Capítulo 5: Una noche de bodas

Nuestro desafortunado poeta aún se mantenía en el suelo, lanzando maldiciones a todos los dioses por haber decidido abandonarlo a su suerte en aquel inmundo nido de ratas que ahora le daría muerte.

Hubiese seguido lanzando improperios a lo celestial si no hubiera sido porque escuchó ciertas palabras que le hicieron levantar la cabeza del suelo y así presenciar el momento justo en que se cometía un sacrilegio hacia la humanidad.

— ¿Entonces podemos quedarnos con estos libros? — Preguntó uno de los 3 mendigos, causantes de su desgracia.

Tanto fue el horror que a Victor le provocaba la idea de la horca que se olvidó por completo de sus amados libros.

Libros que ahora estaban siendo mancillados por la ignorancia de un insulso mendigo, el cual examinaba el libro con una carencia de cuidado tal, que Victor se creyó casi capaz de escuchar a su alma de poeta lanzar un desgarrador lamento.

— ¡No entiendo nada de lo que dice aquí! Que basura. — Exclamó, fastidiado por el libro que obviamente jamás captaría su atención por más de 5 minutos.

"¡Por supuesto que no le entiendes! ¡Tú no sabes latín, y dudo mucho que puedas siquiera leer francés!"

Esas hubiesen sido las palabras exactas que Victor le hubiera bramado enfurecido al maldito mendigo ignorante, si no se hubiese quedado petrificado al observar con espanto como el truhan comenzaba a arrancar las hojas del libro para avivar la llama de una pequeña hoguera cercana a él.

— ¡Por la Virgen! Se suponía que me darían muerte, no que me torturarían antes de darle fin a mi existencia. Ustedes… ¡Sarta de zánganos inmundos!

Y en efecto… Nuestro poeta había explotado de nuevo; en el peor momento posible. Es cierto que su vida estaba a punto de extinguirse a manos de viles truhanes, pero el observar como menospreciaban al arte frente a sus ojos, provocó que la ira lo enardeciera y así escupiera la honesta opinión que tenía sobre sus verdugos.

Los truhanes estaban a punto de contestar, o más bien… Hacer escarmentar al poeta, cuando este fue más rápido, y con una voz ardorosa continuó la exclamación de su calvario.

— No, no, no… Me niego a presenciar esta horrenda mutilación… ¡Quitadme la vida ya mismo que no soporto ver como maltratan al conocimiento!

Y como si fueran palabras mágicas, se encontró en un abrir y cerrar de ojos ocupando el lugar del maniquí, parado encima del taburete. Sólo le faltaba una bonita soga adornando su blanco cuello de burgués.

— ¡Pero no tan rápido! — Exclamó, dejando atrás su destello de fugaz audacia e indignación, para recordar que en realidad le tenía bastante terror a la soga.

Estaba tan desesperado por salir con su vida intacta de aquel aprieto, que incluso intentó echar la huida, la cual, fue claramente inútil. Los truhanes lo tenían agarrado con fiereza, mientras le miraban con ojos hambrientos por ver una entretenida ejecución.

— Amigo… Sé que eres poeta, pero no seas tan dramático ¿Sí? — Se le acercó Celestino, quien parecía bastante entretenido por las patéticas acciones del poeta. Creyó incluso que le gustaría atrasar un poco más su ejecución para seguir burlándose de las ocurrencias del pobre diablo. — Además ¿Para qué quieres los libros? Hasta donde yo sepa… ¡Los muertos no pueden leer!

Todos en aquella taberna de mala muerte comenzaron a reír a carcajada suelta, disfrutando bastante de mofarse a costa de su incauta víctima, la cual por cierto, estaba utilizando lo más rápido posible su mente de filósofo para idear una nueva estrategia que lo salvara de la horca.

— Monseñor, por favor acepte mis más sinceras disculpas; estoy algo nervioso. — Musitó Victor, de pronto sereno y recompuesto. — No todos los días uno tiene la desgracia de estar sobre un patíbulo, más he decidido que aceptaré mi destino como todo un hombre honorable que soy, pero ¿Me permitiría hacerle una última pregunta?

— Sí, sí, pero rápido muchacho, que se está haciendo tarde.

— ¿A cuántos han colgado hasta el momento con esa cuerda?

— Umm, que extraña tu pregunta ¿Estás delirando acaso? — Preguntó Celestino, pero al ver la estoica seriedad en el rostro del poeta, prosiguió. — La verdad es que no lo sé. Han sido tantos que ya he perdido la cuenta. — Confesó, orgulloso por las fechorías.

— Entonces me temo que no podré ser colgado con esa cuerda. — Anunció el poeta, para incredulidad de todos los presentes.

— ¿Disculpa? — Preguntó Celestino, honestamente confundido por eso.

— Sí, eso mismo. Estaba dispuesto a dejarme colgar sin tanto cuento de una vez por todas, pero como un hombre condenado a morir, creo, que tengo al menos el derecho de decidir si la cuerda es de mi agrado o no. — Y ante la estupefacción por las ocurrencias del poeta, este continuó su discurso. — ¿Podrán si quiera imaginarse todo el florido desfile de cuellos que han tenido el infortunio de ser acariciados por esa soga? Podría decir que ha tocado a más hombres que la prostituta que está allá. — Señaló a una robusta mujer, que tuvo el descaro de indignarse por la ofensa del poeta. — Seguro trae consigo un hervidero infernal de enfermedades, ¿Qué tal si lleva el estigma de la lepra? Seré pobre, más mi salud sigue tan rolliza como la barriga del Abad.

Celestino pensó en ese instante, si la diversión que le causaba el poeta, valía tanto la pena como para no hacerlo amordazar y colgar de una vez por todas. Debía estar demasiado desesperado como para decir esa sarta de incoherencias, y aun así, decidió indagar para ver que tan estúpido podía llegar a ser.

— Y dime… ¿A ti que te importa coger la lepra si ya estarás muerto para ese entonces?

— ¡Pero qué pregunta la suya! — E incluso Victor tuvo la osadía de mostrarse indignado por la cuestión. — ¿Por que más será sino para honrar a mi sagrada filosofía de vida? Como buen hedonista, es mi deber calmar el temor de mi alma y asegurar que mi cuerpo al menos se mantendrá en tan buen estado como sea posible ¡¿No merezco como buen condenado a morir el que complazcan mi deseo como última voluntad?! ¡No quiero que esa nefasta soga toque la virtud de mi sano cuello!

Sí… Nuestro poeta estaba desesperado, tan desesperado que llegaba a un nivel bastante patético. Celestino fue aguijoneado por un sentimiento de pena ajena hacia el pobre desgraciado que se aferraba fieramente a su miserable vida, y quizás le hubiera perdonado la vida si no fuese porque recordó como Victor le había llamado hace poco "Zángano inmundo" a decir verdad, Celestino odiaba bastante a esos insectos, para desgracia del poeta.

— Si ese es el problema, siempre tenemos una cuerda adicional por si se rompe esa a la que tanto pavor le tienes. Y no te preocupes, te aseguro que esta se la acabamos de robar a uno de tus compañeros burgueses. Tu bonito cuello va a tener el honor de estrenarla ¿Eso complace a tu espíritu hedonista?

Los truhanes ya se estaban aburriendo bastante ¡Era la primera vez que su rey se tardaba tanto para colgar a alguien! Así que no necesitaron orden alguna para ir corriendo por la nueva cuerda, la cual Celestino colocó en lugar de la otra, haciendo un bonito nudo, y al fin… Por fin, después de tanto cuento, usarla para rodear el cuello del poeta.

La sensación de la áspera soga cosquilleando en la piel de su cuello, fue como el fuego abrazando el frágil hilo de su desgraciada existencia hasta reducirla en cenizas.

— Necios ¿Acaso no se dan cuenta que están a punto de dar muerte al próximo Homero? ¡Un pecado como tal no será sino condenado tanto en el cielo como el infierno!

— Bribón, el necio aquí eres tú. Nosotros estamos incluso más allá de eso. ¿Verdad, muchachos? Somos de tan mala calaña que ni el mismo Satanás nos daría refugio en su ardiente averno.

Y con esas maquiavélicas risas cercenando la poca estabilidad de su arruinada mente, Victor aceptó que este iba a ser el punto final en el guión de su trágica vida.

— Bien, ya… Esto se ha alargado bastante, eres muy bueno para atrasar a la muerte, pero me temo que no lo suficiente para evadirla. — Exclamó al apretar un poco más el nudo alrededor de su cuello. — Ahora, cuando yo de una palmada, tú, André, tirarás el taburete que mantiene a este bribón en contacto con el mundo de los vivos ¿Entendido?

Victor observó con silenciosa resignación como el mencionado se posicionaba, listo para acatar la orden en cuanto escuchara el sonido de su rey, pero para desgracia de nuestro poeta, quien ya sólo deseaba que todo terminara lo más rápido posible, tuvo unos momentos de horrible espera mientras Celestino se puso a empujar con el pie unos trozos de madera hasta el fuego más cercano.

— ¿Están listos todos? — Le dijo al truhan, más que listo para ayudar a que se le colgara al desgraciado. — Bien.

Celestino separó sus manos para dar una palmada, un segundo más y nuestro poeta sería historia, pero se detuvo a milímetros de chocar ambas palmas, como iluminado por una idea.

— ¡Un momento! — Dijo. — Pero que tonto que soy. Se me olvidaba que no colgamos a ningún hombre sin antes preguntar si hay alguna mujer o doncel que le quiera. ¡Bribón, si que eres un maldito con suerte! Aún te queda una oportunidad para llevarte contigo tu vida intacta y hasta una esposa te consigues ¿No es eso maravilloso? — Y acercándose bastante a Victor, murmuró. — Aunque en realidad, si yo fuera tú, elegiría la cuerda… Es una forma de morir mucho más rápida e indolora. — Lo peor es que Celestino se lo estaba diciendo con toda la honestidad de su ennegrecida alma.

El poeta lanzó un gran suspiro, invadido por la sensación de alivio que le trajo aquella última oportunidad. Poco le importaba si debía casarse con una truhana, si con eso salvaba a su cuello del yugo que la cuerda le imponía.

Quizás Celestino tendría razón y terminaría arrepintiéndose, pero mejor vivo y en desgracia, que muerto y sin contar el cuento.

— Muy bien, pido de toda su atención. — Gritó Celestino al subirse a su trono-tonel. — Mujeres y donceles presentes, miren hacia acá. — Tomó a Victor por los hombros y comenzó a sacudirlo, como si se tratara de un vendedor mostrando la pesca fresca del día. — Les ofrezco a este honrado burgués, a su disposición para quien desee tomarlo como esposo. Sus cualidades: Escribir obras con el extraordinario poder de aburrir a toda una multitud. Habla mucho, pero me comprometo a cortarle la lengua para comodidad de quien se lo lleve a su casa. Así que… ¿Hay entre ustedes alguien que quiera quedarse con este bribón? Vamos, no sean tímidos… Un hombre aparentemente inservible, pero se lo llevan sin dar una sola moneda a cambio ¿No es una gran oferta?

Victor sabía que, desgraciadamente el pescado que Celestino estaba ofreciendo, no se miraba muy apetitoso en la condición que estaba ahora. Sucio, lleno de fango y quien sabe de qué otras cosas más, con su cabello hecho un desastre enmarañado, y ni hablar del miserable estado de sus raídas ropas. En realidad sería un gran favor si alguien se lo llevaba a su casa.

