Disclaimer: los Juegos del Hambre no nos pertenecen.
Historia para el foro "El Diente de León" - SYOT Colaborativo.
Capítulo 5: Sandman
El djinn era, sin duda, un adversario formidable. Más ahora que él y Mara habían aprendido a trabajar juntos.
Baku y Asibikaashi, aunque tenían buenas intenciones, solo podían atrapar las pesadillas. No podían cambiarlas en sueños buenos. Sueños que llenaran las noches de dicha y no de temor.
Pero Morfeo también era un dios, así que recogió el polvo de las estrellas y con ellas le dio forma a Sandman, el Hombre de Arena. Por las noches, Sandman visitaba a los hombres, arrojando su arena dorada sobre sus ojos, creando sueños hermosos.
Y también había algo más, la arena mágica de Sandman le hacía daño a Mara y al djinn, quienes huían cuando éste aparecía.
Por la mañana, al despertar, los restos de la arena dorada se acumulaba en las esquinas de los ojos de los hombres. La prueba inequívoca de que, al menos por una noche, él los había mantenido a salvo de las pesadillas de Fobétor.
Magdie Dethaniel, 18 años, Distrito 10
La puerta de la habitación se abre rápidamente, Arnaud se asoma junto a Leodán. Ambos se dirigen rápidamente hacia mí y termino abrazándolos.
— Aun no lo asumo Arnaud, ¡Justo en mi último año! — no quiero tener que separarme de ellos—. Me asusta la posibilidad de no volver aquí junto a ustedes.
— Tranquila amor, tienes mucho potencial para poder ganar los juegos. Eres una chica fuerte, persistente, atractiva, y muchas cosas más que podrán ir a tu favor—. Acaricia mi cabeza como signo de consuelo.
Leodán ve su gesto y lo imita acariciándome la mejilla. Le dirijo la mirada, veo sus ojos rojos e hinchados debido a las lágrimas que le salieron al verme en el escenario.
— Hijo, recuerda, siempre te estaré cuidando, aunque no esté junto a ti. Ahora mamá tiene que irse a hacer unos asuntos.
— No te vayas mamá— me dice mientras me abraza muy fuerte. Tampoco quiero alejarme de él. Quiero criarlo, verlo crecer.
— Te…traje esto—Arnaud saca de uno de sus bolsillos una pulsera diminuta, con el nombre de nuestro bebé.
La recibo, recuerdo el día en que Leodán llegó a este mundo, un bello momento que quedará en mi memoria por siempre. Ahora la pulsera dificilmente le calza en las muñecas.
Repentinamente entra un agente de la paz a la habitación. Avisa que el tiempo está por acabarse y que hay más gente que quiere verme.
— No será fácil. Pero prometo que ganaré los juegos. Por ustedes — me levanto del asiento para decirle algunas palabras a Arnaud al oído —. Cuídalo mucho mientras no estoy. Por favor…
— Soy su padre, tenlo por seguro que lo cuidare tanto como tú lo has hecho —. Nos besamos una última vez antes de que tenga que partir al Capitolio.
Leodán se dirige a mí con sus pasos principiantes y le doy un beso, mientras los ojos se me ponen vidriosos. Arnaud lo toma y se dirige a la puerta.
— Cuídate —. Son sus últimas palabras antes de cerrar la puerta mientras Leodán hace un puchero.
Me tapo la boca mientras unas pocas lágrimas salen de mis ojos. Me pregunto si estaré sola en la Arena, justo como lo estoy ahora en la elegante habitación del edificio de justicia. Sería bueno, como al mismo tiempo malo.
La puerta vuelve a abrirse. Unos zapatos marrones y de aspecto viejo son lo primero que veo, ya que solo me dedico a mirar el piso.
— Magdie… — Me dice una voz ronca. Más pasos y pies se adentran en la habitación.
Unos sollozos de una mujer se escuchan mientras el hombre de la voz ronca trata de calmarla. Los conozco muy bien, de seguro la mujer se toca la nariz cada momento debido al nerviosismo. Levanto la mirada seria, probablemente con los ojos rojos por las pocas lágrimas que cayeron cuando me despedí de Leodán y Arnaud.
— Hola — no puedo evitar cambiar mi tono a uno cortante.
— Hija, mira todo lo que has cambiado en este tiempo — mi padre suelta como si no hubiera pasado nada.
— Claro, ahora soy tu hija. Ahora que el bebé al que apodabas "Error" ya no está en mi vientre —. Suelto fríamente. Provocando que se incomode.
La gente que vino a despedirse de mí, son mi familia. Mi padre Burnello, mi madre Miriam, junto a los gorilas que tengo de hermanos, Alessandre y Luke.
— Cariño, no sabes cómo me he arrepentido de la mala actitud que tuve contigo.
— No fuiste solo tú, todos los que están aquí fueron desagradables conmigo.
Mi padre da la vuelta a mirarlos. Luke el mayor de mis hermanos, me dirige la palabra:
— Sí, tienes razón, no fue buena la manera en que te tratamos. Pero tú tampoco permitiste arreglar las cosas bien.
— No saben la rabia que sentía. Les pedí perdón por decepcionarlos, pero era como si estuvieran ciegos. Ni siquiera me notaban. Me sentía abandonada.
El volverlos a ver, me ha puesto sensible. Abandonar mí casa, fue cosa de orgullo. No quería convivir con gente que me trataba así.
— Lo sentimos mucho, lo sentimos por haberte hecho sentir así — mi madre se acerca a abrazarme mientras suelta lagrimas sin parar. Noto la sinceridad de las disculpas, y le devuelvo el abrazo. ¿Por qué justo este día decidieron volver a hablarme? ¿Por qué justo cuando el tiempo es poco?
Un agente de la paz entra al salón separándome de mi mamá. Camino sin dar la vuelta, todo esto fue a causa de una irresponsabilidad mía…
Mi joven compañero va junto a mí hacia el tren. Tiene el pelo rizado, ojos vidriosos y la barbilla hinchada. No parece tener más de quince años. Los juegos no serán fáciles para pequeños como él. Tampoco serán fáciles para mí. No serán fáciles para la mayoría de nosotros.
Hyden Helling, 18 años, Distrito 12
Me he despedido de Inge y Frej. Ambos luchaban por contenerse, pero terminamos abrazados. Espero que el que Frej no haya explotado por mi advertencia de su supuesta e interesada novia, Lorin, sea señal de que me escuchará, porque la niñata lo maneja a su antojo y solamente lo ve como una segunda opción, un respaldo. Alguien tenía que decírselo y no tendría otra oportunidad. Estoy seguro de que no es lo que había esperado, pero nunca hago lo que él espera. En eso estamos a mano porque la mayor parte del tiempo su comportamiento me resulta irracional. Sin embargo, esta vez dejó nuestras diferencias de lado y se enfocó en decirme que me quería de regreso.
Mis padres entran antes de que salgan mis hermanos y no tengo tiempo de ver el frasco que Frej me puso en la mano. El rostro desencajado y las mejillas surcadas de lágrimas de papá me hacen sentir culpable. Viene de una familia ruidosa y cariñosa y Frej es igual a él, pero yo soy lo contrario. Soy el chico retraído, el que cuando todos ríen se aleja, que se asfixia con la atención, el que se siente incómodo con los abrazos. Al principio papá se enojaba y me gritaba, hasta llegó a acusarme de no quererlos. Entonces yo no lo entendía, ¿cómo no iba a quererlos si siempre hacia lo mejor por ellos? Luego su enojo se volvió preocupación porque temía que algo anduviera mal conmigo. Yo mismo me lo cuestioné. Y en este momento, lo que siento es frustración por lo inútil que me siento ante las lágrimas de mis padres.
—Hyden. Mi Hyden — solloza papá arrojándose sobre mí.
Lo recibo con los brazos abiertos y creo que al menos por esta vez quizás no lo haré tan mal, pues realmente quiero hacerlo. Me aprieta con tanta fuerza que resulta doloroso y aunque quisiera dejarlo más tiempo no puedo hacerlo.
—Papá, tengo que decirte algo— le digo separándome un poco y extendiendo un brazo a mi madre que se acerca con lágrimas silenciosas—. Agradezco todo su cariño papá, y mamá, agradezco tu comprensión y ayuda. Aida les entregará algo y sabrán que siempre…pienso…en ustedes.
Me maldigo internamente por trastabillar con algo tan corto y que sé de memoria.
—Siempre lo he sabido Hyden, siempre —me asegura mamá.
—Lo que Aida les entregue es para ustedes— continúo—, pero no la dejen sola, por favor.
Mamá, que siempre ha sido el equilibrio de la casa, solo asiente.
—Hyden — llama mi atención mi padre —. Tienes que volver. Tendrás que hacer decisiones difíciles, pero aceptaré lo que tengas que hacer para que regreses con vida.
Es increíble que hasta en las palabras que me dijo hoy Frej se asemeje tanto a papá. Ahora quien interviene es mi madre.
—No te gusta la gente, lo sé, pero esta vez tendrás que gustarles, ¿entiendes? —pregunta con énfasis mamá sujetando mi cara —. Allá hay gente extraña, pero pueden ayudarte, así que tienes que intentarlo. Recuerda todo lo que te he enseñado.
—Lo haré. Haré todo para volver— prometo.
El tiempo casi se ha acabado, así que bajo los brazos para dejarlos ir.
—Ah, esperen. Una última cosa. No hay ninguna garantía, pero en las ediciones anteriores no han salido hermanos sorteados —ambos me miran tratando de seguirme—. Tal vez, solo tal vez, Inge esté a salvo.
—Gracias Hyden – susurra mamá antes de salir.
Solo quedan unos segundos cuando la puerta se abre y cierra tras Aida y su cabello negro. Aún no hemos podido decirnos nada cuando la puerta empieza a abrirse de nuevo. Con alarma Aida se lanza a mi cuello y me sorprendo al sujetar su cintura. Los agentes de la paz nos informan que el tiempo se ha terminado, pero ambos los ignoramos.
