Bleach no es de mi autoría, le pertenece a Kubo Tite. Historia original, escrita por mí.
UNIVERSO ALTERNO, ubicado en el periodo Edo.
Nota: palabras en cursiva, memorias del pasado de cada uno de los personajes.
Introspección: día a día, la ira y el odio lo alentaban a ser el más fuerte. Lo único que deseaba era limpiar el nombre de sus padres, y acabar con el perjurio de sus nombres. Para lo único que la necesitaba, era para estar un paso más cerca de su venganza. Jamás se imagino que llegaría a amarla...
Sumary: Venganza, era su ley. Amarla... era su destino.
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Lycoris Radiata
(Flor del infierno)
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Por Ireth I. Nainieum
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Capítulo VI
Ejército blanco
Parte I
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"El mundo es rocío
puede ser rocío
y sin embargo…"
- Koyobashi Issa -
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Con premura los soldados se preparan para el largo viaje de vuelta a casa. Entre bromas y risas ansiosas, ocultan su evidente desesperación por llegar una vez más al Seireitei. El enorme ejército del Oeste, liderados por el General Aizen Sōsuke se preparan para emprender su camino devuelta a la Ciudad Estado.
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Casi al anochecer de ese mismo día, el humo de una exquisita kiresu (1) inundaba el recinto ocupado. Con un suspiro de cansancio tira la ceniza en el cuenco, para luego extender este objeto hacia el hombre junto a ella y obligarlo a que le preparase una nueva. El hermano menor de esta mujer es el paje de esa noche.
—¿Cuánto ha pasado desde que ese crió se ha marchado? —hablo ella, como si desconociese el hecho.
Los presentes pudieron percibir la indiferencia de sus palabras, más guardaron silencio por puro respeto.
—Poco más de dos meses —respondió el individuo frente a ella, quien no era su hermano—, Kūkaku san —comento seco el hombre de cabellera blanca, el cual hablo muy lacónicamente. Miraba de soslayo a la fémina que le hablaba, las reuniones en su presencia siempre tenían un doble sentido—. ¿Por qué lo pregunta?.
Por otra parte, la actitud despreocupada de ella lentamente comenzaba a irritar a ambos.
Era una hermosa noche a mediados de junio.
Kūkaku comenzó a exhalar alternadamente de su kiresu una vez más, disfrutando del tabaco presente y olvidándose al parecer del par de jóvenes reunidos por órdenes suyas. La Noble se sirvió sake y lo degusto muy lentamente. Esa noche vestía un magnifico edo komon (2) rojo. Demasiado elegante como para usarlo en ese banal momento, era evidente que se le avecina una importante reunión. ¿Con quién?, era algo que seguramente no compartiría con los varones presentes. A la luz de la vela en el centro de la amplia habitación, Kūkaku se entretuvo admirando durante un largo tiempo el color que su sake adquirió con esa tenue iluminación. Luego de unos minutos más de silencio, ella salió por si misma de su emancipación.
—Ya le he dado tiempo suficiente de tranquilidad —no probó su sake, en su defecto lo coloco en el piso de tatami y luego se puso de pie con suma elegancia—. Quiero que Matsumoto pase unos meses en Karakura —dio la orden mientras se paraba frente a Tōshirō—. Necesito saber que esta haciendo Ichigo.
Le dijo esto último en un leve susurro, acto seguido fue hacia la sjoji (3) y la abrió para dejar entrar un poco de la brisa veraniega. Se detuvo junto a un pilar que ayudaba a sostener el techo. El joven de blanquecina cabellera suspiro con pesadez y no tuvo más opción que ponerse de pie y caminar hacia ella. No podía tratar ese tema en concreto desde la distancia en la que se encontraba. Y seguramente su intención al salir, fue que él la siguiese.
—Puedo decirle sin la necesidad que ella —Matsumoto— vaya a Karakura —le comentó en un leve susurro al estar contiguo a ella—. Me parece innecesario el enviarla al pueblo, Kūkaku san.
Ella negó con su cabeza.
—Creo que va siendo hora de que Ichigo comience a interactuar con su esposa —se ajusto un poco más el obi de su cintura, ante la molestia que le ocasionaba—. Matsumoto puede averiguar más cosas sin levantar tantas sospechas alrededor de Ichigo —le aclaró el porque iría su ama de llaves y no él—. Si te envió, seguro Ichigo sospechará en el acto de mis intenciones.
—¿Insinúa acaso que no soy capaz de actuar como Matsumoto? —le expresó herido de su orgullo, ante la falta de consideración que la Noble tenía con su persona en ese momento.
Sabiendo que sus palabras fueron incomprensibles —como ella no lo deseo—, se limitó a esbozar una tenue sonrisa por la comisura de sus labios. A veces, él realmente actuaba como un niño.
—Me eres más útil aquí, Tōshirō —fue su honesta respuesta—. Dentro de poco comenzará la devolución de los bienes y Títulos del Clan Kurosaki —exhalo con tedio lo que sabría que se convertiría en toda una proeza—. Quiero que tú te encargues de eso, por el momento.
Silencio.
—En otras palabras —se cruzó molesto de brazos el joven—, me delega aquellas responsabilidades que usted no quiere tratar —alzó una de sus cejas y la miro con suspicacia—. ¿Me equivoco, Kūkaku san?.
—En lo absoluto —dijo ella sin la menor intención de mentir y quitada de la pena—. De tan solo pensar en mover un dedo por eso, hace que me duela la cabeza.
—¡Debería entonces hacerlo él! —fue su replica al referirse a Ichigo.
Una vez más esa noche, ella negó con su cabeza.
—Me has ayudado con la administración desde que tenías diez años —corroboró con él dicho tiempo—. Se que no habrá nadie mejor que tú, para la revisión de los documentos.
—Me toca hacer la parte difícil —comento indignado del trato hacia su persona—. Es demasiado condescendiente con él —reclamo.
Mutismo.
—Puede que tengas razón —le dio un punto a su favor en su replica expuesta—. Pero, la devolución de sus Títulos y bienes es la parte sencilla de todo esto —le explico y antes de que el joven preguntase el motivo de esas palabras, ella hablo—. El verdadero reto de Ichigo, vendrá cuando llegue el momento que deba seguir las pautas de la nobleza.
—¿Qué quiere decir, Kūkaku san?.
—Muy simple Tōshirō —dejo ella de contemplar el jardín, se giro y coloco su mano izquierda en el hombro del joven—, la libertad de elegir por sí mismo… Fue algo a lo que él renunció al volver al Seireitei y mostrarse ante todos como un Kurosaki.