Y nuestro poeta escuchó a sus temores volverse realidad.

— Nos has ofrecido mejores cosas que eso, Celestino.

— No necesito otra boca que alimentar, dudo que me sirva para algo.

— Mejor cuélgalo, así nos divertimos todos.

— ¡Sí, sí, cuélgalo!

El pobre de Victor ya se encontraba encomendando su alma al señor después de escuchar los diversos comentarios de sus posibles "salvadores" cuando vio salir de entre la multitud a 4 mujeres.

"4 posibles compradoras para un pescado en mal estado… Bueno, creo que debo sentirme orgulloso." Pensó el poeta mientras las mujeres se le acercaban para "catarlo".

La primera de ellas era una muchacha gorda con cara cuadrada, que llegó frente a Victor y sin decir nada, comenzó a escudriñarlo con la mirada.

La fea expresión que se formó en su ya poco agraciado rostro, le dijo al poeta que no le había gustado lo que vio.

— Vaya tela vieja. — Señaló despectiva el viejo blusón de Victor, que ya contaba con bastantes agujeros. — ¿Y tu capa?

— Ah, mi capa… — No había reparado en ella, pero… — La perdí.

— ¿Y el sombrero?

— Me lo quitaron.

— ¿Y tu bolsa?

— ¡Ay, mi bolsa…! — Victor se lamentó, sincero. — No me queda ni una sola moneda. ¿Pero por qué no me preguntas sobre mi elocuencia, mis conocimientos o mi futura fama como prodigioso poeta?

— Mejor cuélguenlo. Y da las gracias, te hacemos un favor. — Le espetó la truhana y le dio la espalda.

La segunda mujer fue una más fea que la anterior. De negra piel, arrugada y repulsiva a la vista. Victor alarmado, volteó a ver a Celestino, y este se encogió de hombros como diciendo "Te lo dije" al pobre poeta que no le había creído a sus palabras.

Victor comenzó a tomarle un desmedido amor a la soga que lo acogía entre sus brazos. Le daba en realidad bastante miedo de que la horrorosa mujer decidiera quedarse con él, incluso pensó en si era posible elegir aún la horca, pero por fortuna la desagradable truhana sólo le dio una desdeñosa mirada y dijo:

— Está muy flaco… Además se ve joven pero ya tiene el cabello gris.

— ¡Es platinado! — Exclamó bastante indignado el poeta.

¡Oh! Se nos olvidaba mencionar al lector que la segunda cosa que nuestro poeta más odiaba en este mundo, además de que menospreciaran el arte, era que se equivocaran con el color de su cabello.

La tercera mujer, era una joven lozana, y para nada fea a la vista.

— ¡Sálvame! — Le dijo por lo bajo, con sus ojos brillando entre la suplica y la emoción de que quizás esta, quisiera tomarlo por esposo.

Ella le miró por varios segundos, apiadada por el pobre miserable que tenía en frente. Bajó la mirada, y se tomó la falda entre sus manos, como dudosa sobre qué hacer. Victor sólo pudo mirarla con desgarradora ansiedad, era una bella oportunidad la que se le presentaba, y temía perderla.

— No. — Dijo al fin la condenada. — Mi amante se enojaría. — Y después de eso, regresó con los demás.

La cuarta mujer, para sorpresa y desgracia del poeta, era aquella mujerzuela que él había usado como ejemplo no hace mucho. Creyó que sería una diabólica ironía si esta se casaba con él, pero para su alivio… Se trataba de otra cosa.

— Sólo vine para hacer esto. — Y acto seguido abofeteó con fuerza la mejilla del poeta, quien en silencio agradeció que eligiera el lado donde no le habían golpeado antes.

— Oh, amigo, tienes muy mala suerte con las mujeres. — Se compadeció Celestino. — Bien, parece que nadie te quiere, lo cual es una lástima. Aquí entre nos… — Se acercó para susurrarle a Victor. — Me gustaba tu cabello platinado. — Retomó su lugar en el tonel. — Umm, creo que lo cortaré de tu cadáver y me haré una bonita peluca con él.

Podrán imaginarse la sensación tan horrenda que recorrió a Victor al escuchar las palabras de Celestino; eso había sido más que suficiente para orillarlo a usar su último recurso desesperado: Rogar a los dioses por un milagro divino.

— ¡No, no, me niego! ¡Júpiter, sálvame! — Comenzó a gritar con estridente desesperación, lo que hizo colmar la paciencia de Celestino.

— ¡Alguien que le vuelva a poner la mordaza, por favor! Este bribón habla tanto que temo en lo más profundo de mí ser que lo siga haciendo incluso después de muerto. — Y dicho esto, el poeta volvió a ser amordazado. — Bien, ahora… Volveré a preguntar a todos los presentes ¿Nadie quiere a este hombre como esposo? — Y como imitando el tono de un subastador, continuó. — ¡Poeta platinado se va a la una, a las dos y a las…!

— Yo me casaré con él.

De pronto una voz decidida se hizo resonar entre la multitud frente a ellos. Un clamor en general se levantó ante esta interrupción y Victor buscó con desesperación el lugar de donde salió la voz de su salvador.

Nuestro poeta observó con ilusión y asombro, como las filas de truhanes comenzaban a abrirse, dejando un gran espacio libre para que los pies de una hermosa criatura se hicieran su camino hasta llegar justo frente a él.

"¡Mi ángel!" Intentó gritar Victor, puesto que aún tenía la mordaza en su boca.

El no poder hablar, no le impidió el que sus ojos admiraran maravillado la milagrosa intervención celestial del bello gitano, quien había llegado a rescatarlo en el momento más crucial de su vida. El poeta pensó que no sólo su apariencia era la de un ángel, sino también su espíritu mismo era el de uno.

Victor se percató que no era el único encantado bajo la visión del joven gitano, pues los ojos de todos los presentes se iluminaban con un brillo que no reflejaba otra cosa que no fuese ciega devoción. Al poeta no le pareció extraño en lo más mínimo… Ver a una celestial y pura criatura mezclándose entre la inmundicia de las parias de parís, era algo tan inusual como el hecho de que ahora esa bella criatura lo quisiera como su esposo.

El poeta pensó que quizás, sólo quizás… Su ángel había caído en las redes del amor de forma irrevocable, ambos… Atrapados dulcemente en la misma inquebrantable red llamada destino.

Y mientras Victor se encontraba disfrutando de usar su poesía para describir de mil maneras el inesperado y bello giro de su futuro, Celestino por su parte, estaba atónito ante las horripilantes palabras de su valioso protegido.

— Yuri ¿Seguro que deseas desposarte con este poeta de cuarta? — Preguntó, anhelando el haber escuchado mal.

— Lo he dicho ya; me casaré con él. — Declaró el joven gitano con una firme voz que no dejó lugar a replica alguna.

Victor observó con temor como el rostro de Celestino se descomponía en una intensa pelea, entre la decisión de acatar los deseos del gitano y sus deseos propios por no condenarlo a compartir su vida con un desagradable burgués.

Yuri era considerado como su hijo, el único hijo que él hubiese querido tener, pues a diferencia de todos a su alrededor y de su propia persona, parecía que no existía inmundicia alguna capaz de mancillar la pureza que el gitano portaba como una virtuosa luz que alumbraba las tinieblas de sus condenados corazones.

— Quítale esa soga, Celestino. — Insistió el doncel con una mirada tan seria en sus ojos que el aludido tuvo que resignarse a la idea de ver a su pequeño, encadenado a un poeta de poca monta.

Los ojos de su protegido siempre habían reflejado una encantadora inocencia con cierto toque de ingenuidad que era capaz de enternecer hasta el alma más dura y ennegrecida existente sobre la tierra… Esta era la primera vez que había contemplado a la firme seriedad tomar su lugar en unas pupilas demasiado jóvenes como para expresar esa emoción que sólo la experiencia de los años podía otorgarte.

Quizás su protegido había encontrado a ese alguien que por largo tiempo había buscado con la esperanza propia de un joven ilusionado por la idea del amor verdadero. Celestino no le negaría algo como eso al doncel, ni siquiera si se trataba de un miserable poeta parlanchín.

Fue por eso que, para alegría de Victor, la amenaza de la cuerda se alejó de su cuello. El pobre desdichado no hizo más que bajar del taburete y tirarse al suelo con desenfrenada devoción, feliz por tocar la mugre de este. Hubiera suspirado con todo el alivio que sentía, si no fuera porque seguía amordazado.

— Quítale la mordaza. — Ordenó el gitano con esa misma expresión inalterable.

— ¿Estás seguro? Te advierto que este bribón parlotea mucho. Te lo puedo entregar con la mordaza, será mi regalo de bodas. — Ofreció con bastante sinceridad.

— Tomaré el riesgo. Hazlo.

A nadie dentro de la corte de los milagros le parecía extraño que su rey le hiciese caso a los deseos del joven bohemio, al fin y al cabo… El muchacho era considerado como su príncipe dentro de la corte. Lo único tan valioso y especial como para proteger con esmero y dedicación. No era extraño que el gitano fuese pues, alegre y despreocupado por su alrededor; aquello sólo era el resultado de una vida celosamente cuidada por todos los truhanes que lo consideraban como la luz entre sus tinieblas.

Pero para sorpresa de todos, el parlanchín poeta no emitió ni un solo sonido cuando Celestino deshizo la mordaza de su boca. Victor estaba tan deslumbrado por la sensación de irrealidad que le evocaba la maravillosa situación que temía hablar y romper esa bella fantasía digna de sus sueños de poeta.

Antes de percatarse, Celestino se había ido para regresar unos momentos después con un jarrón de arcilla, mismo que el gitano le ofreció al poeta y le pidió que tirara al suelo.

A pesar de que Victor no comprendía el por qué romper un bonito cántaro como ese, le hizo caso al doncel y al lanzarlo contra el suelo, terminó rompiéndose en 4 pedazos.

Lo que nuestro poeta no sabía en ese momento, es que esa era la forma en que los gitanos se casaban. Cuando decidían estar juntos, rompían un jarrón, y vivirían como esposos el número de años en los que el jarrón se rompiera. Al final de ese tiempo, la pareja podía decidir separarse o bien, romper otro jarrón.

— 4 años… Pudo haber sido peor. — Masculló Celestino, resignado. Acto seguido colocó sus manos en la frente de los dos jóvenes. — Como rey de esta corte de los milagros, te entrego en matrimonio a mi querido hermano Yuri, él será tu marido; Yuri, este hombre será tu esposo por cuatro años. Los declaro entonces, unidos en matrimonio por la jarra rota.

¿Así de fácil? Pensó el poeta. Sinceramente no esperaba una misa oficiada por un sacerdote junto con toda su ceremonia incluida, pero el casarse por el decreto de algo tan simple como un cántaro roto le parecía algo extraño. Aun así, esas eran las costumbres de los gitanos, la única ley que tiene significado para ellos, y si ese cántaro roto unía su vida con la de su bello gitano por 4 años, entonces le parecía el jarrón más importante del mundo.

¿Debería de preocuparse por su futuro juntos cuando esos cuatro años se acabasen? Sinceramente Victor lo dudaba bastante. Nadie se casaba con un desconocido a no ser que en verdad le quisiera con amor apasionado; claro que él ignoraba a su conveniencia toda la falta de racionalidad que había en ese hecho. Para el poeta sólo importaba que aquella criatura celestial fuese ahora… Su esposo.