—Vuelve a mí— me dice Aida al oído e inesperadamente me besa la mejilla. Luego me mira a los ojos calculando algo y vuelve a acercarse para colocar sus labios sobre los míos. Apenas me roza porque los agentes la jalan de los hombros.
—¡Ya se va! — exclamo, haciendo ademán para que la dejen.
No he podido decirle nada a Aida, aunque debe saberlo. Es mi mejor amiga y siempre lo será. Incluso me ha pasado por la cabeza la egoísta idea de encontrar la forma de asegurarme que nunca se aleje. Eso es extraño.
Me alegra cuando el agente me deja solo, porque me siento cansado. No puedo creer todo lo que ha pasado en apenas unos minutos ni lo que ha pasado en este lugar. Estoy mareado de tantas emociones. Al menos en ese aspecto lo peor ha pasado. Finalmente veo el frasco que me ha dado Frej y tiene razón en que me servirá. Es jarabe.
Bounder Leger, 17 años, Distrito 4
El techo de la sala donde me encuentro tiene unos intrincados diseños de colores oscuros que intento descifrar como distracción para no salir corriendo de este lugar.
Estoy empezando a hallarle forma al patrón, cuando la pesada puerta se abre y Gillian aparece en el umbral, seguida de Jody y Hassn que se cuelan por la mínima abertura que hay entre el agente que me custodia y la puerta.
Gie, es la primera en reaccionar, corre y se estrella contra mí, provocando que caigamos al mullido sillón que tengo detrás, enseguida se unen Hassn y Jody.
― No puedo respirar ― digo ahogada, y con un intento de risa, nos acomodamos de tal forma que ninguno aplasta a otro. Como solíamos hacerlo en los campamentos de la Academia.
Nadie sabe qué decir, pero es Hassn quien rompe el silencio:
― Ese incomodo momento en que tu mejor amiga puede ir a morir en unos Juegos y tú solo piensas en lo mucho que te reirás si le ponen un traje ridículo el día del Desfile.
― Imagínate ― habla ahora Jody ― si te ponen uno de esos trajes del año 19. ¡Lo ridículos que eran! ¿Recuerdan ese que estaba hecho de caracoles? ¡Oh Bou, ya te imaginé!
Todos soltamos una carcajada al unísono, así éramos, incluso en el peor momento, encontrábamos de que reírnos.
Pero el tiempo se acaba, y la puerta se abre. Nos damos un abrazo grupal, tumbados en el sillón, y después, uno por uno me abraza y nos regalamos una larga mirada a los ojos. Cuando salen, me giro a la ventana abarrotada para mirarlos salir del edificio. Hassn lleva abrazada a Gillian por los hombros, mientras Jody lo hace con Hassn.
Los siguientes en entrar son mi familia. Siento la garganta arder cuando Faye y Forest se abalanzan sobre mí, él no es tan chico como para no entender que significa esto, Faye en cambio sí, y por eso es más difícil responder cuando inocentemente pregunta:
― ¿Por qué estás aquí Bou? ¿Papis te castigaron?
― No Fay, papis no me castigaron, Esto… estoy aquí porque voy a ir a un lugar en el que puedo convertirme en súper héroe de verdad
― ¿De verdad?
― De verdad, me van a poner un súper traje, que vas a ver en la televisión y súper poderes, y voy a pelear con monstruos y villanos, pero voy a ser un superhéroe, y voy a estar bien ― levanto la mirada hacia mis padres cuando digo esa última frase, Faye chilla de emoción y me abraza por el cuello, yo me levanto y le doy algunas vueltas, después derribo a Forest en el sillón y lo ataco con cosquillas.
Cuando Forest no puede dejar de reírse, me detengo y me acerco a mis padres. Mamá me mira con tristeza y a punto de derramar lágrimas, pero es fuerte y se contiene, papá en cambio, tiene la mirada seria y profunda que usa para guiar a visitantes por las cabañas
Mamá es la primera en reaccionar y me abraza fuerte, diciéndome al oído todo su repertorio de precauciones. Luego le toca a Papá que solo dice una sola cosa
― Si actúas como si supieras lo que estás haciendo, puedes hacer lo que quieras― después me da un beso en la frente y me abraza. Siempre he pensado que mi papa puede ver a través de mí, y definitivamente esa frase, me lo confirma
Los agentes vienen, y se los llevan, pero en el último momento, Faye salta en mi dirección, la acojo en mis brazos y la monto en mi cintura, con cuidado, desata la cinta amarilla que lleva en el cabello y la ata a mi muñeca
― Espero y convine con tu traje de superhéroe ― me da un beso en la mejilla y se va saltando a los brazos de papá, a quien miro a los ojos en largo rato, después asiente y yo le respondo de la misma manera.
La estación de tren se encuentra a unas cinco millas del edificio de Justicia, por lo que tenemos que zambullirnos en un minúsculo auto, Yuta, mi compañero que es realmente pequeño, Muscly, el escolta, y yo, que voy apretada entre el escolta y la puerta del coche. Cuando llegamos, la estación está a rebosar. Salgo del coche y me estiro
― Ya era hora, allí dentro apestaba ― suelto, Muscly me mira con ganas de matarme allí mismo, pero sonrío descaradamente y giro sobre mis talones para dirigirme a la prensa.
Adeline Greengrass, 17 años, Distrito 8
Estoy envuelta en oscuridad, trato de salir de aquel lugar, pero no puedo. De repente escucho los gritos de mi madre, y al girar, veo cómo es alcanzada por un cuchillo en su pecho. El pánico me invade mientras ella cae haciendo un ruido sordo en el piso.
—Corre— susurra mirándome con ojos suplicantes, cubriéndose el pecho con su mano izquierda y su mano derecha extendida hacia mí. No entiendo nada, pero cuando veo al atacante, las alarmas en mi cerebro se disparan.
Mi padre se gira hacia mí con el cuchillo ensangrentado en su mano y su cara desencajada por la ira.
—Sigues tú— y una sonrisa malévola se dibuja en sus labios al decirlo.
Empiezo a temblar descontroladamente mientras camino hacia atrás dando torpes pasos. Él se acerca más y más con el estilo elegante que lo caracteriza. Huir, me dice mi cerebro, corre, pero al hacerlo, me tropiezo y caigo. Me cubro la cara mientras veo como el cuchillo de mi padre se acerca. Cierro los ojos desesperadamente ahogando un grito.
Me despierto repentinamente, levantándome del sillón en el que estaba acostada.
—Sólo era un sueño— susurro llevando mi mano a la frente y despejando el cabello de mi cara—. Está muerto Adeline, ya no puede alcanzarte me repito en voz alta para que mi cerebro lo entienda de una buena vez. Angus está muerto, le dieron la pena capital por haber asesinado a mi madre. Él ya no puede hacerme daño, y con ese pensamiento me levanto y voy hasta la ventana de la habitación.
Escucho la puerta abrirse, y cuando volteo, veo una cabellera dorada entrar al cuarto.
—¡Ady! — grita la pequeña mientras se abalanza hacia mí y me abraza la cintura.
—Hola mi pequeño ángel— le digo mientras la sostengo y la abrazo fuertemente contra mi pecho. Quisiera que se quedara así, que el mundo se detuviera para estar con mi hija por el resto de la vida. Juntas, por siempre juntas, protegidas y felices, una en los brazos de la otra.
Unas lágrimas traicioneras se deslizan de mis ojos que están apretados fuertemente. Me imagino un mundo en el que podemos ser felices, en el que puedo decirle a todo el mundo que Hope es mi hija, y que su padre es un hombre dulce y amable del cual me he enamorado perdidamente como cualquier adolescente. Soñar no cuesta nada, y lo hago, alejándome de la realidad para vivir una corta fantasía.
Al abrir los ojos, sé que la realidad a la que he caído es una arpía traicionera que se regocija con mi dolor y el de mi hija por mi ausencia.
—No puedes mostrar más debilidad—me aconseja Alma, y sé que es así. No fue una buena estrategia desplomarme enfrente de todo el distrito.
—Eres fuerte, Adeline, así que demuéstralo— asiento con la cabeza. Sé que puedo ser mejor, que mi vida puede mejorar si gano los juegos. Mi hija ya no sufrirá por hambre o frío. Tendremos un techo donde refugiarnos y una verdadera cama donde dormir. Necesito ganar, no importa lo que haga falta para hacerlo.
Ganaré, Alma la determinación viene a mí como una fresca brisa de viento. Bajo lentamente a mi pequeña mientras le acaricio el cabello.
—Eres lo más importante para mi— le digo mirándola con dulzura. Ella me mira sin entender.
—Voy a estar lejos de ti un tiempo—Le explico
—¿Nos vamos de viaje? — pregunta ella emocionada. Y me remuerde la conciencia no poder decirle la verdad, pero sé que no la entendería. ¿Cómo podría entenderla si yo tampoco la logro entender?
—No, sólo yo, pero te prometo que volveré muy pronto— la veo desanimarse y bajar la cabecita triste.
—Pero la tía Alma estará contigo— y miro a mi amiga con ojos suplicantes. Un ser tan bueno como ella debería haber tenido una mejor vida, pero tal y como la mía, fue todo un desastre. Alma me mira y asiente. Ella la cuidará mientras hago todo lo posible por volver.
—Te estaré esperando— sus ojitos se inundan, y las lágrimas aparecen, pero ella no pierde la compostura. Me mira altiva y orgullosa. Todos los días me sorprendo de la fortaleza que tiene. Debo seguir su ejemplo y nunca jamás desfallecer.
