Capítulo 4º.- De soldados
Era noche cerrada, cuando Emma traspasó las grandes puertas del palacio. Se alegró de que el manto de nieve que cubría el patio de armas amortizase el ruido que de otra forma habrían hecho los cascos de su caballo sobre las losas de piedra. Varias teas encendidas arrojaban luz y sombras danzantes sobre el lugar. La mayoría de las ventanas del palacio estaban sumidas en la oscuridad, pues casi todos sus habitantes haría rato que se habrían retirado a sus aposentos. Un par de hombres de la guardia de la reina salieron a su encuentro, largas capas negras protegían sus cuerpos del frío relente nocturno.
Uno de los guardias se hizo cargo de su caballo para llevarlo a los establos, el otro la acompañó hacia el interior del palacio, tras saludarse.
—No esperaba a que fueses a llegar a estas horas —comentó el hombre.
—Tenía ganas de estar de vuelta en casa —dijo Emma encogiéndose de hombros y quitándose los guantes oscuros—. ¿Todo bien por aquí, Graham?
—Sí, no ha ocurrido nada importante que señalar —contestó el capitán de la guardia—. ¿Qué tal el viaje y la visita?
Los corredores del palacio estaban envueltos en sombras, con un puñado de fanales dispersos encendidos aquí y allá; las únicas personas que se movían por ellos eran los soldados de guardia y algún que otro sirviente. Los pasos de Emma y Graham resonaron en las paredes y suelos de piedra.
—Bien, un poco más de nieve en los caminos de la que me hubiese gustado, pero sin incidentes. Y la visita no podría haber ido mejor. —Emma sonrió.
—¿Tendremos su apoyo, entonces?
La general simplemente asintió y se detuvo al llegar a la entrada del corredor que conducía a los aposentos reales.
—Buenas noticias. —Graham se paró a su lado y le devolvió el gesto—. Iba a preguntarte si querías que te acompañara a cenar algo, pero veo que tienes otros planes en mente. —Rió suavemente.
—Mejores planes, no te ofendas.
—No lo hago.
—Mañana celebraremos una reunión del consejo de guerra a primera hora e informaré de la decisión que han tomado los clanes.
—Me ocuparé de convocarlos a todos.
—Perfecto. Buenas noches, Graham.
—Buenas noches.
Tras despedirse de su capitán, Emma dirigió sus pasos hacia las habitaciones de la reina; estaba deseando poder entrar allí y sacarse el frío que la cabalgada nocturna había dejado en su cuerpo. Los soldados que montaban guardia a las puertas de los aposentos reales, se cuadraron al verla y Emma los saludó con un gesto de la cabeza; aquellos hombres eran parte de la élite dentro de la guardia de la reina y, aunque solo confiaba plenamente en Drij para la seguridad de Regina, lo cierto era que estos jamás la habían decepcionado. Fueron de los primeros en regresar cuando comenzó a correrse la voz por el norte de que la Reina Malvada había vuelto y que su palacio volvía a alzarse sobre la tierra. Los primeros en volver a jurarle lealtad.
Uno de los guardias le franqueó el paso al interior de las habitaciones y cerró con suavidad la puerta tras ella. La antesala que hacía las veces de cuarto de estar todavía conservaba el calor del moribundo fuego en el hogar. Las pequeñas llamas apenas iluminaban la sala, pero ofrecían una agradable sensación de calidez. Emma se acercó al hogar y dejó que el calor acariciara su rostro y fundiera la nieve helada que todavía seguía adherida a su capa de piel.
—Llegas en silencio como un espíritu de la medianoche, hermana.
—No tan en silencio, si te he despertado. —Emma se volvió hacia Drij, que la observaba sentada desde uno de los divanes, la manta que todavía rodeaba su cuerpo atestiguaba que la cazadora había estado durmiendo hasta hacía un momento.
—Sabes que tengo el oído fino y que nunca duermo profundamente. —Drij se encogió de hombros y se levantó, deshaciéndose de la manta—. Supongo que esta es mi señal para volver a mi habitación.
Emma sonrió de medio lado y asintió.
—A no ser que quieras seguir durmiendo aquí…
—¿Dormir? No creo que tu reina te vaya a dejar dormir mucho esta noche y yo prefiero no tener que oírlo. —Drij le devolvió la sonrisa a Emma.