Más tarde se iba a dar cuenta de lo equivocado que había estado, pero por ahora… Pasemos a narrar la felicidad de nuestro ingenuo poeta antes de que esta sea mutilada a manos de su bello ángel.

Un sonido desgarrador atravesó el oído del poeta para sacarlo por segundos de su pequeño paraíso personal, era un sonido que desgraciadamente conocía muy bien: El de sus libros siendo mutilados.

— ¡M-Mis libros! — Exclamó alarmado, al ver con genuino horror como entre los truhanes, poco les había importado la absolución del poeta, pues ahora se estaban peleando por ver quien se los quedaría.

Lamentamos mucho el tener que anunciarle al lector, que dicha pelea era bastante brutal para los libros.

— Celestino… — Yuri se dirigió al hombre que aún se encontraba al lado de ambos; el gitano no necesitó decir nada más para que este entendiera su deseo.

— Muchachos, regrésenle sus libros a la doncella, por favor. — Ordenó el rey, bastante fastidiado por la manera en que las cosas se habían tornado.

Lamentó bastante el no haber ahorcado al poeta cuando tuvo la oportunidad, ahora… Tendría que aguantarlo por cuatro años. Sólo esperaba que su Yuri se hubiese equivocado de hombre, y no tuviera en su mente la locura de romper otro jarrón al terminar ese tiempo.

Los truhanes, a regañadientes dejaron los libros y se los entregaron con bastante cuidado al joven gitano, quien no tardó en regresarlos a las ansiosas manos de su dueño.

— Gracias. — El poeta miró al doncel con una honesta y pura gratitud brillando en sus ojos. Lejos del interés amoroso que este sentía hacia el gitano, también yacía en su corazón ese sentimiento que admiraba en silencio el espíritu amable y compasivo que su ángel poseía.

Lo que Victor no esperaba fue que este le respondiera con la sonrisa más resplandeciente que haya visto alguna vez en su miserable vida. Encerrado entre las cuatro paredes de su humilde cuarto, jamás hubiese tenido la dicha de contemplar esa sonrisa que ahora le arrancaba suspiros a su desenfrenado corazón, que se regocijaba en el deleite de sentirse correspondido.

— ¿Pero qué les pasa? — De pronto el duque de Egipto hizo su aparición, más borracho que sobrio, pero bastante completo como para seguir con la faena. — Esto no es un funeral, aunque así lo parezca para mi camarada Celestino. — Le dio unas fuertes palmadas en la espalda al aludido, lástima que este necesitaba algo más que eso para reponerse de su perdida. — ¡Nuestro Eros se ha casado! ¡Hay que celebrar su unión como nuestro príncipe se lo merece!

Aquellas palabras levantaron el furor entre todos los presentes, quienes hicieron resonar a la mugrienta taberna con sus gritos excitados ante la idea de comenzar una celebración.

Era increíble de ver como toda la masa de truhanes salían emocionados del lugar para llenar la plaza y en cuestión de segundos, esta ya estaba inundada por los alegres acordes de una música con toques claramente extranjeros, muy parecida a las cadencias andaluces que el joven gitano había bailado hace unas horas ante el papa de los locos.

Nuestro poeta por su parte, se había quedado pasmado en su sitio mientras observaba al gran efluvio de parías salir del lugar. En aquel momento se le vino a la mente el compararlos con miles de ratas que salían desenfrenadas de su oscuro e inmundo nido.

De pronto, una corriente eléctrica nació desde su mano y le recorrió el cuerpo con una fuerza tan vehemente que incluso le hizo removerse asustado de su sitio. Descubrió después que se trataba del bello doncel, quien había tomado su mano entre la suya y ahora le miraba fijamente a los ojos, con un brillo emocionado que claramente le extendía sus deseos por unirse a la multitud.

Victor en ese entonces pensó, que era capaz de mezclarse con las ratas más inmundas de París, si era llevado de la mano de su ángel. Después de todo… El infierno al que fuese, para el poeta sería su paraíso, si a su lado tenía a dicho ser celestial.

Al salir de la taberna, el poeta observó asombrado como todos los truhanes celebraban alegres en la plaza; tomando una pareja para bailar, acompañados por los acordes de la música, compartiendo como hermanos el mismo tarro de cerveza, o simplemente platicando y riendo entre ellos.

El lugar parecía ser toda una fiesta, amena y entretenida para todos los presentes, y en aquel momento, aunque Victor seguía viendo en ellos a una sarta de ratas poco honorables, no pudo evitar pensar que a pesar de todo, eran un pueblo unido, capaz de protegerse entre ellos y celebrar sus triunfos, bajo un inquebrantable lazo de hermandad que fundía sus corazones en uno solo.

De pronto su propio corazón lamentó la pérdida que le otorgaba la calidez de la suave mano de su ángel, quien, seducido por la misma sensación de hermandad que el poeta fue capaz de ver, pronto se le unió a su pueblo. Los truhanes, encantados por la presencia del gitano, se abrieron paso ante él, permitiéndole que tomara el centro de la plaza y así hipnotizara a todos con el embrujo de sus bellas danzas.

Victor tan sólo pudo quedarse allí parado sobre su sitio, admirando en silencio a la hermosa criatura que ahora le pertenecía. El verlo allí, regalando destellos de luz a las desdichadas almas que lo admiraban, le recordó que el también era una de ellas, y que gracias a su existencia, la congoja que moraba en su corazón, fue desvaneciéndose con cada cadencia que su grácil cuerpo le otorgaba al bailar.

— Deberías unirte a él.

El poeta pegó un pequeño salto, abrumado por la nueva voz que escuchó justo detrás de él. Al voltearse, observó a un joven de piel morena y ojos oscuros, quienes le miraban en una mezcla entre la diversión y la curiosidad.

— No sé bailar. — Confesó, algo apenado y con la vista en el suelo.

En aquella época era normal que todos los pueblerinos supiesen bailar, las fiestas en aquel entonces eran muy bien recibidas por significar un buen medio para eliminar el tedio, pero para un poeta que prefería perderse en las rimas que entre el populacho, esa regla no aplicaba en lo más mínimo.

— Eso no importa si se trata de Yuri; sólo déjate guiar por él, y verás lo fácil que es.

El joven prácticamente estaba empujando al poeta para que se adentrara al mar de ratas que celebraban, pero había un pequeño detalle que Victor no podía olvidar.

— Mis libros. — Reparó, mientras señalaba la pila de libros que lo mantenían ocupado, no podía ir a bailar con ellos, y tampoco deseaba dejarlos relegados en alguna esquina donde cualquier truhan podía hurtarlos.

— No te preocupes, yo los cuidaré. Aquí estaré cuando regreses, pero vete ya, no hagas esperar a tu esposo.

Victor tuvo que aceptar que ese chico se miraba mucho más normal y menos terrorífico que todos los truhanes que había visto antes, y por eso, decidió confiar en él. Después de todo… Ahora era el esposo del joven zíngaro, no podía dejarlo solo.

Fue hacia el efluvio de gente que se concentraba en el centro de la plaza, algunos bailando, otros observando encantados como el gitano daba agiles giros con sus pequeños y gráciles pies que parecían tan ligeros como para dar la impresión de danzar sobre el aire y no en aquella superficie fangosa. Era pues, la imagen de un ángel que había caído del cielo para deslumbrar la mirada de simples mortales.

En uno de los giros, el joven doncel captó la visión del poeta, aún dudoso sobre unirse o no a la celebración, más el gitano pronto fue hacia él y lo tomó de las manos para que compartiera junto a él la sensación de júbilo y libertad que la danza siempre le ofrecía.

Sinceramente, Victor se vio asombrado por lo fácil que había sido seguir los pasos del doncel, pues su baile era como las manos de un experto amante, quien guiaba a su pareja para adentrarse en el apasionado arte de las caricias.

Sus manos temblaban de emoción al posarse sobre el delicado cuerpo del gitano, quien a la vista parecía una existencia volátil y efímera más entre sus manos, el poeta descubrió que era un ser palpable y rebosante de vida. Pronto se vio capaz de compenetrarse a los movimientos del doncel, sólo necesitaba dejarse llevar por el hechizo que imponían las cadencias propias que su cuerpo creaba y perderse en los destellos que sus bellos ojos del color del vino lanzaban hacia él para hacerle caer cautivado a sus pies.

Fue la primera vez que Victor se había sentido realmente completo, tanto en cuerpo y alma, jamás había experimentado la dicha de sentir como su ser entero se estremecía en apasionadas descargas de incesante vida. Ni la poesía o la filosofía le habían otorgado tal éxtasis digno del cielo mismo, que ahí; teniendo entre sus brazos a una esplendorosa criatura que de vez en cuando hacía girar para alejarse por dolorosos segundos y luego regresar a su lugar, allí, atrapado en el cálido abrazo de un poeta quien creía haber encontrado a la única existencia capaz de saciar las necesidades de su alma y corazón.

Victor creía desde lo más profundo de su ser, que él no era el único capaz de experimentar la misma dicha en que ahora se fundía como si de un dulce designio del destino se tratase, pues podía observar esa misma emoción refulgiendo como dos bellos astros en los ojos del doncel quien ahora era su esposo. Se pertenecían el uno al otro, y aquel baile que compartían le demostraba a sus corazones que ambos eran las piezas de un único y perfecto acertijo que sólo juntos podrían llegar a resolver para encontrar la clave de la felicidad eterna.

Sus cuerpos se compenetraban al bailar, sin atisbo alguno de dificultad, formando entre los dos un delicado pero precioso balance que era el reflejo mismo de lo que sus corazones podrían crear juntos si se fundieran en uno sólo. Ambos fueron capaces de sentirlo mientras escuchaban resonar la bella melodía que sus cuerpos creaban al bailar, pero solo uno de ellos pudo seguir creyendo en esa sensación cuando la magia que los envolvía se rompió.

— Muy bien, ustedes dos sepárense un poco. — Llegó Celestino para destruir la agradable cercanía que ambos compartían.

Al parecer la música se había detenido desde hace tiempo, pues el rey así lo había pedido, pero al ver que ambos jóvenes seguían embelesados, envueltos entre un extraño velo que los separaba de los demás, Celestino tuvo que ir directamente hacia allá para regresarlos a la realidad.

— Daré un discurso y quiero que todos me escuchen. — Anunció por todo lo alto, al subirse a un quiosco frente a la plaza.

Toda la muchedumbre observó en silencio, esperando pacientes por escuchar las palabras que diría su rey.

— Hoy… Es un día muy feliz para todos los truhanes aquí presentes; su príncipe se ha casado. Más para mí, es el día más triste en toda mi vida; hoy perdí una parte importante de mi corazón. Mi protegido, al que considero como a un hijo, se ha casado… Y con un burgués. — Aclaró esto último con un toque tan dramático que casi competía con el propio poeta en cuestión.

Victor comenzó a mirar nervioso por todos lados, buscando alguna posible vía de escape por si las cosas se tornaban oscuras para su suerte. En realidad Celestino traía en su mano una gran jarra que seguramente se trataba del vino más añejado de la taberna; el hombre estaba bastante borracho.

— Pueden comprender, si buscan en lo más profundo de su podrido corazón, el dolor que siente un padre al dejar ir a su hijo para que haga su propia vida al lado de alguien más. Aún recuerdo cuando lo vi por primera vez, hace 17 años atrás… Era el bebé más bonito que hubiese visto en mi deshonrosa vida, con unos curiosos pies tan pequeños que enternecían a cualquiera que los viese.