—Recuerda que te amo mucho, que eres lo más hermoso que la vida me ha regalado, y que te llevaré conmigo a donde vaya le muestro el mechón dorado que guardo en un pañuelo como recuerdo de la primera vez que le corté el cabello. Ella me rodea con sus manitos al tiempo que un agente de la paz entra para decirnos que el tiempo ha terminado.
—Tienes que tener mucha fortaleza— me dice Alma mientras me abraza para luego coger la manito de Hope y retirarse.
—Adiós— me despido mientras Hope gira su cabecita y se despide con su mano. Una niña tan valiente merece una madre que vuelva por ella.
Salgo de la habitación, escoltada, directo al auto que nos llevará a la estación del tren y partir al capitolio.
Mi destino me espera.
Amber Thousen, 16 años, Distrito 1
No he sonreído.
Es el único arrepentimiento que me recorre al rememorar a Schuyler, mi compañero de distrito, brincando hacia el escenario. Apenas lo conozco. Solo lo he visto en algunos entrenamientos, y no es una persona especialmente envidiable. Pero en aquel momento lo fue.
Actuar igual me parece bastante infantil, pero al menos debí haberme mostrado feliz.
No puedo hacerlo. Ir a los juegos no es algo que me alegre especialmente, son una dura prueba cuyo fracaso supone la muerte. Aunque el premio por vencer vale la pena.
No puedo permitirme fracasar.
La puerta se abre haciendo que me levante, como impulsada por un resorte, firme y recta cuando Amethys se lanza contra mí, cogiendo mis manos entre las suyas:
—Debiste haber dejado que me presentara voluntaria —. Me exige, observándome con auténtica preocupación. Niego con la cabeza.
—No podía—explico–. Me sentiría demasiado culpable al verte en mi lugar— es la verdad. No podría mirarme al espejo de haber dejado que subiera a esa tarima en mi lugar. De saber que no tuve la suficiente valentía como para afrontar el reto que supone la cosecha. Lo sentiría como una deshonra. Ella niega con la cabeza con una risa sarcástica, que me hace buscar sus ojos con la mirada. Parece angustiada—. Amethys, mírame. Voy a volver, ¿sí? No te preocupes por nada—. Le digo tanto a ella como a mi padre, que está detrás suya mirándonos como si quisiera memorizar hasta el más ínfimo detalle de nosotras dos. Sus manos sueltan las mías un segundo para situarse tras mi espalda, en un abrazo lleno de cariño.
—Tienes interés en ello— me susurra con una ligera sonrisa—. Ya he perdido a mamá. No quiero perderte a ti también —y siento como sus manos se cruzan para sacar las pulseras que adornan sus muñecas—. Toma, para que te den suerte— me dice.
Niego con la cabeza, devolviéndoselas dócilmente.
—No— afirmo—. Mamá te las legó a ti, son tuyas.
No es que me disgusten, al contrario, son hermosas, pero mi hermana fue quién las heredó. Ella depositó la fe en ellas, como un símbolo de que nuestra madre siempre estará protegiéndola esté donde esté. Mi hermana ríe negando otra vez y me las tiende de nuevo, parece contenerse para no llorar.
—Tú las necesitas más que yo—. Afirma a la par que me las pone en las muñecas. Me dejo hacer, no es que me apetezca luchar contra ella de todos modos. Tal vez, solo tal vez, necesite la suerte que aportan en la Arena. Aquella por la cual mi padre suele decir que mi hermana pasa todas sus cosechas. Tal vez, el tenerlas me ayude a luchar en los momentos más inesperados. Recordar a mi madre en sus últimos días de vida y como me hizo prometer que lucharía por conservar ese carácter tan agradable y optimista que me caracteriza, tras su muerte. Lo hice, cumplí. Y si su muerte no me derrumbó, la Arena no lo hará.
– Te las regresaré al volver— Le prometo con cariño y ella al fin sonríe, confiando en que le digo la verdad.
Cuando nos separamos, mi padre da unos pasos hacia mí y dice:
—En momentos como este me arrepiento de haber escuchado a vuestra madre, y no presentarme voluntario en cuanto tuve la oportunidad. Quizás el hacerlo me hubiese convertido en vencedor. Una persona que podría darte la clave de la victoria— desvío la mirada al suelo, intentando reprimir la angustia que lucha por dominarme. No puedo permitirme llorar, no si quiero seguir dando buena impresión en la cámara. Redimirme y sonreír como debí haber hecho en la tarima—. Sé fuerte, hija mía. Repliega tus sentimientos y haz lo que sea por regresar. Sé que puedes hacerlo.
—¡Oh! ¡Papá! —exclamo y me echo a sus brazos, rodeándolo con cariño—. Lo haré —afirmo, nos separamos nada más oír al agente que viene a buscarme y ellos salen. Tengo el tiempo justo de prepararme para cuando me toca salir a mí. La cámara impacta sobre mi rostro en cuanto cierro la puerta.
—¡Vamos Amber, sonríe! —la voz siempre alegre de Dimitri parece querer alentarme. Hoy está hermoso. Su traje dorado brilla con luz propia —. Deslúmbralos— se saca las gafas de sol y le guiña un ojo a la cámara. Y yo siento ganas de reír. Me encanta, es lo más próximo al hermoso Capitolio que tenemos en el distrito. El Capitolio que al fin podré ver de cerca. Desvío la mirada a la cámara, motivada por sus palabras, buscando sonreír. Deslumbrar al Capitolio. Aunque lo más probable es que ellos me deslumbran a mí.
Kinsey Alcott, 16 años, Distrito 11
Sé que Audrey y Rennie serán las únicas que vendrán a despedirme, tardarán un poco, pero las noticias ya habrán llegado a sus oídos. No quiero pensar en lo que les diré, en lo que me obligarán a prometer.
Afuera se oye un fuerte jaleo e imagino que son los familiares de la pequeña Bethany Curtis, desesperados por su suerte, trato de ignorarlos porque no quiero ser un testigo indeseable de su dolor, sin embargo, es la puerta de mi compartimiento la que se abre, haciendo que me sobresalte por la ruidosa entrada de papá. Luce mal: su ropa desordenada e incluso rota, la piel de su rostro tirante y roja, su mirada llena de angustia, trayendo a mi mente recuerdo de los jornaleros borrachos que muchas veces ha debido disciplinar, esta vez está del otro lado. Tres agentes le escoltan, dos de ellos lo sujetan y el que ha abierto la puerta le indica en un tono conciliador:
―Tienen diez minutos, señor Alcott, le sugiero que acepte lo inevitable, se despida y se tranquilice, o tendré que ponerlo en custodia… Cosa que no he hecho ya por tratarse de usted…
Papá no dice una palabra y mantiene su mirada fija en mí, que poco a poco he acortado nuestra distancia, aun cuando no quiero oír charlas sobre sus expectativas o de todo lo que soy capaz si de verdad me empeño.
―Kinsey…― dice papá abrazándome.
El gesto me toma por sorpresa, es la primera muestra de cariño que me da en mucho tiempo, y entre el asombro y el miedo, que se vuelve a abrir paso dentro de mí, correspondo a su abrazo. Le siento llorar y temblar, en cambio yo sigo desconcertado, pero poniéndole mucha atención. Con sus manos en mi rostro empieza a decirme:
―Kin, hijo… No pensé que serías tú… nunca me di la oportunidad de demostrarte todo lo que significas para mí, hijo... de decirte que, independientemente de todo, te quiero. Eres mi orgullo. En ti hay lo suficiente de Alcott para imponer tu voluntad y negarte a hacer lo que no consideras correcto, eso debe prevalecer, Kin. No pido que te vuelvas un asesino despiadado, porque te conozco y sé que no está en ti, pero eres perseverante e inteligente y aquí dejas a personas que necesitamos verte de vuelta. Lucha por regresar con nosotros, te necesitamos aquí...
Es imposible no ceder ante su sentida despedida, quién sabe si de verdad volveremos a vernos, vuelvo a abrazarle, tratando de confortarle, incapaz de decir nada, acostumbrado a guardar silencio ante él.
De pronto dos breves golpes en la puerta indican que se ha acabado el tiempo. Papá se yergue y me mira a los ojos, con esa mirada que intenta transmitirme fuerza y valor, es un momento intenso, sus ojos llorosos son algo que definitivamente no podré olvidar.
―Todos estaremos esperando que vuelvas vencedor, Kinsey. No queremos perderte.
―Ni yo a ustedes, papá.
Él me sonríe antes de girarse y abrir la puerta, justo en el momento en que mamá se disponía a tocar de nuevo.
Otra sorpresa.
No esperaba a ninguno y, con las defensas abajo por las palabras de papá, supongo que ella también viene a infundirme ánimos.
Pero tarda apenas dos segundos en captar lo que ha ocurrido en esta habitación y cinco más en demolerlo con toda la fuerza de su resentimiento:
―Espero que no hayas creído las porquerías que te vino a decir ―una pequeña y cínica sonrisa se forma entre sus labios―. Está urdiendo tu muerte desde que Renatta cumplió 16, ella es mucho más hermosa de lo que yo fui y tiene el buen carácter que jamás tuve. Si mueres en los juegos, le das la oportunidad de salir de este matrimonio de mierda y hacerte sustitutos con tu hermana. Tu papá es joven, todavía puede tener muchos hijos, pero no conmigo, y al no existir tú como su heredero, tiene el pretexto ideal para separarse de mí. Sabes bien que no te amo, de mí no has recibido sino desprecio, porque si hubieses sido niña, hace mucho que mi vida no sería un infierno. Pero abre los ojos, no creas que realmente le importas, porque él sabe, al igual que todos, que a pesar de lo que cuelga entre tus piernas, yo parí otra niña.
Sus palabras envenenadas no logran herirme esta vez, quizá porque no logro discernir si me está diciendo que lo intente o no, si sería capaz de legarle su lugar a Renatta con tal de verse libre de su matrimonio, si me está deseando la muerte o quiere que lo intente para salvar a mi hermana, sólo sé que destila odio y desagrado hacia mí y que es mucho el esfuerzo que me toma decirle:
―Adiós, mamá.
