Advertencia: contenido algo M… T ½ (?)


Capítulo 6.


«Sentía la ligera presión de los dientes clavándose en su piel y el intenso dolor. El pene tieso encerrado en los pantalones a la par del ajeno que latía en su mano. Asco, lo primero que lo había colmado era unas irrefrenables ansias asesinas y mucho asco, para de inmediato dar paso a un ardor muy particular y que se concentraba allí en su entrepierna, subiéndole lentamente por el vientre.

'¿Ese es todo el dinero que llevas?'.

'¿Qué haces?'.

'Las cosas no se solucionan así, Gokudera'.

'Púdrete, infeliz'.

El característico olor a semen inundando sus fosas nasales y el nerviosismo consumiéndolo a tal punto que le resultaba imposible descargarse por mucho que su cuerpo se lo hubiera reclamado segundos antes. Enojo, de sentir unos labios sobre los suyos y una nueva mordida en la clavícula que con seguridad iba a dejarle una marca vergonzosamente visible.

'Hay otras formas de pago'.

'Te has empalmado en la ducha de los chicos, lo sabe todo el mundo'.

'¿Crees que soy idiota?'

'Este es el castigo por usar dinamita y este es por encender un cigarrillo. Lo del borrador no me interesa'.

Un gemido, atrapado fuertemente entre los dientes. Tratando de reprimirlo en vano. Tuvo que ponerse en puntas de pie para sortear la diferencia de alturas, y aferrarse a los hombros del otro para no caer cuando las piernas flaquearon. Se preguntó qué tan lejos iba a llegar, si se atrevería a tanto, pero claro que no… y lo siguiente que se preguntó fue si se sentía decepcionado justamente de no haberle obligado a cruzar esa delgada línea.

¿Acaso quería mucho más que eso? Había sido un intenso toqueteo; la primera vez que había masturbado un pene que no era el suyo. Y la sensación más que enojarle había reavivado una chispa interior que creyó no tener.»

Despertó de súbito, transpirado y sintiéndose muy desorientado, hasta que reconoció su propio apartamento. Era el primer día que pasaba allí desde que le habían dado de alta en el hospital. Escabulló una mano hasta su entrepierna notándola erecta, mientras la viva imagen de Hibari le crispaba los nervios. ¿Había ido a visitarlo mientras estuvo internado? Algo le decía que sí, sólo que no había entrado al cuarto.

Se masturbó deliciosamente despacio. Obligándose a borrar de la mente el recuerdo del guardián de la Nube, tratando de reemplazar la fantasía y así de concentrarse en el décimo. El resultado fue glorioso mientras duró, pero su mente era caprichosa y saltó de cuerpo en cuerpo, sin respetar siquiera al idiota del béisbol o al cabeza de césped. Después de todo Gokudera era un joven sano y hormonal, con la libido tan despierta como la puede tener cualquier chico de su edad.

Se atrevió por primera vez a fantasear con su propio desvirgamiento, siguiendo con el de su querido jefe. Quería hacerle a Tsuna las mismas cosas que Hibari le había hecho —y mucho más—, pero con más dulzura y respeto.

En ese momento no tuvo tiempo para sentir vergüenza, no con la eyaculación a flor de piel; pero cuando el semen se esparció en los pantalones y bajo las sábanas no pudo evitar sentir culpa y repulsión hacia sí mismo. Se acurrucó en el sitio y se permitió llorar en silencio, pues no había nadie allí que presenciase ese momento de quiebre.

Pero como si su hermana tuviese algún radar, sexto sentido, intuición femenina o cualquiera de esas alegorías, no había tenido mejor idea que pasar a visitarlo pocos minutos después, cuando el llanto era indisimulable a esas alturas.

Gokudera sabía que se trataba de ella porque era la única persona que tenía una copia de sus llaves. Aunque lo intentó no pudo componerse a tiempo.

Sólo le quedaba rezar para que Bianchi dejara las dichosas viandas que había ido a llevarle y se marchase de una bendita vez, pero si creía que su hermana tenía un corazón de piedra, que no lo quería o que no lo veía como lo que en verdad era para ella, se equivocaba.

Cierto es que se quedó congelada en el sitio, pero porque no esperaba encontrar a su hermano en ese estado tan deprimente, no por indiferencia.

No recordaba bien la última vez que lo había visto llorar de esa manera y no dudaba que había sido cuando eran pequeños. Tal vez cuando su mamá había muerto.

Se mordió los labios sin saber cómo actuar en ese crucial momento, porque ella también reconocía que no tenían una relación entrañable. Asumía que Gokudera no le tenía el mismo cariño fraternal.

