CAPÍTULO 5
Clase de Vuelo y de Encantamientos
Por fin, el jueves a las tres y media de la tarde, llegó la clase de vuelo.
Todos los Slytherin de primer año bajamos juntos los escalones delanteros, hacia el parque, para asistir a nuestra primera clase de vuelo. Era un día claro y ventoso. La hierba se agitaba bajo nuestros pies mientras marchábamos por el terreno inclinado en dirección a un prado que estaba al otro lado del bosque prohibido, cuyos árboles se agitaban tenebrosamente en la distancia.
Los Gryffindors, con quienes nos tocaba la clase, llegaron corriendo unos minutos más tarde.
Entonces llegó la profesora, la señora Hooch. Era baja, de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón.
—Bueno ¿qué estáis esperando? —bramó—. Cada uno al lado de una escoba. Vamos, rápido.
Miré mi escoba. Era vieja y algunas de las ramitas de paja sobresalían formando ángulos extraños.
—Extended la mano derecha sobre la escoba —nos indicó la señora Hooch— y decid «arriba».
—¡ARRIBA! —gritamos todos. Mantuve firme la voz, porque así funcionaba mejor, según uno de los prefectos de mi casa. La escoba que tenía a mis pies saltó de inmediato a mis manos, pero fui una de las pocas que lo conseguí.
La de Hermione no hizo más que rodar por el suelo y la de Neville no se movió en absoluto.
Luego, la señora Hooch nos enseñó a cómo montarse en la escoba, sin deslizarse hasta la punta, y recorrió la fila, corrigiéndonos la forma de sujetarla.
—Ahora, cuando haga sonar mi silbato, dais una fuerte patada —dijo la señora Hooch—. Mantened las escobas firmes, elevaos un metro o dos y luego bajad inclinándoos suavemente. Preparados... tres... dos...
Pero Neville, nervioso y temeroso de quedarse en tierra, dio la patada antes de que sonara el silbato.
—¡Vuelve, muchacho! —gritó la señora Hooch, pero Neville subía en línea recta, como el corcho de una botella... Cuatro metros... seis metros... pude ver su cara pálida y asustada, mirando hacia el terreno que se alejaba, lo vi jadear; deslizarse hacia un lado de la escoba y…
—¡Protego! —grité dando un paso al frente y apuntándolo con la varita.
Neville cayó al suelo y rebotó como una pelota sin hacerse daño. Aquella era la primera vez que probaba aquél hechizo, a pesar de haber leído la teoría cientos de veces, y por suerte había funcionado.
La señora Hooch se inclinó sobre Neville, con el rostro tan blanco como el del chico.
—No te has quebrado nada —la oí murmurar—. Vamos, muchacho… está bien… a levantarse.
Se volvió hacia el resto de la clase.
—No debéis moveros mientras llevo a este chico a la enfermería. Dejad las escobas donde están o estaréis fuera de Hogwarts más rápido de lo que tardéis en decir Quidditch. Vamos, hijo.
Neville me dio una mirada agradecida y junto a la profesora marchó hacia el castillo.
Casi antes de que pudieran marcharse, Malfoy ya se estaba riendo a carcajadas.
—¿Habéis visto la cara de ese gran zoquete?
Los otros Slytherins, menos yo que me mantuve al margen, le hicieron coro.
—¡Cierra la boca, Malfoy! —dijo Parvati Patil en tono cortante.
—Oh, ¿estás enamorada de Longbottom? —Dijo Pansy Parkinson—. Nunca pensé que te podían gustar los gorditos llorones, Parvati.
—¡Mirad! —Dijo Malfoy, agachándose y recogiendo algo de la hierba—. Es esa cosa estúpida que le mandó la abuela a Longbottom.
La Recordadora brillaba al sol cuando la cogió.
—Trae eso aquí, Malfoy —dijo Harry con calma. Todos dejaron de hablar para observarlos.
Malfoy sonrió con malignidad.
—Creo que voy a dejarla en algún sitio para… —comenzó a decir pero lo interrumpí dando un paso adelante y arrebatándole la recordadora—. ¡Oye!
—Draco, a no ser que estés enamorado de la recordadora, deja de molestar y cállate —dije con calma dándole el objeto a Hermione—. Y sabes muy bien que así no vas a ganar nada.
Gracias a Dios que Malfoy pareció captar la referencia al discurso de Snape y con una mueca se hizo a un lado junto con los demás Slytherins.
