Nueva York, 1893

Os sorprendería saber lo que se escondía bajo Nueva York. Era una ciudad bajo una ciudad, con todo lo necesario para vivir: viviendas de piedra, barro y ladrillo, parques, mercados...No había muchas zonas al aire libre por miedo a que los humanos los descubrieran, pero, por supuesto, uno necesita que le dé el aire de vez en cuando, así que las había. Las cartas que llegaban del exterior a través de mensajeros y aves se depositaban en un almacén bajo la Estatua de la Libertad, algo parecido a una oficina de correos. Aunque en el aspecto parecía una ciudad humana, las cosas funcionaban de otra manera allí: el trueque era la moneda de cambio; sin embargo, los monstruos sin recursos no estaban desamparados porque, a fuerza de ser perseguidos constantemente, se habían convertido en los seres más altruistas que han pisado jamás la faz de la Tierra y no dudaban en ayudar a los que tenían problemas. Tener dólares humanos era todo un lujo, permitía adquirir cosas que ellos tenían pero que los monstruos no podían conseguir o fabricar por sí mismos, como telas, aparatos, cables o pelucas para disfrazarse. El problema era que muchos de ellos no podían salir a la superficie, de modo que uno de los muchos empleos que había allí era el de recadero, reservado a aquellos que se podían hacer pasar mejor por humanos.

Aquel era el trabajo perfecto para mí, ya que cubriéndome de maquillaje, prótesis o vendas podía pasar fácilmente por uno. Los humanos creían que había sufrido un accidente o que tenía frío, pero no sospechaban nada y me vendían lo que los monstruos me habían pedido sin problemas. Ellos estaban encantados de tener un monstruo tan humano. Si se piensa detenidamente, podría decirse que, de hecho, lo era, pero yo ya no lo sentía así; me sentía muy incómodo con la gente de mi misma especie y sólo deseaba terminar mi trabajo para apartarme de ellos. Me pagaban dándome alojamiento y comida. Yo estaba encantado porque no me hacía falta nada más.

Tenía tanto que agradecerle a aquellas criaturas que dediqué mis ratos libres a darles asistencia médica, dando uso a lo que había aprendido en mis tres años en la facultad de Medicina. Realmente lo necesitaban: los monstruos estaban obligados a vivir en condiciones deplorables y sufrían los ataques de los humanos. Llegué a ver de todo: disparos, mordeduras de perro, quemaduras graves, enfermedades desconocidas para los humanos, monstruos devorados por sus congéneres en cuanto habían dejado de respirar (o no)...No era muy agradable, pero me ayudó a hacer amigos.

Unos de ellos me invitaron a pasar el año nuevo con ellos, al ver que estaba solo. Se llamaban Lily y Marcus, y eran hermanos esqueletos de la época colonial. Como no tenía más planes que leer, acepté, pero antes me pasé por la oficina de correos para ver si tenía noticias de mis amigos de Transilvania. Sí, tenía cartas de todos ellos. Antes de vestirme para la cena, les eché un vistazo.

Murray me felicitaba la Navidad, a pesar de que creía en otros dioses.

Frank y Eunice me mandaban recuerdos desde su molino en Suiza.

Wanda me había hecho galletas, pero Wayne y el cuervo mensajero se habían comido la mirad.

Y, finalmente, un grabado de Dracy Martha posando abrazados el uno al otro que había hecho ella misma. Leí la dedicatoria. Cuando lo hice, sonreí.

Martha estaba embarazada.