GLOSARIO;
Daré una breve explicación de lo que son los inquisidores. (aunque, supongo que si han llegado hasta este punto de la historia, ya han de saberlo, pero, por si las moscas pondré de todas formas un poco de información).
Inquisidor: Es un juez del tribunal de la inquisición. Su labor, residía en extirpar la herejía religiosa y otros asuntos rechazados rotundamente por la iglesia católica. Muchos métodos fueron utilizados para el castigo que aplicaban, entre ellos las más terribles residían en las condenas de muerte, utilizando métodos inhumanos para torturar y matar a quien fuere considerado un peligro para la fe religiosa. Herejes, brujas y homosexuales, fueron las principales víctimas de lo sanguinario de los inquisidores.
Aclarado aquello, les dejo con el capítulo. Espero sea de vuestro gusto. ~
Algunos servidores ya estaban de pie temprano por la mañana. El Palacio, era un total desastre. Las cerámicas del suelo estaban notoriamente pegajosas, manchadas e inclusive, algunas quebrajadas por la cantidad de personas presentes la noche anterior. Casi no había presencia de guardias reales, sólo unos pocos merodeaban con los ánimos cansados, por las dependencias de la sala principal.
Yuuri Katsuki, era uno de los pocos servidores encomendados para la limpieza de la sala principal. Con una escoba en mano, inició sus labores de limpieza. El japonés, se encontraba absorto en sus pensamientos, mientras cogía la basura de una de las esquinas.
— Yuuri, has hecho de esta noche la mejor de mi vida.
— Tú también, Viktor. Gracias por permitirme conocerte.
Una sonrisa de forma sutil se asentó en sus labios. Cierta melancolía era visible en la fineza de sus rasgos. La inseguridad y la incertidumbre se adhirieron en sus sentimientos.
¿Y si realmente, lo de anoche no fue más que algo efímero?, las sonrisas, las palabras, las caricias de una noche, que se esfuman con lo fugaz de los cuerpos celestes que cruzan por el cielo en la oscuridad, en ausencia de la luz.
Yuuri lo sabía. Sabía que, era probable que, Viktor no volviese a aparecer ante sus ojos después de la noche anterior, en la que ambos, compartieron momentos de confianza y franqueza, a pesar de haber sido tan sólo una noche.
Porque...
En tan sólo una noche, Viktor... había encantado por completo a Yuuri.
Y Viceversa.
Y Yuuri, estaba preparado para aceptar el hecho de que, aquello con Viktor, habría sido algo momentáneo, algo tan breve y fugaz, pero que... había dejado en el alma de Yuuri, una marca de fuego que decía;
''Necesito más de Viktor''.
Un profundo suspiro fue emitido por sus labios. Un sentimiento de resignación fue invadiendo de forma progresiva en su corazón. Entonces Yuuri, sintió que, la tristeza allanaba en su alma.
— ¡Oye, no puedes entrar así como así a este lugar!
Escuchó Yuuri exclamar a uno de los guardias reales. Rápidamente voltea hacia el lugar de dónde había provenido tal grito. Y entonces, pudo verificar de quién se trataba.
— ¡Piérdete, viejo! — exclamó el joven que, intentaba pasar por debajo del guardia — ¡he sido enviado por mi jefe!
— ¿Tú jefe? — preguntó el guardia, escéptico, reteniendo al menor aún, en la entrada.
— Sí. Me ha enviado para traer textiles al rey y hacer la medición a las cortinas sucias. ¿Hay algún problema con eso, viejo? — dijo de forma insolente el menor, posando ambas manos en su cintura, signo de la impaciencia que le invadía de forma progresiva.
— Hey, cuida tus malditos modales, estás hablando con un guardia real, niñato. — dijo entre dientes el guardia.
— ¡Blablabla! — respondió el muchacho — el rey ha solicitado esto, así que déjame pasar. — demandó, frunciendo el ceño.
El guardia, con la mirada penetrando en el semblante del despreocupado menor, sólo pudo limitarse a emitir un molesto bufido, para acto seguido, moverse hacia un costado, dejando entrar al muchacho.
Yuuri, descolocado ante la insolencia del menor, sólo pudo observarle por el rabillo del ojo, con cierto temor.
Se trataba de un muchacho de baja estatura, con ropajes propios de los aldeanos. Una camisa blanca, pantalones cortos sujetados por dos suspensores hasta sus hombros y zapatos bien lustrados, eran visibles en él. En realidad, para ser un aldeano, parecía muy bien vestido.
Rápidamente, se dirigió a las sucias cortinas. De forma hábil, empezó a realizar las mediciones, extendiendo algunas huinchas que traía consigo. El guardia, no despegaba su vigilia del accionar del menor.
— Hey, servidor.
Espetó fuertemente el guardia real, llamando la atención a Yuuri. Éste, se voltea temeroso ante el llamado.
— ¿S-sí, señor?
— Debo ir a realizar vigilancia a otro sector del palacio, échale un ojo a este mocoso. No se ve peligroso, pero de todas formas vigílalo.
Ordenó. Y ante ello, el japonés sólo se limita a asentir con su cabeza. El guardia, lanza un bufido de molestia, para luego, retirarse de la sala principal.
Yuuri, apenas giró su vista hacia el muchacho, el que, sólo se limitaba a realizar las mediciones de los cortinajes, sin tomar atención a su alrededor. Ante la aparente indefensa presencia del muchacho, Yuuri vuelve a tomar atención a sus labores.
— Cabello negro, tez blanca, ojos rasgados y pesa más de lo normal. Umh... sí, ha de ser él.
Meditaba el muchacho recién llegado, mirando de reojo a Yuuri, quien, se hallaba de espaldas a él. Convencido a que, se trataba del joven al que buscaba, entonces se atrevió a articular;
— ¡Hey!
Ante el fuerte llamado, el japonés volteó hacia el menor, curioso.
— ¿Sí?
— ¿Eres tú Yuuri Katsuki?
— Sí... — respondió él, arqueando ambas cejas, ante la sorpresiva pregunta del muchacho.
Una tenue sonrisa se dibujó en los labios del menor. Rápidamente, mira hacia ambos costados, verificando la ausencia de guardias reales por las cercanías. Una vez hecho aquello, se acerca a paso apresurado hacia Yuuri.
— Te he encontrado más rápido de lo que creí. — dijo, metiendo una de sus manos al bolsillo.
— ¿Q-qué? — preguntó Yuuri, sin entender las palabras del menor.
— Cierra la boca y recibe esto. — dijo con hostilidad, extendiendo una carta sobre la mano del japonés.
Yuuri, miró detenidamente la mano extendida del menor. Cierta desconfianza se asentó en la expresión de su rostro.
— ¡Sólo tómala, gordo! — exclamó el muchacho, hastiado.
— ¡B-bien! — Y entonces Yuuri, leyó el sobre de aquella carta, que decía;
''Para mi gran y único amor; Beka.''
Una expresión de confusión se dibujó en el rostro del japonés. Al parecer, aquel muchacho le estaba confundiendo con alguien más.
— Creo que te has equivocado. — murmulló — yo no soy ese tal Beka.
Ante lo dicho por Yuuri, el rostro del muchacho se deformó por completo. Sus ojos se abrieron perplejos y su boca se retorció de una forma graciosa. La pálida piel de su rostro se pigmentó de un intenso carmín.
— ¡Dame eso! — exclamó en un grito desgarrador, arrebatando a Yuuri de las manos aquella carta, en un violento movimiento.
— ¿Para quién es eso? — preguntó el japonés, ladeando su cabeza.
— ¡Eso no es de tu incumbencia! — respondió él, guardando de forma torpe aquella carta entre sus ropajes.
— ¿Es para tu novio...? — susurró Yuuri, con una sonrisa burlona en sus labios.
— ¡Cállate, grandísimo cerdo! — exclamó el muchacho, con su ceño totalmente fruncido y su voz pendiendo de un hilo.
Con movimientos nerviosos, empezó a revisar entre sus ropas de forma incesante, buscando aparentemente la carta que correspondía a Yuuri. No tardó mucho más buscando, hasta que, encontró la carta.
— Me había equivocado. — murmulló, avergonzado — esta es para ti. — dijo, desviando su mirada y extendiendo su mano.
Y entonces, Yuuri pudo ver una carta diferente extendida hacia él. No lo pensó mucho más, y, prosiguió a tomarla entre sus manos.
''Para el dulce jovencito que robó mi sueño ayer por la noche; Yuuri Katsuki.''
Podía leerse en el sobre. Un aguijonazo de alegría cruzó por el pecho del japonés. De forma instantánea, una sonrisa se delineó en sus labios. Un leve sonrojo se coloreó en sus blancas mejillas.
— E-esta carta, es de...
— Sí. Es de Viktor. — interrumpió el menor, apenas dirigiendo su vista a Yuuri, por la vergonzosa confusión de hace un rato.
— Gra-gracias... — murmulló por lo bajo, acurrucando el sobre hacia su pecho, reconfortado.
Ante la reacción de Yuuri, el menor no pudo evitar sonreír de forma leve.
— También te ha enviado esto. — interrumpió — tómalo.
Rápidamente, el muchacho extiende sobre la mano de Yuuri una pequeña artesanía. Se trataba de una avecilla tallada en madera. Un particular brillo se dibujó en los ojos del japonés, enternecido ante aquel detalle por parte de Viktor.
— Es todo, yo ya debo irme. — musitó el muchacho, volteándose y decidido a retirarse del lugar.
— ¡He-hey! — le detuvo Yuuri, tomando ligeramente de sus ropas.
— ¿Qué quieres? — espetó de forma impaciente.
— ¿Cómo te llamas?, ¿quién eres?
El muchacho, rodó sus ojos con molestia. Se cruzó de brazos.
— Yuri Plisetsky. — respondió, con el ceño fruncido, lo que al parecer, era su expresión natural.
— ¡Tenemos el mismo nombre! — exclamó Yuuri con cierta emoción.
— Ya sé. — escupió el muchacho — qué asco.
Ante aquello, el japonés sólo se limitó a sonreír nervioso. De cierta forma, empezaba a acostumbrarse a la hostilidad del menor.
— Gracias, Yuri. — susurró, con una sonrisa enternecedora en sus labios.
— Está bien. Nos vemos. — respondió sin más, para luego, salir rápidamente del palacio.
Yuuri, sintió su alma reconfortar ante aquella carta escrita por el puño y letra de Viktor. Por un momento, sintió decepcionarse de sí mismo, al pensar siquiera el hecho de que Viktor le olvidase. Empezó a temblar de las ansias, y, rápidamente, se dirige al cuarto de Phichit, decidido a leer la carta en privacidad, de lo contrario, si lo leía en el cuarto con los servidores, ellos se darían cuenta de lo que ocurría.
