DISCLAIMER:
Los personajes son de la querida señora Meyer, todo aquel personaje que no reconozcan es de mi propiedad.
El auto que nos iba a atropellar esta volteado y el hombre que está adentro esta inconsciente. Corro hasta donde está y miro más de cerca. Su ceja y labio está abierto y sangra mucho. ¿Cómo? Ese cuestionamiento invade mi mente. Carlie se acerca hasta donde estoy y mira con horror la escena.
—Carlie, vamos por ayuda. ¡Corre!
Carlie asiente y corremos hasta la primera casa que vemos, tocamos con desesperación hasta que una señora de mediana edad nos cuestiona que nos pasa de manera molesta pero cuando levanta la vista sale disparada al interior de la casa.
—… Si, deben mandar una ambulancia de urgencia—dice acelerada la mujer —. No, debe ser de inmediato.
Se escuchan pasos y la mujer nos ve, en su cara se ve la duda sobre lo ocurrido pero parece no estar convencida de preguntarnos. Por su frente empiezan a bajar gotas de sudor y su respiración es acelerada.
— ¿Qué hicieron? — ambas nos encojemos de hombros— ¿Si saben las consecuencias de estar involucradas en algo así?— dice apuntando al auto, por el otro lado sale una ambulancia— Desempolvaran esa sala y ustedes serán las principales sospechosas.
Trago saliva sonoramente pero a Carlie no parece afectarle y, nos es porque no le interese, si no, es porque no le he dicho. A lo que la señora se refiere es al Salón de la Justicia. El Salón de la Justicia es el lugar en el cual se realizan los juicios y, si terminas siendo culpable, te exilian, te envían a Londres a un reformatorio de alta seguridad pero si, por algún motivo, solo haces pequeños daños, solamente te prohíben volver a Tiverton.
Si nos incriminan a Carlie y a mí y logran encontrarnos culpables, no quiero imaginar que nos pasara. En la correccional no aceptaran a Carlie, sin embargo aun queda el exilio y no puedo pensar a Carlie varada en medio de la nada.
La mujer nos mira de reojo y suspira, en sus ojos verdosos puedo ver una pisca de lastima hacia nosotras:
—Niñas, corran— nos dice la mujer—. Yo nunca las conocí, ni las vi. El hombre— dice apuntando al hombre que es puesto en una camilla—, choco contra algo y se dio la vuelta. Ahora corran antes de que la señora Stanley las vea.
Asentimos y corremos poniendo empeño en cada paso que avanzamos. De un momento a otro mi collar con la llave de la casa cae y freno, Carlie lo hace pero le pido que se marche.
—Te alcanzare pronto.
Se da la vuelta y sigue corriendo. Llego hasta donde esta mi llave y la tomo, me doy la vuelta y alguien me toma bruscamente del brazo, grito del miedo y me volteo a ver quién es. La señora Stanley va vestida como siempre, una falda que llega hasta los tobillos, zapatos negros y camisas de botones con las mangas largas. Como toda fanática religiosa, en su cuello lleva dos rosarios y aretes en forma de cruz en sus orejas, veo su diminuto pelo lacio.
—Te tengo, bruja— exclama.
—Suélteme.
La mujer saca un pequeño celular Nokia de su bolso y marca un número, espere un instante y alguien del otro lado contesta:
—La tengo… Los veo en el Salón de la Justicia en cinco minutos… Adiós.
Trago saliva sonoramente y la señora Stanley me lleva arrastrando. Dios no. El Salón de la Justicia, no. Me siento mal, pero me reconforta la idea de que nadie sospeche de Carlie. Camino forzosamente, haciendo que ella se desespere, me zarandea y hace que camine más rápido, de seguro tendré una gran marca en la mañana. La gente que estaba viendo como remolcaban el auto nos miro a ambas, ella iba con paso decidido, mientras yo miraba a todos implorando ayuda.
La mujer abre de un golpe la puerta del enorme lugar. Tiene un estilo rustico y un candelabro cuelga del techo, el juzgado está conformado por el Consejo de Tiverton. Miro los asientos de madera y noto el polvo que hay en él, y como no. La última vez que usaron esta sala fue cuando creyeron encontrar al responsable de un robo de relojes que paso tiempo atrás., el hombre fue enviado a una cárcel en Londres por haber asesinado a tres hombres y por haber robado más de treinta relojes.
