Helena y Francis: ¡Hola!
Helena: Antes de que nuestros poquitos lectores ¬¬ se aventuren en esta historia…
Francis: No sabía que fueras tan rencorosa…
Helena: Ahhh se crean xD yo adoro a mis lectores hahaha xD y queremos agradecerles a todos por tomarse la molestia de leernos y de ponernos en favoritos… (Y)
Francis: Nos encanta leer los reviews y sus opiniones. Gracias a los anónimos porque aunque no podemos contestarlos les juro que sí los leemos :9
Reviews…
Aquí están algunos agradecimientos para ustedes… lo que pasa es que ya no recordamos a quienes le contestamos xD Lo sentimos… somos nuevas en esto…
Auristela Morgan: Muchas gracias por tus comentarios! De verdad que agradecemos que te tomes la molestia de leernos! Esperamos que disfrutes de los demás capítulos que haremos próximamente :D Qué genial que te guste nuestro "humor" hahaha xD
Miriam: Gracias por la aclaración… tienes razón U_U Asafa Powell ya quedó en el pasado… nos hace falta actualizar hahaha qué bueno que te rías de nuestro fic… eso era lo que queríamos… sacar sonrisas :D y con respecto a tu papá que te ve feo… no te preocupes… nuestra mamá también nos ve igual cada vez que escribimos hahaha
Karla: Pero para nada nos molesta que nos firmes! :D nos encanta… Ojala disfrutes de este capi con nuestros queridos y hermosos Camus y Hyoga ^^
La personita que ama a Shion: Estás de suerte! Nuestro querido Patriarca saldrá en todos los capítulos… tal vez acompañado del pequeño Kiki xD esperamos que disfrutes sus locuras hahaha
Tamiblue: Nos alegra que te rías como loca frente a tu lap :D Este fic es para que te diviertas ^^ esperamos que sigas leyéndonos y por qué no… riéndote más.
Ariel de Piscis: Sí sabemos que Máscara es un groserote xD… le lavaremos la boca, no te preocupes… pero hay que aceptar que esa actitud lo hace ser único ^^ Gracias por leer nuestra historia :D
Si olvidamos a alguien… lo sentimos :P revisaremos y lo pondremos en el próximo capítulo :D
En fin…
Helena: Este capítulo está completamente dedicado a Hyoga y a Camus… lo notaran en la gran extensión… nos emocionamos un poco…
Francis: ¡Culpable!
Helena: El punto es que esperemos que les guste. Pero les advertimos… es un capi tierno para nosotras y claro que habrá comedia con nuestros doraditos pero ojala se rían y se diviertan aunque sea un poco ^^
Francis: ¡Te amo, Camus!
Helena: ¬¬ ¡Yo también!
Enjoy…
Helena y Francis: un pequeño detalle… se han de preguntar porqué Shion sale tanto… nos hemos dado cuenta de que siempre termina colándose en cada historia xD y pues al parecer nuestro querido Shion se ha convertido en uno de los personajes principales.
Por cierto… el siguiente capi se tratará del buen Dohko ^^
Ahora si… enjoy hahaha xD
Los celos de Camus
Hyoga dormía plácidamente en los brazos de Morfeo, se movía de un lado a otro y se cubría con las sábanas tratando de que los rayos de luz no lo molestaran y lo despertaran de su largo sueño. De un momento a otro, se vio obligado a abrir sus ojos cuando un extraño olor se coló por su nariz. En ese instante, se levantó con pesadez de la cama y aún adormilado caminó tratando de seguir aquel hedor. Frunció el ceño al ver una negra humareda surgir de la cocina y soltando quedas maldiciones en ruso, el Caballero de Cisne se dirigió sin pensarlo con intención de ver qué rayos sucedía. Al entrar, no pudo divisar nada, pues el humazo era demasiado espeso por lo que sacudió sus manos en el aire tratando de apartarlo sin éxito.
- ¡Maestro Camus! – exclamó tosiendo y buscando la ventana de la cocina. - ¡Maestro! ¿En dónde está? – preguntó sin obtener respuesta alguna. Después de tantear por unos segundos la pared, por fin halló la ventana que no dudó en abrir. Poco a poco, el humo comenzó a disiparse y por fin pudo encontrar la causa de su asfixia: un extraño guisado ardía en llamas sobre la estufa encendida. Hyoga, asustado, corrió en busca de un extinguidor, cuando lo encontró, vertió el contenido sin vacilar por toda la cocina.
- Hyoga… ¿qué estás hacien… - Camus no pudo terminar la frase, era demasiado tarde, pues el rubio ya le había derramado lo que quedaba dentro del extinguidor, dejándolo como un vil muñeco de nieve.
- ¡Maestro Camus! – soltó el objeto y se dirigió a su mentor para tratar de quitarle toda la espuma. Cuando por fin le descubrió el rostro, se encontró con un par de hermosos ojos que lo miraban furiosos. - ¿Está bien? – preguntó temeroso.
- ¡¿Por qué hiciste eso, Hyoga?! – inquirió molesto. – ¡¿No era más fácil e inteligente usar tu cosmos?! – alzó la voz.
- Pero maestro… usted dejó la… - titubeó azorado.
- ¡No quiero pretextos, Hyoga! ¡Mira mi cocina! ¡¿En qué rayos estabas pensando?!
- Lo lamento mucho… - respondió. – Pero no fue mi culpa…
- ¡¿Qué no te he enseñado a tomar la responsabilidad sobre tus acciones?! – gruñó el francés. - ¡Ahora, limpia todo este desastre!
- Sí, maestro… - miró al suelo y asintió con la cabeza.
- Bien. – trató de calmarse. – Cuando termines, te estaré esperando en la sala. - y sin decir más el galo se dio media vuelta y dejó al Cisne sólo en la cocina. Hyoga observó a su alrededor y al percatarse del desastre que ahora tenía que limpiar, golpeó el suelo con un fuerte pisotón y exclamó:
- ¡Todo yo! ¡Todo yo! – siguió quejándose y desquitándose con el pobre piso. Después de unos minutos de ira, decidió comenzar con su labor para terminar cuanto antes. Tomó un trapeador y empezó a limpiar. – ¿No te he enseñado a tomar responsabilidad de tus acciones? – arremedó a su maestro mientras tiraba en la basura el intento de guisado. – Ñañañañaña yo Camus, soy perfecto… por favor. – se burló imitando al galo. Después de media hora de limpieza, Hyoga por fin alcanzó a Camus que se encontraba en la sala, rodeado de libros que yacían tirados por toda la estancia.
