Capítulo VI

Humildad

"Es la característica que define a una persona modesta, alguien que no se cree mejor o más importante que los demás en ningún aspecto; es la ausencia de soberbia."

Mi vida estaba hecha un caos y arrastraba un humor de perros. Nadie de la banda ni del equipo, se me acercaba más de un par de minutos, y eso en el caso de ser estrictamente necesario. El único que se atrevía a presionarme era Sesshomaru, con él no había intimidación que contara.

Me sentía hundido en una nebulosa de ideas que no lograba unir unas con otras. No solía entregarme a la pasión de una noche, no era algo que hiciera, no tenía muy claro el motivo. A veces pensaba que era mi juicio moral, otras que era simplemente para custodiar mi corazón, que bastante mal tratado había salido de la última relación que tuve. No, yo era de relaciones intensas, de sentimientos compartidos, bajo el caparazón que solía llevar a todos lados, había un ser humano emotivo, con sueños y anhelos.

Quizás por eso mismo no podía dejar de pensar en ella. Y aunque sabía que lo más factible es que mintiera, que ese hijo, si lo esperaba, no fuera mía, ¿podía quedarme cruzado de brazos?

Probablemente no.

- Esta tarde tienes sesión de fotos, antes de tocar en el auditórium – me habló Sesshomaru, con concisa tranquilidad, mientras entraba en mi habitación del hotel.

Lo miré fijamente, me sentía irritado, molesto, furibundo.

- No dijiste nada de esa sesión – lo encaré.

Era habitual que surgieran compromisos de último momento, y generalmente nos permitían muy buenas promociones, por lo que era bueno para el grupo, pero hoy no me sentía de humor.

- Te lo estoy diciendo – me retó él, sin alzar la voz.

Me di la vuelta para terminar de vestirme, algo me decía que esta conversación iba a terminar mal.

- Nunca preguntas antes de comprometerme – le reclamé.

Algo que no había sido jamás un problema.

- Estás de un humor insoportable – exclamó – todos se están quejando.

Me di la vuelta con rapidez, mientras terminaba de abotonar mi camisa. Aquella era la excusa perfecta para un enfrentamiento. Necesitaba descargar mi ira.

- ¡Si tienen alguna queja, que se dirijan a mí! – alcé la voz, para que me escuchara todo el que estuviera cerca.

Sesshomaru se quedó un momento en silencio y supe que la conversación no había terminado, incluso supe el rumbo que tomaría. Se me tensaron todos los músculos.

- ¿Vas a decirme lo que pasó con esa mujer? – Me preguntó – o esperarás a que la bomba me estalle en la cara.

Mi hermano solía llamarle "bomba" a todo aquello que podía escurrírsele de las manos. Había una necesidad oculta en él de controlarlo todo.

- No quiero hablar de ello – fue mi escueta respuesta, mientras terminaba de calzarme.

Se quedó nuevamente en silencio, era aquel silencio que precede a la tormenta. Por un momento tuve deseos de huir, no quería enfrentarme a la situación que Kagome, de una forma u otra, me había puesto en las manos.

Avancé hacia la puerta, esperando que comprendiera que no estaba dando por terminada nuestra conversación.

- ¿Usaste protección con ella?- preguntó sin la menos sutileza.

Maldito Sesshomaru.

Sentí una punzada en el estómago. Nadie tenía derecho a rebuscar de esa manera en mis asuntos, sin dejar el menos espacio a mi intimidad, a mis secretos, a una parte que debía ser sólo mía.

Únicamente yo sabía cómo me había sentido aquella noche, en aquellos momentos en los que fui simplemente InuYasha.

Me di la vuelta hacia él, notando un leve gesto de sorpresa en su rostro. El mío debía estar marcado por el enfado. Avancé el par de pasos que me separaban de Sesshomaru y me detuve en seco centímetros antes de chocar contra él.

Era algo más alto que yo, pero eso jamás me había intimidado.

- Yo no te pregunto cómo te revuelcas con Kagura – mis palabras fueron violentas y mordaces, salieron de mi boca, audibles sólo para él.

