo trazado su plan y la primera parte completa ¿Qué tenía de malo proseguir con la guía sin importar quien lo hubiese hecho? Y para su sorpresa, Kagura obedeció sin rechistar, al menos a tirarle una de las telas de algodón que cubrían los objetos circundantes y arrastrarlo con cuidado hasta la camioneta que los esperaba allí atrás. Naraku parecía conocer muy bien el lugar, pues la guío a una puerta secreta en la cámara que daba directamente al estacionamiento.

De inmediato, Naraku condujo hasta su casa sin reparar bien en las señales de tránsito que cruzaban, podía ser que se sintiera arrepentido y decidido a suicidarse para remediar el asunto, la verdad era que se encontraba ansioso por dar término a su obra maestra.


— ¿Y lo demás? —Pregunto Kikyō

—Sucedió tal y como ella lo dijo. Conduje hasta casa y espere a que fuese totalmente de noche para enterrarlo. Simple.

La mujer se levantó, molesta con Naraku por la forma tan estúpida en que había hecho matar a Bankotsu.

— ¿Y ella porque…?

—Porque sabía que no tenía escapatoria y, sabes, estaba obsesionada con la libertad y bla, bla, bla.

—Es tu hermana.

—Era mi hermana.

—Te mereces esto.

— ¿Qué? ¿Morir? No, yo me merecía tener una gran escapatoria y que Kagura siguiera atada a mí. La muy estúpida cree que si muriéndose se liberó de mí, gran sorpresita se va a llevar hoy.

La artista término por acercarse a la reja y pedir al guardia que le abriera, ese comportamiento absurdo y deprimente de Naraku le ponía el estómago al revés, tal vez eso de bajarle la cabeza con una katana era lo más misericordioso que se podía ser con él, lo compadecía. Compadecía incluso a Kagura, pero ella estaba muerta y no se podía hacer mucho contra eso.

Se despidió con una sórdida mirada a través de los barrotes, al día siguiente no habría un pasado del que preocuparse. Sin vacilar, consciente de que todo eso era un maldito juego, salió de la prisión y se encamino al orfanato. Conducir hasta allí no le tomo más que media hora.

— ¿Kikyō? —Yura Sakazagami, sentada en una espaciosa biblioteca que hacía las veces de oficina, vestida con sencillez y rodeada de niños, aparentaba ser un alma clemente y más sincera que cualquiera.

—Tienes un minuto —Pidió la pelinegra, observando como los niños se acoplaban bastante al temperamento juguetón de su maestra.

—Niños, ya oyeron a la señorita, terminaremos mañana y recuerden proseguir con sus diarios —Al pasar junto a ella, para salir de la habitación, Kikyō contó cerca de veintitrés, niñas y niños entre los sietes y los doce años—. Debiste llamar antes de venir, habría planeado un bonito recibimiento.

—No vengo en visita social, esto es sobre… —A un gesto Yura comprendió que solo faltaba un día para la ejecución—. Quería pedirte el favor de que borraras mi nombre del expediente de la policía, no quiero que digan que yo colabore en algo.

—Eso ya está lejos de mi jurisdicción —Explicó la otra—, pero haré lo posible. ¿Te arrepientes?

— ¿De ayudar? Claro que no —Aclaró. Su expresión pareció un poco más sombría luego de eso—. No me gusta como terminó, quede en que te ayudaría y tú lo harías con ellos, luego daríamos la señal, los atraparían y fin de la historia. Yura, ella se suicidó frente a mis ojos y no vi nada de remordimiento y terror en esa acción.

—Ve el lado bueno, si ella no sintió nada porque tú debes hacerlo, no era nada tuyo y tampoco tenían una relación o algo así.

— ¿Esa es tu opinión de psicóloga?

—No, es mi opinión de amiga. Si quieres la opinión de la psicóloga, ella te dice que ves algo en la muerte de Kagura que se relaciona con tu aspecto interior ¿Quizá sobre tu relación con Naraku? ¿Piensas que ese suicidio es culpa tuya de alguna forma?

Kikyō se detuvo a reflexionarlo, observando con cuidado cada aspecto del problema.

—Él dijo una vez que mientras no me tuviese se contentaría con su hermana —Relato un poco después, tratando de socavar en sus sentimientos y vivencias para llegar a la raíz—. Kagura no hacía mucho contra ello, o eso me parecía, hasta que acciono el gatillo, vi que no le quedaban escapatorias y que de un modo u otro yo lo hubiese remediado mucho antes si me hubiese enfrentado a Naraku de verdad. Incluso Bankotsu murió por mi culpa. Pero lo de ella es otra cosa, es…

Yura aspiro con resignación y la miro a los ojos: —Ella es la idea de que uno no se libera de ciertas ataduras sino se llegan a extremos y se arriesga todo.

Era la verdad más certera de su vida, lo sabía. Kikyō vivía con el fantasma del desastre tras ella, que afectaba a todos los que se le acercaban, era la muchacha buena en un mundo de malos, una cualidad que poco le gustaba y responsabilidad que llevaba a las malas. Ella, Yura Sakazagami, era una mentira envuelta en muchas más, era una psicóloga, una policía, una vendedora de drogas y una fiscal corrupta; todo en una, aunque ninguna de esas fuera su verdadera vida ni se sintiera cómoda en ellas. Ambas eran ejemplos perfectos de personas con ataduras complejas que llevaban desde niños, nudos tan intrínsecos que solo se desatan cuando puede romperse quien los sujeta.

Al final de cuentas, la muerte de Naraku sería un alivio para las dos, significaba un nudo desatado en su laberinto de jugarretas y decisiones mal tomadas.