Capítulo VI: La astilla

Habían pasado casi cuatro días, los cuales se caracterizaron por las labores de preparación para el viaje de retorno a Edoras, el día siguiente por la mañana. Éomer quería dejar claro lo que había logrado con Gondor, para que no hubiese error en la repartición de los suministros que le serían proporcionados desde allí. En cierta forma, aún sentía que se trataba de una ayuda que estaban rogando y se preocupó de dejar claros los detalles administrativos a fin de evitarse futuros problemas. Además, no pretendía que hubiese malentendidos, pues no podría viajar otra vez a Minas Tirith en por lo menos dos meses más.

El joven monarca extrañaba el clima seco de Rohan, sus llanuras, el olor a caballo y la gente risueña de sus tierras. Deseaba volver, aunque fuese en un contexto difícil. Sin embargo, había algo en esa blanca ciudad de piedra, una pequeña astilla que lo seguía molestando a ratos y que estaba más allá de asuntos políticos o técnicos.

¿Por qué hace unos días Lothíriel se había ido así tan súbitamente? Si él no hubiese aparecido, ¿se habría ido ella de todas formas? ¿Había sido él el causante de aquello? Si lo fuese, entonces, ¿qué era lo que había hecho para provocar algo como eso?

Por sus dudas, no quiso ir a su encuentro de forma evidente y directa, pues no deseaba asustarla, como sin querer solía hacerlo la mayoría de las veces. Tampoco pretendía demostrar que la buscaba. Después de todo si en verdad se había marchado por su culpa, creía que aquella mujer no merecía su atención. No obstante, con el paso de los días, el filo de la astilla se hacía en él más incómodo y molesto.

Había puesto especial atención en tratar de divisarla desde lejos cuando volvió a la biblioteca, a los jardines y a la azotea. Pese a sus intentos, no había rastro de aquella frágil y enigmática criatura. Y por más que trató de no darle tanta importancia al asunto, parecía no tener control sobre sus ansias. Eso lo irritaba y lo enojaba consigo.

Ese día tendría una cena especial de despedida, estarían Elessar, sus capitanes y los huéspedes de honor de la compañía del anillo y nobles de Gondor. Aquello incluía a la causante de sus indeseadas inquietudes. Si es que ella no encontraba una excusa para ausentarse, lo que empezaba a temer, porque si tenía razón en sus sospechas, la probabilidad de que se eso ocurriese no era desdeñable.

Esos días habían sido extraños para Lothíriel. Estaba decidida a no enfrentar a aquel hombre mientras pudiese. Más que porque en verdad quisiese, lo hacía por temor a que otra vez Erchirion la reprochara y también por cuidado, porque se había dado cuenta de que a Éomer le podía llegar a confesar cosas que tenía muy dentro y que su lado más racional no deseaba exponer. La verdad era que él no le desagradaba, al contrario. Lo que le desagradaba, por razones que no lograba comprender, era el poco control sobre sí misma que podía llegar a tener. Quizá él no tenía la culpa y ella tampoco, sólo se habían encontrado siempre en contextos desafortunados o inesperados. No obstante, tampoco podía estar segura de que todo se debiera a eso.

Pasaba casi la totalidad del día en su habitación o iba a la biblioteca. Allí se encerraba en una pequeña sala del cuarto y último piso, el menos concurrido. Mientras usaba el único escritorio de aquel lugar estaba atenta a los ruidos o movimientos. Había decidido realizar una reproducción del planisferio astronómico para ella, lo que venía a ser una réplica de la réplica. Cuando comenzó, pensó que quizá estaba muy lejos de ser como el documento que había encontrado, por lo menos le serviría para no olvidar lo que referenciaba. La relajaba imitar los dibujos de las constelaciones, los cuales reproducía mejor de lo que había supuesto.

Tenía cuidado de no ir a otra parte que no fuesen esos dos lugares, exceptuando las comidas diarias con su familia. Pensó que haría aquello por lo menos durante unos días más. La ventaja de la biblioteca era su inmensidad y la de su alcoba, su segura intimidad.

Se sentía dividida, una parte de ella deseaba verlo, disfrutar de esa compañía que en tan poco tiempo le pareció tan cómoda. Esa parte la definía como su yo irracional e impulsivo. Por otro lado, temía a Erchirion, a los demás y especialmente a sí misma. Su yo racional le decía que tener como confidente a un gobernante que recién conocía no era apropiado ni prudente, en especial por lo que le ocurrió en la azotea. Lothíriel solía evitar lo que le generaba conflicto y dudas internas con su propia persona. Mas pronto descubriría que no podría pasarse la vida de esa forma.