Su mirada se agudizó y sus ojos tan dorados como los míos acentuaron una frialdad que habría acobardado a cualquiera.

Yo no le temía.

Sabía que estaba metiéndome en un terreno pedregoso. Lam relación que Sesshomaru tenía con Kagura, era algo que todos sabíamos, opero que era tan discreta, que en ocasiones llegaba a preguntarme si no se trataba de un simple rumor.

- Al menos yo no me meto en lo que no puedo manejar – su voz sonó profunda y en su rostro continuaba aquella mascara que lo convertía en letal tan sólo con su presencia.

- Quién dijo que no podía manejarlo – le pregunté, obviando su enfado.

Aunque no mostraba señales visuales de estar molesto, había cargado el ambiente de una densa tensión que colisionaba con la mía.

- Si sabes manejarlo… - habló con una leve pincelada de ironía - ¿por qué anda Tsubaki tras tu chica?

Su pregunta causó una incisión, justo en el sitio que buscaba. En mi orgullo.

- No es mi chica – aclaré mordiendo las palabras.

Debo decir que no esperé que aquella declaración, me escamara del modo que lo estaba haciendo.

Ambos nos miramos un instante más. Si la cólera ocasionara chispas, la habitación ya habría ardido hasta consumirse.

- La semana que viene estaremos en Tokio – habló finalmente – soluciónalo.

Me dejó sólo, con una clara orden que esperaba que cumpliera. Apreté las manos en dos puños que reflejaban mi impotencia y mi ira.

Sabía que tenía razón, aunque aquello no fuera de mi agrado.

De ese modo me encontraba hoy aquí. Fumando un cigarrillo en la acera frente al edificio en el que vivía Kagome, buscando en mi interior la entereza para volver a verla.

¿Por qué me sentía tan inquieto?

No recordaba la sensación de las mariposas revoloteando en mi estómago, por una chica, desde hacía dos años. Parecía un largo tiempo.

Llegar hasta aquí había sido menos complicado de lo que imaginé. Dar con la dirección de Kagome sólo me supuso hacer un par de llamadas a las personas adecuadas. Venir había sido otra cosa, me pasé largos minutos rebuscando en mis maletas, para dar con el atuendo que podía servirme para pasar desapercibido.

Tiré el resto del cigarro y lo pisé.

Caminé hasta la puerta y toqué al timbre. No quise quitarme los lentes oscuros, ni la capucha de mi sweater. Esperé un momento y una mujer algo mayor me atendió.

- ¿Diga? – preguntó, arrugando un poco el ceño para adivinar mis ojos tras los lentes. Sabía que era muy probable que esta mujer, ni siquiera supiera quién era yo, pero aún no estaba dentro, como para sentirme medianamente seguro.

- Hola… quisiera ver a Kagome Higurashi – le dije, sin rodeos, pero con aquella mínima inseguridad que te da el estar por primera vez en un lugar.

La mujer mi miró inquisitiva. Deslicé los lentes por mi nariz, lo suficiente como para mirarla por encima de ellos y le sonreí ligeramente, con aquella sonrisa que solía poner a mis pies a las chicas más hermosas, pero con ella no sabía si habría algún resultado.

Ladeo la cabeza ligeramente inspeccionándome, luego se movió para dejarme paso.

- Tienes que esperar aquí – me dijo, indicándome un pequeño recibidor que había al lado izquierdo de la entrada – te avisaré.

- Gracias – le respondí, volviendo a sonreírle.

No conseguí de ella ningún gesto receptivo, sólo se limitó a asentir una vez en silencio y se perdió por el pasillo que había junto a la escalera.

Finalmente y dentro de aquella casa, me quité los lentes y comencé a recorrer con la mirada el lugar. No era nada ostentoso, pero estaba bien cuidado, la sala era pequeña y se notaba que no era nada familiar. Por lo que me había informado, Kagome vivía aquí sola, como una estudiante más.

Debía ser honesto, no sólo me había enterado del sitio en el que vivía, cuando tuve la oportunidad de saber de donde era su familia y a qué se dedicaba ella, no pude con la curiosidad.