— ¡Phichit!, ¡abre la puerta! — susurraba Yuuri, golpeando de forma incesante en la habitación de su amigo.
— Ya...ya voy... — escuchó apenas una respuesta del interior de ella.
De pronto, la puerta se abre de forma leve. Al descubierto, queda el rostro de su amigo, quien, se notaba notoriamente cansado y con el letargo golpeando en su somnoliento rostro. Yuuri, entra rápidamente a la habitación, no dejando siquiera dilucidar bien al moreno, de quién se trataba.
— ¿Yu-Yuuri? — articula apenas, abriendo apenas sus cansados ojos.
— ¡¿Quién más si no?! — exclamó el japonés, divertido — ¡es tarde, deberías ya despertar! — dijo, sentándose en un borde de la cama.
— ¿Qué ocurre? — preguntó el tailandés, notando como la ansiedad era visible en su amigo. — ¿y eso?
Ante la pregunta de Phichit, el japonés intenta ocultar la carta bajo su manga, nervioso.
— N-no es nada... — responde.
— Yuuri... — susurra Phichit, notando de inmediato la sospechosa actitud de su amigo — dímelo, ahora mismo. — demandó.
— Te... te estoy diciendo la verdad...
Phichit, de un movimiento instantáneo, se posa cerca de Yuuri, dejando su rostro a tan sólo unos centímetros del de su amigo. Su vista se clavó de forma penetrante en la del japonés, sin siquiera pestañear. Yuuri, desvía su mirada de inmediato, con los nervios a flor de piel. Es entonces cuando Phichit, se percata de la situación.
— Me estás mintiendo.
— N-no, Phichit...
— Lo estás haciendo.
Y Yuuri, sin poder ocultar la ansiedad que invadía su cuerpo, sólo pudo limitar su proceder a lanzar un bufido, frustrado. Él, simplemente no podía ocultar nada a Phichit, por más que así lo quisiera. De alguna u otra forma, el tailandés siempre lograba percatarse de la situación.
— Bien, bien... — musitó — sí, hay algo que... debo contarte. — dijo por lo bajo.
— Soy todo oídos. — respondió el moreno, apoyándose en la pared y cruzando sus brazos.
Yuuri, tragó saliva antes de iniciar su confesión. Con sus manos temblorosas deslizaba sus dedos por el borde del sobre, ansioso.
— Anoche conocí a un hombre. — dijo seco, sin dirigir su vista a su amigo, el que, sostenía su vista clavada en su nervioso semblante.
— ¿Ajám?
— Y...y... — se detuvo, con los nervios punzando en su sien — creo que...creo que... me...
— Dilo.
— ...Me gusta.
Un lúgubre silencio se asentó entre ambas presencias. Yuuri, no quería siquiera ver el rostro de su amigo, del solo hecho de imaginar cuál sería su reacción después de lo dicho.
— ¿Es todo?
Se oyó por aquel pequeño ambiente. Yuuri, arqueó ambas cejas, confundido. La aparente reacción de su amigo, causaba cierta gracia en él.
— ¿Q-qué quieres decir...? — preguntó el japonés, desconcertado ante la calma de Phichit.
— ¿Para decirme algo como eso es que montas el espectáculo? — preguntó el tailandés, arqueando una ceja — es como si me estuvieses confesando un crimen, Yuuri.
— Pe-pero, somos hombres, nosotros...
— ¿Y eso qué?
Espetó con cierta molestia, ante la ansiedad de su amigo. Yuuri, desvió su mirada, con vergüenza.
— Pensé que tendrías alguna objeción al respecto...
— ¡Claro que no! — exclamó — ¡lo que a ti te haga feliz, me hará feliz a mí! — una gran sonrisa se deslizó por sus labios.
— Phichit...
Yuuri, sintió nuevamente una decepción asentarse en él. No sólo había desconfiado de Viktor, sino que... también había desconfiado de su amigo, al pensar que él tendría algún prejuicio al respecto. Un cálido abrazo unió a ambos, de forma cariñosa.
— ¡Eso sí!, ¡estoy enojado porque no me lo dijiste antes! — exclamó Phichit, frunciendo su ceño.
— ¡¿Cómo querías que te lo dijera, Phichit?! — preguntó el japonés — ¡si anoche no te vi por ningún lado después de...!
Y Yuuri, paró en seco ante lo que diría. Abrió sus ojos perplejos al recordar la ausencia de su amigo. Había algo que, llamaba profundamente su atención al respecto.
— Phichit... — susurró, con la seriedad rodeando su timbre de voz.
— ¿Q-qué ocurre...?
— ¿Dónde estuviste anoche? — preguntó, clavando su vista en la de su amigo, el que, se tensaba con el pasar de los segundos.
— ¿E-en dónde estuve... anoche? — repitió Phichit, notando a lo que su amigo pretendía llegar.
— Sí. Quiero saber dónde estuviste. — espetó — porque acá en tu habitación no estabas. Vine a buscarte y jamás respondiste.
Los ojos del moreno se desviaron de forma instantánea. Sus labios se torcieron y la expresión en su rostro evidenciaba su nerviosismo ante tal pregunta. Con la ansiedad golpeando su rostro, Phichit empezó a juguetear con sus manos, inquieto.
— Sa...salí por ahí. — respondió, con su voz pendiendo de un hilo.
— Desapareciste al mismo tiempo que lo hizo el príncipe. — dijo seco, arqueando una de sus cejas — ¿dónde estuviste, Phichit?
— Por ahí...
— ¡Phichit!
Aquel grito por parte de Yuuri, ensordeció a Phichit por un momento. Podía notarse en su voz lo molesto que estaba. Él... había dicho la verdad anteriormente, por lo que, parecía muy ingrato de su parte no confiar aquello a su amigo. Así que, lo decidió.
— Hui del palacio... — susurró por lo bajo, esperando algún reproche por parte de su amigo.
— ¡¿Qué hiciste qué?! — exclamó Yuuri, de forma instantánea. — ¡¿de nuevo, Phichit?, ¡¿por qué eres tan inconsciente?! — gritaba molesto, alzando sus manos.
— Es-espera, deja explicarte...
— ¡El príncipe ya te perdonó la vida dos veces, Phichit!
— Hui con el príncipe.
Y al oír la última frase, ambos callaron de inmediato. Un lúgubre silencio se asentó entre ambos. Yuuri, abrió sus ojos de la perplejidad y sus labios se separaron levemente, intentando asimilar la veracidad de lo dicho por su amigo.
— ¿Q-qué...? — murmulló, saliendo de aquel trance — ¿el... príncipe?, ¿tú...? ¿cómo...?
— Después de que me defendió ante el juglar, el huyó con dirección al patio exterior. — susurró Phichit, agachando su cabeza — lo seguí, no sé por qué, mi cuerpo demandó que lo siguiera.
— Phichit...
— Él estaba allí, con una terrible expresión en su rostro, entonces le abracé. Luego de eso... no-nosotros...
El tono de voz en Phichit, empezó a flaquear. Un leve temblor se posó en sus labios, nervioso al recordar lo de anoche. Una gentil mano se posó sobre las de Phichit, aferrándolas.
— Dime qué pasó. — susurró Yuuri, de una forma apaciguadora.
Y entonces Phichit, no pudo reprimir nada más. Las palabras luchaban por salir de sus labios, presionando.
— Bailamos. — dijo seco — bailamos abrazados, Yuuri...
— P-Phichit...
— Jamás me había sentido así, Yuuri, él... — tomó una pequeña bocanada de aire, intentando retomar valor para seguir — ... me hizo sentir como jamás nadie lo había hecho...
— ¿Qué estás diciendo...?
— Cuando estoy con al príncipe, me siento feliz, Yuuri. — susurró, levantando su vista hacia su amigo. — es como sí... mi alma demandara estar junto a él.
Y Yuuri, pudo observar claramente en el rostro de su amigo; sus ojos revestidos de aquel particular brillo, su faz apaciguada y aquella radiante sonrisa que se deslizaba por sus labios. El aura de Phichit parecía armoniosa, como sí, hablar del príncipe, trajera a su alma una ola de un sublime sentimiento.
— Phichit...
Susurró el japonés, acariciando las manos de su amigo. Él, al parecer ya se había percatado de lo que ocurría dentro de Phichit.
— Hablas como sí... — se detuvo — ... estuvieses enamorado.
Y ante aquellas palabras, Phichit no pudo evitar sonrojar por completo. Bajo su mirada de forma instantánea, apenado al oír aquello. Abrió y cerró su boca varias veces, intentando articular palabra alguna.
— Phichit, eso no está bien.
Murmulló, frunciendo el ceño a su amigo, muy a su pesar.
— ¿Q-qué...? — preguntó el tailandés, levantando su mirada, desconcertado — ¿por qué no estarí...?
— Porque él es un príncipe, Phichit.
Respondió seco, sin ningún cuidado. Phichit, abrió apena sus ojos al oír aquello. Cierta expresión de melancolía se dibujó en su faz.
— Y además está comprometido, se casará dentro de poco con la princesa Sala Crispino.
Aquellas palabras golpeaban por completo a Phichit. Su mirada podía sólo limitarse a mantenerse agachada, sin atreverse a mirar la expresión de Yuuri.
— Phichit, eres mi amigo y te quiero, es por eso que, te digo estas cosas, aunque quizá no quieras oírlas, es necesario. — susurró Yuuri, en un apaciguador tono de voz. — tú eres tan sólo su servidor, y él... él es el príncipe de este reino, y pronto esposo de Sala Crispino.
El moreno, sintió un desgarrador nudo en su garganta. Una espesa melancolía se asentaba en él. Con todas sus fuerzas, intentó mantener su semblante, pretendiendo no mostrar tristeza ante su amigo.
— ¡Ca-cálmate, Yuuri! — exclamó Phichit, sonriendo con tristeza — ¡te estás equivocando!
Yuuri, arqueó ambas cejas, extrañado ante la reacción de Phichit.
— ¿A qué te refier...?
— ¡¿Cómo crees que yo podría sentir algo como eso por el príncipe?! — le interrumpió — es obvio que, algo como eso no podría ocurrir, jamás. — espetó.
— Phichit, escucha...
— Él es un príncipe, yo sólo un simple servidor. ¿Cómo él podría fijarse en alguien tan poca cosa como yo, Yuuri?, ¡además!, él se casará dentro de poco con la señorita Sala Crispino, ella es una dama de la alta cuna, muy bella además. Él, jamás podría siquiera considerar a alguien como yo, uno de piel oscura y además de su mismo sexo, es algo completamente estúpido, ¿no lo crees...?