Y esa noche iba a verlo, estaba obligada. El día anterior, mientras almorzaban, su padre les había informado con entusiasmo de que le darían una cena de despedida al rey de Rohan. Cuando lo escuchó, la mujer sintió que ya no tenía apetito; por suerte, casi se había terminado ya su plato. Se le revolvió en el estómago, pero desde fuera era como si no le hubiese ocurrido nada. Se dio cuenta de que Erchirion la miraba, aunque no quiso confirmar sus sospechas, y Amrothos hizo un comentario respecto a su caída la noche de la coronación. Estaba tan concentrada en parecer imperturbable que ni siquiera escuchó lo que su hermano comentaba de ella, sólo oyó de lejos a Elphir y a su padre reprochando el comportamiento rebelde de Amrothos.

Si tenía que asistir, lo haría de una forma sobria. Sí, tal vez él notara que ella estaba allí, pero quería recordárselo lo menos posible. Además, era un monarca, por lo que creyó que era ridículo pensar que estaría pendiente de ella. Debía relajarse.

Abrió su armario, tenía un par de vestidos nuevos que su padre le había regalado al llegar a Minas Tirith. Algunos le parecían preciosos, sin embargo pensaba que eran demasiado llamativos. Lothíriel quería ser «invisible» como siempre, si hubiese podido cubrirse el rostro, lo habría hecho. Decidió usar un vestido blanco hueso de un tono apagado, con adornos sencillos de un tono un poco más oscuro. Podría haberse puesto alguna joya que le hubiese relucido, mas no se colocó nada, ni siquiera su diadema. Sólo utilizó dos pequeños broches de plata oscurecida que algo relucían entre su negro cabello, más que nada para no recibir reclamos de parte de su familia. Su piel era pálida, por lo que el blanco no la destacaba en demasía, a excepción del contraste con su cabellera, la que recogió de manera sencilla hacia atrás. No agregó polvos a sus mejillas, sólo iba natural.

—Pequeña, te ves como un espíritu divagando por las inmediaciones de esta ciudadela —dijo Amrothos, que no bromeaba. Creía que su hermana estaba demasiado sobria como para ir a la cena de despedida de un rey.

—Bien podría haberse esforzado más, pero no se ha escabullido. Si eso no ocurrió entonces, poco me importa la ausencia de colores que lleva —declaró Elphir seguro de sus palabras.

Lothíriel subió los ojos hacia el techo, casi acostumbrada a la clase de comentarios que sus consanguíneos hacían sobre ella. Empero, para su desgracia, notó que ellos vestían tonos oscuros. ¡Grandioso! Casi corre a cambiarse el vestido por otro de la misma gama, aunque ya no podía, ridículamente resaltaría entre ellos pese a que en un principio había buscado lo contrario.

Llegando al lugar cayó en la cuenta de que él aún no hacía acto de presencia, por lo que se sintió más tranquila, pese a que sabía que esa paz era pasajera. No obstante, los demás comensales habían llegado y saludó en primer lugar, de modo afectuoso, a su primo junto a Éowyn.

En el salón se distinguía una sola mesa larga bellamente decorada. Había una chimenea que se encontraba encendida con poca potencia, parecía que el fuego era más un adorno que una utilidad. A pesar de ello, luego de saludar a los demás invitados, se dedicó a mirar las pequeñas llamas que se desprendían de los troncos casi consumidos. Le recordaron esos ojos que temía ver. Apartó la vista de ahí, era inevitable, tendría que verlo y saludarlo. Se le apretó el abdomen, le sudaron las manos un tanto. ¡Eso nunca antes le había ocurrido! ¡Nadie había logrado aquello! Se creyó atontada, fuera de lugar y vulnerable.

Y entonces, después de un par de minutos, apareció. Lo escuchó, saludaba a quienes se le acercaron y luego él mismo saludó a quienes tenía cerca. Lothíriel estaba un poco más lejos, inmóvil, como una blanca estatua, mirando sin real atención las ventanas y el paisaje nocturno que dejaban ver. Antes de que alguien más llegara hasta ella, él se acercó. La escena era como si un león acechara a un pequeño animalito indefenso sin ánimo de intentar escapar, resignado a su destino.