Geb Orhan, 17 años, Distrito 2
Después de la cosecha, soy conducido al interior del tren de avanzada que ha llevado a los tributos hacia Capitolio a lo largo de los años. Mi compartimento es amplio, cómodo y lujoso: lo mejor para el futuro vencedor.
La distancia entre mi lugar de origen y mi destino es bastante corta. Nuestros tributos siempre son de los primeros en llegar y eso, sin querer ser presuntuoso, supone una gran ventaja para mí. Si me conocen primero aprenderán a amarme antes que a cualquier otro. Las ventajas tácticas nunca están de más, mi tío Keb me lo ha dicho muchas veces y en todos estos años jamás he puesto en duda su palabra.
En unos momentos será presentado el resumen de las cosechas y una sonrisa se dibuja en mi rostro: estoy ansioso por conocer a mis oponentes. Haciendo una remembranza, no hay oponentes que signifiquen un reto sobresaliente. No puedo afirmarlo, pero hay una gran posibilidad de que tenga la razón. Solo después de conocerlos podré comprobarlo y cuando lo haga, decidiré cuales serán mis acciones, mi plan pronto se pondrá en marcha. En los Juegos del Hambre entran 24 personas y solo uno sale con vida; este año esa persona seré yo, no hay ninguna duda…
Primero escucho gritos del otro lado de la puerta, enseguida algunos golpes y después, la puerta se abre abruptamente.
Un hombre entra en forma descontrolada arremetiendo contra mí y cuando menos me doy cuenta sus manos rodean mi cuello: estoy en desventaja.
—¡¿Qué hiciste?! — grita y no es hasta que escucho su voz me doy cuenta de quién se trata: es el tío Keb—. ¿Qué fue lo que le hiciste? —vuelve a preguntar, pero no entiendo a qué se refiere.
—No… no sé de qué hablas, tío—intento explicarle. Su agarre se hace más fuerte.
—No juegues conmigo muchacho, sé que tú lo hiciste. ¡Nadie más que tú! —vuelve a gritar. Está fuera de sí. Sus ojos me dicen que ni siquiera me reconoce.
Aprieta mi cuello de forma más contundente, comienza a faltarme el aire y cuando mis piernas comienzan a flaquear, la presión en mi cuello desaparece.
Caigo al suelo apoyándome en mis rodillas. Toso de forma descontrolada; el cuello me escuece.
—¡¿Qué sucede aquí?! —chilla la escolta de manera alarmada. No la escuché entrar –. ¿Estás bien? —me pregunta ofreciéndome su ayuda para incorporarme, pero la rechazo. Soy Geb Orhan y no necesito la ayuda de nadie.
—¡¿Qué pasa contigo, tío?! —exijo saber al tiempo que me incorporo con dificultad—. No sé de qué diablos me hablas. ¡Casi me asfixias! –grito lleno de cólera, aunque solo consigo provocarme un nuevo ataque de tos.
– Asfixiarte es lo mínimo que te mereces... ¡No puedo creer que hicieras esto! –expone y entonces lo veo: un Agente de paz lo tiene de espaldas contra la pared, pero mi tío es tan fuerte que apenas puede contenerlo—. Te dimos todo de nosotros. ¡Todo! Te abrí las puertas de mi casa y mira como nos pagaste... ¡Eras su mejor amigo!
Mi tío arremete contra el Agente de Paz de nueva cuenta intentado llegar a mí, pero éste, con dificultad, logra controlarlo—. Keb, por favor, contrólate— pide, aunque parece una súplica. Lo reconozco, el Agente de Paz y mi tío fueron amigos.
– ¿Controlarme?... –La ironía en su voz es casi un lamento. – ¿Cómo puedes pedirme que me controle después de lo que ha hecho? ¡Tú mejor que nadie lo sabe! –Grita y el Agente de Paz e incluso la escolta miran en mi dirección. La escolta parece que va comenzar a llorar en cualquier momento presa de la confusión, pero en cambio, el Agente de Paz me mira con una severidad que no comprendo.
—No tengo porque darles explicaciones, pero no sé qué es lo que mi tío….
—¡Cállate! —grita mi tío interrumpiéndome—. ¡Tú lo hiciste! Solo tú pudiste hacerlo… tú… –susurra casi en un sollozo y, abatido, se deja caer al suelo.
El Agente de Paz se aleja dándole privacidad, pero la escolta, en cambio, se acerca a él con precaución y con una voz sumamente mortificada le pregunta:
—Señor Orhan, ¿qué fue lo que hizo?
En ese momento mi tío levanta su mirada, sus ojos están sobre mí, pero solo encuentro odio y rencor.
—Mató a mi sobrino…Min lo mató… ¡Ese bastardo lo mató!
En el silencio la transmisión comienza. Todos nos giramos hacia la pantalla.
La anfitriona presenta a los tributos del Distrito 1, enseguida al tributo femenino del dos y cuando llega mi turno en la pantalla aparece mi rostro con la leyenda: "Min Rotland, Distrito 2, Voluntario".
No entiendo qué sucede. Mi cabeza comienza a dar vueltas.
Ese no es mi nombre… mi nombre es Geb Orhan y fui cosechado.
Regulus Gold, 17 años, Distrito 6
Entramos al tren detrás de Angelic, en cuanto se cierran las puertas, ella se voltea hacia Rail y la señala:
―Antes de que pongas un dedo sobre cualquier superficie de este tren date un baño, no soporto tu peste ― y se va rumbo a su compartimento.
―No le hagas caso, así de desagradable es con todos. Vamos, te mostraré el tren― le digo.
―No esperaba nada mejor de ella ― me contesta recelosa, y después me dice irónicamente ―: te lo agradecería.
Después de mostrarle a Rail el comedor y acompañarla a su compartimento, me voy a buscar a papá, quién no esperó las despedidas, sino que vino directo al tren al terminar la ceremonia. Se perfectamente dónde encontrarlo: en el bar.
Apenas se abre la puerta, lo veo con un vaso de whiskey en la mano, parado al lado de la ventana con la mirada perdida, pero al escuchar la puerta se voltea.
―Reg ― me dice y luego voltea hacia el vaso que tiene en la mano ―, es el primer vaso, lo juro, no he podido terminármelo ― lo coloca en una mesita y se pasa la mano por el cabello, me imagino como debe sentirse.
― Papá, no importa, yo también necesito tomar uno ― le digo. Me acerco a él, y noto que tiene los ojos rojos.
De pronto mi padre me sorprende dándome un fuerte abrazo y susurrándome al oído una y otra vez que lo siente mucho. Sé que no es su culpa que hoy yo me encuentre en esta posición, pero lamenta el calvario que voy a enfrentar dentro de poco. Me dejo llevar y cuando siento que las lágrimas se van a escapar de mis ojos, escuchamos la puerta del bar abrirse de nuevo.
―Aquí están mis chicos― dice Angelic con una sonrisa, acercándose ―. Mi vencedor ― dice pasando su mano por el brazo de mi padre, tratando de mostrarse seductora ― y mi futuro vencedor ― me guiña un ojo.
Yo solo ruedo los ojos y papá se aleja de ella para sentarse en el otro extremo del vagón.
― Regulus ― dice alargando mi nombre―, vi a las chicas que fueron a despedirse de ti, eres un rompecorazones como Daniel ― me ofrece unas de sus falsas sonrisas ―. Creo que tendrás tanto éxito como él en el Capitolio, las vas a volver locas a todas.
Me quedo paralizado ante sus palabras y volteo a ver a papá, a quién se le ensombrece la mirada.
― Pero es que con este padre tan guapo que tienes y bueno Regila era una mujer muy bella…― no puedo evitar interrumpirla.
― ¿Era? ¿por qué hablas de mi madre en pasado? No está muerta ― siento la ira subiendo.
―Bueno nadie sabe de ella desde que te fuiste del Capitolio, aunque tienes razón ella debe…
―Angelic ― la interrumpe mi padre ―¿por qué no me haces un favor y vas a ver cómo esta Rail? Fíjate si necesita algo o llévala a la sala de proyección para que vea los videos de otros juegos.
Ella solo aprieta los labios, molesta, pero pone una sonrisa:
―Claro, los dejo solos.
Yo me siento en un sillón y me tapo la cara con las manos. En verdad que esta mujer me exaspera, y si algo me molesta es el tema de mi madre, desde que nos separaron, nadie volvió a saber de ella.
―Reg, ¿estás bien? ― siento una mano en mi hombro, y asiento con la cabeza ―. Vamos hijo, comamos algo. Tengo que ir a ver a Rail antes de que Angelic la enloquezca.
Pasamos la tarde en la sala de proyección, papá nos explica cosa sobre la arena y las estrategias que diferentes vencedores usaron para ganar. Cuando nos deja solos, aprovecho para hablar con Rail.
―Rail, ¿por qué te ofreciste voluntaria, siendo este tu último año para librarte de las cosechas? ― pregunto.
Ella voltea a verme y levantando una ceja, me contesta con otra pregunta
― Regulus Gold o mejor dicho Spike, ¿por qué te llaman así?
Veo que es desconfiada y cautelosa, pero está bien, ya habrá oportunidad de conocernos mejor:
― Regulus es un nombre muy capitolino, y tomando en cuenta que no podía cambiar el tono de mi cabello o mis ojos... Samuel Maglev, quién ahora es de mis mejores amigos, comenzó a llamarme así después de que la maestra nos hiciera leer el libro "El Árbol de Espinas", no sé si lo recuerdas. Él dijo que me parecía al personaje y…
De pronto escuchamos un silbato, el tren disminuye la velocidad mientras se acerca a la estación y mi padre reaparece en la sala.
―Ya vamos a llegar al Capitolio, prepárense con la mejor de sus sonrisas, el show está por comenzar.