Se alejo de su joven pupilo con la clara indicación de su orden. Tōshirō sería el encargado de llevarle la noticia a Rangiku, la cual seguramente llevaría con bastante diligencia su tarea. Kūkaku regresó una vez más hacia la habitación donde su hermano le esperaba. Sin decir una sola palabra por parte de ella, el joven se levantó de inmediato y aguardo impaciente las instrucciones de su pariente.
—¡Ganju! —externo con rudeza.
—S… si —balbuceó este en su respuesta.
—¿Recuerdas cuál fue el testamento de nuestro aniki (4), para con nosotros?.
Ganju trago saliva con dificultad, retrocedió un poco sumamente nervioso y la miro con cierta incredulidad. No creyendo en su momento el haber escuchado bien. Sensación que se desvaneció en el aire cuando ella avanzó hacia el frente, con una total seguridad y presencia que lo turbo.
—Si… hermana —respondió luego de un par de minutos.
—Creo entonces, que no necesito decirte lo que debes de hacer ahora y para quien.
Silencio.
—¡Her… mana! —masculló horrorizado de aquello que era un tabú, al menos para él—. ¡Me niego a obedecer esos deseos! —chillo.
Mutismo.
—¡Ganju! —la autoridad con la que su nombre fue pronunciado enmudeció por completo al joven—. ¿He preguntado si deseas ir —espetó— o lo he ordenado?.
Avergonzado de su falta de respeto, el joven bajo su rostro.
—Me lo has ordenado —apretó con fuerza sus puños—. ¡Pero, yo nunca podré hacer algo como lo que hacía nuestro aniki! —repitió con cierta inferioridad hacia él mismo—. Yo no puedo hacer eso que me pides, hermana —expresó con un nudo en su garganta— y no soy nada comparado con él. ¡Y tú lo sabes!.
Afonía.
—Ya te lo he dicho —hablo ella en un suave susurro—, no es una sugerencia. Es una orden de la líder del Clan Shiba.
—¿Comprendes lo que me estás pidiendo? —la miro adusto e imponente por primera vez en su vida—. Nunca antes he forjado una Zanpakutō con estas manos —le mostró como temblaban de miedo—. ¿Cómo me pides que las use?. ¡No soy el hombre indicado para lo que deseas! —dio un paso hacia atrás y oculto esa parte antes mencionada de su anatomía—. Dile mejor a Tōshirō kun que la haga, yo no soy alguien digno de continuar con el trabajo de nuestro aniki.
Kūkaku lo golpeó con tanta fuerza en la boca de su estómago, que por puro milagro él no devolvió sus alimentos. Fue tal el aporreó que lo mando al suelo, cayendo varios metros lejos de ella.
—¡Eres un Shiba! —se agacho junto a él—. ¡Exprésate con dignidad y orgullo por llevar ese apellido! —espetó tan duramente que Ganju se sintió empequeñecer a cada momento—. ¡Te lo repito —se levantó ella—, no es una sugerencia! —señalo hacia la sjoji—. ¡Levanta tu trasero del suelo —afonía— y largate de mi vista! —le gritó a todo pulmón—. ¡No vuelvas hasta que este terminada, aún así te lleve toda la vida el hacerla!.
Con mucha dificultad Ganju pudo levantarse y también debido al fuerte golpe, sus piernas le flaqueaban en su andar. Por lo que su marcha de la sala de reuniones, careció de toda distinción y dignidad de un Noble de alto rango. Kūkaku sobo su sien una infinidad de veces, de hecho durante casi una hora se mantuvo en la misma postura.
—Llegará tarde a su reunión, misesu (5).
La voz de Matsumoto la saco por completo de sus pensamientos, tan absorta se encontraba que no se percató de su ya extinguida y fría kiresu.
—¿Me he retrasado? —dijo la Shiba con preocupación.
—Llegará a tiempo —extendió su mano para que la Noble le entregase la kiresu—. Me parece haber visto salir a su hermano del Castillo, con un pesado equipaje —le comentó Rangiku antes de que la Shiba abandonase por completo la habitación.
Al parecer se excedió —nuevamente— con su tono de voz, de otra manera Matsumoto no le estaría comentando nada.
—Ganju… —pensó la Shiba arrugando sus labios.
—Debe hacer algo de suma importancia —expreso la ama de llaves—. No preguntaré que es, ya que no es de incumbencia, misesu —suspiro—. Pero, ¿qué le diré a la servidumbre cuando me pregunten por él?, o para evitar los rumores desagradables —dijo con evidente preocupación—. Será muy notoria su falta en el Castillo.
Kūkaku le hizo una seña para que la siguiese por el corredor. Juntas recorrieron ese largo trecho hacia el carruaje que la esperaba.
—La shufu (6) no debe dar explicaciones a la servidumbre —expresó lacónicamente—. Pero, para mí tú eres distinta —se detuvo—. Ambos en realidad —se refería a Hitsuga y Matsumoto.
—Lo he escuchado —expreso avergonzada—. Tōshirō kun me dijo algo sumamente extraño y quería confirmarlo.
—Entonces, me he ahorrado tiempo de dar segundas explicaciones —la Noble doblo su único brazo y se recargo en una pared—. Necesito que averigües ciertas cosas en Karakura.
Silencio.
—Tōshirō kun me dijo que desea que le informe de la relación de Ichigo kun y Rukia chan —expresó eufórica de ser la espía del juego—. ¡Ya verás que traeré tanta información que necesitará meses para acabar de leer lo que le traiga!.
Kūkaku volvió a sobar su sien y le negó con su cabeza.
—Para el cotilleo sentimental no tendría necesidad de enviarte —acarició su mentón—. Eso le dije a Tōshirō —la miró fijamente y luego le sonrió—, sabía muy bien que él —Hitsugaya— pensaría eso —se jacto de su buena y admirable actuación—. ¡Eso esta muy bien!.
Volvieron a caminar.
—¿Qué la tiene tan preocupada entonces? —indago Rangiku.
—Los Quincy —respondió nerviosa—, por eso quiero que vayas.
Rangiku movió su cabeza sin comprender por completo las verdaderas intenciones de la Katanakaji (7) y su extraña obsesión por uno de los Clanes más antiguos y respetados del Teikoku (8).
—No hay necesidad alguna de sentir amenaza alguna por los Quincy —dijo entre divertida y asustada al mismo tiempo—. Después de todo… —la Shiba la miro, como si esperase que lo dijera — ellos… —Matsumoto golpeó ligeramente su cabeza con su palma—. No son malos —dijo cuando rectifico su idea—. ¿Y no comprendo de todas formas porque debería vigilar al Quincy asignado esta vez en Karakura?.