Podía parecer y ser frívola por momentos, pero tenía su límite, y el límite era claramente ese: cuando alguien importante para ella sufría, especialmente por amor. Sintió un desborde de ternura mezclada con impotencia; sin decir nada se sentó en la cama.

—Vete, Bianchi, déjame en paz —pidió, molesto con la particularidad de que su hermana intentara hacer algo al respecto. No necesitaba nada de nadie en ese momento, mucho menos de ella; únicamente estar solo.

Pero Bianchi no se mostró afectada por el aparente desprecio, estaba tan acostumbrada a eso que se acostó a su lado aferrándolo entre sus brazos, para luego acomodarlo mejor sobre sus pechos en un abrazo maternal. Gokudera se removió inquieto, pero poco a poco la queja murió en su garganta y finalmente se dejó subyugar por ese calor tan especial que comenzaba a apreciar. Había olvidado lo que era un abrazo y dicha muestra de afecto por parte de Bianchi le recordaba tan vagamente a su madre que no quiso deshacer el contacto.

Ella permaneció en silencio; sin saber muy bien cómo comportarse se limitó a abrazarlo fuerte y a acariciarle la espalda. De esa manera Gokudera volvió a quedarse dormido.

Fue en ese momento que Bianchi tomó la decisión de pedirle un favor a Reborn; era lo único que podía hacer por su hermano, o que sentía que podía hacer por él. Recién se daba cuenta de que el asunto era más serio de lo imaginado, y no le perturbaba en absoluto descubrir tan de golpe que su hermano tenía esos gustos. Bien, debía darle la razón a Reborn y a Shamal, que la partiera un rayo por haber sido tan ciega hasta el momento. Y no le importaba en verdad, porque para ella el amor verdadero no se valía de algo tan trivial como el género, lo que sí le preocupaba era que su hermano no supiera lidiar bien con ello, como ya había sabido demostrarlo en el presente.

No había pasado un mes desde el declive y no sabía cuánto más soportaría Hayato. Que aparentara ser fuerte por fuera y en sus actitudes no significaba que realmente lo fuera por dentro. Ella lo sabía; le aterraba confiar en las personas porque temía resultar decepcionado y lastimado, como comúnmente solía sentirse. Eran de los que esperaban demasiado de las personas. Y si Tsuna lo lastimaba de alguna manera sería irreparable para Hayato porque, maldita sea, lo tenía a ese crío desgarbado en un condenado pedestal.

Le llenaría la boca de veneno si se atrevía a lastimar a su hermano de alguna manera. Así no fuera intencional.

Cuando Gokudera despertó estaba solo en su apartamento y ya era de noche. Sobre la mesa de la cocina había una nota escueta de su hermana.

"Tienes comida para todo el mes. Debes descansar"

Sentía que había descansado demasiado en el hospital. Tomó las llaves y salió con la idea fija de ir a hacerle una visita casual al décimo; no sólo para estar al tanto de todo lo que se había perdido en la escuela, más bien porque necesitaba asegurarse de que por estar alejado de él nadie le había usurpado el lugar de mano derecha que tanto le costaba hacerse.

No llegó demasiado lejos pues bajo el alero de la puerta estaba el bebé. Lo miró de una manera tan particular que de inmediato se dio cuenta de que tenía algo importante para decirle y esa expresión seria en el Arcobaleno lograba socavarlo.

—Justo estaba yendo para la casa del décimo —miró su reloj de pulsera, no eran horas de ir a hacer una visita "casual".

—Antes de que veas a Tsuna tenemos que hablar, Gokudera.

—¿Pasó algo?

La mirada de Reborn se ocultó tras el sombrero. Sí, había pasado mucho en la vida de los jóvenes, pero no sería él quien les diera en esa oportunidad una bofeteada de realidad.

—No es el punto-

—Si va a empezar de nuevo con eso de que no tengo que meterme en problemas…

—No —lo interrumpió—, eres todo un caso y ya perdí las esperanzas contigo —escaló el muro hasta acomodarse en él—. ¿Te interesa seguir siendo parte de la familia Vongola? ¿Te interesa seguir siendo la supuesta mano derecha de Tsuna? ¿Te interesa conservar tu lugar aquí?

—C-Claro… —no entendía a qué venían todas esas preguntas retóricas. Como si Reborn no supiera cuán importante eran para él todas esas cuestiones.

