El sueño de venganza
Capítulo 06 - Los Blancos
El dicho era: errar es humano. Bueno, esa era una de las mentiras que se decía a sí misma esa especie, la cual se sentía dueña de la Tierra sin excepción. Errar era algo que cualquier ser cometía en algún momento de su vida. Era ridículamente sencillo cometer algún desliz; en cualquier parte existía la perfecta oportunidad de cometer el fallo más grande de su vida. Francis tenía esa sensación después de haber insistido de más en el tema de que el padre de Antonio no había querido salvarle.
No es que pensara que le faltaba razón, precisamente al ángel le había dolido porque sabía que era cierto, pero eso no quitaba que darse cuenta de que alguien a quien quieres no está dispuesto a arriesgarse por ti fuese algo doloroso. Llevaba tres días intentando hablar con Antonio y en todos se encontró con frialdad similar a la que había hallado el día que le sacó de aquella celda. El primer día se había acercado a él con cuidado y había pinchado suavemente con el dedo índice sobre su brazo izquierdo. Si no hubiese tenido reflejos, en ese momento estaría sufriendo el golpe de ese mismo brazo.
Antonio le miró en ese instante, serio, con algo similar al desprecio. No dijo ni una palabra, y a pesar de ser cierto que quería quedarse callado también y no decir nada, también era verdad que estaba decidido a enmendar su error de alguna manera. Se armó de valor, abrió la boca y tomó el aire que necesitaba para pronunciar las siguientes palabras.
- Quiero hablar contigo. -le había dicho en ese momento.
- Pues yo no. Fin. -le contestó Antonio sin inmutarse.
Y eso fue todo lo que pudo intentar ese primer día. El segundo, fue un intento que terminó más o menos de la misma manera. Bueno, fue peor, Francis fue ordenado vilmente, como si se tratara de un perro que había hecho alguna cosa mal y que ahora era mandado a buscar el palo que no había sabido recoger en primer lugar. El rubio se quedó en la cocina, preparando una cena que se quedó en el plato humeando hasta que se enfrió por completo. Cuando llegó, el ángel ni siquiera le dirigió una mirada, ni a él ni a la comida, y se fue derecho a la cama. Incluso pensó en aparecerse en sueños para poder hablar con él, pero dedujo que eso en realidad no ayudaría a arreglar las cosas, más bien lo contrario.
Aquel día sus intentos se habían sumado. En dos de ellos había sido ignorado y aquel era el tercero. De nuevo no obtuvo ni una simple mirada. Se sentó en una silla y suspiró pesadamente. Tras eso se quedó mirando a Antonio, que se ponía una chaqueta de color marrón claro y se preparaba para ir seguramente a cenar. No sabía por qué lo hacía ya que luego volvía incluso más apagado. Cuando iba a ir hacia la puerta, Francis habló.
- Espera, espera un momento.
Por suerte para él, Antonio se detuvo aunque permaneció de espaldas durante un rato más. Francis no se lo esperaba así que le costó un total de dos segundos volver a reaccionar. El corazón le latía acelerado, retumbaba en sus oídos y le parecía hasta que palpitaba en sus muñecas. Luego tenía la garganta seca y tuvo que carraspear antes de pode pronunciar una sola palabra.
- Mira, sé que no quieres escucharme, pero de todas maneras quiero disculparme por lo del otro día. Estaba pensando en ti como quizás una persona ajena a todo lo que había sucedido y no me di cuenta de que estaba presionando demasiado sobre un tema inapropiado.
- Sí, bueno, pues ya podrías haberte dado cuenta antes, gran mente de un gran plan maléfico. No quiero tus disculpas que no tienen fundamento. Ahí te ahogues en tu culpa. -dijo Antonio girándose y observándole con una sonrisa helada. Francis suspiró. Ya sabía que eso no iba a ser fácil, pero toparse de cara con la realidad era peor.
- Lo sé, por eso aunque lo he dicho, sé que no es suficiente... Mira, Antonio, tú hasta ahora has sido honesto conmigo y yo sólo te he ido engañando y dando puñaladas por la espalda, éstas de forma figurada. Sé que con esto último te he hecho mucho daño y realmente lo siento. Por eso te pido que me concedas unos minutos, que te sientes, que me escuches. Te contaré por qué estoy haciendo todo esto. No lo hago buscando que me entiendas o que simpatices conmigo, sólo lo hago porque me lo habías preguntado y creo que después de todo lo que te he hecho, esto es lo de menos.
No sabía cómo iba a reaccionar así que se le quedó mirando fijamente. Por unos segundos, Antonio ni siquiera parecía haber parpadeado, estaba en una posición tensa y antinatural mientras sus ojos verdes estaban clavados en el demonio que tenía delante. Le daban ganas de decirle que ahora no le interesaba, que no quería escuchar cualquier cosa que esa boca que sólo mentía tuviese que decir. Pero, para su sorpresa, aún seguía intrigado por lo que le motivaba. Suspiró pesadamente; aquello no significaba que se estuviese rindiendo a él. Caminó hasta plantarse delante de rubio, retiró la silla libre que quedaba y se sentó. Se cruzó de brazos y le miró con apariencia inflexible.
- Esto no quiere decir que vaya a ignorar lo que hiciste el otro día y cómo te has ido burlando de mí hasta ahora.
- Lo sé. -murmuró tras suspirar Francis, sonriendo resignado- Ni siquiera yo entiendo por qué voy a contarte esto. Eres a la primera persona que se lo voy a explicar... Escucha, Antonio, sé que ayer te dije eso y es cierto, que yo te escogiese fue casualidad, pero bueno, luego me volví adicto a tu cuerpo. No creo que hubiese jugado tanto tiempo con alguien cuya apariencia me disgustara. Me atrae tu físico, eso es así.
El ángel le miró parpadeando anonadado. ¿Pero qué demonios...? Eso sí que no lo esperaba. Fue un halago que no sabía cómo encajar en ese momento, así que lo único que acabó por hacer fue arquear una ceja. Francis se puso nervioso por esa reacción. ¿Por qué le había tenido que decir algo que sonaba tan extraño? Era casi como la confesión de un acosador profesional. Miró hacia otro lado, evitando visualizar aquella expresión que se le había quedado a Antonio, y carraspeó antes de empezar con aquella historia.
- El motivo que me lleva a hacer esto es simple, angelito. La venganza es algo que mueve a humanos, ángeles y a los mismos demonios. Se trata de algo que nace de nosotros como si fuesen las mismas ganas de comer o respirar. No puedes luchar contra la sed de venganza, es la reacción emocional que nace tras una impotencia devastadora. En mi caso tardó años largos en acabar convirtiéndose en un objetivo y, con la aparición de esa diablesa traidora, se formó un plan que pensaba que sería perfecto: Infectaría a alguien, a través de ese alguien llegaría a uno de los Arcángeles mayores, me daba igual cuál de ellos, y entonces le mataría. Aún lo haré, voy a matar a tu padre, Antonio. No sé cuándo, no sé cómo visto que se niega a aceptar mi maldición por las buenas, pero lo lograré. Y cuando él haya perecido, nadie os gobernará, os refugiaréis en vuestras casas, temiendo que en cualquier momento los demonios puedan atacaros ya que uno será vuestro soberano. No daré órdenes, dejaré que el caos se haga el pan de cada día para vosotros, y entonces sucedería lo último, lo que lideraría la caída. ¿Los otros Reinos permitirían que uno estuviese bajo el control de los demonios? No, por supuesto que no. Yo me marcharía y para cuando llegaran las tropas, no estaría alrededor. Empezaría una guerra que seguro que no dejaría indemne a los civiles. Ángeles matando a ángeles por error, el caos, la desesperación, la tristeza y la rabia... Lo mismo que yo sentí entonces, durante años. Una expresión silenciosa mientras por dentro todos estarán gritando y preguntándose por qué. Les haré sufrir a los ángeles los que ellos me hicieron sufrir cuando mataron a toda mi familia.
Las cejas de Antonio se alzaron y sus ojos se abrieron un poco más, sorprendidos. ¿Su familia? ¿Los ángeles? Por un momento quiso argumentar a favor de los suyos, decir que seguramente sus padres habían hecho cosas que merecían ese trato, pero decidió mejor esperar. Francis volvía a abrir la boca, su historia continuaba.
Los mitos decían que los demonios eran unos seres de la oscuridad, sin corazón, deseosos de ver en la gente la desesperación, la discordia y toda clase de sentimientos negativos que nacían de los rincones más profundos del averno. Según esta creencia, los demonios eran entes que no podían amar a nadie y que estaban destinados a caer en la demencia. En esa locura, cada vez entrarían en prácticas más destructivas que terminarían por convertirles en despojos que irían marchitándose hasta desaparecer de la faz del infierno. En aquella caverna oscura, rojiza, llena de olor a azufre y con un ardiente calor que abrasaba las gargantas, no había una pizca de misericordia, de bondad, de algún sentimiento humano.
Pero eso era mentira. María creía que no todo era blanco o negro puro, dentro del blanco había negro y a la inversa. Ella no deseaba el mal a nadie, sólo quería vivir en paz. María era la menor de cinco hermanas que estaban enmarcadas en un panorama desolador. Su madre se había suicidado al poco de tenerla a ella, su padre ni idea de quién había sido y sus hermanas eran un cúmulo de maldad. La mayor se dedicaba a engañar humanos y lograba que le vendieran el alma, la segunda hermana era famosa porque había matado infinidad de demonios y luego los abría en canal y devoraba sus entrañas... No quería pensar que sus raíces estuviesen en ese lugar que pronto abandonó.
María se cambió el nombre a Antoinette, intentando borrar cualquier rastro del pasado. Cogió los pocos objetos que tenía de valor y se fue a emprender su vida, lejos de sus orígenes. Más tarde conoció a un demonio, Louis, muy ingenuo y tontorrón que había sido la fuente de las burlas de todo el pueblo. En ese momento descubrió que aquellos rumores eran mentira, que los demonios amaban de la misma manera que los humanos. Se comprometieron y emulando a aquellos seres de corta vida, imperfectos, se casaron. Pronto a su vida vino el primer hijo, Robert, que se parecía a su padre, con el cabello negro en media melena y sus ojos grandes del color de la miel.
La alegría volvió a su hogar pronto en la forma de un niñito pequeño de ojos azules y cabellera dorada que se parecía mucho a María. No tuvo que pasar demasiado para darse cuenta de que el infierno no era el sitio en el que querían que sus hijos crecieran. ¿Entonces qué hacer? El matrimonio estuvo durante una semana pasando algunas noches en vela y mientras Antoinette acunaba entre sus brazos a Francis, debatían sus opciones.
Fue al octavo día que recordó algo que hacía mucho tiempo que había guardado en el baúl de sus memorias: tenía un tesoro familiar que su madre le había legado a ella al morir. No sabía los orígenes, pero se decía que protegía el hogar contra las fuerzas del mundo humano y la escondía a la vista de ellos. Para quien no lo supiese, en el mundo humano se encontraban unas fuerzas que impedían que cualquier ser sobrenatural pudiera instalarse a vivir por aquellos lares. Esas corrientes se aferraban a cualquier poder mágico que pudieran encontrar y lo arrancaban para devorarlo, como un espíritu famélico que buscaba hacerse más fuerte a costa de los demás.