Yuuri, abrió sus ojos perplejo ante la expresión en el rostro de su amigo. Una tristeza inundo como un aluvión en su interior, articulando;
— P-Phichit...
Y ante aquello, el tailandés, levantó apenas su vista.
— Estás llorando...
Phichit, abrió apenas sus ojos. Sus labios separaron levemente, intentando decir algo al respecto. De forma tímida, una de sus manos palpó sus mejillas, verificando...
Y sí, él... estaba llorando.
Rápidamente, limpió aquellas lágrimas que surcaban su rostro, en contra de su propia voluntad.
— Phichit, discúlpame... — susurró Yuuri, con el remordimiento pesando sobre sus hombros — no te lo he dicho para que entristezcas, te lo digo porque, soy tu amigo y temo que termines herido, es por eso que...
— Yuuri, ¡estoy hambriento! — exclamó el tailandés, sorpresivamente — ¡iré a traer algo para comer!, ¡¿quieres?! — dio un gran brinco de la cama, con una sonrisa radiante en sus labios.
— P-Phichit, escucha...
— ¡Te traeré algo para comer, no tardaré! — exclamó felizmente, para luego, salir rápidamente de la habitación.
Yuuri, sintió una espesa tristeza asentarse en su alma ante la reacción de Phichit. Él, había evidenciado en el rostro del tailandés lo que empezaba a sentir por el príncipe, por mucho que él quisiera ocultarlo.
Él, amaba a su amigo. Y, el miedo a que éste terminase herido y decepcionado por parte del príncipe, le carcomía los nervios brutalmente.
Porque Yuuri, creía que...
...Phichit, era un humano demasiado puro de alma, como para merecer sufrimiento alguno.
Sus ojos de hallaban cristalizados. Su vista sólo podía estar sumida entre el suelo, sin atreverse él a alzar siquiera su mirada. Sus puños como rocas, eran signo de la ira que sentía por la frustración que le invadía.
¿Por qué rayos se sentía de aquella forma?, ¿por qué al pensar siquiera en la imposibilidad de algo romántico con el príncipe, le sumía en tal desesperación?, Phichit, se consideraba una persona totalmente racional, y, aun así, él... dudaba de lo que realmente estaba empezando a experimentar hacia el príncipe.
De pronto, el tailandés divisa la puerta de la cocina. Sin tener sus sentidos totalmente agudizados, Phichit doble por el recodo de la habitación, entrando en la cocina.
Pero...
Al parecer, unos servidores que le esperaban a la entrada, habían puesto un pie justo allí, para que así, Phichit cayera fuertemente en el suelo, impactando en seco.
Un fuerte alarido es emitido por el moreno, ante el dolor físico provocado por aquella caída. Risas desbocadas empezaron a ser emitidas por un grupo de tres servidores que habían tendido la trampa a Phichit.
— ¡¿Qué pasó, negrito?! — exclamó uno de los servidores, entre carcajadas — ¡¿acaso no vas a llamar al príncipe para que venga a socorrerte, chiquillo?!
Los tres servidores, empezaron a reír aún más fuerte. Phichit, apenas alzó su vista, desconcertado ante tal situación. A duras penas, se reincorporó nuevamente, acariciando cuya parte de su cuerpo en la que persistía el dolor.
— ¡Hey, cuidado, no le molesten! — exclamó uno de los tres servidores, utilizando un divertido tono de voz — ¡sino, nos va a arrojar agua caliente en la cara! — exclamó.
Y ante aquello, el corazón de Phichit dio un vuelco. ¿Había escuchado de forma clara?, ¿arrojar agua caliente en sus caras?, Phichit, sintió el miedo acrecentar en su interior...
JEN.
Fue lo único que su mente pudo dilucidar ante el miedo.
— ¡¿Por qué pones esa cara, niño bonito?! — exclamó uno de los servidores, situando ambas manos en su cintura — ¡¿acaso crees que no lo sabemos?!, ¡intentaste robar a Jen y quemaste su rostro, maldito sádico! — exclamó, mientras que progresivamente arrinconaba a Phichit.
— N-no... las cosas no... no pasaron así... — balbuceaba el moreno, con el miedo golpeando su rostro.
— ¡Jen ya nos contó todo! — exclamó otro — ¡nos contó que debemos tener cuidado contigo, pequeña mierda!
Y fue en aquel instante, cuando Phichit sintió su corazón detener. ¿''Jen ya nos contó todo''?, sí, él había oído bien... Jen estaba con vida. Aquel muchacho que, le había intentado violar y asfixiar, estaba con vida, después de aquello.
Y Phichit, sintió caer en un abismo.
El miedo se apoderó de él, y si no fuese por lo shockeado que se encontraba en aquel instante, un fuerte grito de angustia habría sido emitido por sus labios. Jen, estaba con vida, y él... seguramente le buscaría para asesinarlo, de aquello no había duda.
— ¡Hey!, ¡dejen a ese chico en paz!
Se oyó por detrás de los servidores. Y, entonces... Phichit pudo observar en la entrada de la cocina; eran Emil y Leo.
— ¿No oyeron? — dijo Emil, acercándose a paso apresurado ante ellos — ¡déjenlo en paz! — exclamó, fulminándoles con la mirada.
Y ante aquello, los servidores no pudieron oponer resistencia. Emil, era quizá uno de los servidores más grandes y corpulentos, por lo que, nadie se atrevía a darle frente.
— Dis-disculpa, Emil...
— ¡Fuera de aquí! — exclamó irritado.
Y los tres servidores, salieron despavoridos de aquel sitio, dejando a Phichit con el shock inmortalizado en su rostro. Sus ojos temblorosos no podían siquiera pestañear. Su mente sólo se limitaba a pensar en la actual situación.
Jen, estaba con vida. Le mataría. Era el fin.
— Phichit, ¿estás bien? — preguntó Leo, posándose frente al tailandés, mientras movía su mano incesante frente al rostro del moreno.
Más Leo, no recibió respuesta alguna. Los ojos del tailandés, empezaron a opacarse, sus pupilas se dilataron y su cuerpo empezó a flaquear.
Phichit, cayó en el suelo rendido.
Un desmayo. Provocado por la angustia de tan sólo pensar, todo el infierno que se avecindaba a ocurrir.
Y...
No se equivocaba al suponer aquello.
Su vista permanecía intacta hacia los exteriores del palacio. Sus ojos rodeaban las llanuras y las estrepitosas montañas que se divisaban hacia el horizonte, por la ventana.
La habitación estaba sumida en un completo silencio, siendo esta interrumpida sólo por el sonido de su apaciguadora respiración.
— Sala, el reino de nuestra familia está pasando por una terrible crisis, eres nuestra única esperanza para poder salvarlo.
— Lo sé, padre. Te prometo que lograré contraer matrimonio con Seun-Gil Lee. Salvaré a nuestro reino de la quiebra.
Aquella conversación con su padre, antes de partir de su reino, había quedado inmortalizada en su mente.
Cerró sus ojos suavemente, intentando contener la frustración que sentía al no poder tener completo control sobre su prometido. Sus manos se empuñaron y su ceño frunció levemente ante los recuerdos que se ceñían de la noche anterior; su prometido bailando con aquel servidor, abrazados. Su prometido, con otra persona, con un...
Con un hombre.
Sacudió su cabeza, exasperada. Deslizó sus manos por del cristal de la ventana, intentando contemplar más allá del riachuelo que podía apreciarse muy a lo lejos. Sala, permanecía entumecida en la extensión de sus sentidos.
De pronto, la puerta de su habitación emite un pequeño crujido. Sala, no logra percatarse debido a su desconcentración.
— Disculpe...
Oye Sala por detrás de ella, en la entrada de su habitación. Era una voz masculina.
— ¿Señorita... Sala Crispino?
La joven, gira de inmediato, asustada ante la sorpresiva presencia de aquel hombre en su habitación. Aterrorizada ante aquello, de forma violenta toma entre sus manos un candelabro que se situaba a su costado, empuñándolo con ambas manos y apuntando desde lejos al muchacho.
— ¡¿Quién eres?! — exclamó, horrorizada — ¡¿qué quieres?!, ¡¿por qué entraste a mi habitación?!
— Señorita, escúcheme, no le haré nad...
— ¡¿Qué quieres de mí?! — exclamó, apuntando con más vehemencia el candelabro hacia el muchacho. — ¡¿quieres dinero?!
— ¿Q-qué...?
— ¡Ahora no lo tengo!, ¡pero lo conseguiré!, ¡déjame en paz! — gritó, con el miedo desbordando de su semblante.
El muchacho, arqueó ambas cejas, desconcertado ante la desproporcionada reacción de la muchacha. Con ambas manos, ejecuto un ademán a la mujer, intentando indicar que por favor se calmara.
Sala, se mantuvo de aquella forma por otro par de segundos, observando con miedo a aquel hombre que atravesó en su habitación. Después de un rato, al ser testigo de la calma del muchacho, Sala bajó el candelabro, pero sin soltarlo.
— ¿Quién eres? — dijo en un seco tono de voz. Su entrecejo se hallaba ahora fruncido, enojada ante la osadía del muchacho.
Una tenue sonrisa se dibujó en los labios del joven, articulando;
— Soy un servidor del príncipe Seung, es un honor poder dirigirme a usted, majestad.
— ¿Cuál es tu nombre? — respondió ella, sin tomar importancia a la gentileza con la que el joven se dirigía hacia ella.
— Baek. — respondió — soy el servidor más antiguo de su prometido, majestad.
— ¿Más antiguo...?
— Sí. Diez años de servicio al príncipe Seung, ojalá sean muchos más. — respondió, con una radiante sonrisa en su rostro.
Y Sala ante aquello, sintió su tenso cuerpo relajar. Después de todo, se trataba del servidor más antiguo de su prometido, por lo que, seguramente no se trataba de un mal muchacho.
— ¿Qué se te ofrece? — preguntó, dejando el candelabro en el borde de una mesa — ¿por qué has entrado a mi habitación?
— Majestad... — susurró él — he venido hacia usted porque, creo que ambos fuimos testigos de lo mismo.
Sala, arqueó ambas cejas ante lo dicho por Baek. ¿Testigos de lo mismo?, no lograba entender con exactitud a qué se refería el muchacho, pero, supuso que ha de tratarse de algo grave, de lo contrario, el servidor no habría irrumpido en su habitación.
— No sé de qué estás hablando. — espetó sin más.
— Estoy seguro que usted debe tener una vaga idea de lo que trato de decir.
— No. En lo absoluto. — negó ella.
— Pude verla a usted desde la planta superior del palacio, ayer por la noche, en el patio exterior.