- Ya terminé. – se acercó tímidamente.
- Bien. – soltó el galo. – Estuve toda la noche investigando acerca del Patinaje Artístico sobre hielo. – cambió la página del libro. – Y cuando digo toda la noche… es literal. – soltó una queda risita ante su propio comentario. – Déjame decirte que la historia del patinaje es muy interesante. - dijo sin apartar su mirada del grueso volumen que tenía en mano. – Si practicamos lo suficiente creo que podremos… - alzó la mirada y se encontró con su alumno cubierto de hollín en todo el rostro. - Hyoga… - soltó un suspiro tratando de ser paciente. - ¿Qué te he dicho sobre la limpieza? ¡Mírate, nada más! – exclamó señalando su ropa sucia. - ¡Pero no te quedes ahí parado! ¡Por Zeus en el cielo, vete a bañar!
- Está bien, maestro. – respondió conteniendo su ira y se fue. Minutos después regresó. – Listo. Estoy perfectamente aseado después de que me hiciera limpiar su cocina… ¿desea alguna otra cosita? – preguntó sarcásticamente.
- Ya que lo mencionas… - contestó subrayando unas líneas de su libro. – Sí.
- ¿Qué cosa? – cuestionó visiblemente enojado.
- Toma asiento junto a mí, Hyoga. – sonrió removiendo cuidadosamente un par de libros que se encontraban a lado de él. Su alumno obedeció. - Quiero que leas esto… - le entregó un grueso ejemplar de la Historia del Patinaje de Competición. – Y no olvides subrayar lo más importante.
- Pero maestro… esto no me sirve de nada. – se quejó arrojando el libro a lo lejos. – ¡Yo quiero patinar!
- Hyoga… - cerró el libro de golpe y miró enojado a su alumno. - ¡Recoge ese libro ahora mismo!
- ¡No quiero!
- ¡No te estoy preguntando, Hyoga! ¡Es una orden!
- ¡Ya estoy harto! ¡Desde que me levanté me ha estado dando órdenes!
- No digas tonterías, Hyoga… ¡Ahora obedéceme!
- ¿Ve? ¡Lo está haciendo otra vez! – lo señaló acusadoramente.
- Hyoga… se está acabando mi paciencia…. – se puso de pie y se acercó amenazante al ruso. - ¡Los libros son para leer no para tirarlos al suelo!
- Si tanto los quiere… ¡recójalos usted mismo! – alzó la voz.
- ¡¿Por qué rayos no eres como Isaac?! – soltó furioso. - ¡Él nunca me faltó al respeto!
- ¡Tal vez él debería participar con usted!
- ¡Ojala estuviera en tu lugar!
- ¡Lamento no ser perfecto como ustedes! ¡Carajo!
- ¡No uses ese tono conmigo, Hyoga! – amenazó el francés. - ¡Qué aún soy tu maestro y me debes respeto!
- ¡Y no sabe cómo me arrepiento! – al escucharlo, Camus se quedó sin palabras. Eso le había dolido. - ¡Ojala el que estuviera aquí fuera Crystal y no usted!
- ¡Pues si tanto lo extrañas deberías irte con él! – gritó cruzándose de brazos. - ¡No me imagino tu pesar de estar conmigo todo el día!
- ¡No tiene idea! ¡Es una tortura estar con alguien tan frío como usted! ¡Me largo de aquí!
- ¡Pues vete! ¡¿Qué estás esperando?!
- ¡Eso no me lo tiene que decir dos veces! ¡Me largo! – y sin más se dirigió a la salida del templo.
- ¡Bien! ¡A ver en dónde vas a pasar la noche!
- ¡Cualquier lugar es mejor que este! ¡Tal vez me vaya con Crystal!
- ¡Nadie te va a recibir en su templo! ¡Tenlo por seguro! ¡De eso me encargo yo! – gritó viendo a Hyoga alejarse.
- ¡Uy, no voy a poder dormir! – exclamó con marcado sarcasmo.
- ¡Pues claro que no! ¡No tendrás en donde hacerlo!
- ¡Fue sarcasmo, genio! ¡No lo quiero volver a ver!
- ¡Vuelve aquí, Hyoga! – gritó nuevamente enojado.
- ¡Ni loco!
- ¡No me obligues a contar a la de tres, Hyoga! ¡Regresa!
- ¡Cuente lo que quiera! – finalizó saliendo del templo perdiéndose de la vista del francés.
- ¡Una! – amenazó. - ¡Dos! ¡Te lo advierto, Hyoga! – gritó frustrado. - ¡Tres! – su alumno nunca volvió. - ¡Cómo quieras! – regresó a la sala de su templo y siguió leyendo.
El ruso no supo a donde más ir y frustrado decidió quedarse sentado en las escalinatas de Acuario, pensando en donde podría pasar las siguientes noches, pues estaba seguro de que su maestro seguiría molesto y él no estaba dispuesto a pedirle disculpas, jamás o al menos eso era lo que él creía. Se encorvó y apoyó los brazos sobre sus rodillas. Observó el lejano templo de capricornio. – Me pregunto si Shura me recibiría… - suspiró cansado. – Si aceptó a Shiryu, ¿por qué a mí no?
o.o.o.o.o.o.o
- Te dije que esos gritos no eran mi imaginación… - susurró Argol escondido detrás de unas ruinas cercanas.
- Pobre Hyoga… sé lo difícil que es lidiar con la personalidad de Camus… - contestó el siberiano.
- ¡Eso a mí no me interesa! – soltó con hastío el árabe.- ¡Yo sólo quiero ganar!
- ¿Y qué con eso? – indagó el Santo de Plata.
- ¡Es hora de poner a prueba nuestro plan!
- ¿Qué plan? ¿De qué hablas? Pensé que íbamos a hablar con Shion. – dijo asombrado.
- Te engañé. – sonrió malicioso. – Es nuestra oportunidad ¡Hay que separar al maestro de su alumno y será más sencillo ganar!
- ¿Qué clase de persona eres?
- ¡La misma que tú! ¡Ahora, muévelas y convence al mocoso de dejar la competencia! – mandó furioso señalando el templo de Acuario.