Si un ser sobrenatural pasaba demasiado tiempo en el mundo de los humanos, estaba predestinado a perder toda su magia. Unos decían que cuando esto sucedía, aquellos que antes habían sido ogros, demonios o ángeles se convertían en simples humanos no tenían otro destino que morir en el olvido. Por otra parte, estaban los que aseguraban que con los poderes mágicos arrebatados, estaban avocados a la muerte, a desintegrarse sin dejar rastro, sumidos en un dolor inimaginable similar a lo que pasaría si sus venas se secaran de repente. Ninguno de los que se había marchado había regresado, así que este hecho alimentaba ese sentimiento de incertidumbre.
Durante un año, Louis se escapaba durante breves lapsos de tiempo al mundo humano y construía una casa en un paraje verde, lleno de árboles. A Robert le contaba que en el que se encontraba más cercano a la casa pondrían un columpio en el que podrían jugar si establecían ciertos horarios. Cuando Francis cumplió tres años, abandonaron el mundo de los demonios y se exiliaron en aquel refugio. Al asentar la vasija en el rincón que le habían designado expresamente a esa pieza, pudieron sentir que aquella presión sobre sus hombros se aligeraba.
Empezaron entonces sus años deliciosos, esos en los que disfrutaron de cómo sus hijos iban creciendo y aprendían a leer, escribir, andar, hablar... Francis se había convertido en un parlanchín terrible que no dejaba a sus padres ni a sol ni a sombra. Sus hijos eran demonios, pero no había en ellos maldad alguna, eran dignos de ser los ángeles más brillantes del firmamento.
Pero todo lo bonito parece atraer con demasiada facilidad el mismo final, el desastre. Cuando Francis cumplió nueve años vinieron unos señores a su casa. Robert tenía entonces once años y con un gesto de su madre se fue hacia su hermano menor y le ocultó. A través del hueco que se formaba entre el brazo y el cuerpo de Robert, miró hacia la puerta y vio unos seres inmaculados, hermosos, con alas bellas de un blanco tan puro como la nieve que caía por esa zona en invierno. No pudo escuchar de qué hablaban, sólo vio que su padre agitaba los brazos con vehemencia. Los ángeles, que vinieron a ver qué intenciones tenían esos demonios que estaban en tierras que les interesaban, les pidieron que se fueran y regresaran a ese hueco inmundo en el que les tocaba vivir, se dieron la vuelta y se marcharon sin más.
Francis que se pasaba el tiempo en las nubes, demasiado ensimismado con los humanos, ahora se fascinó al ver un ángel de tan cerca. A su madre le transmitió que no comprendía por qué los ángeles y los demonios se peleaban desde hacía tanto tiempo. María le prohibió con más ahínco hablar de ellos y le comunicó que debía evitar siempre a toda costa a un ángel ya que todos estaban muy cegados por el pasado, el rencor y el miedo y no entendían que todos los demonios no tenían por qué ser malos. El chiquillo no estaba de acuerdo al cien por cien, pero no tenía nada con que rebatir su argumento.
Como hacía cada dos domingos, el rubio se escapó para ir a escuchar el concierto de Jazz que se hacía en la plaza de un pueblo que quedaba a una hora de casa. Al regresar, de noche, se quedó congelado al ver que en la puerta había un gran ángel con una espada en la mano. Escuchó un grito de mujer que venía del interior de la casa y Francis se agachó entre los arbustos y se tapó la boca con las manos. Su corazón le daba la sensación de estar apretado por un puño invisible y le costaba respirar con normalidad. Salieron dos ángeles del interior: uno cargaba con la vasija de su madre, el otro iba manchado de sangre. Se negaba a creer que les hubiese pasado algo. Los seres inmaculados se alejaron y Francis salió de entre los matojos respirando agitadamente. Corrió en dirección a su casa, pero antes de poder alcanzarla se produjo una explosión que rompió las ventanas e inmediatamente dejó la casa en llamas, inaccesible. Se dejó caer de rodillas en el suelo y mirando aquella escena, con las manos aferrando su pecho angustiado, desesperado, lloró. Sus ojos estaban anegados en lágrimas que resbalaban por su rostro y sus labios se encontraban abiertos, repitiendo una suave negación.
Las llamas le obligaron a abandonar el bosque y cuando regresó, horas más tarde, el lugar era una yerma tierra cubierta en cenizas y escombros del color más oscuro y funesto que podía recordar. Los escombros de su casa eran difíciles de apartar para un niño de nueve años. En un par de ocasiones casi le caen encima trozos de madera requemada. En lo que parecía ser el comedor, Francis encontró tres cadáveres quemados, uno de ellos con un brazo un poco elevado hacia el cielo. Vomitó todo lo que su estómago contenía mientras que las lágrimas volvían a brotar. Estuvo delante de los cuerpos horas largas, llorando hasta que ya no quedaba una sola gota que derramar, murmurando las mismas preguntas una y otra vez.
- ¿Por qué ha tenido que pasar esto...? ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho nosotros...?
Al segundo día estaba hambriento y se sentía débil. El mundo de los humanos ya no le quería más en ese lugar. Regresó al infierno y allí encontró todo a lo que no estaba acostumbrado. Pasó años miserables, años que aunque no sofocaron por completo la pena, la hicieron más llevadera. Su odio hacia los ángeles se fue incrementando con el tiempo. Aquella era una panda de mentirosos y les haría pagar por todo lo que le habían hecho a su familia. Esos que se llamaban ángeles no eran más que los peores de los demonios con un disfraz blanco impoluto. Para él, los verdaderos ángeles eran los humanos, que le habían salvado atrayéndole con sus encantos, evitando que aquella noche hubiese estado en esa casa.
Francis iba a tener su venganza. Lo haría por todos ellos, nada iba a detenerle.
Aunque tuviese que convertirse en el más maquiavélico de todos los demonios.
- No voy a acabar contigo, Antonio, es imposible que lo haga. Tú eres diferente, lo tengo claro tras todo el tiempo que he convivido contigo. Además, mi madre se llamaba Antoinette y no puedo evitar recordarla cada vez que escucho tu nombre. -confesó. Era ese el motivo por el cual evitaba llamarle así y usaba el mote "angelito".
Se hizo un silencio profundo. La historia había pillado a Antonio por sorpresa aunque, al mismo tiempo, no le extrañó que Francis tuviese un motivo con fundamento, sustentados en unos pilares que no eran irracionales o que buscaran simplemente herir a la gente. Imaginar aquella escena le había sobrecogido. No era mentira, lo supo por el temblor que a ratos sacudía su voz y sus manos. Francis había sufrido al rememorar esa historia, ese día en que había perdido a sus seres queridos.
- ¿Y crees que eso te ayudará a sentirte mejor? ¿Crees que cuando hayas sumidos a todos en el caos, en la confusión, en la desesperación, serás feliz?
- No, no creo que lo sea. Sólo habré logrado mi objetivo que hace años establecí.
- ¿Y por qué lo haces? ¿No podrías encontrar algo mejor que hacer? ¿Es que tu vida no tiene otro sentido? -preguntó Antonio.
- Mi vida perdió sentido hace demasiados años. -le replicó sonriendo tristemente- No puedo deshacer tu maldición, Antonio, eso significaría que ya no tendrían ningún motivo mantenerme vivo. A pesar de todo, quiero vivir.
- Tranquilo, lo entiendo. -dijo el ángel dibujando una débil sonrisa- No quiero que lo hagas si eso va a significar que mueras. Has tenido una vida muy triste, no creo que sea el final que mereces.
- Gracias... Siento lo que hice, lo que llegué a insistir con el tema. No pensaba, estaba igual de sorprendido que tú después de recibir semejante respuesta. En ningún momento recapacité en que si mi padre hubiese contestado algo similar, para mí hubiese sido devastador. No debería haber insistido.
- Entiendo a mi padre... Tampoco querría que él se sacrificara por mí; le quiero. -dijo Antonio ladeando la mirada, con una sonrisa forzada- Aunque eso no quita que haya dolido. No puedo decir que te perdone por completo, pero entiendo mejor qué te ha hecho comportarte de ese modo. En el fondo parece que tienes buen corazón y todo...
- A veces me lo pregunto... -dijo sonriendo resignado.
Antonio se levantó y le dio una fuerte palmada en el hombro que casi le desmonta. Le miró, sorprendido, mientras el ángel caminaba hacia la puerta. Éste se detuvo en la puerta y le habló dándole la espalda.
- No puedo creer que unos ángeles hicieran algo así por unos motivos tan egoístas, pero no creo que me estés mintiendo. Por eso mismo, voy a investigar a ver quién fue y si tengo pruebas, denunciaré tú caso para que reciban el castigo que merecen y sean encerrados. El mal, sea en el bando que sea, en el mundo que sea, sigue siendo el mal.
- ¿Te vas a convertir en el abogado del diablo? -dijo Francis resignado.
- Quizás. -contestó el de cabellos castaños ladeando el rostro para mirarle, portaba una sonrisa- Mañana prepárame las comidas de nuevo. El ambiente sigue tenso con mis sobrinos, prefiero comer en la habitación.
Francis suspiró, apoyó el codo en la mesa y sobre la mano el rostro. Miraba hacia la puerta sonriendo un poco incrédulo. De verdad que era bien raro... En ese momento, el demonio tuvo un pensamiento.
"Mamá, he encontrado un verdadero ángel..."
Había pasado casi una semana desde que Francis se había sincerado con él y le había contado lo que había sido el motivador de sus planes de sembrar caos. A veces se había encontrado a sí mismo recordando la historia, imaginando a Francis más joven, solo, regresando al infierno que no entendería su manera de ser mientras cargaba con la pena de saber que su familia había sido asesinada. Aunque no justificaba que hubiese tomado la decisión destructiva, comprendía que una situación como aquella era normal que le hubiese llevado a pensar en ideas locas y dañinas.
No habían hablado más de ello, así que Antonio se preguntaba si seguía pensando en venganza y qué haría falta para que se olvidase de ella. A pesar de todo, Francis seguía muy dispuesto a imponer el caos en el Paraíso. Bueno, él podía detenerle todas las veces que fuese necesario y demostrarle que aquella no era la manera, que debía encontrar otras metas, otros horizontes que le hicieran realmente feliz. Ese camino de desgracia por el que Francis estaba caminando no era la única opción que le quedaba, estaba seguro de que sería mejor si volviese a ser como él era en realidad.
Cada vez estaba más convencido de que era bueno, de que bajo esa fachada, bajo todos aquellos actos, el demonio escondía aún aquella personalidad que había tenido desde niño, aquella inocencia que sus padres habían querido proteger aunque les había acabado costando sus vidas. Cuanto más hablaba con él, más palabras y risas intercambiaban, Antonio encontraba más motivos para creer en todo aquello. ¿Qué había estado pensando mientras compartían momentos íntimos en aquel sueño forzado? Eran algunas de las preguntas que habían cruzado por su mente.