Sala sintió una corriente fría recorrer su espalda. Al parecer, ella empezaba a entender a qué se refería el servidor. Sin embargo, Sala no confesaría ni daría la razón ante lo dicho por el joven.
— N-no sé de qué habla. — balbuceó, con los nervios acrecentando — váyase de mi habitación, por favor. — cambio la forma de dirigirse hacia Baek, de forma repentina.
— Señorita Sala, yo mismo la vi. — dijo el muchacho, cruzándose de brazos — no quiero proceder a describir la escena de la que fuimos testigos ambos.
Sala, empezó a temblar ligeramente ante las palabras de Baek. Un espeso nudo en la garganta empezó a formarse.
— Le reitero que no sé de qué está usted hablando. — insistió — váyase, ahora mismo.
Baek, ante la obstinación de la mujer, no tuvo más remedio. Un bufido de exasperación es emitido por sus labios, para luego articular;
— Estaba su prometido abrazado junto a un servidor, bailando. Las caricias iban y venían. Usted, huyó despavorida al ver al amor de su vida en brazos de otra persona, el que para su mala fortuna, era además un hombr...
— ¡CÁLLATE!
Exclamó Sala. Un grito desgarrador atravesó por su garganta, haciendo resonar su angustia y desesperación entre aquellas cuatro paredes. Baek, dio un gran respingo por el grito de la mujer, con cierto susto.
— ¡Cállate, cállate! — gritó, con su voz pendiendo de un hilo — ¡no sigas hablando, silencio!
Baek, permaneció perplejo por un par de segundos. Al parecer, aquellos recuerdos atormentaban de una sobremanera en la mente de la mujer.
— Entonces, me parece que ambos hemos sido testigos de lo mismo, no hay duda, señorita Sala. — susurró él, con un apaciguador tono de voz.
Sala, apenas podía contener las lágrimas que luchaban por surcar sus mejillas. Mordió su labio inferior, intentando retener algunos alaridos que temblaban por el borde de sus labios.
— S-sí... — susurró ella, volteando su vista nuevamente hacia el exterior — ... los vi.
Una tenue sonrisa de satisfacción se deslizó por los labios del joven.
— ¿Y qué pasa con eso? — preguntó la mujer, volteando con violencia hacia Baek — ¿acaso piensa chantajearme?, ¿quiere dinero por su silencio?, ¿piensa atormentarme?
— ¡No! — exclamó Baek — ¡claro que no, majestad, en lo absoluto!
— ¡¿Y entonces qué quieres?! — gritó, con la ira desbordando — ¡¿por qué vienes a mi presencia y cuentas algo como eso?!
— Vengo a ofrecer una solución. — dijo él.
Ante aquello, Sala arqueó una de sus cejas. Tímidamente, limpió una lágrima que humedecía uno de sus ojos.
— ¿Una... solución? — preguntó, incrédula.
— Sí. — respondió él — como usted sabrá majestad, al ser yo el servidor más antiguo del príncipe, eso conlleva también a que tenga cierta allegada con el rey.
Sala, frunció el ceño de inmediato. Apretó ambas manos, como rocas.
— ¡No permitiré que acuses a mi prometido! — gritó — ¡si piensas hacerle daño, no te lo perdonaré! — fue acercándose a Baek, fulminándole con la mirada.
— ¡No, tranquila! — exclamó él, con cierto miedo — ¡yo jamás podría siquiera pensar en hacer daño a su majestad!
Y Sala, al oír aquello, paró en seco.
— ¿Y entonces?
— Es a otra persona a quién pretendo acusar... — susurró él.
Sala, abrió sus ojos, percatándose de la persona a la que Baek se refería.
— Me refiero a Phichit, el servidor del príncipe. — respondió Baek, desbordando rencor en sus palabras.
Sala, sintió desbordar ira en su interior. El sólo hecho de recordar siquiera el nombre del muchacho al que su prometido sostenía entre brazos, provocaba que desplegara un rencor abrasador dentro suyo.
— Phichit Chulanont. Ése, es el nombre del servidor al que su majestad sostenía entre brazos, señorita Sala. — musitó — como usted sabrá, si ese adefesio es acusado con el rey, un inquisidor no tardará en llegar al palacio.
— Un inquisidor... — susurró Sala, con temor reverencial en su tono de voz.
— Así es, distinguida señorita. — respondió él — eso significa sólo una cosa; Phichit será enjuiciado por la santa inquisición, para luego ser condenado a la muerte más terrible posible. Entonces así, usted podrá librarse de esa rata, y su prometido no tendrá más trabas con él.
Sala abrió sus ojos de la perplejidad ante la oferta del muchacho. Su mirada bajó de inmediato, nerviosa ante el hecho de pensar aquello. Era una buenísima oferta, realmente lo era, pero...
Sala, era una mujer sumamente orgullosa y vanidosa, ella... jamás dejaría que su honor fuese pisoteado, aun así todo el mundo confabulara en su contra. Jamás.
— ¿Está usted acaso subestimando mis atributos y capacidades como mujer? — espetó fuertemente la muchacha, fulminando con la mirada a Baek.
— ¿Q-qué...?
— Lo que acaba de escuchar. — respondió seca — evidentemente, está usted poniendo en duda mis capacidades como mujer, joven Baek.
— N-no... en lo absolut...
— ¡Cállese! — exclamó — soy lo suficientemente capaz de poder controlar y conquistar a mi futuro esposo. Gracias, pero no necesito de su compasión. Lo que ha pasado con mi prometido, no ha sido más que una pequeña confusión o un desliz. Yo, tengo suficientes atributos como para poder someterlo a mis encantos.
Baek, quedó perplejo ante la respuesta de la muchacha. Su desplante y entereza junto a su gracia y elegancia, hacían alucinar a cualquiera. Sin lugar a dudas... ella era una dama de alta cuna.
— Agradezco su gentil oferta, mas declino de ella. — dijo, mientras abría un abanico para airear su rostro — por favor, no vuelva a inmiscuirse en asuntos que no son de su importancia. Retírese de mi habitación.
Una tenue sonrisa se deslizó por los labios de Baek. Tomó una bocanada de aire, para luego resignarse a voltear hacia la salida, sin embargo, antes de poder salir por completo, el joven articuló;
— Señorita Sala. Tomando en cuenta sus grandes capacidades y atributos como mujer, quizás usted debería considerar tener un rápido acceso carnal con el príncipe.
— ¡¿Q-qué...?!
— No es nada de otro mundo, señorita. — susurró — los hombres no podemos resistirnos a las mujeres una vez que nos han hecho felices en la cama.
— ¡Eres un grosero!
Exclamó Sala. Y, antes de que Baek pudiese ser impactado por el candelabro que Sala había proyectado hacia él, la puerta se cerró rápidamente, impactando el metal del candelabro en plena puerta.
La mujer, dio un profundo suspiro después de la ausencia del joven. Cerró sus ojos, intentando asimilar la reciente conversación.
Alguien lo sabía. Sabía junto a ella que, su prometido estaba aparentemente confundido con uno de sus servidores, y aquello, quemaba por dentro la dignidad y el honor de ella.
No. Ella no permitiría que nadie más se enterase de la confusión de su futuro esposo. Ella, a como dé lugar, haría que Seung cayese a sus pies, rendido.
Y por un momento, a Sala no le pareció tan mala idea lo dicho por Baek.
Acceso carnal...
Una tenue sonrisa se dibujó en sus labios, al resonar aquello por su mente. Quizás, intentar algo como eso, no sería tan descabellado después de todo...
Sus ojos abrieron apenas. Lo primero que pudo divisar, entre lo borroso de su mirar, fue el techo de una habitación.
De una habitación que él ya conocía.
A duras penas, logra reincorporarse en la cama, sentándose en ella. Lleva una mano de forma instantánea a su cabeza, acariciándola ante el punzar que apretaba en su sien.
— ¡Phichit!
Escuchó él. Alguien, había exclamado su nombre al parecer con un evidente tono de preocupación. Y él, conocía la voz de ese alguien.
— Majestad...
Susurró. Y, sus negros ojos se clavaron ante la preocupada faz del príncipe, quien, estaba agachado a un lado de la cama, vigilándole.
— ¡¿Cómo te sientes?! — preguntó, posando de inmediato una de sus manos sobre la frente del moreno. — ¡¿quieres que vuelva a llamar al médico?!
— ¿q-qué pasó, majestad...? — preguntó Phichit, con cierta confusión.
— Te has desmayado... — respondió él — ¿te sientes enfermo?, ¿necesitas comer?, ¿llamó a un médico?
El azabache, articulaba incesantes preguntas hacia Phichit, preocupado notoriamente por el estado de salud del tailandés.
— N-no, majestad... — respondió él — no es necesario, me siento bien...
— ¿Estás seguro? — insistió él.
— Sí. — respondió — gracias, majestad.
Una fina sonrisa se sitúa en la boca del tailandés. Seung, siente su corazón reconfortar de armonía ante aquella curva que más anhelaba de Phichit.
— Creo que, sólo necesito tomar un poco de aire. — dijo Phichit, intentando levantarse de la cama.
— Phichit. — llamó Seung, tomando suavemente de uno de los brazos al tailandés.
— ¿Sí, majestad...?
— Hay algo que... quiero pedirte. — susurró.
— ¿Qué cosa...?
Seung, desvió la mirada hacia el suelo. Él, sintió cierto temor ante la negativa respuesta que podría recibir del tailandés ante su pregunta. Sin más, tomó valor, para articular;
— Quiero salir de este lugar. — susurró — tú... ¿quisieras acompañarme a pasar la tarde fuera del palacio?
Y Phichit, sintió su corazón dar un vuelco. El príncipe, nuevamente estaba pidiendo a él, acompañarle a las afueras del palacio. Phichit, quería gritar al príncipe que no lo haría como un favor, sino que, él lo deseaba con vehemencia.
Sin embargo, un recuerdo se asentó en la mente del tailandés;
''...Tú eres tan sólo su servidor, y él es el príncipe de este reino. Además, pronto se casará con Sala Crispino.''
Sintió su alegría derrochar en una cuestión de segundos. Su mirada, bajo de forma instantánea hacia el suelo, intentando ocultar la melancolía que podía evidenciarse en su faz por causa de aquel recuerdo.
— Phichit, por favor...
Volvió a oír aquella voz. Tan grave pero dulce. Tan tosca pero apaciguadora. Phichit, simplemente no podía negarse ante él. Su alma, era aquella la que demandaba a Phichit seguir al príncipe hasta donde diera el horizonte.
Phichit, estaba perdiendo el hilo de su propio control por causa del noble.
Y cada vez, era todo más progresivo.
— Quiero compartir esta tarde contigo, por fav...