—Entonces, sabes que a veces hay que hacer sacrificios para conservar un poco de cordura o dignidad, incluso a veces hasta para conservar un puesto —no sabía cómo ser claro sin llegar al punto de ser hiriente, porque por muy deslenguado e impasible que le gustase ser, Reborn sabía ser delicado cuando la situación lo requería—. Sacrificar la felicidad por el bien de otro, eres bueno en eso, ¿verdad? O al menos lo eras hasta que te diste cuenta de lo que todos ya nos habíamos dado cuenta antes.

Gokudera trató de no sonrojarse para darle la razón con el gesto al bebé. Maldición, ¿desde cuándo todos sabían lo que le pasaba con el décimo? Odiaba ser el último en enterarse de sus propios sentimientos.

—Sea claro, Reborn-san, no estoy de humor para acertijos.

—Todos estamos algo preocupados por tu extraño proceder, es por eso que me tomé la libertad de darte un tiempo para que reorganices tus prioridades. Eres joven, Gokudera… tienes una vida por delante y Tsuna te necesita a su lado.

—Lo sé —sonrió con emoción y orgullo de que Reborn fuera quien se lo dijera—, sé que el décimo me necesita a su lado.

—Pero así no le sirves —negó con la cabeza—, así le traes problemas y preocupaciones.

—Lo… sé —murmuró borrando esa felicidad momentánea que lo había abrumado—Sé que últimamente no estoy resultando muy útil.

Reborn sonrió de una manera que apenas era visible. Sabía que debía convencerlo a Gokudera de eso para que aceptara, o en caso contrario ni aunque su vida dependiera de ello sería capaz de tomar una necesaria y medicinal distancia de Tsuna.

—Puedes ser útil, de todo modos —argumentó—, hay miles de maneras en las que una mano derecha puede trabajar. No se trata sólo de ser un guardaespaldas. La mafia no es sólo matar gente y ganar dinero.

—Creo que entiendo.

—Entonces si entiendes tengo algo para proponerte; es un trabajo que no sólo te ayudará a adquirir experiencia en otros campos igualmente esenciales para ser una mano derecha digna, además te ayudará a tener la mente despejada… lejos de Tsuna.

En ese punto Gokudera plantó una expresión de profunda desconfianza. Podía ser un crío ante la mirada de Reborn, pero no era un idiota tampoco. Negó con la cabeza de manera tozuda, ya había pasado por esa situación en el pasado y su respuesta en el presente sería claramente un renovado y tajante "no". Ni muerto se alejaría de su adorado décimo, porque si algo llegara a pasarle estando lejos de él no se lo perdonaría nunca a sí mismo.

—Seré horriblemente franco —avisó sin remordimiento alguno—: estando enamorado eres diez veces más inútil que Tsuna, y con eso lo digo todo. Así que antes de darme una negativa escúchame atentamente y sin interrumpirme —hizo aparecer su pistola de León, en un gesto claramente amenazante—, o tendré que hacerte entender mi punto a la fuerza.

Gokudera tragó saliva y no se atrevió a contrariarlo. Guardó silencio y se dejó convencer, escuchando argumentos válidos sobre sus funciones como guardián.

Había mucho por hacer dentro de la mafia, mucho trabajo que recaería sobre los hombros del décimo una vez que asumiera; y como buena mano derecha debía estar preparado para ayudarlo a sobrellevar ese trajín.

Esa noche no fue a visitar a Tsuna. Tenía demasiado en qué pensar. Reborn se fue sintiendo que la visita no había sido en vano. Cuando Tsuna lo vio ingresar por la ventana le salió quejarse espontáneamente.

—¿Dónde estabas?

—Cosas de adultos. —El chico torció los labios en un gesto de incredulidad— ¿Mañana saldrás otra vez con Kyoko? —preguntó con falsa casualidad, acostándose perezosamente en su hamaca.

Tsuna arqueó las cejas y con cierto aire bribón le respondió.

—Esas son cosas de niños.

Reborn esbozó una tenue sonrisa. Había sido una buena respuesta para lo que podía esperar de Tsuna. Se notaba que había madurado a pasos agigantados. Los chicos crecían tan rápido que hasta le hacían sentir viejo.

No pudo ocultar la emoción que lo colmó cuando vio a Gokudera esperándolo en el lugar de siempre, sentado sobre el muro bajo de la misma casa. Trotó hasta la esquina para llegar más rápido y cuando frenó ante él hablaron al mismo tiempo.

—Qué bueno verte, Gokudera. La escuela no es igual…

—¿Me he perdido de muchas cosas? ¿Pasó algo interesante…?

Ambos rieron bajito frente a la torpeza y la necesidad de decirse muchas cosas. Reanudaron la marcha hacia el colegio y fue Tsuna quien retomó la palabra.