—Porque ellos —los Quincy—, traman algo —doblo por el pasillo, para salir a la entrada principal de su hogar—. Quiero saber que maquinan —se subió del carruaje e invitó a Matsumoto a que la acompañase. Habría finalmente algo más de privacidad y podría expresarle más fácilmente su idea—. Eso es todo.
—El Clan Kurosaki y el Clan Quincy han llevado una larga amistad por años —comenzó a jugar de forma distraía con el colgante de su cuello Rangiku—. ¿Por qué esta tan nerviosa, misesu?.
Kūkaku movió su cuello, para quitarse algo de la tensión acumulada ese día.
—Ishida Uryū vuelve a Karakura—respondió la Shiba preocupada.
Pero Matsumoto no lo percibió, en realidad estaba más que feliz de escuchar que ese joven regresaba al pueblo.
—¡Es maravilloso! —respondió gustosa.
Antes de que Rangiku hablase y dijese algo que la Noble no quería escuchar —o mejor dicho, darle rienda suelta a la imaginación de su ama de llaves—, ella se adelanto.
—El mismo Quincy nunca vuelve dos veces al mismo pueblo donde ya estuvo —miro la quijada de Rangiku abrirse y luego cerrarse—. Ryūken —el padre de Uryū —, trama algo —golpeteo con su índice su frente—. Quiero estar informada de todo.
Silencio.
—¿Por qué la seguridad de que es él quién vuelve?.
—Tiene cierta ventajas que los inútiles de los amigos de mi hermano trabajen para Ichigo, en los "corredores del arroz" (9) en las villas —exhalo con pesadez—. Uno de ellos lo escucho del propio Ryūken —mordió irritada la uña de su pulgar—. Que su hijo volvería al pueblo.
—Los Quincy le deben lealtad al Clan Kurosaki —comentó segura de lo que sabía—, nunca osaran volverse contra aquellos que les permitieron crecer —jugo con un mechón de su cabello—. ¿Puede decirme lo que en verdad le preocupa, misesu?.
Cansada del juego de palabras, e irritada ahora por la sagacidad de su ama de llaves, no tuvo más remedio que confiar en aquella mujer que por años había sido su única amiga.
—No es la relación entre el Clan Kurosaki y los Quincy lo que me preocupa —recargo de manera cansada su espalda en el carruaje en movimiento—. Sino, aquella con el Clan Kuchiki.
Parpadeó perpleja el ama de llaves y no pudo pronunciar algo coherente con rapidez, dada la sorpresa recibida. Le tomo un tiempo el recuperar su templanza.
—¿Perdón? —dijo Matsumoto.
—Hay una enemistad profunda entre ambas familias, que pocos conocen —le explico pacientemente la Shiba a Matsumoto—. Por lo menos, yo nunca he sabido la verdadera naturaleza de eso —aseveró—. Solo que se, que entre Kuchiki Byakuya e Ishida Ryūken, la línea que los separa de un duelo a muerte es tan delgada —tomo un cabello de su ama de llaves entre sus dedos— como la hebra de un rizo –lo partió en dos, para luego dar paso al silencio—. Me preocupa que él —el Quincy—, quiera usar de alguna manera en su disputa a Rukia.
Afonía.
—¡Ichigo esta ahí para defenderla! —chilló asustada.
—¿Te parece? —dijo la Noble de manera irónica y de inmediato Matsumoto comprendió—. ¡Ese estúpido ni siquiera está ahora en el pueblo!.
—¡Evitaré que Uryū kun se le acerque a Rukia chan —golpeó con orgullo su pecho—, o dejo de llamarme Matsumoto Rangiku!.
—Solo quiero que observes —manifestó sus verdaderas intenciones—. Deja que Ichigo sea el que solucione esto —suspiro con pesar— y si ves que ese inútil es incapaz de hacer algo decente —el carruaje había llegado a su destino—. Eres libre de intervenir y solucionar el asunto.
Ambas se miraron un par de segundos, hasta que el paje abrió educadamente la puerta del carruaje.
—Como usted diga, misesu —dentro de la diminuta carroza, Matsumoto le hizo una reverencia a la señora a la que le servía.
Kūkaku fue auxiliada para descender, con la ayuda de una joven doncella de cabellera verde y facciones infantiles. Que inteligentemente evito el contacto visual con la Noble.
—Misesu —la saludo con sumo respeto esa doncella—, el Shōgun la espera.
Esta joven le mostraba el camino hacia una sala específica dentro del Castillo, donde vivía el máximo gobernante del Teikoku. Todo ese tiempo anduvo detras la joven de cabellera verde. La cual por alguna extraña razón le parecía conocida y hasta sintió una incomprensible familiaridad con ella.
—Deberá de esperar aquí, misesu—hablo otra doncella.
Indico con solemnidad esta nueva mujer, en cuestión de segundos un par de sirviente más les abrieron las sjoji de par en par. Se trataba de una habitación tan amplia y decorada tan magníficamente, que fácilmente se podría tardar días en observar la totalidad de los detalles. Kūkaku intuyo que el brillo inusual, era debido al oro empotrado en las paredes. Un zabuton (10) la esperaba al centro de esta área, ella camino hacia este para ocuparlo. De inmediato otro dúo de doncellas llegaron con sake y algunos bocadillos para la —posiblemente— larga espera. Cuando miro hacia le techo, observo un impecable tallado en madera.
—Ennetsu Jigoku (11) —hablo Mashiro—, así es llamado por el mismo Shōgun lo que admira misesu —le explico—. Es impresionante, ¿cierto? —dijo ella misma al contemplar el techo.
—Lo es —dijo la Noble.
Kūkaku entrecerró sus ojos, intentando recordar el porque ese rostro le resultaba tan familiar. Y más ahora, por la incomoda sensación de confianza con una de las sirvientas al servicio del Shōgun.
—Debo retirarme misesu —ella misma colocó una campanilla frente a la Shiba—. Si requiere algo por favor no dude en llamarnos, será atendida de inmediato.
Kuna y las otras mujeres se colocaron en el suelo y la reverenciaron una vez más, antes de salir. Completamente sola y en silencio, la Shiba comenzó a indagarse por primera vez el porque había sido llamada ante la presencia del Shōgun —luego de casi dos meses—. Intuyo que esa invitación debió haber sido tiempo atrás. Se sirvió ella misma su sake y lamento el hecho de no poderse sentarse con su holgura habitual.
