hola.. aki sta lo new..
recuerden ke ni la historia ni los personajes me pertenecen
byee..
Capitulo 6
— ¿Muerta?
Las exclamaciones de asombro le llegaron a Dobbs desde dos direcciones distintas al mismo tiempo. No sabía si agregar algo a lo que ya había dicho o si exigir él mismo algunas respuestas. Pero le habían empezado a sudar las manos y las cejas, no porque estuviera mintiendo, sino porque esos ojos diabólicos parecían querer leer algo dentro de su cabeza. Estaba seguro.
Aclaró la voz y disimuladamente se secó la palma en la sábana.
—¿Cuál es su interés en esa niña? Son todos muy jóvenes para ser su padre, ¿no es así?
Nadie respondió, lo cual le irritó aún más.
Y luego el moreno a quien apenas había observado ya que su belleza le hacía parecer menos peligroso que los otros, le ofreció una respuesta.
—Sólo se encontró una tumba, la de la mujer. Una simple pila de piedras que, obviamente, se derrumbaría.
El desprecio en esa voz que daba a entender que Dobbs había sido deliberadamente inepto, le enfadó.
—¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Arrojarla al río? —inquirió Dobbs—. Cuando no se tiene pala, uno se las arregla como puede en esta zona.
—De todos modos sigue habiendo una sola tumba, señor Dobbs —observó el hombre de los ojos azules.
—La niña no murió el mismo día. Ya nos habíamos trasladado.
Luego las preguntas provinieron de todos ellos y apenas tenía tiempo para responder a una de ellas antes de que le formularan la siguiente.
—¿Cuántos días después?
—Unos pocos.
—¿Cuántos exactamente?
—¡Dos, maldición!
—¿A qué hora del día?
—¿Cómo diablos podría recordarlo?
—¿A qué hora murió el niño, señor Dobbs?
—¿El niño? ¿Qué niño? Es una niña.
—¿Es o era?
—¡Era! ¡Era! ¿Qué diablos es esto? No veo ninguna diferencia en el sexo o en las horas en que murió. Está muerta. Eso es todo lo que necesitan saber.
—Me temo que no, señor Dobbs. Exigimos pruebas.
—Pruebas que tendrá que proporcionar, señor Dobbs, ya que usted dice haberla enterrado.
—En otras palabras, señor Dobbs, tendrá que llevarnos a su tumba.
Dobbs miró a los tres hombres que habían hablado como si estuvieran locos. Pero hablaban en serio, bien en serio. El rubio con los ojos endiablados no había dicho una palabra durante el interrogatorio. Tampoco ahora. Sólo observaba y escuchaba y ponía a Dobbs aún más incomodo con su silencio.
—No puedo llevar a nadie a ninguna parte —les dijo Dobbs, por una vez contento de que fuera verdad—. No salí de esta habitación en seis meses, no después de...
—La naturaleza de su enfermedad tiene poco sustento —se le informó con una falta notoria de compasión—. Le ofreceremos un carruaje cómodo y le pagaremos por su tiempo.
—No serviría de nada —insistió Dobbs nervioso—. Puse a la niña en la tierra, ya que lo único que necesitaba era una tumba pequeña, lo suficiente como para hacerla con una piedra filosa. Pero no había nada para dejar como señal y, después de transcurridos veinte años, aun si quisiera medir la distancia con respecto a la otra tumba más grande, nunca encontraría...
—No necesita explicarnos más —le interrumpió el moreno—. Gracias por su tiempo.
Tan pronto como se dijo esto, todos se dieron vuelta y salieron de la habitación. Dobbs se reclinó sobre la almohada. Finalmente pudo secarse las cejas. No podía imaginar el motivo de lo cual acababa de suceder pero esperaba no tener que volver a pasar otra vez por lo mismo.
En la parte superior de la escalera, Jasper se detuvo para decir algo que era obvio.
—Estaba mintiendo.
—Sí —coincidió Lazar—. Pero ¿por qué?
—Sólo puede haber una razón —dijo Serge.
Sus mentes recorrieron el mismo sendero y llegaron a la misma conclusión pasmosa. Fue Emmett quien la puso en palabras.
—Ni lo piensen. Es una mujerzuela de taberna, por el amor de Dios, y además desagradable...
—Tiene el color de los ojos correcto —señaló Lazar. La situación ya no le divertía en lo más mínimo.
—Probablemente haya cien mujeres con ojos verdes solamente en esta ciudad —insistió Emmett—. Y además, esa mujer repulsiva de allá abajo no puede tener, de ninguna manera, sólo veinte años. Debe de tener treinta.
—El trabajo duro avejenta a cualquiera —dijo Serge—. Y hasta su nombre, Alicia, es...