Y al decir esto último se elevó un clamor entre la multitud, quienes coincidían bastante en el hecho de que el joven doncel había sido de bebé una inocente belleza que suavizaba hasta el más endurecido corazón, y ni hablar de sus pequeños pies, tan bonitos y graciosos que nadie se había resistido a jugar con ellos para sacarle una risa a la tierna criatura que parecía en aquel entonces un pedacito de nube.

El poeta dirigió su vista hacia el pedacito de nube en cuestión y notó enternecido como este seguía siendo igual de puro e inocente, pues sus mejillas se habían manchado de carmín y sus ojos miraban de pronto al suelo, incapaz de manejar la vergüenza que le daban todos los halagos.

— Pensé ingenuamente durante muchos años, que él se mantendría bajo mi ala durante toda su vida, pero olvidé que mi pequeño en realidad estaba creciendo y demostrando un interés notable hacia lo qué le rodeaba… Y quienes le rodeaban… — Tomó un profundo trago de vino, suspiró, y continuó. — El diablo me condenó porque yo mismo fui quien lo lanzó a los brazos de un pomposo burgués, y no habrá día en que no me lamente por ello, pero por eso te diré a ti, poeta de cuarta… — Señaló al poeta con un dedo acusador.

Este es el momento en que Victor hubiese emprendido la huida, pero estaba bajo los ojos de tantos espectadores que tuvo que conformarse con aceptar su destino.

— Más te vale cuidarlo como lo más sagrado y valioso que en tu miserable vida puedas tener. Deberás de venerarlo incluso más de lo que veneras a tu Virgen, pues a la menor queja que él me dé sobre ti… No dudaré en robar unos cuantos caballos para amarrar tus miembros a ellos y desmembrarte frente a todos en medio de esta plaza. ¡¿Entendiste, poeta?!

Un desagradable escalofrió recorrió a Victor al imaginarse una situación como esa. No había muerte que atentará más contra el hedonismo que la de morir descuartizado, la horca se convertía en juego de niños comparado a eso.

"¡Eso no fue un discurso, fue una amenaza!" pensó el poeta.

— Bien, ya entendido esto… — Celestino se bajó del quiosco y caminó hacia Victor. — Ahora eres uno de nosotros. Para bien o para mal, te has convertido en nuestro hermano, así que como tal, — Depositó en sus manos el jarrón de vino. — ¡Bebe de mi copa, hermano! ¡Y disfrutemos de la fiesta!

— P-Pero yo no bebo… — Explicó nervioso el poeta.

— He dicho que bebas de mi copa. — Celestino le miró con una hostilidad tal que Victor tuvo que obligarse a tomar un trago del fuerte elixir que le quemó la garganta.

— ¡Eso es! ¡Eres uno de nosotros, muchacho! — El duque de Egipto apareció, igual o más borracho que el propio Celestino. — ¡Ahora sigamos bebiendo!

Esa amenaza fue más que suficiente para que el poeta volteara a ver al gitano para pedirle ayuda, pero se sorprendió bastante al ya no encontrar a nadie a su lado. Lo buscó alarmado por varios segundos, hasta que lo encontró sentado en una banca junto con el chico de piel morena quien antes le había instado a bailar con el doncel.

Al parecer eran amigos, pues platicaban de forma muy amena. Victor estuvo a punto de unirse, cuando entre el duque de Egipto, y Celestino, lo tomaron de los brazos y lo "arrastraron" hacia donde tenían el agua de los dioses.

Se la iba a pasar muy mal…

Pero ya ha sido suficiente de narrar las desgracias del poeta, mejor, pasaremos a narrar la interesante conversación que se llevaba a cabo entre el joven gitano y su amigo.

— ¿Entonces…? — El joven de tez morena llamó la atención del doncel quien se encontraba descansando en la banca mientras acariciaba a la cabrita en su regazo.

— ¿Qué? — Preguntó, genuinamente confundido por el tono sugerente de su compañero.

— Veo que ya has encontrado al galante hombre que vi entrelazado a tu destino.

— ¿De qué hablas? — El gitano seguía igual de confundido. ¿Qué tenía que ver ese tema en este momento?

— No me quieras engañar. — Hizo un mohín con la boca, fingiendo el ofenderse por la falta de información de su amigo. — Los estaba observando ¿Sabes? Vi como le mirabas, estabas rebosante de felicidad. Siempre eres alegre al bailar, pero jamás había visto ese brillo en tus ojos.

— Umm… Bailaba muy bien. — Se excusó, o más bien, esa era la excusa que se daba a sí mismo para justificar las palabras de su amigo.

Le había sorprendido bastante el que las emociones de su interior hubiesen sido tan vehementes como para manifestarse en su expresión, a la vista de todo aquel que posara sus ojos en él.

Claro que el joven zíngaro había compartido las mismas sensaciones que habían recorrido al poeta durante su baile; fue la primera vez que se sintió de esa manera tan especial e inefable, pero su corazón era caprichoso, y prefería pensar que había sido producto de un innato talento que el hombre poseía al bailar.

— Yuri… A mí me dijo que no sabía bailar. Y sabes, la inseguridad que vi en su rostro, no era ninguna mentira.

El aludido enmudeció ante la inesperada revelación que llegó a golpearlo como agua fría en una cálida mañana. Yuri estaba sorprendido, pues la danza que compartieron le pareció tan natural y fluida, que incluso llegó a pensar que ese hombre había sido creado con la única finalidad de acompañarle durante el baile.

Jamás había pensado en necesitar de alguien más para disfrutar la libertad que le invadía como una fresca brisa al danzar, pero cuando bailó junto al poeta, descubrió que durante años su danza había estado en realidad… Incompleta.

Aquella relevación había removido extrañas y desconocidas emociones en el núcleo de su corazón. Era como si una fuerza mayor le llamara desde el alma para atraerlo hacia el resplandor del azul más intenso que jamás había visto refulgir vibrante en la mirada de alguien más. Yuri se sentía seducido por la cautivante luz que esos ojos proyectaban, pero siempre que estaba a punto de fundirse en ella, unos profundos ojos azul oscuro aparecían en su mente y alejaban aquella luz de su alcance, como si nunca hubiese existido.

— Te equivocas, ese hombre no es mi destinado. Ya lo he conocido hoy… No es un poeta sino un gallardo capitán.

El joven de tez morena observó en silencio como su amigo casi suspiraba al hablar sobre aquel otro hombre. Pero había algo allí que no terminaba de encajar para su gusto, aunque el gitano se encontrara casi embelesado por las imágenes que desfilaban en su mente.

— Umm, pues recuerdo haberte dicho que tú serias la luna y ese hombre el sol, ambos iluminando de forma distinta, pero formando un solo ser a la vez. No sé tú… Pero eso fue justo lo que vi contigo y ese…

— Ese capitán es mi sol, Pichit. Puedo sentirlo…— Le interrumpió antes de que volviera a mencionar a ese otro hombre que desde ya negaba, eclipsado por la imagen de un apuesto e imponente caballero.

Pichit, el amigo de años del gitano, sólo pudo hacer una mueca inconforme con sus labios. Él no conocía a ese dichoso capitán por el que su amigo suspiraba, pero había en su interior una sensación que le decía lo errado que Yuri podía estar, después de todo… Fue el mismo Pichit quien había vislumbrado el destino del doncel al leer su mano hace ya tantos años.

Había nacido con el don de la premonición y recordaba muy bien lo que había visto en la mano de su amigo, después de todo, la naturaleza de su destino no era algo que se mirara todos los días, pues aunque había vertientes que auguraban una vida dichosa, también había otras que se contraponían a estas y lo condenaban a un trágico desenlace.

— Pues espero que en verdad estés seguro de eso, Yuri. Recuerda lo que te dije aquella vez… Naciste con un destino caprichoso que tenderá a cambiar, ya sea para bien o para mal, y de eso sólo depende el tipo de decisiones que tomes. Hasta el momento no te has preocupado por ello, pues tu vida es como una perfecta burbuja que todos cuidan a su alrededor para no dañarte, más ellos olvidan que el que puede hacerte más daño en este mundo eres tú mismo y nadie más. Estás caminando entre fragmentos de cristal aunque no te des cuenta, y deberías tener mucho más cuidado si pisas terreno desconocido, y con eso me refiero a los hombres. — Explicó Pichit, con toda la paciencia del mundo, esperando que Yuri tomara consciencia en sus palabras, pues este solía ser igual de etéreo que sus danzas. — Si me permites opinar… Creo que no estaría de más catar a este que tienes frente a ti. Además, acabas de casarte con él ¿Qué problema hay con darle una oportunidad?

— Sabes que sólo me case con él para que Celestino no lo colgara. — Esbozó una mueca, disgustado al recordar dicha escena.

El hombre podía complacer todos sus caprichos, pero cuando se trataba de colgar a un desdichado, era imposible de convencer a pesar de que Yuri siempre le expresaba el rechazo que sentía ante la sanguinaria práctica que tanto le divertía a los demás.

— Bueno, sí… — Coincidió su amigo. — Pero no me negaras que es apuesto… Sí, está muy sucio, y su ropa ha visto tiempos mejores, pero no es nada que un buen baño y un cambio de ropa no puedan cambiar.

Yuri miró con notable desinterés hacia donde se encontraba el poeta en cuestión. Allí, con su ya usual expresión llena de nerviosismo y preocupación en ambas partes, intentando complacer a sus señores tanto como su poca habilidad para beber se lo permitiera.

— Supongo que lo es… Tiene bonitos ojos. — Aceptó por fin, después de unos largos minutos contemplando el perfil del filósofo.

Esto pareció ser más que suficiente para emocionar a Pichit y continuar en su intento por venderle aquel "pescado" a su amigo.

— Y con todo el respeto que te mereces como mi amigo, he de decir que sería bastante agradable a la vista para cualquier doncella… O doncel…

— Tú también eres un doncel… ¿Por qué no te casaste con él si tan agradable a la vista te parece? — Aguijoneó de forma mordaz al instante de escuchar eso último. En realidad, aquel mezquino comentario había sido lanzado más por un extraño impulso que por consciencia propia del doncel.

— ¿Casado? ¿Yo? ¡Jamás! — Negó frenético. — Disfruto mucho más observando el amor a mí alrededor como para involucrarme con él. Eso es mucho problema. — Desechó la idea con un gesto de manos. — Además… Me sentiría muy culpable si me hubiese desposado con el posible destinado de mi amigo… — Insistió, incapaz de olvidar el tema.

— Dijiste que ese hombre sería aquel que me protegería ¿No? El que salvaría mi vida en el momento más álgido, pues te diré que ese momento ya pasó hace unas horas, y ese hombre que está allá… — Señaló al poeta a lo lejos. — Estuvo presente y prefirió huir que intentar ayudarme.

Aún le era algo amargo a Yuri el evocar esas memorias. Recordaba muy bien la alegría y alivió que inundaron su ser al observar entre las tinieblas la figura del hombre que antes lo había estado siguiendo. El doncel creyó, ingenuamente, que el poeta le brindaría su ayuda en aquel horrible momento donde intentaban raptarlo, grande fue su decepción al darse cuenta que su ayuda sólo consistió en unos cuantos gritos pidiendo socorro, y después… Nada. El joven gitano ya no había visto ni retazo del hombre, lo que le hizo pensar que emprendió la huída lo más pronto posible antes de que también él saliera perjudicado.