—Sí, han pasado muchas cosas en la escuela, pero… a ti te va bien así que no te será difícil ponerte al día con la tarea.

—¡Chicos! —La voz de Yamamoto interrumpió una plática que recién había comenzado. Gokudera insultó interiormente a su compañero porque solía atesorar esas cuadras que caminaba a solas con el décimo como momentos muy preciados—. Pasé por tu casa —le dijo a Tsuna—, y tu mamá me dijo que habías salido temprano así que eché a correr para alcanzarlos. Hola, Gokudera. —El mentado correspondió el saludo con un gruñido que intentaba ser un "hola" y que murió en el intento—. Es bueno verte entero —continuó, para después volver a dirigirse a Tsuna—¿Has estudiado para el examen? Yo no pude terminar el trabajo práctico de comunicaciones, encima mi papá me tuvo toda la tarde de ayer cortando pescado, creo que hasta soñé con peces ¡haha! Es dura la temporada alta de verano, aunque también es buena para el negocio...

—Cielo santo —murmuró la Tormenta—, había olvidado lo enérgico que eres por la mañana.

—Ey, que tampoco estuviste en el hospital toda una vida —rió el beisbolista con despreocupación.

Gokudera solía tildarlo de "charlatán mañanero", pero es que no podía evitarlo. A Yamamoto le salía naturalmente ser feliz y social.

—Hubiera querido a tener que soportar estas mañanas.

Yamamoto volvió a reír con ganas como si el otro hubiera contado un chiste. ¿No se enteraba? No le estaba haciendo ningún cumplido, hasta si quería podía tomarlo como una queja o un insulto. Tsuna, en cambio, sonrió hinchado de felicidad.

—Es genial.

—¿Qué cosa, décimo? ¿Qué al idiota le dé un acceso de verborragia todas las putas mañanas?

—Nada, nada —Tsuna no quiso explicar a qué iba su expresión, pero le parecía genial poder disfrutar de esos instantes tan cotidianos. Porque eran en esos momentos efímeros que se daba cuenta de lo mucho que le gustaba estar con sus amigos.

Yamamoto de buen humor, Gokudera ladrándole, Haru saludándolos al paso cuando se cruzaban, mientras el Sol —literalmente y por Ryohei— los seguía, iluminándoles el camino.

—¿Y, Tsuna? ¿Vendrán más tarde? —preguntó Yamamoto sin dejar de hablar y sin inmutarse de que Gokudera se estuviera quejando del pormenor—¿O saldrás con Kyoko otra vez?

En ese punto el silencio fue realmente acojonante, a tal punto que incluso se preguntó si había dicho algo muy malo. Revisó mentalmente la oración y no encontraba ninguna anomalía o nada que fuera secreto de estado. De todos modos pensó en pedir disculpas, pero Tsuna se le adelantó.

—Pues, no sé. Tal vez —no tenía coraje para mirar de soslayo a su otro guardián y siguió con la vista fija al frente—. El examen de hoy será difícil —dijo por decir y para cambiar de tema.

Gokudera frunció el ceño. Aparentemente no había estado un año o toda una vida internado en el hospital, pero sí el suficiente para que las cosas cambiasen, para que algo importante pasase en la vida del décimo sin que él pudiera ser parte.

¿Y por qué, que alguien le explicase, el mundo se empecinaba en ocultarle lo evidente? Como si buscaran no lastimarlo, como si supieran lo que no era capaz de verbalizar. Detestaba la lástima, detestaba que el idiota del béisbol se quedase callado y serio, cuidando de sus palabras. No necesitaba esa misericordia, él era fuerte.

Cuando llegaron a la escuela Gokudera notó con incomodidad los murmullos de las chicas —y de algunos chicos—, trató de no prestarles atención y se concentró en evadir a Hibari. La simple idea de cruzárselo en los pasillos le hacía subir la bilis y los colores; temía tener un cartel en la frente que develase su más reciente y morboso secreto.

Se pegó como siempre al décimo, pero en algún momento Tsuna se las ingenió para escabullirse de su cuidado y Gokudera acabó solo y desmoralizado. Necesitaba huir y pensó que lo mejor sería refugiarse en la azotea. Grave error, porque esa zona parecía ser propiedad de la Nube, cuando en realidad lo era toda la escuela.

No alcanzó a subir: por el pasillo se acercaba su peor pesadilla. Intentó mostrarse digno al darse cuenta de que no tenía adonde escapar —y por orgullo no pensaba echar a correr—, sin embargo por mucho que quiso mirarlo altivamente, supo que su expresión iba cargada de culpa y vergüenza.