Iba vestido con hermosas ropas de terciopelo verde carmín oscuro y adornos dorados, dos pequeñas y elaboradas trenzas bajaban de los costados de su cabeza. Lucía como un verdadero soberano. Pensó que entre esos presuntuosos nobles de Gondor, en las que se incluían algunas mujeres acicaladas en exceso, el vestido blanco y sencillo de Lothíriel era un descanso. Fue en ese momento cuando recordó que la sangre de Imrahil poseía ascendencia élfica, que si bien era remota y lejana, en ese instante se dejó entrever, etérea en la figura de la princesa. Pasaron días en los que la buscó en secreto y al fin la tenía allí, frente a sus ojos, pálida desde la piel hasta el vestido, con los ojos fijos en el lejano curso del Anduin, cuyas aguas brillaban a lo lejos gracias a la luz de la luna.

Pasados unos segundos sus miradas se cruzaron, y le pareció que el rosa de sus mejillas y el gris de sus grandes ojos eran colores que bastaban para hacerla parecer encantadora. Con la duda latente desde el día en que la había visto por última vez, la saludó de forma breve y amable. Quiso haberle preguntado acerca de su sospecha, para así sacarse o encontrarle un sentido a la molesta astilla. Sin embargo, con toda esa gente alrededor sólo podía limitarse a observarla y llegar a sus propias conclusiones. Unos instantes después de devolverle la venia, ella con suavidad se disculpó para ir colocándose cerca de su familia, los que hablaban con otros nobles del país.

Como plato principal, degustaron un cordero asado a la miel sazonado con finas hierbas. Lothíriel estaba sentada junto a sus hermanos y para su «mala suerte» el rey de Rohan estaba al frente. No cara a cara, porque él se encontraba a la derecha de Elessar que estaba en el puesto principal, mas podía notar su escrutinio de cerca. No era descarado pero lo percibía. Sospechaba que sus nervios habían despertado una alarmante paranoia y quizá todo fuera producto de su imaginación. Aunque para haber podido comprobarlo, tendría que haber tratado de observarlo, cuestión que ni se atrevió a hacer durante la cena.

Se obligó a tragar como un inmenso sacrificio cada bocado. No tenía hambre, pero no quería sobresalir dejando el plato vacío. Logró su objetivo masticando lento.

Luego de palabras de aliento y bienaventuranza dirigidas por distintos comensales al joven líder rohir, por lo menos la mitad de quienes ocupaban la mesa se pusieron de pie y conversaron de forma amena.

Lothíriel creía que ya había cumplido con el trámite, mas no podía llegar e irse. Pensó como siempre que en Gondor la vida social noble era aburrida. Por lo menos la mitad de quienes estaban allí, hablaban desde una careta, fingían o exageraban sobre lo que decían y sentían, incluso en la forma en que gesticulaban. Esas cosas le parecían tan premeditadas, tan falsas... En especial los señores de otras regiones del país, queriendo parecer tan importantes como los dos reyes que tenían enfrente.

También estaban los miembros que habían conformado la comunidad del anillo. A la joven le gustaba observar desde lejos como los hobbits quebraban el ambiente solemne y contagiaban de forma sincera risa y alegría, situación que el enano ayudaba a mantener tomando su tercera copa de vino, sus carcajadas eran estridentes y ruidosas pero no le desagradaban.

Volvió a acercarse a la chimenea, el calor estaba casi extinto y el frío de la noche de una joven primavera se hacía presente de forma gradual. Tomó un atizador y agregó un leño en la tímida llama, unas pequeñas flamas comenzaron a crecer. Allí estaba, hincada de frente al fuego que había rehuido en un comienzo, a diferencia de entonces ahora le parecía la excusa más cómoda para apartarse, de manera discreta, por un corto tiempo. Más que por aislarse, lo hacía para despejar su mente.

Éomer era el protagonista, estaba rodeado de gente hablándole a su alrededor. A pesar de ello, cada cierto tiempo la buscaba disimuladamente con la vista. Hubiese querido apartar el gentío, no estaba acostumbrado a esa clase de atención hacia su persona, estaba bien por un rato pero ya empezaba a cansarse. Quería acercarse a ella una vez más, aunque fuese breve, quería comprobar sus sospechas. Las que se comenzaba a corroborar notando que había esquivado su mirada durante toda la cena.