Bebió de un solo trago y se puso a pensar en todo lo que había hecho en su vida.
Shiba Kūkaku nació en el Seireitei, hacia treinta años. Aún era un bebé en brazos cuando su hermano Kaien —que acababa de convertirse en el líder del Clan—, ordenó que la familia se trasladase fuera de la Ciudad Estado. La presión a la que el joven fue sometido, fue tan abrupta y repentina que busco un medio de escape para su agobiante vida de entonces. Kaien encontró aquella paz que tanto buscaba, cuando cambió la residencia de su Clan al Hokutan. (12)
Los Katanakaji, abandonaron la Capital y mantenían en un secreto arraigado la hechura de las Zanpakutō con alma. Pese a su edad tan relativamente joven de Kaien —trece años en ese momento—, ya era capaz desde que contaba con escasas diez primaveras de dar vida a esas armas extraordinarias.
Siendo el mismo Kaien el que hizo la Zanpakutō que actualmente ostentaba con orgullo el Shōgun.
Gracias a su estancia lejana de las estrictas normas del Seireitei, fue que a Kūkaku se le permitió ser educada de manera más holgada. Kaien condescendió a que ella vistiese como hombre y él mismo le enseño a luchar —no solo con la katana—. Además de otras artes que como mujer debía aprender. Kaien nunca le explico a ciencia cierta la razón por la cual se negaba a volver al Seireitei, una vez que se volvió un hombre adulto.
Ella suspiro.
—Aniki… —se lamento con melancolía.
La muerte de sus tíos materno fue algo que la tomo por sorpresa. En primera instancia porque desconocía por completo que su finado padre, hubiese tenido una cuñada. Aquella mujer que era su tía, murió dando a luz ese niño llamado Ganju.
Un viajero proveniente de la aldea, fue hasta la residencia de los Katanakaji. Kaien accedió a escuchar a ese hombre, así como acudir a la villa donde su tía había vivido y muerto —porque el Shiba mayor, sí sabía de la existencia de esa mujer ya finada—. Marcho hacia ese sitio con Kūkaku. En los pueblos antiguos, se tenía la costumbre de que sino habían parientes cercanos los bienes eran repartidos entre los habitantes y los hijos entregados a algún sacerdote.
Kaien ordenó que el niño le fuese dado de inmediato.
Cuando los ancianos del Clan de su padre —porque había sido la madre de Kaien y Kūkaku la que llevaba en sus venas la sangre Shiba—, se enteraron, enardecieron por la decisión del joven líder de los Katanakaji. Y de inmediato solicitaron una audiencia con este. El más longevo y necio de los presentes ese día, prácticamente ordenaba que Ganju fuese llevado con un sacerdote y aparentar que jamás había llegado a este mundo. El pequeño, fue un niño no deseado por los miembros del Clan de su madre. La joven progenitora del huérfano, oso enamorarse de un pescador sin estirpe —palabras de los miembros de la familia— y renunciar al prometedor futuro que ya tenían destinado para ella —matrimoniarla con Minamoto Goro—. Por tal motivo el pequeño, era considerado prácticamente un bastardo. Esa fue la primera vez que Kaien le permitió a ella el estar en una reunión del Clan.
—Ganju, se quedará aquí —dijo el Noble sin intención alguna de continuar discutiendo.
—¡Ese niño —musito con asco el viejo llamado Yoko— es una mancha en la dignidad de nuestro Clan!.
Silencio.
—Ese niño es hijo de nuestra tía —expreso seco—. Nuestro único pariente de sangre más cercano, tío abuelo —le recordó.
—Kaien… —musito Yoko— mancharás el orgullo del Clan Shiba —externo con pesimismo—, al aceptar a ese pequeño bastardo —el anciano lo miro con sus rojizos ojos y grasienta cara, esperando que de esa manera el joven desistiese de su idea.
—Será adoptado por el Clan Shiba y se convertirá en mi hermano pequeño —exclamo decidido—. ¡No olviden todos ustedes que solo representan al Clan de nuestro fallecido padre! —le aclaró tajantemente a los ancianos reunidos—. De entre todos los presentes, soy el único que es cabeza de una de las familias Nobles del Seireitei —silencio—. ¡Mi palabra vale más que la de todos ustedes juntos! —acotó.
Un mutismo largo y cargado de tanta tensión invadió el recinto. Kūkaku sintió que el aire le faltaba, sus manos las tenía sumamente sudorosas y en un solo instante sintió seca su boca. Miraba a su hermano con orgullo, solemnidad y sobre todo tan humano, por decidirse a cuidar de un niño que hasta hace tres días no sabía ella que existía.
—Tu palabra es absoluta —cedió Yoko—. Espero que ese bastardo, no desprestigie el orgullo del Clan Shiba.
Teniendo en ese entonces Kaien veinte años, Kukaku diez y el pequeño Ganju siendo un recién nacido, el Clan Shiba estaba completo.
Mashiro volvió a la habitación, llevaba consigo un obsequio por parte del Shōgun a su invitada. Una kiresu e implementos para fumar.
—El Shōgun, tardará un poco más misesu —coloco los implementos frente a la Shiba—. ¿Fumará?.
Kūkaku simplemente cabeceó lentamente y Mashiro preparo entonces la kiresu. Esa extraña sensación de familiaridad que esa joven le emanaba, la incomodo profundamente. Le entrego la sirvienta el objeto ya encendido. La Shiba miro la joven marcharse, antes de remontarse una vez más en sus pensamientos.
Las facciones de Ganju lo delataban hasta cierto punto como el hijo de un hombre dedicado al trabajo duro. De complexión tosca, era evidente que en sus venas no llevaba directamente la sangre de los Shiba. No obstante, Kaien jamás lo trato diferente a como él lo hacía con ella. Y tampoco permitió que nadie más lo hiciera. En contraparte con sus hermanos, Ganju era espontáneo y fácilmente lograba hacer amigos. Camaradas que daban todo por él. El joven líder, envidiaba esa cualidad de su pariente adoptado.
—Un día, él será mejor que tú y yo en muchos aspectos —dijo Kaien.
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La residencia donde el Clan Shiba había vivido durante tanto tiempo, no estaba muy retirado de otra morada imponente en majestuosidad. De hecho, podían admirarse ambas estructuras la una de la otra en la distancia. Por lo que cuando las llamas se apoderaron del cielo nocturno y el Castillo Kurosaki era consumido, la sorpresa fue evidente.