Definitivamente eso había sido más que suficiente para que el doncel desechara la posibilidad de ese hombre como el destinado para pasar su vida junto a él. Lo mismo aplicaba para todo sentimiento y emoción que este pudiese despertar en su corazón, el gitano no haría más que hacerlos a un lado e ignorarlos, ahí, relegados en una sombría esquina, tal como este lo hizo con él cuando más lo necesitaba.

— Podría leer su mano, tal vez encuentre algo interesante en ella… — Ofreció Pichit.

Sus esfuerzos no habían menguado en lo más mínimo a pesar de las palabras de su amigo, para él, aquella sensación que le evocó el verlos juntos, era mucho más fuerte que lo que sea que hubiese pasado hace unas horas atrás.

— No necesito nada de eso. — Negó, firme. — Yo ya conocí a mi destino en aquel hombre que me salvó de quien sabe que horrible futuro. — El gitano se estremeció al recordar aquel funesto momento. — Además, ese poeta parece alguien demasiado cobarde… ¿Viste como se rebajó ante Celestino para que no lo colgara? Yo llegué casi al final, pero lo que vi me fue más que suficiente.

— ¡Oh sí! — Pichit se emocionó al recordar la cómica escena completa. — Hubieras visto, Yuri, fue muy gracioso y entretenido de presenciar. Aunque sentí pena por el pobre al ver como se ilusionaba al creer que Celestino le perdonaría la vida. Daba la impresión de hacer lo inimaginable con tal de mantener a la cuerda lejos de su cuello.

— Podría haber aceptado la horca con algo más de dignidad. — Reprochó.

— ¿Tú en su lugar lo hubieses hecho? — Le cuestionó Pichit.

— Por supuesto. — Dijo este sin dudar ni un segundo.

— Pues creo que no deberías dar nada por hecho con tanta seguridad, sobre todo si nunca has estado sobre un patíbulo a la espera de que una cuerda te arrebate la vida. Todo es muy diferente cuando ves al mundo desde el otro lado… El lado desafortunado del destino.

El doncel había estado a punto de afirmarle su respuesta, aún con un patíbulo incluido en la escena, cuando el sonido estridente de unas jarras rompiéndose, llamaron la atención de ambos jóvenes.

Se trataba del pobre duque de Egipto que ya había tocado su punto fulminante de alcohol y había desertado pronto al caer dormido ante el efecto del vino. El gran hombre hubiese dado de lleno contra el suelo, si el poeta no hubiera tenido el buen reflejo de capturarlo antes del impacto, una hazaña bastante noble si se trataba de ayudar a quien hace unos momentos también quería colgarte.

— Será mejor que vayas a salvar a tu marido, antes de que Celestino terminé con su misión de embriagarlo. — Recomendó Pichit, a lo que Yuri estuvo más que de acuerdo. Después de que su amigo le entregara los libros del poeta, este fue a su encuentro para rescatarlo.

Pichit sólo pudo observar en silencio como su mejor amigo se alejaba, y con ello, emprendía un nuevo camino en su vida. Honestamente deseaba que ese sendero lo llevara hacia la mejor cara de su destino.

En realidad, le había parecido demasiado obvio al observar con atención la interacción entre el doncel y el poeta, pero decidió que no insistiría más en ese hecho. Debía dejar que el destino siguiera su curso natural, aunque él se muriera por darle un buen empujón para acelerar las cosas y no dejar que el futuro de su amigo se retorciera hasta tomar un trágico desenlace.

Sólo deseaba que Yuri supiese elegir correctamente.

Por otro lado, pasemos a como Celestino aprovechó su fugaz momento a solas con el poeta para obtener una pequeña venganza.

— Bribón, ya suelta al pobre desgraciado. A él le gusta estar en el suelo. — Explicó, a lo que Victor agradeció en silencio, pues el hombre era lo bastante rollizo como para cansar a sus brazos. — ¡Ahora sigamos bebiendo!

— Creo que sería mejor parar aquí, monseñor. — Declaró el poeta, temeroso de obtener una mala reacción de su ahora ¿Suegro?

— Está bien, te lo concedo sólo porque no desearía que el esposo de mi protegido terminase ebrio en su noche de bodas, que por cierto… — Celestino se acercó al oído de Victor para susurrarle. — Esta noche no te moleremos a palos. Necesitas estar entero para lo que venga…

Aquel comentario que sugería una velada voluptuosa para los recién casados, hizo que el espíritu del poeta se reanimara con otro tipo diferente de pensamientos… Unos que pecaban de no ser muy virtuosos en realidad.

— ¿En verdad? —

Celestino sonrió jocoso al observar la emoción que brillaban en los ojos del poeta.

— Oh, sí… De verdad. — Afirmó con una diabólica risa, que si Victor no hubiese estado tan extasiado entre la bruma de una lujuriosa imaginación, hubiera comprendido el verdadero trasfondo en aquella risa.

Este no tuvo tiempo de contestar, pues pronto el objeto que enardecía a su espíritu apareció, y con intenciones de llevarlo justo a la realización de sus fantasías.

— Celestino, nos iremos ya. —

El joven gitano, sin decir nada más, le entregó sus libros y tomó del brazo al poeta para llevárselo a casa. Victor podía considerarse como el pescado más afortunado de todos por este hecho.

— ¡Pero recuerda, bribón, que tenemos pendiente los ocho días en que te moleremos a palos! — Gritó Celestino a lo lejos.

Victor volteó a ver asustado a su ahora esposo, pero este seguía prácticamente arrastrándolo entre la muchedumbre, con la vista al frente.

— No hagas caso, está jugando contigo.

— ¿Igual que cuando dijo que me colgaría? — Preguntó, trémulo al recordar.

El silencio del doncel le dejó bastante clara su respuesta.

Ambos emprendieron el camino rumbo al hogar del joven gitano. Este no había dicho ni una sola palabra después de eso, y Victor temía romper el sereno ambiente que se había formado entre los dos. Prefería entonces, emocionar a su espíritu con las imágenes que pronto volvería realidad en cuanto la puerta se cerrara detrás de ellos para otorgarles la intimidad necesaria para que sus cuerpos físicos se conocieran, al igual que lo habían hecho sus almas al bailar.

— Me gusta más caminar de esta forma…

La suave voz del joven gitano rompió de pronto el silencio, al igual que el hilo de pensamientos del poeta, el cual, estaba tomando un curso peligrosamente ardiente para alguien que no solía hundirse en los placeres de la carne.

— ¿Disculpa?

— Caminar… A tu lado.

— ¡Oh! Si eso le agrada a tu persona, me aseguraré de nunca separarme de tu lado. — Prometió solemne nuestro poeta.

Aquella confesión había elevado el ego de Victor a un nivel que ni miles de personas ovacionándolo hubiesen podido lograr. Para él, resultaba mucho más importante la opinión de su ahora esposo, que la de una muchedumbre que no sabía valorar el arte de las letras.

— Me refiero a que prefiero que estés a mi lado, a que me sigas por detrás como si fueses mi sombra… Justo como lo hiciste hace unas horas, por cierto. — Aclaró el zíngaro con tono desdeñoso.

Y así como su ego se había elevado, este se desinfló a una velocidad casi irrisible para cualquiera que lo hubiese visto. Olvidamos mencionar que la opinión de su ángel también podía resultar letal para el poeta.

— ¿Por qué me seguías? — Preguntó el doncel de repente.

Sinceramente, Yuri no sabía cómo sentirse respecto al hecho de haber sido seguido por el poeta. Si bien era cierto que no había sentido temor al principio, conforme el tiempo pasaba y las calles se oscurecían, un desagradable presentimiento guiaba el camino que sus pies tomaban; deseaba despistar al poeta en aquel entonces, sólo para descubrir que eran otros hombres a los que debía temerle.

— Oh…

A Yuri le invadió un mezquino placer al notar como su compañero tuvo a bien de avergonzarse al ser confrontado. No es que quisiera hacerle sentir mal, pero le había hecho pasar un desagradable rato al fin y al cabo. Al menos tenía el derecho de saber qué tipo de pensamientos tenía el poeta mientras le seguía.

— Te burlarás si te lo cuento…

— Mejor que me cause gracia a que me des razones para pensar en algo peor ¿No? — Insistió.

Después de que Victor decidiera que el doncel tenía razón, prosiguió a confesar sus vergonzosas intenciones.

— Ciertamente no he tenido la mejor de las suertes últimamente… Es como si el destino hubiese decidido ensañarse conmigo por obra de un vil capricho, lo que desencadenó una imparable marea de sucesos desafortunados que desembocaron en mi persona siendo desprovista de un techo para pasar la noche. — Confesó el poeta, sabiendo que no era lo más indicado para formarle al gitano una galante imagen de él. — Te vi en la plaza esta tarde, tienes una forma de danzar muy cautivante, por cierto… — Halagó con sinceridad, esperando que esto amortiguara todo el peso de su miserable confesión. — Noté como tomabas una calle y pensé… Tan sólo tuve el ingenuo pensamiento de que tal vez encontraría a un compasivo corazón que se apiadaría de mis desgracias y por tal me permitiría importunarlo durante sólo una noche para no sufrir del inclemente frío en las solitarias calles de París…

El joven zíngaro enmudeció ante la inesperada razón. Si habría de ser sincero, el doncel se compadeció bastante por la miserable situación del poeta. Le parecía algo muy cruel e inhumano echar a alguien de su hogar y obligarlo a pasar la noche con tan sólo el cielo sobre su cabeza. Yuri intentó por un momento ponerse en su lugar, y la sensación de desesperación que lo invadió casi le hizo soltar una lágrima, sobrecogido por ese lamentable escenario.

— Jamás me burlaría de las desgracias de los demás, menos si de alguien sin hogar se trata. — Aclaró. — Si me lo hubieses pedido, te hubiera dejado pasar la noche en mi casa, no había necesidad de seguirme todo el camino.

— ¿No me hubieses tenido miedo? — Preguntó Victor, después de comprender que en realidad hubiese sido muy extraño que un desconocido te pidiera asilo en tu hogar.

— Ahora yo tengo que confesar que te veo como alguien bastante inofensivo, dudo incluso que seas capaz de quitarle la vida a una mosca. — Declaró, acuchillando un poco el orgullo varonil del poeta. — Y aun si hubieses sido peligroso… Sé cómo defenderme.

Victor en realidad no creía que eso fuese cierto, el gitano no sólo se veía inofensivo, sino también débil y vulnerable, la victima perfecta para cualquier alma mancillada que deseara robar la virtud de la bella criatura.

Lo que le trajo de regresó las memorias de hace unas horas y tuvo a bien de apenarse por su propia naturaleza despistada y volátil.

— ¡Es verdad! Pero que tonto soy. — Se golpeó el frente, avergonzado por su acción. — No te he preguntado, pero… ¿Cómo fue que lograste escapar de las garras de ese demonio jorobado?

El poeta observó como el gitano trastabilló un poco en su caminar, al igual que notó ligeros temblores recorriendo su pequeño cuerpo, pero pronto estos se fueron y en su lugar sólo una silenciosa sonrisa se posó en sus bonitos labios.

Después de aquello el doncel olvidó por completo contestar a la pregunta de Victor, este de igual forma observó como el gitano parecía haberse enfrascado en una bruma de profundos pensamientos, algo semejante a la que el poeta se había abstraído antes, y por ello, decidió no tocar más sobre el tema.