- ¡No lo haré! – se negó. – Las competencias deben ser justas. Yo mismo entrené a Hyoga bajo ese ideal.
- ¡El mocoso te cambió por Camus! – mostró una sonrisa burlona. - ¡Ve de una vez!
- Está bien… - suspiró resignado.
- ¡Y no olvides mostrar tu patética sonrisa! – escupió. - ¡El crío es un huérfano, actúa como un padre y dile cosas cursis!
- Está bien… está bien – cortó y subió las escalinatas con dirección al onceavo templo.
o.o.o.o.o.o.o
Había pasado varios minutos desde la pelea con su maestro y el galo no daba señales de querer salir a buscarlo. Hyoga se puso de pie, sacudió el polvo que se había alojado en sus ropas y decidió dirigirse a capricornio cuando divisó una conocida silueta acercándose a él.
- ¡Buenos días, Hyoga! – saludó alegremente mostrando su mejor sonrisa. El ruso parpadeó varias veces confundido, no era muy común encontrarse con su antiguo maestro en el Santuario.
- ¿Maestro Crystal? – preguntó. - ¿Qué hace aquí?
- ¿Yo? – se señaló a sí mismo.
- Pues sí, maestro. – sonrió alegre. – No hay nadie más, ¿o sí?
- Este… p-p-p-pues no – tartamudeó nervioso. - ¿Con quién más vendría? ¿Con Argol? Naa para nada. – se pasó la mano sobre la nuca en gesto nervioso y miró de reojo hacía las ruinas en donde se encontraba escondido Argol.
- ¿A quien busca, Maestro?
- ¡A nadie! ¡Tengo un tic en el ojo!
- Bueno maestro… aún no me dice qué hace aquí. – indagó nuevamente.
- B-b-b-bueno sólo estaba estirando un poco las piernas y dando un paseo por Rodorio. – contestó nervioso mientras trotaba frente a Hyoga sin avanzar.
- Pero maestro… está en el Santuario… en el onceavo templo…
- ¡Ah! ¡Eso explica tanta escalera! – soltó una falsa carcajada.
- Si usted lo dice, maestro Crystal.
o.o.o.o.o.o.o
Escondido entre las ruinas, Argol se golpeaba la frente al escuchar las estupideces que soltaba su compañero.
- Eres un idiota, Crystal…
o.o.o.o.o.o.o
Mientras Hyoga y Crystal mantenían su conversación fuera del templo, Camus se encontraba en su sala tratando de concentrarse en su lectura y resistiendo la tentación de ir a disculparse con el ruso.
- Camus de Acuario jamás se disculpa… - susurró ojeando un gran volumen. – Soy un Caballero Dorado del más alto rango… puedo competir sin Hyoga… - cambió aleatoriamente las páginas cuando notó un enorme separador algo arrugado y gastado. Sonrió con nostalgia al recordar el origen de aquel papel…
Flashback
Años atrás en el Templo de Acuario.
- ¡Camus! ¡Camus! – gritaba con alegría un pequeño niño acercándose con graciosos saltitos al mayor, el cual se encontraba escribiendo un reporte sobre su vieja mesa de madera llena de libros y hojas sueltas.
- Ahora no, niño. – dijo buscando un separador entre los papeles. – Estoy ocupado. Vete a dormir. Ya es tarde.
- ¡Pero Camus! – exclamó el niño acercándose al escritorio. – ¡Son las dos de la tarde! ¡Estuviste toda la noche dibujando!
- Yo no estoy dibujando, niño. – dijo sin voltearlo a ver mientras revolvía las hojas con desesperación. – Hago un reporte para el Santuario y además… no debes tutearle a tu futuro maestro.
- ¡Pero yo ya tengo maestro! – hizo un gracioso puchero.
- Sí… pero pronto YO seré tu maestro. – sonrió orgulloso.- Así que tendrás que llamarme maestro Camus.
- Bueno… maestro Camus. – contestó sin entender muy bien lo que quería decir el francés.
- Ya vamos progresando, niño. – le sacudió sus rubios cabellos con la mano.
- ¡Entonces usted dígame Hyoga! ¡No me gusta me diga niño!
- Me parece justo…
- ¿Ya me va a decir qué ha estado haciendo hasta las dos de la tarde?
- Ya te dije que estaba haciendo un reporte. ¡Dioses! ¡Estos niños y su déficit de atención! – el galo analizó las palabras del pequeño. - Espera… - miró al pequeño que le sonreía ampliamente. - ¿Las dos de la tarde?
- ¡Sí! – rió inocente.- ¿No quiere jugar conmigo? – Camus se sobó la cabeza y miró molesto al pequeño. – Hyoga, tu presencia me distrae… - le colocó la mano en su hombro y lo empujo suavemente. – Vete a jugar a otro lado…
- ¡Pero no quiero estar solo! Además, mi maestro Crystal siempre juega conmigo. - soltó con tristeza al recordarlo.
- Tu maestro me dejó a tu cuidado por unos días mientras cumplía una misión… pero no sé porqué rayos acepté. – se sopló el flequillo fastidiado. - No tengo tiempo para tus tonterías. – dio un golpe en la mesa pero el pequeño no se inmutó.- ¡¿En dónde diablos lo puse?!
- ¡Yo puedo ayudarlo, maestro! – se colocó de puntitas para ver mejor el escritorio. - ¿Qué busca? Ándele dígame… ¡Yo lo encontraré!
- Estoy buscando mi separador… lo dejé por ahí… - soltó molesto levantándose de la silla. – Dudo que sepas lo que es un separador.
- ¡Pues dígame cómo es y ya!
- No te irás hasta que acepte tu ayuda, ¿verdad? – miró divertido al niño y se cruzó de brazos. El pequeño asintió con su cabecita y el galo finalmente sonrió ante la ternura de su futuro alumno. – Está bien… - lo levantó del suelo y lo sentó sobre la mesa. Juntos buscaron el dichoso separador pero nunca lo encontraron. - No está… No puedo creer que lo haya perdido. – se quejó el francés tallándose la frente. – Dejemos esto por la paz… - cargó al niño que seguía buscando y lo puso en el suelo de nuevo.
- ¡Pero maestro Camus!
- Será mejor que descansemos - el mayor estiró sus brazos y bostezó. – Ve a tu habitación, Hyoga. Duerme un poco. – se fue a su alcoba y dejó al ruso solo.