Después de un rato salió del salón, si alguien le preguntaba diría que iba a las letrinas. Se demoró un breve tiempo fuera y no entró por la puerta principal sino por otra del costado, quedando justo cerca de la chimenea.

—Podríamos echar otro leño, éste se extinguirá en no más de unos diez minutos —comentó el hombre de forma amena, que sin esperar respuesta sacó dos leños, los tiró al fuego y los revolvió con el atizador, reavivando con notoriedad las llamas.

Lothíriel permanecía en silencio, ahora de pie. Él pensó que estaba ida como lo había estado la noche de la lluvia torrencial. Estuvo tentado de tocar su suave mentón con los dedos para obligarla a mirarlo, empero se contuvo. Lo que se temía comenzaba a confirmarse. Ella lo estaba evitando.

Por la cabeza de la joven surgía una interrogante: ¿qué se suponía que tenía que hacer? Hablarle por supuesto, al menos algo breve, incluso efímero. Mas no sabía qué, se percibía aturdida. De alguna forma tenía la sensación de que cualquier palabra que dijese sería el punto de partida para otras de las cuales no tendría control. ¿Estaría llamando la atención de los demás, estando apartada al lado del rey, aunque no dijese nada? Pánico, no sabía por qué sentía pánico frente a esa idea. Mirando hacia el suelo asintió, y sin decir palabra se alejó hasta el otro extremo del lugar. Así, sin pensar, sin meditarlo. ¿Por qué estaba pasando todo eso? ¿Cómo era que había llegado a esa situación tan incómoda y absurda?

Éomer se quedó estático. Mientras veía cómo se alejaba, confirmaba sus sospechas. La astilla molestaba más que nunca. Ahora provocaba un dolor, no intenso, pero sí muy molesto y punzante. Tuvo rabia consigo, con ella, con esos nobles gondorianos que le estorban, en ese momento quiso haber gritado de frustración y también de enojo. No entendía. Ahora que lo pensaba, nunca había tenido que hacer algo para llamar la atención de otro, menos de una mujer. Sólo quería que le dijese por qué diablos se comportaba con él de esa manera. ¿Qué había hecho para ser ignorado de esa forma tan fría? ¿Acaso lo merecía?

Estaba inquieto, y una vez más se le acercó mucha gente, y Éowyn lo miró con extrañeza. Sí, lo conocía tan bien. Lo tomó del brazo con discreción y disculpándose, se apartaron unos metros.

—¿Qué crees que haces? —inquirió irritado el hermano mayor.

—¿Acaso no te has dado cuenta de que tu humor está siendo preocupante? Algo te ocurrió, desafortunadamente no pude observar qué.

—¿Y qué puede haberme pasado en una cena de despedida en mi honor?

—Pues dímelo tú.

—No ha pasado nada.

—Mientes —afirmó la rubia joven, muy segura.

—Ya deja esto Éowyn, sólo logras irritarme más —contestó Éomer, respondiendo en modo indirecto que sí estaba molesto. Y habiendo dicho eso, la tomó de la mano y la llevó hasta Faramir.

Era una «ensalada» de impulsos: correr, gritar, querer zamarrear a la hija de Imrahil por los hombros hasta que le explicase con detalles la razón de su extraña actitud hacia él. Su contención estaba llegando a niveles impresionantes.

Después de casi una hora, los comensales empezaron a retirarse, y la familia de Dol Amroth comenzó a despedirse. Llegaron hasta él para luego marcharse. Primero lo hizo Imrahil de forma afectuosa sabiendo que ya no lo vería hasta meses más adelante. Y luego lo hicieron sus hijos, al mismo tiempo, formados de manera horizontal frente a él.

Lothíriel seguía mirando el suelo y cuando se dieron la vuelta, ella se encontraba en último lugar de la «fila» que integraban sus hermanos, quienes ya se dirigían a la salida unos pasos más adelante. Así, con una rapidez impresionante se acercó a ella y preguntó rápido, muy de cerca, en un tono bajo pero con intención.

—¿Por qué me estás evitando? —demandó en voz baja, con un dejo de ira y exigencia. Notó al instante que no obtendría respuesta y furioso, se alejó de ella volteándose y avanzado en dirección contraria.