—Jaja. —Rió la general secamente—. ¿No quieres saber antes que han dicho los clanes?
—No me hace falta. Sé que te han dicho que sí.
—¿Oh?
—La última vez que estuvimos allí, dijiste todas las palabras necesarias para convencer al resto de jefes. Y ya contabas con el apoyo del clan de mi padre, uno de los más importantes. Estoy segura de que todo esto no ha sido más que un trámite para cumplir con la tradición.
Emma volvió a asentir.
—Tu familia te envía recuerdos —dijo y se acercó a su hermana de caza. Se quitó la capa, que dejó sobre el diván y descolgó un cuchillo enfundado, que pendía de su cinturón—. De parte de tus hermanos, por el Solsticio.
Drij tomó el cuchillo y lo sopesó en su mano, los desenfundó y apreció el arte y la maestría con la que la hoja había sido forjada. Era un buen cuchillo de caza, digno de las mejores presas que pudieran cobrarse.
—¿Qué te han regalado a ti? —inquirió devolviendo el cuchillo a su vaina de cuero.
—Un arco nuevo. Lo traía en la silla, así que hasta mañana no bajaré a por él a las caballerizas. —Emma podía estar segura de que nadie trataría de llevarse el precioso arco de madera oscura, las consecuencias por un robo como ese serían más que nefastas para cualquiera que osase ser tan estúpido.
—¿Tuvisteis buena caza?
—Dos ciervos y muchos conejos. Y Ádrad encontró un cachorro de zorro blanco, la madre estaba muerta. Se lo llevó para sus críos. Aunque al principio quería dármelo a mí. Yo le dije que Regina jamás me permitiría tener una «alimaña» en el palacio. —Emma y Drij rieron recordando la última vez que alguien intentó tener un animal salvaje entre los muros de palacio.
El desafortunado había sido Graham, tras recuperar su corazón, volvió un día de los bosques acompañado de un lobo blanco, que parecía seguirlo como un perro a todas partes. El cazador había explicado que era su hermano espiritual o algo por el estilo. Drij y Emma lo habían comprendido, pues no era raro entre las gentes del norte tener animales totémicos que lo acompañasen a uno. Pero Regina no había sido tan comprensiva. En unos términos bastante claros había advertido a Graham que los únicos animales que tenían permitida su estancia en los terrenos del palacio eran los caballos, los perros, los gatos y los animales de granja necesarios para alimentar a los moradores del lugar. Si el cazador no quería ver a su peludo compañero convertido en una pila humeante de cenizas, lo mejor que podía hacer era mantenerlo lejos de allí. Graham y su lobo no tuvieron muchas más opciones que cumplir los deseos de la reina. El lobo volvió al bosque circundante y Graham trataba de encontrarse con él varios días a la semana, por eso siempre tomaba patrullas fuera de los muros de palacio.
—Me pidieron que la próxima vez te llevara conmigo —comentó Emma cuando sus risas terminaron.
—Me gustaría. Pero sabes que siempre estaré dónde me necesites.
—Lo sé.
Ambas intercambiaron una mirada que hablaba de la autenticidad de aquellas palabras, del lazo que las unía. Eran hermanas de caza, un vínculo profundo e importante para la gente de los clanes. Cuidaban la una de la otra y de aquellos que eran importantes para ellas.
—Buenas noches, hermana —dijo finalmente Drij. Le palmeó el brazo y se dirigió a la puerta.
—Que descanses, Drij. Y gracias —se despidió Emma.
Drij sacudió la cabeza y le sonrió una última vez antes de abandonar la estancia. Emma terminó de deshacerse de las armas que llevaba a su cintura; dejó la espada y su cuchillo en un soporte que Regina había hecho colocar en un rincón de la habitación para ello, cansada de encontrarse, según ella, «las armas dejadas de cualquier manera en sus aposentos». Se quitó el justillo de cuero y lo dejó sobre el soporte también. Fue quitándose los brazales, mientras se dirigía a la habitación contigua, el dormitorio de la reina.
La estancia estaba sumida en una negrura casi absoluta, los rojos rescoldos en el hogar eran el único punto de luz, pero no iluminaban más allá de la chimenea. Haciendo el menor ruido posible, Emma se desnudó y se metió bajo las mantas de la gran cama, con cuidado de no sobresaltar a la mujer que dormía en ella. Pero en cuanto estuvo tumbada, Regina rodó hacia ella y se enroscó contra su cuerpo, exhalando un largo suspiro.