Llegaron a un pequeño aposento, cálido y cerrado, que para el agrado de Victor se encontraba relativamente alejado de todo lo que representaba la Corte de los Milagros; quizás esta le había otorgado la dicha de desposarse con su ángel, pero dentro de la volátil mente del poeta, esta nunca olvidaría el lugar que casi se convertía en su tumba.

Lástima que su ahora esposo "adorara" frecuentar aquel nido de ratas inmundas, ya que eso lo obligaría a socializar con estas, aunque técnicamente él también se había convertido en una rata al casarse con su ángel, lo cual era una ironía que casi lo hacía reír.

Hubiera reído, si no fuera porque el ánimo de su espíritu estaba en perfecta sincronía con el de su cuerpo. No era muy frecuente en el poeta, pero la visión de la perfecta y bella imagen de su ángel, provocaban que su mente y cuerpo coincidieran en un solo deseo: Degustar el sabor de lo celestial.

— Así que… — El poeta comenzó a caminar, rodeando sutilmente al joven doncel, quien ni siquiera tenía idea sobre sus voluptuosos pensamientos. — Ha sido un largo día, pasaron bastantes extraños acontecimientos, y aún no sé como todo finalizó de esta manera pero… Soy tu marido.

Y con esa premisa el poeta se acercó al joven gitano, con un aire tan lleno de sigilo y confianza a la vez que daba la impresión de ser la mezcla perfecta entre un cazador que pretendía capturar a su presa con sus galantes maneras.

Quizás Yuri fue capaz de ver ante sus ojos la misma imagen, pues comenzó a retroceder con cada paso que su ahora esposo daba hacia él.

— ¿Qué quieres? — El ingenuo doncel preguntó, confundido por el extraño cambio de actitud en el poeta.

— ¿Pero qué pregunta es esa? — Sonrió, encantado por la idea que iluminó a su mente. — ¿Es que lo haces para verte más adorable para mí? Eso sería imposible… Ya haces nacer demasiadas emociones dentro de mí. — Musitó Victor, con una voz tan llena de ardorosa pasión, que el propio poeta se sorprendió al escucharse. Al parecer ni él mismo era consciente de que tan intensos eran sus sentimientos.

El pobre gitano seguía sin comprender ni un ápice sobre el significado oculto tras sus galantes palabras, pero no le gustaba en nada la sensación de escalofríos que la profunda voz del poeta hacía calar en su interior.

— En verdad que no sé a lo qué te refieres. — Intentaba sonar firme e impasible, pero sus ojos que capturaban fijos cada uno de sus movimientos, delataba el nerviosismo que sentía.

— ¡Imposible!

Victor se sorprendió ante un increíble y maravilloso pensamiento. ¿Era posible que después de todo se hubiese encontrado dentro de un nido de ratas a la única criatura virtuosa tanto en alma como en cuerpo? La idea de pensar que él sería el primero en probar la virgen savia de su tersa piel, sólo causó que su espíritu se enardeciera en insano deseo.

— Mi querido ángel, sé que como gitano has batido libremente tus alas sobre infinidad de diferentes y extrañas tierras, es por eso que presumo al decir que sabes sobre las buenas costumbres de la humanidad. ¿No es acaso de conocimiento general lo que hacen dos seres cuando caen bajo las redes del irrevocable amor? El epitome de la consumación de su sentir, cuando entre el calor de la pasión, funden sus corazones mientras sus cuerpos se entrelazan para formar un solo ser en eterna armonía con el universo…

El joven doncel estaba tan ensimismado en el significado de las palabras dulces y a la vez apasionas del poeta, que este aprovechó su distracción para eliminar la distancia que los separaba, al tomarlo por la cintura y acercar el calor de sus cuerpos.

— ¿No eres acaso mío, y yo tuyo? Nos hemos unido en matrimonio ante tu gente, pero aún falta consumar nuestra unión en la intimidad de un aposento…

El ingenuo poeta se había acercado al rostro del doncel, con la intención de probar el elixir de sus labios, esperando saciar su mirada con el brillo que envolvía los cautivantes ojos del gitano, pero en su lugar, el único brillo que lo recibió fue el de una afilada navaja.

Podrán imaginar la sorpresa que esto le causó a Victor, al igual que la manera en que cayó al suelo, sobresaltado por la inesperada verdad que ante él se revelaba de la peor manera.

De pronto, su bello, ingenuo, y sumiso ángel, se había convertido en una enfurecida avispa que lo miraba con los ojos lanzando chispas ardientes y sus mejillas encendidas por el frenesí del momento, sin mencionar el amenazante puñal que aún brillaba dispuesto en su mano.

¡La avispa tenía aguijón!

Nuestro poeta sólo podía observar incrédulo la escena ante él, de ser un bello sueño, se había convertido en una extraña situación donde él había caído al nivel de un deshonroso perpetrador, o esa imagen proyectaba ante cualquiera que viese al doncel protegiéndose con su pequeño cuchillo, y ni hablar de su cabrita, quien se había interpuesto entre ambos y bajaba sus dorados cuernos, listos para clavarlos en el poeta al primer movimiento sospechoso que viera.

— ¡Por la Virgen! — Exclamó, lo más que le permitió su estado estupefacto. — ¿A eso te referías con saber defenderte?

— Para ser un burgués resultaste ser peor que las parias que ustedes suelen colgar cada día.

— Mis más sinceras disculpas, pero estoy realmente confundido. — Explicó, Victor. — ¿Por qué me has tomado por marido entonces?

— ¿Hubieses preferido que te dejaran colgar?

— ¡No, por supuesto que no! — Se acarició el cuello con aire preocupado. — Así que… ¿Sólo te has casado conmigo para salvarme de la horca? — Pregunto, con una inefable sensación que se inmiscuía por las grietas de un corazón que creía, ya sanado de sus heridas. Lo curioso es que la misma criatura que lo curó, también había sido la que terminó por darle el golpe de gracia.

— ¿Por qué otra razón lo hubiese hecho?

El joven gitano se irguió de una forma tan altiva y desafiante que Victor sólo pudo imaginar a un orgulloso cisne que se mofaba de un feo e ingenuo pato al este creer que quizás podría quererlo.

— ¿Lo hubieras hecho por cualquier otro? — Insistió, aún incapaz de aceptar el obvio rechazo amoroso de su esposo.

— Claro… No veo por qué tu vida valga más o menos que la de los demás. — Y esa pregunta sólo había ganado que los bonitos ojos de su ángel se escarcharan con el hielo de su indiferencia.

Victor dirigió su vista al suelo y bajó la cabeza, avergonzado al haberse dado cuenta que su pregunta había sido bastante petulante. Por supuesto, no es como si un poeta, sucio, pobre y desahuciado valiera más que cualquier otro sólo por ser él. A Victor le gustaba pavonearse, pero jamás había dejado que su mente se lo creyera realmente. Simplemente la vida y las adversidades se soportaban más fáciles si mirabas el panorama con ojos favorables.

El poeta notó como tanto el joven como su cabra aún seguían más que listos y dispuestos para atacar, seguían mirándolo como una prominente amenaza y eso hirió un poco a su corazón que ya estaba desprovisto de aquel ardor apasionado que antes le había quemado con vehemencia; no servía de nada mantener el fuego encendido si no habría nadie allí para avivarlo.

Así que prefirió dejar de lado tanto su decepción como el dolor de su herido corazón antes de que estas fuesen letales para su equilibrado espíritu.

— No soy ningún soldado del Châtelet y no quiero molestarte por el hecho de llevar contigo una daga en París, aun en contra de las prohibiciones del señor preboste, pero he de recordarte que hace poco Noël Lescripvain ha sido multado por ocho días a pagar una multa por haber sido encontrado con un arma… Pero eso no importa. — Agregó al instante de ver como el bonito rostro de su ángel hacía una mueca de molestia. — A lo que quiero llegar, y me es de suma importancia aclarar para tener en paz mi consciencia como hombre honorable… Es que te juro por la parte de paraíso que aún me corresponde que no te faltaré al respeto en ningún momento, no me acercaré a ti sin tu permiso y aprobación, hago un voto en nombre de todo lo que amo y aprecio al asegurarte que no te daré razón alguna para que sientas temor o recelo ante mi presencia, pero por favor… ¿Podrías darme algo para cenar?

En realidad, Victor no estaba tan decepcionado por ver sus no muy puras intenciones destruidas por el nulo interés del doncel. Él no era un hombre que pecara de lujuria, era pues, equilibrado también en lo que los deseos mundanos respectaba, siempre en un término medio que lo alejara de toda inhibición pero también de exceso. Es por eso que él no se consideraba como esos caballeros que tomaban a la fuerza a los jóvenes que encendieran la llama del deseo en sus cuerpos. Sabía que obligar a otro ser a complacer sus egoístas caprichos sólo era digno de viles seres desprovistos de moral y valía, y por eso prefería primero dejarse guiar por la consciencia y no por el calor del momento.

Lo que sí le carcomía tanto el alma como el corazón, era el hecho de saber que había sido el único capaz de experimentar las sublimes sensaciones que su baile juntos habían suscitado desde lo más profundo de su ser. Quería ahondar en ellas y descubrir el maravilloso tesoro al que seguro lo llevarían, pero sabía que ese camino debían transitarlo dos, pues solo jamás podría encontrarlo.

Quizás ahora su suerte en el amor no era la más buena de todas, pero tenía la esperanza de que el tiempo y la convivencia estuviesen de su lado para hacerle ver al gitano aquel camino que deseaba transitar a su lado.

Pero por ahora… Sólo estaba rogando que el doncel olvidara su penoso intento de cortejo y tuviera a bien de ofrecerle algo para llenar su vacío estomago.

El gitano en cuestión no respondió al instante, en su lugar, le hizo una mueca desdeñosa, la cual, Victor se daría cuenta después que el zíngaro solía hacer con bastante frecuencia.

Estuvo a punto de resignarse a dormir con el hambre como compañera cuando observó casi con esperanza reanimada como el doncel sustituía su altivez por el bello sonido de una cálida risa. Acto seguido volvió a guardar el puñal sin que Victor pudiese ver donde había escondido su aguijón; esperaba no hacer nada más que lo obligara a sacarlo sólo para él.

Pronto el doncel puso en la mesa un pan de centeno, unos grandes trozos de tocino, algunas manzanas rugosas y una jarra de cerveza. Ambos se sentaron frente a la mesa, y el poeta no esperó nada más para abalanzarse con frenesí sobre la tan ansiada comida para su estomago.

En aquel lugar sólo se escuchaba el sonido de su tenedor al rozar con el plato, mientras que el joven gitano se mantenía mirando en silencio, abstraído en sus pensamientos, los cuales parecían ser bastante dulces ya que esbozaba pequeñas sonrisas y se le escapaba uno que otro suspiro.

Después de calmar un poco los necesidades de su estomago, el poeta se percató con vergüenza que había comenzado a comer, y ni siquiera le había ofrecido nada al doncel.

— ¿No comerás?

Él sólo negó con la cabeza, con aire ausente, mientras miraba un punto fijo en las raídas paredes, a lo que el poeta intentó no sentirse indignado ¡Él era más importante que las manchas en la pared!

Así que decidió que era el momento de crear una "amena" platica con su ahora esposo.