—¿Tienes el dinero?

—¿Qué dinero? —levantó un hombro, desafiante.

—No me hagas repetirlo —plantó un gesto de hastío apenas perceptible.

Gokudera miró disimuladamente a sus costados, ¿dónde se metía la gente cuando más la necesitaba? Por lo general prescindía de ella, pero vaya que le vendría bien en ese momento una muchedumbre.

—No tengo dinero. —Lamentablemente esa era una verdad porque Bianchi había cumplido con su amenaza y la extensión de su tarjeta bancaria era una dolorosa utopía en el presente.

Tragó grueso, podía ver en la expresión de Hibari no sólo decepción por su respuesta, sino también una malsana sensación de victoria aunada a un brillo lujurioso en los ojos.

Existían otras formas de pago, eso le había dejado en claro, pero por Buda que no lo haría. Todavía conservaba algo de dignidad.

—Ey, chicos —alguien apareció por el pasillo lateral—; no se estarán matando, ¿verdad? —Ryohei intervino a tiempo.

Hasta ese momento se había mantenido apartado, pero acabó por preocuparse al ver la expresión de Gokudera. Asimismo Hibari no era muy dado a mantener largas conversaciones con ninguno de ellos.

El presidente del comité disciplinario, en respuesta, enseñó amenazantemente una tonfa.

—No te incumbe, Sasagawa. ¿O tú también quieres ser mordido hasta la muerte?

—Tranquilo, hombre, sólo quería poner paños fríos —argumentó.

—Tsk —la Nube plantó un gesto ligero de asco—, urticaria me dan las manadas de herbívoros. No me aparearé con ustedes, débiles.

Ambos se quedaron mirándolo con una expresión de desconcierto épica. Por lo general Hibari era dado a soltar frases inentendibles, pero esa además de serlo era excesivamente perturbadora.

—¡¿Y quién quiere aparearse contigo? —Gokudera reaccionó tarde, agitando un puño que enseguida guardó al darse cuenta de que esa provocación podía jugarle en contra; pero contrario a lo temido Hibari ni siquiera volteó a mirarlos.

—Además una manada de herbívoros deberían ser más de dos… —analizó el Sol en un murmullo—y los humanos somos omnívoros y… —alzó los brazos al cielo—¡esto es un análisis extremo!

—Tú eres extremadamente idiota —farfulló su compañero dando la vuelta para seguir caminando en el sentido contrario por el que se había ido Hibari, pero enseguida volteó para aclarar un punto importante—, y no necesito que tú vengas a poner paños fríos, ¿está claro?

—Ey, que pensé que estabas en dificultades, o sea… Hibari últimamente te la tiene jurada y…

—¡No pienses! —se recargó contra la baranda, mirando el piso inferior desde la ventana. Lanzó un suspiro escandaloso al darse cuenta de que el otro seguía parado a su lado—¿Qué?

—Nada.

—La escuela es grande, vete por ahí.

—¿Y Sawada?

—No lo tengo en el bolsillo.

—Debe estar con mi hermana —en ese punto la expresión de Ryohei varió imperceptiblemente, sólo alguien cercano a él, como Gokudera, podía darse cuenta de ese cambio—, últimamente se la pasan juntos.

—Y a mí qué —infantilmente agitó los hombros con una expresión de fastidio en el rostro que a Ryohei hasta le dio gracia, pero no estaba para reír. La situación era delicada.

—No me lo dicen, pero… creo que son novios —frunció el ceño—, me pondría extremadamente feliz saberlo porque, bueno… Sawada es genial, ¿no?

—Sí, el décimo es… genial —su frente se pegó contra el vidrio.

Si el mismo cabeza de césped se lo estaba haciendo querer ver con tacto, ya podía darlo por hecho. Se había perdido de mucho durante esas semanas.

—No quiero que mi hermana sufra.

—El décimo no sería capaz de lastimarla, lo sabes.

—Sí, sí… no digo eso, sólo que Tsuna es un poco… distraído —y sin más dio la vuelta—¡Bueno, cabeza de pulpo, nos vemos!

Gokudera pateó la pared, ¿qué era eso de soltarle semejante bomba para irse por el pasillo como si nada? Ahora que se quedase a darle explicaciones, como mínimo. No obstante Gokudera no tuvo valor para frenarlo, no quería tocar ese delicado tema con él, aunque en su fuero más interno agradecía ese momento de lucidez. Qué irónico decir que el mismísimo sol había iluminado un poco su vida, o al menos la oscuridad en la que estaba sumido.