Horas después…
El pequeño niño terminaba su sorpresa para Camus. Se dirigió con prisa y mucha alegría hacía la habitación del santo y al notar que la puerta se encontraba abierta, decidió entrar y sin dudar se subió a la cama.
- ¡Maestro Camus! ¡Despierte! – dijo el chiquillo jalando las cobijas y destapando al francés. - ¡Le tengo un regalo!
- No lo quiero… déjame dormir… - se quejó jalando de regreso las cobijas.
- ¡Le va a gustar! – el rubio comenzó a saltar sobre la cama provocando que un Camus adormilado se incorporara.
- ¿Qué quieres? – preguntó mientras se recargaba en la cabecera.
- ¡Cierre los ojos! – contestó escondiendo algo a sus espaldas. Al ver lo tierno que se veía, Camus optó por hacerle caso y cerró con resignación sus azules ojos. - ¡Pero no vaya a hacer trampa!
- Está bien… está bien… no veo nada.
- ¡Listo! ¡Ya puede abrirlos! – Camus lo hizo y se sorprendió al ver lo que el pequeño le mostraba con sus bracitos extendidos hacía él. Era una especie de papel rectangular con un extraño dibujo que interpretó como dos entes tomadas de la mano; el más grande parecía una mujer con un vestido dorado mostrando una graciosa sonrisa y el otro parecía un duende de cabellos amarillos que también sonreía. En la parte de arriba, estaba escrito con crayolas de colores: Mi maestro y yo; en el fondo había muñecos de nieve mal dibujados.
- ¿Qué es esto? – preguntó asombrado y confundido, tomando con su mano el papel.
- ¡Es un separador, maestro Camus! – contestó alegre.- ¡Lo hice yo!
- Está algo grande, ¿no crees? – Camus observó de nuevo la extraña obra que era de tamaño carta. Demasiado grande para ser un separador.
- ¿No le gustó? – preguntó triste y agachó su mirada.
- Me encantó. – sonrió. – Fue un lindo detalle lo de la señora sonriente y el duende rubio. – rió tratando de hacer sentir mejor al pequeño.
- ¡Esa señora es usted! – respondió molesto. - ¡Y el duende soy yo!
- ¿En serio? ¡Ya lo sabía! – carraspeó. - ¡Vaya qué tienes talento!
- ¿De veras? – preguntó ilusionado.
- Por supuesto. – le acarició con cariño la mejilla y lo acercó para abrazarlo. – Muchas gracias, Hyoga.
- También le traje otra cosa, maestro… - dijo correspondiendo alegre el abrazo.
- ¿No me digas que otro dibujo?
- ¡No maestro! ¡Mire! – terminó el abrazo y sacó de su mochila una bolsita de plástico.- ¡Son galletas! ¡Podemos comerlas juntos! – Camus no sabía qué decir. – Usted no ha comido nada y mi maestro Crystal dice "barriga llena, corazón contento". – el francés al oírlo soltó una pequeña carcajada ante la inocencia de su futuro alumno. – No se preocupe maestro, Camus... – abrió la pequeña bolsa y sacó una galleta. – Si usted no se cuida… yo lo haré. – le ofreció una galletita que el santo aceptó para después volverlo a abrazar con más fuerza…
End of flashback
Camus volvió a la realidad cuando una pequeña lágrima cayó sobre el viejo y gran separador manchando el preciado dibujo. Al reaccionar, se secó varias gotitas que ya corrían por sus blancas mejillas, se puso de pie y volvió a guardarlo con cuidado. Después miró hacia la salida para ir en busca de Hyoga, se detuvo cuando pensó en una mejor manera de disculparse y se encaminó a la cocina.
Una hora había pasado cuando el francés finalmente terminó con su tarea: las galletas estaban listas y junto con ellas, el galo estaba dispuesto a disculparse. Repasaba mentalmente las palabras correctas, después de todo, el incidente de la cocina había sido su culpa; tomó la bandeja con las galletas recién horneadas y al sentir la presencia del ruso a las afueras de su templo, decidió alcanzarlo. Al aproximarse, notó que Hyoga no estaba solo. Aquella presencia era de…
- Crystal… - susurró con recelo. – ocultó su cosmos y se escondió tras un pilar para escucharlos.
- Y así fue cómo se destruyó el muro de los lamentos. - finalizó el rubio después de una ardua hora de plática.
- ¡No me digas! ¿En serio? – preguntó fingiendo asombro el Santo de Plata.
- Se lo juro, maestro… - afirmó con la cabeza. – Fue muy intenso…
- Me lo imagino… - sonrió. – En esta hora ya me contaste tu chocoaventura en la saga de Poseidón y posteriormente en la de Hades. (XD)
- Así es, maestro…
- Y dime… ¿cómo te la has pasado con el buen Camus? – preguntó entrecerrando sus ojos.
- Ni me lo recuerde. – rodó los ojos. – ¡Ya no lo soporto! ¡Se la pasa regañándome por todo! – en ese instante, Camus apretó con fuerza la bandeja y siguió escuchando.
- Conmigo también lo hacía… ¿Y qué piensas hacer?
- No lo sé, aún… tal vez deba disculparme con él…. – pensó en voz alta.
- ¡No! No le hagas creer a Camus que él siempre tiene la razón… - le dio unas palmadas en la espalda. – Si fuera tú me retiraría de la competencia y dejaría a Camus solo.
- Pero yo jamás… - Crystal lo interrumpió.
- Shhhhh… Hyoga… sabes que eres como un hijo para mi, ¿verdad? – lo tomó del hombro.
- Y usted también es como un padre para…
¡CRASH!
Un fuerte golpe se escuchó detrás de ellos. Ambos voltearon sorprendidos al ver una bandeja tirada en el suelo al igual que muchas galletas a los pies de un furioso Camus de Acuario.
- ¡Camus! – exclamó el ruso sorprendido. - ¡No es lo que cree, maestro!
- Uy, qué incómodo… - soltó el siberiano fingiendo sorpresa.
- Con permiso… - el francés pasó a lado de ellos sin ni siquiera mirarlos.
- ¡Maestro, espere! – trató de alcanzarlo pero Crystal lo detuvo.
- Piensa en lo que te dije, Hyoga. – y sin más se fue dejando al Cisne en las escalinatas.