— Así que… Te llamas Yuri… — El poeta se emocionó cuando la mención de su nombre le valió para obtener la atención del doncel. — ¿Puedo llamarte así?

— No. — Negó, inmutable. — Sólo pocos me llaman por mi nombre, dime Eros.

— ¿Al menos sabes lo que eso significa? — Preguntó Victor, y al notar como un destelló de duda iluminó los ojos del gitano, decidió continuar. — Es un dios perteneciente de la mitología griega, que representa al amor, y más en específico… Al amor sexual.

El poeta sonrió encantado al observar como las mejillas del joven se tornaban de un bonito color carmín. Era obvio que el doncel era ajeno al significado de su apelativo, pues de haber sido consciente, no hubiese adoptado el nombre con tanta facilidad.

— No te puedo llamar por tu nombre, pero dudo que desees que me refiera a ti como Eros después de saber lo que eso significa, así que es tan fácil como bautizarte como lo que ya eres para mí… Mi ángel. — Declaró con decisión el poeta, realmente no muy interesado en si el joven estaba de acuerdo o no, le había negado el derecho de llamarlo por su nombre, era lo menos que se merecía.

— Haz lo que quieras.

Victor notó con emoción como sus mejillas se encendían aun más ante el dulce apelativo que hacía elegido para él, aquello le marcó la pauta para creer que sería conveniente seguir con su no muy "sutil" cortejo.

— Entonces… ¿No me quieres como tu marido?

— Eres mi marido ante la ley de los gitanos. — Explicó, con un dejo de aparente desinterés, como haciendo notar que era una realidad imposible de negar, pero que no era por su genuino deseo.

— ¿Y como amante?

El doncel hizo de nuevo esa mueca de disgusto ante su pregunta, como si le hubiera repelido en demasía. El poeta se sintió golpeado por su obvio rechazo.

— No. — Contestó, como si el desagrado en su rostro no hubiese sido suficiente para dejarlo en claro.

Pero Victor no iba a darse por vencido fácilmente, y algo lograría sacarle al caprichoso bohemio.

— ¿Y como amigo?

El joven pareció pensárselo muy seriamente por varios segundos, los cuales, le parecieron eternos al poeta.

— Quizás.

Y ese quizás fue como el mayor regalo de los dioses que a Victor pudiesen haberle dado jamás. Por algo se iniciaba, él lo sabía muy bien, y una amistad era un muy buen comienzo para dar lugar a un posible romance.

— ¿Sabes qué es la amistad? — Le preguntó el poeta.

— Sí, es como ser hermano y hermana, unidos pero sin llegar a confundirse.

— ¿Y el amor?

— El amor… — Los ojos del gitano se llenaron de un hermoso brillo que Victor creyó, no haber visto luz más resplandeciente que la que moraba en los cálidos ojos del doncel. — Es como ser dos en uno, como dos seres confundidos en un ángel… Es como el cielo.

El poeta cayó rendido ante la belleza que la deslumbrante imagen del gitano proyectaba. Al hablar se mostraba tan lleno de vida, con una pasión refulgiendo vibrante en sus ojos, y una suave sonrisa curvando sus rosas y delicados labios. De pronto la recelosa avispa había desaparecido para dar lugar al ángel celestial que había cautivado al instante a un incauto poeta.

Victor quería ser la causa de aquella luz que iluminaba el perfil del gitano, lo quería tanto, que no le importó sacrificar un poco su dignidad para descubrir la clave que lo haría merecedor de sus sonrisas.

— ¿Qué hay que hacer entonces para agradarte?

— Hay que ser un hombre.

— ¿Y que soy yo entonces?

— Un hombre que ande a caballo, porte armadura y lleve una espada en la mano.

— Oh, vaya… — Dijo el poeta, decepcionado por la descripción tan lejana a su persona. — Es bueno saber que se necesita ser todo eso para considerarse un hombre que valga… ¿Amas a alguien?

— ¿Con amor verdadero?

— Con amor verdadero.

El poeta vivió de nuevo momentos de horrible ansiedad mientras observaba como el doncel parecía pensar con detenimiento en su pregunta, cuando de pronto, una inusual expresión que no decía nada y a la vez todo, se formó en su rostro.

— Lo sabré pronto…

— ¿Por qué no esta misma noche? — Victor le miró con una inusual ternura que no solía expresar a menudo. — ¿Por qué no a mí? — Tomó las manos del gitano entre las suyas, para disfrutar del calor y suavidad que estas le brindaban.

Lástima que el toque parecía casi como un fuego ardiente para el doncel, pues enseguida rompió el contacto y le miró con una seriedad tan fría que el poeta creyó, sacaría su aguijón de nuevo.

— Sólo puedo amar a un hombre que pueda protegerme.

Victor se ruborizó, avergonzado ante el mudo reclamo del gitano. Sabía muy bien que se refería a la poca ayuda que le brindó cuando quisieron raptarlo. Pensó que quizás debería explicarle la obvia desventaja que había entre el jorobado y él, y que esto se había demostrado muy bien por la manera en que fue lanzado por su puño, pero pensó que sería nada galante, y de muy poca ayuda el justificarse a sí mismo.

El ambiente se llenó de silencio entre los dos, el doncel, de nuevo suspirando por quien sabe qué cosa, y el poeta, todavía encajando lo mejor posible las agrias palabras de su esposo. No quería terminar la conversación ahí, y por ello se aferró al primer tema de conversación que encontrase.

— Tu cabra es muy bonita.

— Es mi hermana. — Lo dijo de una forma tan sincera y pura, que el poeta se enterneció por el lazo que ambos parecían compartir.

— Su nombre es Vicchan ¿No?

— En realidad es Victor. Al inicio, cuando era pequeña, pensé que era macho, pero después descubrí que era hembra. No quería ponerle otro nombre porque me parecía también una falta de respeto hacia ella, y por eso decidí cambiarlo un poco para adaptarlo a ella.

Aquella revelación fue tan increíble para el poeta, que no dudó en aferrarse a eso para vislumbrar una oportunidad.

— Pues que curioso, yo también me llamo Victor, Victor Nikiforov. — Se presentó, cayendo en cuenta que su esposo ni siquiera sabía su nombre. — Me parece, pues, que esto no es más que producto del destino. Quizás nuestras vidas están entrelazadas y esto es sólo una señal para afianzar los lazos que nos unen.

— No era un gran nombre después de todo. — Desechó el doncel, con apatía. — Yo conozco un nombre más bonito.

— ¡No seas malo! — Contestó el poeta. — Pero no me importa, pues no me enfadaré. Quizás cuando me conozcas mejor llegues a amarme. Pero ya he conocido tanto de tu vida gracias al hombre que nos casó que me siento casi obligado a hacer lo mismo. Así que te diré que me llamo Victor Nikiforov y que soy hijo del arrendador de la casa del notario de Gonesse; que a mi padre lo colgaron los borgoñones y a mi madre le abrieron el vientre los picardos cuando el sitio de París hace ya más de quince años. Así que yo era huérfano a los seis y aprendí a andar las calles de París, aunque no comprendo cómo pude sobrevivir hasta los dieciséis con las cuatro ciruelas que me daba una frutera o con las cortezas de pan que me daba algún panadero… Por las noches me las arreglaba para que me detuvieran los guardias y así podía dormir sobre un mal jergón aunque, como puedes comprobar, nada de esto me impidió crecer y adelgazar. En invierno me calentaba tomando el sol bajo los porches del hotel de Sens y siempre me pareció ridículo que las hogueras de San Juan se reservasen para la canícula. A los dieciséis años quise empezar a trabajar en serio y desde entonces lo he intentado todo: primero me hice soldado, pero no era lo bastante valiente; después me hice monje, pero sin ser lo bastante devoto y además no me gusta beber. Desesperado ya, entré como aprendiz de carpintero, pero carecía también de la fuerza suficiente. La verdad es que lo que más me gustaba era ser maestro, y aunque no sabía leer, nunca creí que eso fuera un gran inconveniente. Al cabo de cierto tiempo llegué a la conclusión de que no servía para nada y entonces, totalmente convencido de lo que quería, me hice poeta y rimador. Cuando uno es un vagabundo siempre se puede coger ese oficio y mejor es eso que robar, como me aconsejaban algunos de los bribones de mis amigos. Por suerte un buen día encontré a dom Claude Frollo, el reverendo archidiácono de la iglesia de Notre Dame, que se interesó por mí, y gracias a él, hoy me puedo considerar un verdadero letrado, conocedor del latín, desde los oficios de Cicerón hasta el martirologio de los padres celestinos, y no soy negado ni para la escolástica ni para la poética ni para la rítmica y tampoco se me da mal la hermética. Por otra parte, soy también el autor del misterio que se ha representado hoy, con gran éxito y gran concurrencia de público, nada menos que en la Gran Sala del palacio. He escrito además un libro de más de seiscientas páginas sobre aquel prodigioso cometa de 1465, que volvió loco a un hombre y también he tenido otros éxitos. Verás: como entiendo algo de caza, trabajé en aquella bombarda de Jean Maugue que, como sabes, reventó en el puente de Charenton el día del ensayo matando a veinticuatro curiosos. Te fijaras que no soy un mal partido y conozco muchas gracias y muy interesantes para enseñar a tu cabra cómo imitar al obispo de Paris, ese maldito fariseo cuyos molinos salpican a todo el que cruza por el puente de los molineros. Además mi misterio me reportará buen dinero contante. Si me pagan. En fin, me pongo a tus órdenes con mi inteligencia, mis conocimientos y mi sabiduría. Dispuesto estoy, a vivir contigo castamente o alegremente, como más te plazca, o bien como una pareja unida en matrimonio, si así lo quieres, o como dos hermanos, si te parece mejor.

Victor esperó ilusionado los resultados que traería su larga perorata sobre su vida y sus muy buenas cualidades como posible partido, pero se dio cuenta que el doncel se había quedado absorto en algún punto de su habladuría y que no había puesto atención a todo lo demás.

— El archidiácono… — Murmuró después de varios segundos, haciéndole ver al poeta que fue en esa parte que el gitano se había perdido.

— Sí, el mismo. Perdona sus actitudes hacia tu gente, por favor. Él es una persona de férreas creencias, bastante supersticioso para su propio bien además, y no tiene un muy buen concepto sobre los gitanos que digamos… Aunque entre ellos no rondan muy buenas historias tampoco.

El poeta supo que había cometido un error al ver de nuevo esa condenada mueca surcando el bello rostro de un doncel que en realidad… También era un gitano. Al final, Victor no había hablado bien de su persona con ese último comentario.

— ¡Pero fuiste muy valiente al enfrentarte a él! ¡Ustedes deben tener mucho coraje consigo! — Halagó, intentando reparar su anterior tropiezo.

— Ese hombre no me gusta… — Confesó el gitano. — Siempre que me ve dice cosas horribles y me mira de una forma… — El doncel no pudo terminar de hablar, le había ganado una horrible sensación que le hizo estremecer al recordar la dura y gélida mirada con que el austero hombre lo fulminaba cada que la oportunidad se le presentase. — Llegué a París el año pasado, y sinceramente sólo he conocido a dos personas que parecen aborrecer mi existencia: La mendiga a la que todos llaman la Sachette, la cual da la impresión de tener un odio en especial hacia mí; cada que me ve sólo recibo sus gritos y improperios a pesar de que no sé qué tipo de fuerza me ha protegido para que nunca se me acerque y… Ese clérigo de mirada sombría y duro gesto. No sé que les hice a esas dos personas para que me aborrezcan tanto, pero siempre procuro alejarme de ellos si me llego a encontrar con alguno…

El poeta se sintió mal al notar como el gitano se afligía al reconocerse como objeto del odio de alguien más. Después de todo, el doncel debía estar acostumbrado a ser amado por todo aquel que le conozca, no había razón alguna para que fuese lo contrario; no sólo su rostro era hermoso, su corazón también lo era, de una naturaleza tan tierna y amable que nadie creería alguna vez que la criatura pudiese abrigar en su alma pizca alguna de maldad.