Con férrea decisión buscó a Kyoko Sasagawa encontrándola en el patio conversando con Hana y, oh, casualidad, también junto al décimo. El timbre sonó dando fin con el receso y se tuvo que atragantar con lo que quería soltar a rajatabla.

—Décimo —dijo en cambio al no poder encarar a Kyoko—, lo estuve buscando.

—¿Vamos? —propuso Tsuna caminando a la par en dirección al aula.

El día transcurrió con notable lentitud; cada tanto la mirada de Gokudera se pasaba de Kyoko a Tsuna, de manera insistente y tan absorta que no había prestado nada de atención a la última clase. A la salida se escabulló dándole alcance a la muchacha.

Kyoko casi se muere del susto cuando Gokudera le frenó el paso en el pasillo de salida.

—El décimo… Tsuna —se corrigió—es la persona más genial del mundo.

—Gokudera-kun —murmuró la chica, mirando a Hana como si le estuviera suplicando por auxilio—. Lo sé —intentó no temerle y mostrarse predispuesta a hablar.

—Merece ser feliz.

—Estoy de acuerdo con eso —sonrió.

Hana arqueó las cejas preguntándose qué clase de mal mental aquejaba al mono que tenía por compañero para salir con eso de la nada, no obstante simuló estar prestando atención a su casillero.

—Sé que no eres mala chica —él también hizo un esfuerzo para no mostrarse tan atemorizante, lejos de conseguirlo—; pero me gustaría dejarte en claro un par de cosas.

—Bien —pronunció dudando de darle esa libertad. Detrás del chico logró ver una silueta que reconocía.

—Juro por mi madre —aseveró— que si el décimo resulta herido por tu culpa, de alguna manera —acomodó las ideas desordenadas dentro de su cabeza.

—Gokudera —intentó interrumpirle Kyoko, pero el mentado ya estaba envalentonado con su discurso.

—No importa de qué manera, pero si lo lastimas seriamente juro me va a valer un carajo que seas una chica e incluso lo más importante para él —se cruzó de brazos—, te las verás conmigo y te puedo asegurar que será muy doloroso para ti.

Kyoko cerró los ojos al ver la expresión de Tsuna tras la espalda de Hayato, este no logró darse cuenta de su presencia hasta que el mismo futuro jefe de la familia Vongola no estalló.

—¡¿Qué crees que estás haciendo, Gokudera?

—¡Décimo! —dijo de una manera por completo dócil y redimida, tan dispar a la mostrada ante Kyoko.

—¡¿Quién te crees que eres para amenazarla así? —No podía creerlo, Kyoko no merecía ese trato. Gokudera a veces se pasaba de la raya y había cosas que Tsuna no pensaba tolerar, así viniesen de él.

—¡No la estaba amenazando, sólo estaba diciéndole que…!

—¡Tranquilos, chicos! —rogó Kyoko tratando de interceder e intuyendo acertadamente que Tsuna estaba molesto por haber escuchado la mitad de la conversación.

Las palabras de Gokudera fuera de contexto podían sonar verdaderamente duras, pero Kyoko había entendido muy bien las intenciones de la Tormenta y no se sentía ofendida en lo absoluto, incluso lo entendía y hasta le alegraba ver que Tsuna tenía amigos que lo querían tanto y hasta ese punto.

—¡Te has extralimitado, Gokudera!

—Décimo no se enoje por favor, yo…

—¡¿Qué te ocurre? ¡Estás demente! —ya no lucía enojado, pero sí dolido que era mucho peor—¡Por lo general tolero todo de ti, pero esto me supera! ¡No te voy a permitir que le hables así, no eres quién!

—Yo sólo quería… —no sabía qué ni cómo explicarse.

—¡Sé muy bien lo que vas a decir, sé muy bien qué crees que lo haces por mi!

—No me grite.

—A veces eres demasiado absorbente, Gokudera —le reprochó con más calma—. Pídele disculpas a Kyoko.

—No hace falta, Tsuna, no peleen —pidió ella notando que Gokudera estaba a punto de derrumbarse. Y es que para el guardián una reprimenda tan directa por parte del décimo era algo que no podía ni sabía tolerar. Era el infierno mismo.

—¡Pídele disculpas o me enojaré de verdad, Gokudera!

—Pero décimo, yo… nada más quería asegurarme de dejarle en claro que lo cuidase, sólo eso.

—Y no eres quién para exigírselo —menos que menos de ese modo, pensó.