Templo de Escorpio
Camus llegaba a la entrada de la octava casa, sin importarle el código de pedir permiso, se introdujo a la sala de su mejor amigo. Al no encontrar a nadie se dirigió a la habitación. Antes de tocar la puerta, escuchó las voces de otros caballeros.
- ¡Ya estoy harto de ver los Guardianes de la Bahía! – exclamó el italiano.
- ¿Bromeas? ¡Es genial! – se defendió el escorpión.
- ¡No veremos Masacre en Texas, Ángelo! – gruñó Aioria. – Recuerda la última vez que la vimos con Shura. ¡El pobre no quiso subir solo a su templo!
- ¡No tenía miedo! – se sonrojó el español. – Me dolían las piernas… estaba cansado y además… había tomado mucho.
- Sí, sí… por eso me pediste que te cargara, ¿verdad? – se burló el cangrejo seguido por risas de los otros dos. - ¡Marica! – las carcajadas se detuvieron cuando escucharon unos golpes en la puerta de la alcoba. Milo les hizo señas de que se callaran mientras se dirigía a abrir.
- Shhh shhh es él… - susurró. – Es Camus… ya sabía yo que no podría estar una semana sin verme…
- ¡Abre de una maldita vez! – gritó Ángelo.
- ¿Quién es? – preguntó con una melodiosa voz.
- ¡Si ya sabes por qué carajo preguntas! – contestó molesto.
- Uy, el cubito se enojó… - comentó burlonamente Aioria. Milo abrió la puerta y cuando lo hizo fue golpeado por una fuerte ventisca provocada por un furioso Camus, el único que alcanzó salvarse fue Máscara que usó a Aioria como escudo humano.
- ¡¿Qué demonios te pasa, Camus?! – preguntó Milo acomodándose el cabello.
- Necesito hablar contigo…
- Anda dime… - le animó su mejor amigo.
- Pero ellos… - titubeó al ver a los otros tres dorados saludarlo alegremente con la mano.
- ¡Ah! No son tan malos, Camus. – lo invitó a pasar y le ofreció una bolsa de papas que habían estado comiendo previamente. – Así como lo ves… - se sentó a su lado. –… Ángelo es bueno dando consejos.
- Bien… - suspiró resignado. – Se trata de Hyoga…
- ¿Qué te hizo ese malagradecido? – interrumpió Milo.
- Si lo dejara terminar, señorita Laura… - soltó Aioria rodando los ojos.
Camus les contó todo, desde la pelea hasta la conversación que había escuchado.
- Y ahora no sé qué hacer. - se sopló el flequillo.
- Yo ya lo habría matado desde hace rato. – comentó Ángelo. – De hecho su rostro se vería muy bien en mi pared. Podrías visitarlo cuando tú quisieras. – finalizó con una tierna sonrisa.
- ¡Te dije que era bueno! – apoyó Milo.
- Enfermo… - Shura lo miró con recelo. – No te basta con la cantidad de rostros regados por todo el Santuario. ¡Coño, Ángelo! ¡¿Era tan difícil agarrar una bolsita y ponerlos ahí?!
- A mí me dijeron "sácalos de tu templo" y yo obedecí. – se defendió cruzado de brazos. – No es mi culpa que no especifiquen ¡Yo no leo mentes! – el español carraspeó.
- Como sea…
- ¿Y qué harías con Crystal, Máscara? – preguntó Milo, curioso.
- Lo pondría al lado de Hyoga… ya saben… las cabezas. – concluyó.
- Muy útil, Ángelo… - opinó el león. – Pero no levantaste la mano, por lo que tu comentario atroz será borrado del acta. – todos rieron menos Camus y un ofendido Ángelo.
- ¡Hablo en serio! - exclamó Camus.
- Yo también… pero como siempre… no me toman en cuenta. – suspiró resignado el cangrejo.
- Ven conmigo, Camus. – Milo lo tomó del hombro. – Y ustedes… - les aventó su disco Blu-ray a la cama. – Vean esto…
- Ah, ya te crees… - soltó Shura. – Como eres el único con Blu-ray en todo el Santuario…
- Pues claro, alguien tenía que ganar la rifa de Athena.
- ¡Es injusto! – se quejó Aioria. - ¡Yo cooperé para comprarlo!
- ¡Todos cooperamos! – gritó molesto Máscara.
- Ya dejen de estar de quejicas… ¡póngalo! – exclamó el escorpión. - ¡Ah! Y por favor disfruten de la alta definición de mi súper pantalla. – presumió.
- ¡Claro! Casualmente también te la ganaste en la rifa. – comentó el español. – No sé como Shion te encargó ponerle nombre a todos los papelitos, caray.
- Es como si tú hubieras escrito únicamente tu nombre… pero eso es imposible… no serías capaz de algo así… ¿verdad, Milo? – inquirió Aioria. – ¿Milo? – el aludido sólo pudo mostrar su lengua divertido.
- ¡Bicho tramposo! – escupió Cáncer. - ¡Te voy a meter tu Blu-ray por el…!
- ¡Vamos, Camus! – lo jaló y ambos salieron de la habitación.
Sala de Escorpio
- ¿Quieres que hable con Hyoga? – preguntó Milo. – Ya sabes… cuando digo hablar… me refiero a golpear… con fuerza.
- No te molestes, Milo. – sonrió a medias. – Fue mi culpa. Lo regañé todo el tiempo… es comprensible que se haya enojado conmigo…
- ¡Ya decía yo que Hyoga era un mal chico! – se golpeó la palma con su puño. – Yo te dije… trae a Isaac pero noooo tenías que traerte al pato chillón. – soltó molesto. – Y Crystal… nunca me agradó.
- ¡Ese Crystal! – se quejó el francés. - ¡Siempre fue un rebelde! – por primera vez en su vida, Camus hizo berrinche. - ¡Y ahora echó a perder a mi Hyoga!
- A pesar de que ese mocoso hace que ya no pases tanto tiempo conmigo… - se recargó en el sofá.
- Por favor, Milo… no empieces con tus celos… sabes que Hyoga es como un hijo para mí y tú eres mi mejor amigo… no los puedo tratar igual.
- Está bien… sé que Hyoga es muy importante para ti y creo que deberías arreglar las cosas con él. Además, tu honor como Caballero Dorado está en juego… ¡no dejes que ese Crystal te derrote en las Olimpiadas!
- ¡Tienes razón, Milo! – Camus se puso de pie seguido por el escorpión. – Vamos… me despediré de los otros y regresaré a mi templo. – ambos amigos se dirigieron a la habitación y se detuvieron al escuchar la voz del español.