Últimamente también pensaba en otras cosas, como por ejemplo en la posibilidad de alcanzar un acuerdo intermedio y dejarle marchar. Si lo hacían, era posible que Francis le quitara su maldición, ¿no? Pero, para eso, antes tenía que convencerle de que matar a alguien y sembrar el caos y la desesperación, no era lo que debía hacer. Sólo después de eso su idea era viable.
Para tal propósito había otra cosa que debía hacer y esa era convencer a su padre. No entendía el motivo, pero él parecía reacio a dejarle marchar sin más. Con la mirada de desaprobación que a veces le dirigía, Antonio podía leer que deseaba hacerle pagar a Francis por todo lo que había hecho. Por eso mismo, el ángel debería hablar con su padre para que él comprendiera y lo aprobara. Sabía que lo podía hacer, le conocía. Aunque últimamente se encontraba alterado, fuera de sus cabales, en el fondo era la misma persona. Lo que le ocurría era que no permitía que le hubieran hecho algo así a su hijo, normal al fin y al cabo, Romario era padre a pesar de no estar en momentos importantes.
El demonio se encontraba en la cocina, realizando alguna tarea, no sabía cuál. Antonio se atavió con una camiseta blanca y unos pantalones tejanos del mismo color. Con la mano se peinó, observando su reflejo en el espejo. Los mechones de color chocolate se resistieron y en cuanto el cepillo pasó de largo regresaron a su posición habitual. Abrió el grifo, dejó que el agua abundantemente cayera sobre sus manos y que se derramara por esa grieta imposible de cerrar que se formaba entre ellas. Levantó los brazos y dejó que el líquido le mojara la cara, produciéndole un escalofrío que le recorrió toda la espalda. A tientas cogió la toalla y se secó el rostro.
La dejó en su sitio, se miró en el espejo y sonrió. A pesar de la marca que había en su hombro, que se negaba a irse, que era la prueba de que aún caía sobre él aquel hechizo maldito destinado a terminar con su vida, Antonio pudo sonreír con jovialidad a la superficie reflectante. Si su padre le veía triste, ¿cómo pretendía que se replanteara lo que iba a decirle? Debía ver que estaba bien, que Francis había cesado aquella espiral destructiva a la que le había sometido hasta antes de capturarlo. Le comentaría sus progresos, las charlas interesantes que tenía con él y así mejoraría la imagen que tenía del demonio.
Caminó por el pasillo hacia el despacho de su padre. Los zapatos blancos apenas hacían ruido contra el suelo a medida que iba avanzando por la alfombra. Pudo ver que la puerta estaba entreabierta y, hasta que no estuvo más cerca, no fue consciente de que se escuchaban voces. Sus pasos disminuyeron el ritmo para intentar entender lo que decían. Al principio fue un murmullo incomprensible, pero subieron el tono y él estaba más cerca y pudo entenderles. Parecía que su padre se estaba peleando con alguien y no podía reconocer al dueño de la otra voz.
Antonio se quedó a escasa distancia de la puerta, amparado por la madera, que impedía a la gente que estaba dentro saber que él estaba allí. Iba a llamar pero de repente se quedó helado al escuchar su nombre de labios de esa otra persona que se encontraba en la estancia. No pudo llamar, bajó el brazo y se quedó escuchando. Sabía que no debería estar haciendo eso, que era de mala educación, pero no podía evitarlo. El tono de la conversación era serio y que de repente hablaran de él había captado su atención.
- ¿Qué? -insistió Romario tras escuchar que de repente su hijo salía a colación.
- El problema aquí, más que ese demonio, es Antonio. Lo has escuchado bien, parece que este tema estaba destinado a aparecer un día u otro.
- Él no es el problema de nada, Miguel. Mi hijo ha sido víctima de las artimañas de ese demonio.
- Tu hijo, como insistes en llamarle, no deja de hablar y pasar el tiempo con él como si fuese uno de nosotros. ¿Te crees que eso es normal? Ni intentes buscarle una excusa, no la tiene. Está simpatizando con el enemigo, como si fuese un enfermo mental que empieza a admirar y sentir simpatía por su secuestrador.
- Ni se te ocurra insinuar que Antonio tiene una enfermedad mental. Lo que pasa es que es especial, pero ya le haré entrar en razón. -el tono del arcángel era inquieto, nervioso, como si intentara justificar algo bajo cualquier concepto. Aquello extrañaba al más joven, que se encontraba fuera.
- Demasiado especial. Te dije que era un error... Hace tantos años te lo dije, que te ibas a arrepentir de todo esto. Por sus venas corre la misma sangre, deberías haberle matado cuando era un chiquillo. Tus dudas, tu momento de bondad te pudo y le adoptaste. Pero mírate, ¡no te ha dado más que problemas! ¿Quieres una solución para todo esto? Envíale lejos, a un bosque, y deja que él mismo se muera.
- No sigas con eso, Miguel. En aquel momento no era más que un niño pequeño. -dijo Romario.
- ¿Y qué? Ahora ya no lo es, termina lo que entonces no pudiste terminar. Nunca ha sido tu hijo, te lo llevaste porque no le quedaba nada más y a ti te reconcomía la culpa. Es un peligro y deberías terminar con él antes de que te salga el tiro por la culata y sea él el que amenace con erradicar tu existencia.
- ¡Sinsentidos! Antonio no haría algo así. Para él soy su padre, su familia.
- ¿Y por eso sigue insistiendo en proteger a ese demonio? Después de todo lo que ha hecho... Su mente está infectada por esas mismas ideas. Antes de que se transforme más, acaba con él.
El joven ángel había estado esperando todo ese tiempo a un lado, en silencio, con los puños apretados contra su cuerpo. Le helaba la manera en que Miguel hablaba de él, en cómo la palabra muerte y asesinato planeaban sobre todas y cada una de las frases, como una amenaza invisible que no sabía que existía hasta ese instante. Lo que más le chocaba era que su padre no montaba en cólera, intentaba justificarle de alguna manera, pero parecía nervioso. Algo pasaba y no sabía qué era. No se trataba de una cosa que fuese reciente, se remontaba a cuando le adoptaron.
- Piénsalo bien, Arcángel, los demás consejeros están inquietos y como no hagas algo al respecto, se va a formar un buen escándalo.
La sorpresa de Miguel, un hombre de pelo largo canoso el cual llevaba recogido en una coleta y ojos de color dorado, fue patente cuando abrió la puerta y vio allí a Antonio plantado, tenso. Los ojos verdes del muchacho pasaron vagamente por la mirada de ese desconocido al que ya repudiaba, sólo por su tono de voz y la manera en que había hablado, y se clavaron en su padrastro. Romario le observaba atónito, con los ojos como platos, y del mismo susto se había levantado un par de centímetros de la silla y había apoyado las manos sobre la mesa. Nadie dijo nada durante unos largos segundos.
- Quiero saber qué está pasando. -dijo Antonio- Nada de evasivas, algo me has ocultado, padre, y ahora quiero saberlo. ¿Por qué este hombre dijo que tendrías que haberme matado cuando me recogiste? Quiero explicaciones ya.
Miguel miró a Romario inflexible, buscando advertirle y aconsejándole que no hablara demasiado. El de mayor rango le hizo un gesto con la mano, despectivo, para que se marchara del lugar. Ya suficiente había fastidiado las cosas. Todo el cuerpo le temblaba, era como si se hubiese quedado frío de repente, sólo de pensar que su hijastro estaba delante de él con la convicción de escuchar su historia, los motivos que ese hombre tenía para decir aquellas cosas.
- Siéntate en la silla, Antonio. Hay cosas que no te he contado.
Francis había estado lavando la ropa de Antonio en ese cuartucho que olía a jabón de algo similar a la lavanda. Le había pillado el truquillo a eso de lavar la ropa y podía hacerlo en más o menos la mitad de tiempo que antes. Debía confesar que todo aquello era gracias a aquel ángel que era más raro que un perro verde. Él, un día, le había dicho que le ayudaría y le había enseñado unos cuantos trucos muy buenos.
El tema con Antonio era bastante curioso, digno de mencionar. Tras haber confesado su motivación, haber visto que él no se reía o mencionaba que sus padres quizás lo merecían, Francis se había sentido más ligero, como si se hubiese quitado un gran peso de encima. Poder hablar con libertad con el de cabellos castaños, tener la certeza de que le conocía realmente y que hablaban cordialmente de manera honesta, le había hecho olvidar que aún seguía cautivo. Su idea inicial de que Antonio era un idiota había sido simplemente la excesiva inocencia del mismo, que le había parecido surrealista. Pero, aparte de esa inocencia, que no podía negar que existía y no era fingida, el de cabellos castaños y ojos verdes tenía una visión interesante del mundo. Le había clasificado dentro de los pacifistas, siempre intentando solucionar cualquier problema mediante el diálogo. Él se encargaba de ser la contraparte, esa voz pesimista -el rubio insistía en que era realista- que afirmaba que no todo podía resolverse sin pelear.
Habían tenido interesantes debates acerca de sus existencias, del significado de éstas, de las enemistades que enfrentaban desde hacía innumerables años a sus correspondientes razas, todo eso mientras cada uno estaba echado en un sillón cercano a la ventana y, próxima, había una mesa con un plato en el que ya sólo quedaban los restos de un aperitivo que habían devorado. Habían sido días calmados, los cuales nunca había imaginado que llegaría a vivir y menos en compañía de un ángel.
Dejó las camisas, perfectamente dobladas, sobre la cama para que Antonio las viese cuando llegara. Le gustaba tener su aprobación, que le echara halagos por lo bien que olían y lo genialmente planchadas que estaban sus camisas. Al demonio le gustaba ser el centro de atención y recibir la admiración de la gente. Si no lo lograba tampoco hacía un drama de ello, pero conseguirlo le levantaba la moral. La puerta de la habitación se abrió y él levantó el rostro y miró hacia allí, sonriente. Entreabrió los labios para azuzar a Antonio para que viese su gran trabajo, pero la sonrisa se le cayó de la boca al ver al ángel, que ni siquiera le había mirado.
La puerta resonó con fuerza al ser cerrada por Antonio de manera brusca. Se quedó mirando la madera ido y entonces su gesto se fue transformando en uno iracundo. Sus dientes se apretaron y se formó con sus labios una mueca de rabia que los dejaba al descubierto. Sus manos temblaban y cuando él mismo fue consciente de eso apretó los puños para que no fuese visible. Francis no se atrevía a preguntar nada, miraba al joven con sus ojos azules más abiertos de lo normal. En el tiempo que hacía que lo conocía, nunca le había visto así.
El ángel empezó a pasear por la habitación, como si fuese una bomba a punto de explotar. Casi se podía oír el tic-tac de su cabeza, repasando seguramente lo que fuese que le había dejado de esa manera, y de repente se desencadenó la tormenta. Con una patada tiró la mesa contra un rincón de la habitación. Lo siguiente fue coger una silla y con esa barrió la otra. El demonio cerró los ojos y apretó párpados cuando el sonido le taladró la cabeza.