—Sí que lo soy, yo soy… —iba a decir lo que Tsuna adivinó que iba a decir.

—Aléjate de ella y no le vuelvas a hablar en esos términos hasta que le pidas disculpas —la tomó gentilmente del brazo—, a veces te tengo demasiado paciencia, pero sabes que con ella… —negó con la cabeza—, no, Gokudera. Lo sabes bien.

El mentado entendía lo que había querido decirle a media lengua.

—¡Está bien, lo siento! —Accedió finalmente—¡No me odie por cuidarlo y quererlo!
—¡Si vas cuidarme y quererme así, gracias, pero no lo necesito!

—¡Ya, ya, chicos! —Yamamoto decidió intervenir al ver que Hayato estaba al borde de las lágrimas.

Todos los guardianes sabían lo sensible que se ponía la Tormenta cuando el jefe lo desacreditaba o retaba, y la discusión se estaba yendo de tema.

—Me cansa —murmuró Tsuna bajando la vista al suelo y si bien se refería a la situación, y no a la actitud de Gokudera, este lo tomó personal creyendo que lo decía por él. Llegado a ese punto, el papelón y el rejunte de alumnos que murmuraban era tal que decidió dar la vuelta y marcharse de allí con lo poco de orgullo que le quedaba intacto.

—¡Gokudera! —intentó llamarlo Takeshi en vano.

Se alejaba por el pasillo con la mejor serenidad que podía conseguir. Lo único que tenía presente en ese momento era escapar de esa bochornosa situación. Habrase visto, una mano derecha reprendida así.

Uno de tercero se burló de él en la puerta, haciendo mención de los celos que todos habían advertido y ganando a cambio un pack de dinamita.

Eso fue lo último que supo Tsuna de su guardián a la salida de la escuela.

Temblaba; tal vez de enojo o tal vez de angustia, pero sentía el cuerpo vibrar y unas irrefrenables ganas de romper todo a su paso. Y por lo general Tsuna no era de reaccionar, ni así ni de ninguna forma, pero sencillamente se había sentido superado por la situación. Demasiados cambios en poco tiempo y él no sabía lidiar con la presión.

—Tsuna-kun —murmuró Kyoko tratando de explicarle lo que ella había entendido del comportamiento borde de Gokudera.

—Lo siento, Kyoko. Hoy no te acompañaré a tu casa, ¿sí? Quiero irme a la mía, necesito… quiero estar solo —se frotó un ojo como si así lograse organizar el embrollo de pensamientos y emociones—, Hana irá contigo, ¿verdad?

—No hay problema —le sonrió con desánimo—, no te enojes con Gokudera, él te quiere… a su manera.

—Lo sé —intentó decirlo con una sonrisa, pero no pudo—. No estoy enojado con él.

—No lo hizo con maldad.

Tsuna asintió sin ánimos de conversar del tema con ella, la dejó junto a una indiferente Hana y salió por el mismo lugar por el que se había ido Gokudera, primero con calma y luego corriendo a la par de Yamamoto cuando Hibari fue a ver a la salida quien había roto su escuela.

Caminaron en silencio unas cuantas cuadras; cada tanto Takeshi lo miraba de reojo para percibir, sin dificultad alguna, la expresión concienzuda y agobiada de Tsuna. No sabía si era prudente hablar del tema, pero pronto llegarían a la casa de él y no quería irse sin expresar lo que pensaba.

—Espero que esté bien…

—¿Eh? —Tsuna pareció volver en sí y reparar en que no caminaba solo.

—Ey, ¿quieres ir a mi casa? —preguntó con una afable sonrisa—Hay tiramisú.

Tsuna asintió desganado; no tenía ganas de comer tiramisú, pero tampoco de regresar a su casa y soportar sobre él las miradas de Reborn acusando un "te lo dije, te lo quise hacer ver mucho antes de que pasara".

Ya en la tienda, Yamamoto pudo tratar el problema de Gokudera con Tsuna. Que la mayor parte del tiempo pareciera que él nunca se enteraba de nada, no quería decir que en verdad estuviera disimulando no saber.

—El bebé me contó —murmuró Takeshi con una seriedad no muy usual en él.

—¿Qué cosa?

—Sobre Gokudera… me contó algunas cosas personales como lo que pasó con su madre. Y sé que para él… tú eres muy importante.

Tsuna suspiró. Él también sabía todas esas cosas, Bianchi también le había dicho en alguna que otra ocasión —la última vez en el hospital— que su hermano nunca había tenido gente tan importante para él a su alrededor.

