ACLARACIÓN
Los personajes no me pertenecen, sino a Masashi Kishimoto; al igual, que la historia, ésta es de Lorraine Heath.
Espero la disfruten al igual que yo.
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Capítulo 05
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Con la lluvia acribillando su sombrero y abrigo, Naruto se paró fuera de la casa de Sakura. Eran las cuatro y media de la mañana. Sin duda estaría dormida. Si abría la puerta, y entraba a la residencia, a su recámara, todo cambiaría. No habría vuelta atrás.
Por mucho que la deseara, no quería tenerla bajo esas circunstancias. No había esperado que sus avances dieran como resultado que ella le diera la bienvenida tan rápidamente. Aunque sus sentimientos hacia ella eran sinceros, sus razones para perseguirla en esos momentos no lo eran.
Debería dar la vuelta e ir a casa. Pero era el único que podía permanecer cerca de ella y protegerla. Estar cerca ciertamente no sería un sufrimiento – al menos hasta que ella ya no se contentara con lo poco que él podría ofrecerle.
No hacer daño. Esa era el lema de su profesión, pero en el caso de ella, él no la había acatado, y esa era la razón para estar aquí en la maldita lluvia peleando contra sí mismo. No tenía que despertarla. Solo se sentaría en una silla y la observaría.
Ese parecía ser el camino a seguir. Atormentarse a sí mismo al estar tan cerca de ella como para tocarla, pero abstenerse. Eso definitivamente lo clasificaría para la santidad.
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Ascendió los escalones, deslizó la llave en la cerradura, entró, y aseguró la puerta tras de él. En el vestíbulo, todo estaba silencioso. Una lámpara estaba encendida sobre la mesa. Había pasado muchas noches en las cuales lámparas quedaban encendidas durante la noche para él mientras hacía vigilia, luchando para alejar la muerte. Solo en su residencia, lloraba la perdida de cada paciente mientras analizaba cada paso del tratamiento, tratando de entender por qué algunas cosas funcionaban y otras no. Siempre había algo que aprender, mucho más que aprender.
Si no ascendía por esas escaleras, y si ellos tenían razón sobre el peligro, si algo le sucedía a ella, él analizaría esta noche hasta que los 'que tal si' lo volvieran loco.
Dejando su sombrero y abrigo húmedos en un perchero del vestíbulo, tomó la lámpara y comenzó a subir las escaleras. Trató de controlar la anticipación que crecía a cada paso. Solo iba a verla dormir, nada más. Pero ciertamente eso sería un placer.
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Tres años antes, lo habían despertado en mitad de la noche para venir aquí. Fuera de su puerta, se detuvo cuando los recuerdos lo asaltaron: su rostro maltratado, su cuerpo terriblemente golpeado. Nunca había visto a nadie cubierto con tantos moretones, y eso que había atendido a sobrevivientes de un accidente ferroviario. Puso su palma contra la puerta. A diferencia de Uchiha y Suigetsu, nunca le había gustado la violencia, pero esa noche, había pensado que si su esposo entrara en la habitación, muy bien podría matarlo. Que un hombre de buena gana pudiera infringirle tanto daño a otro ser humano, a una mujer, a su esposa – Naruto no era inocente o ingenuo pero algunas veces no entendía las mentes de los hombres.
Silenciosamente abrió la puerta. Un débil fuego luchaba por ganarle a las sombras de la habitación. Su corazón se sacudió cuando vio la arrugada, pero vacía cama. Rápidamente caminó en la habitación. La lluvia entraba por las ventanas abiertas, formando un charco en el suelo. Luego la vio acurrucada en una esquina, temblando incontroladamente. Se apresuró y se agachó a su lado.
—¿Sakura, querida?
Ella levantó una aturdida mirada hacia él. Cuidadosamente él acunó su rostro con sus palmas.
—¿Tuviste una pesadilla?
Nerviosamente negó con la cabeza y levantó una mano temblorosa, apuntando con un dedo.
—No… sé… como llegaron allí.
Girando, él estudió la cama hacia donde ella indicaba.
—¿Qué precisamente?
—Sobre la mesa.
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Él caminó hacia la mesa de noche. Sintió un nudo en el estómago cuando recogió los dos anillos. Los conocía bien. Los había puesto en los dedos de un desconocido. Para sus adentros, maldijo crudamente, pero en el exterior no dio muestras de alarma o agitación. Medio esperaba que el sinvergüenza todavía estuviera en la residencia. Si se cruzaban sus caminos, Uzumaki estaría cavando una tumba antes de que terminara la noche.
Pero cuando giró hacia Sakura, supo que no podía dejarla, no en ese estado. Ni tampoco podía decirle la verdad. En ese momento la única que importaba era ella. Después de guardar los anillos en el bolsillo de sus pantalones, regresó a su lado.
—Todo estará bien.