Al abrirlos, Antonio estaba tirando todo lo que había encima de la cama por cualquier lado mientras escuchaba aquellos jadeos de esfuerzo por la ira que se acumulaba en su estómago, mezclada con la impotencia y la traición.
- Oye... Me cuesta mucho adecentar tu habitación, no me la desord- -tuvo que echarse a un lado y esquivar un cojín que Antonio le había lanzado- Está bien, haz lo que quieras...
El ser de luz se sentó sobre la cama y miró al suelo, cabizbajo. No entendía nada Francis, que le miraba preocupado. Eso no era su culpa, la maldición no provocaba un comportamiento así y él no había convocado sus poderes desde que aceptó seguir las reglas del juego del hombre que tenía delante. Estiró una mano hacia él y dio un paso, con toda la intención de aproximarse a ver si eso le calmaba.
- ¡No te acerques! Simplemente quédate lejos, no quiero que nadie me mienta más. Ya estoy harto de que todo el mundo se crea que me puede ocultar cosas importantes y que me afectan. ¡No necesito que me defiendan! ¡Ni siquiera lo están haciendo bien, por el amor de Dios!
- Oye, ¿qué ha ocurrido? Nunca antes habías venido de esta manera y habías sembrado el caos en tu cuarto. Estás alterado, se ve desde kilómetros. Sé que el hecho de que diga esto un demonio debe ser raro, pero puedes confiar en mí.
- Todo es una mentira, Francis... -dijo Antonio tras un largo silencio en el que ponderó si era una buena idea contarle eso a alguien. Ni él mismo había podido aún asimilar todo aquello. Era demasiado. Sentía que su cabeza iba a explotar y que su pecho le dolía en exceso- Mi padre me ha tenido engañado, no soy igual que ellos. Sólo soy una especie de monstruo a su parecer, como una bomba de relojería que hasta mi padrastro teme. No te acerques a mí, déjame solo.
El rubio volvió a mirarle sorprendido. Había dicho palabras fuertes y en el fondo no había explicado nada. Todo era una masa confusa que le había preocupado aún más. Ignoró las órdenes de Antonio, el cual se había encorvado hacia delante, haciéndose un ovillo aún sentado sobre la cama, y se fue hacia él. No le tocó, sólo se sentó a su lado y observó el mismo suelo que esos ojos verdes enfocaban. Viendo que no decía nada, pegó un suspiro.
- Antonio... No creo que sea tu mejor opción callarte, estás muy alterado por mucho que lo intentes negar. ¿No piensas que quizás te sentirías mejor si lo compartieses con alguien? Tampoco digo que tenga que ser yo, pero estoy dispuesto a escuchar. A mí no me importa lo terrorífico que ellos crean que eres, yo soy un demonio al que se supone que muchos temen; no vas a asustarme fácilmente.
- Parece que tenemos más en común de lo que pensaba, Francis, a mis padres también les asesinaron unos ángeles.
Ante esa declaración, el rubio fijó atónito sus ojos en el rostro apenado, atormentado, de Antonio. El muchacho entreabrió los labios tras tomar aire y reprodujo la historia que Romario le había contado.
Desde tiempos inmemorables, el Reino de los Cielos, mundanamente conocido como el Paraíso, había estado poblado por esos seres que eran nacidos con el don de ser puros, de relucir con la luz que se les había otorgado por la gracia de Dios. Durante el transcurso de los años, diversas familias de ángeles se habían ido entremezclando. La sangre fue pasando de unos a otros y de repente algo ocurrió, surgió un ser diferente. El primer ángel al que muchos, mandos altos del gobierno, llamaron el Sujeto Alfa. Ceres era una muchacha cuyo cabello rubio, ondulado, parecía brillar por sí mismo, arrojando destellos que lo asimilaban al oro puro. Pero no era lo más llamativo, Ceres era diferente, sus alas eran de un tamaño mayor que las de un ángel normal y corriente. Desde pequeña la observaron y comprobaron que aprendía más rápido de lo normal, retenía conceptos con una habilidad extraordinaria y destacaba en todo lo que se propusiera.
Ceres fue el principio, lo que les avisó y les hizo darse cuenta de que no era la única que había nacido con esa condición física y mental. Una mutación que no supieron identificar en ningún momento, ni al inicio de los sucesos ni después de todos aquellos eventos, había creado una nueva raza de ángeles que distaba mucho de todo lo que habían conocido hasta el momento. Eran superiores en todo: tenían un poder latente que cuando se despertaba era apabullante, sus alas eran de mayor tamaño, más brillantes, más fuertes y fascinantes, su intelecto era superior y su facilidad de aprender también. No era de extrañar que hubiesen sentido que entre ellos y los ángeles que siempre habían poblado los Reinos existía un vacío, un risco que no podían saltar y que los mantenían separados.
Los Blancos, como les llamaron los que conocían de su existencia, se marcharon, emigraron a unas tierras neutras y allí sentaron las bases de su propia cultura. Su manera de pensar era diferente y eso provocaba que repudiaran cualquier forma de violencia. Nada justificaba ponerse al nivel de los demonios, aunque se hiciera para castigarles. Desaprobaban enormemente aquella manera de colonizar que los cuatro arcángeles usaban para lo que ellos decían que era reunificar las tierras y convertirse en una unidad que pudiera derrotar a los demonios. Por mucho que fueron llamados a combatir, los Blancos mostraron su insubordinación hacia unos líderes a los que consideraban por debajo de su inteligencia y se negaron a acudir al campo de batalla.
En aquel frío invierno, los cuatro arcángeles iniciaron un proceso de diálogo con el líder de los Blancos, en un intento de hacerles ver la realidad y obtener su poder con el que, sin duda, ganarían esa eterna batalla con los demonios. Pero, por mucha dialéctica que usaron, por mucho que retorcieran sus palabras e intentaran infundirles miedo diciéndoles que sus hijos no estarían a salvo, aquellos ángeles se negaron a unirse a sus hermanos y luchar por el bien. De estos encuentros se extrajeron un par de conclusiones: Estaban solos en esa guerra santa y los Blancos cuanto más lejos, mejor. Les parecía una especie de enfermedad esa mentalidad pacifista que les daba la impresión de que poco interés tenía en defender a sus seres queridos.
Convivieron durante años de esa manera, hasta que la unificación del Reino se recrudeció. Entonces, aquellos seres con mentalidad superior, los que veían la guerra como un sinsentido que sólo terminaba con las vidas de los que no tenían culpa alguna, decidieron que tenían que hacer algo. Sus antepasados, aquellos seres de mentalidad cerrada, se estaban propasando con sus acciones y subyugaban a sus propios hermanos sin que la mano les temblara, por lo que consideraban el bien. Ellos, como su descendencia más perfecta, con ese conocimiento con el que habían sido bendecidos, debían tomar cartas en el asunto y lograr que el derramamiento de sangre y ese proceso de someter a seres de luz desapareciese.
Así lo proclamaron a los cuatro arcángeles: "Aunque hiciera falta que se repartiesen por el territorio, protegerían a cualquier ángel y evitarían el sufrimiento". Si tenían que invocar sus armas, lo harían. Los ángeles se tomaron aquello más como una amenaza que como una declaración de principios. No entendieron que pensaban evitar derramamientos de sangre por cualquiera de los dos bandos y que pretendían encontrar una solución por medio del diálogo. Lo que ellos comprendieron fue que iban a luchar por los que ellos trataban de insertar en aquella gran sociedad y eso representaba una gran amenaza.
Si bien era cierto que eran superiores en número y no se podía comparar la cantidad de seres de una raza que llevaba milenios con una raza que casi no llegaba al centenar, pero estaban hablando de los Blancos, una mutación, con unas características físicas y un poder que les superaba por completo. En un enfrentamiento real no saldrían ilesos y tampoco sabían si iban a salir victoriosos. Los Blancos pasaron de ser considerados una bendición a ser la calamidad que podría llevarles al fin de sus días. Las reuniones se sucedieron a lo largo de tres meses en los que las actividades militares de cualquier tipo se suspendieron. Fueron charlas acaloradas, investigaciones de horas acerca de los sujetos más importantes y concluyeron que esa mutación, por el motivo que fuese, ya sólo se daba entre sus miembros y la descendencia que éstos tenían.
Para los ángeles, débiles y asustados ante ese ser extraño que pensaba diferente y que era más fuerte que ellos, aquella era una gran noticia: ahora tenían la fuente de sus quebraderos de cabeza toda junta en un mismo lugar.
Hicieron falta otros tres meses para decidir lo que debían hacer y cómo. Era principios de verano cuando se prepararon a las tropas y emprendieron el camino hacia el exterminio de aquella parte oscura de su raza. Los mismos arcángeles y otros de más alto rango tomaron parte en aquella campaña. Las miradas de los Blancos les produjeron escalofríos, casi estaban resignados, como si hubiesen esperado aquello. Fue una matanza indiscriminada. Ellos intentaban defenderse pero nunca contraatacaban y eso hacía que terminaran cayendo sobre un charco que se formaba con su propia sangre. Fueron masacrados todos: niños, mujeres, ancianos, hombres; todo por asegurar que sobre las cabezas de sus propias familias no pendía una nueva amenaza. Incendiaron las casas y el ruido de la madera arder sólo a veces era roto por el grito agónico de algún Blanco. Romario caminaba por una zona, con su espada larga en la mano derecha manchada por la sangre, observando aquel espectáculo digno de una imagen del mismo infierno. Y entonces uno de los cadáveres se levantó y de debajo del cuerpo salió un niño pequeño. Debía de tener unos cinco años y su cuerpo estaba manchado de tierra y sangre que no era la suya. Sus ojos verdes destacaban sobre aquella capa oscura de mugre que manchaba su rostro y sus brazos. El cabello estaba corto y despeinado. El chiquillo se quedó de rodillas y miró a su alrededor, confundido, sin entender nada de lo que pasaba. Romario sintió una pizca de culpabilidad al verle. Se agachó frente a él y le observó. El niño también tenía sus ojos fijos en él.
- ¿Por qué has matado a mi mamá? -dijo el chiquillo a media voz.
Romario estiró una mano y tomó la del pequeño. En la muñeca tenía una pulsera con placa en la que estaba inscrito un nombre. Atrajo al niño y le dio un abrazo.
- Lo siento, Antonio... -murmuró acariciando aquella espalda pequeña que temblaba.
El cuerpo del pequeño se relajó de repente y pudo notar que había perdido el conocimiento. Dejó que descansara sobre el suelo mientras su mente se devanaba los sesos tratando de pensar qué debía hacer con él. Pronto llegó Roderich a su altura, joven, vigoroso, asistiendo a todos en el campo de batalla. Portaba una chaqueta blanca larga que ondeaba con el viento, las solapas tenían marcas de sangre, pequeñas motitas que habían saltado y habían manchado aquella tela inmaculada. Su pelo castaño oscuro se encontraba parcialmente despeinado.