Los hombres y mujeres presentes nos miraron de reojo y la señora Stanley me sienta en una silla que está al frente de toda la gente. Miro el lugar desde mi lugar y se oye un martillazo a mi lado, un hombre mira atentamente a la señora Stanley y le dice:
—Espero que tengas pruebas para lo que afirmas. Todos hemos dejado algo inconcluso por tu llamada.
—Oh, claro que tengo pruebas— asegura apuntándome con su dedo—. Tengo pruebas desde que su madre piso Tiverton. Las tengo.
—Entonces habla.
—Como todos saben, Isabella es una niña muy rara, no se diga de sus marcas de nacimiento y, debo decir, que me resulta raro que no tenga los ojos de su madre o los de su padre…
— ¿Eso que tiene que ver? — mascullo enojada.
— ¡Silencio! —me contesta—. Como les decía, Isabella a estado involucrada en muchas cosas que la incriminan y dan motivos para creer que es una bruja y una amenaza para todo el pueblo…
—No soy bruja.
— ¡Que te calles! —me grito—. Desde remotos tiempos, el Consejo de Tiverton, se ha encargado de tomar medidas antes grandes amenazas que puedan alterar el orden de nuestro bello pueblo y, yo digo—dice apuntándome—, que ella es una amenaza. En tiempos pasados quemábamos a todo aquel que se daba por brujo, ahora, nos hemos apiadado de ellos permitiéndoles vivir, sin embargo se les prohíbe la entrada a Tiverton de manera permanente.
Oh no. Empezó a hablar de exilio. La bruja aquí, metafóricamente, era otra.
—Y yo tengo pruebas para demostrar que ella es una de ellos—prosigue—. Como todos sabemos, los padres de la señorita James murieron en un trágico "accidente automovilístico" —dice haciendo comillas con sus dedos—, sin embargo nunca se encontró dichoso auto, solo los cuerpos…
— ¡Con mis padres no se meta!
— ¡Silencio! —dice el hombre de tés morena—. Señora Stanley, prosiga.
—También sabemos que Isabella tiene marcas de nacimiento, las más peculiares que he visto. Iguales a las que portaban las brujas del antiguo Tiverton.
En eso tenía razón. La última vez que nos dejaron un proyecto yo tuve que investigar sobre ello y, ciertamente, las brujas que estaban en la hoguera, tenían en la muñeca una marca, no todas eran iguales. La única diferencia era que eran más grandes y por ellas, dependiendo lo que eran, se hacían cruces de diversas cosas. En algunas había flores y a un lado podía haber algo parecido al fuego o a la tierra. Debo admitirlo. Punto para Stanley.
—También la señorita Swan ha sido involucrada en diversos atentados de gran magnitud. Tales como romper un espejo si tan siquiera haber portado algo que lo provocase, ir a altas horas de la madrugada al cementerio y, el más reciente, el accidente de auto en el que estaba involucrada con una niña cuya identidad desconozco. Y, minutos antes, las vi salir a ambas de la tienda de la loca que se cree adivina.
Los murmuros se empezaron a oír en la sala. Si el Consejo se ponía de su lado yo terminaría exiliada. Me empecé a comer las uñas y el hombre que estaba a un lado mío empezó a dar martillazos y a pedir silencio.
— ¿El consejo ya tomo una elección? —cuestiono el hombre.
Una mujer de veinte y tantos se levanto de su asiento y pronuncio:
—Después de escuchar las pruebas de la señora Stanley, el consejo encontramos a la sospechosa, Isabella Swan, culpable del caos provocado últimamente en Tiverton.
— ¿Y no me dejaran hablar? Si va a ser un juicio que sea limpio. ¡Exijo un abogado!
—Ya lo tienes, preciosa.
Levanto mi vista y veo a un hombre rubio a lo lejos. Es alto y delgado, sin embargo es musculoso. Llevaba una camiseta de lana y un pantalón negro. Camino hasta donde el consejo y saludo a todos los presentes, llego hasta donde el juez y le estrecho la mano. Se dirigió a donde estaba y me beso los nudillos, se acerco a mí y me susurro:
—Tú tranquila, hermosa. Edward me dijo como te trataba la verdadera bruja— suelto una risita—. Nos vamos en cinco minutos.
— ¿Qué quieres, Cullen? — dice claramente molesta la señora Stanley.
—Bájale a tu enojo, monja— dice el hombre que de seguro es el padre de Edward—. Bien, ¿Cuál es el problema?
—Hablábamos acerca del exilio de la bruja de Swan, Carlisle.
— ¿Bruja? — cuestiona divertido—, ¿esta bella niña es una bruja? Has perdido tu cordura, Carlota.