Kaien marcho, junto con un pequeño grupo de hombres leales a él. Fueron hacia los límites de la propiedad del Clan Kurosaki. Su hermano mayor le prometió volver a Kūkaku antes del amanecer. Esa noche, se mantuvo consternada y preocupada; temía que quien hubiese atacado a la familia Kurosaki tuviese negras intenciones para con su Clan. Por lo que casi al alba, cuando su pariente volvió, la impresión de sus acompañantes la enmudeció. Un joven de más o menos de su edad —gravemente herido—, un par de niños —juraría que tenían la edad de su pequeño hermano y no se equivoco de hecho—; junto con un par de recién nacidas. Entraban en su apacible vida.
Un fuerte sonido la saco una vez más de sus pensamientos y de hecho, la hizo consciente del fuerte temporal en el Seireitei. Uno tras otro, los relámpagos eran constantes en el cielo nocturno.
—¡Hermano! —cuestionó aterrada, en una voz apenas audible cuando se le acerco a la entrada del Castillo—. ¿Quiénes son ellos? —dijo ella, al observarlos con premura, de inmediato desvió su atención a su pariente de sangre; mientras aguardaba pacientemente su respuesta. Hecho que nunca sucedió—. ¿Hermano? —repitió.
—Nuestros invitados y deben ser tratados como tales —dijo Kaien escuetamente al pasar a su lado, para ingresar con inquietud.
Con solemnidad ingresó el Shōgun acompañado de su sequito personal, su principal concejal y su Capitán de Escuadra —Chōjirō Sasakibe—. Kūkaku de inmediato apago su kiresu y llevó su frente al suelo, en una respetuosa reverencia ante la entrada del señor del Teikoku. Un zabuton fue dispuesto delante de ella, a escasos centímetros de donde la Noble se encontraba —ahí, se colocaría el Shōgun—. El cuenco con la kiresu y el sake, fueron retirados.
—Puede levantarse, misesu Shiba —ordenó amablemente el anciano—. Su obsequio será lavado y entregado más tarde.
Kūkaku obedeció y lentamente se irguió. Un par de lámparas de aceite fueron encendidas —colocadas por unos recién llegados sirvientes—, permitiendo una mejor iluminación en el Ennetsu Jigoku. Yamamoto hizo un gesto con su mano derecha, de esa manera su Capitán y criados se retiraron. Un sonido ensordecedor se apoderó del cielo nocturno, luego de un largo y tedioso silencio el Shōgun hablo.
—¿Cómo ha estado en su estadía en el Seireitei? —cuestiono seco Yamamoto, como si por pura formalidad debiese comenzar por ahí, su conversación con ella.
—Me es extraño, shinshi (13). Aún no puedo acostumbrarme a la vida tan ajetreada de los habitantes del Seireitei —lo miro—. De cualquier forma, siempre tengo en mente que las cosas pudieron ser peor.
El Shōgun acarició un instante su larga barba.
—Efectivamente —le dio toda la razón—, si hubiese sido por mí —su postura dominante se acrecentó aún más—, el castigo al Clan Shiba hubiese sido otro. Habrían sido depuestos de su gloria, estatus y poder dentro de todo el Teikoku —exclamó tenso y enfadado—. ¡Sus acciones fueron completamente indignas para alguien que se dice miembro de la Cuarta Familia Noble del Seireitei!.
Silencio.
Sabiendo que no podía contradecirlo, Kūkaku una vez más llevo su frente al suelo y espero unos instantes antes de hablar.
—Se que diga lo que diga, nada justificará mis acciones —dijo ella todavía en esa incómoda posición—. Pero, mi hermano me hizo jurarle que pasará lo que pasará, debía de apoyar incondicionalmente a Ichigo —cerró sus ojos.
Afonía.
—¡Levántese —ordeno el Shōgun y exhalo—, Shiba Kūkaku!.
Coloco la Zanpakutō que él cargaba frente a ambos, de manera que los dos pudiesen observar la magnifica arma que le fue dada por el finado Shiba. Con suma delicadeza, el anciano recorrió el arma desde la empuñadura hasta el filo —aún guardada—. Luego, en un rápido movimiento la desenvaino y la contemplo contra la luz.
—Shinshi… —murmuro ella.
—Honor antes del deber… —exclamo con pesimismo el anciano y la miro—. Posiblemente, este sea el fin del Clan Shiba —dijo pasivamente—. No hay nadie más en su familia que pueda hacer algo tan majestuoso, como lo que tengo entre mis manos —la guardo una vez más—. Su aprendiz Hitsugaya Tōshirō, esta y estará —ratifico— muy lejos de poderse llamar algún día Katanakaji.
—Lo se… —externo ella con pesar— Tal vez por ese el Kōtei (14) fue benevolente con mi Clan.
—¿Cuántos años tenía, cuando sucedió ese terrible accidente? —indago un poco más tranquilo el Shōgun.
Por inercia, Kūkaku llevo su mano izquierda hacia el hueco donde se suponía que debía estar su brazo derecho.
—Dieciséis años.
Silencio.
Kūkaku apretó con fuerza el trozo de tela colgante. A esa edad, ella sufrió un aterrador incidente al intentar hacer algo distinto a lo que su Clan era ya especialista. Tomo la pólvora entre sus manos y jugo de esa manera irresponsable con ella. Una carga le explotó muy cerca del brazo derecho, la única opción para salvarle la vida, fue cercenarle su brazo. Desde entonces, Kaien dejo de enseñarle los secretos de la Zanpakutō. El le dijo que sería más doloroso que hiciese o aprendiese algo para lo cual ella no podría hacer nunca más. Por lo tanto, lo que Tōshirō sabía acerca de estas armas, era exactamente lo que ella aprendió. Y ni que decir que Ganju. En realidad ambos han sido prácticamente estudiantes. Kaien se llevo a la tumba la verdadera manera en que una Zanpakutō con alma nacía y con ello había adelantado de manera estrepitosa el fin del Clan Shiba.
Mutismo.
—No la he mandado llamar para que me responda esa clase de preguntas. Más bien para que me responda una cosa —medito el anciano y a la par relajo su tenso cuerpo—. Hace un par de días me encontré con el General Kuchiki, es evidente la depresión de Byakuya para todo aquel que lo conoce —exclamo con pesar el longevo—. Me parece justo para él, como padre el saber ¿en dónde esta su hija?.
Era eso… Kūkaku exhalo con pesadez y quisiese o no ella, debía informarle al Shōgun.