- Señor Arcángel, es uno de los Blancos, ¿no ve sus alas? -le dijo observando el cuerpo caído del niño.
- Lo sé. -replicó el mayor- Es imposible no verlas. Pero no puedo matarle, es sólo un crío. Spartacus es un par de años mayor que él, ¿cómo podría acabar con él? No tiene culpa.
- No se trataría del primero en perecer en toda esta operación. Esto era necesario, usted mismo estuvo de acuerdo. Romario, sólo tiene dos opciones: O le mata, o...
- Podría adoptarle. -dijo él ángel de mayor rango de repente.
- Bueno, esa no es una mala idea. En un futuro puede convertirse en un ángel muy poderoso que estará al servicio de los intereses del Reino.
- ¿Qué estás diciendo? -le replicó indignado- Eliminamos a toda esta gente porque eran demasiado poderosos, no voy a potenciar la fuerza de Antonio. Le adoptaré, le daré un hogar y velaré porque sea feliz. No quiero que nadie, además de los ángeles del consejo, sepa que este chico es uno de ellos. Quiero que tenga una vida normal a pesar de todo lo que le hemos arrebatado.
- Pienso que es un error esconderle su pasado, debería saber quién es al menos, que tenga claro que es especial y que eso lo use para nuestro bien. No hay que contarle lo que hoy ha acontecido, eso está de más decirlo.
- Roderich, deja que sea yo quién decida la manera en que quiero educarle. A partir de ahora este chico va a ser como un hijo para mí. Él será un recordatorio necesario para todos de lo que hemos hecho hoy aquí. No podemos olvidar que esta gente vivió.
La conversación no fue mucho más allá, Romario cogió al niño en brazos y le llevó hacia sus dominios. A todo el mundo le dijo que era un chiquillo al que había encontrado abandonado y medio muerto de cansancio, que quizás había estado deambulando por el mundo mucho tiempo solo hasta encontrarle. Los médicos le examinaron y determinaron que no tenía ninguna herida grave, una contusión pero poco más. Era del golpe que se habría dado cuando un cuerpo adulto cayó como peso muerto sobre él. Temía la reacción del niño cuando despertara, durante el día que pasó a su lado le miraba como si fuese un peligro. No se fue ni un momento, estaba asustado sólo con pensar que podría despertar y empezar a tildarle de asesino mientras él estaba fuera.
Finalmente el niño abrió los ojos, confundido, y miró a la enfermera vestida de blanco que tenía delante de él.
- Buenos días, pequeño. ¿Cómo te encuentras? Estás en un hospital, el señor Romario te encontró y te trajo aquí.
Los ojos verdes del niño miraron ahora ese hombre que estaba sentado en un sillón, a un par de metros detrás de la enfermera. Los nervios tenían el cuerpo del arcángel tenso. Le hubiera gustado poder decirle a la enfermera que les dejara a solas, pero eso sería sospechoso. Por mucho que le había estado dando vueltas, no podía pensar en cómo tendría que actuar si Antonio empezaba a gritar. El niño sonrió débilmente al hombre y eso hizo que su cuerpo se relajara más.
- Gracias... Aunque no me acuerdo de nada, sólo sé que este señor me dio la mano. ¿Qué me ha pasado?
Aquello fue la oportunidad de oro, lo que realmente necesitaba Romario para que a ese niño no le pasara nada. Se levantó, se acercó a su lado y le puso una mano en el hombro. Cuando los ojos del chico se alzaron y le observaron, él le sonrió de manera tranquilizadora.
- Parece que estabas solo, pero te prometo que ya no vas a estarlo más, Antonio. A partir de ahora vivirás conmigo y mi hijo Spartacus. Tú serás también mi hijo. Voy a cuidar de ti y nada más te va a pasar. ¿Te gustaría?
El niño se lo pensó durante un momento, ¿pero qué otra opción le quedaba? Lo único que recordaba de sí mismo era el nombre que ese señor usaba para referirse a él y también el momento en que manchado de barro le había recogido. Sus padres seguro que le habían abandonado, a saber por qué razón. ¿Cómo rechazar cuando un hombre de apariencia afable le decía que le iba a proteger?
- De acuerdo, señor... -dijo sonriendo tímidamente.
Romario sonrió contento y le dio un abrazo que hizo que el niño se sonrojase por la efusividad de ese adulto al que no conocía de nada.
- No me llames señor, a partir de ahora soy tu padre. No seremos desconocidos y pasaremos los días juntos, divirtiéndonos. -declaró el arcángel, feliz por saber que Antonio tenía una segunda oportunidad de esta manera. Convencería a quien hiciese falta con tal de que ese niño pudiera seguir sano y salvo. Los brazos del chiquillo se levantaron y abrazaron parcialmente a ese hombre, correspondiendo a su gesto.
- Está bien, papá...
Aquello que le había contado era bastante fuerte. Francis se quedó durante un buen rato en silencio, en el que no supo qué decir. No se vio con corazón de comentar algo de todo aquello, en el fondo le horrorizaba también pensar en eso e imaginar cómo debía sentirse Antonio en ese momento le sobrecogió. Suspiró lentamente y le miró de reojo.
- Romario lo ha dicho, hizo todo esto para protegerte, Antonio... Quizás las cosas son diferentes a lo que imaginabas, pero todas las vivencias de después fueron reales, ¿no?
- ¿Y eso cómo lo sabes? ¿Cómo puedes asegurar que todo lo que he vivido hubiese sucedido si yo hubiese sabido la realidad? Mis padres no me abandonaron, llevo desde que tengo memoria pensando eso mismo. Siempre me he preguntado por qué me dejaron, ¿qué problema les daba para que se fueran? Siempre he considerado a ese hombre como mi salvador, pero no en este sentido. ¡Todo es mentira! Todo lo que me dijeron, la manera en que fue dejando que hiciera mi voluntad... No es que le importara lo que pensaba, es que quería que mis poderes, mi mente, que todo se quedara oculto en lo más profundo de mi ser.
- Pero igualmente no lo consiguió, ¿verdad? En el fondo, sigues siendo tú mismo. Y si todo lo que me has contado es cierto, estás siguiendo el camino de esa gente que era tu familia. Se nota que no te gusta pelear y ante todo pareces evitar cualquier tipo de conflicto. Por mucho daño que te he hecho, no me has hecho nada y rehúsas la idea de castigarme. Eres diferente, Antonio. Aunque han intentado con ahínco cambiarte, hacer que fueses normal como ellos, has destacado.
- ¿Cómo voy a hacerles frente ahora? Ya no sé quién lo sabe y quién no... No sé ni qué es verdad y qué es mentira... Sigo queriéndole mucho, es mi padre, y no puedo decir que sienta dolor al pensar que él dirigió a los ángeles que mataron a mis padres, no puedo recordarles. Mis memorias están bloqueadas, si es que queda rastro de ellas en mi cabeza. Lo que sí que me destroza es pensar que mi padre mandó matar a toda esa gente, a todas esos seres que eran iguales que yo, que yo podría haber sido uno más.
- Pero no lo fuiste. -le dijo Francis intentando hacerle ver alguna parte positiva a todo el asunto. Era verdad que todo lo que el ángel estaba diciendo le parecían cosas lógicas, pero no podía empujarle para que se derrumbara del todo. ¿Y si la voluntad de Antonio se debilitaba? Eso significaría problemas para él, quizás hasta podrían manipularlo y por fin le enviarían de vuelta a una mugrienta celda de la que esta vez no saldría con tanta facilidad como antes.
- ¡No lo fui porque de repente decidió que tenía remordimientos! ¡Pero en el fondo no soy más que un capricho, una manera que tenía de limpiar su conciencia por haber matado a toda esa gente! ¡No puedo con tantas mentiras...! ¡No de esta forma! ¿¡Quién decidió que ocultarlo era lo mejor y que yo nunca me iba a enterar!? ¡¿Es que tan tonto me creéis todos?!
Eso sí que le dejó sin saber qué contestar. Antonio parecía siempre tan feliz, tan ajeno a todo, afrontaba lo que le ocurría de una manera optimista, de una manera que no hiciera daño a los demás. Eso debía ser malo para él. Verle de esa forma, perdiendo los papeles, le chocó. ¿Por qué habían creído a ese hombre tan tonto? Todos, y él no era la excepción, se habían considerado más inteligentes y habían jugado con él. Francis engañándole para luego traicionarle y atacarle, su padrastro le había apartado de los caminos que sus verdaderos padres habían andado mientras creía que nunca se enteraría de todo aquello... Fuera como fuese, Antonio siempre acababa herido y traicionado.
Si lo analizaba, el chico no parecía integrado con nadie más. Nunca le había visto recibir ninguna visita en todo ese tiempo que había estado allí con él, ni hablar de nadie que no fuese su familia. Eso era lo único que le quedaba a Antonio y ahora le parecía haberla perdido de vista al darse cuenta de que le habían ocultado cosas demasiado importantes. Le chocaba percatarse de repente de que ese ángel estaba más solo de lo que había visto en un principio.
En su estómago nació un sentimiento que al mismo tiempo parecía una imperiosa necesidad y un agudo dolor. Estiró los brazos, los posó en la espalda del ángel y le apretó contra su cuerpo en un abrazo que hizo que el de cabellos castaños abriese los ojos sorprendido. No esperaba que aquel demonio que a ratos parecía odiarle visceralmente se compadeciese de él en un momento así. Se aferró con las manos a su espalda y escondió sus ojos contra la camisa del rubio. Podía notar ese temblor que a veces sacudía el cuerpo que estrechaba entre sus brazos.
- No llores, angelito... -murmuró Francis apenado- No es que estés solo, tu padre en el fondo te quiere, por muchos errores que haya cometido en el pasado.
- Ya no puedo confiar en él, no puedo confiar en nadie. De repente no sé qué soy, me aterra pensar que incluso yo sea una farsa. Y aquí me encuentro, llorando sobre tu hombro... Realmente soy patético. Tenías razón cuando te burlabas de mí. -dijo Antonio con un tono de voz apagado.
- ¿Qué? No, claro que no tenía razón. En ese momento estaba cegado, no veía nada más aparte de mi venganza y despreciaba a todos. Pero quizás sí debería pensar en algo que pudiera satisfacerme de verdad, algo en lo que pudiera entretenerme y replantearme lo que iba a hacer. Esos ángeles corruptos han destrozado muchas vidas con facilidad: la mía, la que pudo haber sido la tuya... Aunque desee hacerles pagar por ello, voy a herir a mucha otra gente que no tiene culpa. Bueno... -sonrió entristecido- Creo que eso ya lo he hecho.
Supo que se refería a él porque sintió una de esas manos acariciar su espalda, tratando de aliviarle.
- Es normal que te sientas perdido cuando has descubierto que te han engañado tanto, Antonio. Pero no debes desesperarte, seguro que encuentras una respuesta para todas tus preguntas, una manera en que para ti funcione todo de nuevo. Tu familia es lo único que tienes, a pesar de que te hayan escondido cosas, ¿no?