Con que su nombre era Carlota. Hombre, le debía un inmenso favor, siempre me carcomía la duda de saber cuál era su nombre.
—No la perdí, Carlisle. Tengo pruebas que demuestran que ella es bruja.
—Las quisiera oír.
—Rompió un espejo sin hacer nada.
—Eso es fácil de explicar. Por el conducto de ventilación hay una gran presión, una piedra, palo o incluso el mismo viento, si sabes que el aire puede tener mucha presión, ¿o no, Carlota?
Ella lo miraba estupefacta, había logrado dejar sin palabras a la señora Stanley. ¡Ja! Lo admiro profundamente.
— ¿Y me puedes explicar lo del auto?
—El auto iba a una gran velocidad y al ver a la niña ahí, pudo dar una vuelta demasiado brusca, lo que provoca que diera la vuelta.
Los murmuros del consejo se escucharon en toda la habitación.
— ¿Y cuándo va de noche al cementerio?, ¿eso como lo explicas?
—Creo que eso a mí no me toca explicar.
Carlisle voltea a verme junto con todos los presentes, me aclaro la garganta y digo:
—Como saben, mis padres murieron. Mis padres están enterrados en el cementerio. Todas las noches, cuando tengo pesadillas, voy escribo con ellos, solo porque siento que le escribo a la nada si lo hago en la casa hogar.
Todos se callaron, Carlisle me miraba esbozando una sonrisa. Sabía que los había puesto en su lugar, levanto su dedo pulgar y sonrió mostrando sus lustrosos dientes. Sonreí ante su expresión y la borre rápidamente.
—El señor Cullen tiene buenos puntos, Carlota.
— ¡No los tiene! — exclama frustrada— Entonces explica sus marcas de nacimiento.
Se hizo el silencio mas incomodo que haya sentido. Carlota sonreía plácidamente al darse cuenta de que nadie decía nada. Decidida me baje del estrado y camine a donde ella, la mire fijamente y le reclame:
—Mire, Carlota. No sé que tenga contra mí y me importa un pepino porque sea. Existen marcas de nacimientos más raras que las mías y no creo que esto la deba preocupar. No soy bruja, no fui bruja ni lo seré. Consígase una vida o vigile a su hija, ¿si sabe que la suspendieron?, ¿Qué me golpea? La verdadera bruja en todo Tiverton son usted y su hija.
La mujer enfurece y me golpe en la cara. Hace que enfurezca yo también. Carlisle me mira preocupado y grita:
— ¡Bella, no!
Pero es demasiado tarde, la ira me nubla la vista y miro a la señora Stanley con odio. Estiro el brazo y lo elevo haciendo que ella también suba, todos me miran estupefactos y yo lanzo a ella hasta las butacas haciendo que se muevan junto con ellas.
—Genial, Bella. Tendré que borrarles la mente— dice el.
Levanto la ceja y el hombre se toca la frente con la mano izquierda, en ella tenía una marca de nacimiento, nunca se la vi. Al hombre le cambiaron los ojos, eran de un color azul como el cielo que pronto se pusieron de un color blanco brillante. Alza las manos y miro como los ojos de todos los presentes se tornan blancos y una fina y traslucida luz sale de sus mentes. Carlisle cierra los ojos y los hombres caen rendidos.
Miro pasmada la escena y el hombre me ve, hace un gesto y me pone un brazo en mí hombro suspira y después de unos segundos dice:
—Aun no estás lista— miro su marca de nacimiento, en ella hay un ojo en el medio y a su alrededor hay otras cosas un poco más pequeños conectados por lo que parecen tallos con espinas—. Tendrás que olvidar todo.
Me paralizo y me asusto. Los ojos de Carlisle se vuelven a tornar blancos y no veo nada, la mente se me nubla y mis recuerdos van de reversa. Después de unos minutos, no recuerdo nada. Nada de lo ocurrido.
PD: El verdadero nombre de la mama de Jessica no se si sea Carlota, a mi me gusto ese nombre.
Ya salio Carlisle, pero en esta istoria no sera el padre de Edward, si no su tío. (Por si las dudas)
No olviden dejar RR. Acepto criticas constructivas, no insultos.
PD2: Hablo enserio con lo de RR, no sean malos nada les cuesta.
PD3: Si va a haber romance, pero aun no, no desesperen. Primero debe descubrir el secreto y, cuando Edward le enseñe a controlar su poder, habrán chispas.
Anna