—A las personas así les cuesta… —continuó el beisbolista—, les cuesta mucho hablar de sus emociones o expresarlas. Eso me dijo el bebé —notando que había acaparado la atención de Tsuna continuó con más confianza—, pero eso no quiere decir que igualmente no las sienta.

—Por supuesto, es una persona después de todo. Por mucho autosuficiente que se muestre…

—Claro —completó—, todos queremos y necesitamos afecto —asintió—. ¿Sabes? Sé que Gokudera me considera su amigo.

Tsuna arqueó una ceja y carcajeó apenas, lejos de querer ofenderlo; no es que no le creyera simplemente es que era risible suponerlo por muy obvio que fuera.

—Me doy cuenta por la manera en la que pregunta por mis ausencias, ¿recuerdas cuando me fui de viaje con mi padre a Kyoto y no les dije nada porque no tuve tiempo? —Le refrescó la memoria—Me dijo "¿Dónde te habías metido, idiota? El décimo pudo haber necesitado tu inútil ayuda y tú no dabas señales de vida. Pasé por tu casa día y noche y ni noticias"

—Sí, algo de eso escuché —dijo con desinterés en la plática, porque por lo general Gokudera siempre estaba quejándose. Agotado, se dejó caer prácticamente sobre la mesa.

—Cuando me vio, sonrió. No fue una sonrisa visible. —Chistó—No sé cómo explicarlo, por lo general algunas emociones no se ven —Tsuna asintió dándole a entender que captaba lo que quería decirle—, pero yo me daba cuenta, veía alivio en él, que estaba contento de que ninguna de sus suposiciones sobre abducciones y seres de otros planetas tuvieran cabida. —Hizo una breve pausa nostálgica—Aunque insiste en eso de que soy de otro planeta —rió con ganas.

En ese punto Tsuna se incorporó del todo, parpadeando, como si de nuevo volviera a darse cuenta de que en el fondo Takeshi era mucho más maduro y sabio de lo que osaban suponer; incluyéndose él mismo con su híper intuición. Y capaz sólo Reborn había logrado ver esa esencia en Yamamoto.

—Todo el mundo me dice lo mismo: que él me quiere —argumentó Tsuna con fastidio—; y lo sé muy bien.

—Pero parece que tú no te das cuenta de que también lo quieres mucho —rió de nuevo llevándose una cucharada del postre a la boca.

—Claro que lo quiero… —su frente golpeó contra la madera—Oh, Dios… ahora en este momento debe estar cortándose las venas con una hoja de papel, es tan extremista por momentos.

—Ajá —reconoció.

—Y yo estoy aquí comiendo tiramisú —apuntaló con desprecio; dándose cuenta de inmediato del tono empleado trató de sonar cordial—¡y está muy rico! Pero… —se puso de pie—Tengo que hablar con él, no puedo… no quiero dejar las cosas así —antes de irse del todo volteó para decirle desde la puerta del local—¡Gracias, Yamamoto, gracias de verdad!

Yamamoto alzó los hombros. Él no había hecho nada excepcional más que soltar un par de pensamientos al azar; encima no había podido decirle lo que en teoría quería conversar, pero si Tsuna estaba satisfecho y había llegado a una resolución positiva, bien por él. Bien por Gokudera. Bien por la familia Vongola, antes de que terminara por caerse a pedazos.


Aclaraciones:

No, Hibari no lo violó. Puede considerarse un dub-con, pero aun así no hubo sexo. Soy de pensar que por muy forro que parezca Hibari no está en la familia Vongola por obra y gracia del cielo (nunca mejor dicho) ni por la necesidad de llenar un cupo. La Nube está para cuidar a los demás integrantes de su familia desde la distancia, es por este gran motivo que, por mucho que Hibari me quiera hacer creer lo contrario, sé que en el fondo los cuida y los aprecia. Sería incapaz de lastimarlos. Que no lo demuestre abiertamente es otra cosa y que es un abusón, eso ya lo sabemos. Es más criminal que toda la mafia junta XD, pero no lo creo capaz de violar (o lastimar de alguna manera irreparable) a Gokudera. Sí de extorsionarlo con y por sexo :D; pero ese ya es otro tema.

Tuve un día de mierda, y aunque este capítulo lo tengo listo hace una semana, recién hoy me hice de tiempo para subirlo. Y me hice de tiempo justamente porque como fue un día de mierda, llegué a casa y me dije "al carajo con el mundo, quiero escribir/publicar/ociar". Vuelvo al estudio (el siguiente capítulo ya casi lo tengo listo, toca revisarlo más minuciosamente porque es vital).

Espero que les haya gustado ^^.