— Sí. — respondió Phichit, sin titubear por más tiempo — le acompañaré donde usted quiera, majestad.
Susurró, con sus ojos revestidos de decisión. Seung, sintió su alma henchir de alegría por tal respuesta por parte del moreno. De un movimiento rápido, abraza a Phichit, aferrándose con fuerza a su cuerpo. El tailandés, siente estremecer apenas por el contacto.
— Vamos. — susurró — conozco un sitio que te va a gustar, es por las llanuras.
Y, de un rápido movimiento, Seung lleva a Phichit hacia la parte trasera del palacio.
Las caballerizas.
En el lugar, no podía evidenciarse la presencia de alguna persona, por fortuna. Sólo era perceptible el relinchido de algunos caballos, los que, permanecían encerrados en sus respectivos lugares.
— ¿Por qué a las caballerizas, majestad...? — preguntó Phichit, incrédulo.
— ¿Alguna vez has galopado en las llanuras? — musitó él, mientras arreglaba la montura a un caballo.
— N-no, nunca...
— Hoy será la primera vez que lo harás. — dijo, dibujando una gran sonrisa en sus labios. — ¡vamos!
Phichit, observa estático por un par de segundos al caballo que habría sido preparado por el príncipe. Extrañamente, percibe cierto temor al pensar que debía subir en él.
— No temas, ven. — susurró el azabache, atrayendo a Phichit hacia su cuerpo. — te ayudaré a subir, verás que no pasará nada.
— S-sí...
De forma cuidadosa, el príncipe agarra por las caderas al moreno, ayudándole a posicionar ambas piernas en la correa, para luego, subirle en el caballo. Phichit, apenas pudo sentarse en él, el animal empezó a moverse.
— ¡N-no!, ¡no, tranquilo! — exclamaba el tailandés, con el nerviosismo a flor de piel.
— ¡Tranquilo! — exclamó Seung — el caballo se pone de esta forma porque percibe tu nerviosismo.
— ¿S-sí?
— ¡Claro! — exclamó — relájate, estos animales son lo más inocente que hay. — musitó, con una leve sonrisa en sus labios.
De un movimiento rápido, Seung sube al caballo, posándose por detrás de Phichit, rodeándole con ambos brazos, en señal de protección al moreno.
— Así te sentirás más seguro. — susurró.
— S-sí... gracias, majestad. — respondió Phichit, nervioso ante la osadía que volvería a ejecutar junto al príncipe.
— Bien, entonces... ¡vamos! — exclamó, propinando un pequeño golpe al caballo en su parte trasera.
Y fue cuando entonces, el animal lanzó un agudo relincho y se echó a correr de las caballerizas, con destino a las largas y anchas llanuras que rodeaban el reino.
Ambos, ya habían dejado atrás el palacio carmesí. Phichit, se hallaba ensimismado en la extensión de las llanuras. La vista de aquel lugar, era simplemente sublime. El rojizo del cielo, mezclado con tonos púrpuras y anaranjados, señal del atardecer que pronto se aproximaría.
El viento, acariciaba la colorida y espesa vegetación del lugar, provocando apaciguadores sonidos propios de la naturaleza.
Phichit, temblaba de la emoción que sentía al experimentar por primera vez el galopar en un caballo. Sintió de pronto, como el príncipe, rodeaba fuertemente con ambos brazos su cuerpo, intentando retenerle por si algún accidente sobreviniese, para así, evitar un posible daño en Phichit.
Una radiante sonrisa se dibujó en sus labios. Sus azabaches ojos, brillaban por causa del reflejo de la luz solar. Sus lisos y sedosos cabellos bailaban al son del viento.
Sublime.
Si Phichit, tuviese que elegir una palabra para aquel momento, sería simplemente sublime. Nunca antes, había experimentado tantos sentimientos juntos.
— Ya hemos llegado. — susurró el príncipe, a lo que el caballo, empezó a bajar la potencia de su galope.
Phichit, levantó su vista hacia el frente, y allí, pudo divisar...
Un riachuelo.
Un riachuelo de aguas cristalinas se extendía ante la presencia de ellos. Estrepitosos árboles y una hermosa vegetación se extendía por la ribera del río. Los rayos del sol reflejaban con fuerza en las aguas, provocando un pequeño contraste de diversos colores en ellas.
— Ven, te ayudo a bajar. — susurró Seung, una vez se detuvo el caballo. Con sumo cuidado, tomó a Phichit por la cadera, facilitándole el descender del animal.
— Es... es hermoso...
Susurró el moreno, ensimismado en la majestuosidad y perfección del lugar. Seung, no pudo evitar sonreír al ver la inocente expresión en el rostro de Phichit.
— Creo lo mismo... — murmulló el príncipe, sin poder despegar su vista del rostro del tailandés, quien, sólo podía observar estático el agua en el riachuelo.
— ¿Dijo algo, majestad...? — preguntó Phichit, desviando su mirada hacia Seung.
— ¡N-no! — exclamó el azabache, quitando su vista de Phichit, avergonzado. — nada... nada importante.
Phichit, le miró con cierta confusión, ladeando su cabeza.
— ¿No va a entrar al río, majestad? — preguntó el moreno, divertido.
— ¿C-cómo?
— ¡Al riachuelo! — exclamó Phichit — ¡¿usted no va a meterse allí?!
— No, claro que n...
Pero Seung, no pudo concluir su frase. Phichit, rápidamente empieza a despojarse de sus ropas, quedando tan sólo con los ropajes ligeros que tenía por debajo. De un movimiento instantánea, y, sin meditar lo suficiente, el tailandés correa hacia el riachuelo, lanzándose en él.
Seung, queda boquiabierto ante el accionar de Phichit. Ensimismado, empieza a delinear su vista por las curvas del moreno. Sus sentidos se entumecieron por completo, quedando absortos en la perfección de un cuerpo tan menudo como el de su servidor.
Perfección.
Sí, perfección. Aquella era la palabra correcta para definir a Phichit. Perfecto de cuerpo y de alma, sublime para él...
Y quizá, también inalcanzable...
— ¡Majestad!
Irrumpe un grito de Phichit en su mente, sacándole de su fuerte trance.
— ¡¿S-sí?! — responde Seung, mientras amarraba al caballo en el tronco de un árbol.
— ¡Aquí hay peces! — exclama, dibujándose una radiente sonrisa en sus labios.
Y Seung, sintió su alma ser invadida de añoranza. Porque... sí, las curvas en el cuerpo de Phichit llamaban enormemente su atención, pero... ninguna curva se comparaba a la hermosura de la de sus labios al sonreír.
— ¡Voy a pescar algunos! — exclamó el tailandés, haciendo divertidos movimientos con sus manos, intentando sostener a los viscosos peces que nadaban entre sus pies.
Y Seung, no pudo soportar más su sentir. Aquellas intensas ganas de correr hacia Phichit y sostenerle entre sus brazos, se agudizaron y apuntaron hacia ya el umbral de lo considerable.
Rápidamente, Seung imita las pasadas acciones de Phichit, despojándose de sus pesadas ropas, para sólo quedar con ropajes livianos.
Y, de un movimiento rápido, corre hacia el riachuelo, lanzándose justo al lado de Phichit.
— ¡Majestad! — exclamó el moreno, intentando esquivar el agua que había sido proyectada por el golpe en el agua.
— ¡Lo siento, lo siento! — rio divertido Seung, ante la tierna expresión del tailandés.
El príncipe, vuelve a dirigir su vista hacia Phichit. Podía observar cómo, el tailandés ejecutaba rápidos movimientos intentando tocar a los peces. Y Seung, creyó que aquello sería divertido.
Y lo intentó.
De forma hábil, intentaba ejecutar los mismos movimientos del moreno, aunque, sin mucho éxito.
Phichit, pudo curiosear el proceder del príncipe, a través del rabillo de su ojo. Divertido, echó varias carcajadas cuando notó que el príncipe estaba imitándole.
— ¡No te rías! — exclamó el azabache, divertido.
— ¡L-lo siento! — respondió Phichit, aún entre risas.
El príncipe, con sus manos empieza a chapotear el agua hacia Phichit, divertido. El tailandés, ante el accionar del príncipe, empieza a ejecutar la misma acción.
En el ambiente, resonaban las incesantes risas de ambos. Un ambiente inundado de apacibilidad, de alegría, de sosiego. Todo aquello estaba revestido de tanta simplicidad, pero, a la vez de demasiada importancia para ambos.
— ¡No, majestad! — exclama el moreno, divertido, tapando su rostro ante el incesante chapoteo del príncipe.
— ¡Te estoy llevando la delanter...!
Seung, no consiguió concluir su frase. Esto, porque por causa de un movimiento en falso, pisó una roca resbaladiza adherida al piso, lo que provocó, que cayera fuertemente sobre un montón de rocas puntiagudas y rasposas.
— ¡Seung!
Exclamó Phichit, totalmente asustado ante el accidente del azabache. Rápidamente, corre en contra de la corriente del riachuelo, para socorrer al príncipe.
— Maldición... — murmulló Seung, intentando reincorporarse junto a Phichit.
— De-déjeme ayudarle, vamos a la orilla...
El tailandés, logró a duras penas ayudar al príncipe. Su cuerpo y su peso, eran totalmente diferentes al del noble, por lo que, se había dificultado tal tarea.
— ¡De-déjeme ayudarle! — exclamó Phichit, con el nerviosismo acrecentando, ante el sangrado de Seung en una de sus piernas — ¡quédese tranquilo!
— Sí...
Phichit, rápidamente se dirige hacia el caballo. De un bolso que colgaba del animal, sacó uno de sus ropajes, para luego, rajar parte de la tela, creando de forma provisoria un vendaje para el príncipe.
— Déjeme ayudarle... — susurró, una vez estando junto a Seung.
De forma hábil, empezó a cruzar aquella tela por la herida del azabache, la que, había cedido un poco de sangrar. Seung, podía presenciar en el rostro del moreno, una terrible preocupación por su estado.
— Phichit, tranquilo... — susurró — estoy bien, tan sólo fue un pequeño accidente.
— ¡Tiene una herida! — exclamó Phichit, exasperado — ¡eso debe dolerle!
— Claro, duele, pero... — se detuvo — no siento mucho dolor, está bien.
Phichit, levantó su vista apenas hacia Seung, con preocupación.
— Estoy bien, te lo prometo. — dijo él, regalando una tenue sonrisa al tailandés.
Y Phichit, sintió su corazón ser inundado por una tersa tranquilidad.
— Está bien, majestad... — susurró.
— Phichit. — llamó el príncipe.
— ¿Umh?