Levantándola en sus brazos, la llevó hasta la cama, con delicadeza la acostó, y la cubrió con las mantas.
—¿Te gustaría que cerrara las ventanas?
Ella asintió, y él fue hasta allí y cerró los velos. Se tomó un momento para mirar a través. ¿Estás ahí afuera, bastardo?
Con rapidez, cerró las cortinas. Consciente de su mirada siguiéndolo, fue hasta el baño, tomó algunas toallas, y regresó para tenderlas sobre el piso bajo la ventana para que absorbieran el agua.
Al acercarse a la cama, se quitó la chaqueta, el chaleco y el pañuelo, lanzándolos a una silla cercana. Después de quitarse los zapatos, se sentó en el borde de la cama.
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—Sakura, pareces conmocionada. Necesitas calentarte. Voy a deslizarme bajo las mantas y abrazarte. Eso es todo, solo abrazarte.
—¿Está bien?‑ Con los ojos amplios y redondos, asintió. —Estoy enloqueciendo.
—No, cariño, hay una explicación para todo esto—, él murmuró mientras se metía bajo las sábanas y la atraía a su lado, frotando sus manos enérgicamente sobre su espalda, esforzándose para generar calor suficiente para que dejara de temblar. Sus dientes castañeteaban. Él temía que tendría que despertar a los sirvientes para que le prepararan un baño caliente. Aunque sospechaba que ella no querría que los sirvientes la vieran así. —¿Puedes decirme qué sucedió?—Acurrucándose contra él, enterró su nariz en su hombro.
—Estaba soñando, y de repente empecé a sentir un gran peso presionándome y estaba sofocándome. Pude oler a Hidan como si estuviera en la habitación. No recuerdo haber abierto las ventanas o encendido el fuego. O los anillos. ¿Cómo llegaron aquí? Estaban bajo llave en la caja fuerte de la propiedad familiar. ¿Estaré haciendo estas cosas dormida?
Al menos había dejado de temblar, y eso lo agradecía. Sus manos comenzaron una suave caricia.
—Supongo que es posible. Una vez tuve un paciente que podía despertar en la mitad de la noche y encontrarse en los establos sin ningún recuerdo de cómo había llegado allí.
Ella inclinó su cabeza hacia atrás y lo miró.
—¿Es cierto? —Él le dio una sonrisa de alivio.
—Cierto. También estaría completamente desnudo. Aparentemente, se quitaba toda la ropa antes de comenzar su excursión.—Ella hizo un sonido que fue casi una risa.
—¿Pudiste curarlo?
—No, no pude determinar la causa. No era física, y hay mucho que no conozco sobre la mente.
—¿Pertenezco a manicomio, cierto?
—No, definitivamente no—, dijo él con convicción. Ella apoyó su rostro otra vez contra su pecho.
—¿Todo está bien con la hokage?
—Sí. Comió algo que la indispuso.
—Es afortunada de tenerte.—Él la besó en cabeza.
—Duerme ahora. Mantendré alejados a los monstruos y a las pesadillas.
—Sí, está bien.
Estaba muy consciente de ella relajándose a su lado, su respiración calmándose.
—Nunca había dormido con un hombre en mi cama—, dijo ella con suave voz, como si temiera molestarlo. —En realidad me gusta. Yugakure siempre se iba tan pronto terminaba.—Naturalmente. El hombre no apreciaba lo que había poseído.
—Yo no lo hago.
—Lo sospechaba—.Él creyó sentir el sonrojo de su piel. —Siempre eres tan amable.
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Sus palabras fueron como un latigazo a su corazón. Si fuera amable le contaría todo ahora mismo y terminaría su tormento, solo que había otros involucrados, aquellos con quienes había crecido, aquellos que le habían salvado el cuello en más de una ocasión. Especialmente Sasuke, si no fuera por él, Naruto sin duda estaría todavía en las calles o peor, muerto.
—Trata de dormir.
Sentía su cuerpo presionado contra el de él. Una de sus piernas estaba entrelazada con las suyas y él se esforzaba por no pensar en que esa pierna estaba desnuda lo que significaba que su camisón se había subido. Qué tan alto, no podía saberlo. A su lado, la mano de ella se estremeció y se extendió. Su respiración fue más y más relajada.
Él mantuvo sus brazos alrededor de ella, sosteniéndola cerca, esperando que su presencia alejara sus miedos.
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Sakura despertó para encontrar a Naruto apoyado en los codos, mirándola. Hace rato que se había apagado el fuego. Con las cortinas corridas, no entraba la luz del sol a la habitación. La única luz provenía del tenue brillo de la lámpara que él había traído la noche anterior.
Todavía no estaba lista para hablar, para interrumpir su estudio, especialmente teniendo en cuenta que quería mirarlo también. Su cabello era rubio, y tenía las más largas pestañas que ella hubiera visto. A diferencia de la suya, su nariz era derecha y perfecta, angosta, patricia. Su barbilla era afilada, con una pequeña depresión en la mitad. Sus pómulos eran altos, perfilados. La barba era más oscura de lo que había esperado. Tuvo la descabellada idea de que le gustaría mucho afeitarlo, sentir y oír el roce de la navaja sobre su piel.