Tomé la única foto que había en la habitación y la alcé para mirar el rostro alegre de lo que parecían tres amigos.

De pronto escuché las voces que se alzaban en el piso de arriba y me asomé con disimulo a la puerta. No lograba escuchar de qué iba la discusión, ya que por el tono en el que se hablaban, era claramente una discusión, pero escuché de forma nítida, la palabra "policía". Arrugué el ceño, ¿qué sitio era este? Entonces escuché unos pasos que comenzaban a bajar la escalera y me metí nuevamente en la sala en la que me habían dejado. Eso sí, asegurándome de ver quien salía del lugar.

- Tsubaki – susurré apenas audible para mí.

¿Estaría acosando a Kagome?, ¿sería ella quien amenazaba con la policía?

Apareció la mujer que me había abierto la puerta.

- Ya puedes subir – me dijo – es la tercera puerta a la izquierda.

- Gracias – le respondí sin querer tardarme más, ver a Tsubaki ahí, había despertado en mí muchas sensaciones, todas encontradas.

Le volví a sonreír a la mujer, no quería darme por vencido, quizás lograría sacarle un gesto de agrado. Esperé, pero no sucedió nada.

Ya resignado subí a la segunda planta

En cuanto estuve frente a la tercera puerta de la izquierda, me quedé ahí de pie, me volví a poner los lentes, quizás como una especie de protección. El corazón me latía con fuerza, no estaba seguro de lo que venía a buscar en realidad, sólo esperaba encontrarlo, fuera lo que fuera. Di dos golpes.

- ¡Vete de aquí!– escuché el grito a través de la puerta y luego la amenaza – te juro que llamaré a la policía.

- Kagome…- le hablé con voz sueva, sentía la necesidad de calmarla - sólo quiero hablar un momento contigo

Hubo un pequeño instante de silencio, durante el cual pensé que tendría que marcharme sin verla. Aquello me dolió. Me apoyé en el marco de madera de la puerta, intentando escucharla dentro de la habitación.

Era una sensación tan extraña, el estar tan cerca y no poder derribar aquella barrera que nos impedía mirarnos.

Entonces la puerta comenzó a abrirse lentamente, me quité los lentes, quería observar su rostro, estaba pálida.

Arrugué el ceño, era obvio que no pensaba en mí como su visitante. Pero no la culpaba, no después de lo que le había dicho.

- ¿Quién pensabas que era? – le pregunté.

Suponía la respuesta.

Abrió los ojos y chocó conmigo, para mirar fuera de la habitación, como si estuviera inspeccionando el pasillo. Tiró de mi chaqueta y me arrastró con ella dentro de la habitación.

- Entra – escuché su orden.

- ¿Qué ha sido eso? – le pregunté en cuanto Kagome cerró la puerta.

Me miró como si estuviera evaluando su respuesta, el color de sus mejillas había mejorado ligeramente.

- No querrás saberlo – dijo, mientras cruzaba la habitación desde la puerta hasta la cama.

No había demasiado sitio, así que aquello lo hizo de tres pasos.

- Eso no lo sabes – le respondí, incitándola a contarme.

- La última vez que pensé que sería bueno decirte algo, no me fue muy bien – habló, dándome la espalda.

Sus palabras habían dado en la diana, pero en ese momento mi atención se centró en el bolso que veía como llenaba con algunas cosas, todas de viaje.

- ¿Te vas de viaje? – le pregunté.

Entonces se giró y me miró. El gesto era de curiosidad.

- ¿A ti te extraña que alguien salga de viaje? – me preguntó. Y no pude evitar sonreírme, aunque no permitiría que desviara el tema.

- Es parte de mi trabajo – intenté retener su mirada. Comprendí que no había olvidado esos ojos castaños.

Me sostuvo la mirada un momento. Se mordió el labio y juro que sentí que la sangre se disparaba por todo mi cuerpo. Luego se dio la vuelta, volviendo a su labor con el bolso.

- ¿Qué te trae por aquí? –me preguntó, intentando parecer indiferente. Lo noté por el modo en que temblaban sus manos.