El matrimonio Kurosaki, abandono el Seireitei antes del alba del día siguiente de su unión. No enterando a nadie realmente de su partida en la capital. Para cuando la ciudad se percató de su ausencia, Rukia ya tenía cuando menos dos días de haberse marchado, sin un rumbo conocido. Yamamoto conocía bastante bien a Byakuya, el Noble Kuchiki busco con desesperación una salida a su enorme desolación. Comenzó a trabajar más inmerso en su Escuadra, al grado de no haber vuelto al Castillo desde que su hija abandono su hogar. Y por supuesto, siendo el General un hombre tan orgulloso, él mismo no se rebajaría a suplicarle a ella —Kūkaku — el paradero de su más preciado tesoro. Aunque eso tal vez, le representase no vela nunca más.
—Ella se encuentra en la región el Este, en un pueblo llamado Karakura.
El Shōgun permaneció mudo un par de segundos, finalmente le agradeció silenciosamente con su mirada a la Noble, por su información brindada.
—Karakura… —acarició su barba—. La región más rica en la producción de arroz —exhalo—. Shunsui mandata sobre la parte más nutrida en las cosechas de nuestro principal alimento en el Teikoku. La nueva ruta del arroz surgió ahí, hace no más de cinco años —comprobó para sí mismo el Shōgun.
Kūkaku se mordió su lengua, para evitar decir cualquier cosa que incentivase más la situación. El silencio entre ambos se extendió más de lo esperado, la Shiba se atrevió entonces a indagar.
—¿Sucede algo shinshi? —expreso sumamente mansa ella.
—No —contestó llano—, solo me decía a mí mismo que eso no explica nada —le dijo.
—¿Disculpe? —expreso ella al no comprender las palabras dichas con anterioridad por el Shōgun.
—Le comenté, misesu Shiba que me había encontrado con el General Kuchiki hace un par de días —ella cabeceó afirmativamente y el anciano continúo—. Me comentó sobre algo nunca antes suscitado en el Teikoku —mutismo—. El joven Kurosaki —Ichigo—, devolvió integra la dote al Clan Kuchiki.
Pudo haber lanzado ella un enorme grito de sorpresa, sin embargo se enmudeció por completo, ante la sorpresa recibida. Y de su garganta no pudo salir una sola palabra más, durante un tiempo más. De hecho, los acontecimientos previos le parecían sumamente irreales y aquello definitivamente ayudaba más a esa extraña percepción.
—¿La dote? —expresó la mujer casi afónica.
—Veo que desconocía el asunto —hablo el Shōgun y una pequeña sonrisa se formo en sus labios—, no ha escuchado mal misesu Shiba. Justo al día siguiente de su unión, un hombre de confianza de él —Ichigo—, devolvió la dote al Clan Kuchiki.
Kūkaku estaba más que estupefacta. Anonadada en realidad.
—Eso es… —dijo ella.
—Impresionante —término la frase el anciano—. Un Clan como el Kuchiki no entrega cualquier cosa. Rechazó la riqueza que la familia más importante del Teikoku le entregaba.
La mudez se apoderó de la fémina una vez más. De todas las cosas que Ichigo había hecho en su vida, desde que ella lo conocía, seguramente esa la primera ocasión que el joven la deja sin voz. Estaba más que claro que él recuperaría sus propiedades y privilegios de antaño. Sin embargo, nunca nadie jamás escucho que alguien devolviese una dote por muy pequeña que esta fuese. El rostro de Kūkaku hacía mucho que perdió su compostura que la caracterizaba.
—Pido una disculpa en su nombre —externo ella, mientras su frente iba por tercera vez al suelo esa noche.
—Hace mucho tiempo, conocí a un hombre extraordinario que hubiese hecho lo mismo que Kurosaki Ichigo —aclaro su garganta—. Ese individuo se llamaba, Kurosaki Isshin.
Afonía.
¿Acaso la Shiba había escuchado bien, el Shōgun acababa de enaltecer el nombre de Isshin?.
—Shinshi… —dijo ella apenas audible.
—¿Pero?… puedo decir lo mismo del hijo —la miro con una mezcla de emociones que ella no pudo descifrar—. Tomar a Rukia chan de esa manera —se levanto y la miro desde la altura—, ¡es algo que solo un canalla haría!.
La razón se le escapo en un solo instante. La Shiba no permitiría más que nadie hablase de esa manera despectiva de Ichigo. Ella también se levantó y encaro al Shōgun, sin mediar en las posibles consecuencias.
—¡Usted, mi idaina ryōshu (15), sabe tan bien como yo como fue la terrible masacre en el Clan Kurosaki! —apretó con fuerza sus puños—. ¡Ante mi llegaron unos niños que acababan de perderlo todo! —espeto duramente—. ¡Los Shiba tenemos orgullo, dignidad y respeto! —silencio—. ¡Lo único que Ichigo desea es limpiar el nombre de su padre!.
Silencio.
—Honor, antes de deber… —pronunció de nueva cuenta el anciano.
Kūkaku salió de su rabia previa, dándose cuenta muy tarde de su espeluznante error, acababa de gritarle al Shōgun en su cara. Iba a ofrecer una disculpa tan sumisa como pudiese, con la esperanza de que la dispensase enteramente. No obstante el longevo no le permitió que hiciese nada, la detuvo al sujetarla de su único brazo.
—Idaina ryōshu… —musito ella.
—Honor, antes de deber… —expresó por tercera vez ante la sorpresa de la Shiba, la cual trago saliva con dificultad y no fue capaz de expresar absolutamente nada.
—Idaina ryōshu … —comento la Shiba en un leve susurro una vez más
—Confiaré en sus palabras de defensa para Kurosaki Ichigo —externo serio al momento de retirarse y pasar por alto la ofensa previa de la mujer—. Espero que sea un buen hombre como lo fue su padre.
De esa manera, la reunión de Kūkaku llegó a su fin. Él enviaría a un mensajero a Byakuya con la ubicación de su hija, para tranquilizar aquel corazón melancólico y abatido.
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Yamamoto resolvió varios pendiente más, ya entrada la noche finalmente estaba en su aposento. E inclusive ahí, continúo revisando algunos papeles más. Para un individuo con un cargo tan alto, las horas de sueño eran escasas. Cuando el cansancio se apoderaba con extrema rapidez de su ser, supo que debía darle a su cuerpo su bien merecido descanso. Al levantarse para dirigirse hacia el futon fijo su vista en un librero de su habitación. Camino hacia este y tomo el único libro que había evitado por casi quince años.
—Engetsu (16) —leyó.
Se trataba de una colección breve de haiku (17), escritos con el puño y letra de Kurosaki Isshin. E irremediablemente, una vieja memoria volvió a su mente.
—¡General Yamamoto —le llamaban— General Yamamoto! —repitió este individuo con premura.