—Estás helada —musitó la morena.
—Es una noche fría. —Emma rió suavemente y depositó un beso en la cabeza que ahora descansaba sobre su pecho—. Pero hay una forma rápida de hacerme entrar en calor, ¿sabes? —Rodeó el cuerpo de la mujer con sus brazos y dejó que sus manos vagasen acariciantes por la cálida piel un momento.
—Mmm… ¿Si? ¿Qué puede ser?
Emma sintió los labios de Regina sobre su cuello y un estremecimiento, que no tenía nada que ver con el frío, recorrió su cuerpo. Un suspiro a medio camino de un gemido escapó de sus labios.
—Te lo puedo mostrar… —Dijo unos segundos después, haciéndolas rodar y quedando sobre Regina. En la oscuridad los ojos de la reina reflejaron el brillo rojizo de los rescoldos del hogar—. Cómo te he echado de menos… —susurró Emma, recorriendo con una de sus manos el cuerpo que yacía bajo el suyo.
—¿Tengo que recordarte que fuiste tú la que insistió en viajar allí por un mes y hacerlo sola? —Los dedos de Regina danzaban sobre sus caderas de aquella manera sugerente que encendía su deseo.
—Era necesario. No podemos correr el riesgo de que se sepa más allá del norte quién reina en el Palacio de Invierno… No hasta que comencemos la guerra. Y este ha sido mi último viaje por un tiempo… —Se inclinó hacia delante, en busca de aquellos prometedores labios que podía adivinar expectantes en la oscuridad.
—Eso espero… —musitó Regina segundos antes de que sus bocas se encontraran en un beso que empezó suave y lento, pero que pronto fue tornándose pasional, cargándose del deseo que encendía sus cuerpos allí donde estos se tocaban.
Y durante un tiempo dejaron que fuesen sus cuerpos los que hablasen en aquel lenguaje que no sabía de palabras, sino de caricias, besos, y manos errantes, de suspiros y gemidos, de placer y de no saber dónde terminaba una y empezaba la otra. De sentimientos susurrados a media voz. De sudor y miembros entrelazados. De dos corazones latiendo al mismo compás. Y segundos que duraban una eternidad y eternidades que duraban un segundo.
Emma despertó a la mañana siguiente con los suaves labios de Regina trazando el cisne negro que adornaba su hombro derecho y los dedos de esta recorriendo suavemente las tres viejas cicatrices que cruzaban paralelas y en diagonal su espalda desde el omoplato izquierdo a la cadera derecha. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Aquel si que era un agradable despertar, no importaba que la luz del amanecer aún fuese escasa.
—Mmm… —Suspiró y se volvió hacia Regina, mientras se estiraba con languidez—. Buenos días, preciosa —dijo para después besarla.
—Buenos días, mi caballero —respondió la morena una vez sus bocas se separaron—. ¿Tienes algo bueno que contar a tu reina? —inquirió apoyando el codo en la cama y la cabeza sobre la palma de la mano, la mirada fija en los traviesos ojos verde azulados que tenía frente a sí.
—¿No fueron suficientes cosas buenas las de anoche? —Emma alzó las cejas de manera sugerente y Regina rió suavemente.
—Mucho. Pero no del tipo que nos harán ganar una guerra, amor.
—No sé… A mí desde luego me suben la moral bastante. Pero sí… —Emma hizo a un gesto a Regina para que se acercara más y esta no se hizo de rogar; reposó la cabeza y una mano sobre el pecho de la rubia, mientras que la caballero pasó un brazo por sus hombros y dejó que sus dedos trazaran dibujos sin sentido en la piel de su hombro y espalda. El otro brazo bajo su cabeza—. Tengo buenas noticias, los clanes se unirán a nuestra causa. Enviarán a sus guerreros cuando caiga la primera nieve de primavera.
—Perfecto. ¿Solo sus guerreros?
—Sabes que jamás enviarían a sus cazadores, perderlos significaría morir de hambre. Los guerreros son, hasta cierto punto, prescindibles, pero los cazadores no.
—Hm, supongo que habrá de bastar.
—No te preocupes, aún así contaremos con un incremento considerable en nuestras tropas.