- Se ve tan real…
- Eso sí es alta definición… - susurró Aioria.
- Pensaba que no habría nada mejor que ver mis rostros en todo mi templo. – suspiró maravillado el italiano. – Qué equivocado estaba…
- ¿Por qué dices eso, Ángelo? – preguntó Shura aún embobado.
- Podría haberlos grabado y visto en alta definición…
- Qué asco… - respondió sin apartar la mirada del televisor.
Milo y Camus continuaban afuera de la alcoba. – Creo que mejor me iré… - comentó el francés.
- Está bien, amigo. – sonrió y le dio un abrazo de despedida.
- Milo… - habló aún abrazándolo.
- mmmm. – le indicó que continuara.
- ¿Es cierto lo de rifa? – preguntó curioso. – Yo también quería esa televisión… - Milo terminó el abrazo y lo miró divertido.
- ¿Tú qué crees? – entrecerró los ojos.
- ¡¿Cómo pudiste, Milo?!
- Te juro que de los trece papelitos… uno tenía tu nombre. – dijo soltando una carcajada.
- No tienes remedio, Escorpio. – con una sonrisa cómplice se marchó del templo.
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- ¡Apúrese, maestro Shion! – exclamó alegre Kiki mientras esperaba al lemuriano.
- ¡Ya voy! ¡Ya voy! – contestó cansado. - ¡¿A quién se le ocurrió la grandiosa idea de que los Patriarcas deben usar una túnica?! – protestó molesto. - ¡Mira esto, Kiki! Ve lo que sufre tu Patriarca… ¡Por Zeus! ¡Papi Shion también se cansa! – se lamentaba mientras subía con dificultad las escaleras hacía el cuarto templo.
- ¡Ya no se queje maestro, Shion! – Kiki se acercó y lo jaló de la túnica. - ¡Tenemos que ir a tomarle la foto al señor Camus y al joven Hyoga!
- No sé porqué eso no me motiva, Kiki. – soltó el ariano. – Es más, me quitas las pocas ganas que tengo de subir. – avanzaron por los escalones hasta que se encontraron en la entrada del Templo de Cáncer.
- ¡Mire, maestro Shion! – Kiki se acercó con un extraño bulto en la mano.
- ¿Y ahora qué traes ahí? – preguntó acercándose al pequeño.
- Me encontré una máscara… ¡tenga! – el pelirrojo le aventó el objeto y Shion lo atrapó con ambas manos por inercia.
- ¿Pero qué demonios es esto? – preguntó confundido el ariano mayor.
- ¡Qué gracioso, Shion! – exclamó contento. – Se parece al señor Carlos, ¿se acuerda? El de la heladería de Rodorio.
- ¿De qué hablas, Kiki? – cuestionó aún sin ver la dichosa máscara.
- ¡Sí, señor Shion! – señaló a la máscara con su dedito índice. - ¡El que hacía el helado de mameyes que tanto le gusta!
- Se dice "mamey", tontillo…- se rió y alzó al objeto con una mano para verla mejor. – No sé qué rayos tiene que ver Don Carlos con esta cosa…- antes de mirar la máscara volvió a ver a Kiki. – Es una lástima que el señor Carlos haya desaparecido tan misteriosamente justo el día en el que Ángelo bajara al pueblo por helado. – suspiró decepcionado. – Le quedé mal, pobrecito no los pudo probar y se quedó con el antojo… en fin… me gustaría verlo de nuevo y pedirle su receta.
- ¡Mire la máscara para que vea que tengo razón!
- Ta bien, Kiki… ¡si tanto quieres que la vea, lo haré! – en ese momento giró el bulto peludo y se encontró con un rostro con una mueca de dolor. – Mmmm… tienes razón Kiki, se ve tan real… parece que en verdad está sufriendo… a ver… - Shion picó con se dedo la mejilla y cuando lo hizo el rostro abrió la boca mostrando su lengua. - ¡Por los calzones de Hércules! ¡Con un demonio! ¡Sí, es Carlos!
- ¡Démelo, Shion! – Kiki extendió sus manitas y saltó tratando de quitarle la cabeza. - ¡Es mío! ¡Yo me lo encontré!
- ¡Quédatelo! – se lo arrojó asqueado y Kiki lo agarró contento. El pequeño tomó el rostro por los cabellos y de vez en cuando lo aventaba y atrapaba cual balón. - ¡Qué alegría, Patriarca! ¡A mi maestro Mu le va a encantar jugar conmigo y mi nuevo juguete!
- Sí, me lo imagino… - Shion recapacitó unos instantes mientras veía al niño alejarse. – No creo que a Mu le agrade la idea de que Kiki meta eso al templo… - apresuró el paso tratando de alcanzar al pequeño. - ¡Kiki! ¡Kiki! ¡Espérame!
- ¿Qué pasa maestro, Shion? – preguntó el pelirrojo abrazando la cabeza contra su pecho.
- Será mejor que me des eso… - señaló el rostro con asco. – A Camus no le gustará que entres con esa cosa a su templo… a nadie de hecho… tal vez a Ángelo… sí, a él sí…
- Pero Shion… aún faltan siete templos…
- Sí… sí… pero yo te lo cuido para que no te canses… - el Patriarca le arrebató el bulto.
- ¿En serio me lo va a cuidar? – entrecerró sus ojos, desconfiado.
- Claro… no te preocupes… tú sigue caminando y no mires atrás… - sonrió viendo con asco la cara.
- ¡Está bien, Shion! – Kiki se adelantó a los otros templos
- ¡Corre, pequeño! ¡Y recuerda no mirar atrás! – gritó el lemuriano y cuando perdió a Kiki de vista aventó el rostro a lo lejos sin dudarlo, esperando que nunca nadie lo volviera a encontrar.
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Templo de Acuario
Hyoga se encontraba esperando el regreso de su maestro. Al parecer creía que con ordenar toda su colección de libros por orden alfabético haría que Camus lo perdonara o al menos eso era lo que él deseaba. Decidió salir y esperarlo afuera, no dio ni cinco pasos cuando chocó contra alguien, cuando abrió sus ojos se sorprendió al ver el causante del incidente: el mismísimo Camus.