Pensaba en hacer cosas con él que nunca había pensado en hacer con Hidan. Naruto la atraía de maneras distintas a Yugakure. A ella le había importado si difunto esposo, había creído que lo amaba cuando aceptó su propuesta de matrimonio, pero ahora no podía dejar de preguntarse si tal vez había sido demasiado joven para realmente reconocer el amor, si tal vez simplemente había estado enamorada de la idea del amor, o del matrimonio. O tal vez Hidan se las había arreglado para eliminar cualquiera de sus afectos hacia él hasta que no quedaron rastros de sus sentimientos originales, y por eso ya no podía recordar exactamente qué había sentido.
—¿Dormiste?— le preguntó a Naruto.
—Prometí que te vigilaría—, le dijo con una pequeña sonrisa zorruna y voz áspera que removió algo en su interior. Insinuaba una cita secreta. —Además, no necesito dormir mucho, y rara vez pasa una noche entera sin que nadie golpee a mi puerta.
—No puedo evitar sentir que me he convertido en una molestia.
—No. No estaría aquí si no quisiera—. Puso su dedo bajo su barbilla y acarició su mejilla con el pulgar. —¿Estás un poco más tranquila?
—Algo. Estoy avergonzada por el espectáculo que hice anoche.
—No tienes nada de qué avergonzarte. Una pesadilla puede ser lo suficientemente alarmante sin las cosas extrañas que estás experimentando.
—Solo que no entiendo qué está sucediendo.
—Creo que alguien está tratando de enloquecerte.
—¿Pero quién y con qué propósito?— Enfocando su atención en la trenza sobre su hombro, él pasó sus dedos entre las hebras sueltas del final, pareciendo hipnotizado por sus movimientos.
—Eso no lo sé, pero me pregunto si será más inteligente que tú y tu hijo se trasladen a mi residencia—. La miró solemnemente. —Solo por unos días.
Ella se había sentido bien recibida en su casa, tan cómoda. Fue allí donde se dio cuenta del horror en el que se había convertido su vida. Mientras recuperaba sus fuerzas, él le permitió elegir el menú de las comidas. Nunca le habían parecido mal sus elecciones.
Nunca criticó que ella pasara las mañanas leyendo o escribiendo cartas. Por primera en su vida, las horas del día eran suyas para pasarlas como quisiera. Él le había dado un vistazo de la vida sin miedo.
Sinceramente aprecio tu oferta, pero no me alejarán de mi propio hogar. No creo que Hidai esté en peligro. Su institutriz no me ha reportado nada extraño. Todo lo que sucede parece dirigido a mí. Tal vez tengo un sirviente descontento. Hablaré con Tojiro, para que los vigile más de cerca.
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—Admiro tu resolución—, acarició la curva de su mejilla. —Pero no creo que te hayas recuperado completamente del percance de anoche. Tengo un ritual matutino que no siempre hago pero creo que es justo lo que necesitas para eliminar las sombras de tus ojos.
Él estaba mirándola intensamente, como si quisiera memorizar cada línea y curva de sus rasgos, cada golpe y cicatriz. Esa intensidad hacía que demasiadas ideas se arremolinaran en su cabeza, ideas que una dama respetable no debería tener. Rituales matutinos que incluyeran besos, caricias, manos sobre sus muslos, su estómago, sus pechos. No estaba segura de estar lista para eso, pero se escuchó preguntar, —¿Qué tipo de ritual?
—Remar—. Ella parpadeó por la sorpresa. ¿Así era cómo lo llamaban las clases bajas? Suponía que podía entenderlo, pero no completamente. Y podía ser que él hubiera hecho parte de la escoria de la sociedad, pero se había levantado hacia una respetada – y, al menos en su mente – exaltada posición. Seguramente ya no usaría referencias tan crudas. Se lamió los labios.
—¿Qué involucra eso exactamente?
—Un bote, remos, un lago.
—Oh, ¿te refieres a realmente remar?—Con una sonrisa, deslizó su dedo por el puente de la nariz de ella.
—¿A qué pensaste que me refería?—Ella iba a avergonzarse al admitir la verdad.
—Exactamente lo que dijiste. Estaba intrigada. ¿Realmente vas a remar en la mañana?
—Siempre que puedo antes del desayuno. Mirando al reloj, ella se dio cuenta que era mucho más temprano de lo que había creído.
—Todavía debe estar oscuro.
—No lo estará cuando lleguemos allí. Ven conmigo. Creo que encontrarás que es una manera refrescante de empezar el día. Ella pensó que hacer cualquier cosa con él sería una manera perfecta de empezar el día.
—Sí, está bien.
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