Mana Prescott, 17 años, Distrito 5
Nunca antes había viajado en tren y de cierta forma estoy agradecida por ello. El ambiente dentro de la cabina es tan asfixiante que quema y mi única forma de escape es mirar las gotas caer a través de la ventana deseando ser lluvia al otro lado del cristal.
No puedo evitar recordar la mirada llena de tristeza de mi padre cuando nos despedimos. Desde que mamá desapareció, ha temido por mi, porque me llevaran lejos igual que hicieron con ella y el ver esa pesadilla hecha realidad pareció romperlo por completo, sin embargo, el "te esperaré" que logró pronunciar entre temblores mientras tomaba mi mano es lo único que necesité para saber que mi deber es volver cueste lo que cueste.
Ante este pensamiento, aprieto con fuerza la cinta de Lewis, de mamá, en mi mano izquierda sintiéndome un pájaro al que le cortaron las alas, incapaz de volar de la manera que quiere, obligado a actuar contra su naturaleza para sobrevivir… Una furia desconocida se apodera de mi.
Un fuerte estruendo me saca de mis pensamientos. No necesito voltear para saber que es Issel quien dio el portazo, su vestimenta es capaz de irritarme los ojos, aunque sea reflejada en la ventana.
—¿Qué es lo que está mal con ese muchachito? Actuó como si yo. ¡Yo! No existiera— no estoy dispuesta a prestarle atención en su berrinche, pero continúa de igual forma—: ¿No vas a decir nada al respecto? Espero que tu comportamiento sea mejor, si no ¿quién querrá patrocinar a dos debiluchos maleducados?— sus palabras hacen que por fin voltee a verla, con una mirada de desinterés.
—Mientras no vuele el tren, yo estoy bien. Lo otro, lamento informarte, es tú trabajo, así que te aconsejaría hacerlo bien y no echarnos la culpa a nosotros—estoy por regresar mi vista a la ventana cuando un nuevo estruendo me toma por sorpresa, es un pequeño florero ahora hecho añicos en el suelo cerca de mi. Le dirijo una mirada aturdida antes de fruncir el ceño ¿qué es lo que está mal con esta mujer?
—Yo...— parece más sorprendida que yo en lo que empieza a balbucear palabras inteligibles.
No dispuesta a soportar otro ataque de locura me levanto y empiezo a caminar queriendo alejarme por completo del lugar, de las circunstancias, buscando un poco de aire fresco. Mis pasos son cada vez más veloces mientras atravieso puertas y vagones, hasta que por fin llego al ultimo. Me doy cuenta, con gran alivio, que el vagón final del tren tiene barandilla, la que me llega a la altura de la cintura y poco más. Sin poder evitarlo me apoyo en esta, estirándome hacia afuera tanto como puedo, sintiendo las apenas sutiles gotas de lluvia refrescarme algo más que el cuerpo y el viento llevándome a otro lugar, otro tiempo, con mamá.
Abro los ojos, notando lo morboso de la situación. El haber sido elegida como tributo me está llevando al Capitolio, posiblemente el único lugar en el que puedo encontrar alguna respuesta a lo ocurrido con mamá. Muerdo mi labio inferior con fuerza ante lo estúpido de este pensamiento, no solo porque las posibilidades de encontrar a alguien que sepa y quiera decirme son bajísimas sino también por pensar que puede haber un lado bueno en esto. Los Juegos del Hambre nada tienen de bueno.
Volteo atrás cuando no puedo aguantar más la sensación de estar siendo observada y los cabellos blancos de uno de nuestros mentores, Lectro, son lo primero que llaman mi atención. Sus ojos me observan ansiosos intercalando entre mi cuerpo y la lluvia.
—¿Hace cuanto estás ahí? — mis palabras parecen descolocarlo un poco, pero no tarda en contestar.
—Más tiempo que tú. Una hora y veintitrés minutos para ser exactos Pero ¿quién los cuenta, no?— entrecierro mis ojos al darme cuenta que no lo noté al pasar con la prisa que llevaba. No puedo evitar mirarlo de pies a cabeza notando la obvia falta de algún reloj, comprobando en mano propia los dichos sobre él.
—No todos somos famosos por tan útil talento, te lo reconozco— apoyo mi espalda en la barandilla y miro al cielo sin interés.
—Talento es una forma de decirle, en la Arena hay que aprovechar cualquier oportunidad que se presente. Si la pierdes la toma otro y mueres.
Sus palabras me sorprenden y no tardo en analizar esas posibilidades, sin embargo me desanimo al pensar que el fin siempre va a ser la muerte. ¿Valdrá la pena perder la humanidad a cambio de sobrevivir? Estoy tan perdida en mis pensamientos que no noto que la lluvia empieza a caer con fuerza hasta que veo a Lectro adentrarse con terror en el vagón cuando algunas gotas lo rozan. Entonces me doy cuenta, no sin miedo, que sobrevivir a los juegos no va a significar seguir con vida en sí.
Adler Rademacher, 17 años, Distrito 3
— Eres un chico extraño.
La miré de reojo y volví a fijar mis ojos en el ventanal, en el cómo rápidamente desaparecían las últimas edificaciones del Distrito 3 y todo lo que había conocido siempre se esfumaba de mi vista.
— ¿Por qué eres tan poco conversador? ¡Tenemos mucho de qué hablar!
Rodé los ojos una vez más, la chica pelirroja que se había prácticamente instalado a un lado mío me exasperaba, y aun más que eso, no sabía cómo callarla. Llevaba unos 20 minutos hablando prácticamente sola, desde que me hicieron subir a este vagón del tren que nos llevaría al Capitolio, mientras yo intentaba encontrar cualquier forma de ocupar mi cabeza para no matarla en este momento.
— Por cierto, Adler… — me giré bruscamente ante la mención de mi nombre, ¿por qué me conocía?, ante eso ella sonrió —. Eres un famoso ahora y yo soy tu mentora. Lily también tiene el suyo propio, ¿no es mejor?
Había una sonrisa increíblemente molesta en su rostro y en esa pose que intentaba demostrar, otro cachorro alimentado del Capitolio.
Su cabello rojo fuerte salía de lo común del distrito de dónde veníamos, allí todos tomaban un estilo algo más sobrio y ad hoc a la actividad que realizaban, no había mucho de lo que alardear en un lugar donde no había más que cables, engranajes y herramientas. No éramos el Distrito 1, donde verse bien era lo primordial, éramos algo completamente diferente.
Y esa chica, estaba seguro, había sido como todos los demás antes de los Juegos, y cuando ganó se ahogó en la fama que le dio el Capitolio, en las regalías y las palabras vacías.
— Soy Jianna — estiró su mano frente a mí, la miré sin decir nada —. Más te vale tenerme de tú lado, puedo ayudarte a ganar — guiñó su ojo derecho.
— ¿Qué quieres?
No pude evitar que mi voz saliera gruesa y tosca, me estaba hastiando totalmente. Nunca había tenido contacto durante tanto tiempo con una persona así, ni siquiera había estado cerca de alguien fuera de las instalaciones de casa y las calles más oscuras del barrio donde vivía.
— Me pareces interesante… sales de lo común.
Rodé mis ojos, ella me veía como un sujeto de pruebas, pensaba que podría jugar conmigo como lo hacían todas las personas como ella, pero estaba equivocada. Podía ver la mirada confiada que desprendía y la sonrisa molesta que llevaba pintada en el rostro.
Giré la vista y volví a mirar el paisaje afuera, era mucho más interesante que esta chica que intentaba sacar algo de mí. Yo no era uno más de sus experimentos, ni me dejaría manipular.
De repente un tirón en mi cabello me alertó, me levanté de un salto y Jianna se río frente a mí. Su risa taladró mis oídos, era burlesca y aguda, pude ver como seguía teniendo mi cabello y la aparte de un movimiento brusco.
— Realmente, eres alguien interesante.
Fue lo último que dijo antes de levantarse de su posición y desaparecer del vagón. Me quedé mirando en el punto que había desaparecido, lo último lo había hecho con la clara intención de molestarme y yo como idiota había caído en su juego.
Esa pelirroja se estaba burlando de mí, y yo no le daría el gusto.
Vuk muchas veces me dijo que debía ser fuerte y sereno, mantener la calma ante situaciones de estrés, que sólo eso me salvaría.
Y así lo comprobé ese día que los enviados del Capitolio entraron en casa, la registraron y me encontraron durmiendo. Su rostro fue sereno en todo momento, no se alteró con los gritos y las descargas eléctricas que le propinaron. Nunca pudieron ver más que esa sonrisa irónica que siempre llevaba en el rostro.
Y era la misma sonrisa que tenía marcada a fuego en mi mente, esa sonrisa que no contó ni demostró nada, que no se doblegó ni cayó ante ellos.
Tenía que sobrevivir, era lo único que sabía en este momento, sobrevivir y mostrarle al mundo que el Capitolio no es lo que parece, no es lo que debería ser, no es lo que nos debería regir.
Me giré bruscamente y me dirigí al vagón donde se encontraban las habitaciones que nos habían asignado, al menos en ese lugar podía tener completa tranquilidad y silencio. Por suerte, había descubierto que se cumplía un mínimo y esa molesta pelirroja no entraría donde no la llaman.
En mi mente solo se recreaban una de las cosas que me había dicho Vuk, la que fue quizás la única vez que miramos los juegos
— Nunca termines de confiar en los demás, todos velan por su propia victoria. Por su propio salto a lo grande.
Y es verdad, porque al final, solo gana uno. Y los demás caen.
Y yo no quería ser uno de esos.