- Maestro Camus… qué bueno que llegó… - suspiró aliviado. Al ver que Camus no le contestaba decidió continuar. – Mire… - señaló el impecable librero. – Crystal siempre me decía que una buena acción compensa una mala…
- Crystal… el mismo que te dijo que te retiraras de la maldita competencia, ¡ah! Y no sólo eso… al que consideras un padre…
- Pero maestro Camus…
- ¡Exacto! Soy sólo TU MAESTRO… nada más que eso… - soltó con rencor. – Ahora si me permites… TU MAESTRO se va a congelar el condenado suelo para practicar… - Hyoga quiso hablar pero Camus ya se dirigía a su jardín trasero.
Esto no salió como yo planeaba. – pensó el francés mientras comenzaba a congelar el suelo. Se detuvo cuando sintió las presencias de Shion y del pequeño Kiki entrando a su templo.
- Maestro Camus… - se escuchó a Hyoga nervioso. – Lo busca el Patriarca.
- El Gran Patriarca, Hyoga. – corrigió acercándose al guardián del onceavo templo. - ¡Vaya! ¡Veo que al fin comenzarán a practicar! – exclamó contento. – Mira nada más, Kiki. – observó al pequeño. – Es exactamente como quiero que tengas tu relación maestro-alumno con Mu. Una relación tan solida y llena de cariño inquebrantable… Ay Kiki, cómo quisiera que Mu viera esto… espero que su relación jamás se vea afectada por los enfermizos celos… ya sabes… yo no estoy celoso de Mu porque pase tiempo contigo y estoy seguro de que él no lo está de mi. Ten en cuenta esto, pequeño… los celos sólo reflejan la inseguridad de uno mismo y pueden destruir las relaciones sin piedad… - miró al galo que le daba la espalda aún congelando el suelo. - ¿Tú qué opinas, Camus? – sonrió.
- Pienso exactamente lo mismo, Shion… - contestó sin mirarlo. – Supongo que todo eso está muy bien… claro, mientras la otra parte no te cambie por otra persona…
- Pues tal vez la otra parte no la cambiaría si esa persona le mostrara un poco de paciencia, pues no todos somos perfectos… - se defendió Hyoga.
- Entonces... déjame entender, Hyoga… - dejó de congelar. – Me estás diciendo que efectivamente… ¡¿Me cambiaste por Crystal?!
- ¿Ves, Kiki? Su relación es tan fuerte que terminan las frases de cada uno… - exclamó sorprendido. – Esperen… ¿qué? ¿Quién cambió a quién?
- Con todo respeto, Shion. – interrumpió el francés. – No se meta… esto entre Hyoga y yo.
- Está bien, Camus. – soltó Shion tomando a Kiki de la mano. – Vamos a la cocina, pequeño. ¿Tienes hambre? – preguntó al niño y este asintió. – Perfecto… yo también. Camus debe de tener helado, ¿no crees?
- Ojala tenga de mameye, Shion.
- Sí, eso espero, Kiki. – se retiraron silenciosamente a la cocina del templo.
- ¡Yo nunca lo cambiaría por nadie, maestro! – exclamó indignado el rubio.
- ¡Claro que sí! – contestó furioso. - ¡Le dijiste a Crystal que lo querías como a un padre y a mí me lo habías dicho primero!
- ¡A los dos los quiero como a un padre!
- ¡Sólo puede haber un padre, Hyoga!
- Maestro Camus… no actué como un niño…
- ¡No me comporto cómo un niño! – se cruzó de brazos. - ¡Todo esto es culpa de Crystal! ¡Yo traté de arreglar las cosas! ¡Me quemé los dedos por hacerte unas galletas y lo primero que escucho es que ya estás harto de mí! ¡Luego me voy con Milo y me entero de que jamás tuve la oportunidad de ganarme esa televisión en la rifa, pues el muy idiota le puso su nombre a todos los jodidos papeles! ¡Ah! ¡Y ahora, Shion se está tragando todo mi helado de mamey… lo último que me dejó don Carlos antes de desaparecer misteriosamente! ¡Carajo, Hyoga! ¡Nada podría salir peor hoy! – para aumentar la frustración de Camus, el ruso comenzó a reír como loco. - ¿Te burlas de mi ahora? – preguntó enojado viendo como Hyoga se acercaba con una enorme sonrisa hacia él. - ¡¿Qué crees que haces?! – calló al sentir el abrazo del rubio.
- Lo quiero mucho, maestro Camus… - sonrió. – Con sus celos y todo. Qué raro… pensé que usted sabía que lo quería más que a Crystal. – siguió abrazándolo. – Lamento haberle gritado… No quise decir todas esas cosas…
- Te perdono, Hyoga…
- Maestro… - reprochó.
- Está bien… yo también lo siento… exageré un poco…
- Entonces, ¿estamos bien? – preguntó el ruso.
- Perfectamente, Hyoga. – se dejaron de abrazar y vieron a Shion llorando como magdalena y a Kiki tratando de consolarlo.
- Ya no llore, Shion. – le limpió las lágrimas con su túnica.
- ¡Dímelo ahora, Kiki! ¡¿A quién prefieres… a Mu o a mí?!
- Pero maestro Shion… usted dijo que los celos eran enfermizos…
- ¡Olvida lo que dije, Kiki! – miró al pequeño. – A mí me quieres como un padre y a Mu como un hermano, ¿verdad?
- Sí, maestro Shion. – contestó el pequeño abrazando al lemuriano mayor.
- Perfecto… - correspondió el abrazo. – Ahora tomemos esa foto. – a lo lejos Hyoga y Camus sonreían al ver la tierna escena. - ¡Ustedes dos! ¡Vengan aquí!
- ¿Qué sucede, Patriarca? – preguntó Hyoga acercándose junto con Camus.
- Espero que Shura y Aioros les hayan avisado que tengo que tomarles una foto para entregársela a Athena… ya saben… Athena y sus locuras de diosa…
- No. – cortó Camus. – No lo hicieron…
- ¡Me lleva! Por alguna razón no me sorprende… ¡todo lo tengo que hacer yo! – gritó molesto. - ¡A ver! ¡Colóquense enfrente y por lo que más quieran… véanse decentes… no como Aioros!
- ¿Pero para qué, Shion? - interrogó Camus.
- Athena quiere tener la foto de todos los participantes junto con sus equipos. ¡Ahora… si me hicieras el favor de ponerte ahí con Hyoga! – señaló el lugar donde debían colocarse.