El hombre citado, se volteó muy lentamente hacia esa única voz que lo importunaba de su actual ocupación. Y aún más, por ser llamado con ese alto rango dentro de la milicia cuando el mismo se había retirado hacia cinco años. Dejándole su puesto al propio sujeto se presentaba —sin invitación de por medio—, frente a él.
—¡Creí, haberle dicho que ya no es propio que se dirija a mí con se rango, General Kurosaki! —le replico duramente—. ¿O es que no he sido lo suficientemente claro?.
—Le pido que me disculpe shishou (18) —inclino su cabeza un poco en señal de disculpa—. Pero, le suplico que al menos me permita dirigirme a usted de la manera en que siempre lo he hecho.
El anciano suspiro con pesadez y continúo con su distracción. Término por preparar el té y le ofreció una taza a su antiguo pupilo, quien agradecido lo tomo lentamente; para el deleite del longevo.
—¿A qué se debe la premura de tu parte, Isshin? —le hablo con mayor naturalidad—. No es usual que estés tan ajetreado y preocupado en las mañanas —se intrigo notablemente el anciano—. ¿Ha sucedido acaso algo en los cuarteles?.
Genryūsai, fue una vez uno de los más notables Generales del Teikoku, quien presento su dimisión hacia cinco años, argumentando su deseo personal de morir en paz y sin ninguna preocupación por los asuntos de estado. El Kōtei acepto luego de un largo tiempo la petición del longevo. De hecho, se acostumbraba que los pocos individuos que llegasen a la edad de 50 años, se les permitiese vivir holgadamente el resto de sus días. Yamamoto renunció y en su lugar Kurosaki ocupo el cargo que dejaba el General Yamamoto. Ante la sorpresa de varios. Principalmente porque antes de ese día, ningún miembro del Clan Kurosaki pareció alguna vez interesado de ingresar a las filas militares, Isshin se convirtió en su único alumno graduado.
—Necesito el consejo de un sabio hombre —externo sumamente serio Isshin.
Yamamoto lo miro primero con extrañeza y luego con bastante interés. Isshin solía ser el tipo de hombre que se aventuraba a todo, por lo que su petición de consejo le resultaba sumamente extraña para él. Finalmente, una sensación de orgullo desmedido invadió al hombre de ya cincuenta y cinco años.
—Me halagas —exclamo humildemente el anciano—. Repito entonces, ¿qué puedo hacer yo por ti?.
Afonía.
—Los ancianos de mi Clan, ya han elegido a la mujer que debo desposar —expreso sumamente pálido.
—¿Cuántos años tienes?.
Isshin dudo un poco antes de responder.
—Diecisiete, shishou.
Yamamoto lo miro un par de veces de arriba abajo y luego afirmo lentamente con su cabeza. Acto que comenzó a poner sumamente nervioso al General presente.
—¿Y no te sientes preparado? —dijo el longevo.
—¡Por supuesto que no! —respondió sumamente rápido—. ¡Hay demasiadas cosas que deseo hacer aún, shishou! —comenzó a exasperarse—, además… además…
Con gentileza, Yamamoto coloco su mano en el hombro de su antiguo pupilo.
—¿Has olvidado que acaso eres tú la última palabra de tu Clan? —le hizo consciencia del hecho—. Ellos pertenecen a la rama secundaria, Isshin eres el único miembro con vida de la rama principal. El tomar a una mujer como esposa es decisión tuya, no suya. Matrimoniarte supondrá demasiadas responsabilidades, entre ellas están los hijos —hizo un gesto risueño ante el atragantamiento de su pupilo—. Es valiente el hecho de que seas sincero, al expresar que te falta preparación para contraer nupcias —alabo su bravura—. Desposa a tu compañera de vida, cuando te sientas preparado para ello, Isshin.
—Gracias, por su sabio consejo shishou.
El anciano exhalo con pesadez y guardo el viejo libro una vez más.
—¿Dime, Isshin? —miro al vacío—. ¿Es tu hijo un buen hombre?.
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En la residencia del Shōgun varios duermen ya, otros más —como los guardias— hacen sus rondas por los pasillos y límites de este. Tuvo que chantajear a varios soldados y a otros más sobornarlos, para que la dejasen salir un par de horas. Estos hombres suponían que la mujer iba al encuentro de su amante. La joven camino por ese sendero tan familiar, alumbrado con una lamparilla. Cualquiera pensaría que se trataba de una mujer que fácilmente podría ser dominada por un hombre, más le realidad dista demasiado. Tras esa inocente e infantil apariencia, hay una temible asesina. Una pequeña casucha abandonada es el sitio designado para la reunión de esa noche. Una luz en su interior, le indico de forma indirecta que llegaba retrasada al encuentro. Al abrir la puerta, un hombre ya la esperaba impaciente, ella ingresó y cerró la puerta tras de sí.
—¿Y bien? —este individuo jugaba distraídamente con la máscara blanca que sostenía entre sus manos.
—Kōtei —se inclino y lo saludo con sumo respeto—. Han pasado varias cosas —le indico ella.
—Puedes levantarte Mashiro —pronunció al momento de exhalar profundamente—. Mientras no ocupe la silla del Kōtei —rasco su cabeza—, olvídate de las formalidades —solicito—. Nunca sabemos quien esta detrás de las paredes.
—Como usted diga —se irguió y se sentó a una considerable distancia del rubio—. Shiba Kūkaku fue requerida por el Shōgun este día, como usted sabe. Fue una conversación sumamente larga.
—¿Sabes sobre que conversaron, Mashiro?.
Shinji estaba ligeramente preocupado, con respecto al actuar que Yamamoto tendría. Hace varios días, ellos tuvieron su propia reunión para tratar principalmente un solo tema, el Clan Kurosaki. Y su decisión —como Kōtei —, de reintegrar a los descendientes de un hombre considerado traidor al Teikoku. Toda esa larga noche en vela, se resumió a una sola pregunta que Yamamoto no fue capaz dar.
¿Acaso realmente Yamamoto, considero traidor a Isshin o solo era la apariencia de su buen actuar lo que lo incitaba a ser como era ahora?.
Yamamoto enmudeció. Puesto que él antepuso el deber al honor, del hombre a quien él mismo preparo y entreno para convertirse en un General del Teikoku. Y no uno cualquiera, sino aquel que tenía la responsabilidad y obligación de proteger al representante de los dioses en la tierra. Quince años sin la respuesta de saber porque había sido asesinado.
—Al parecer —hablo Kuna—, Kurosaki Ichigo devolvió la dote de su mujer al Clan Kuchiki.