Antes de eso, Lothíriel creía que al haberse despedido en cierta forma había logrado su objetivo, y que al voltearse ya era libre, casi podía dar un suspiro de alivio. Pero al reparar en su posesivo aunque sutil agarre y sus palabras apremiantes, se bloqueó, aquello sucedió en cuestión de segundos. Fue totalmente ignorante de lo que pasaba a su alrededor y con los ojos muy abiertos, lo miró mientras de manera mecánica siguió su camino a la salida. Si no se había ido corriendo era porque estaban sus hermanos y su padre, que al parecer no habían advertido esos segundos de terror. Experimentó un escalofrío que le recorrió toda la espina dorsal. No obstante, cuando su familia se despidió de ella ya cerca de su habitación, sonrió con esfuerzo interno. No, no podían notarlo y debía esforzarse por ello.

Cuando la puerta de su cuarto se cerró, juntó sus palmas frente a su boca, como orando, y exhaló fuerte. Se sentía culpable, mal, se juzgó una mala persona. Tiritaba un poco y no de frío. Él no merecía eso de ella. En realidad, en el poco tiempo que lo conocía, no había hecho nada más que ayudarla, el miedo a no sabía qué rayos había sido más fuerte y tarde descubrió que había cometido un grave error.

Se había acostado a dormir, pero no podía conciliar el sueño. Estaba inquieta, ansiosa y nerviosa. Evitar a un rey eran palabras mayores, por otro lado si lo pensaba bien no le había negado el saludo, aunque eso ya habría sido insostenible dada su condición de miembro de la nobleza de Gondor. Estaba molesta consigo, no porque el hombre en cuestión fuese un mandatario sino porque estaba segura de que él nunca había querido perjudicarla, incluso habiendo podido hacerlo desde el primer momento, avisando de su pequeño corte, desencadenando la exageración entre sus familia e incluso entre los demás.

Su sueño fue breve, intermitente e inquieto. Faltaba casi una hora para el amanecer y decidió levantarse, no tenía hambre y recordó que la gente de Rohan y su comitiva partirían temprano por la mañana. Quería disculparse; pese a que sonase torpe, por lo menos lo haría de forma sincera.

Al bajar al sexto círculo de la ciudad hasta las caballerizas, vio a varios rohirrim alistándose para un largo viaje, mas no halló a su líder, por otro lado grande y llamativo. No quiso preguntarle a nadie y se limitó a otear desde lejos por si se acercaba. La impaciencia y la frustración comenzaron a abrazarla.

Quería asegurarse de encontrar un modo de disculparse con él. En ese momento se le ocurrió una idea, recordó el mapa que había intentado copiar y por el cual Éomer le había preguntado con evidente interés. Lo había terminado el día anterior y estaba sorprendida del resultado. Pero qué más daba, luego podría hacer otro, pues se quedaría una larga temporada en la ciudad. Apresurada, subió a buscarlo con casi las primeras luces del día. Antes de llevárselo, tomó un pequeño papel y escribió algo que metió en medio del rollo. Lo guardó en un estuche de cuero diseñado para pergaminos y se lo llevó de prisa.

Al llegar de vuelta, aún el gobernante no se había dejado ver. Casi resignada, logró percibir que un joven que trabajaba en las caballerizas iba y venía con utensilios y equipaje que ayudaba cargar en los caballos y algunas carretas. Buscó dos valiosas monedas que guardaba en su capa y llamó al mocoso que no sobrepasaba los trece años.

—Buenos días, Chico. ¿Has visto al rey de Rohan esta mañana? —inquirió con suavidad.

—Buenos días, mi señora. No, no lo he visto, pero supongo que vendrá en algún momento. Uno de sus mariscales me encargó que colocara algunas cosas en su caballo.

—¿Podrías… por favor …poner esto entre sus cosas? Es un documento importante —explicó la mujer pasándole las dos monedas y el estuche de cuero. El muchacho la miró un poco sorprendido.

—Por supuesto, mi señora. ¿Debo decirle algo a su majestad?

—No. Sólo déjalo donde pueda verlo. Muchas gracias, que tengas un buen día.

—Que usted también tenga un buen día, mi señora —se despidió contento sosteniendo con fuerza las monedas y el estuche.

Lothíriel vio de lejos la puerta abierta del corral y distinguió cuando el niño dejó el mapa amarrado por una correa de equipaje al caballo más acicalado de la comitiva, que por supuesto debía de ser el de él.