—Gracias —dijo Hermione. Me encogí de hombros y me senté en la hierba a espera.
Al poco tiempo la profesora Hooch volvió y siguió con la clase. Apenas monté en la escoba y pegué una fuerte patada sentí que aquello era lo mejor.
En mi mundo siempre me habían gustado las alturas, y en los columpios siempre me hamacaba lo más alto posible.
El aire agitaba mi cabello y mi túnica, silbando tras mío y, en un relámpago de feroz alegría, me di cuenta de que había descubierto algo que podía hacer sin que me lo enseñaran. Empujé mi escoba un poquito más, para volar más alto. Era fácil, era maravilloso.
Reprimiendo un bostezo pasé la hoja del libro de Encantamientos y me acurruqué más en el sillón con las llamas de la chimenea iluminándome.
—Griffin —llamó Malfoy interrumpiendo mi lectura—, te reto a un duelo.
Suspiré sin levantar la vista y seguí leyendo.
—No —dije al cabo de un momento al ver que aún seguía frente a mí.
—¿Qué? ¿Por qué? —replicó él, con tono ofendido.
—Mira, Malfoy —dije cerrando el libro y poniéndome en pie enfrentándolo—. No te odio, pero me caes mal. La primera impresión que me dejaste cuando te conocí, fue que eras un idiota niño de papá, y aquí te estás comportando exactamente de esa manera. Y no soy la única que lo piensa.
Nadie refutó la última parte, dándole veracidad a mis palabras.
—Puede que tu padre tenga dinero, poder, contactos, pero, que lo presumas solo hace que le caigas mal a todo el mundo. No sirve de nada usar el poder de otro. Si quieres respeto, gánatelo.
Recogiendo mi manta pasé por su lado y subí a mi dormitorio.
A la mañana siguiente noté la diferencia. Los Slytherins me miraban con algo más de respeto y aprobación, y Malfoy dejó de molestarme.
Al llegar al Gran Comedor para desayunar recibí varios saludos y miradas curiosas de parte de los Gryffindors y de las otras dos casas, porque, al parecer, la noticia de que había ayudado a Neville y había enfrentado a Malfoy había corrido como la pólvora, y la historia estaba cada vez más modificada.
Según algunos yo había tirado a Malfoy de la escoba y convirtiéndome en un grifo había salvado a Neville.
Otros afirmaban que yo había conjurado un viento que había salvado a Neville y había golpeado a Malfoy en el rostro por robar la Recordadora.
La imaginación de los chismosos no tenía límites.
Cuando llegó Halloween me sorprendí al notar que ya habían pasado dos meses. Casi no había notado el paso del tiempo.
En la mañana de Halloween nos despertamos con el aroma de calabaza asada flotando por todos los pasillos. Pero lo mejor fue que el profesor Flitwick anunció en la clase de Encantamientos que pensaba que ya estábamos listos para empezar a hacer volar objetos, algo que todos nos moríamos por hacer, desde que vimos cómo hacia volar al sapo de Neville.
El profesor puso la clase en parejas para que practicáramos. Mi pareja era Draco Malfoy.
—Y ahora no os olvidéis de ese bonito movimiento de muñeca que hemos estado practicando —dijo con voz aguda el profesor, subido a sus libros, como de costumbre—. Agitar y golpear; recordad, agitar y golpear. Y pronunciar las palabras mágicas correctamente es muy importante también, no os olvidéis nunca del mago Baruffio, que dijo «ese» en lugar de «efe» y se encontró tirado en el suelo con un búfalo en el pecho.
—¡Wingardium leviosa! —dije con voz firme agitando con suavidad mi muñeca.
Draco, a mi lado, hizo lo mismo. Mi pluma se elevó del pupitre y llegó hasta más de un metro por encima de nuestras cabezas.
—¡Oh, bien hecho! —gritó el profesor Flitwick, aplaudiendo—. ¡Mirad, Syleena Griffin lo ha conseguido!
—¿Cómo lo haces? —preguntó mi compañero con el ceño fruncido.
—Gira un poco más la muñeca —aconsejé encogiéndome de hombros.
Al final de la clase, Draco también lo había conseguido, y Slytherin tenía cinco puntos más.
Por suerte a la cena no hubo ningún incidente de Trolls, como en el libro y pude irme a dormir tranquila.