Hirako dejo de vaguear su mirada por la habitación, y en su defecto fijo su atención en su espía.
—¿La dote? —dijo el rubio para sí mismo—. No se si decir que ha sido un caballero o un… —buscaba una palabra que no sonase tan desdeñosa— ¡un estúpido! —dijo él al final.
—Al parecer el Clan Kuchiki no lo tomo muy bien —aclaro ella—. Sienten que han sido desprestigiados por él —Ichigo—. Hirako sama.
Shinji rascó su barbilla con peculiaridad.
—Devolver algo que por derecho le pertenece —esbozo una enorme sonrisa irónica el rubio—. ¡Claro —se habló a sí mismo—, no puede regresar a la esposa, pero si el tesoro que su Clan entrega! —el blondo no paro de reír en un buen tiempo.
—Y también se hablo sobre el destino del Clan Shiba —dijo ella.
Hirako la miro un largo tiempo y devolvió poco después, su atención a la máscara entre sus manos.
—Continua —ordenó él.
—El Shōgun, no cree que nadie más en el Clan Shiba pueda volver a realizar una Zanpakutō con alma.
Silencio.
—Las sorpresas de la vida son un verdadero misterio y crean verdaderos milagros, que a veces pueden suceder más de una vez —la miro serenamente—. ¿No te parece, Kuna Mashiro? —se acercaba a ella—. ¿Ella te ha reconocido? —comentó refiriéndose a la Shiba, sutilmente comento Shinji a lo que ella le negó tranquilamente.
—Temo que sospecha, Hirako sama.
—Habrá que tener más cuidado entonces —acotó firmemente—, estaríamos en problemas si descubriese quien eres realmente —afonía—. Vuelve al Castillo —le ordenó—, falta poco para el amanecer.
Mashiro se levantó y antes de abandonar la casucha, Shinji recordó algo que necesitaba saber.
—¿Dónde están? —pregunto el Kōtei por el joven matrimonio.
—En un pueblo llamado Karakura, en el Este —hablo ella.
Kuna dejo a Hirako solo un momento y luego de entre los matorrales salió alguien más —que había estado haciendo guardia por horas—, ese sujeto camino hacia Shinji; que estaba parado en la puerta viendo la marcha de la mujer.
—Pareciera como si el círculo que se expandió hacia fuera, estuviese rebotando ahora hacia dentro —dijo el Kōtei —. Hay demasiadas coincidencias tan extrañas…
—Shiba Ganju abandono el Rasen-jō (19) —informo su guardia—. ¿Qué debo hacer?.
—¿A dónde ha ido, Hachigen?.
—Hacia el Soukyoku (20) —respondió el Taisa. (21)
Como parte de la tradición del Clan Shiba, la región montañosa que protege el Este del Seireitei o Ciudad Estado, era propiedad de esta familia. Altos cerros casi inaccesibles, acantilados peligrosos y tierras desprovistas de los recursos básicos de alimentación era la razón por la que aquella región estaba casi abandonada. Ya que solo los incautos y más tontos se atrevían a intentar vivir en los pies de estas tierras.
El Clan Shiba tenía una vivienda acondicionada con solo un propósito, vivir ahí para hacer una Zanpakutō con con alma. El metal debía de ser extraído de esta montaña, el agua a usarse era aquella que vivía estancada en las níveas puntas —con forma de hielo—. La diminuta propiedad poseía una fragua para fundir el metal y comenzar con la fabricación de esa preciada arma. A un buen Katanakaji le tomaba alrededor de tres años el hacer una —claro, si poseía la habilidad requerida—. Todas las auténticas Zanpakutō nacían en un solo lugar, el Soukyoku.
—Si… demasiadas coincidencias extrañas —exhalo el rubio—, parece como si lo Dioses estuviesen interviniendo a favor del Clan Kurosaki —afonía—. No hagas nada —ordeno—, el Soukyoku sigue perteneciendo al territorio del Seireitei, así que no están rompiendo las reglas que les fueron impuestas —sonrió para sí—. Esperemos y veamos que tiene en mente Kūkaku dono .
—¿Puedo preguntar algo? —dijo el sacerdote.
—La razón por la cual nunca he dudado de Isshin dono —lo miro fijamente—, era porque a él siempre lo considere como mi padre. Y los hijos nunca debemos dudar de ellos.
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Capitulo VII
"Ejército blanco"
Parte II
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Notas de la autora:
+ Kūkaku, no tiene su brazo derecho. Tal como en el manga.
Glosario:
+ (1) Kiresu, es el término japonés para la pipa japonesa antigua.
+ (2) Edo Komon, caracterizado por pequeños puntos dispuestos formando motivos más grandes. Es el único komon que puede llevar escudos. Al mirar de lejos un kimono de este tipo parecerá que es de un color sólido, por ello equivale en cuanto a formalidad a un iromuji.
+ (3) Sjoji, paredes de la casa están hechas de papel pegado sobre marcos de madera. Que se desliza como diapositiva para abrir y que incluso se pueden remover para ampliar la habitación.
+ (4) Aniki, honorífico japonés que significa hermano mayor.
+ (5) Misesu, señora en japonés.
+ (6) Shufu, ama en japonés.
+ (7) Katanakaji, forjadores de espadas (literalmente en japonés).
+ (8) Teikoku, imperio en japonés.
+ (9) Corredores del arroz, sistema comercial que se levantó dentro de Osaka en el Período del Edo (1603-1867) de la Historia japonesa. Considerado como el precursor del sistema de actividades bancarias.
+ (10) Zabuton, almohadones para sentarse.
+ (11) Ennetsu Jigoku, (Llamas del Infierno), uno de los ataques de la Zanpakutō "Ryūjin Jakka" de Yamamoto.
+ (12) Hokutan, distrito del Oeste en Bleach.
+ (13) Shinshi, señor en japones.
+ (14) Kōtei, emperador japonés.
+ (15) Idaina ryōshu, "gran señor" literalmente en japonés.
+ (16) Engetsu, Luna mordaz.
+ (17) Haiku, consiste en un poema breve de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente. Es una de las formas de poesía tradicional japonesa más temática está relacionada con la naturaleza.
+ (18) Shishou, maestro en japonés.
+ (19) Rasen-jō, castillo de la espiral (literalmente en japonés).
+ (20) Soukyoku, la colina del Soukyoku es una gran meseta rocosa situada en el centro del Seireitei, rodeada de acantilados. Esta colina es visible desde casi todo el lugar.
+ (20) Taisa, "General" (rango militar) literalmente en japonés.
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Nos vemos
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