Victor se encontraba tan genuinamente orillado a buscar la forma de menguar su aflicción, que no encontró mejor manera que extender lo que él sabía acerca de uno de sus "enemigos".

— El archidiácono no es tan malo como piensas. Sé que muchos creen que está involucrado en la magia, aunque en realidad yo también lo creo. Pero es una buena persona ¿Sabes? Me sacó de las calles y me dio un motivo para seguir. Es algo serio, y lúgubre, y estricto y… — Se detuvo al darse cuenta que sólo estaba describiendo cosas malas. — Pero creo que también es alguien muy justo y compasivo, incluso con los más desafortunados. Sé que todos presenciamos el horrible trato que le dio a Quasimodo, pero muchos olvidan que él lo tomó bajo su cuidado cuando todos los demás querían quemarlo, a pesar de que era un simple bebé. Incluso ha soportado las habladurías de los pueblerinos, quienes dicen que Quasimodo sólo es un demonio venido del averno, producto de algún pacto de brujería perpetrado por el propio archidiácono ¿No te parece ridículo que piensen aquello? Y a pesar de todo eso, él nunca le ha abandonado, hasta donde yo sé, le enseñó a leer y a escribir, igual que lo hizo conmigo en su momento, e incluso le dio un oficio al hacerlo campanero de Notre Dame, donde estaría protegido de las miradas e insultos de los demás. ¿Qué persona tomaría bajo su responsabilidad a una vida con un destino claramente terrible?

El gitano enmudeció ante las nuevas revelaciones que obtuvo de boca del poeta. Es cierto que le temía al sombrío hombre por la forma en que este siempre le observaba en silencio, pero se sintió conmovido de sólo imaginarse la escena de todos queriendo quemar a un inocente bebé mientras que el clérigo fue el único presente con un compasivo corazón, que en lugar de ver a un monstruo vio en la criatura a una desdichada alma indefensa… Yuri comprendió lo que Victor le quería dar a entender: La única mano que le extendieron al jorobado fue la que el austero hombre le ofreció al adoptarlo.

Y aún así, siempre cuando estaba a punto de cambiar su opinión sobre el religioso hombre, a su mente venían las horribles imágenes de sus memorias, cuando casi había sido raptado por Quasimodo.

A pesar de todo, Yuri no había podido descubrir la identidad de su compañero, sólo recordaba una alta y sombría figura que se le asemejaba bastante a cierto archidiácono que él conocía, pero ¿Podría ser posible que fueran el mismo?

El gitano llegó a pensar que quizás el hombre había estado tan harto de siempre regañarle para que dejara de bailar en las plazas, que terminó por decidir el darle un buen susto a modo de lección, pero… Esa razón no terminaba por convencerle, además de que dudaba mucho que un miembro eclesiástico fuese capaz de perpetrar un crimen como tal.

Sin importar quién era realmente ese hombre, el doncel estaba seguro que su umbría figura le perseguiría hasta en sueños, mucho más que el propio Quasimodo.

— Puede que tengas razón… Pero eso no justifica sus acciones. Será justo con la mayoría, pero no lo es con nosotros los gitanos. — Espetó, incapaz de perdonar las severas actitudes del clérigo.

— Es un hombre lleno de prejuicios, diría que ese es su mayor defecto, pero estoy seguro que si él los conociera…

Victor tuvo que detenerse, había recordado la forma en que dichos gitanos casi lo colgaban esa noche, y se dio cuenta que quizás… Sólo quizás, su maestro sí que tenía la razón.

— Bueno, si él te conociera a ti, entonces se daría cuenta que no todos los gitanos son malos como piensa. Eres igual o hasta más bondadoso que los devotos. Me salvaste la vida sin pedir nada a cambio, y… Bailaste ante la procesión del papa de los locos sin aceptar el dinero que te ofrecían.

Yuri tuvo que bajar el rostro para que el poeta no viera el sonrojo que sus sinceras palabras habían hecho encender en sus mejillas. Muchos le halagaban con frecuencia, y jamás se había acostumbrado a ello, pero el que ese hombre se lo dijera con la honestidad en su suave voz y la ternura abrigando su mirada, provocaban que se sintiese avergonzado y a la vez ansioso, sin saber siquiera que hacer con dichas sensaciones.

— Ya es tarde y estoy cansado. Iré a dormir. — Se levantó de la silla para ya no tener que confrontar al poeta y las extrañas emociones que su dulce mirada le provocaban.

— Oh, cierto… ¿Dónde está tu cuarto? — Victor comenzó a mirar por la pequeña casa, hasta que notó una puerta que seguramente daba a la habitación.

— No entiendo para que quisieras saber eso. — Musitó el gitano, quien sigilosamente ya se encontraba buscando su puñal en caso de necesitarlo.

— Bueno, ya me has dejado más que claro que soy tu esposo más no tu amante, pero también me dijiste que podría ser tu amigo, tu hermano, así que… ¿No se supone que lo tuyo es mío, y lo mío tuyo? — Explicó. — ¿Qué hay de malo entonces en dos hermanos compartiendo el mismo lecho?

Si habremos de ser sinceros, Victor no abrigaba consigo ninguna intención oscura en sus palabras, hablaba más que nada su deseo de dormir en una suave y cálida cama, y no en el suelo o cualquier mueble plano que encontrara en el lugar.

Pero el gitano estaba tan nervioso ante la presencia "amenazante" del poeta, que pronto encontró una forma de escabullirse y frenar sus intenciones.

— Es verdad. — Coincidió. — Y por tal, te compartiré a Vicchan para que te haga compañía durante tu sueño. — Se inclinó para tomar a su cabrita y depositarla en los brazos de un incrédulo poeta. — ¡Buenas noches! — Y dicho esto, le cerró la puerta de su habitación en la cara, no sin antes ponerle seguro a esta por si su esposo deseaba importunarlo en medio de la noche.

El pobre poeta tuvo que conformarse con lo que hallara, en este caso, encontró un baúl de madera, bastante largo para acomodar su cuerpo, más no tan ancho como le hubiese gustado a su comodidad, hubo pues, de adaptarse a la situación.

— Bueno, habrá que resignarse… — Dijo, mientras se acomodaba lo mejor que pudo en el incomodo y duro mueble. — Al menos tú eres cálida y suave. — Le habló el poeta a la bonita cabra marrón en sus brazos, la cual baló como aceptando con regocijo del halago.

Victor observó con añoranza la puerta cerrada del aposento del doncel, quien era su esposo más no su amante. Comprendió que a pesar de todo, debía agradecer el hecho de seguir con vida y tener un refugio del frío en las calles, a pesar de que la peor de las ventiscas reinaba en su insatisfecho corazón.

— Vaya noche de bodas… — Comenzó a decir en voz baja. — Estar casado con un ángel y no poder mancillarlo con los placeres mundanos. Aunque la situación la encuentro hasta romántica, después de todo… ¿Qué hombre podría ser digno de manchar la pureza de un ser tan celestial? Es un hecho que le gusta a mi alma de poeta más no a mi corazón de hombre.

El poeta tuvo que conformarse con lo poco que tenía con el joven gitano, una vida de casados carente de amor alguno y sólo un "quizás" de poder ser amigos, más Victor era optimista y le gustaba pensar que era un muy buen comienzo para hacer nacer un romance con el tiempo.

Al fin y al cabo, después de tantos tropiezos había triunfado en su cometido; dormir bajo el mismo techo que el gitano, no de la forma cálida y satisfecha como a él le hubiese gustado, pero al menos tenía más de lo que pudo haber aspirado para esa noche… Un lugar para dormir.


No creí que este capítulo fuese a salir tan largo, siempre terminó sobrepasándome jajaja Aun así vimos interacciones muy interesantes y cierto giro en las situaciones de la trama. Espero que haya sido de su agrado el capítulo.

Quienes leyeron la novela y recuerdan a Esmeralda, se darán cuenta que en realidad Yuri interpreta a Yuri, y no a Esmeralda jajaja Pues esta es mucho más "agria" con su trato hacia Gringoire, además de que le quité bastante ese estado de ridícula "ensoñación" que ella tenía hacia Febo mientras que Gringoire intentaba hablar con ella en esa misma escena que vimos entre Yuri y Victor. No exagero al decir que Yuri es mucho más amable y compasivo que la misma Esmeralda…

Pichit aparece en este capítulo, no interpreta a ningún personaje de la novela, sino que se interpreta a sí mismo, en su papel de líder del shippeo Victuuri jajaja él ayudara mucho a que las cosas se den y avancen entre Yuri y Victor.

Ahora sí, puedo dejar esta canción del musical que habla de la Corte de los Milagros. Se darán cuenta cuando la vean del por qué no la puse en el anterior capítulo. Tenía un gran Spoiler. Si gustan ver la canción que le sigue de esta, aunque les dolerá el kokoro por la forma en que Esmeralda trata a Gringoire /3 pero de ahí en más, NO VEAN las demás que le siguen, ya que SPOILER lol

Titulo en Youtube: Notre Dame de Paris 13 - La Cour des miracles (Sub español)

Ahora, unos cuantos puntos importantes: He cambiado la edad de los personajes originales de la novela, a una edad de mi gusto.

Yuri: 18 años (Esmeralda tiene 16, pero no quería que Yuri fuese ilegal…)

Victor: 24 años. (Gringoire parece tener entre 26-28 años, pero no quería mucha diferencia de edades.)

JJ: 26 años. (Ignoro la edad original de Febo, creo que nunca se mencionó en la novela.)

*Toda la perorata de Victor al hablar de su vida, es el mismo párrafo que Gringoire dice en la novela. Me pareció bueno agregarlo porque explica bastante del personaje, así como la manera en que Frollo se convirtió en su maestro.

Eso sería todo por ahora, muchas gracias a las personas que siguen el fic y las que se dan un tiempo para dejar un comentario, se agradece mucho. Cualquier duda, sugerencia, no duden en hacérmela llegar. ¡Saludos!

Glosario

Hedonismo: Doctrina de la filosofía que considera al placer como la finalidad o el objetivo de la vida. Los hedonistas, por lo tanto, viven para disfrutar de los placeres, intentando evitar el dolor.

Cicerón: Fue un jurista, político, filósofo, escritor, y orador romano. Es considerado uno de los más grandes retóricos y estilistas de la prosa en latín de la República romana.

Martirologio: Lista o catálogo de los mártires de la religión cristiana y, por extensión, de todos los santos conocidos.

Escolástica: Movimiento filosófico y teológico que intentó utilizar la razón, en particular la filosofía de Aristóteles, para comprender el contenido sobrenatural de la revelación cristiana.

Hermética: tradición filosófica y religiosa basada principalmente en textos pseudoepigráficos, atribuidos a Hermes Trismegisto

Próximo capítulo: El perro y el dueño