— ¿Hace un rato me habías llamado por mi nombre? — preguntó el príncipe, con una gran sonrisa en sus labios, conmovido al oír anteriormente su nombre ser emitido por Phichit.
El moreno, abrió sus ojos, totalmente avergonzado. Agachó su vista y ejecuto pequeñas reverencias, en señal de una disculpa.
— Per-perdóneme, majestad... — musitó — lo... lo llamé por su nombre por el susto que sentí, ha sido muy atrevido de mi parte, lo... lo siento, yo...
— No, Phichit. — interrumpió él.
Y ante aquello, Phichit levantó su vista, incrédulo.
— No te disculpes. — espetó — escuchar mi nombre desde tus labios, ha sido lo más bello que he oído.
Y Phichit, sintió su corazón detener. Un fuerte escalofrío recorrió su espalda. Abrió sus ojos perplejos, intentando asimilar lo dicho por el príncipe.
— A-ah... bu-bueno... yo...
Pero Phichit, calló de inmediato. Una suave mano del príncipe rodeo una de sus mejillas, acariciándola con suma ternura. Phichit, sintió su corazón estremecer, la vehemencia de sus latidos hacían sentir su alma completamente en alboroto. Unos nervios desproporcionales empezaron a invadir el cuerpo del tailandés.
— Phichit...
Susurró el príncipe, en un apacible tono de voz. Sus azabaches ojos se clavaron directamente en las nerviosas pupilas del tailandés. Su mano, recorría con delicadeza cada perfecta facción del moreno, palpando con la yema de sus dedos cada pulcro centímetro de piel.
La respiración de Phichit, empezó a dificultarse. Sus labios se tornaron temblorosos y un intenso carmín pigmentó sus morenas mejillas.
El príncipe, lentamente va acortando distancia con su servidor, para luego, quedar a tan sólo unos escasos centímetros de él.
— Phichit...
Vuelve a susurrar, con su voz pendiendo de un hilo. Su mano en la mejilla del tailandés, se tornó temblorosa, intentando retener la vehemencia que en aquellos momentos invadía su alma. Con la delicadeza de una flor, Seung acorta casi totalmente distancia con Phichit, para luego, acercar su rostro al de él, totalmente entumecido en la extensión de sus sentidos.
Cerca.
Demasiado cerca del beso. Seung, sintió apenas un rose en sus labios, el rose de una suave y cálida piel de los labios de Phichit.
Pero, sin embargo...
Aquello, sólo fue un rose.
Phichit, con la vehemencia y la pasión desbordando de su alma, ejecuta una acción muy a su pesar, invadido del miedo y la incertidumbre de la situación.
Rápidamente, antes de poder unir sus labios, Phichit gira su rostro hacia un lado, cerrando los ojos fuertemente.
Evitando el beso.
— ¡Esto no está bien! — exclamó, poniéndose de pie rápidamente — ¡no está bien!
Seung, totalmente desconcertado ante la repentina e inusual reacción del tailandés, abre sus ojos, perplejos.
— ¡¿P-Phichit... por qu...?!
— ¡Usted es un príncipe! — exclama el moreno, con la frustración desbordando a través de la expresión en su faz — ¡yo un servidor, usted un príncipe!
Seung, siente un aguijonazo cruzar por su pecho. El dolor no tardó en hacerse presente. Una expresión de amargura invadió su rostro.
— ¡¿Qué estás diciendo?! — exclamó indignado, tomando a Phichit por uno de sus brazos.
— ¡Lo que oyó! — respondió el moreno, zafándose fuertemente de Seung — ¡esto no está bien!
— ¡¿Por qué no estaría bien?!
— ¡Porque usted se casará!, ¡se casará con Sala Crispino dentro de poco! — exclamó, con su voz pendiendo de un hilo y sus ojos aguados — ¡somos dos hombres!, ¡usted está comprometido!, ¡es un príncipe, yo tan solo un servidor!, ¡esto no está bien!
Y Phichit, sin darse cuenta, rompió en llanto.
Incesantes lágrimas comenzaron por surcar en sus morenas mejillas. Con ambas manos, ocultó su rostro, avergonzado de su arranque de frustración. Podía verse en su faz, la terrible amargura y tristeza que le invadía.
Y Seung...
Sintió caer en un abismo.
Porque, el ver llorar a Phichit de esa forma, provocaba en Seung una amargura y desolación tan desolladora, que no era capaz de tolerarlo.
— Phichit...
Susurró el príncipe, intentando rodear a Phichit con sus brazos. Sin embargo, el tailandés suavemente se zafó de él.
— N-no... por... por favor...
Susurró, aún con la frustración golpeando en su rostro.
Y Seung, no pudo ocultarlo más. Él, simplemente no podía seguir haciendo vista gorda a lo que ocurría; amaba a Phichit. No había otra explicación al respecto.
Un aire de osadía cruzó por su pecho, retomando valor para poder confesar a Phichit la real situación dentro de él.
Y lo hizo.
— Phichit... — susurró — ¿por qué crees que yo... te trato de una forma distinta al resto de servidores?
El tailandés, apenas levanta su mirada, volteando su rostro hacia Seung. Una expresión de incredulidad se dibuja en su faz.
— ¿Te has preguntado siquiera, la razón por la que te trato de una forma completamente distinta al resto, Phichit?
Resonó aquello entre ambos. El viento empezó a mecer las hojas, provocando el danzar de la naturaleza ante aquel silencio.
— La razón por la que ayude a tu familia. La razón por la que compré el ropaje más elegante para ti. La razón por la que te defendí frente al juglar. La razón por la que te pedí me concedieras aquella pieza de baile. La razón por la que te pedí huir del palacio, junto a mí. La razón por la que te confié mi secreto...
Y Seung, sin poder él percatarse antes...
Estaba llorando.
Lágrimas revestían sus brillantes pupilas y surcaban lo pálido de sus mejillas. Pero, a pesar de aquello, su vista seguía intacta y clavada en el dulce rostro de Phichit, el que, se hallaba completamente perplejo ante lo dicho por Seung.
— La razón es simple, Phichit...
Levemente, se acerca hacia el tailandés, acortando distancia. Phichit, no puede despegar su vista del rostro del azabache, hallándose ensimismado en el horizonte de su rostro.
— La razón es porque te amo.
Se atrevió a decir.
Su corazón, martilleaba fuertemente en su pecho, signo de la vehemencia que experimentaba en aquel momento.
Phichit, abrió sus ojos de la perplejidad. Su boca abrió y cerró varias veces, intentando articular palabra alguna. Sus morenas mejillas pigmentaron de un carmín intenso.
Un aluvión de sentimientos indescriptibles surcaron por el umbral de su alma, sin poder él siquiera explicarlo.
Sí, él... había oído bien.
El príncipe, acababa de confesar que le amaba.
— Estoy enamorado de ti, Phichit.
— Ma-ma-majes... majestad... — balbuceó, intentando controlar su nerviosismo — ... esto... esto no es co-correcto... usted está... está comprometid...
— ¡No me importa! — exclamó Seung, con la frustración sobrepasando sus límites — ¡no me importa nada de lo que hayas dicho!, ¡no me importa ser un príncipe!, ¡no me importa estar comprometido!, ¡no me importa ser un hombre!
Exclamó, totalmente fuera de sí.
— ¡NO ME IMPORTA IR CONTRA DIOS!
Y Phichit, ante aquello, no pudo evitar soltar un alarido. Sus ojos temblorosos, no podían desprenderse del semblante del príncipe.
Sus vistas se clavaron con fuerza, demandando ambos, con la mirada, no desprenderse del otro, jamás.
— Phichit...
Susurró Seung, acercándose hacia el tailandés, de forma suave.
— Esto es lo que siento. Te amo. Esa es la razón del porque este hombre que ha sido toda su vida un terrible monstruo, ha recobrado su esperanza en la humanidad.
Y, de un movimiento, Seung posa suavemente la mano de Phichit en su pecho.
— Siente... — susurró — late, por ti.
Una tenue sonrisa se dibuja en el rostro del moreno. Al sentir los latidos del príncipe en la palma de su mano, creyó caer en un profundo sueño. Lo utópico rozaba aquel momento de ensueño. Sentía flotar en un lugar en donde todos su sentimientos agudizaron, dejando sentir a él lo más profundo del sentir en el príncipe.
— Ma-majestad...
Susurró Phichit, retirando suavemente su mano del pecho del príncipe. Seung, miró con cierta decepción, creyendo que, realmente Phichit no habría correspondido a sus sentimientos. Y aunque el dolor punzara en su pecho, él sabía que el moreno tenía todo el derecho del mundo a no hacerlo.
— Quiero volver al palacio, por favor.
Pidió, con la mirada totalmente cabizbaja. Seung, no opuso resistencia ante aquello, y, en total silencio, asiente con su cabeza, acatando de inmediato lo dicho por el tailandés.
Y entonces anocheció.
Y el camino al palacio, fue silencioso.
Lo único que pudo oírse de vuelta al palacio, fue al caballo galopando. Ninguno de los dos fue capaz de emitir palabra alguna después de aquello. Sus miradas permanecían perdidas sólo al frente, sin ninguna emoción aparente.
De forma casi imperceptible, el caballo entra a las caballerizas. Seung, como en un principio, toma a Phichit por las caderas, ayudándole a descender del animal.
El príncipe, se dirige junto al caballo, para poder situarlo dentro de su respectivo corral.
Y el azabache, queda ensimismado junto al caballo. De forma melancólica, empieza a pasar sus manos por el pelaje del animal, acariciando suavemente, entumecido en sus pensamientos.
Phichit, sólo se limita a observarle por sus espaldas, con una expresión de total abnegación en su rostro.
Un total silencio. Lúgubre, incómodo, triste...
Un silencio, no propio de ellos.
— ¿Sabías que, los caballos lloran la muerte de sus compañeros?
Preguntó el príncipe, quebrantando el silencio lúgubre. Seung, con la mirada enternecida, aún acariciaba al equino en su rostro.
Phichit, observa al príncipe con cierta extrañeza, incrédulo ante la pregunta del azabache.
— Hay gente que piensa que ellos no tienen sentimientos. Yo creo lo contrario. Todos los seres gozamos de sentir, sólo que, algunos no corren la misma suerte de sentir siempre cosas bellas.
Musitó el príncipe, acariciando de forma incesante el pelaje de su caballo. Phichit, sintió una cálida ternura invadir en su pecho.
Él, sentía miedo.
Miedo al dolor, miedo a no ser suficiente, miedo a...
Su propia inseguridad.
Él, lo sabía. Era plenamente consciente de que algo sentía por el príncipe, un sentimiento abrasador, reconfortante, apaciguador, totalmente sublime...
Era consciente de que...
