05
Adornos navideños
Pese a no haber dormido durante la noche, Mycroft se levantó cuando sonó su despertador, se duchó y se vistió con un pantalón vaquero de color azul claro y una camiseta ancha de color blanca.
Puso la calefacción y fue a hacerse un desayuno. Preparó un café lo suficientemente cargado para mantenerse despierto.
El que sus padres pudieran saber de su verdadera sexualidad por culpa de su hermano pequeño era lo que le había provocado ese insomnio. Estaba esperando a tener un trabajo fijo para decírselo ya que, en caso de que lo echaran de casa o dejaran de pagarle el piso, tener un lugar donde vivir. Ahora que Sherlock lo sabía... Se veía haciendo todo aquello que le pidiera olo para que no hablara.
Se dirigió con el café al escritorio y abrió la libreta por donde se había quedado e día anterior. Miró todas aquellas letras amontonadas intentando buscarle algún sentido, quizás si las unía podría formar palabras decentes, pero al parecer su cerebro no estaba por la labor. Cogió el lápiz y comenzó a dibujar monigotes con diferentes instrumentos musicales mientras se bebía el café.
Miró el reloj cuando se quedó sin café. Aún era pronto, así que salió de casa para comprar el periódico y hacer la compra. Se ajustó la chaqueta y miró por la calle. La moto de Greg estaba allí, o sea que hoy había ido a clase, o sea que podría verle cuando saliera y hablar con él.
Fue a un supermercado cercano y compró aquello que necesitaba para la nevera y la alacena (quizás se excedió un poco en comprar dulces pero era lo único que le apetecía cuando estaba estudiando). En el camino de regreso, pasó por una papelería y compró el periódico y una revista relacionada con la economía, luego llegó a casa. Greg estaba allí, frente a la puerta llamando a ella. Llevaba una pequeña bolsa en la mano izquierda. El corazón de Mycroft comenzó a latir con rapidez y una sonrisita apareció en sus labios.
—¿Qué haces por aquí? —preguntó cuando estuvo cerca de Greg.
El chico se volvió y le sonrió.
—Venía a verte —le dijo —. ¿Necesitas ayuda? —preguntó al verle cargado.
—Necesitaría que me cogieras una bolsa para que pudiera abrir la puerta —dijo Mycroft.
Greg no lo dudó y se aproximó a él, le cogió la bolsa que tenía en una de sus manos y se encaminó hacia la casa. Mycroft le siguió y abrió la puerta, luego pasó y le dejó sitio a Greg. Puso rumbo a la cocina y oyó como Greg lo seguía.
—¿Te ayudo a colocar las cosas? —preguntó Greg.
—No importa, lo haré más tarde —le dijo Mycroft dejando la bolsa sobre la pequeña mesa de la cocina.
Greg dejó la bolsa justo al lado y se quedó observándole.
—¿Por qué ayer no fuiste a la academia? —le preguntó Mycroft —. No es asunto mío pero…
Greg le sonrió y cogió la bolsa que había llevado consigo.
—No importa de allí saqué esto —le dijo dándole la bolsa —. Un poco de decoración navideña, aunque he visto que tienes un árbol y luces…
—Es cosa de mi madre —gruñó Mycroft —. Se presentó con un árbol y adornos… Cualquiera le dice que no… —murmuró mientras sacaba el objeto de la bolsa.
Era un Papá Noel de unos 30 centímetros de alto hecho de papel maché de colores rojo y blanco. Lo miró alzando las cejas.
—Vaya. Que curioso —comentó sorprendido —. ¿Lo has hecho tú? —preguntó.
Greg sonrió.
—No. Pero estuve en cada proceso de su fabricación —le dijo con una sonrisa.
Mycroft lo miró interrogante.
—¿Mañana tienes algo que hacer por la tarde? ¿Estás muy ocupado con los estudios?
—Voy bien en mis estudios —dijo Mycroft —. ¿Por qué?
—No hagas planes, te llevaré al lugar de donde ha salido ese papa Noel —sonrió Greg.
Mycroft sonrió de medio lado.
—Bueno, me parece bien —le dijo antes de ir hacia el salón para dejar el papa Noel sobre una de las estanterías —. Muchas gracias Greg.
El muchacho sonrió y se encogió de hombros.
—Prepárate para mañana —dijo mientras se dirigía hacia la puerta.
—¿Iremos en tu moto? —preguntó Mycroft siguiéndole.
—Sí. Tranquilo, no excedo el límite de velocidad. Y traeré un casco para ti —le aseguró.
Mycroft suspiró y le abrió la puerta.
—Entonces, hasta mañana —le dijo.
Greg alzó la mano derecha y con el dedo índice y pulgar acarició brevemente la barbilla de Mycroft. Este se puso rojo como un tomate, pero intentó mantener la mirada a sus ojos. Greg separó la mano a la vez que esbozaba una sonrisa.
—Hasta mañana, pelirrojo —le dijo a modo de despedida antes de ir hacia su moto e irse.
Mycroft cerró la puerta y se fue inmediatamente al salón, donde se tumbó bocabajo en el sofá. No había vuelta atrás, aquella caricia lo había confirmado. Había sido amor a primera vista.