- No sé si voy a poder confiar en mi padrastro de nuevo. -murmuró. Ni siquiera podía llamarle "padre". Le dolía tanto la traición, que le hubiese escondido algo así- Tampoco puedo dejar de pensar en la de veces que habrá hablado con otros ángeles sobre que yo debería estar muerto.
Francis puso las manos en los hombros de Antonio y suavemente le apartó para poder mirarle al rostro. Sobre las mejillas del muchacho había un rastro mojado que le llamaba mucho la atención. Rebuscó en sus bolsillos hasta que dio con un pañuelo que le había pedido al ser de luz prestado hacía días. No es que lo hubiera usado mucho, sólo para secarse las manos cuando se las lavaba.
- Toma, sécate las lágrimas... Ahora más que nunca creo que tú debes vivir. Será difícil restaurar esa confianza, pero seguramente podrás conseguirlo. Eres el único ángel que ha sido capaz de perdonar a un demonio como yo a pesar de que sabes todo lo que te hice. -le sonrió suavemente, tratando de aliviar ese dolor que llevaba en su pecho- Demuéstrales que a pesar de saberlo vas a seguir adelante, angelito. Confío en tu capacidad para lograr algo así.
El brazo derecho del rubio se levantó y la mano pasó por la comisura de los ojos verdes, con cuidado de no meterle un dedo dentro y hacerle daño. El ángel se tensó de manera imperceptible y le miró sorprendido. Era un gesto amistoso, cercano y despertó en él una sensación cálida, igual tibia que ese roce. ¿Podría ser que hubiera echado de menos un gesto de estas características por parte de Francis? No, seguramente era que se sentía tan solo últimamente que hasta un roce de él le era suficiente.
- Y no llores, que se te ponen esos ojos tan llamativos de color rojo y es una pena. -concluyó Francis apartando la mano y acentuando su sonrisa- Pones una cara muy fea, algo así.
El rubio hizo una mueca, la más fea que en ese momento pudo poner. Antonio le miró sorprendido al ver esa cara que ponía, agarró un cojín y con él le dio un golpe no demasiado fuerte en el rostro al rubio, que empezó a reírse. Por suerte, de esta manera, no se notaba demasiado el sonrojo que el ángel tenía sobre las mejillas. Los dos se reían por lo bajo, sin mirarse a la cara. Era agradable poder echarse unas risas después de ese momento de bajón tan grande que había tenido. No es que estuviese de nuevo al cien por cien, pero sí que se sentía con el espíritu suficiente para luchar, para encontrar la respuesta a una simple pregunta:
¿Qué era lo que debía hacer ahora?
Cuando vino una de las criadas y le dijo que el ángel Miguel había venido de nuevo a hablar con él, Antonio perdió el buen humor que tenía. Francis no estaba con él, le había dejado a cargo de encontrar algunas flores del jardín y trasplantarlas en macetas que decorarían la habitación. La idea le había parecido estupenda al rubio, que había asentido mientras empezaba a estipular qué tipo de flor conjuntaría mejor con el estilo de la habitación. Le había dado un papel con su firma, por si se negaban a darle herramientas, y se había despedido de él hacía minutos.
La relación de Antonio con su padre se había quedado en punto muerto. Romario se sentía demasiado culpable para acercarse a su hijastro y tratar de entablar una conversación normal. Aún podía recordar la forma en que el rostro del joven había cambiado, cómo se había convulsionado ante esa realidad devastadora. Por su parte, Antonio no había encontrado aún su respuesta y cada vez que miraba a su padrastro recordaba la traición y el dolor.
Para rematar esa situación, Miguel había estado viniendo a visitarle cada día con el pretexto de que tenía cosas que hablar con él. Ese ya iba a ser el tercer día que tenía que sentarse con ese hombre al que detestaba. Eran charlas que no tenían una duración demasiado larga y que ponían al joven de los nervios. El primer día la conversación fue por el estilo:
- Hola Antonio, me llamo Miguel, creo que el otro día no tuvimos la mejor de las presentaciones. Soy uno de los consejeros de tu padre. No me andaré con rodeos, creo que fue un error pasar por encima tu ejecución, pero ahora eres un ángel que se ha integrado en esta sociedad.
En ese mismo instante Antonio estuvo a un segundo de levantarse y dejarle con un palmo de narices. Pero respiró hondo y decidió escucharle un rato más.
- Supongo que eso puede decirse. No estoy seguro ni yo mismo, empiezo a pensar que muchos me engañaron. -dijo Antonio sin tapujos.
- Los tuyos eran un peligro, chico, y te aconsejo que te moderes, o muchos van a considerarte eso mismo. Las leyes de nuestro Reino se aplican a ti también, no nos traiciones como ellos hicieron.
- Los míos pensaban fríamente, entendían que de esa manera nada se iba a conseguir. Somos ángeles, enviados de Dios, y nos portamos de manera extraña, como si esto fuese una especie de dictadura en la que todo parece estar bien hasta que decidimos que el sistema no nos gusta o que no queremos estar bajo él.
- Empiezas a tener pensamientos peligrosos, Antonio. -dijo el hombre en ese momento, levantándose de la silla y mirándole como si se creyese superior a él- Voy a informar a mis superiores de esto y a tu padrastro. Como sigas por este camino, empezaremos a vigilar lo que haces cada minuto. Eso sí que no te va a gustar en absoluto.
Ese fue el final de la primera conversación. Tras aquello se fue hacia su cuarto hecho una furia. Se echó sobre el sofá y allí se quedó, resoplando por lo bajo. Entonces, a los pocos minutos, la puerta se abrió y Francis, desde el marco, pronunció una frase que sacó de sus pensamientos al de ojos verdes.
- Pareces un toro a punto de cargar y das bastante miedo. Estoy pensando en buscar algo que usar de capote.
El comentario le dejó a cuadros y le hizo reír durante unos largos segundos. Había leído libros humanos acerca de eso a lo que hacía alusión Francis. Aquello hizo que se relajara y pudo olvidar la conversación desagradable con ese hombre. La segunda charla se sucedió al día siguiente, por la tarde. No pensaba que fuese a ver de nuevo a Miguel, pero ahí estaba, vestido de blanco, formal, y con unos zapatos de charol. Se reunieron en la misma sala y permanecieron en silencio largos segundos.
- Me han llegado cartas con quejas de otros ángeles, quejas que tienen sobre ti. Unos dicen que estás loco por darle asilo a un demonio, en eso no creo que les falte razón.
- No le estoy dando asilo, Francis es un prisionero. -dijo muy sereno aquel día, mirándole con fijación.
- Para ser un prisionero está muy acomodado. Yo diría que tiene más privilegios que muchas otras personas que han pasado por esta casa. Y lo que ya me parece escandaloso es que esté en tu habitación. ¿Es que no entiendes que ese demonio, gracias a la maldición, entró en tus sueños y te hizo cometer uno de los mayores pecados? ¿Cómo se te ocurre meterlo en la casa y en tu habitación? Debería darte vergüenza someter a ese suplicio diario a la gente que habita en la casa y a tus sobrinos, que no tienen culpa alguna.
- Desde que está aquí no le ha hecho daño a nadie.
- Lo peor es que te lo lleves de compras. Ese demonio no es una mascota, es peligroso y encima hablas con él de una manera hasta amigable. Ese comportamiento no va a ser tolerado. Espero que te olvides de esas ideas o tendremos que tomar medidas. Suficiente hace estando en esta casa, metiendo a saber qué ideas pecaminosas y destructivas en tu mente.
- La idea era que estuviera cerca para vigilarle y presionarle para que deshiciera la maldición.
- ¿Se ha acostado físicamente contigo?
- ¿¡Qué!? ¡No...! ¡¿Pero por quién me toma...?! Si lo único de lo que puede hablar es de tonterías, le pido que se marche y que me deje tranquilo. Aunque tengo tiempo libre, me parece estar malgastándolo en este tipo de conversaciones sin sentido.
Ese fue el final de la última conversación hasta la fecha. Antonio había regresado a su cuarto el día anterior incluso más enfadado. La indignación también era enorme. ¿Pues no había insinuado que se había acostado con él...? ¡Lo que era aún peor! ¡Lo había dicho todo tras mencionar que era raro que estuviese en su habitación! Era como decir que las dos cosas estaban relacionadas y eso le indignaba. Cuando abrió la puerta se quedó a cuadros al escuchar música del interior. Francis estaba en uno de los sillones, con las piernas subidas al mismo y sus pies colgando del filo. Entre sus manos descansaba una guitarra española y se dio cuenta de que la estaba afinando. Antonio en ese momento se acercó, confuso.
- ¿De dónde has sacado esa guitarra? -le dijo.
- La he encontrado ordenando un armario tuyo. Estaba cubierta de polvo, la he limpiado un poco y ahora la estoy afinando. Te sorprenda o no, no se me da nada mal.
- ¿Eh? ¿En serio? La encontré un día tirada y me la traje, pero como no sé tocarla y me daba vergüenza admitir que la había recogido, la guardé. ¿Puedes tocar algo?
Francis le sonrió y empezó a tocar una melodía con mucho ritmo, feliz, de esas que levantaban la moral e invitaban a bailar. El rubio no era tonto, había visto la cara que Antonio traía cuando había entrado y no parecía buena idea tocar canciones lentas o tristonas. De esta manera iba a lograr distraerle y la prueba era que ya sonreía e iba siguiendo con la cabeza el compás de la música. Cuando terminó la canción, Antonio empezó a aplaudir con fuerza, riendo al ver aquella fingida reverencia que hizo Francis.
- Algún día podrías darme clases, me gustaría aprender a tocar la guitarra. Suena muy bien. -dijo el ángel mirándole aún de esa manera jovial.
- Claro, soy buen profesor si me lo propongo. -dijo Francis- Yo enseñé a Pierre a volar.
Aquello suscitó preguntas y se habían tirado un montón de horas hablando de tonterías: Primero de ese tal Pierre, luego de en qué animal se convertirían de poder hacerlo y cuando quisieron darse cuenta ya era la hora de cenar. El de ojos verdes estaba tan distraído, al parecer ya había dejado atrás su enfado, que le dijo que le ayudaría a prepararla. Los ángeles del servicio les miraron peor que nunca, pero se sumergieron más en aquella charla banal y todo lo demás ya no importaba.
Eso era todo lo que había ocurrido con Miguel y Francis hasta la fecha. Se atusó la ropa que en ese momento llevaba y caminó hacia aquella sala que ya empezaba a odiar. Los ojos del ángel se posaron en él y Antonio ni se inmutó, aunque por dentro pudo sentir la rabia estremecerle. Tras sentarse en aquella silla de nuevo, el más joven posó su mirada en el hombre y le sonrió falsamente. Le gustaría tanto poder echarle de su casa sin más, sin tener que dar ninguna explicación al respecto.
- El Consejo está preparando una celda para el demonio. Es cosa de días que todas las preparaciones estén listas y que podamos trasladar al prisionero.