Brandon Ashcroft, 14 años, Distrito 7
Hemos estado permaneciendo en silencio los dos desde que nos han hecho sentar en los respectivos sofás dentro del vagón del tren del comedor. Espío de refilón a Kenley Goodkin. Hasta la cosecha no la conocía. Me suena de haberla visto alguna vez cuando aún iba a la escuela. Pero, desde que empecé a trabajar, no me relaciono con mucha gente. Exploro el paisaje por la ventana y voy viendo cómo vamos recorriendo los bosques de mi distrito. Me imagino que ahora podría estar talando sus troncos y respirando su aire puro.
Inesperadamente irrumpe alguien que abre la puerta. Es Pondlily que se nos queda observando a los dos. Compruebo que es incluso más guapa de cerca que desde lejos en la plaza. Me ruborizo intentando ocultar mis sentimientos.
—Tengo mucha esperanza en ustedes dos —ella nos guiña sensualmente y se sienta delante nuestro—. Me han dicho que llevas trabajando en el bosque desde hace años y eres muy fuerte — no contesto y le clavo los ojos de forma desafiante—. No es necesario que me mires así. Estoy para ayudarte a sobrevivir.
—Sí —le premio con una respuesta lacónica.
—Muy bien, muy bien… —Gira hacia Kenley— y me han explicado que tú eres buena trepando árboles. Bueno, eso será útil si los vigilantes tienen el detalle de crear una Arena en un bosque. Pero de poco te servirá hijita.
—¡Sé manejar el hacha! —Kenley frunce el ceño y hace una mueca de rabia—, sabré pelear.
—Todos mis tributos del distrito 7 saben manejarla. El asunto es que rindan en la Arena. Pero nos encargaremos de que sea así. A ver si nos orgullecen y este año tenemos un vencedor del 7.
Repentinamente se abre la puerta. Por ella entra Oakbark sin mirarnos ni prestarnos atención. Tampoco saluda ni nos dirige la palabra. Simplemente entra y va directo hacia la comida. Recoge un frutero y se deja caer sobre un sofá. Toma una pera y empieza a comérsela mirándonos con apatía e indiferencia.
—Supongo que conocen a uno de sus mentores, Oakbark —Pondlily le premia una sonrisa sensual. Él intercambia su mirada con la misma expresión vacía. Luego nos vuelve a echar un ojo—, diles algo, Oak. No te quedes como un pasmarote.
—¿Mmh? —Con furia apunta su mirada hacia su retina. Tira el resto de pera al suelo y recoge un racimo de uvas que se pone a deglutir. Se levanta y se marcha por la puerta llevándose el frutero.
—Tendrán que disculparlo, es un poco tarado. Lamentablemente, durante los viajes se vuelve un impresentable. Tampoco es un hombre de muchas palabras. Ya se acostumbrarán.
—Y, ¿cómo nos va a preparar? —me pongo histérico.
—Eso mismo… parece ido —Kenley encoge los hombros y pone mirada de horror.
—Tengo que confesarles algo. Realmente odio a este engendro, pero sabe pelear más que nadie. Les va a dar muy buenos consejos para la arena —Pondlily sonríe suspira y hace una caída de ojos—. Pero, tienen suerte, yo me encargo personalmente del asunto de negociar con los patrocinadores. Si lo hiciese él o Tate…
Tate Rossi es, literalmente, el primer Vencedor. Ganó la primera edición de los Juegos del Hambre y es célebre por recordárselo a la gente cada vez que puede. Pondlily sigue hablando:
— …se podrían dar ya por muertos. Por otra parte, conozco a las familias más ricas del Capitolio. La suerte va a estar de su parte.
Ella se encarga de nuestro almuerzo. Nunca había comido nada tan bueno. Kenley y yo devoramos todo con ansiedad. Ambos tenemos que ganar el peso que vamos a necesitar para la arena. Cuando terminamos de comer, nuestra escolta nos acompaña hacia el vagón de atrás, donde podemos ver todo el trayecto. Llegaremos casi a la noche, nos dice ella. Se marcha diciendo que regresará en una hora. Me siento en un rincón, incapaz de intercambiar una palabra con Kenley. Creo que a ella le ocurre lo mismo. No me dirige la mirada en ningún momento.
Pasa una hora cuando Oak aparece por la puerta. Vuelve a mirarnos de la misma manera, lo que es realmente incómodo y embarazoso.
—Siento mi reacción —Oakbark se disculpa—, pero odio a esa mujer. Es malvada.
Permanecemos los dos mirándolo sorprendidos. Me pregunto por qué nos explica estas cosas. Solo quiero estar en casa. A esta hora estaría celebrando la cosecha. Quizás incluso me habría escapado un rato para ver a Shaleen. Han pasado unas horas y ya la echo de menos.
De golpe y porrazo, Oakbark gira la vista hacia un lado. Espío a ver de qué se trata. Diviso una masa enorme de asfalto en la lejanía. Nunca había visto nada igual. Es el Capitolio y estamos llegando. Es un monstruo terrorífico que emerge de la mugre. Allí nos convertirán en títeres para que se diviertan los ciudadanos de Panem.
Riley Wood, 16 años, Distrito 9
Me quito las zapatillas y subo los pies al sillón. Es mucho más cómodo que los que hay en casa, y por el aroma que despide se nota que lo tratan más seguido que los de allá. No quise comer, dormir o hacer prácticamente nada que no sea estar apoyada con la cara en el alfeizar de la ventana, viendo uno que otro paisaje pasar, hasta que Taegan encendió el televisor, y me dijo que podría cuanto menos entretenerme viéndolo. Dijo que podría ser divertido ver nuestra cara en la pantalla de la misma manera que todo Panem nos había visto, aunque creo que está lejos de estar en lo correcto; me recuesto sobre el reposabrazos del extremo del sillón más cercano a donde estaba mi punto de observación.
—¿No han empezado aún las cosechas? —Pregunta Milo sentándose en el otro extremo del sillón.
—Sí, claro que ya empezaron —respondo cortante—, es por eso que están dando una pasarela de vestidos inspirados en una tipa llamada Drusilla Lighscale.
El chico chasquea la lengua en señal de reprobación, y murmura algo que no alcanzo a escuchar, pero no suena nada amable; frunzo el ceño y me hago más hacia mi esquina del sillón.
El programa para honrar a aquella tipa capitolina termina, y finalmente puedo dejar de ver su engreído rostro, con la sonrisa falsa abarcando toda la pantalla. Suspiro de alivio cuando veo los créditos aparecer y el programa rápidamente es reemplazado por el escudo de Panem y un trozo del himno, para después comenzar a pasar fragmentos de lo que fueron las cosechas a lo largo del día. Nunca he visto las cosechas de esta manera, aunque, por lo que veo, resultan bastante interesantes.
Intento prestar atención, aunque es difícil concentrarme: una chica chica rubia del Distrito 1, que cuando piden voluntarias rechaza cualquier oferta, aunque hay otra rubia intentando subir al escenario también; por otro lado, cuando eligen a su compañero de nombre raro, el chico casi parece conejo brincando al escenario. De no ser porque tienen apellidos diferentes, pensaría que son hermanos... Y que esa locura es de familia.
Del Distrito 2 sale cosechado un chico que, según dice Taegan, es sobrino de un vencedor. El nombre me da igual, aunque el jaleo posterior resulta algo difícil de ignorar, no dan mayores explicaciones, pero en la esquina inferior de la pantalla aparece un rótulo que señala al chico como voluntario y un nombre distinto a aquel que lo había hecho subir al escenario en primer lugar. La chica también es voluntaria. Del 4 pasa la chica también alegre y segura, dejándonos claro que a aquellos distritos les parece genial salir cosechados. De no ser porque todos los tributos de aquellos distritos conocen miles de formas distintas de golpear partes del cuerpo que ni siquiera sabes que pueden doler, estaría deseando patearles el trasero en la arena.
En el Distrito 7 tienen que nombrar al chico una y otra vez para que suba al escenario, aunque cuando veo qué edad tiene, me dan ganas de que hubiera subido tranquilamente en lugar de que intentara escapar, así los agentes de la paz no habrían tenido que ir a por él, moliéndolo a golpes en el proceso. En el Distrito 10, cuando seleccionan a la chica, hay un niño pequeño gritándole desde la muchedumbre: quisiera pensar que es su hermanito y no su hijo, aunque las evidencias dicen otra cosa; es algo parecido a lo que sucedió en el Ocho, aunque aquella chica sí se desmayó.
Más nombres y más chicos que suben al escenario, todos con distintos tipos de nerviosismo o tristeza, algunos rostros se me quedan grabados, aunque sin nombres; los nombres que sí recuerdo no logro asociarlos con los números de distrito.
Contrario a lo que Taegan había dicho, no resulta nada divertido verme en la pantalla al salir cosechada; todos los capitolinos verán una chica que pasó casi llorando al escenario, aunque no sabrán la manera en que ella lloró, mucho más amargamente, cuando se despidió de su abuelo o de su padre, aún y con la distancia insalvable que surgió entre ella y este último, después de que él se volviera a casar al morir la madre de la chica.
Y luego está, por supuesto, que casualmente la persona que recibe favores de mi madrastra es el chico que está sentado del otro lado del sillón.
Le lanzo a Milo una mirada de rencor que él ignora sin problema.
—Pues fueron unas cosechas bastante interesantes ¿no les parece? —Pregunta Taegan para romper el silencio que se formó al terminar el programa.
—Sí claro, lo que tú digas —respondo sin ánimos—, ¿puedo volver a mi ventana para ver lo que hay afuera del tren?
—Si quieres…
El cristal de la ventana hace que me refresque: no me di cuenta de que estaba sudando. No debería tener de qué quejarme: siempre tuve comida en mi mesa y ropa que vestir, podría decirse que más de la que muchos de los cosechados tuvieron, aunque al final todos hayamos corrido con la misma suerte.
Vuelvo a pensar en mi casa, y recuerdo a mi conejito: no sé si estoy siendo negativa o sincera, al pensar que, aunque varios de los chicos hayan subido brincando como conejos, lo más probable es que mi mascota viva más que muchos de ellos.