—¡Suficiente! —siseó Jasper—. Cada uno de nosotros sabe cómo se debe establecer la prueba. Yo sugeriría que la establezcamos de una manera u otra y no que discutamos la posibilidad.
Emmett persistió en su protesta.
—Pero si hasta el hecho de considerarlo es demente.
—No hay nada que considerar si es la mujer que estamos buscando, Emmett. Tú lo sabes tan bien como yo.
—Si es así, prefiero no averiguarlo —replicó Emmett—. Pero no puedo creer ni por un minuto que pueda ser ella. La simple circunstancia no puede ser realidad.
—Pero la luna creciente en su nalga izquierda lo hará.
—¡Maldito seas, Jasper! Está bien, si insisten en buscar la prueba, lo harán sin mi ayuda. Me niego acercarme a esa mujerzuela enloquecida otra vez.
—Dudo que tu colaboración sea necesaria —Jasper dijo con rudeza—. Creo que tengo unas monedas que es todo lo que se necesita para hacer que una prostituta se levante la falda.
Emmett enrojeció de furia con estas palabras. El mismo lo había dicho, la había llamado prostituta más de una vez, pero no era lo mismo oírlo de boca de Jasper. ¿Cómo podía su primo llegar a considerar la posibilidad de que una prostituta pudiera ser la futura reina de Cardinia?
Antes de que los dos primos se fueran a las manos por su desacuerdo, Lazar se interpuso entre ambos.
—¿Por qué no voy a buscar a la muchacha y le pregunto si tiene alguna marca inusual en el cuerpo? —sugirió—. Si puede describir la maldita luna, no será necesario que ni ella ni nosotros nos sintamos incómodos.
—Ella no va a responder a una pregunta personal así porque sí, sin sabes por qué se le pregunta —dijo Serge—. Y si le decimos por qué, ella misma se grabaría la luna creciente en el trasero para aprovechar la oportunidad de vivir que le estamos ofreciendo.
—No vamos a decirle lo que estamos buscando, Serge —Lazar dijo con impaciencia. — Ella tendrá que decirnos...
—¿Todavía están aquí? —la mujer en cuestión preguntó desde el pie de la escalera con una bandeja de comida en las manos—. Bien, allí está la puerta y apúrense, por favor, Dobbs está esperando su desayuno.
—Eso es lo que oímos —dijo Jasper mientras bajaba las escaleras—. Lléveselo por favor.
—Pero Jasper...
Una mano le hizo señas a Lazar para que guardara silencio.
Alice tenía que esperar hasta que todos hubieran bajado. Las escaleras eran muy angostas. Lo hizo con nerviosismo, porque tenía las manos ocupadas con la bandeja y esto la hacía sentirse indefensa por el momento. Los ojos de ese diablo ahora no brillaban, pero se había equivocado la noche anterior cuando se sintió aliviada. De veras ardían o al menos eso parecía. Brillaban mucho y esta vez no tenía nada que ver con la luz de la vela ya que, esta mañana, no había ninguna encendida.
Sin embargo, eran los ojos del hombre apuesto lo que ardían ahora. Dios, socorro. Brillaban con la misma luminosidad que los del otro hombre. Sólo que no parecían tan satánicos o aterradores en la cara de un ángel. Pero ardían por ella. Ese hombre la despreciaba por alguna razón. Su desprecio la había golpeado como una bofetada la noche anterior. Esta mañana parecía como si quisiera hacerla desaparecer de la superficie de la tierra. Bueno, el sentimiento era completamente mutuo. La muchacha había pasado la noche tratando de digerir el dolor que le habían hecho sentir, ese dolor que llega bien profundo y hace derramar lágrimas. Preferiría sentir el bastón de Dobbs en la espalda cualquier día antes que volver a sufrir ese tipo de desprecio. Al menos el dolor físico pasaba pero no creía que pudiera olvidar la vergüenza que había sentido la noche anterior.
Los otros dos hombres no eran tan intimidatorios como los dos que había conocido. Uno de ellos era alto y de contextura delgada, con cabello oscuro y ojos azules, que la escudriñaban de la cabeza a los pies como si supiera que escondía algo y estuviera dispuesto a encontrarlo. No estaba acostumbrada a este tipo de curiosidad. El otro hombre era unos centímetros más bajo y corpulento, con cabello y ojos negros pero tez blanca. Alice podría haber jurado que había compasión en esos ojos oscuros y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que la hacía mantenerse erguida con los labios apretados a pesar de sus nervios.
Tan pronto como el último de los hombres llegó al último peldaño de la escalera, ella los subió deprisa rogando que fuera la última vez que los vería. No sabía que cuatro pares de ojos giraron para verla subir o que uno de ellos recibió la señal de seguirla. Simplemente entró en la habitación de Dobbs y cerró la puerta de un puntapié, con inmenso alivio.
ke sucedera?
algun review?
byee