Empezaba a enamorarse del príncipe.
— Majestad...
Musita Phichit, resonando su voz de forma tímida en el ambiente. Seung, voltea hacia su llamado, articulando;
— Ven, acércate.
Y Phichit, no puede negarse ante la petición del azabache. De forma tímida, acorta distancia con el príncipe, quedando junto a él, frente al caballo.
— Dame tu mano.
Dice Seung, esbozando una tenue sonrisa en sus labios. Suavemente, toma la mano del tailandés, posándola junto a la suya en el rostro del caballo. Ambos, empiezan a acariciar el pelaje del equino.
— Los caballos sienten cuando una persona les transmite cariño.
Susurró, con una expresión totalmente enternecida en su rostro. Y Phichit, sintió su alma inundar de añoranza ante la expresión de Seung. El contacto de su cálida mano entrelazada a la suya. El brillo de sus ojos. Su piel. Su respiración. Su cabello. Sus palabras. Su persona.
Él.
Todo le sumía en lo más profundo de lo utópico.
De pronto, Phichit siente una terrible tristeza posar en su corazón. Él, había actuado de cierta forma de una manera cruel con Seung, allá en el riachuelo, y, a pesar de ello, Seung... no mostraba indiferencia alguna hacia él.
De un movimiento imprevisto y rápido, Phichit se aferra a Seung en un abrazo, hundiendo su rostro en el pecho del príncipe.
Seung, incrédulo ante la reacción del moreno, pregunta;
— ¿Qué ocurre, Phichit?
— L-lo... lo lamento... — susurró, con un notorio temblor en su voz.
— ¿Por qué...?
— Lo siento, lo siento, lo siento...
Seung, suavemente posa ambas manos en los hombros de Phichit. Suavemente, le separa de él.
— ¿Por qué, Phichit? — pregunta, enternecido — ¿por qué lo sientes?
— ¡Porque no sé qué me pasa! — exclamó — ¡no sé qué es lo que me pasa cuando estoy cerca de usted!
Exclama, con su rostro inundado de un carmín y de un calor abrasador. Seung, abre sus ojos ante la expresión en el rostro de Phichit.
— ¿C-cómo...?
— ¡No sé qué es lo qué me pasa! — exclamó, irritado — ¡Cuando estoy con usted me siento extraño, me siento en otro mundo, me siento como nunca jamás me he sentido!
Y Seung, abrió sus ojos de la perplejidad ante lo dicho por el moreno. Una tenue sonrisa se dibuja en sus labios.
— ¿Q-qué me estás diciendo, Phichit...?
— ¡Le estoy diciendo que...!
Se detuvo, con los nervios sobrepasando el umbral de lo tolerable. Su respiración se tornó agitada y sus labios temblorosos. A pesar de su inestabilidad en aquel momento, Phichit... debía confesarlo.
Ya no podría contenerlo, ya no más.
— ¡... que creo que usted me gusta!
Y Seung, sintió en su corazón dar un vuelco. Sus pupilas se abrieron de la impresión y sus labios se separaron. La pálida piel de su rostro estaba ahora pigmentada por un intenso carmín, abrasando por completo su faz. Sintió su alma invadida de alegría, de sosiego, de paz.
Por unos segundos, pudo sólo limitarse a contemplar a Phichit, totalmente ensimismado. Con sus ojos cristalizados, delineaba cada facción en el rostro del tailandés, sintiendo como cada centímetro de análisis en él, llenaban por completo su alma.
— P-Phichit...
Susurró, con su voz pendiendo de un hilo.
— ¡Esto es raro, no sé qué me pasa, usted me hace actuar extraño y...!
Seung, suavemente posa ambas manos en el dulce rostro del moreno, acunando su barbilla entre ellas. Phichit, apenas alza su mirada hacia Seung. Y es, cuando Phichit queda nuevamente sumido en lo sublime de su mirada.
— ¿Dices creer que yo te gusto...? — preguntó, con una voz tan dulce que, podría ser comparable al susurró de un ángel.
— S-sí, majestad... — respondió el moreno, acariciando las manos del príncipe, las que, acunaban su rostro.
Una leve sonrisa se dibuja en los labios de ambos.
— Salgamos de dudas entonces...
Susurró el príncipe, con suma serenidad.
Y fue, cuando entonces, sus rostros acortaron distancia de forma suave. Sus ojos, cerraron con paciencia, intentando apaciguar la vehemencia que invadía sus almas. Las almas de dos jóvenes que, a pesar de la brutalidad de los tiempos, no temían a las consecuencias que su sola esencia humana de amar, traería para ellos.
Todo comenzó con un pequeño rose, un rose de sus labios. Y luego, al acortar más distancia entre ellos.
En un beso.
Un suave y tenue beso, rodeado de completa inocencia. Casi tan pulcro y puro como el sentimiento que cada uno sentía por el otro. Casi tan sublime y de ensueño como la existencia de uno para el otro.
Un beso.
Un beso entre dos hombres, en la época más oscura de la historia de la humanidad.
El beso, comenzó a tomar fuerza después de un par de segundos. Sus labios estáticos, palpando los del otro de forma superficial, de a poco adentraban en las llanuras de lo utópico.
Sus lenguas empezaron a adentrar con cierto temor en los labios del otro. Con la vehemencia y el ímpetu desbordando por sus respiraciones, intentaban mantener la calma al momento de besar.
Y, fue en aquel instante, cuando sus lenguas entrelazaron por primera vez.
La primera vez de muchas más.
Sus labios friccionaban cada vez con más deseo e ímpetu. Sus respiraciones acariciaban el rostro del otro, de forma cálida. Los brazos de Phichit, se aferraban con fuerza alrededor del cuello del príncipe, mientras que, los brazos de Seung, aferraban con fuerza alrededor de la cintura del moreno.
Sólo ellos existían en aquel momento.
No existía ni la insensibilidad del matrimonio forzado. No existía ni la ignorancia de la gente a dos personas del mismo sexo que se aman. No existía ni la brutalidad de la inquisición y el sadismo de quienes decían obrar en nombre de Dios. No existía la brutalidad de su padre. No existía su diferencia racial ni social.
Nada de lo que les atormentaba, existía.
Sólo existían ellos dos amándose. Sólo eso.
De pronto, ambos separan apenas sus bocas. De forma lenta y progresiva, realizan la misma acción con sus rostros. Paulatinamente, sus ojos abren, clavando su vista en la del otro, de forma inmediata. Una tenue sonrisa se desliza por sus labios, los que, aún se hallaban humedecidos por el otro.
— ¿Ya no hay dudas al respecto...?
Susurró el príncipe. Con un brillo revistiendo sus azabaches pupilas. Una sonrisa de profunda satisfacción se inmortaliza en sus labios.
— No, majestad...
Responde el tailandés, ensimismado en el semblante del príncipe. Una sonrisa de añoranza se desliza por sus labios. Un sentimiento de sosiego pulsa en su alma.
— No hay duda... estoy enamorado de usted.
Ambos yacían ya en sus respectivas habitaciones. Seung, estaba ya con ropas holgadas, dispuesto a descansar. Una sonrisa satisfactoria se situaba de forma permanente en sus labios, después de aquel dulce beso que él y Phichit habían inmortalizado en las caballerizas.
El príncipe, antes de proceder a descansar, rebusca entre sus cosas el objeto que requería, esto, de suma urgencia.
Cuando por fin atisba el objeto, una gran sonrisa se posa en su faz. Posterior a aquello, toma una pluma, para luego, proceder a escribir.
''Dios. Ya no hay nada que yo o tú podamos hacer.
Él, ya ganó completo terreno sobre mí. Ya no hay vuelta atrás.
Lo amo. Es así, simplemente.
Lo amo con la fuerza de cientos de océanos.
Lo amo desde lo más profundo y pulcro de mi alma.
Lo amo más que a mi propia vida.
Pretendo protegerlo, sobre todas las cosas. En contra de todo y todos.
Pretendo hacerle feliz, incluso si aquello conlleva a mi propia desgracia.
Su sonrisa es lo más hermoso que existe sobre este podrido universo.
Su alma tan pura y pulcra es la reencarnación de un ángel sobre este mundo.
Su corazón es la llama que arde fervientemente por la pasión que siento al amarle.
Sí, Dios. Has de estar horrorizado con mis sentimientos.
Pero, ¿qué puedo yo hacer, Dios?
Nada, absolutamente nada, y... ¿sabes por qué?
Porque él me hace feliz. Junto a él soy un nuevo hombre. Junto a él renazco.
Renazco de la brutalidad que soy. Renazco entre los desperdicios que mi padre ha criado. Renazco de la bestia inhumana que era.
Junto a él... pretendo morir, si es necesario.
Dios.
Perdóname.
Tus palabras ya no hacen efecto sobre este hombre descarriado, pero enormemente dichoso.
Dios...
Renuncio a ti. ''
Después de aquella platica con Dios, Seung, guardó aquella agenda, para nunca más... escribir en ella.
Aquello, había sido un ciclo cerrado para él. Pero, lo que el príncipe no sabía, es que aquella agenda estaría por abrir un nuevo ciclo.
Era ya de madrugada. Seung, estaba completamente entregado hacia los brazos de Morfeo. Su respiración apaciguada y la tenue sonrisa inmortalizada en sus labios, eran clara señal de que aquel ciclo cerrado había traído una paz abrazadora a su alma.
De pronto, en medio de aquel sonido tan apacible, la puerta de la habitación de Seung, emite un pequeño crujido.
El príncipe, apenas abre sus ojos ante aquel ruido, logrado divisar, por causa de la luz de las velas, el reflejo de una persona tras suyo.
Phichit...
Logra susurrar, de una forma casi imperceptible. Un brillo de sosiego revistió sus pupilas.
De pronto, aquella persona en la habitación, avanza hacia la cama del príncipe. Y, es entonces cuando el príncipe, verifica por la sombra que, no se trataba de Phichit.
Pero, antes de poder él siquiera reaccionar y voltearse, aquella persona que había interferido en su habitación, ya estaba sobre él, ejecutando movimientos sumamente lascivos.
— Seung, mi amor...
Pudo el príncipe apenas escuchar. Cuando, el azabache verifica de quién se trataba, abrió sus ojos completamente atónito, no pudiendo creer la actual imagen que se extendía ante sus ojos.
Era Sala, su prometida. Había irrumpido de forma sorpresiva en medio de la noche, en su habitación. Vestía ligeras ropas, similares a las que utilizaban las mujerzuelas del comercio sexual. Una fuerte fragancia a vainilla desprendía de su piel.
— No me mires así, por favor...
Susurró ella. Y, de un rápido movimiento, un beso es acertado en los labios del azabache, el que, estaba completamente perplejo ante aquella faceta de su prometida.
