Capitulo 4

Benjamín Whiskers estaba detrás del mostrador secando una jarra lentamente. Tenía la mirada fija en Anthony Cullen, quien se acercaba a la puerta, miraba la calle, y regresaba al mostra dor. Ya había tomado tres copas de whisky, y se había aso mado cinco veces. Ben se moría por preguntarle si esperaba a alguien, pero no se animaba. No podía aceptar que éste era el más amigable de los hermanos Cullen.

Si no hubiera estado presente cuando Edward Cullen mató a James Smith aquella noche, siete años atrás, no habría dudado tanto de Thony Cullen. Pero había estado allí, había visto a Edward abandonar el lugar con total calma y frialdad después de ha berle disparado a Feral. Edward Cullen era un hombre peligroso. Y este hombre era igual a Edward. Por algo eran mellizos. Benjamín tenía miedo.

Muchos en el pueblo apreciaban a Thony. No porque no creyeran las historias que se contaban sobre Edward, sino porque habían conocido a Anthony primero, y aunque los hermanos pare cían exactamente iguales, eran distintos como el día y la noche.

Anthony sacó algo del bolsillo, frunció el ceño, y volvió a guardarlo. Ya era la segunda vez que lo hacía, Ben lo había visto. Ese hombre no parecía amistoso. A veces, se podía con versar con él, pero éste no era uno de esos días. Tomaba whisky como si fuera agua, y se lo veía nervioso.

Dos años atrás Anthony había revolucionado el pueblo cuando vino para establecerse. Todos se preguntaban por qué había elegido Aro , pero no se lo preguntaban a él. Ya nadie se afincaba en ese pueblo porque el ferrocarril no se de tenía allí. Pero Anthony Cullen había venido a comprar el viejo ran cho Johnson, a casi cinco kilómetros, del pueblo. Vivía solitario y no causaba problemas. Tal vez fuera cuestión de tratarlo, quizás era una buena persona, pero Ben nunca sería amigo de Anthony. No podía olvidar lo que Edward había hecho.

Desde que Anthony se había establecido allí su hermano Edward no frecuentaba el lugar. Pero cuando venía al pueblo daba que hablar. Siempre lo hacía después de visitar a su her mano en el rancho. Todo cambiaba entonces. El pueblo se tranquilizaba; se suspendían todas las peleas hasta que Edward se iba.

Nadie decía nada acerca del mestizo que Anthony tenía tra bajando para él. ¿Quién se hubiera animado? Todos habían visto llegar a Jasper Whitlock con Edward. Era obvio que eran amigos. Edward había traído a Jasper Whitlock especialmente para Anthony por que el indio era un experto atrapando caballos, y el rancho de Anthony eran un criadero de caballos. Los apaches estaban cau sando demasiados problemas en esa reserva, y de no ser por los hermanos Cullen, los habitantes del pueblo se habrían librado del mestizo. Gracias a los Cullen, nadie miraba a Jasper Whitlock con desprecio.

Anthony se acercó a la puerta una vez más, y esta vez Ben no pudo resistir la tentación.

—¿Espera a alguien, señor Cullen? Veo que se asoma a la calle de tanto en tanto.

Anthony miró a Whiskers.

—Espero a alguien que viene en la diligencia, Benson.

—No espera a su hermano, ¿verdad?

A Anthony le causó gracia el tono ansioso del hombre.

—No, Whiskers, no estoy esperando a mi hermano. Es pero a una novia que llega hoy.

—¿Una... novia? ¡No me diga! —Ben estaba demasiado sorprendido como para hablar con prudencia. —Sam Aro se alegrará al enterarse de eso.

—¿Qué?

—No me malentienda —se corrigió Ben—. Pero supon go que sabe que no hace mucho tiempo que Sam está casado, y que su esposa no le quita los ojos de encima. No quiero de cir que Aro sea un hombre celoso, pero lo que es suyo nadie se lo quita. Se alegrará mucho cuando se entere de su casa miento.

Anthony no dijo nada, pero estaba furioso. Ben había dado en la tecla. La razón por la que Anthony estaba aquí esperando a su novia era Tanya Aro . No estaría en este aprieto si no fuera por ella. Habían compartido momentos placenteros cuando él llegó al pueblo y ella era aún Tanya Taylor, la mujer que administraba el único hospedaje del pueblo. Él nunca le había dado motivos como para que pensara que buscaba algo más que pasar un momento agradable. Ella, sin embargo, ha bía querido casarse. Pero él se había negado a conversar sobre el tema, y por eso ella había seducido a Aro Vulturi.

Aro sabía que había conseguido a Tanya por esa razón, y por supuesto, no le causaba ninguna alegría. En presencia de Tanya, Anthony y Aro Vulturi se trataban amistosamente. Eso era gracias a Edward. Era una ironía, pero el hombre estaba agradecido a Edward por haberlos librado de James Smith. Este había causado muchos problemas.