—Eso deja fuera a tu familia, ¿no? —Regina alzó ligeramente la cabeza para ver a Emma asentir y sonreír complacida.
—Sí. Solo Drij me acompañará al frente. Sus padres y hermanos se quedarán en las tierras del clan. —Podría ser un pensamiento egoísta, pero a Emma le daba igual, que su familia quedase al margen de los peligros de la guerra que estaba por venir era lo único que le importaba.
—Bien. En fin, por mucho que me gustaría quedarme en la cama contigo el resto del día, no me equivoco al decir que nos espera una reunión con el consejo de guerra, ¿verdad?
—No te equivocas, no. Graham se iba a ocupar de convocar a los miembros a primera hora. Pero no hace falta que estés presente, sino quieres. Sé lo mucho que te aburren esas reuniones y ya sabes lo que les voy a contar.
—Hm, creo que por esta vez te acompañaré. Tengo que dejarme ver de vez en cuando en esas reuniones.
—Como quieras. —Emma rió, la besó de nuevo y con cierta reluctancia, abandonó el calor de las mantas y el cuerpo de Regina junto al suyo—. Antes tengo que ir a recoger unas cosas a las caballerizas. Y creo que desayunaré con Graham y los demás, necesito saber cómo anda la moral de nuestros chicos y saber cómo va la formación de los nuevos reclutas. Supongo que ya no te veré hasta la reunión.
Emma explicó todo aquello mientras se vestía, muy consciente de los oscuros ojos que recorrían su cuerpo y seguían cada uno de sus movimientos.
—Muy bien, querida. Disfruta con tus amigos soldados. —Regina sonrió de medio lado sentada desde la cama.
Emma sacudió la cabeza, ya vestida, se acercó de nuevo a la cama y volvió a besar a la morena.
—Procura no hacernos esperar mucho para comenzar la reunión —le dijo a modo de despedida.
—Querida, soy la reina, es normal que esperéis por mí.
—Ya, ya, como vos digáis, majestad. —Emma hizo una parodia de reverencia y abandonó el dormitorio entre risas, las suyas y las de Regina.
Era bueno estar de vuelta, pensó la general, y con las cosas encaminándose definitivamente hacia el objetivo que ambas compartían.
Tras el regreso de su general, los días se sucedieron con calma en el Palacio de Invierno. Las celebraciones por Yule, el Solsticio de Invierno y el Paso de Año vinieron y se fueron entre fiestas y la alegría que inundaba durante aquellos días los muros del palacio. Aquel año se celebraron por todo alto, todos conscientes de que el siguiente año podría encontrarlos sumidos en una cruenta y larga guerra contra el Reino Blanco y sus aliados, así que festejaron como si de verdad aquel fuera a ser su último Yule, y tal vez para muchos de ellos fuese a ser así, pues todos sabían que de las batallas que estaban por llegar no todos saldrían con vida. Así que era mejor vivir el presente y olvidar lo que la primavera les traería.
Aquella soleada y fría mañana de primeros de enero, Emma observaba y participaba en las prácticas de una de las nuevas unidades del ejército. Se encontraban en uno de los campos dentro de los terrenos del palacio. La nieve dificultaba los ejercicios, pero los jóvenes soldados sabían que era mejor no quejarse cuando su general se encontraba presente. Emma era conocida por ser estricta durante aquellas sesiones, algo que el propio Sir Aldric Swan le había inculcado.
«Mejor ser duro en la instrucción y el entrenamiento, que después lamentarlo en un combate real.» Le había dicho el viejo caballero errante en cierta ocasión. No es que Emma fuese a lamentar la muerte de aquellos hombres, muchos de los cuales no eran más que rostros anónimos para ella, sino que necesitaba que resistiesen, que su número no decreciese demasiado en las primeras batallas que tendrían que librar. La general iba a necesitar hasta el último de ellos para hacer frente a los ejércitos del Reino Blanco y sus aliados. Los números no estarían del todo a su favor, hasta que no conquistasen alguno de los reinos vecinos.
—¿Cuánto tiempo llevan formando parte de nuestro ejército? —preguntó Emma al soldado que estaba de pie a su lado, era el sargento al cargo de aquella unidad.
—Desde principios de otoño, mi señora.
—Siguen demasiado verdes. —Gruñó la general.
—Son… son muy jóvenes, señora, lo hacen lo mejor que pueden.