- ¡Vamos, maestro Camus! – exclamó alegre el ruso mientras lo tomaba del brazo. – Párese aquí, al lado mío… - Camus obedeció y ambos "posaron". Hyoga se encontraba sonriendo a la cámara y el francés estaba cruzado de brazos, serio, y con el ceño fruncido.
- ¡Por favor, Camus! – soltó Shion enfocándolos con el lente. - ¡He visto más alegría en los rostros del Templo de Cáncer! Anda… una sonrisita… - el galo rodó los ojos.
- ¡Vamos, maestro! ¡Sonría!
- Está bien… - dijo resignado tratando de sonreír.
- ¿Ves, Camus? Deberías sonreír más seguido… - y así, Shion tomó la foto… la primera foto decente después del fiasco de Aioros. - ¡Listo! Ahora nos retiramos… ¡Vamos, Kiki! – tomó al pequeño de la mano y salieron del templo.
- ¡Gracias por el helado, señor Camus! – exclamó el niño.
- De nada, Kiki. – se despidió serio. – Bien Hyoga… es hora de entrenar. – miró a su alumno con una sonrisa.
- ¡Estoy listo! – dijo alegre. – Pero necesitamos equipo…
- No te preocupes, Hyoga. – lo tomó del hombro y sonrió. – Aldebarán se encargará de hacer los patines, mientras improvisaremos… haz lo que yo… - Camus tomó asiento y con su mano congeló la suela de su zapato formando una cuchilla de hielo. Su alumno lo imitó.
- ¡Tenemos mucho tiempo! ¡Empecemos a practicar, maestro Camus! – soltó, dirigiéndose con facilidad al jardín previamente congelado por el francés.
- Sí… sí… yo te alcanzo… - contestó Camus intentado ponerse de pie. Observó como Hyoga llegaba a la pista y se deslizaba con gracia sobre el hielo.
- ¡Qué espera, maestro Camus! – el ruso le sonreía mientras daba vueltas en el hielo. El galo al fin se pudo poner de pie pero cuando perdió el equilibrio se aferró fuertemente a un pilar, llamando la atención de su alumno. - No sea modesto, maestro… - se acercó al francés. – Si lo que quiere es no opacarme… no se preocupe… trataré de seguirle el paso… - al ver que Camus seguía aferrado del pilar sin intención de soltarlo y que sus piernas no dejaban de temblar, Hyoga sonrió burlonamente. - No sabe patinar, ¿verdad? – el ruso entrecerró los ojos y el Santo Dorado se sonrojó, avergonzado.
- ¡No digas tonterías, Hyoga! – se defendió con firmeza sin soltar el pilar. – Soy el gran Camus de Acuario… uno de los más poderosos y respetados dentro de la élite dorada…. ¿de verdad crees que YO no soy capaz de ponerme de pie y patinar cómo tú?
- ¿Lo puede hacer? – preguntó divertido.
- No… - miró al suelo. – Ahora ayúdame a ir a la pista… - Hyoga se acercó a su maestro y lo tomó del brazo, tratando de alejarlo del pilar.
– Si soltara el pilar sería más fácil, maestro… - Camus dejó el pilar y se aferró al ruso. – Muy bien, maestro… no me suelte… ya casi llegamos… listo. – Hyoga lo ayudó a ponerse de pie en la pista. - ¿Ve? Ahora intente hacer lo que yo hago. – comenzó a mover las piernas y se deslizó lentamente sobre el hielo mientras Camus lo observaba con atención.
- Está bien… se ve sencillo. – comenzó a patinar y al sentir que ya no perdía el equilibrio, patinó más rápido. - ¿Ves, Hyoga? ¡Pan comido!
- ¡Aprende rápido, maestro Camus! – dijo orgulloso al ver cómo el galo deba vuelta y se acercaba rápidamente a él. - ¿Maestro? ¿Qué hace? ¡Deténgase! ¡Pare, maestro! ¡Frene! – le gritó, pero su mentor se acercaba más.
- ¡Yo no leí nada sobre frenos! ¡Hyogaaaaaa! – demasiado tarde… Camus se llevó a Hyoga consigo y ambos cayeron sobre el duro hielo. El Cisne se aferró con todas sus fuerzas a la superficie mientras el pobre de Camus se deslizaba de panzazo sobre el hielo. - ¡HYOGAAAAAAA! – gritaba alarmado.
- ¡Maestro! ¡Haga algo! ¡Deténgase o chocará con ese pilar! – el ruso señaló asustado al frente.
- ¡¿Qué pilar?! – gritó y miró hacia enfrente y por reflejo lanzó su ataque. - ¡Polvo de diamante! – en ese instante destruyó el pilar pero sin poder detenerse, terminó en los escombros.
- ¡Maestro! ¡¿Está bien?! – exclamó con horror mientras se acercaba y comenzaba a quitar los escombros. - ¿Dónde está? ¡Maestro Camus! – quitó las piedras y el restos del pilar sin encontrar al acuariano.
- ¡Por aquí, Hyoga! – se escuchó al francés saliendo de los escombros y tambaleándose, pues las cuchillas de sus zapatos se habían quebrado, estaba completamente despeinado y lleno de tierra.
- ¡Maestro! – dijo acercándose y sosteniéndolo para evitar que se cayera. – Creo que es suficiente entrenamiento por hoy. – sonrió.
- ¡Pero Hyoga! – respondió aceptando la ayuda de su alumno. - ¡Si acabamos de empezar!
- Aún hay tiempo, maestro. Continuaremos mañana. – soltó adentrándose al templo.
- ¡Hyogaaaa…!
- Además, está muy distraído. ¡Mire lo que le hizo a su casa! Fueron muchas emociones por hoy.
- Está bien… pero no te acostumbres… los siguientes días entrenaremos sin descanso. ¡No dejaré que Crystal me gane!
- Sí, sí... maestro. – rodó los ojos y sonrió. – Le prepararé unas galletas.
- ¿De chocolate? – preguntó ilusionado. – Sabes que me encanta el chocolate…
- De chocolate serán…
- Trágate esto, Crystal… - murmuró el francés victorioso.
- ¿Dijo algo, maestro?
- Nada. Que te apures porque tengo hambre… - contestó sonriéndole a su "hijo" y ambos se dirigieron a su cocina para pasar un lindo momento en familia y después seguir con su entrenamiento.
Continuará…