La mujer, empieza a besar de forma desenfrenada no sólo en los labios del príncipe, sino que, de a poco empieza a bajar, desde el cuello, hasta la zona más sensible del joven.
— ¡N-no! — balbucea Seung — ¡Sala, basta! — exclama, desconcertado.
Mas la mujer, haciendo totalmente caso omiso, empieza a arrancar sus propias ropas. No tardo muchos segundos, hasta que, su pecho quedó totalmente al descubierto.
— ¡Sala, ya basta! — volvió a exclamar, reincorporándose en la cama.
Mas su prometida, con fuerza le volvió a echar en la cama. De pronto, la mano del príncipe es cogida por ella, para luego, posicionarla en uno de los senos de Sala.
Seung, de un movimiento brusco, arranca su mano de aquel lugar.
— ¡BASTA!
Exclamó en un desgarrador grito, hastiado.
Sala, dio un gran respingo ante el grito emitido por su prometido. Un miedo le invadió, cuando pudo evidenciar en los ojos de su prometido, la ira desbordando.
— Vístete, ahora.
Espetó, totalmente irritado. En su entrecejo fruncido, se posaban sus dedos índice y pulgar, signo de la vergüenza que sentía de aquella situación.
— Se-Seung, escucha, yo...
— ¿Podrías vestirte, por favor?
Le interrumpió. Su desolladora vista se clavaba en el rostro desconcertado de su prometida.
— ¿Por qué no quieres hacerlo conmigo? — preguntó ella, con su voz pendiendo de un hilo — ¡no lo entiendo!
— ¿Eso es todo lo qué te importa? — preguntó él — acabas de entrar a mi habitación, sin permiso, en plena noche.
— Soy tu prometid...
— Sí, mi prometida. — respondió él — nada más, sólo eso.
Sala, sintió su corazón romper en miles de pedazos. Aquello dicho por Seung, había sonado con un tono totalmente de indiferencia.
— No dejaré que invadas mi privacidad, Sala. — espetó el príncipe, fuertemente — nada te da el derecho de entrar así, sin mi autorización.
— Pe-pero... — balbuceó ella — tengo ganas, Seung. Quiero hacerlo, sé que podremos disfrutarlo, por fav...
— No. — espetó él — no lo haremos.
— ¿Por qué no, Seung?
El azabache, totalmente exasperado por la situación, muerde sus labios, intentando retener las palabras que luchaban por salir despavoridas de su boca.
— ¡Soy una mujer bien parecida, Seung! — exclamó ella — ¡¿por qué no querrías tener conmigo acceso carna...?!
— ¡Porque no te deseo!
Exclamó el príncipe, con la paciencia ya desbordada por completo. Sala, le miró desconcertada ante aquella respuesta.
Ella, había manchado su honor y honra por hacer aquello. Y ahora, Seung le había rechazado de una forma sumamente vil. Sala, sintió su alma desollar ante las palabras de su prometido.
— Ahora, por favor, vete de mi habitación.
Espetó fuertemente, dando la espalda a Sala, por completo.
— Y vístete, por favor.
Sala, con los ojos completamente cristalizados, y su mente en un abismo, sólo se limitó a observar al príncipe, por un par de segundos. A través de sus ojos, podía observarse la rabia desbordar. Su honor era pisoteado brutalmente por aquel episodio tan humillante.
— Eres un idiota, Seung-Gil...
Murmulló entre dientes, para luego, salir rápidamente por la habitación, y tras de sí, dar un gran portazo.
Seung, sólo lanzo un bufido, totalmente irritado.
Aún no contraían matrimonio, y sin embargo, Seung...
Ya sentía que a su lado era infeliz. O, en realidad...
Ambos eran infelices.
Sala, sólo podía limitarse a caminar rápidamente hacia su habitación. La rabia comprimida en su pecho, desbordaba a través de su desolladora vista, la que además, estaba completamente cristalizada, reteniendo lágrimas de frustración.
— ¿Señorita Sala?
Oyó la mujer, de forma sorpresiva. De pronto, con la rabia punzando en su sien, mira por el rabillo del ojo, encontrándose de frente con Baek.
— ¡Déjame en paz! — exclamó, con la furia sobrepasando sus límites.
— ¿Ha... ha pasado algo? — preguntó le muchacho, acercándose a ella.
— ¡No te acerques! — exclamó — ¡tu príncipe no es más que un estúpido!
Baek, ante lo dicho por Sala, arquea ambas cejas, sin comprender la situación. Sin embargo, cuando él se percató de la forma en que Sala vestía, entonces pareció entender lo que ocurría.
— ¿Acaso... usted y mi señor?
— ¡No! — exclamó ella, con las lágrimas surcando en sus mejillas — ¡no lo hicimos!, ¡me rechazó en la cama!, ¡¿ya estás contento, imbécil?!
— Señorita, escuch...
— ¡Piérdete! — gritó entre sollozos, para luego, correr hacia su habitación.
Sala, se vio invadida por la frustración de no conseguir una buena relación con su prometido. Su honor de mujer y princesa, se veía completamente deshecho ante la indiferencia de Seung-Gil.
Y Baek... él, pudo percatarse de aquello.
Una idea fugaz cruzó por la mente del joven, maquinando de forma instantáneo un plan.
Sí...
Él, conocía lo suficientemente bien al rey como para saber la reacción que el hombre tendría ante aquella noticia.
Una gran sonrisa se dibuja en sus labios. Al parecer, lo maquinado por el joven, traería graves consecuencias en el palacio carmesí.
Era temprano por la mañana. El rey, se hallaba en su despacho, revisando algunos documentos referentes a la alianza que el reino de la familia Crispino, debía formar con el suyo.
De pronto, un pequeño golpecito se oye en la puerta. Era alguien llamando.
— Pase.
Espeta fuertemente el rey, sin tomar demasiada atención a la persona de la que se tratase.
— Majestad, buenos días.
Oye el rey frente a él. Y, de forma instantánea, eleva su vista hacia el muchacho que yacía ante él.
— Baek, — musita — ¿qué se te ofrece?, estoy en estos momentos muy ocupado, revisando los antecedentes de la alianza que debemos formar con la familia Crispino.
— Es precisamente de ello que quiero hablar, majestad.
Dijo Baek, en un tono lúgubre. El rey, de forma instantánea deja aquellos documentos de lado, para luego, dirigir su vista al joven, completamente extrañado.
— ¿Qué pasó?
— Señor, verá...
Baek, miró tras él, vigilando que en la puerta, no se encontrase alguien que pudiese escucharlos.
— Anoche, en plena madrugada, he visto que la señorita Sala Crispino salía de la habitación de su majestad. — emitió.
Y el rey, extrañado ante aquello, sólo arquea ambas cejas, articulando;
— Es natural, son jóvenes, tienen necesidades carnales.
— No se trata de eso, señor...
Y ante aquello, una expresión de desconcierto se dibuja en la faz del hombre.
— ¿Qué dices?
— El príncipe, ha desistido en mantener relaciones carnales con la señorita Sala Crispino. — espetó — él, se ha negado a intimar con su prometida, y, es muy probable que esto se extienda incluso después del matrimonio.
Y fue, en aquel preciso instante, cuando la ira empezó a acrecentar de forma rápida dentro del rey. Sus gruesos labios se torcieron, y, sus grandes manos se empuñaron como rocas. Baek, sintió miedo al momento de verificar la expresión en el rostro del hombre.
— ¡MALDITO DESVIADO! — exclamó, en un grito totalmente ensordecedor — ¡pensé que él ya se había curado!
De forma sorpresiva, un montón de adornos de cristal son lanzados con fuerza al piso de cerámica, resonando por toda la habitación todos los cristales romperse. Baek, da un gran respingo ante el temor reverencial que le invade.
— Ma-majestad...
— ¡Tantos años de mi vida he intentado curarle de esa asquerosa enfermedad, y al parecer, nada ha dado resultado! — exclama, golpeando la mesa con fuerza.
Baek, sólo puede limitarse a observar al rey. El hombre, respiraba con dificultad, esto, producto de la indecible ira que sentía, del sólo hecho de pensar que el príncipe, habría enfermado otra vez de lo mismo.
Porque, según el rey, Seung-Gil había sido curado de su enfermedad.
— Vete.
Espetó, con la voz rasposa. Baek, son el temor invadiendo en su pecho, sólo se limita a asentir con su cabeza.
— C-con... con permiso...
El rey, formó sus manos como rocas, intentando canalizar toda aquella situación.
Si Seung, estaba realmente enfermo nuevamente, eso quería decir que, había alguien que estaba provocando tal alboroto en sus sentimientos, alguien que, provocara tal confusión en su hijo.
Y el rey, sabía que alguien habría de ser, pero... no sabía aun exactamente quién.
De hecho, el rey no tenía idea alguna de si, era o no verdadero el hecho de que su hijo estuviese de nuevo enfermo. Sin embargo, sus sospechas al respecto eran sumamente amplias.
De pronto, el rey siente que es totalmente superado ante la desesperante situación, y, sin tener más remedio alguno, lo decide...
Mira a su costado, para luego, recoger una hoja y una pluma. De forma desesperada, empieza a escribir una carta, con sus manos temblorosas.
— ¡GUARDIA!
Exclama, en un grito sumamente ensordecedor. Ante aquel llamado, llega uno de sus guardias, completamente descolocado ante la terrible expresión en el rostro del hombre.
— ¿Ha llamado, majestad...?
— Evidentemente.
Espetó él, con la fiereza desbordando por sus lúgubres ojos. Con un movimiento violento, se reincorpora de su silla, poniendo frente al guardia, en el escritorio, una carta sellada, la que había sido escrita por él recientemente.
— Entregue esta carta con suma urgencia, a la persona indicada en el sobre. — espeta — requiero su presencia de inmediato en este palacio.
El guardia, asiente apenas con su cabeza. Da un par de pasos hacia el escritorio, para coger la carta, pero, cuando divisa el nombre de la persona escrito en el sobre, da un gran respingo, articulando;
— Se-señor, ese hombre... ese hombre es...
— Sí, él es.
Espeta fuertemente el rey, con la furia tomando total control de sus acciones. Una gran sonrisa se dibuja en su faz.
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— Snyder Koch. El inquisidor más sanguinario de este reino.
... Lo peor, estaba ya por comenzar.
¡Hooola!~ espero que este capítulo haya sido de vuestro gusto. (en especial las escenas románticas) uvú
No sé si habrá sido quizás idea mía, pero, encontré que quedó un poco más corto.
Aquí ya empieza lo bueno, dentro de unos capítulos creo me odiarán, pero en fin, es necesario. /3