- ¿No me preguntas cómo di con tu dirección? – recorrí con la mirada la habitación, un lugar pequeño, pero acogedor, lo que hablaba bien de ella. Era la primera vez que sentía que sabía algo real de Kagome.

La escuché reír con ironía.

- Todo el mundo da con mi dirección – se encogió de hombros.

Sus palabras me causaron cierto remordimiento.

- Vi salir a Tsubaki – le confesé. Tomé un peluche que había sobre el escritorio. Comencé a jugar con sus orejas de conejo.

Kagome seguía ordenando sus cosas.

- Por eso has venido – afirmó con una nota de desilusión.

- Quizás – concedí.

Pero yo sabía que en el fondo no estaba aquí sólo por eso.

Se quedó en silencio, dejando también de organizar su bolso.

- Puedes estar tranquilo – me dijo con la voz algo temblorosa – no le he dicho nada.

- Claro, firmaste un contrato – hablé con cierta mordacidad.

Me arrepentí enseguida. Maldita sea, ¿por qué no podía ser amable con ella?

Quizás, simplemente la estaba poniendo a prueba, esperaba ver cuán fuerte podía ser, cuanto podía soportar de esta vida y de este carácter, muchas veces, endemoniado que tenía.

- Sí claro… - dijo sin más, luego agregó – si pudieras sacármela de encima te lo agradecería.

Su petición me pareció justa, y sus palabras deberían calmarme, al parecer Kagome tenía claro los términos de aquel contrato, sin embargo, no me sentía mejor.

- Kagome yo… - quise decir algo, pero en realidad no encontraba las palabras, no encontraba los motivos dentro de mí, no encontraba el modo de arreglar todo y de mirarla a los ojos e intentar empezar con algo que terminó en el mismo momento en que decidimos tener una noche loca.

- Sería bueno que te fueras – me dijo.

Seguía sin mirarme.

Respiré hondamente, había algo entre ella y yo que no podía obviar. Extendí la mano y le roce levemente el brazo buscando su atención.

Noté como se tensaba.

- ¿Cuánto tiempo tienes? – le pregunté.

Al menos ya estaba aceptando que había realmente un embarazo.

- Once semanas – me respondió.

Comprendí que estaba asistiendo a un médico, aquella forma de decirlo era la que usaría un especialista.

- ¿Y a dónde vas? – insistí en mi pregunta.

Sólo en ese momento se dio la vuelta, apretando lo que parecía una blusa entre sus manos.

- ¿Y qué más te da? – su voz sonaba rota, como si estuviera conteniendo estoicamente las ganas de llorar.

Era comúnmente conocido que las embarazadas son mucho más emocionales.

- Viniste a asegurarte que no le dijera nada a la prensa – siguió hablando – ya sabes que no lo he hecho… ¿Qué más quieres?

Qué más quiero.

Su pregunta se quedó flotando en mi mente.

- No lo sé… - le respondí con sinceridad.

Me miró y en sus profundos ojos castaños bailaba una lágrima.

Agachó la cabeza mirándose las manos.

- Voy a Hokkaido – me dijo, mientras comenzaba a doblar la blusa arrugada – a casa de mi abuela.

Sentí la profunda necesidad de saber más, mucho más… todo…

- ¿Cuándo sale tu avión? – continué preguntando.

Negó con la cabeza.

- No, no voy en avión – terminó de doblar la blusa y la metió en el bolso.

- Entonces, ¿cuando sale el autobús? – No me parecía que el autobús fuera buena idea para una embarazada, eran muchas horas.

Volvió a negar con la cabeza.

- Tampoco voy en autobús – respondió, su voz reflejaba una pequeña risa divertida.

Una punzada ligeramente parecida a los celos se instaló en mi estómago. ¿Alguien la llevaría?

- ¿Entonces…? – Pregunté algo molesto.

Se giró e hizo un extraño gesto con el que se indicaba a sí misma

- Voy caminando… - abrí los ojos sorprendido ante su respuesta.

- ¡¿Caminando? – Exclamé ligeramente la pregunta - ¿sabes la distancia que hay?

Kagome asintió y sonrió.

Me quedé pensando un momento en la información que había obtenido de su familia y de su precariedad económica. Me sentí como un estúpido.