Rowan Greyfox, 18 años. Vigilante en Jefe
Dos días…
Dos días sin dormir.
Los terrores se vuelven más fuertes cuando me encuentro bajo estrés y el hecho de ser el Vigilante en Jefe más joven en la historia de los Juegos del Hambre, si bien sé que estoy más que capacitado para el puesto, es sin duda un factor estresante.
Las ojeras ni siquiera se notan, Ev me ha conseguido un corrector de alta densidad que aplico religiosamente cada mañana antes de presentarme en la Sala de Control. Pero hay otras cosas: los dolores de cabeza, el mal humor y la sensación de pánico casi constante. Mis sentidos se encuentran demasiado alerta. La luz es demasiado brillante. Los sonidos son demasiado fuertes. Pero ninguno de ellos puede saberlo, así que me tomo un par de comprimidos para mantener a raya el dolor de cabeza y me lavo la cara.
Estar encerrado con Arah y los demás en esa maldita sala de proyecciones ha sido una tortura y no le encuentro mayor utilidad, pero de todas formas tenía que hacerse. A Arah se le dan bien ese tipo de labores administrativas, yo me decanto más por la parte creativa, no la idea de hacer dibujos y diseños en una tableta, sino el desarrollo de conceptos. Me gusta crear historias, me gusta transformar mis ideas en realidades. Y este puesto me da exactamente esa posibilidad.
El equipo ha estado a la altura. Exceptuando a Vanille, los otros tres han llegado a sus puestos por ser los mejores en su área; e incluso ella, que ni siquiera había conseguido originalmente el puesto, ha dado la talla. Ha aprendido a usar la ciberfibra con bastante rapidez y a pesar de que su impulsividad pone de los nervios a Arah, en los simulacros que hemos hecho, sus arranques de inspiración —que suelen involucrar rayos lanzados a tributos al azar— pueden dar un toque interesante a los Juegos. Aunque tendré que asegurarme de bloquear sus controles en momentos importantes, no vaya a ser que arruine la diversión por un capricho infantil.
Los tributos se encuentran en este momento abordando los trenes. No tenemos mucho que hacer hasta mañana por la noche, cuando tenga lugar el desfile. Salgo del baño privado de mi oficina y lanzo una mirada al sillón tapizado en cuero negro que se encuentra en una esquina.
Mañana, sentado en la tarima principal con Antigone Pylos y los ojos de todo Panem sobre mí, tendré que estar alerta. No puedo seguir posponiendo el descanso. Programo la alarma para dentro de seis horas, pues tengo que reunirme con Lucky a media noche, pero no soy lo suficientemente optimista como para creer que dormiré tanto.
La sola idea de pensar en dormir hace que mi pulso se acelere y mi boca se seque, pero desbloqueo los músculos de mis piernas y camino hasta el sillón. Me siento y apoyo la cabeza contra el respaldo. Estoy tan cansado que no me cuesta trabajo dormirme.
Los terrores son curiosos. A veces, me permiten saber que estoy soñando. Pero saber que sueño no sirve de nada. No lo hace más fácil. No resulta menos terrorífico.
Estoy parado en el despacho de mi padre. Tengo diez años y la pelota con la que Jess y yo jugábamos en el jardón ha atravesado la ventana. Hay un montón de cristales rotos en el suelo, pero no hay rastro de la pelota.
No puede estar muy lejos. Me arrodillo en el suelo y la busco bajo el escritorio.
—¿Quieres que te ayude a buscarla, Wan-Wan? —los enormes ojos de mi hermana, castaños y salpicados con motas doradas, me observan desde la puerta.
Nunca me ha gustado el apodo, pero no tenemos permitido meternos en el despacho de papá, así que lo dejo estar y niego con la cabeza.
—No, sigue siendo la vigía, Jess.
—¿Estamos en un lío?
—No te preocupes— la tranquilizo.
Me distraigo por un segundo, pero ese segundo es suficiente. Mi mano se topa con un cristal y un dolor ardiente atraviesa mi piel. Observo como la sangre, roja como un rubí, se desliza desde mi mano hasta el suelo, cayendo sobre la mullida alfombra grisácea que cubre el suelo.
Cuando la sangre entra en contacto con las fibras, el color de la habitación se drena, como una gota de tinta cayendo en una bañera. La alfombra se convierte en hojas secas y el aroma de algo que se descompone lentamente llega a mis fosas nasales. Luego viene el grito. Levanto los ojos de golpe, buscando frenéticamente a mi hermana.
—¿Wan… wan? — Jess tiene ambas manos sobre el pecho, como cuando jugamos a sus tontos juegos de mímica y ella intenta decir algo así como "te quiero". Una rosa roja nace de entre sus dedos. Parpadeo y me doy cuenta de que no es una rosa, sino una mancha de sangre que se extiende sobre la pechera de su vestido blanco. Un largo cristal sobresale de manera grotesca entre sus dedos.
Estoy de pie, sujetándola antes de que caiga, antes de poder terminar de procesar lo que ha pasado.
—¡Jess, Jess! Estarás bien, estarás bien— le prometo.
Cuando abre sus ojos, estos ya no son castaños con motas doradas. La pupila se ha tragado sus irises y la mancha negra se extiende y se extiende, tiñendo la esclera también. Una sonrisa cruel curva sus labios.
—Pero tú no— dice con una voz que no le pertenece antes de sacarse el cristal del pecho y clavármelo en el cuello.
No hay gritos al despertar. Ya no los hay. He apagado esa parte de mí. Muchas veces termino mordiendo mi lengua, el interior de mis mejillas o mis labios en el proceso, manchando de sangre las almohadas.
Mi ropa está empapada en sudor y el tapiz impermeable del sillón se encuentra cubierto con gotas cristalinas también.
Veo el reloj de pared, un óvalo plateado con manecillas delgadas y elegantes. He dormido casi cuatro horas, lo cual es todo un récord.
Mi ropa está tan mojada que parece como si hubiera decidido meterme a la ducha sin desvestirme.
Mi oficina tiene un baño completo y un amplio armario en el que se apretujan un montón de diseños personalizados que han hecho algunos de los estilistas de esta edición. He tirado una buena parte de ellos, los he arrojado a una bolsa y se los he entregado a Evaki para que haga con ellos lo que le da la gana. Francamente no entiendo que hizo pensar a algunos de ellos que yo tendría tendencias a vestirme como un payaso. Rebusco entre las cosas hasta que encuentro unos pantalones negros y ropa interior. Me ducho, arrancando los restos de la pesadilla de mi piel junto con el sudor. Me pongo los pantalones y los zapatos y camino hasta el armario, buscando una camisa.
Alguien golpea la puerta. Dos golpes rápidos y decididos que reconozco sin problema.
—Pasa— digo sin voltearme—, estoy en el vestidor.
—No estaba segura de si te habías largado sin avisar, necesito que firmes estos… —ella se queda callada, cuando me giro, noto que su rostro, usualmente una máscara de absoluto control, está conmocionado.
—¿Qué? —me burlo mientras tomo una camisa blanca y me la pongo, sin molestarme en abotonarme—. Si mi memoria no me falla me has visto con mucha menos ropa que esta, es más, me has visto sin nada en absoluto.
Ella parpadea y frunce el ceño.
—¿Cuándo te hiciste eso?
—Tendrás que ser más específica.
—El tatuaje— aclara con una mueca de fastidio—. Pensé que odiabas las modificaciones. Tu cuerpo es un templo y todo eso.
En sus brazos, un montón de delicadas filigranas blancas forman arabescos que se pierden bajo las mangas de encaje de su blusa. Alguien menos observador podría confundirlos con cicatrices y dejar pasar su sutil belleza.
—Odio los implantes capilares o los cambios en la pigmentación de los irises…— una imagen de mi hermana, con los ojos negros como un pozo, destella tras mis ojos y vuelvo a sentir miedo, a pesar de que sé que Jess está bien, en su apartamento en Lakeside, en este momento—. Odio la gente que se pone bigotes o que se estira la cara hasta quedar irreconocible— continúo con una mueca de asco—. Los tatuajes están bien. Si lo piensas, pueden llegar a ser un arte tan perfecto que quieres llevarlo contigo todo el tiempo.
Un tenue rubor cubre sus mejillas, oscureciendo las pecas.
—¿Por qué ese diseño en concreto?
Me encojo de hombros.
—Porque algunas cosas dejan cicatrices que no se pueden ver. Y yo quería un recordatorio.
Ella se tambalea un poco y se mandíbula se aprieta.
—Un recordatorio —repite— ¿de qué?
—De lo mucho que pueden doler algunas cosas. Aunque claro, para esto— digo apuntando mi espalda con el pulgar— me había preparado. Nada es peor que cuando las cosas te toman por sorpresa.
Ella reacciona como si yo le hubiese lanzado un puñetazo.
—Rowan yo…
Me cruzo de brazos, esperando a que continúe.
—¿Qué?
—Nada. Firma esto para que pueda marcharme ¿vale?
Me río.
—¿Por qué sigues haciendo eso?
—¿El qué?
—Cerrarte. Puede que te funcione con cualquier otra maldita persona, pero no conmigo.
Ella suelta un bufido.
—¿Por qué siempre tienes que creerte tan especial? ¿Por qué crees que sigues siendo especial?
Una sonrisa engreída me curva los labios.
—Porque te veo— le respondo—. ¿Crees que se me pasa por alto? Te conozco. Sé quién eres. Sé que es lo que quieres.
Ella levanta el rostro, sorprendida y niega con la cabeza. La tensión crece en la habitación, el aire se vuelve pesado, el espacio entre nosotros se reduce un poco más con cada palabra que intercambiamos.
Estoy tan cerca que de repente me doy cuenta de que podría contar sus pecas.
—Sigues siendo el mismo idiota presuntuoso— dice ella en un susurro.