- ¿Qué? No he dicho que vayamos a hacer esto. Empieza a confiar en mí, de esta manera sólo lograremos que vuelva a encerrarse y que nunca deshaga mi maldición. No vamos a encontrar nada.
- Estamos seguros de que debe haber otra manera, algo que se ha guardado bajo la manga. En ese centro le tendremos vigilado, no podrá escapar con total seguridad y, además, allí tendremos los medios necesarios para hacer que hable.
- ¿Es que no lo entendéis? Francis no es tan malo, dice que unos ángeles mataron a su familia y que les robaron algo que les pertenecía. Ha estado solo, confundido.
- ¿Estás escuchando lo que estás diciendo? No es como un animal al que puedas adoptar porque le tengas pena. -le dijo Miguel con un tono enfadado- ¡Ese ser es peligroso, está hecho para asesinar y no atiende a razones! ¿Te crees que los ángeles matarían a esos demonios porque sí? ¡Algo habrían hecho! ¡¿Cómo osas creer a un demonio por encima de los que son tus iguales?!
- ¡Estoy harto! ¡Estáis ciegos, con una venda delante de los ojos, porque os atemoriza todo lo que se escapa de vuestro control! ¡Que no podáis controlar algo no significa que eso sea el mal! No justifico todos los demonios, es obvio que hay algunos crueles y sangrientos, ¡pero Francis no es nada de eso!
- No dejas de dar problemas, chico... Desde que Romario te encontró en aquel maldito lugar. La peor decisión de su vida fue esa de recogerte. Pero aún así te crió como a uno más, ni se te ocurra darnos la espalda ahora. Nadie va a aceptar tu comportamiento. Como sigas así, lograré que todos crean que estás loco, que esa maldición te está fundiendo el cerebro y te convierte en el esclavo de ese demonio. Te encerrarán. ¿Eso lo prefieres?
Le invadió un coraje tremendo. ¿Por qué la única manera que tenían de arreglar las cosas era bajo amenazas? Siendo sinceros, no quería pasar sus días en un psiquiátrico. Los ángeles no eran normalmente víctimas de ese tipo de enfermedades que los humanos sufrían tan a menudo, por eso los centros distaban de ser lugares realmente agradables. La idea de ir a uno de ellos le sobrecogía.
- Por supuesto que no lo prefiero. -replicó Antonio enfurruñado con un tono de voz más suave- Pero sigue sin parecerme una idea buena. Este comportamiento nos conduce a más odio, a más lucha. Ellos son violentos, pero nosotros somos la voz de la razón, de la justicia. Si nos rebajamos a provocar más conflicto eso no nos deja a un nivel mayor que el de ellos.
- ¿Insinúas que nos rebajamos a su nivel? No seas inocente. ¿Es que piensas que los desacuerdos se pueden solucionar hablando. Sólo alguien como tú, descendiente de esa raza de locos, sería capaz de decir algo así. Además, esto no se trata de que te parezca o no buena idea. Tú padre ha aceptado nuestra propuesta tras exponerle nuestros argumentos. Su voluntad debe ser obedecida y tú, como su hijo adoptivo, tienes doble obligación para con él. Ese demonio en poco tiempo dirá todo lo que sabe. Espero que sepas aguantar, porque lo difícil no va a ser aceptar que tu manera de hacer las cosas ha fracasado.
Miguel fue el que dio por terminada la conversación esta vez; se levantó y se marchó de la sala. Antonio golpeó el brazo del sofá con el puño derecho, que se encontraba apretado y tembloroso de la misma fuerza que empleaba para mantenerlo cerrado. Se levantó y se fue a su habitación, que en ese momento estaba vacía. Así era como había estado todos los días, y ahora se hacía raro ver que no había nadie. Cogió un bloc de dibujo, un carboncillo, y mirando hacia la ventana empezó a lanzar trazos sobre la hoja que había estado virgen hasta hacía escasos momentos. Dejó que todos esos sentimientos frustrantes, que empeoraban su humor, se descargaran contra el papel y dibujaran siniestras formas. Tan centrado estaba que ni se había dado cuenta de que la puerta se abría. Francis se quedó quieto al escuchar el ruido del carboncillo, desgastándose por la constante fricción. Estuvo observándole un par de segundos hasta que de repente sonrió. Se notaba que a Antonio le apasionaba el dibujo, ya le había visto quedarse absorto otras veces, echado en la cama. Se acercó por detrás y estudió el boceto: era uno de los más oscuros que le había visto dibujar en todo el tiempo que hacía que le conocía.
- Pareces un niño traumatizado que dibuja cosas horribles porque no puede hablarlo con nadie.
- Vete a la porra. -dijo Antonio de manera cortante.
- Oye, no me contestes tan borde... -le replicó Francis y tras eso le pegó un suave golpe en un costado- No he dicho que no me gusten. Soy un demonio y encuentro que son fascinantes.
- Pues yo creo que son basura. -sentenció arrugando la hoja de papel- Siéntate ahí enfrente.
- ¿Debo quitarme la ropa para que puedas pintarme desnudo? -dijo con una sonrisa perversa.
- Eres un tonto cuando te lo propones. Si empiezas a quitarte ropa, te llevo a dormir con el jabón en la sala para lavar. -dijo Antonio sonriendo sutilmente.
- Auch... Qué cruel eres... -contestó Francis fingiendo pena, aunque se notaba a la legua que eran pretensiones. Se sentó en la silla que colocó delante del de ojos verdes- Voy a tener pesadillas con esa habitación.
- ¡Lo dicho, te va demasiado el teatro! -exclamó el ángel riendo con jovialidad. Le había hecho gracia toda la palabrería sin sentido que podía llegar a soltar sin inmutarse.
Estuvieron en silencio durante largos ratos. Francis tuvo que preguntarle si podía moverse y Antonio le dijo que se comportara con naturalidad. El rubio iba aportando temas de conversación que fueron desde técnicas de pintura, a famosos pintores, a la guitarra de nuevo. Cuanto más hablaba con él, más descubría que Francis tenía una personalidad agradable. No se devanó demasiado los sesos, hizo un esbozo de su rostro, sonriendo. Cuando terminó, el rubio se puso insoportable para que le dejara ver el resultado. Al final cedió y se lo tendió. Mientras él comprobaba el dibujo, Antonio se puso a recoger las cosas.
- ¿Puedo quedármelo? -le dijo el demonio después de segundos largos sin decir una sola palabra en los que solamente observó el papel.
- Es un boceto sucio, no tiene ni punto de comparación con lo que hubiese hecho con otro tipo de materiales. -comentó restándole importancia.
- A mí me gusta, me ha enseñado algo que me había pasado desapercibido. Me ha gustado descubrirlo.
- ¿El qué? -dijo Antonio sorprendido ante el tumbo que había dado la situación. ¿Había apreciado de repente algo que había pasado desapercibido para él?
- Que puedo sonreír de esta forma de nuevo. Por eso, ¿puedo quedármelo? Lo guardaré.
Los ojos de Antonio se veían un poco más grandes ya que estaban más abiertos de lo normal. Bueno, ni se había dado cuenta de que el dibujo mostraba eso. Él lo único que había hecho era retratarle como solía verle últimamente. Sonrió ligeramente azorado y asintió con la cabeza.
- Por supuesto, puedes quedártelo.
Mientras miraba la espalda ancha del rubio, el cual se encontraba guardando el papel a conciencia, Antonio sonrió un segundo y ese gesto se transformó progresivamente en una mueca de muda tristeza. La situación era muy complicada. Abrió la boca pensando en decirle a Francis todo eso que había hablado con Miguel, pero no pudo. Cuando se dio la vuelta le sonrió como si nada.
Tenía que pensar en algo. Estaba solo en aquello.
El tiempo parecía haber transcurrido con dolorosa lentitud esos dos últimos días, como si alguien hubiera decidido que era divertido provocar eso para que se pudiera devanar los sesos durante más tiempo. La primera noche se la pasó toda despierto, escuchando de fondo los flojos ronquidos de Francis, que se cansaba demasiado de todo lo que llegaba a hacer, yendo de aquí para allá. Se había fijado en la mirada que le había dirigido ese día, como si supiese que algo le pasaba, pero el rubio se contuvo y no le hizo ni una sola pregunta. Cuando el sol se levantó, los ojos verdes se ladearon y observaron a Francis en el sofá. No podía permitir que se lo llevaran y que le hicieran daño para obtener una información que a él le daba que no existía. Miguel y los suyos no se conformarían con un: "No hay otra manera", seguro que emplearían el castigo físico de ser necesario hasta que desembuchara. Esa fue la conclusión del primer día.
El segundo se lo pasó imaginando planes. Pensó a quién podía acudir y se encontró con una lista tan limitada que en su interior se expandió una ola de tristeza, como si de una plaga se tratara. Si era necesario, suplicaría a su padre o a sus sobrinos, pero no quería que cargaran sobre sus espaldas con algo así. Aunque no fueran conscientes, estaban yendo demasiado lejos con sus creencias. Igual que había demonios más radicales, que se entretenían y disfrutaban como niños con el sufrimiento de los demás, también existían los ángeles radicales. En la ignorancia, quizás esto ya venía de demasiado lejos y era una costumbre, estaban formando y educando a sus hijos de aquella manera hasta que habían perdido la pista de su radicalización y aquello eran los parámetros bajo los que todos los ángeles deberían actuar.
¿Pero cómo entablar conversación con su padre cuando cada vez que lo miraba sólo veía traición, mentiras? En sus ojos sólo había arrepentimiento y Antonio disfrutaba un poco, a pesar de que cuando lo pensaba seriamente le disgustaba comportarse de ese modo, de todo ese remordimiento que sufría Romario. ¿Es que se creía que eso podría ser fácil de digerir? ¿Acaso pensaba que le podría perdonar sin más por todo lo que le quería? Era eso, precisamente, lo que volvía todo aquello más doloroso. Confiaba en ellos, confiaba en todo lo que su padre le decía, y de repente sentía que había vuelto a ser una jugada más del azar, que provocó que Romario se sintiera culpable en el último momento y tratara de enmendar sus errores para sentirse bien consigo mismo. Si hubiese buscado su felicidad no le hubiese aislado de esa manera, para que nadie se diese cuenta de lo que era.
Hablar con sus sobrinos era igual o más difícil. ¿Sabían ellos algo? ¿Qué cara pondrían si se lo contaba? Lovino era como su abuelo, creía ciegamente en que los demonios eran malos; estaba claro tras el ataque que dirigió contra Francis. Sabía que si hablaba con él de eso, le diría que estaba loco. Le enfermaba que insinuaran eso. ¿Desde cuándo tener ideas divergentes era sinónimo de locura? ¿Por qué cerraban tanto su mente? Feliciano le observaba con miedo y evitaba mirarle a los ojos. Y, para rematarlo, hacía tiempo que no veía a Alfred o a Belinda... Se los había encontrado hacía cosa de un mes saliendo juntos, cogidos de la mano mientras él gesticulaba vehemente hacia algo que debía gustarle y quería que ella viera. No se sintió con estómago suficiente para acercarse a ellos. Sus ojos se encontraron por un momento y el rubio le miró entre triste y enfadado. Supo algo, Alfred no quería verle por lo que casi le había hecho a su hermano. No sabía si había sido Matthew, que había dicho algo, o el mismo Alfred el que había tomado esa decisión. De cualquier modo, parecía estar firme en sus convicciones.