Todo había ocurrido según lo planeado hasta que apare ció Tanya. Dado que Anthony era del Este y tenía más dinero que el que se puede lograr criando caballos, Aro supuso que éste hablaba con fundamento cuando mencionó esas pequeñas in versiones. ¿Estaba Aro interesado en esos negocios? Claro que sí. Y después de eso sería sencillo convencer a Aro de hacer una gran inversión; pero no sería tan fácil desplumarlo. La amistad y el interés que Aro tenía por Anthony se habían en friado por culpa de Tanya. Como Jasper Whitlock había dicho, Aro no volvería a estar tranquilo ni creería en él mientras Tanya es tuviera tan enamorada de Anthony.

Con todo. Anthony nunca debió haber permitido que Jasper lo convenciera de que debía casarse. Parecía una idea inteli gente pero, en ese momento. Anthony había tomado algunas co pas de más.

—Aro no dejará de vigilarte mientras sepa que ella aún te desea, y que tal vez un día os escaparéis juntos. Pero si te casas, él pensará que ha pasado el peligro, que has sentado ca beza. Ya no se preocupará. Por la manera en que te vigila llegará a preguntarse por qué recibes tantas cartas del Este. Si llega a en terarse de lo que ocurre, bueno, tendrás problemas. Tienes que sacártelo de encima, y el matrimonio es la única solución.

Anthony no quería una esposa. Sin embargo, cuando veía a Jasper con su esposa Alice, sentía deseos de tenerla. La vida en el rancho era solitaria. Además, no estaba acostumbrado a vi vir en un lugar fijo y aislado de todo como éste. Estaba acos tumbrado a tener mujeres cuando quería. Cuando todo esto terminara, se trasladaría a otro lugar pero, ¿cómo lo haría si estaba casado?

No se había animado a responder esa pregunta. En vez de buscar una mujer que estuviera dispuesta a aceptar sus con diciones, le había escrito a su abogado para que éste publicara los avisos en los periódicos del Este. Esperaba que la joven del Este se horrorizara al enterarse de lo que se proponía. Espe raba que ella le pidiera una y mil veces que la enviara de vuelta y, después de un tiempo razonable, él aceptaría. Ese era el in conveniente. Tendría que retenerla lo suficiente para poder ter minar lo que se había propuesto.

Por suerte, el ministro venía al pueblo una vez al mes. Mientras Aro Vulturi creyera que iba a casarse, sería su ficiente para resolver su problema.

No le había dicho a Jasper que no tenía intenciones de ca sarse con la joven. Con Jasper, Alice y el viejo Mack, la joven tendría suficientes chaperonas, y nadie haría comentarios aunque se quedara en el rancho hasta que el ministro consagrara la unión. Tal vez ella no estaría de acuerdo, pero no podía te ner tantas pretensiones, pensó Anthony. Además le pagaría bien por tantas molestias. Ella se iría por decisión propia, así que a nadie le sorprendería su desilusión.

Sacó la fotografía del bolsillo una vez más. No se había detenido a pensar cuántas veces lo había hecho en las últimas semanas, de lo contrario, se habría enojado consigo mismo. Miraba a su futura «novia» y luego a la otra joven que apare cía en la fotografía. Ella tenía una pose distinguida, la espalda derecha de modo que sus senos pequeños resaltaban. Su altura le daba porte de reina, y su expresión era algo arrogante. Era demasiado delgada, pero sin embargo había llamado su aten ción desde la primera vez que miró la fotografía.

Anthony se había decidido por una joven de Filadelfia cuando recibió la carta y la fotografía de la señorita Swan. De inmediato se dio cuenta de que era la mujer que es taba buscando. En especial le había agradado la ropa, sí, la ropa que lucían las tres personas de la fotografía. Esas ropas hablaban de riqueza, y Anthony sabía por experiencia que las jó venes aristócratas y consentidas nada sabían del trabajo arduo. Por lo tanto, esa joven no aceptaría la vida que él le ofrecía. No estaba desilusionado en absoluto por el hecho de que esta joven era la más hermosa de todas las candidatas.

No podía dejar de preguntarse por qué una joven tan en cantadora como la señorita Swan se había «postulado para el puesto».

Sería un placer tener una cara bonita a su lado por un tiempo. Pero no se aprovecharía de ella, de ningún modo. Si era virgen, regresaría al Este en las mismas condiciones. Aun cuando no lo fuera, tampoco haría nada para que ella imagi nara cosas, ni se sintiera honrada de aceptarlo.

Anthony se dio cuenta de que estaba mirando la fotografía otra vez, y la guardó de inmediato, furioso. Se acercó a la puerta, pero no vio señales de ella. Se preguntó qué pensaría la urbana señorita Swan sobre Arizona, territorio donde el sol calcinaba y ardía sin piedad, donde se podía cabalgar du rante semanas sin ver un ser humano. El viaje quizá sería sufi ciente para desalentarla. Además estaban en pleno verano. Sin duda, ya se habría desmayado varias veces por el calor. No, a una joven rica de Nueva York no le agradaría vivir aquí. De eso estaba seguro.