—No es suficiente.
—Pero…
—No. Es. Suficiente —repitió Emma fríamente y la cara del sargento palideció notablemente—. Si quisiera simple carne de espadas, simple divertimento, podrían valer. —Se volvió hacia el hombre, la mirada dura y oscura—. Pero necesito guerreros capaces, Claude, que sobrevivan más allá de la primera batalla. —Devolvió su atención a los jóvenes soldados—. Tal y como están ahora, podría vencerlos fácilmente a todos.
Emma pudo oír cómo el hombre tragaba saliva, nervioso, vacilando entre decir lo que pensaba o callar y darle la razón. Optó por lo primero, una decisión que Emma iba a hacerle lamentar.
—Con todo el respeto, mi señora, pero vos contáis con magia, claramente podríais vencerlos con un simple gesto de la mano.
—¿Eso crees? —Una oscura sonrisa de medio lado, que nada bueno prometía, asomó a sus labios—. Muy bien. Llámalos, que se reúnan aquí. —Sacudió los hombros y se deshizo de la capa que cubría su cuerpo, la cota de malla que llevaba bajo la sobrevesta negra y púrpura relució bajo los rayos del sol del mediodía—. Creo que es hora de que entre en calor.
—¿Señora?
—Ya me has oído, Claude. No me gusta tener que repetirme.
—S… sí.
El sargento se volvió hacia sus hombres, llevándose los dedos a la boca, profirió un agudo silbido para llamar la atención de estos y les hizo señas para que se aproximaran. Se detuvieron frente a ellos en cuatro filas ordenadas, de veinticinco hombres cada una. Al menos sabían formar, eso Emma podía reconocérselo.
—Muy bien, soldados —dijo Emma, la mano descansando sobre el puño de su espada bastarda—, seguro que muchos estáis deseando demostrarme lo mucho que habéis aprendido y lo mucho que odiáis estas sesiones de entrenamiento. —Algunas risillas se escaparon de entre las filas—. Estáis de suerte, ese día ha llegado. Vais a poder enfrentaros a mí en combates de veinticinco a uno. ¿Qué os parece?
La general los recorrió con la mirada, algunos parecían ansiosos por comenzar, otros tenían expresiones perplejas en sus rostros y algunos simplemente sacudían la cabeza, como si no pudieran creerlo. Finalmente, unos valientes desenvainaron sus armas y se encararon con ella.
—¡Os esperamos, señora! —gritó una joven con una arrogancia que no iba a tardar en lamentar.
—Muy bien. Primera fila, adelante, veamos de lo que sois capaces.
Emma desenvainó su espada y el acero negro con el que estaba hecha la hoja pareció beberse la luz del sol. Era aquella un arma peculiar, mandada forjar por Regina para ella, por sí sola no tenía cualidades mágicas, pero en manos de la general la cosa cambiaba, pues el acero estaba encantado para responder a la magia de la rubia si ella así lo deseaba. Sin embargo, aquel día no haría uso de ese poder, aquel día los derrotaría con el único talento de su esgrima y habilidad.
Aunque algunos soldados consiguieron ofrecer una resistencia digna, los combates no duraron mucho. Como Emma había predicho, todavía seguían muy verdes y eran incapaces de luchar como un grupo unido, muchas veces estorbándose y entorpeciéndose entre ellos. Sus movimientos eran predecibles y todavía conservaban la rigidez de las posturas aprendidas durante la instrucción. La mayoría carecían de instinto e imaginación. Apenas hicieron uso de triquiñuelas, tan necesarias en los combates sucios de una guerra. Emma ni siquiera tuvo que hacer un gran esfuerzo o servirse de estrategias muy elaboradas para dar cuenta de casi todos ellos. Solo un puñado de cinco consiguieron suponer alguna clase de desafío y la general decidió transferirlos a una unidad mejor, donde pudieran avanzar más rápido.
Para cuando terminaron, cien hombres y mujeres yacían en el suelo helado, muchos entre quejidos de dolor; aunque Emma había tenido la precaución de no herir a ninguno de muerte, lo cierto era que la sangre manchaba la hoja de su espada y rompía la blancura de la nieve en varias zonas. En cuanto a ella, ninguno había conseguido hacerle el más mínimo rasguño. Cuando se volvió hacia un sargento de rostro pálido, sonreía satisfecha.