Casi satisfecha se dio la vuelta y se dispuso a regresar a su habitación. El sol destelló entre las montañas dando un destello. Por una vez en varias horas volvió a abrigar un rastro de alivio y tranquilidad, teniendo la frugal esperanza de que Éomer llegaría a ver el mapa y la nota que había escrito. Aunque no vislumbró que la calma sería más breve de lo que se hubiese imaginado.

Una hora antes del alba Éomer desayunó a solas con Elessar, a quien ya consideraba más que un buen amigo, un hermano. Luego de Theodén y de su también fallecido primo Théodred, Aragorn era el hombre al que el joven soberano más admiraba y respetaba. Lo había conocido sólo desde hacía un par de meses, pero había sido suficiente como para consolidar un lazo que sabía, era y seguiría siendo sólido. Se despidió de él con un largo abrazo apretado y con un incómodo nudo en la garganta. Pues desde ese momento se sintió a la deriva, sin ningún apoyo constante de alguien a quien tuviese como un referente, justo ahora que debía «intentar» ser un buen rey para los suyos. Agradecía a Béma por Éowyn que regresaba con él a Edoras por lo menos por unos cortos meses, lo que le hacía sentir de alguna manera reconfortado.

Ella desayunaba con su prometido, sería la última vez que se verían en varias semanas. Así es que Éomer no los interrumpiría. Sabía que su hermana estaría en los establos a la hora de emprender el viaje.

Se encontró con Elfhelm luego de salir del palacio. Éste lo miró preocupado luego de saludarlo.

—¿Qué pasa? ¿Acaso sucedió algo malo? —preguntó el gobernante con un dejo de alarma.

El hombre suspiró y miró hacia los lados, pensando de qué manera contarle lo que había ocurrido.

—Bien, este… hay algunos de nuestros soldados que… —titubeó el mariscal.

—¡Ya dilo, Elhelm, que debemos irnos pronto, el sol está saliendo! No tengo todo el día.

—Anoche varios soldados se emborracharon en una cantina, hicieron un escándalo y tuvieron una riña con algunos soldados de Gondor, que también estaban ebrios. No fueron más de tres, podría haber sido peor —añadió el hombre más adulto como tratando de aminorar la situación.

Éomer sintió que lo habían golpeado fuertemente en el abdomen. Y una intensa cólera lo poseyó.

—¡¿Qué que se supone que hacían esos imbéciles?! ¡¿Acaso no estabas tú a cargo de que se comportaran?!

Por un breve instante se creyó capaz de golpear a Elfhelm, pero no lo hizo porque razonó que sólo sería complicar más la situación. Además se suponía que como gobernante no debía hacer aquello, en especial antes partir a un largo viaje.

—Antes de ir a la cena de despedida los vi tranquilos. Sin embargo, esos hombres no son niños y bueno sí, se les pasó la cuenta. Aunque descuida, hablé y me disculpé con el dueño de la taberna y con el capitán que está a cargo de los soldados de Gondor, no fueron golpes mortales. Todo está bajo control y nuestros hombres están bien. No te preocupes, les di un castigo que no olvidarán.

—No olvidaran lo que yo les diga cuando hayamos abandonado la frontera. Trío de tontos. ¿Acaso no saben que acciones como ésas pueden poner en riesgo lo que hemos logrado para nuestra gente en estos días acá en Gondor? —declaró Éomer a punto de gritar aquello a los cuatro vientos. Estaba ansioso de poder reprender a esos inconscientes y refregarles en la cara su desafortunada acción.

—Cálmate, ya podrás hacerlo. Iré por los últimos soldados y partiremos, nos vemos en las caballerizas.

Y Elfhelm, apresurado, se dirigió en dirección contraria a su rey. Asustado por su cólera, pues no quería que se desquitase con él.

Aquello era el colmo, y el enojo no lo abandonó. Caminó por las calles de Minas Tirith, donde no deambulaba mucha gente a esas horas. Con pasos marcados y seguros se dirigió a los establos. Pasados un par de minutos, vio una figura cubierta con una capa azul. Sin tener que pensarlo mucho supo de quien se trataba. Si se le había pasado un poco la ira, en ese momento le volvió de súbito, recordando lo vivido la noche anterior. ¡Ahí estaba ella, la princesa extraña y malagradecida! Ahora sí que tendría que escucharlo y supo, con convicción, que nada ni nadie podría impedírselo.


Revisado por: Erinia Aelia

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