Se había quedado solo, esa era la realidad. El único que lograba levantarle el ánimo cuando regresaba era Francis, con sus temas casuales que nada tenían que ver con eso. Era el único que estaba allí, a su lado, y podría jurar que se preocupaba hasta por él en serio. Aquella tarde, Francis se había sentado a su lado y le había observado mientras garabateaba en el cuaderno de dibujo.
- Vuelves a dibujar cosas raras. ¿Seguro que te encuentras bien? Llevas unos días un poco raro.
Sí, se preocupaba en serio por él. El que en teoría debería tratarse del ser más nocivo para él le miraba con una pizca de angustia que le hacía sentirse menos solo. En aquel momento, Antonio sonrió suavemente y se apoyó contra el respaldo, abandonando la tarea de dibujar en el proceso.
- Sí, estoy bien, sólo un poco cansado. Sigo buscando mi respuesta, pero es más difícil de lo que pensaba. Hay tantas posibilidades... Y a pesar de eso, no doy con la que me sirva.
- Nadie dijo que era un camino fácil, angelito.
- Oye... -dijo Antonio interrumpiendo el hilo de la conversación de repente- ¿No podrías llamarme por mi nombre? Sé que ahora no es igual que antes, pero lo usabas para burlarte de mí y no me gusta. Recordar a tu madre no tiene por qué ser doloroso. En vez de acordarte de lo malo, deberías pensar en todo lo bueno y atesorarlo.
Francis no pudo contestar, se había quedado demasiado sorprendido mientras observaba al hombre de cabellos cortos. ¿Eso tenía en mente? No lo hubiese esperado. El prolongado silencio inquietó a Antonio y desvió la mirada al cuaderno, a esos bocetos oscuros y extraños que había hecho.
- Sólo es una propuesta. Si no puede ser, da igual.
- ¡No, no...! -se apresuró a añadir antes de que el ángel dijese alguna cosa más- Creo que tienes razón. Tú también me llamas por mi nombre, es lo justo. ¿Pero seguro que estás bien, Antonio?
- ... Sí. -dijo mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa al escuchar su nombre- Gracias por preocuparte, Francis. Es agradable que alguien realmente se interese.
- Eres afortunado~ No todo el mundo disfruta de mi compañía de primera clase. Si lo supieran, todos harían cola para estar conmigo.
- ¡Menudo ego que tienes! -replicó riendo. Rápidamente pasó una hoja, dibujó un rostro, le puso melena con cuatro trazos y en la cara escribió el nombre del demonio-¡Toma! -estiró los brazos hacia él y le plantó cerca el boceto- Un clon tuyo, ahora puedes darte el lote contigo mismo, ya que te quieres tanto.
- ¡Oh! -exclamó sorprendido y a continuación se rió- Es lo que siempre he deseado. Madre mía, señor Francis, es usted tan atractivo~ Deje que le bese y manosee.
El rubio fingió que se besaba con el papel cuando en realidad sólo apoyaba los labios con fuerza y hacía ruiditos y exclamaba cosas como: ¡Oh, señor Francis, besa usted tan bien...! Sus manos se estiraron, como si fuesen a abrazar su clon, pero lo que hicieron fue intentar alcanzar a Antonio, que se echaba hacia el lado contrario mientras se reía sin parar y esquivaba como podía aquellas manos que parecían querer hacerle cosquillas. Finalmente empujó la libreta contra su cara, dejándosela para él, y Antonio se levantó del sofá. Francis se quedó inclinado hacia el lugar en el que antes había estado el ángel y le miró entre risas también.
- Eres muy tonto. -le dijo el de ojos verdes también sin poder cesar esa carcajada- Como te comportes así delante de la gente, te van a tachar de rarito.
- Me da igual que no me entiendan. Aunque tú últimamente me llamas tonto demasiado, estoy empezando a sentirme ofendido porque digas esas mentiras sobre mí.
- Es que no dejas de hacer estupideces. -le replicó risueño- Eres gracioso y todo.
Estuvieron charlando un rato hasta que el rubio se dio cuenta de que era tarde y que tendría que hacerle la cena. Cuando salió, Antonio perdió progresivamente la sonrisa. Para cuando Francis regresó a la habitación, el ángel ya no estaba. Cenó en la habitación, solo, esperó hasta que la comida se enfrió y ya de madrugada decidió que era mejor que se echara un rato. En ningún momento pudo sentir que Antonio se hubiese dormido. Esa noche él estuvo fuera de combate hasta las once de la mañana y fue únicamente porque una voz suave le llamaba. Pudo notar una mano sobre su hombro, que le zarandeaba con cuidado, sin ser demasiado brusca.
- Francis, despierta...
- ¿Qué pasa...? -dijo remoloneando. Abrió los ojos azules y durante unos segundos vio borrosa a la figura que estaba de pie delante de él. Tras un par de parpadeos, Francis pudo ver a Antonio. Estaba un poco ojeroso, seguramente no había dormido en toda la noche- ¿Dónde estabas...? La cena está fría y echa una porquería.
- No estaba mala fría. -le dijo el de ojos verdes.
- ¿Te la has comido?
- No había probado bocado desde que me marché, tenía hambre. Además, vamos a salir. Levántate y ponte la túnica que he dejado a tu lado. -dijo Antonio, aún manteniendo ese tono bajo.
Francis se incorporó en el sofá, despeinado y todavía desorientado. Miró la túnica que había al lado y se sorprendió al ver una de color marrón oscuro. No era usual ver prendas de ese color opaco en aquel lugar. Se fijó en ese momento en el ángel, que picaba restos de la cena. Llevaba una túnica del mismo color y debajo llevaba la ropa que usualmente portaba. Arqueó una ceja.
- ¿Dónde has estado? -le preguntó como el primer paso de su serie de preguntas que le llevarían a descubrir qué estaba ocurriendo.
- He ido a buscar alguien que pudiera hacerme un par de túnicas oscuras y que no llamaran mucho la atención. Venga, póntela y péinate. Vamos a salir en diez minutos. -replicó azuzándole.
Una ceja rubia se arqueó, conformando un gesto confundido. Tenía tanta prisa de repente... ¿A dónde iban? Se levantó, se peinó rápidamente, se lavó la cara y se echó la túnica por los hombros. Antonio le hizo un gesto con la mano para que le siguiera, se asomó y miró hacia los lados. Eso hacía que la situación fuese aún más extraña. ¿Qué estaba pasando?
- Ahora no hagas ruido y sígueme.
- ¿A dónde vamos? -preguntó Francis tras agarrar a Antonio por la túnica, impidiendo que abandonara la estancia.
- Vamos a sacarte de aquí. Venga. -replicó el ángel.
Bueno, pues otro capítulo más o7o. Ahora ya sabéis por qué Antonio era tan especial y también el por qué de su mentalidad e ideales. También qué fue lo que le pasó a Francis para que hiciera tal plan maléfico y las cosas entre ellos están relajaditas =u=
Estaba entre dos títulos, este, que supongo que al principio os ha debido dejar un poco igual pero que tras leer tiene sentido, y el de "Ese que siempre está a tu lado" pero creo que al final me gustaba más este que le he dejado, porque creo que es una parte importante del capítulo owo. No sé muy bien qué contar, sé que no ha terminado genial, pero bueno xDDD
También quería avisar que en Julio seguramente haré parón por completo durante unas semanas. Mi bff viene del otro lado del océano a visitarme y queremos hacer muchas cosas, así que no creo que me pare a subir fanfic. Será un parón que irá así: el día 12 de Julio ya no publicaré hasta el día 9 de Agosto. No os preocupéis que para entonces esto ya estará terminado y no me meteré en nada nuevo, tengo algún one shot xDDD
Paso a comentar los reviews,
ShootingStarXIII, ouo aw gracias, me alegra que te guste. Bueno no va a estar siempre tranquilo con todo eso, además el tema le había afectado a Antonio u3u. Oooh ouo Bueno mi ritmo de actualización ha sido el mismo y cuando voy a tardar suelo avisar.
BrujitaCandy, sep, Francis se va dando cuenta y Romario... bueno Romario es otro tema. Creo que no acababa de ser claro que había esto de fondo, así que también supongo que ahora se ve más claro por qué se comportaba así. Lo de la ironía de llorar me ha parecido bonito porque ni yo misma me di cuenta de lo que hacía XD Pero, bien visto, queda bien y todo ovo. Creo que Antonio es capaz de luchar por sus ideales, aunque sea contra su "familia"
Tamat, aw... Gracias ;_; Es que recibí un comentario y empecé a preocuparme en serio por la longitud de los capítulos. Además que a mí me cuesta más corregir así que si encima no captaba el interés pues menudo fail XD Este ya continuaré con la longitud de capítulos que tenía pensado. Para el siguiente ya veremos... Sobre el fic, pues bueno ya ves que lo que les ha unido ha sido sincerarse y un poco la desgracia de Antonio xDU Pobrecicos uwu juro que en algún punto tendrán amor y eso xDD
Dyloa, yo misma pensé en hacer a Antonio demonio pero pensé que a Francis ángel le pone todo el mundo así que quise cambiarlo xD Cuando llegues a este capítulo saldrás de dudas sobre lo de Antonio ouo Y te recuerdo que es pacifista, le viene en los genes ovo xD
Hethetli, pues sí xD Primero mucho porno y luego historia XDDD Era como una pelea de gallos eso del ataque de Lovino XD Lo de los sirvientes me ha matado xDDD. Ay pues no sé si te seguirá cayendo bien Romario. Mi beta reader, cuando llegó a esto, ya odiaba visceralmente a Roma xDDD Antonio es un pacifista en este fic, le viene en la sangre, esa calma y ese savoir faire, así que por eso digamos que le falta un poco de chispa. Por otra parte, hubiera dicho algo de no ser porque de repente su padre negó con brutalidad. Aunque yo no quisiera que le hicieran eso a mi padre, realmente me chocaría que dijera que no antes de que pudiera siquiera terminar la frase. Como un partido de fútbol xDDD Me parece curioso. Gracias por la opinión de capítulos largos, se apreciar ;v;
Anooonimo P, Francis muchas veces mete la pata antes de darse cuenta de las cosas importantes. Uah, ¿sabes que creo que eres la que más ha criticado la acción de Romario? Esperaba más críticas a él después de esto, así que me ha sorprendido ver que eres la única que ha reaccionado más como esperaba XD Ahora me pregunto cómo reaccionará la gente después de este capítulo XD. Publicaría dos pero creo que moriría antes de poderlo publicar mientras corrijo xDDD Muchas gracias de verdad por tu opinión, me preocupó bastante un comentario que recibí y tenía que pedir la opinión de los demás.
Bueno y eso es todo por esta vez.
Nos leemos la semana siguiente~
Miruru.