—Como dije, están demasiado verdes. Si quieren seguir formando parte de este ejército, tendrán que mejorar antes de que acabe el invierno. Si no… —Miró a los derrotados soldados—, tendrán que servir como apoyo a las tropas. Encargarse de limpiar y arreglar armas y armaduras, de los animales, las comidas… Ese tipo de cosas. ¿Entendido?
—Sí, mi general.
Aquello era una humillación, tanto para Cluade, como para sus soldados, que podían verse relegados a los trabajos más denigrantes que sus compañeros quisieran ordenarles. Emma esperaba que tal perspectiva les hiciese despabilar de una vez y convertirse en la unidad que necesitaba en el campo de batalla, aunque tenía sus dudas de que fueran a conseguirlo, cuando se carecía del talento necesario, no había mucho que pudiese hacerse para remediarse y sus objetivos no podían esperar más tiempo.
Recogió su capa de manos del sargento y se disponía a marchar hacia los establos a pedir que le preparasen su caballo, para una pequeña sesión de justas con una de las unidades de caballería, cuando uno de los guardias de palacio vino corriendo hacia ella.
—General Swan —dijo entre jadeos al detenerse frente a ella—. La reina solicita vuestra presencia en la sala del trono.
Emma enarcó una ceja, que ella supiera aquella mañana no había ninguna reunión o asunto que fuese a ser tratado allí, de hecho, Regina raramente usaba aquella sala, prefiriendo otras estancias para mantener las sesiones de sus diferentes consejos.
—¿Qué ocurre? —inquirió Emma echando a andar de vuelta al palacio junto con el guardia.
—Una de las patrullas que recorren el bosque ha traído un prisionero hace unos minutos —explicó el hombre.
—¿Un prisionero? ¿Por qué tanto revuelo? ¿Es un espía? —Emma apresuró sus pasos inconscientemente; si un enemigo de Regina había llegado tan lejos, no quería correr ni el más mínimo riesgo de que escapase o, peor aun, que intentase hacer algo en contra de la monarca.
—La reina ha dicho que será mejor que lo veáis por vos misma, mi señora. —Obviamente, el hombre sabía algo más, pero no estaba muy dispuesto a desobedecer los deseos de su reina y Emma, tras la descarga de adrenalina de hacía un momento, no necesitaba poner al guardia en una situación complicada pidiéndole más información.
Tardaron unos minutos en llegar a la enorme y fría sala del trono, su espacio diáfano y casi colosal hacía difícil calentarla, incluso con todos los hogares que habían sido escarbados en sus paredes. Sus muros y suelos blancos y negros ofrecían un fuerte contraste a los ojos de sus visitantes. Pendones con el nuevo escudo de armas, que Regina había elegido para su nuevo reinado, colgaban majestuosos desde el techo al suelo: sable y púrpura, con una manzana de gules en el centro. La luz de la avanzada mañana penetraba por los grandes ventanales, los gruesos cortinajes recogidos a cada lado.
Regina, envuelta en sus regios ropajes, estaba sentada en el trono de basalto al fondo de la sala, sonreía, pero sus ojos no reflejaban el gesto, contenían una mirada dura y de desprecio que no trataba de disimular. A sus pies, un grupo de soldados rodeaban a alguien que debía estar arrodillado en el suelo. Cuando la reina vio llegar a su general, hizo un gesto con la mano para que los hombres se hiciesen a un lado, dejando a la vista al prisionero que habían llevado ante su monarca.
«La prisionera», se corrigió Emma al ver que se trataba de una mujer de largo cabello moreno, con algunas hebras de plata aquí y allá, las manos enguantadas atadas a la espalda.
—General Swan, creo que os interesará conocer a nuestra nueva «invitada» —dijo Regina al ver la expresión interrogante de Emma.
Al oír a la reina hablar y a alguien aproximándose por su izquierda, la prisionera se irguió cuanto pudo y giró la cabeza para mirar a la general. Emma se detuvo a su altura, la sorpresa evidente en su rostro. Y el reconocimiento.
—Red…
N. de. A.: Este ha tardado un poco más, pero como dije, no creo que pueda mantener un ritmo continuo con este fanfic. No flashback aquí, pero como el especial de navidad era uno en sí mismo, pues... ;) Espero que os haya satisfecho todo ese momento SwanQueen ;D