- Te puedo comprar un pasaje de avión – le ofrecí, aún sabiendo que estaba arriesgando a que su humor cambiara.

Pero contrario a eso su respuesta fue un negativa silenciosa y calmada.

- No es por el dinero, si eso piensas – habló – ha sido una petición de mi abuela

Me sentí invadido por el enfado.

- ¿Tu abuela está loca? – le pregunté, sin importarme si insultaba o no a la mujer.

Se dio la vuelta, me miró como si me evaluara nuevamente.

- Sólo sé que es una mujer sabia – me explicó. Kagome se estaba tomando el trabajo de darme explicaciones – es lo único que sé.

Me quedé en silencio.

- ¿Cuándo sales? – le pregunté ya más sereno.

- Pasado mañana – su respuesta llegó en el mismo momento en que cerraba la cremallera de su bolso.

El corazón me latía inquieto, mi cabeza no paraba de pensar. Si tan solo supiera que Kagome era sincera, si tan sólo supiera que ese hijo es mío. Había una forma de despejar mis dudas, una que no sabía si debía plantear.

- Un examen de paternidad – dije sin pensarlo demasiado, sabía que si lo hacía, no sería capaz de proponerlo – hazte un… examen de paternidad…

Me miró intensamente, no sabía que respondería, no podía leer en su rostro sus pensamientos, claro no la conocía tanto como para eso. Cerró los ojos.

- Sé… - su voz titubeo – que debería enfadarme… que debería echarte y pedirte que nos dejes en paz… - estaba hablando en plural, no pude obviar ese detalle – pero te entiendo…

Me sentí esperanzado. Pero también, inmediatamente, me sentí agobiado por la posibilidad de un resultado.

- ¿Lo harás? – le pregunté intentando ocultar mi ansiedad.

Negó suavemente.

- Dije que te entendía… no que aceptaba…- tomó el bolso por el manillar y noté que pesaba.

Extendí la mano para ayudarla.

- ¡No! – Exclamó, como si toda su contención se estuviera esfumando, respiró profundamente y luego volvió a hablar – creo que será mejor si te vas.

Me quedé sosteniendo el manillar un segundo más, antes de soltarlo.

La cercanía me inundaba la nariz del olor de su cabello. Un olor fresco que me llenó de recuerdos. Exhalé con lentitud, y noté su estremecimiento, sentí deseos de abrazarla y besarla hasta saciarme de su sabor. Dejé que mi cuerpo se aproximara un poco más y mi pecho se detuvo al contacto de su brazo. Kagome había cerrado los ojos.

- No sé… si seré capaz de borrar… - me mordí el labio, la frase estaba en mi mente y ardía como hierro ardiente, respiré y la liberé– …las cicatrices de tus besos…

Giró la cabeza y me miró. Dos lágrimas rodaban por sus mejillas y sus ojos me exploraban una vez más.

Me quedé prendado de sus labios, entreabiertos y temblando tenuemente. Quise beber de ellos, lo deseaba más de lo que mi propia razón podía justificar.

Los tomé, en una sola y profunda caricia, me los bebí por completo sólo con un roce. Su sabor se encontró de inmediato con la evocación que guardaba en mi memoria, suave, dulce, adictivo.

Salí de su habitación, cerrando la puerta lentamente. Tenía mucho en qué pensar.

"Corro a través de las calles,

a través de los desiertos

hasta ti,

cerramos nuestro pacto,

peleo por ti

y tú por mí."

Tokio Hotel – Kampf der liebe

Continuará…

WAWWWW… ese beso apareció ahí, sin pensarlo, y se quedó.

A veces las historias se construyen así… con la inspiración del momento.

Mi nueva afición de hacer videos, me ha quitado un poquito de tiempo esta semana, a ver si la siguiente escribo un poquito más.

Espero que el capítulo les vaya gustando a mí me parece que este final promete… ejejeje… en fin. Las imágenes que voy dejando en el face, a veces inspiran muchas cosas…

Besitos y las quiero un montón, gracias por leer y por dejarme un mensajito al final.

Siempre en amor.

Anyara