—Y eso sigue gustándote— le respondo y entonces no hay más palabras.
Mis labios están sobre los suyos y ella en lugar de apartarme, se aferra a mí como si quisiera meterme bajo su piel. Nuestros dientes emiten un suave chasquido cuando chocan y, como suele suceder con nosotros, el beso se convierte en una lucha de voluntades. Cada uno intentando doblegar al otro y ambos rindiéndonos en el proceso.
Sus uñas, cuadradas y cubiertas con una capa de barniz incoloro me arañan los hombros y el tejido de la tela de mi camisa me provoca cosquillas cuando ella tira de la tela para quitármela. Mis manos encuentran el dobladillo de su blusa y rozan el encaje de su sujetador cuando se la quito, haciendo que se una a mi camisa en el suelo, porque siempre ha sido importante para mí el igualar el marcador.
Sus dedos se dirigen a la cinturilla de mis pantalones y posiblemente la habría dejado seguir de no haber sido por la alarma de mi teléfono, avisando que es hora de irse.
Podría reprogramar mi encuentro con Lucky, pero, por otra parte, resulta una oportunidad demasiado buena como para desaprovecharla. Mi necesidad de devolverle, aunque sea una ínfima parte de todo el daño que me causó, arde en el interior de mi pecho.
La sujeto por las muñecas.
—Bueno, eso ha sido divertido, pero tengo que irme.
Ella se aparta, sus pupilas tan dilatadas que sus ojos parecen negros.
—¿Qué…?
Me agacho, recogiendo mi camisa.
—Tengo una reunión y ya estoy llegando tarde.
—Una reunión…
—Con Lucky. Va a dar una demostración.
—No hay ninguna demostración programada.
—Sí bueno… es una función privada— respondo mientras cierro uno a uno los botones. Ella está tan desconcertada que ni siquiera parece notar que sigue en sujetador—. Deja los papeles sobre mi escritorio, los veré en un rato cuando vuelva.
—Tú…
—Cierra la puerta al salir.
Siento la tentación de voltearme, solo para ver su cara, pero sigo caminando, desciendo dos plantas y llego hasta la Sala de Transmisión Remota. Lucky ya está ahí, con el repulsivo gato de Vanille acostado sobre su regazo.
No me disculpo por mi demora y él tampoco parece esperarlo, me siento en la silla con el respaldo más alto.
—¿Está todo listo?
Él asiente.
—Está en posición.
En la pantalla principal, hay un montón de puntos sobre un mapa, indicando el avance de los trenes o la ubicación de los tributos. Los del Ocho al Doce aún se están trasladando, los siete restantes están ya en el Centro de Entrenamiento, cada uno en su piso respectivo.
—Me gusta tu elección— digo mientras sonrío a la pantalla, viendo como la chica duerme en una cama que, posiblemente, es mejor de lo que ha tenido nunca.
—Me pareció que podría divertirte.
—Adelante— le digo y él presiona un comando en su tableta.
Una luz diminuta se enciende en la habitación.
—¿Una luciérnaga?
—Podría ser invisible para el ojo humano, si así lo quisieras —dice levantando un hombro—, pero considero que el efecto visual podría ser llamativo para la audiencia dice mientras rodea el cuello del gato, que ha comenzado a ronronear, con los dedos. Hay algo extraño en la forma en que lo hace. No es un gesto cariñoso ni distraído.
Devuelvo mi atención a la pantalla, donde el insecto sobrevuela la habitación hasta acabar sobre la cama, un momento después, la imagen en la pantalla se divide a la mitad, a la izquierda sigo viendo a la chica rubia dormida en su cama, a la derecha, ella está agachada, en un cuarto diminuto, abriendo sus brazos para una niña pequeña. La niña que gritaba en su Cosecha.
Me inclino hacia adelante, interesado.
La puerta del cuartucho se abre violentamente, la madera se astilla por el golpe y la niña empieza a llorar. Adeline Greengrass se levanta con la pequeña en sus brazos, sus pupilas dilatadas por el pánico.
Es un hombre, tiene una tez amarillenta y los ojos inyectados de sangre.
—Tú… tú… Tú estás… — susurra ella con voz temblorosa.
El hombre se lleva las manos al cinturón.
—Ven Ady— dice él—. Vamos a divertirnos mucho tú y yo…
Ella intenta huir, pero no es lo suficientemente rápida. El hombre la arroja al suelo de un bofetón y la niña se desvanece antes de tocar el suelo, como si estuviera hecha de escarcha.
—Hope…— música Adeline débilmente—. Hope…
—No hay esperanza— susurra el hombre inclinándose sobre ella—. Nunca la has tenido— le dice mientras sus manos se dirigen a sus pechos.
Y en la otra pantalla, Adeline grita, con los ojos cerrados, mientras en la otra pantalla la pesadilla continúa, dejándola atrapada en un sueño horroroso.
—Es suficiente— le digo a Lucky.
En respuesta, él aprieta un par de botones y la pantalla del sueño se apaga. Veo a Adeline despertando antes de que él también apague esa pantalla.
Me tomo unos segundos para calmarme. Me alegra el hecho de que se trate de Lucky quien no parece interesado en mis emociones y no de alguien más perceptivo.
—La pesadilla ¿fue creada o solo transmitida?
—Una combinación de ambas— responde él—. Alicia ha analizado recuerdos y miedos antiguos y los ha traído a la superficie. Podría decirse que los ha inducido, pero son suyos.
—¿Puede hacerlo con cualquier persona?
—Naturalmente.
—¿Requiere condiciones especiales para la transmisión?
Él suelta un bufido.
—No.
—¿Puede hacerlo estando ella despierta?
Lucky parpadea.
—Podría hacerlo.
—Entonces la quiero en mi Arena— le digo y, por primera vez, él parece emocionado—. Con una condición…
Él entrecierra los ojos.
—Nunca, jamás, podrás usar esto en mí.
Lucky curva sus labios en una sonrisa.
—Como digas, Jefe.
¡Primer capítulo postcosechas! De verdad es un alivio haber llegado hasta aquí. ¿No les emociona empezar ya a ver interacciones entre tributos?
AVISO: A partir de aquí, las publicaciones se vuelven quincenales y no semanales. Es decir que la próxima publicación, si todo sale bien, será el sábado 4 de junio. Los POVs, como de costumbre, tienen que entregarse una semana antes (28 de mayo). Otra cosa: Sabemos que el capítulo está largoooo... por eso tienen más tiempo para leer y comentar.
Este capítulo llega a ustedes gracias a la pluma de Paulys, lauz9, Freyja af- Folkvangr, ImagineMadness, Camille Carstairs, marizpe, galdrastafir777, bermone, Natalie Longbottom, ponchi535, Stelle Lioncourt y AMBER SWAN.
Por parte de los Vigilantes, tenemos POV de Rowan, de la mano de Elenear28.
Alianzas
Ya lo publicamos en el foro, pero les recordamos por aquí que ya compartimos las alianzas, las cuales están estructuradas de la siguiente manera:
Alianza 1: Amber, Sky, Arya y Geb.
Alianza 2: Bounder, Yuta, Kenley y Kinsey.
Alianza 3: Milo, Teva y Hyden
Alianza 4: Mana, Adler y Rail
Alianza 5: Mazer, Riley, Regulus y Lily
Alianza 6: Adeline, Magdie, Zachary y Jordan
Alianza 7: Brandon y Bethany
Les recordamos que los reviews son fundamentales para saber que están siguiendo la historia. Los tributos cuyos padres no digan presente, serán los primeros en caer porque la idea es escribir para quienes leen y participan. Los tributos que por el momento se encuentran a salvo (porque sus padres han comentado todos los capítulos publicados) son: Amber, Arya, Adler, Yuta, Bounder, Mazer, Mana, Regulus, Rail, Brandon, Adeline, Zachary, Magdie y Hyden.
Es importante para los autores de cada capítulo el recibir feedback personalizado sobre su segmento. Por eso los animamos a dejar reviews no generales sino por personaje. Si quieres ver un ejemplo, abre los reviews de esta historia.
Los reviews con crítica constructiva son bien recibidos, pero si no tienes nada bueno que decir, por favor no digas nada. Muchos autores están empezando y quieren mejorar, no desanimarse. Lo mismo aplica para el blog, puedes hacer crítica siempre y cuando sea respetuosa y constructiva.
Sobre los tributos que fueron marcados por Arah en el capítulo anterior, estos fueron Brandon, Teva y Geb/Min.
Por otro lado, estamos estructurando los capítulos que están por venir para hacer la historia lo más amena y menos repetitiva posible. Por ello, decidimos que lo más probable es que el último POV garantizado antes del baño de sangre para TODOS los tributos, será el del entrenamiento. Después de eso parte de la narración la manejarán los vigilantes o, en el caso de las Entrevistas, nuestra presentadora Venus Andros. Quienes sobrevivan al Baño de Sangre pueden estar tranquilos, que a partir de ahí se reanuda la normalidad con los POVs y podrán volver a narrar por ustedes mismos. El motivo de esto es que los entrenamientos ante Vigilantes resultan más fluidos si van narrados por los observadores, las entrevistas se pueden volver muy repetitivas y el baño de sangre es tan frenético que resulta más funcional el tener una visión más general.
Preguntas:
1 ¿Cuál fue tu POV favorito y por qué?
2. ¿Cuál alianza te produce mayor intriga sobre como se va a formar? ¿Y más miedo?
3. ¿Qué opinas del experimento de Rowan y Lucky?
BONUS: ¿Te gustan las criaturas que ponemos al principio? ¡Puedes aportar una! Danos el nombre, una breve descripción y el bando al que se uniría (Fobétor o Morfeo). Las mejores cinco ganarán un punto de participación, canjeables por artículos dentro de la Arena.
Esperamos con ansias sus opiniones sobre el capítulo.
Saludos, las Vigilantes.
